Viajes inaplazables - Marity - E-Book

Viajes inaplazables E-Book

Marity

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Beschreibung

Los viajes que a menudo realizamos suelen ser de recreo, aventura, compromiso o despedida. Algunos se pueden postergar para momentos más idóneos. Otros resultan ser inaplazables empujándote a ellos las circunstancias de la vida. En cada uno de ellos se entremezclan nuevas experiencias con las ya vividas que, a veces, nos alientan y relajan; pero otras muchas nos atormentan y esclavizan, deseando esclarecer los hechos que puedan proporcionarnos paz y una existencia más tranquila y segura. La protagonista viaja en busca de un futuro mejor, abandonando su país por un matrimonio de conveniencia amañado por su amiga, hacia un nuevo mundo del que todos le hablaban de prosperidad y en el que también encontró mucho dolor. Abanderando siempre la verdad, su capacidad de sacrificio y entrega le llevarán a descubrir y disfrutar el futuro anhelado.

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Seitenzahl: 336

Veröffentlichungsjahr: 2023

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Marity

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz Céspedes

Diseño de portada: Rubén García

Supervisión de corrección: Ana Castañeda

ISBN: 978-84-1181-581-9

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

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Vivir no es solo existir,

sino existir y crear,

saber gozar y sufrir

y no dormir sin soñar.

Descansar es empezar a morir.

Gregorio Marañón

Dedicada a todas las personas que, día tras día, se preocupan más de los demás que de ellas mismas.

PRÓLOGO

Cuando te pones frente al ordenador con una idea nueva, pero incompleta, le das muchas vueltas a lo que realmente quieres trasmitir. A veces, te sientes como un náufrago en una isla desierta, sin ganas de viajar a ninguna parte, pensando si tus lectores y lectoras van a descubrir los entresijos de tu obra; si van a ser capaces de coger el madero salvavidas que les mantenga a flote para poder concluir su lectura; si la van a destripar desde el cariño o desde la crítica; si la van a entender; si va a cumplir con el objetivo para el que fue escrita… En fin, un sinfín de dudas y preguntas que se cuelan en tus pensamientos y reverberan en tu cerebro, con más asiduidad de la deseada, mucho antes de despuntar el alba, cuando disfrutas del silencio y la paz del alma como fieles aliados en la guerra sin cuartel que se desencadena entre tus muchas y variadas ideas. Menos mal que, eso, se va minimizando a medida que vas investigando y plasmando la vida de otras personas; que vas viajando con ellas a través de sus sufrimientos, sus esperanzas y sus sueños. Deseando siempre que esos viajes sean tan inaplazables como los de sus personajes para mantener la motivación del lector hasta terminar su lectura.

Muchas horas y días leyendo y releyendo lo escrito, tachando y reanudando la escritura. Mucha incertidumbre acerca de si habrás logrado plasmar todo lo que deseabas trasmitir a los demás y que tanto te preocupaba inicialmente. Al final, una vez crees haber concluido tu relato, solo queda darle los últimos retoques y ahí comienza la gran duda de si ponerle un final feliz o tan desgraciado como las muchas experiencias de vida que se narran. Te surgen muchas preguntas indirectas que no sabes cómo resolver: ¿Qué le gustaría a la persona que desgrana tus frases y se pone en la piel de la protagonista? ¿Cuál será su estado de ánimo cuando comienza la lectura? ¿Cómo quieres que se sienta la persona que lee tu libro tras finalizar su lectura? ¿Le habré generado paz o desasosiego? Después de una nueva revisión, te dices a ti misma que el sufrimiento, lo aceptemos o no, forma parte de la vida y que aparece en cualquier fase de la misma. El problema es cómo lo afrontamos y qué somos capaces de aprender tras el mismo para proseguir nuestro camino con más fuerza. Revisas tu vida y te das cuenta de que lo más acuciante hoy en día es la necesidad de hacer un mundo un poco más justo y mejor. Que lo que hay que trasmitir y potenciar es la fuerza del compromiso con los más necesitados ante una sociedad indiferente y decadente, que muere lentamente ahogada por su propio individualismo. Y vuelves, una y otra vez, a replantearte parte del texto de forma que trasmita lo positivo de cada situación, aún en medio de la desgracia.

UNO ¿POR QUÉ YO?

Resulta fácil juzgar y juzgarse a posteriori cuando ya está todo solucionado o perdido. Tomar decisiones difíciles cuando la fortuna no está de tu parte, impulsándote a realizar actos de los que te puedas arrepentir, no es tan sencillo. Fue la miseria, la maldita miseria en la que vivió de niña, la que le terminó robando la prudencia, empujándola a hacer lo que hizo. Si hubiera tenido la suerte y el privilegio de nacer en el primer mundo, no se hubiera visto obligada a ello. Pero, en el suyo, pobreza y vulnerabilidad socioeconómica se aúnan como lobo hambriento que muerde dejando marcas indelebles, minando toda perspectiva de lograr un modo de vida más confortable. Muchos países desarrollados tratan de visibilizar estas situaciones, pero nadie hace nada que no sea plasmar en papel, mediante proyectos y protocolos subvencionables, numerosas medidas que nunca llegan a la práctica en su totalidad. Por eso resultaba imperioso salvarse y salvar a los suyos. Y, para ello, no le quedaba otra, tendría que bailar con el diablo el vals del amor en las mismísimas profundidades del infierno. Así se lo había vaticinado la curandera a la que todos acudían para remediar sus males. Una mujer más vieja que Matusalén, llena de experiencia y sabiduría que, con retahílas, pócimas y lociones, lograba aplacar los males del espíritu y alguno que otro del cuerpo, pero no muchos; solo aquellos que surgían en el laberinto inextricable de la mente y que, al no detenerlos a tiempo, se convertían en enfermedades incurables para los médicos con abigarradas manifestaciones clínicas tanto físicas como psicológicas. Como si los años no pasasen para ella, pues todos la conocían de generación en generación, aunque cronológicamente vieja, siempre aparecía lozana y fresca ante sus clientes y en las pocas reuniones a las que acudía, que tendrían que ser muy importantes para hacerle abandonar su domicilio. Por ello, todos pensaban que en el interior de aquella oscura mansión ocultaba un gran tesoro o un incontable secreto. Creían que, tal vez, poseía el elixir de la eterna juventud, aunque a nadie se lo había revelado. Nunca se le conoció novio ni marido. Las malas lenguas decían que había hecho un pacto con Satanás y que algunas noches aparecía en las ventanas, iluminadas con extrañas e iridiscentes luces, adoptando diversas apariencias de aspecto espeluznante. Fuera cierto o no, aquellos comentarios le protegieron de vándalos y maleantes. La convicción o la curiosidad hacían que sus técnicas tuvieran buena acogida entre las personas más ignorantes o entre aquellas que no encontraban otro remedio a sus males. Muchas veces, como menciona el refrán: «La falsa apariencia engaña a la mejor ciencia». Las palabras de la vieja reverberaban en su cerebro con insistencia. ¿Qué le habría querido expresar con aquello de «bailar con el diablo en las mismísimas profundidades del infierno»? No entendía muy bien su significado que, más que infundirle calma, le había llenado de temor. Al notarla cabizbaja y apesadumbrada, la experta hechicera había tratado de explicarle que el camino que iba a comenzar en su vida iba a ser tortuoso y siniestro, pero que debería adentrarse en él sin miedos ni prejuicios. El diablo la estaría esperando en cada esquina y tendría que aceptar su amistad o morir.

—Tú tienes mal de amores, chiquilla, mal de amores. De amores espirituales y materiales —le había repetido—. Eres de carne y espíritu fuerte. Has nacido con la maldición que acompaña a las personas bondadosas que dejan de pensar en ellas en pro de los demás. Y el diablo siempre está al acecho de las mismas para ganarles la partida. O te entregas a él o bailarás con él el vals del desamor en las profundidades del infierno.

Desde su visita no había podido dejar de darle vueltas día y noche. Estaba asustada. La endiablada risa de la bruja o curandera o hechicera, o lo que fuera, resonaba en sus oídos y la paralizaba. No tendría que haber ido. ¿Por qué lo hizo? Precisaba alguna fórmula mágica para aplacar sus miedos y, ahora, en contrapartida, lo que tenía era pánico. Su amiga Ramona, en la distancia, y don Julián, en la cercanía cotidiana, trataban de tranquilizarla. Las premoniciones no suelen ser ciertas hasta que alguien se las cree y las hace reales, le decían. Así funciona el mundo. Si ya de antemano consideras que vas a ser desgraciada, lo serás, pero si piensas que puedes ser feliz, harás lo posible por conseguirlo.

En su casa aumentaban las bocas y disminuían los ingresos. Su madre cada vez tenía más hijos de hombres desconocidos. Ya iban siete vivos, más los consiguientes abortos y muertes prematuras, cuando la sabia naturaleza le denegó el don de la maternidad. ¡Uf! Debió de respirar aliviada. Al menos su hija sí lo hizo. ¡Por fin la familia iba a dejar de crecer! Ya no le importaba qué o cuántos hombres entraban o salían de su casa, salvo por lo que comían y bebían. Ni las risas y jadeos nocturnos que perturbaban su descanso, haciendo necesaria la llegada de la aurora para abandonar el recinto y sentirse liberada. A ella nadie osaba hacerle un arrumaco, sabía defenderse y más de uno se llevó una patada en la entrepierna, donde la espalda pierde su casto nombre, que le hizo desistir de sus intentos. Poco duró ese alivio, ya que pronto la diosa de la fecundidad visitó a sus dos hermanas cuando solo contaban con catorce y quince años. La miseria, camuflada en la feliz algarabía diurna y sobre todo nocturna, era el don más abundante en la casa. Las minas de bauxita ya no daban trabajo diario a sus hermanos y ella, con la pesca, no podía hacer frente a los gastos originados para alimentar tantas bocas de su cada vez más extensa familia. La insistencia de su amiga sobre la posibilidad de encontrar un mundo mejor que pintó y enmarcó a su antojo, logró convencerla. Verla llegar tan bien vestida cuando, cada tres o cuatro años, iba a visitar a don Julián obsequiándole con bendecidas donaciones para que siguiera cuidando de los más desfavorecidos, donde también estaba incluida su familia. Dinero que cogía su madre y malgastaba en cosas superfluas. Todo aquello le movió la curiosidad. ¿Sería tan fácil ganar dinero? ¿Ella podría hacer algún día lo mismo? Como un niño en sus primeros pasos, intentando descubrir constantemente cosas nuevas mediante el juego, también sintió la necesidad de dejarse llevar para aprender y conocer otro mundo lejano y, sobre todo, para salir de la oscuridad del suyo. Pero aquello no era un simple juego, aunque sí tuviera que poner muchas cosas en juego. Salir de una zona de mayor o menor confort a la que ya estaba acostumbrada para encarar un futuro desconocido, suponía todo un reto para ella. Debería atreverse a romper con sus viejos esquemas vitales. Esos que se van adquiriendo a través de las vivencias cotidianas y que solo se valoran cuando se pierden. Una balanza de la que pendían en un extremo el miedo a perder lo que tenía y, en el otro, la necesidad de sentirse querida, amada, valorada. O, quizá, libre. Pero ¿qué libertad podría tener escogiendo lo que le ofrecía su amiga? ¿No se sentiría más presa aún de lo que estaba? Una balanza difícil de equilibrar por el peso tan diferente que aportan sentimientos y deseos. Sabía que el eje central donde apoyar toda su incertidumbre era su amiga y eso únicamente lo conseguiría a su lado. Si ella decía que podía ser amada por un hombre bueno, no lo pondría en duda y lucharía contra los malos augurios. Detestaba su vida actual. Su actitud positiva frente a las cosas, de la que siempre había hecho gala, comenzaba a abandonarla cuestionándose, incluso, sus más básicas creencias religiosas. Algo que ya le venía pasando desde hacía algún tiempo, aunque ella guardase silencio tratando de disimular, para evitar males mayores, pues seguro que a don Julián no le gustaría esa confesión. Pero ella no era tan guapa ni tenía estudios, se decía. Nunca había salido más allá de su casa o de su mar. Era arisca y desconfiada por naturaleza ¿Quién le iba a poder o querer amar? La simple respiración de un hombre a su lado le enfurecía y hacía resurgir en ella sentimientos de odio. Curtida por el intenso sol que había cuarteado su joven piel y acentuado su color moreno, aparentaba más edad de la que realmente tenía. Para compensar su escasa belleza, la naturaleza le había dotado de una fuerza poco común en una mujer y, como pequeño Goliat, era capaz de enfrentar y defenderse de sus gigantes enemigos, ladrones y malvados que querían robarle su pesca o su dignidad. Nadie había osado tocarle nunca ni un cabello de la copiosa y enredada mata que coronaba su cabeza, otorgándole más volumen del que en realidad parecía tener su masa encefálica. Una vez más se cumplía la frase popular de que las apariencias engañan porque en ella se alojaba mucha inteligencia sin desarrollar y numerosos sentimientos sin clasificar que al final darían sus frutos. No obstante, dentro de ella, se había instaurado un sentimiento de culpa que le generaba sensaciones poco placenteras ante un castigo que creía no merecer, afectándole en sus relaciones, emociones y experiencias vitales. Necesitaba tiempo o distancia para curar las heridas de su corazón atormentado. Tal vez, simplemente, era muy dura consigo misma al valorarse tan imperfecta, solía comentarle su amiga. Lo que le quedaba claro, a través de sus pensamientos y vivencias, eran las dificultades con las que tenía que enfrentarse la mujer en la vida. Sobre todo, en determinados territorios donde no es más que un animal de carga o un objeto de deseo, sin poder poner en duda las imposiciones según costumbre, tradición o religión por miedo a ser maltratada o repudiada.

Así que, un buen día, armándose de valor, se dispuso a dejar su tierra dominicana bañada por aguas caribeñas, solicitando el amparo de Nuestra Señora de Altagracia, cuyo nombre llevaba desde su nacimiento, y se embarcó rumbo a lo desconocido dejándose guiar por su fiel amiga Ramona. Esta hacía tiempo que residía en un pueblecito de seiscientos habitantes de esa España, de conquistadores vencidos por la única batalla que no pudieron ganar: la despoblación. Había aceptado casarse por poderes con un hombre que solo conocía por fotografía y que le sacaba más de treinta años. Una larga y maratoniana carrera de fondo que le llevó a la extenuación y, en más ocasiones de las deseadas, a las ganas de tirar la toalla a lo largo del proceso. No fue fácil reunir la documentación que le pedían. Ni siquiera estaba inscrita en el registro civil. Su madre no se acordaba o no quería hacerlo. Eran tantos hijos los que había parido, unos vivos y otros fallecidos, que ni siquiera sabía si alguien la había inscrito o no. Eso lo sabría el cura, como siempre, argumentó su madre despectivamente. Aquel cura no era santo de su devoción. Le decía cosas que no entendía o no quería entender. ¿Qué sabía él de la vida de una mujer pobre? ¿Cómo podría entender la importancia que se daba a sentirse deseada y amada? Él lo llamaba explotación sexual. Ella no se consideraba una prostituta, pues nunca exigía nada a cambio ni lo consideraba un servicio. Solo se acostaba con los hombres que amaba, pero el amor se acababa y ellos se marchaban después de un tiempo. ¿Qué sabía él del sufrimiento de la pérdida y del abandono? Altagracia se encontraba en un gran dilema ante las reflexiones de su madre y las enseñanzas del sacerdote. Lo que tenía cada vez más claro, es que urgía salir de allí y comenzar de nuevo. Sin embargo, eran tantos los documentos que le pedían que la impotencia lograba abatirla y encerrarla en la más profundad oscuridad. Una vez más, como en numerosas ocasiones, tuvo que recurrir a don Julián, que le ayudó sin condiciones. Abogados, notarios y complicada documentación que su amiga, desde España, le solicitaba constantemente. Para complicar más la situación, estaban las autoridades dominicanas que tampoco daban el visto bueno, así como así, a esas peticiones por temer que eran, simplemente, uniones de conveniencia para alcanzar la residencia legal en otro país. Además, al querer que la ceremonia fuese religiosa, el caso se condicionaba aún más ante nuevas exigencias y numerosos requisitos. Según el Código de Derecho Canónico, para que pudiera celebrarse el matrimonio de forma válida, el contrayente había de firmar un poder notarial y presentarlo al párroco o a un sacerdote delegado quien, a su vez, emitiría un poder especial. Este poder sería privado y se firmaría ante notario, junto a un procurador, el párroco o sacerdote, un obispo y dos testigos mayores de edad en pleno ejercicio de sus facultades y derechos.

El tortuoso laberinto del que le habló la curandera no terminaba sino de empezar. Tras más de nueve meses de largos, penosos y costosos trámites, ya que apenas sabía leer ni escribir; terminó casándose, por poderes, con un desconocido del que no tenía más que un retrato de cuando era joven y al que representó su hermano Rafael. En una mañana desapacible que parecía adelantar los malos augurios, se dispuso a prepararse para el viaje que le llevaría al añorado país. Antes, tuvo que vencer el miedo a subirse en aquel pájaro hueco al que tanto respeto tenía, a la vez que se intrigaba por conocer los entresijos internos que su mente le proyectaba de lo desconocido. Largas noches de insomnio, en la soledad de una cochambrosa alcoba compartida por numerosas personas, quebraban sus débiles expectativas. Mayores y niños que dormían arremolinados ante la desesperanza del presente y la incertidumbre de lo venidero. Intensas horas de angustia intentando vencer el miedo irracional y desproporcionado a quedar suspendida en el aire en un artilugio del que desconfiaba. Palpitaciones, temblores, sudoración y falta de aire que se diluían a lo largo de la noche hasta ser vencidos por el cansancio y el sueño. Al ver el avión de cerca se sobrecogió, no dando crédito a que aquello tan grande, pudiera sostenerse en el aire con la cantidad de personas que entraban en su interior. La proporción con los pájaros que ella conocía y con los cuales lo comparaba era abismal. Su corazón se desbocó de nuevo, palideciendo su rostro y, en su pequeño estómago, revolviéndose los restos de los escasos alimentos que quedaban. Entró temerosa, con la mirada fija en el suelo, intentando pasar desapercibida, y una azafata, con trato amable y cortés, la instaló en el asiento asignado en su billete. Temblaba como una hoja mecida suavemente por el viento de verano, procurando disimular su desconcierto. Elevó tímidamente los ojos hacia ella y musitó una sonrisa de agradecimiento por la atención prestada. No estaba acostumbrada a que nadie le tratara con tanta deferencia. Le adjudicaron un asiento al lado de la ventana. Cuando sus posaderas se aposentaron sobre el material sintético que lo recubría y que, tras observarlo, había intuido duro y frío, se hundió en la blandura algodonosa y reconfortante que acogía su cuerpo sin preguntar de quién o para quién era. Qué suerte o qué desgracia, pensó, poder ver desaparecer lentamente mi tierra y otear, en primicia, la nueva y desconocida a mi llegada.

Las luces del aeropuerto pronto se disiparon en la negrura de la noche. Había cogido un vuelo que salía a las tres de la madrugada porque era más barato. No quería ser gravosa desde el principio para nadie y que se lo pudieran tirar en cara si las cosas no iban bien. Entornaba los ojos queriendo dormir, pero el sueño se había quedado en su tierra junto con el resto de sus otros muchos sueños irrealizables. Los rostros de sus seres queridos pasaban por su mente una y otra vez. Recordaba como antes de partir, mientras recogía sus escasos enseres y los guardaba en la maleta que su amiga Ramona le había regalado, los habituales reproches familiares se habían suavizado. Numerosa palabrería vacía de sentimiento y gritos excesivamente teatralizados la despidieron con un afecto que no sentían, esperando que del nuevo pastel hubiera reparto. Lo primero que le espetaron fue que no se olvidara de las muchas penurias que estaban pasando y que aumentarían, pues ella ya no podría salir a pescar. Abrazos falsos cargados de egoísmos, pero ni una lágrima. Sus sobrinos más pequeños, imitando a los mayores, se agarraban a su ropa restregándose los mocos en el único y mejor vestido que tenía, también regalo de su amiga Ramona. Les cogió en brazos, uno a uno, y los besó con cariño. ¿Quién iba a cuidar de ellos ahora?, pensó, mientras de su corazón se desprendían pequeños trocitos como si fueran pétalos de una flor deshojada y en su mente se libraba una dura batalla entre el deseo y el arrepentimiento. Rafael, el mayor de sus hermanos varones, le acompañó para que no viajase sola y en trasporte público. No por voluntad propia, sino por indicaciones de don Julián que le dejó el coche parroquial para que todo fuera más fácil. Trescientos kilómetros la separaban del aeropuerto internacional de Las Américas y, con los medios de comunicación habituales, podría tardar casi un día en llegar. Un viaje que le sirvió para conocer más y mejor las inquietudes de su hermano. Apenas se veían en la casa. Ambos madrugaban y llegaban cansados al caer la tarde. Ella, tostada por el esplendoroso sol que iluminaba y calentaba cada rincón y él, extenuado por el duro trabajo en la mina con el polvo rojizo adherido a su piel y a su alma. Le confesó que él también se quería ir, que estaba harto de todo aquello. Que lo único que le ataba era su novia, pero que no veía ningún futuro para ellos. Le pidió que le ayudara y le llevara con ella cuando ya estuviera instalada. En la antesala de la puerta de embarque, cuando la megafonía reverberaba el anuncio del vuelo de la aerolínea Iberia, que la llevaría muy lejos rumbo a lo desconocido, Rafael, no pudiendo contener la emoción que le embargaba, se acercó a ella y la abrazó con fuerza durante unos segundos. Nunca antes su hermano había hecho cosa igual. Ella aceptó ese cálido apretón que parecía fundirles en la desventura, sintiendo que la presión de su cuerpo caliente y varonil le devolvía la fuerza que parecía haberse disipado por el temor a lo desconocido. Ahora tendría otro aliciente más, el de llevarlo a su lado. Prometieron estar en contacto mediante cartas. Ella sí le escribió. No una, sino en varias ocasiones. No obstante, nunca recibió respuesta, por lo que se cansó de hacerlo. ¿Por qué no la contestaría si tenía tantas ganas de cambiar de vida? ¿Se habría casado? Pensó que, tal vez, los débiles lazos familiares existentes se habrían terminado rompiendo con la distancia. Años después se enteraría de que, a los pocos meses de su partida, había fallecido víctima de un accidente en la mina. Nadie se había dignado a comunicarle la noticia. Su madre, indignada por querer abandonar la casa y debilitar aún más su sustento, lo había asumido como un castigo divino bien merecido. La novia que tenía no era de su agrado. Excesivamente remilgada y ladina. Muy beata. Las pocas veces que la había llevado a la casa, su postura era tan rígida e incómoda que parecía una figura esculpida en mármol o hielo. Numerosos e incontables desprecios durante su estancia en aquella familia, le hacían replantearse con mil excusas las invitaciones que su novio le hacía.

Los fantasmas de la noche se disiparon con el amanecer. Los rayos de sol aflojaron los grilletes de su mente y se aferraron a su corazón. Solo la inmensidad del océano, interceptado por las nubes bajas que lo cubrían intermitentemente, lograba calmar su angustia. Pronto el paisaje cambió y dejó de ser conocido para pasar a ser simplemente añorado, al quedar suplantado por otro con unas características bien distintas. Desde la altura, la diminuta panorámica de las cosas, que todo lo empequeñece e iguala, le hizo sentirse como las aves a las que tanto había envidiado. Cerró los ojos. No era igual. Ellas volaban en libertad, mientras que ella se dirigía al cautiverio. Sentía tan cerca el cielo que el miedo inicial se disipó. A veces, las nubes enroscadas unas con otras, dibujando figuras abstractas, emborronaban el paisaje dejándola sola con sus pensamientos. Según se aproximaba a su destino y el avión perdía altura, en lontananza pudo reconocer montañas, ríos, valles, llanuras…, pero no estaba su mar. No olía a pescado y a sal. Nunca podría olvidar su tierra, su Pedernales querido. Sus kilómetros y kilómetros de playa, entre Cojimíes hasta La Cabuya; la arena blanca de Cabo Rojo, cuyo nombre hacía referencia a la existencia de bauxita en la zona; los caminos de color óxido oscuro por la misma peculiaridad; su barquichuela de pesca ahora a la deriva de su mar en sueños… Un frío interior comenzó a apoderarse de ella, poco a poco, helando sus entrañas. Su mirada, aquejada de miopía circunstancial y momentánea, no alcanzaba a vislumbrar con claridad más allá de ella misma, de su interior más oscuro y profundo. El avión aterrizó y, sin prisa, esperó a que todos bajaran. Si hubiera podido ocultarse tras un asiento, en un baño, en la cabina del capitán…, y esperar para regresar de nuevo a su tierra, lo habría hecho. Pero no. Ella era una mujer de palabra. Había llegado el momento y lo tendría que afrontar con valentía. ¿Cómo sería el encuentro? ¿Le daría la mano o un beso en la mejilla? Tal vez sería mejor un abrazo. ¿Sentiría en su abrazo el calor con el que la despidió su hermano Rafael? Todo resultaba demasiado confuso y precipitado. Su mente, para obviar la angustia, se recreaba en el amor de su vida, en sus caricias, en sus palabras. ¿Tendría que pensar en él para poder establecer ese nexo matrimonial? Si hubiera conocido entonces el final de su historia, no hubiera pensado lo mismo. Cuando comenzó a descender por las escalerillas con mirada cautelosa, observó tanta gente que se sintió aún más perdida. Su corazón palpitó de alegría al ver a su amiga que, junto a su marido, la esperaban alzando una y otra vez las manos entre el gentío que iba y venía para llamar su atención. Sin embargo, según se iban acercando reparó que solo estaban ellos. ¿Dónde estaría su marido? ¿Se habría arrepentido? Tal vez, no era tan importante para él como ella pensó. Pronto le sacaron de sus intrigantes cavilaciones. Su flamante esposo no había podido acudir porque se encontraba en plena recolección de las fincas de maíz y girasol, comentó su amiga. Se sintió aliviada. Temía el encuentro.

Después de los abrazos y parabienes propios del momento, se montaron en un coche. Era mucho más elegante que el de don Julián, por lo que no hacía más que mirarlo de arriba abajo. Tocaba, acariciante, la suave tapicería con sus manos; se estiraba y encogía en el reconfortante espacio posterior; observaba la pantalla y decoración de los paneles de control del salpicadero, así como la destreza con la que aquel hombre manejaba aquella palanca de cambios que hacía que el coche corriera más o menos. No se perdía ningún detalle nuevo, mientras escuchaba las explicaciones de Ramona sin prestarle demasiada atención. Ya le había contado muchas veces cómo era la vida en el pueblo, su gente, sus fiestas, sus múltiples servicios y actividades, en las que, al parecer, ella estaba muy integrada. La teoría la conocía muy bien, aunque la práctica se le hacía un poco cuesta arriba. Sobre todo, porque del que quería saber algo más, nada contaba. ¿Cómo hablarle de un marido al que tanto costó convencer? Eso no se lo quería decir. Solo rezaba porque el encuentro no marcara la vida de su amiga. Ya había sufrido bastante. El único amor que tuvo se lo arrebató el mar en una noche de tormenta. Unos dijeron que había muerto, otros que no. Lo cierto es que, fuera como fuera, el cuerpo no apareció. En casa, su madre la torturaba diciéndole que había encontrado otro amor porque ella no había sabido retenerlo a su lado y la había abandonado, generando en ella más odio y resentimiento que dolor por la pérdida. No hubo nadie más. Su progenitora, desde entonces y para siempre, se referiría a ella con el apodo de la Iguana Cornudapor las impenetrables escamas con las que había recubierto su vida y por hallarse en peligro de extinción. ¿Qué mujer se entrega a un solo hombre?, le espetaba cuando rehusaba aceptar las propuestas de algún admirador. Su pensamiento era otro bien distinto. Si la persona que conocía desde niña y amaba con locura, creyendo ser correspondida, y a la que quiso entregar su vida, la había abandonado, ¿qué iba a esperar del resto? Gente de paso que con halagos y milongas intentaría conquistarla, pero que solamente desearía su cuerpo, dejándola preñada y abandonada para esperar al siguiente. No. Ella no quería una vida así.

La nueva aventura, que estaba a punto de comenzar, le producía cierto desasosiego que no sabía cómo enfrentar. Sus tripas se movían, protestando activamente, no pudiendo determinar si lo que impulsaba aquel movimiento descontrolado podría ser debido al hambre o a los nervios. No había probado bocado desde que salió y no había sido demasiado lo ingerido. También su sistema nervioso llevaba alterado algunos meses, acentuándose en las últimas horas y mucho más en los últimos minutos. Miles de preguntas se agolpaban en su mente. Preguntas escabrosas que no podía resolver por sí misma e intuía tenebrosas ante el mutismo de su amiga al planteárselas. No era tonta y se daba cuenta de que las eludía o respondía de forma superficial. El diablo volvía a aparecer atormentándola con la incertidumbre habitual. ¿Cómo sería el hombre con el que iba a compartir su vida? ¿Llegaría a amarle algún día? Temía tanto el encuentro que le bloqueaba el habla. Lo único que se le ocurrió decir con voz trémula a su amiga y esposo fue:

—¿Sería posible que esta noche duerma en vuestra casa? Me parece muy tarde ya para las presentaciones.

A Ramona le pareció buena idea, sobre todo sabiendo que le tendría que poner al día de ciertas cosas que no le había contado y que todavía no sabía cómo hacer, ni cómo le podrían afectar a su amiga. Ella no pensaba dejarla sola, pasase lo que pasase, eso ya se lo había dicho a su marido. A veces se arrepentía de haberla puesto en este trance. Altagracia era un alma en estado puro, libre y manso como su mar en calma. Si lo había hecho era porque creía que ese hombre resultaría bueno para ella, pero a veces dudaba de tal decisión. Estaba segura de que, si le sabía llevar, podría ser feliz o al menos no tan desgraciada como había sido. Sacó su celular y se comunicó con Hipólito, al que todos llamaban Poli.

—Buenas noches, Poli. Ya estamos de camino. Como llegaremos tarde y tú estarás muy cansado, si te parece que Altagracia se quede a dormir en mi casa esta noche y mañana desayunamos juntos.

Al otorgar su conformidad, pues seguramente le embargaba el mismo miedo y deseaba distanciar el encuentro, Altagracia respiró tranquila, sintiendo que su condena se aplazaba unas horas más. De buena gana se hubiese vuelto a su país, a sus miserias, pero ya no había marcha atrás, apechugaría con lo que viniese. Era una persona de palabra y debería cumplir con el compromiso adquirido, se decía de nuevo para sus adentros.

La casa de su amiga le pareció un pequeño palacio. El haz de rayos luminosos que una farola proyectaba sobre la fachada, le daba aspecto de cuento de hadas. Su amiga, Ramona, rio su ocurrencia.

—No hay hadas ni casas encantadas, la magia tiene que salir de cada uno de nosotros.

—¿Tú crees que todos podemos hacer magia? Eso solo lo hacen los magos y los brujos —insistió pueril.

—La magia está en el corazón de las personas. Es un duende que sale de nosotros cuando, con nuestras acciones, tratamos de ser felices y hacer felices a los demás.

—Si tú lo dices, que sabes más… —contestó resignada.

Entraron en la casa. Altagracia seguía mirando todo con gran expectación y detenimiento, fijándose en cada adorno, en cada detalle, como si quisiera formar parte del espacio inerte de la vivienda. Ese que permanece eternamente, que no precisa sentir para vivir, ni sufre al ser retirado o destruido.

—¡Uf! ¡Es más bonita que la de Cecilia! —exclamó, sin percatarse de la mueca de disgusto que ese comentario había originado en la cara de su amiga.

—Bien, subamos a la parte de arriba para que dejes tus cosas y luego te enseñaré el resto de la casa —interpuso rápidamente, sin más contiendas. El recuerdo había agriado su voz.

El edificio constaba de dos plantas y a ella la acomodó en el primer piso, en la habitación de invitados. Ellos, comentó, ocupaban una habitación en la planta baja. Le abrió la puerta del habitáculo invitándole a que se cambiara y bajara a cenar. Le indicó donde estaba el cuarto de baño por si quería asearse, y la dejó sola. Olía a limpio. Todo parecía guardar una simetría armónica. No era lujoso, pero sí confortable. Los suelos de pulida y reluciente madera le invitaron a quitarse los zapatos que tanto daño le hacían por su falta de costumbre, y a permanecer descalza como si fuese a caminar por la arena de sus playas tropicales. Se sentó en una de las camitas y experimentó la blandura de un colchón nuevo en el que nunca había dormido. Se tendió todo lo que era de larga sobre él, sintiéndose transportada a su vieja barquichuela movida por las suaves olas con el dulce vaivén de un mar en calma. Las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos, imparables, inagotables, a borbotones, en cascada, en un total y sepulcral silencio. Escuchó la voz de su amiga que le invitaba a bajar a cenar, pero no podía moverse. Gritó que no tenía hambre y la excusa no le sirvió de nada porque Ramona se presentó con un plato de arroz con pescado, muy parecido al que se comía en su tierra, para que su amiga se sintiese como en casa. Recordaron viejos tiempos cuando de niñas sufrieron tantas miserias. Y, curiosamente, tras sus confidencias, parecían añorar aquella época a pesar de la pobreza en la que ambas vivieron. Ya se sabe que, ante la incertidumbre, cualquier tiempo pasado fue mejor.

—Tú tuviste más suerte que yo —murmuró entre dientes Altagracia, mientras masticaba y masticaba la comida que se negaba a atravesar sus fauces parar pasar al esófago por miedo al retorno violento que pudiera ensuciar la estancia.

—Eso según se mire —contestó entristecida.

—No te quejes. Ya sé que Cecilia no fue buena contigo, pero, al fin y al cabo, te dio unos estudios —prosiguió.

—No mientes a esa persona, por favor. Todo fue gracias al padre Julián. A ese si le debo todo lo que soy y tengo.

—Al menos tuviste una oportunidad, mientras que yo no tenía otra cosa que bocas hambrientas a mí alrededor y una madre que no me quería más que para llevar el sustento diario, maltratándome cuando no llevaba dinero a casa.

—Nada es tan fácil como parece… Tú al menos tuviste una madre y unos hermanos. A mí todo me fue mucho más difícil.

—Desde luego —interrumpió—. Lo importante es que lo conseguiste.

—¿Y de qué me sirvió? Nada de lo que estudié allí me lo convalidaron acá. He tenido que volver a formarme para poder sentirme útil.

—Pero tú ya tenías base. Yo apenas sé leer ni escribir. Lo poco que sé me lo enseñaste tú, pues no tuve la oportunidad de ir a la escuela. ¡Te debo tanto, Ramona! —exclamó echándose sobre su hombro y volviendo a prorrumpir en amargo llanto.

—No me debes nada. La vida es una cadena de favores. Si cada uno enseñásemos un poco de lo que sabemos y diésemos un poco de lo que tenemos, ¿no crees que la vida sería distinta?

—Pero yo, ¿qué voy a dar si no lo tengo? —preguntó con impotencia.

—Ahora es tiempo de recibir. Ya llegará tu hora.

Esa frase se grabó en su corazón, esperando con ilusión poder en un futuro devolver a alguien todo el apoyo y el bien que ella estaba recibiendo en estos momentos tan delicados de su vida. Aunque, con el paso del tiempo, tendría que comprender que, a veces, cuando se vive y comparte la vida con otra persona, no es tan fácil hacer lo que te propones, sobre todo si ambos no comparten los mismos principios ni se basan en las mismas reglas morales. Uno de los mayores escollos que tuvo que salvar en su camino. El deseo de hacer el bien tuvo que posponerlo para otros momentos más propicios, esos en los que las circunstancias cambiaron y logró reencontrarse consigo misma. Resarciéndose, entonces, de lo que quiso y no pudo hacer, pero que al final sí fue posible. Cierto es el refrán que dice que hasta el final nadie es dichoso.

—Paco también parece buena persona —expuso tímidamente.

—Sí. Una excelente persona. No sabes la suerte que he tenido —afirmó con franqueza—. Y su familia me quiere como si fuera una hija más. Están todos deseando ver al retoño que llevo dentro de mí. Lo que siento es que me lo van a malcriar.

—¿Estás preñada? —preguntó jubilosa, mientras le acariciaba el vientre con la mano.

—Sí. De tres meses.

—Pues no se te nota nada. ¡Qué alegría!

—La semana que viene me harán la ecografía para saber el sexo del bebé.

Altagracia, que seguía con las manos sobre el abdomen de su amiga, después de cerrar los ojos y concentrarse, dijo:

—Vas a tener una niña.

Ramona no se lo podía ni quería creer, aunque conocía que en su tierra había personas con el don de la adivinación.

—¡A ver si vas a tener que poner una consulta para adivinar el futuro! —manifestó jubilosa con cierta ironía.

—No te rías de mí —respondió entristecida.

—No me rio, Altagracia —musitó, abrazándola—. Todo lo que yo quiero es que seas feliz.

—¿Y consideras que lo seré al lado de ese hombre?

En Ramona volvieron a aparecer las dudas que la habían venido acosando en los últimos días. Intentó contarle algunas cosas que iban a formar parte de su nueva vida y que eran muy diferentes a las que había vivido. Temas referentes a la casa, comidas, limpieza, compras… No tenía ni idea del valor de las pesetas, que luego se complicaría con la llegada de los euros. En su vida nunca había visto un aspirador o una lavadora…

—Pero él, ¿cómo es? —insistía Altagracia.

—Mañana le conocerás. Y no te preocupes. Es un hombre y, como tal, tiene sus desajustes emocionales. Son niños grandes. Ellos no son como nosotras. Los han educado de otra forma.

—¿También aquí? —preguntó ingenua.

—Aquí y en Lima. Los hombres han sido los seres protegidos de la creación. La educación que han recibido desde la infancia no ha sido la adecuada. El contrasentido es que la hemos llevado a cabo las mujeres, que somos las que siempre nos quejamos de ellos.

—Ellos son más importantes, tienen más libertad, independencia…

—Eso es lo que nos quieren vender —interrumpió—, pero sin una mujer a su lado están perdidos.

—Tengo miedo, Ramona. Yo no sé pensar como tú ni hablar como tú ni…

—No te preocupes, yo voy a estar siempre a tu lado —interrumpió, asiéndola por los codos y llevándola hacia sí para fundirse con ella en un fuerte abrazo.

No deseaba generar más miedo del que ya tenía. Las cosas con la luz del día, después del descanso nocturno, tomarían otro cariz. Esperaría y, al día siguiente, se lo contaría con más detenimiento, aunque fuera difícil de entender.

DOS DESDE LA EXPERIENCIA

Aquel viaje, en principio, iba a ser solo para una revisión médica. Tal vez la última. Él no conocía su mal. Era mejor así. Lo que fuera a vivir que tuviese el mismo tinte de felicidad encubierta que le había acompañado a lo largo de la vida. Su mujer se había encargado de organizar una comida que, suponía de antemano, no iba a alegrar demasiado al marido, pero que creía necesaria dadas las circunstancias. Una sorpresa. Sí, sí, menuda sorpresa. Una sorpresa con su lado bueno y malo. Esa bipolaridad que nos acompaña a lo largo de nuestra vida; ese bálsamo agridulce que precisa de un sabor intermedio, mediador, para neutralizar los extremos. Tenía miedo de lo que pudiera pasar y, no obstante, creía que era bueno que pasase. No solo bueno, sino necesario. Una sombra de culpa se cernía sobre su cabeza y, a veces, atormentaba su maltrecho corazón. Temía que el regreso de los fantasmas del pasado intensificase las alucinaciones presentes. Hacía mucho tiempo que no se ponía agresivo, ni imaginaba cosas tan reales para él como son inusuales para el resto. La analgesia, a pesar de haberle retirado la medicación psiquiátrica, le había calmado sorprendentemente. Preocupada, temiendo que volviera al estado mental que tanto distorsionaba su relación, le preguntaba al médico si era normal esa euforia y esa sensación de estar flotando que refería tantas veces.

—No se preocupe —respondía—. Es el efecto relajante y narcótico de la morfina.

Durante el viaje, ya le había preguntado a su mujer por qué permanecer todo el día en la capital si tenía la consulta a las once de la mañana. Ella le había respondido que tenían que hacer unas compras y que sería bueno que se tomasen un día de respiro, los dos, como hacían antes de caer enfermo. Además, la hora era solo orientativa, pues muchos días les habían citado pronto y luego habían terminado muy tarde.

—¡Como digas, mujer! ¡Como digas! Siempre se ha de hacer lo que tú quieras —musitaba fingiendo una resignación que no sentía e impropia de su carácter.

—Para un día que salimos de casa desde hace tres meses, tendremos que aprovecharlo, ¿no? —respondía ella, intentando animarle un poco—. Parece que nos hemos enterrado en vida.

Y así era realmente en los últimos años, se dijo para sí, pensando en la evolución de su relación.

—¡Como digas, mujer! ¡Como digas! —repetía expresando cierta cadencia en cada sílaba pronunciada, como si ya le diera igual todo lo que acaeciese.