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En el ocaso de su matrimonio, un arquitecto de cincuenta años repasa las razones de su ruptura conyugal. Debe bregar con el poder controlador del padre de su exmujer, las maniobras de una amante manipuladora y con el despertar de una pasión que lo somete a dolorosas decisiones. Vicente descubrirá el lado amargo del éxito forjado a partir de alianzas familiares que lo enfrentan a asumir su estatura de peón de tablero de ajedrez y deberá moverse con especial destreza para no ser devorado por un rival poderoso y vengativo. Gonzalo Garay nos sitúa en contextos y escenarios diversos con una prosa fluida y atrayente. El acertado manejo psicológico de los personajes hace que las manifestaciones del amor transiten naturalmente a través de la obra y se emparenten con el odio, la decepción, el erotismo y los celos. La novela nos regala un relato entretenido y dinámico.
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Seitenzahl: 206
Veröffentlichungsjahr: 2020
VicenteAutor: Gonzalo Garay Burnás Editorial Forja General Bari N° 234, Providencia, Santiago-Chile. Fonos: 56-2-24153230, [email protected] Primera edición: junio de 2020. Prohibida su reproducción total o parcial. Derechos reservados. Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin permiso previo del editor. Registro de Propiedad Intelectual: N° A-309929 ISBN: N° 978-956-338-476-5 eISBN: N° 978-956-338-477-2
“Mira a través de la ventana: como siempre, el cielo más plomizo de la tierra. Sin embargo, hoy se siente un poco mejor. Porque todo el mundo embauca. Pero usted embauca a todo el mundo diciendo de vez en cuando la verdad”.
El arte de no decir la verdad.Adam Soboczynski
Dedicado a Blanca
PRIMERA PARTE
I.-
II.-
III.-
IV.-
SEGUNDA PARTE
DÍA UNO
DÍA DOS
DÍA TRES
DÍA CUATRO
DÍA CINCO
TERCERA PARTE
I.-
II.-
III.-
IV.-
V.-
VI.-
VII.-
VIII.-
IX.-
X.-
XI.-
XII.-
Uno de los actos más placenteros del día debía ser el de dejar reposar el cuerpo bajo las sábanas. La expectativa del descanso nocturno, como corolario de las obligaciones diarias de la vida moderna, era para Vicente una de las pocas actividades que conservaba la esencia y textura de las cosas simples. Más allá de que su humanidad se depositara sobre aquellos incómodos colchones de lana, tan típicos de antaño, o lo hiciera en las modernas camas de resortes, con la regocijante sensación de apoyar la cabeza en la almohada conseguía descomprimir la tensión, relajar los músculos y recomponer fuerzas para la jornada siguiente. Se trataba del balance perfecto entre lo fisiológicamente necesario y algo altamente gratificante. Deber y placer conectados en una ecuación ideal. Ahora, si aquello traía como adición la eventualidad de una buena sesión de sexo, el escenario podía resultar sublime.
Estaba escrito que algún día los índices de tolerancia de Vicente iban a estallar y que afloraría desde sus entrañas una versión diferente a la que Gabriela había pretendido ir construyendo desde hacía casi veinte años.
Como había venido ocurriendo, aquella noche su esposo nuevamente se quedó dormitando sobre el blanco sillón de cuero de la pieza de estar, repasando en el televisor, por enésima vez, el episodio de una serie de humor gringo que cada vez lo hacía reír menos. El único estímulo que consiguió enviarlo a la cama fue el frío que, en perversa combinación con la humedad, arreciaba con fuerza en la sureña ciudad de Temuco, al sur de Chile. Pasada la medianoche, la luminosidad y el calor de las brasas de la chimenea habían dado paso al deprimente espectáculo grisáceo de cenizas y troncos a medio carbonizar, en una metáfora que bien podía resumir los últimos meses de aquel matrimonio.
El consciente deseo de Vicente de no compartir el lecho con Gabriela anunciaba un quiebre profundo en la forma de conducir sus vidas. Una honda fractura en el proyecto que habían fraguado con buenas dosis de valentía, cariño y determinación. Especialmente determinación.
–¿Es posible que te acuestes sin hacer ruido?
–No tengo la culpa de que tengas el sueño liviano.
–Lo peor es que caerás inconsciente y no podré volver a dormir por tus ronquidos.
–¿Quieres que me vaya a dormir a otra cama?
–Ridículo, date vuelta y duérmete.
–¿Me puedo acercar? Tengo frío.
–¡Olvídalo! Tardé mucho tiempo en ganar temperatura. Deja de joder y duérmete. Y no se te ocurra tocarme.
–Yo siempre te doy calor cuando me pides.
–Ese eres tú.
El eco de aquella última frase resonó potente en la amplia habitación principal y vino a engrosar el listado de detalles que no hacían sino confirmar las sospechas de Vicente acerca de la relación paralela de su mujer, lo que no le causaba inquietud alguna. De hecho, tiempo atrás él había transitado por escenarios similares.
Siempre pensó que las mujeres bellas tenían vidas complejas. Tal vez por eso intentó reafirmar en su única hija la convicción de que aquella heredada característica era ni más ni menos que un sólido punto de partida para cimentar una vida exitosa. Insistentemente le repetía que el aspecto físico era algo que tenía resuelto, así como el interés que siempre despertaría en muchos jóvenes, cosas de las que la gran mayoría no podía presumir, por eso la instaba a enfocar sus intereses y preocupaciones en sumar destrezas intelectuales.
Gabriela, aparentemente, tenía una visión distinta del tema. Vicente venía hace años observando que la influencia genética la había llevado a enfocarse exageradamente en la imagen, renunciando al privilegio de llenar los años con sabiduría y sofisticación. A enriquecerse con la verdadera belleza. Aquella que, como su esposo siempre le decía, permitía anteponerse a las señales del entorno y manejar las emociones como lo haría el más noble de los vinos: con el toque preciso de intensidad, equilibrio entre acidez y dulzor y sutiles toques de vainilla, café y chocolate. La belleza, reflexionaba Vicente, esa estética irresistible, permanecía adherida a la persona en la medida en que se le permitía desarrollarse en armonía con el paso de los años. Cuando aquel proceso natural se frenaba artificialmente, todo caía bajo el rótulo de la falsedad, de lo forzado, se perdía frescura e identidad. Era como un anticipo de la muerte para alguien que buscaba irracionalmente todo lo contrario.
Siendo un profesional recién titulado como arquitecto, Vicente fue invitado a la casa de playa de los Cruz. Gabriela era la segunda de los cuatro hijos de la familia. Tres hombres y una mujer. La correcta presentación estuvo al borde de convertirse en un fiasco por la irrefrenable tendencia del joven a clavar la vista en los glúteos de la madre de Gabriela –que en definitiva se convertiría en su suegra–, mujer de unos cuarenta y cuatro años, cuya exuberancia justificaba con creces la belleza transmitida a su descendencia femenina. En la oportunidad vestía uno de esos enormes sombreros de paja que suelen usarse en el verano, unos exagerados lentes de sol que le cubrían buena parte del rostro –muy a la usanza de mil novecientos ochenta y siete–, una ceñida blusa a cuadros amarrada a la cintura y un minúsculo short de mezclilla que dejaba al descubierto la parte necesaria de su trasero como para convertir su aspecto en una postal que a Vicente le resultó en extremo erótica. No interesante ni coqueta, derechamente erótica. De un caudal de sensualidad que se amplificaba con cada sutil quiebre de cintura al andar. El alcohol corría por las mesas tanto como el género del short se internaba en los glúteos, intensificando involuntariamente el destino afiebrado de las miradas de Vicente. A tanto llegó el ejercicio visual que, sintiéndose sorprendido en su pulsión lasciva, debió simular un genuino interés por una planta de vivos colores que decoraba el jardín de la terraza.
El detalle era que tras ese traje de hermosa femineidad se albergaba una mujer de presente sombrío y genio ligero. Presa de las circunstancias se había embarcado siendo muy joven en el mundo de la maternidad, por lo que no alcanzó a desarrollar su potencial ni a manifestar sus intereses y asumió a regañadientes la realidad conyugal con un hombre de trato aparentemente afable, pero de carácter igualmente fuerte. El tema es que bajo aquel esquema de formalidad se escondían deseos e inquietudes que no iban a tardar en hacerse carne y dirigir su conducta. Claro, todo el mundo oculta algo. No existe individuo que no tenga un lado B, lo que más elegantemente se podría denominar como el espacio privado de íntima comunión con uno mismo. Ese escenario interno en que cada sujeto suele juzgarse con ligereza y perdonarse hasta la más ilícita de las conductas.
Carmen Schubert, la madre de Gabriela, mantenía con los años una estampa de femme fatale que a Vicente le resultaba abiertamente excitante, especialmente desde que, por una causalidad, presenció las alternativas de su affaire con uno de los socios de su marido. La mujer, viéndose sorprendida en un festival de besos y caricias, arribó a un tácito pacto de silencio con Vicente que se selló tan solo con una mirada, lo que para este significó, automáticamente, un evidente trato preferencial dentro del esquema familiar, especialmente en la esfera profesional. El desarrollo y avance de su carrera presentó desde aquel momento un impulso movilizador gracias a la influencia de su suegro, un conocido y exitoso empresario del área de la construcción, que logró posicionarlo como un importante actor en el mundo inmobiliario.
Si había alguien que sabía manejarse en el tablero de ajedrez de las emociones, esa era Carmen. A su encanto natural sumaba la cuota exacta de frialdad y toneladas de sensualidad. Armada con tales herramientas, constantemente insistía a su marido acerca de la importancia de apoyar a Vicente en sus proyectos personales, por el beneficio que de aquello derivaría para su nieta y su propia hija. Don Alberto, el poderoso y solvente patriarca, no hacía reparos ante los deseos de su estupenda esposa. Fue así como acogió a Vicente como un hijo más, y ante la respuesta siempre amable, cordial y agradecida de su yerno, lo elevó a la condición de consejero personal y compañero en importantes negociaciones.
Así Vicente, con cuarenta y nueve años y lejos de la abducción del amor juvenil, rememoraba un sinnúmero de situaciones que dejó pasar para no generar tensiones insoportables en la familia, asumiendo con sosiego que su mujer, si es que todavía se le podía llamar así, se encontraba repitiendo sin ninguna clase de pudor las historias de amantes y excesos por las que mantuvo distancia y diferencias irreconciliables con su madre. Y es que siempre los polos opuestos terminan por acercarse y ahora era el lado B de cada una lo que las congregaba, haciéndolas parecer la misma persona.
Con el ímpetu de los veintitantos, Vicente había desafiado sus emociones, optando prematuramente por asilarse en el universo de poder que lideraba Alberto Cruz. No eran las posesiones ni los lujos lo que lo seducían, más bien era aquella actitud elevada, casi noble y elegantemente agresiva del padre de Gabriela, con la que conseguía abrir y cerrar las puertas que quisiera, donde y cuando le viniese en gana, manejando como el mejor titiritero los hilos del mundo político y social. La riqueza era tan solo una modesta consecuencia de aquello. Con la clara finalidad de unirse a aquella exclusiva red de influencias, hizo uso de su amplio repertorio de máscaras, con lo que logró situarse convenientemente en un casillero destacado y relevante dentro de aquel oscuro esquema familiar. Claro que ello traía consigo ciertas cargas. Por largos años consideró que soportar un par de horas al día la convivencia con Gabriela podía ser algo llevadero, mas con el paso del tiempo ese breve espacio llegaría a transformarse en un infierno personal, cuyo calor aplastante únicamente se extinguía con la reconocida influencia del padre de su mujer y su mano demandante. Cada día Vicente solía llamarlo por teléfono para repasar los principales acontecimientos económicos y culturales de la jornada, compartiendo opiniones y datos que siempre le parecieron valiosos y útiles, pues, en la práctica, representaban una anticipación estratégica que solía posicionarlo ventajosamente a la hora de apostar por un proyecto, apoyar alguna iniciativa o tomar una decisión. Es que el connotado empresario poseía la luz del buen juicio y una enorme trayectoria comercial, lo que le permitía relacionar fenómenos y descubrir intenciones con la sagacidad del mejor detective. Aquellas cotidianas charlas fueron generando un índice de cercanía que llevó a Alberto Cruz a expresarle, más de una vez, que lo consideraba como a un hijo. “Contigo comparto más que con mis hijos” o “Confío en ti como en nadie más” eran frases que solían escaparse del repertorio siempre medido y controlado de aquel hombre de piel ajada, cabellos rubios decolorados por el paso del tiempo y celestes ojos de mirada inquieta y profunda; dichos que coronaba con la permanente invitación a cuidar de su hija, como si esta acarreara algún defecto o incapacidad que le impidiese progresar con independencia. “Sabes que Gabriela es lo más importante para mí”, le venía diciendo desde hace años, con lo que reprimía cualquier intento de emancipación, traición o abandono.
Revisando ciertos capítulos de su historia, recordó la celebración del nacimiento de Florencia, su única hija. Luego del brindis de rigor, una añosa figura lo tomó del brazo, apartándolo hasta un lugar menos bullicioso. Se trataba del abuelo de Gabriela, un destacado abogado que no tenía la delicadeza de disimular su pretendida superioridad. El jurista, de nombre Gustavo Schubert, tras haber anestesiado su soberbia intelectual con las burbujas de la mejor champaña francesa, le ofreció un consejo virulento y algo opaco para el brillo de su mente prodigiosa.
–Escúchame bien –le dijo toscamente–, a estas mujeres hay que tenerlas cortitas.
–Perdón, no le entiendo, don Gustavo–atinó a responder un descolocado y nervioso Vicente.
–Te estoy hablando en serio, escucha bien. Si no agarras bien a estas mujeres, se te arrancan para cualquier lado. No le cedas ni un metro. Hazme caso, hijo.
–Bien, le agradezco su consejo, don Gustavo–contestó para salir del incómodo momento.
El viejo lo miró con un dejo de afecto y satisfacción y se devolvió al amplio salón de la casa de los Cruz en búsqueda de otra copa, no sin antes sacudir la humanidad de Vicente con unas palmadas en la espalda y un inédito beso en la frente. Este último permaneció en el lugar, digiriendo aquel mensaje que le pareció en exceso primitivo para el caudal de sabiduría que ostentaba el emisor. Desde ese momento comenzó a entender que frente al abanico de las pasiones sucumbía hasta el más sofisticado, tanto como en la hoguera de las mentiras siempre triunfaba el jugador más hábil. En estos casos la reserva cultural importaba bastante poco; siempre se imponía la picardía, sagacidad e histrionismo del farsante. Decidido a regresar a la fiesta, avanzó unos metros y se quedó observando la escena a la distancia. Frente a sus ojos se presentaba un escenario digno del mejor óleo impresionista de Monet. Claramente el nacimiento de su hija –la verdadera razón de aquel encuentro– había pasado a segundo plano.
Carmen, su suegra, cuyos escasos conocimientos los suplía con una elevada aptitud para leer dobles intenciones y anticiparse a situaciones adversas, se preparaba un trago más, pese a que su hablar delataba el efecto depresor del alcohol. Al ver a Vicente le guiñó un ojo, como para consolidar la alianza que los unía y mantener vivo un complejo cuadro de intimidad que el joven destinatario nunca interpretó en toda su dimensión. Gabriela, todavía presente en el lugar, dirigía a su madre una mirada furiosa, desaprobadora. Ambas vivían en una pugna constante, disputándose el cetro de reina de belleza de la casa. Carmen manejaba el conflicto con indiferencia y apelando al lugar que le correspondía en el organigrama familiar, desde donde lanzaba los dardos precisos para generar división y así continuar liderando aquel mundillo privado. Las facciones disidentes, lideradas por Gabriela, intentaban reclutar para sí a don Alberto, quien pacientemente observaba aquella disputa sin adherir expresamente a ningún bando, con plena conciencia de que cualquier acto que su mujer interpretara como hostil podía gatillar un complejo esquema de quiebres, indiferencias y reproches que prefería ahorrarse.
Vicente resolvió apartarse momentáneamente de su forzada benevolencia e intentó aplicar simples y objetivas fórmulas de opciones y descartes para decidir los pasos siguientes. Así, armó un esquema mental acerca de la forma en que debía conducirse en el segundo tiempo de su vida. Las opciones eran: a) Recriminar la conducta de Gabriela, perdonar sus faltas y simular que nada había pasado. Sin duda se trataba del camino más sencillo: no habría disputas y continuaría con el vínculo de protección de Alberto Cruz. Ahora bien, visto desde un punto de vista menos superficial, jugándose por este camino dejaba escapar una gran oportunidad –quizá la única que tendría en toda su vida– para zafar de un lazo tóxico y aplastante que había terminado por opacar sus pequeños espacios de descanso, ocio y esparcimiento, forzándolo a tolerar más y más horas de trabajo –matizadas por la ardiente presencia de Rosario– y a mantener la obligada práctica del tenis, como alternativas para minimizar las horas de comunión en el espeso y deprimente reducto familiar. En el último tiempo, la sorpresa de un arribo tempranero a su casa causaba tanta incomodidad y molestia como la llegada tardía, por lo que prefería apostar a esta última alternativa, apelando al cansancio de su mujer y al incuestionable beneficio que el trabajo responsable o el ejercicio metódico podían acarrearle, como excusas de difícil cuestionamiento.
La alternativa b) decía relación con censurar la conducta de Gabriela y exigir inmediatamente el divorcio. En el fuero interno era lo que Vicente anhelaba. Aquella torpe infidelidad era el accidente perfecto para abandonar aquel lugar por la puerta ancha, sin el reproche de sus cercanos, liberado de toda culpa y disfrutando de las generosas posibilidades que ofrece la compasión hacia un ángel herido. El único punto que navegaba sin resolución en la cabeza de Vicente era la manera de presentar este sorpresivo cambio de planes a su suegro, sin que este le exigiese un comportamiento indigno y que limitase con lo heroico. Si verdaderamente lo consideraba un hijo, sería incapaz de exigirle el sacrificio de transitar por la vergüenza, el rechazo y la desconfianza. Sin embargo, no dejaba de cuestionarse qué tan filial sería la relación con el todopoderoso hombre de negocios, cuando además de no correr la misma sangre por sus venas, no hubiera lazos familiares. Si se inclinaba por esta decisión, sin duda debía ser lo suficientemente cuidadoso para no desnudar salvajemente los pecados de la hija del todopoderoso, ni esbozar una devota conducta de aceptación y perdón. De lo contrario, cabía la infortunada posibilidad de caer en desgracia ante quien se había convertido en la llave de su éxito. Tampoco le convenía alimentar en este la expectativa de un arreglo, escenario donde de seguro no se beneficiaría en nada a la hora de colocarse en el papel de un influyente mediador.
Por último, rondaba en la cabeza de Vicente un tercer camino que exigía un poder de autocontrol que no tenía, pero que añoraba dominar. Implicaba aplacar momentáneamente el instinto de consumar un anhelado quiebre, para jugar aquella carta de la infidelidad de su mujer en el momento preciso. En el intertanto podría preparar el terreno para alivianar los efectos emocionales y materiales, de tal manera que el aterrizaje en suelo nuevo fuese dócil y amigable. En el fondo, Vicente sabía que esta suerte de tercera opción o alternativa c) representaba un esfuerzo gigantesco para su carácter. Tomar esta maquiavélica vía era casi imposible, pues se contradecía insalvablemente con su manera de conducirse, que lo inclinaba a vaciar en los demás todo aquello que le parecía novedoso, sorprendente y oculto, de tal manera que su existencia no ofrecía sorpresas para nadie. Jamás pudo comportarse como un buzón receptor de secretos y confidencias. Su actitud más se acercaba a la de una paloma mensajera, que recibía un dato y volaba a entregárselo a sus cercanos. Ahora, si la información le era personalmente vinculante, no había nada que parase a aquel incauto arquitecto y mansamente corría a sincerar sus cosas en búsqueda de aprobación o consejo. Vicente asumía tal defecto y, como con toda característica de la que se carece, deseaba con todas sus fuerzas abrazar la virtud de la reserva. Al menos había logrado guardar para sí el planificado ajedrez de su vida, de lo que se sentía tibiamente orgulloso.
Mientras observaba el amplio desfile de nuevas amistades de su esposa, de esas fugaces de las cuales vio miles en los últimos años –el carácter siempre le jugaba una mala pasada a Gabriela–, Vicente masticaba sus posibilidades de la manera más fría posible. El nuevo romance de su esposa se había gestado en el gimnasio, donde solía concurrir su ginecólogo, Juan Pablo Duarte. Últimamente le había dado por vestir con ropa deportiva el día entero, cual profesora de gimnasia. El que alguna vez fue un cuerpo de armónicas y delicadas formas engrosaba de una manera desproporcionada para su talla que no superaba los ciento sesenta y cinco centímetros. Vicente presenciaba esta nueva obsesión en un sepulcral silencio, hasta que un día de aquellos en que su compañera explotó por el más mínimo detalle, decidió abordarla con la suficiente cuota de sorpresa como para anular por completo sus defensas.
–¿Qué pasa, Gabriela?
–¡Otra vez me quemaron una polera! ¡Qué mal trabaja la Rosa!
–Sí, eso está muy mal. Hablaré con ella. ¿Y tú? ¿Cómo te has portado?
–No digas tonterías.
–No creo que sea ninguna tontería.
–Voy saliendo, no me molestes.
–¿Vas a ver a tu ginecólogo otra vez?
–Ridículo.
–Gabriela, no soy tan tonto como crees.
–No sé de qué me hablas.
–Todo el mundo sabe que andas con Juan Pablo. No has tenido ni siquiera la delicadeza de ser precavida.
La efervescencia matinal de la mujer dio paso en cuestión de segundos a un intenso nerviosismo. El rostro de Gabriela se deformó notablemente y abandonó por completo su impulso combativo inicial. Vicente disfrutaba el momento y esperaba alguna expresión de su contraparte para asestar el golpe mortal. Muy pocas veces se había sentido al mando de la situación por aquella obtusa tendencia de su mujer a la dominación, más ahora el control le pertenecía en exclusiva.
El continuo ánimo beligerante de Gabriela le imponía a Vicente la obligación de actuar como una especie de mediador o permanente receptor y asimilador de quejas, enojos injustificados, teorías insidiosas acerca de los vecinos, amigos y familiares, y un sinnúmero de situaciones que su carácter pacífico lo llevaba a recibir con la mejor cara, pero que íntimamente rechazaba y le costaba entender. Había en su mujer una inclinación natural –que consideraba casi enfermiza– hacia el conflicto y la polémica, como si aquello fuese su ambiente natural y se nutriera de las peleas y desencuentros. Todo ese mundo, al que decidió adaptarse por un calculado bienestar, incluía una marcada confusión entre el sano sentido de pertenencia a un vínculo afectivo y el instinto de dominación del otro, dicotomía que creía manejar como quien define los diálogos de una obra teatral. Con los años vino a entender y postular que el ideal universal de las relaciones horizontales entre pares que se respetan en sus diferencias y aceptan la libertad de sus proyectos personales era una quimera. Un sueño. Un ejemplo de manual distanciado notoria y decididamente de la realidad. Casi como el consejo ignorante de un cura acerca del orden de las familias: teórico, lejano y plagado de dogmas y verdades impuestas, pero escasamente recogidas por la experiencia.
Por eso es que en aquel momento de extrema tensión disimuló cuanto pudo la sequedad de su boca y, con el rostro sereno y pausado que le caracterizaba, aguardó la impúdica confesión de su esposa. Había en Vicente también algo de sadismo. Muchas veces anheló desconectarse de aquella enfermiza relación, mezcla de aparente paz y oculta rivalidad, pero todo cambió con el arribo a su vida de Rosario, en quien satisfacía el placer acumulado que no saciaba en el terreno conyugal. Ella vino a devolverle buena parte de la estabilidad emocional que su agitada rutina necesitaba. Por cierto, se trataba de una relación paralela cuidadosamente apartada del ojo incisivo de su mujer, quien, por el contrario, torpemente mantenía su infidelidad sin precaución alguna. Íntimamente albergaba el convencimiento de que la vía de escape no podía haber sido mejor, pues lo colocaba en el papel de víctima de las circunstancias y le ofrecía mansamente a sus pies las llaves de un mundo de posibilidades para el resto de sus días.
Antes del ocaso, Vicente y Gabriela habían invertido tiempo y dinero para sacudir la inercia de sus vidas, jugando a ser espectadores de otros mundos y culturas. Pensaron que así obtendrían los codiciados índices de libertad y complicidad que su saturada convivencia parecía necesitar. Tras varios intentos por diversas playas del Caribe, escenarios que Gabriela parecía disfrutar por la vitalidad que le proporcionaban los rayos del sol a su cuerpo escasamente cubierto, pareció que el milagro había emergido con una prometedora luz en las costas de Jamaica. Exactamente un año antes del quiebre habían realizado un viaje muy provechoso. La combinación de orden y diversión de aquel paradisiaco destino, marcado por la notoria influencia inglesa, parecía inyectarles las dosis exactas de disciplina y alegría por las que el vínculo clamaba. Mas fue ahí mismo donde Vicente advirtió que su esposa requería de algún grado de pasión que la velocidad de los movimientos de cada día, con la enorme carga laboral que los caracterizaba, sumado al desinterés heredado de los pasionales encuentros con Rosario, le impedían ofrecer. La suma de ocupaciones anulaba su creatividad y le imposibilitaban compartir conversaciones y ahondar en planes que no estuviesen relacionados con la rutina de la casa y el destino de sus bienes. Sentía que algún poder divino, encarnado en la gruesa mano de su suegro, los estaba premiando con un cómodo pasar, después de años de esforzada y laboriosa construcción de una inmaterial y anhelada edificación, y aquello de por sí le parecía razón suficiente como para no recibir quejas ni las ácidas críticas que parecían ser parte del deporte cotidiano de Gabriela.
