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Alguien que había nacido rodeada de lujos y comodidades, como Chelsea Tedman, jamás habría imaginado que acabaría escalando el Everest. Debía resolver el misterio de la muerte de su hermana en aquella misma montaña pero, antes de nada, necesitaba un guía. Kurt Jellic resultaba tan misterioso como seductor, y además era perfecto para el trabajo. Chelsea no tardó en darse cuenta de que se enfrentaba a dos grandes dificultades: escalar el Everest y resistirse a la atracción que sentía por Kurt...
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Seitenzahl: 326
Veröffentlichungsjahr: 2018
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2005 Frances Housden
© 2018 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Víctima de la pasión, n.º 247 - noviembre 2018
Título original: Stranded with a Stranger
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Dreamstime.com
I.S.B.N.: 978-84-1307-231-9
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Si te ha gustado este libro…
Monte Everest
20 de abril
QUERIDA Chelsea:
Imagino tu sorpresa cuando abras esta carta. Casi puedo escuchar tu exclamación: «¡Una carta de Atlanta!».
¿Cuántos años han pasado? He viajado tanto que he perdido la cuenta. Pero demasiados, seguro. Ha sido culpa mía. Como hermana mayor no debería haber dejado que una pelea infantil durase tanto tiempo. Sólo espero que no sea demasiado tarde para arreglar las cosas.
¿Y a qué viene todo esto?, te preguntarás. Para empezar, estoy preocupada, no ante la perspectiva de subir al Everest, que será pronto. Hace años que perdí el miedo a las alturas cuando colgué mis zapatillas de ballet por las botas de montaña. Era de esperar que acabara casándome con un aventurero como Bill Chaplin y cuando amas a alguien como yo amo a Bill, lo sigues allá donde vaya.
Tienes razón. Acabo de decirlo. Lo amo. No importa lo que pensaras del compromiso hace tiempo. Papá no me obligó a casarme con él. Entonces tenía quince años. No mucha gente puede decir lo mismo y tú eras demasiado joven para comprender, apenas tenías trece. Espero que el tiempo haya conseguido lo que yo no pude y que ahora comprendas lo que realmente significa amar a alguien en cuerpo y alma.
Pero me estoy desviando. No estoy preocupada por mí, sino por ti. Aunque es posible que las dos corramos peligro, no creo que mucha gente estuviera dispuesta a venir a buscarme aquí arriba, por lo que creo que estoy a salvo. Hace falta preparación para subir al Everest y no creo que Arlon Rowles la tenga.
Sí, me refiero a nuestro primo Arlon. Parece que haberlo nombrado presidente ejecutivo de la empresa que heredamos de papá para evitar que tuviéramos que vernos las caras todos los días en la sala de juntas fue un gran error.
Ayer recibí una carta de Madeline Coulter. ¿Recuerdas a Maddie? Trabajaba para papá. Maddie cree que Arlon ha estado desviando dinero a una cuenta suiza durante los últimos cinco años. Cinco años. Dios mío, debió de empezar a la muerte de papá. Maddie dice que guarda las pruebas en una caja fuerte. Su número es 44578, Banco de América, Jamestown. No pierdas estos datos. Está a nuestro nombre.
Además de la carta, me envió una llave. Creo que de momento estará más segura conmigo. La llevo colgada de una cadena al cuello. Pero ahora es cuando las cosas se ponen feas. Llamé a Maddie por teléfono por satélite y respondió su hermana. No me esperaba lo que me iba a decir. Nuestra querida Maddie había muerto de un disparo durante un atraco, al parecer, ocurrido poco después de que me enviara la carta. ¿Coincidencia? No lo creo. La encontraron en un callejón y la compra que había hecho al salir del trabajo estaba tirada por el suelo a su alrededor. Ella no vive en un barrio peligroso. Y si se trataba de alguien tan desesperado para conseguir dinero como para matarla, ¿por qué no se llevó el bolso?
No quiero asustarte, pero no me huele bien todo esto. Las cosas empeorarán antes de mejorar. Te pido que tengas cuidado. Hablo en serio. Y no salgas sola por la noche.
Supongo que te estarás preguntando por qué no estoy ahí contigo para ayudarte a solucionar todo esto. Bill insistiría en que lo hiciera. Por eso no se lo he dicho. Llevo años queriendo subir a esa montaña. Hemos estado entrenando duro en Suiza y en Sudamérica. Allí conocimos a Kurt Jellic, con hasta hace poco hemos estado entrenando en su país de origen, Nueva Zelanda. Además, para cuando recibas esta carta, probablemente estaré descendiendo de la cumbre. Cuando lo haga, volveré a Estados Unidos. La carta de Maddie tardó tres semanas en llegar. ¿Por qué iba a ser distinto ahora?
Probablemente te preguntes cómo he conseguido tu dirección. Siempre me he asegurado de saber dónde estabas. Y sí, tal vez debería haberte telefoneado también, pero después de todos estos años de silencio, no estaba segura de que quisieras hablar conmigo. Por favor, acepta esta rama de olivo y trata de perdonarme por haberte abandonado. Sé que siempre te resultó difícil el trato con papá y más después de mi marcha. Creo que ya he dicho suficiente por el momento. Tal vez, cuando todo esto termine, podamos vernos en tu nuevo hogar en París.
Al releer esta carta parezco una paranoica, maldita sea. Aunque estoy segura de que tú sentirás lo mismo cuando la leas.
Y hablando de paranoias. Desde que llegamos al campamento base, antes incluso de recibir la carta de Maddie, he estado sintiendo como si alguien me estuviera observando. Estúpido, ¿verdad? No podría estar más lejos de la idea de civilización de nuestro primo Arlon, pero aun así no he podido quitarme la idea de la cabeza.
Mañana emprenderemos la subida. El tiempo parece bueno y hemos realizado varias subidas hasta los campamentos uno, dos y tres para ir aclimatándonos a la atmósfera. Me alegro de que mañana volvamos a subir.
El Everest tiene una curiosa forma de hacer que nuestros problemas humanos empequeñezcan hasta parecer insignificantes. Eso es lo que necesito ahora.
Sé que te estoy cargando con una gran responsabilidad pero si no detenemos a Arlon en su camino a la destrucción de la compañía, mucha gente perderá su empleo. Papá debe de estar retorciéndose en la tumba porque, si algo le importaba, era la empresa que levantó de la nada. Aunque lo que realmente quería eran hijos, no hijas.
Te llamaré en cuanto descendamos de la cumbre. Podemos ir juntas a por los papeles al banco y entregarlos a las autoridades. Tal vez, podríamos avisarlos antes y conseguir que nos acompañaran al banco.
Cuídate, y lo digo de verdad. A Maddie le dispararon por la espalda.
Tu hermana que te quiere,
Atlanta
Namche Bazaar
Mayo
CHELSEA veía cómo el guía desviaba la mirada para no mirarla a los ojos.
—Lo siento, señora Tedman, no puedo ayudarla. Tiene que preguntar por Kurt Jellic, de Expediciones Aoraki. Él es quien sabe dónde están los cuerpos… —la sonrisa pretendidamente cómplice de Basie Serfontien titubeó.
—Gracias por su ayuda.
Chelsea se dio la vuelta para evitar que Serfontien, el último guía en su lista, pudiera ver el temblor que agitaba sus labios. Nada. Seguía sin conseguir nada.
No quería tener que suplicar a ninguno de aquellos rudos hombres; sólo le quedaba una esperanza, Kurt Jellic. Intentó sonreír pero sólo consiguió una mueca de dolor antes de darse la vuelta de nuevo.
—Y supongo que ninguno de ustedes sabe donde está, ¿verdad? Nadie parece haberlo visto en los últimos días.
Tanto el guía como el resto de su equipo negó con la cabeza.
Era la quinta vez que pedía un guía que la acompañara hasta la cima del Everest. Había oído rumores sobre Jellic y le daba la sensación de que la estaban retando a que lo encontrara, como si ellos supieran algo que ella no. Tenía muy mal aspecto. Por lo que a ella se refería, aquel hombre podía ser el hermano perdido de Frankenstein. Lo único que le importaba era que la llevara hasta el lugar en que el último miembro que quedaba de su familia, su hermana, Atlanta Chaplin, había muerto.
El accidente había ocurrido unos días después de que recibiera la carta. No habían alcanzado la cumbre tal como esperaban y, aunque eso no parecía tener importancia en ese momento, deseaba que Atlanta y Bill hubieran conseguido hacer realidad su sueño antes de morir.
Llevaba la carta de Atlanta en el bolsillo interior de la chaqueta, junto al corazón, como si eso pudiera cambiar el pasado. La noche que escuchó la noticia en la televisión, se había negado a creerlo. Los cuerpos no habían sido recuperados. Sin perder la esperanza de recibir alguna noticia, se había puesto a hacer la maleta rumbo a Namche Bazaar.
Llegó a Nepal y desde allí tomó camino desde Lukla a Namche Bazaar pero la esperanza ya no era una opción. Tocó la carta a través de su anorak. El papel estaba muy sobado.
Estaba harta de recibir siempre la misma respuesta: «Siento mucho lo ocurrido a Bill y Atlanta. Eran una pareja muy simpática, pero no podemos hacer que los grupos se desvíen para ayudarla a encontrar sus cuerpos. Con quien tiene que hablar es con Kurt Jellic».
El hombre invisible. Comenzaba a tener la sensación de que le estaban dando largas. Chelsea giró sobre los talones, los hombros hundidos por la decepción, y cuando ya se dirigía hacia el hotel, alguien le tocó el codo.
—Perdone, señora —dijo una voz.
Chelsea se giró. A su lado, la joven que la había tocado bajaba la mirada avergonzada. Era muy bella, con la piel suave y muy lustrosa. Era una pena que la ruda vida en las montañas no tardaría en hacer estragos en aquellos rasgos perfectos.
—Namaste —saludó la joven con delicioso acento.
—Namaste —Chelsea repitió el saludo que significaba «yo saludo todas las cualidades divinas que hay en ti».
La joven sherpa no desentonaba en el ambiente de aquel pueblo de montaña al contrario que Chelsea y su ropa de montaña comprada en París. Era la primera vez que subía a una montaña en su vida.
Pero no le importaba. Estaba decidida a escalar la más alta o, al menos, parte de ella. Dejaría la cumbre para los que realmente disfrutaban con aquellas cosas. Ella sólo quería encontrar a su hermana.
—Me llamo Kora. Yo sé donde está Kurt sa’b. Lo vi ayer.
—¿De veras? —dijo Chelsea conteniendo la respiración esperanzada.
La chica asintió con la cabeza un par de veces aunque en realidad todo su cuerpo se sacudió con el movimiento así como sus ropas multicolores.
—Mi hermano, Sherpa Rei, trabaja para él.
Chelsea no pudo evitar sonreír.
—Bien. ¿Y cómo es? ¿Qué clase de hombre es?
—Kurt sa’b es un hombre grande, muy grande —dijo Kora haciendo un gesto con los brazos, pero Chelsea no estaba muy segura de cómo tomárselo: sería su estatura o su ego lo que impresionaba tanto a aquella joven. Aun así, estaba demasiado emocionada.
—¿Y dónde vive Kurt sa’b? ¿Podrías llevarme hasta allí?
—Ahora vive en la taberna de la parte vieja del pueblo.
¿La antigua aldea? Chelsea miró a su alrededor. Aunque se encontraban a las afueras de un mercadillo demasiado cercano a la ladera de la montaña, ninguna de las construcciones al otro lado parecía excesivamente vieja. Suponía que Namche Bazaar debía de haber sido en sus comienzos una pequeña aldea construida en lo alto de la montaña cuya paz había quedado destruida por las hordas de visitantes que se acercaban dispuestos a probar sus habilidades como escaladores.
La chica asintió.
—Kora puede mostrarte el camino.
—Estupendo. ¿Podemos ir ahora mismo?
—Claro —dijo la chica sonriendo y dejando a la vista unos preciosos hoyuelos—. Sígame, señora. Es por aquí.
Los mercadillos eran el indicador más fiable de la cultura de un país, sobre todo por la comida. Los aromas eran muy diferentes a los de París, donde siempre olía a pan y dulces recién hechos. Pasaron delante de un puesto en el que servían carne fuertemente especiada y, a pesar de la prisa, Chelsea notó que la boca se le hacía agua. No había comido nada nada desde el desayuno en su afán por encontrar un guía.
En cualquier otro momento habría dejado que los sonidos del mercado la inundaran. Siempre lo hacía cuando llegaba a un sitio nuevo. Los sonidos y los aromas le servían para memorizar el lugar. Pero aquella pequeña chica andaba deprisa entre la multitud y Chelsea no podía perder paso. Trató de ignorar el murmullo de voces que llegaba hasta ella aunque el sonido de las campanillas que pendían de todos los puestos con el fin de espantar a los demonios la atraía fuertemente, como pajarillos que trinaban con alegría. El sonido era encantador. Le recordaban el canario que Atlanta le había regalado en su quinto cumpleaños.
«¿Por qué no pudo esperarme?».
Durante toda su vida, su hermana había huido a lugares a los que Chelsea no había podido seguirla.
La calle desembocó en una pequeña plaza dominada por un templo budista. Pequeñas banderolas de oración aleteaban movidas por la brisa exhalando el embriagador aroma a incienso con el que estaban perfumadas.
Chelsea pensó si sería otro acto supersticioso para mantener alejados a los malos espíritus, aunque estaba segura de que servirían tan poco como sus propias oraciones. Había rezado por Maddie tras recibir la carta de Atlanta. La conocía desde que eran pequeñas y sabía que era incapaz de hacer daño a una mosca. No merecía morir. Chelsea había hablado con el detective encargado del caso pero no había conseguido ninguna información de valor. Era como si la muerte de una mujer ya no fuera importante.
Rezar allí era inútil. Aquella montaña había matado todas sus esperanzas de reencuentro con Atlanta para corregir los errores del pasado.
Sin embargo, tenía que encontrar el cuerpo de su hermana y la llave. Demasiadas grandes compañías americanas se habían hundido en los últimos tiempos como consecuencia de una mala contabilidad y lo mismo le ocurriría a la de su padre. A menos que encontrara lo que había en aquella caja fuerte. Los resultados del último trimestre habían sido malos pero si Maddie tenía razón, ella tenía que encontrar la prueba que incriminara a su primo Arlon.
Kurt observó con los ojos entreabiertos el estado de sus finanzas en su pequeño libro de cuentas. Tenía que conseguir un trabajo pronto o su negocio estaría en números rojos. Le había costado sesenta y cinco mil dólares contribuir a instalar vías y puentes de aluminio colocados por la asociación de sherpas a comienzos de temporada. Si no lo contrataban pronto para una expedición…
El pago por adelantado que había recibido de los Chaplin, que eran clientes pero también amigos, se había esfumado hacía tiempo y no iba a ser tan cretino como para exigir el resto del pago después de haber muerto estando a su cargo. Se aclaró la garganta como si así pudiera deshacerse de los rumores que habían estado circulando desde que bajara de la montaña sin Bill y Atlanta.
El juez local no había levantado cargos contra él porque no se podía demostrar nada. Lo único que tenían era su palabra pero en una sociedad tan compacta como aquélla, una vez que un rumor se extendía, era difícil hacerlo desaparecer.
Si diera con el malnacido que lo había iniciado… Su familia sabía muy bien cómo una vida podía destruirse por los rumores; cuando su padre murió, sus hermanos y él tuvieron que vivir con ello. Aún trataban de conseguirlo.
Levantó la vista del cuaderno rayado y se dio cuenta de que la culpable de la mala salud de sus ojos era la escasez de luz. A las cinco y media de la tarde, su habitación del último piso se inundaba de una luz grisácea mientras el sol se ponía tras el Himalaya. Cerró el libro de golpe y el sonido retumbó en la habitación silenciosa.
Kurt se restregó la cara con las manos y se pasó los dedos por el pelo revuelto. Necesitaba un afeitado, aunque ¿para qué? No tenía que impresionar a nadie. Los clientes no se acercaban.
Se levantó del suelo y se estiró hasta tocar con la punta de los dedos una viga del techo. La habitación abuhardillada lo obligaba a permanecer en un extremo si quería estar de pie y tenía que prestar atención para no darse en la cabeza cuando comenzaba a bajar la escalera.
Buscó en los bolsillos las cerillas. Era hora de encender las lámparas si no quería ir tropezándose con los muebles y sus cosas.
El crujido de madera lo sorprendió. El sonido retumbaba en el silencio. Lo reconocía. Era el ruido que hacía uno de los escalones, el quinto, antes de llegar a la puerta de su habitación.
Deslizó la mano hasta el cuchillo que colgaba de su cinturón. Lo sacó de la funda mientras se acercaba a la puerta sin hacer ruido.
Le habían robado dos veces desde que vivía en la buhardilla de la taberna. La puerta no tenía cerrojo y él no llevaba nada de valor encima. Estaba esperando que el intruso llegara al penúltimo escalón, uno que también crujía, pero debía de haber subido los escalones de dos en dos porque no crujió y en ese momento tocaron en la puerta, que se abrió a pesar de lo ligero del toque. Aquella puerta no sólo no tenía cerrojo sino que el cierre no agarraba bien y la puerta se abría a la más ligera presión.
No escuchó un saludo, ni un «¿hay alguien ahí?». La puerta se abrió más mientras él quedaba oculto tras ella. Las pisadas eran leves, típicas de las gentes de pequeña estatura de aquel país. Dejó que el intruso diera un par de pasos hasta el interior de la habitación y, entonces, con el cuchillo en una mano salió de detrás de la puerta y lo sujetó por la espalda.
—No te muevas. Tengo un cuchillo presionando contra tu cuello.
El intruso dejó escapar un agudo chillido. Kurt estuvo a punto de dejar caer el cuchillo cuando notó que un codo se le hundía entre las costillas. Por si el codazo no le hubiera dejado claro que el intruso era más alto de lo que creía, el pecho que tenía bajo sus manos era el de una mujer.
Hacía mucho tiempo que no tocaba a una, tanto que la palma de su mano ardía con el contacto de aquella parte del cuerpo femenino, suave y voluptuosa, a pesar de que iba cubierta de varias capas de ropa. Sorprendido por la excitación, tomó aire y un aroma floral inundó sus fosas nasales nublándole la razón y haciendo que la apretara contra sí, sólo una vez.
La mujer le dio un fuerte pisotón con su bota en el pie descalzo arrancándole un grito que le hizo tomar conciencia del segundo error que había cometido. El forcejeo la estaba acercando peligrosamente al filo del cuchillo. Kurt lo tiró para no lastimarla y antes de oír el tintineo de la hoja golpeando el suelo, consiguió sujetar a la mujer firmemente.
—Cálmese, cálmese. No voy a hacerle daño.
—Me alegro de que lo diga ahora que he conseguido que suelte el cuchillo —se jactó ella.
Al menos, ya sabía que era americana. Y se retorció un poco más frotando involuntariamente su trasero contra el cuerpo de él, cuya reacción no se hizo esperar.
—Lo he tirado adrede —gruñó él sin poder ocultar la indignación por que aquella mujer no le hubiera agradecido su acto de caballerosidad.
—Eso dice ahora.
Notó que los glúteos de la mujer se tensaban contra su cuerpo cuando levantó de nuevo la rodilla, pero estaba demasiado ocupado abriendo las piernas para evitar un nuevo pisotón como para disfrutar de la sensación. La mujer dejó caer el pie, que golpeó con fuerza el suelo, y fue entonces cuando se dio cuenta de lo que estaba pasando.
—Suélteme, asqueroso…
Kurt tensó los brazos sosteniendo a la mujer, que se debatía con fuerzas renovadas. La situación se estaba descontrolando. Deslizó los brazos un poco sin soltarla y la tomó en brazos. El lugar más blando de la habitación era la cama y allí se dirigió con ella.
La dejó caer sobre ella y la mujer retrocedió hasta la cabecera empujándose con los pies.
—Aléjese de mí. Sé karate. No pienso dejar que me viole.
—Es una pena que no pasara de la lección número uno en la que debieron enseñarle cómo pisar el pie de su oponente. Y ya que hablamos de ello, ¿quién ha sido la que ha entrado sin avisar en mi habitación? Créame, no podría estar más segura en otro sitio. No me apetece mucho tener sexo con una fiera.
—Y sería afortunado.
—¡Alto ahí! Ni una palabra más. Si va a acusarme de intentar violarla, y créame que últimamente se me ha acusado de cosas peores, me gustaría mirar a los ojos a la persona que me acusa —y esta vez encontró las cerillas y encendió una pero apenas rasgaba la oscuridad que se había apoderado de la habitación. A la luz de la cerilla, el bulto que había sobre la cama podía ser una mujer o un hombre, aunque él no tenía duda de su sexo después de su contacto con ella.
—En realidad, no he oído nada de intento de violación, sólo…
Kurt se quedó de piedra.
—¿Sólo qué?
—Lo que se dice de los hombres como usted.
—A los hombres como yo no les gusta ir por ahí violando.
Era obvio que aquella mujer había oído los rumores que circulaban sobre él pero no esperaba que aquello la hiciera echarse atrás; así que o bien era una cobarde o necesitaba desesperadamente algo que él tenía, y desde luego le había dejado claro que no era su cuerpo. Apagó la cerilla de un soplido y dirigió su cólera hacia la mochila que había dejado en el suelo mandándola de una patada hasta la puerta para evitar que la mujer se marchara.
Estaba realmente enfadado. Aquella mujer se había estado frotando contra él y todavía se preguntaba por qué le había provocado esa excitación.
Kurt últimamente había estado hablando mucho consigo mismo, sobre todo después de que las personas a las que había creído amigas empezaran a evitarlo, como si estar cerca de él los hiciera igualmente culpables.
Sin darle la espalda, encendió con una cerillas las primeras dos lámparas de grasa de yak que bastaron para iluminar unas largas piernas enfundadas en vaqueros. Una tercera lámpara dejó a la vista la curva que formaban sus caderas. El anorak malva que llevaba respondía a una moda que ningún montañero que se preciara de serlo llevaría. Los numerosos pliegues ocultaban los pechos que él había palpado por error. Kurt sonrió ligeramente mientras encendía la cuarta lámpara.
Tenía el pelo negro, corto y despuntado, como las largas pestañas que enmarcaban unos grandes ojos grises que lo miraban como si fuera la encarnación del diablo. Como si ella también lo culpara a él de la muerte de Bill y Atlanta.
Y a veces él mismo se preguntaba si no lo sería.
Mientras la expresión de ella parecía incrustársele en la conciencia, algo en él le decía que no era desprecio precisamente el sentimiento que quería provocar en la mujer que había sobre su cama; pero no quería ahondar demasiado en ello en ese momento.
Cuando encendió la última lámpara, una de gas, la oscuridad desapareció por completo de la buhardilla. Kurt se acercó a la cama y miró a su inesperada visita. Una expresión de advertencia brilló en los ojos de ésta mientras apretaba con fuerza el edredón que cubría la cama para evitar lanzársele al cuello.
—Hola. Soy Kurt Jellic. Y usted es…
—Hace un momento amenazaba con rebanarme el cuello y ahora se presenta como si estuviéramos en una fiesta —dijo Chelsea aprovechando lo que parecía ser una tregua para sentarse en una postura algo más digna.
—Lo siento —dijo él—. Se me han terminado los sándwich de pepino y el té pero puedo ofrecerle un whisky. Dicen que es bueno después de una situación de choque. Tal vez le haga recordar su nombre.
Chelsea lo miró y no le quedó ninguna duda de que aquel hombre la habría matado si hubiera sido necesario. Lo había observado mientras se movía por la habitación encendiendo las lámparas con movimientos llenos de precisión. Conforme la luz se iba haciendo más fuerte, había podido contemplar con detalle al hombre al que Bill y Atlanta habían confiado sus vidas para subir al Everest y bajar de ella con vida.
¿Qué había ocurrido entonces? Sí, habían resbalado y se habían caído. Recordaba haber oído la palabra «accidente» junto con «abandono». Kurt Jellic estaba con ellos y, como muchos otros, se preguntaba cómo había logrado sobrevivir él.
Kurt la miró con las cejas arqueadas en un gesto expectante. Los blancos dientes relucían en el centro de un rostro cubierto de la sombra oscura de la barba de cuatro días que las estrellas de cine solían llevar en un intento por mantenerse en el anonimato. Unos ilegibles ojos oscuros enmarcados por unas cejas también oscuras dominaban su rostro delgado.
—No, no tengo problemas para recordar mi nombre. Me llamo Chelsea Tedman.
Chelsea se detuvo a la espera de alguna reacción por parte de él aunque tampoco se sorprendió mucho al no recibirla. ¿Por qué razón mencionaría Atlanta a su hermana pequeña, a la que no había vuelto a ver desde que ésta entró en el instituto?
Kurt rodeó un montón de cuerdas de color rojo y amarillo que había en el suelo delante de una cómoda y sacó una botella. La luz de la lámpara de aceite evidenció el líquido ambarino que contenía. Sólo quedaban unos dedos de su contenido y Chelsea se preguntó si sería alcohólico. Sería lo último que necesitaba.
—Y ahora que ya nos hemos ocupado de las formalidades, ¿cómo tomas el whisky? ¿Solo o solo?
—En un vaso.
Kurt volvió a poner de pie la botella haciendo oscilar el líquido y sacó un vaso que examinó antes de ofrecérselo, pero lo que vio no le agradó en exceso.
Chelsea se atragantó por la sorpresa que le causó ver cómo el hombre se sacaba los picos de la camisa de cuadros que llevaba y procedía a limpiar el interior del vaso. Kurt se percató del gesto horrorizado de Chelsea.
—¿Qué esperabas? —dijo Kurt con una sonrisa de bochorno que le daba una apariencia casi infantil—. Esto no es el Ritz. No hay servicio de habitaciones. O usas lo que tienes a mano o tomarás el whisky bajo una capa de polvo.
Aparentemente satisfecho con su esfuerzo limpiador, vertió la bebida en el vaso y, abriendo un cajón de la cómoda, sacó una taza de plástico azul y vació el resto del whisky.
La naturaleza maniática de Chelsea la hacía dudar a pesar de que el alcohol era un antiséptico.
—¿Te tranquilizaría saber que me he puesto esta camisa limpia hace menos de dos horas? —dijo él mientras levantaba su taza a modo de brindis—. Además, tú fuiste la que insistió en un vaso.
Tomó el vaso por el borde temerosa de rozar cualquier parte del cuerpo de aquel hombre cuyo calor sexual la había abrasado.
No era que le estuviera dejando ver que se estaba comportando como una mema, pero ella se sentía como tal. No pudo evitar preguntarse cómo había llegado a aquella situación. Atlanta había sido una niña delicada mientras que ella había sido siempre un chicazo. Su hermana había tomado clases de piano y ballet mientras que ella había disfrutado más montando a caballo y jugando al baloncesto. Ya a los trece años era más alta que su hermana mayor y en la boda de ésta ella había sido una dama de honor desgarbada a la que habían tenido que obligar a ponerse un vestido para ello.
¿Cuándo se habían cambiado los papeles? Atlanta pasaba la vida en las montañas vestida con botas y anorak mientras que ella asistía al ballet en París vestida a la última moda. Se paseaba por París disfrutando de la vida, jugando a ser traductora en la embajada americana. Bueno, en realidad ése era su trabajo, aunque a decir verdad, su despacho estaba en el sótano de la embajada donde traducía secretos de estado por los que muchos terroristas estarían dispuestos a dar la vida. Eso si llegaban a saber de la existencia del CISI, Centro de Inteligencia para la Seguridad Internacional. Jason Hart, su jefe y creador del centro, había tomado medidas de seguridad extremas para mantenerlo en el anonimato.
—Sláinte —dijo Kurt haciendo chocar los vasos.
—Salud —dijo ella dando un sorbo que le abrasó la garganta mientras se sonrojaba cuando notó que Kurt se sentaba en el borde de la cama haciendo que el colchón cediera. Sabía que el rubor no se debía al alcohol. Hacía mucho tiempo que no dejaba caer la guardia lo suficiente como para estar tan cerca de un hombre en una cama, aunque estuvieran vestidos.
—¿Y qué es lo que te trae por estos lares, Chelsea Tedman?
—Quiero subir al Everest.
—¿Y? —dijo él con los ojos brillantes.
—Me han dicho que tú eres el guía perfecto.
Kurt frunció el ceño, una sombra cubrió sus ojos y su expresión se endureció.
—¿Entonces sólo Expediciones Aoraki puede guiarte?
—Hay otros pero me han dicho que tú estabas disponible.
Dio un sorbo de la taza pero si lo hacía para ocultar sus sentimientos no le estaba dando resultado. No había nada enigmático en la mueca que formaba su boca ni en la manera en que su nariz se expandía cada vez que inspiraba profundamente.
—¿Y te han dicho por qué?
—No ha sido necesario. Soy la hermana de Atlanta Chaplin y sé que tú fuiste su guía hacia la cumbre del Everest.
Una mezcla entre un gemido y un gruñido afloró a los labios de Kurt al tiempo que se ponía en pie inclinando el hombro hacia ella en el movimiento. Ella hubiera preferido que se hubiera quedado donde estaba. La mirada que le dirigió no auguraba nada bueno.
Fue un alivio notar que dejaba de mirarla mientras se disponía a apurar la taza. Cuando terminó, se limpió la boca con el dorso de la mano.
—Veo que no tenías prisa por contármelo. Entonces, ¿qué será, duelo con pistolas al amanecer, me empujarás por un precipicio en un descuido o harás que tu abogado me ponga una demanda? Te advierto que no conseguirás mucho. Todo lo que poseo está empaquetado en un cobertizo destartalado en Aoraki, Nueva Zelanda, y ya te aviso que nada es de gran valor.
—No tengo intención de demandarte. ¿Acaso crees que soy tan estúpida como para no haber revisado el expediente del caso en el juzgado local? No soy tan tonta como parezco.
—Eso desde luego, porque de no ser así no estarías aquí.
—Lo tomaré como un cumplido aunque en este momento poco me importa que pensaras que tengo dientes de conejo y soy bizca. Lo único que quiero es que me ayudes a recuperar el cuerpo de mi hermana.
—No estoy muy seguro de que eso vaya a ser posible. Aun en el caso de que llegáramos al punto en el que se encuentran, transportarlos desde allí es casi imposible. Todo lo que se sube o se baja de la montaña se hace con sherpas. Se necesitan las dos manos para escalar. Además, muchos sherpas creen que los cuerpos de los montañeros muertos deberían permanecer con la diosa montaña.
Chelsea se acercó al borde de la cama. Tenía una aspecto estúpido sujetando el vaso pero aquello no la disuadió, especialmente cuando el hombre estaba considerando su propuesta.
—Dámelo —dijo Kurt tomando el vaso de la mano de ella mientras ésta se levantaba de la cama.
Chelsea permaneció frente a él y entonces se percató de lo alto que era.
—No pareces un hombre supersticioso.
—Y no lo soy, pero sí soy cuidadoso. Un montañero no puede andar por la montaña como alma que lleva el diablo. No se puede ir alocadamente por la montaña.
—Bien. No hay en mí ni un ápice de superstición —dijo ella y Kurt recorrió su cuerpo con una mirada encendida que la hizo pensar en cómo su mano la había sostenido por el pecho al entrar por la puerta. Aun sintiendo miedo por su vida no había podido evitar reparar en la calidad sexual del contacto ni en la forma en que su pecho se adaptaba al tamaño de la mano de él.
Kurt dio un sorbo al vaso de Chelsea pero ésta no se atrevió a decir ni hacer nada que pudiera reducir el poder persuasivo del whisky. A pesar de sus muchas faltas, su padre había hecho un buen trabajo en la educación de sus hijas.
—No te saldrá barato. Si logramos recuperar los cuerpos, necesitaremos un gran equipo de sherpas para formar una cadena y poder bajarlos hasta aquí.
—El dinero no es problema. Lo único que me importa es llevar a mi hermana a casa —dijo ella.
A Chelsea se le antojó que tal afirmación sonó demasiado ostentosa, un golpetazo sobre el tejado metálico de aquella buhardilla en la que el dinero era, obviamente, escaso.
No perdió de vista a Kurt a la espera de encontrar algún indicio de que él pensaba lo mismo. Éste se pasó la lengua por los dientes mientras consideraba la situación. Entonces, como si de pronto se hubiera dado cuenta de que tenía en la mano el vaso de ella, se lo ofreció.
—No, puedes terminarlo —dijo ella con frialdad—. Yo lo prefiero con soda.
—De acuerdo. Quiero que estés preparada para dentro de una semana o un poco más mientras lo organizo todo. ¿Dónde te hospedas?
—En el hotel Cumbres.
Kurt Jellic se limitó a arquear una ceja dándole a entender que ése era el hotel más caro de la zona de Namche Bazaar.
—¿Has escalado alguna vez con Atlanta y Bill? Será mejor que me digas la experiencia que tienes —dijo él expectante.
—No. Nunca he salido a escalar con ellos. No nos veíamos tan a menudo. Yo vivo en París y… bueno, ya sabes dónde vivían ellos.
—¿Entonces dónde? ¿Los Alpes franceses? ¿El Mont Blanc?
—Ninguno de los dos. Casi nunca salgo de París pero voy a un gimnasio que cuenta con un rocódromo y mis avances en ese terreno han sido rápidos.
Kurt dejó escapar un grito que recorrió la buhardilla, sacudiendo las paredes a su paso y resonando en los oídos de Chelsea una y otra vez. ¿Qué sabía él? Chelsea había alcanzado nivel de experta en su centro.
—¿Un rocódromo? —logró preguntar finalmente—. Verdaderamente tienes valor, pero no voy a subir a una principiante al Everest. Mi reputación ya está bastante deteriorada. Sería mi fin si aceptara subir a alguien tan inexperto. Fue muy duro perder a tu hermana y a tu cuñado. Si perdiera a una tercera persona no podría soportarlo.
—Pero…
—No. No intentes convencerme, ni hacerme ojitos. Si crees que eso resultará conmigo, entonces sí que eres más tonta de lo que pareces.
DEJÓ que Kurt la acompañara a la salida contenta por no tener que bajar sola por la escalera a oscuras.
Antes de salir, Kurt había tomado su anorak rojo, un color muy apropiado para ser reconocido sobre la nieve blanca. Chelsea se había dado cuenta de la manera en que el hombre adaptaba su flexible cuerpo para salir sin rozar el marco de la puerta.
Como le había dicho Kora, se trataba de un hombre grande.
Cada pocos pasos, Kurt se detenía para encender una de las pequeñas lámparas dispuestas en pequeñas cavidades a lo largo de la pared.
Al subir, Chelsea no había reparado en la inclinación tan aguda de las escaleras y no quería perder el equilibrio. No conseguiría convencerlo para que la llevara a la cima de la montaña si le hacía creer que ni siquiera podía apañárselas con unas simples escaleras.
No tenía sentido pensar que haciéndole beber alcohol lo convencería. Tendría que recurrir a sus encantos femeninos. Así que cuadró los hombros y a continuación lo miró. Los suyos eran anchos, fuertes y muy masculinos.
Kurt llegó a la puerta verde por la que se accedía a la taberna por la que Chelsea había pasado un rato antes. Kora le había preguntado al hombre del bar dónde podía encontrar a Kurt y después se había ido corriendo llevando entre los dedos la propina que Chelsea le había dado y una sonrisa en los labios. Una minucia por encontrar al único hombre de Namche Bazaar que podía ayudarla. Kurt tomó el pomo de la puerta pero se giró hacia ella y se hizo a un lado para dejarla pasar primero.
—Después de ti.
Los huesos de las mejillas creaban un efecto de sombra en el rostro delgado de Kurt pero Chelsea veía que, a pesar de ello, era un hombre fuerte. Un hombre, le decía un vocecita interior, que parecía verlo todo blanco o negro, bueno o malo, pero alguien que no iba a ponerla en peligro por mucho que insistiera. Tendría que ser muy cuidadosa para no situarse en el «lado» de las cosas malas según su baremo. Ahora sabía que siempre llevaba un cuchillo y que sabía cómo usarlo. Aparte de eso, haría lo que fuera para convencerlo. Implorarle, engatusarlo, seducirlo.
Tenía que describir un plan. Había demasiadas cosas en juego.
Las paredes del interior de la taberna, al igual que la fachada exterior, estaban encaladas, excepto la zona de la chimenea, ennegrecida por el humo. Alguien había encendido el fuego desde que ella entrara por primera vez con Kora, y el lugar le parecía sacado de una película de Indiana Jones. Una hilera de lámparas de aceite de yak dispuestas a lo largo de una delgada estantería que cubría unas tres cuartas partes del recinto lanzaban débiles destellos entre la oscuridad. Chelsea esperaba que, de un momento a otro, se abriera la puerta principal y entrara Indy con su látigo dispuesto a salvar al mundo.
