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La Vida de Ignacio Agramonte de Juan José Expósito Casasús constituye un mito de la cultura cubana. Durante generaciones en las escuelas de la Isla se cuentan las hazañas de Agramonte como parte de un ciclo de relatos de dimensiones épicas. Esta Vida de Ignacio Agramonte recoge parte de las cartas que intercambiaron entre sí Agramonte y Amalia, el amor de su vida. Asimismo, contiene documentos militares que informan de las operaciones de la guerra de independencia cubana. Agramonte luchó contra fuerzas más numerosas y mejor equipadas. Su inventiva para sortear con astucia estas desventajas lo convirtieron en líder muy respetado. Llaman, además, la atención los capítulos en que se refieren las polémicas entre los revolucionarios cubanos. Se discutía, en esencia, el modo de gobernar la República cubana en armas y sus instituciones democráticas. Asimismo merecen interés los Decretos y documentos constitucionales aquí incluidos y, en particular, los de Agramonte. En este periodo de la historia cubana se proclama la abolición de la esclavitud. También se redacta una nueva Constitución para Cuba. Mientras, los independentistas cubanos se debatían entre un modelo dictatorial de gobierno en plena guerra y el ideal Republicano y democrático, defendido por Agramonte.
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Seitenzahl: 618
Veröffentlichungsjahr: 2019
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Juan José Expósito Casasús
Vida de Ignacio Agramonte
Barcelona 2023
linkgua-digital.com
Título original: Vida de Ignacio Agramonte.
© 2023, Red ediciones S.L.
e-mail: [email protected]
Diseño de cubierta: Michel Mallard.
ISBN tapa dura: 978-84-1126-540-9.
ISBN rústica: 978-84-9007-756-6.
ISBN ebook: 978-84-9007-454-1.
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.
Sumario
Créditos 4
Agramonte 9
Anteprefacio 9
Introducción 13
Libro primero 17
Libro segundo 44
De Agramonte a su mujer desde la manigua mambisa 74
Libro tercero 87
Paso de la Sierra de Cubitas 122
Libro cuarto 160
Libro quinto 179
Libro sexto 274
Apéndice 290
Homenajes tributados al Mayor 290
Documentos 292
Expediente académico de Agramonte 293
Toma de razón del título de licenciado en leyes de Ignacio Agramonte y Loynaz 296
Proclama que desde su cuartel general, situado en Cauto del Embarcadero, dirigió el 14 de mayo de 1872 el general conde de Valmaseda a los cubanos en armas: 296
Sobre la muerte del Mayor 298
Relato de Luis Lagomasino debe estudiarse con el plano a la vista 298
Relato de Ramón Roa debe estudiarse con el plano a la vista 301
De Francisco Arredondo 305
De los veteranos de Camagüey 306
El combate de Jimaguayú (1873) 306
Muerte del Mayor Ignacio Agramonte y Loynaz 306
Del comandante Armando Prats-Lerma 308
De Juárez Cano 310
De Carlos Pérez Díaz 312
De Serafín Sánchez 315
Libros a la carta 327
Amaba la justicia como Arístides, por ella lo abandonó todo y marchó a la manigua irredenta, pasional tenía de Petrarca y de Leopardi, su carácter le emparejaba con el de Utica, él también se hubiera atravesado con la espada por no caer prisionero de César; pero por encima de todo encarnaba el ideal romántico del caballero de leyenda generoso, magnánimo y audaz, dispuesto a ofrecer la vida ante los altares de esa religión del pundonor y de la hidalguía que llevaba inscritos en su escudo inmaculado.
Bajo la égida de la muy ilustre sociedad camagüeyana «La Popular de Santa Cecilia», centenaria institución cultural y baluarte del patriotismo cubano, viene a la luz pública este modesto trabajo sobre la insigne personalidad del Bayardo. En los primeros días de la República, como marcando el rumbo a la dignidad y a la gratitud de un pueblo, inicia la citada sociedad una colecta pública para alzar en la plaza principal de Camagüey la estatua del Mayor, que años después, merced al entusiasmo y al esfuerzo de aquellos varones ilustres que formaban su directiva, fuera inaugurada y entregada a las autoridades municipales de esta ciudad, cuna gloriosa de hombres inmortales.
Ahora, en medio de la incuria y del abandono oficial, hacia estas cosas ilustres del pasado, un cubano meritísimo, un devoto fervoroso de esa religión, que tiene por pontífices a los constructores de la nacionalidad, nuestro carísimo amigo el señor Arturo Pichardo y Navarro, alma y propulsor indiscutible de esta edición, ha querido agregar al aporte imponderable ya citado, que perpetuara en bronce y en mármol la figura egregia del Mayor, esta biografía que presenta al Caudillo en los diversos aspectos de su multiforme existencia, y en la que se rinde tributo, en todo momento, al primer postulado, lema inviolable de la historia: Veritas et omnia veritas.
Viene este trabajo, laureado ya en infortunado Concurso, con el siguiente dictamen aprobatorio:
El jurado lamenta no poder recompensar, como fueran sus deseos, otros dos trabajos serios y meritorios, los correspondientes a los doctores Juan José Expósito Casasús y XX y se toma la libertad de proponer la creación de dos accesits remunerados con la suma de 250 pesos cada uno para premiar la labor de los doctores Casasús y XX.
Firmado
José V. Zequeira; Ramón Catalá y José M. Pérez Cabrera.
Pero al hablar del laudo del jurado que nos otorgara el lauro más arriba citado debemos denunciar públicamente, desde esta tribuna de la dignidad humana, no solo el acto de injusticia cometido con nosotros, sino el atentado a la cultura, a la seriedad y a la verdad histórica que se cometiera al otorgar el primer premio, para escarnio de Palas Atenea y ludibrio de Themis afligida a la obra «Agramonte, el Bayardo de la Revolución Cubana» que presentara el señor Carlos Márquez Sterling.
Basta para enjuiciarla, descalificándola, apuntarle los errores históricos que en brevísima sinopsis expuse a la Dirección de Cultura, en recurso que tengo interpuesto contra el injusto laudo y que subrayo de esta manera:
el trabajo, al referirse a hechos de la vida del Mayor, constituye serie inescindible de falsedades y errores de tal jaez que excluyen toda auténtica documentación, requisito exigido en las bases del concurso. Así se verá en ligera ojeada, que desde la afirmación rotunda que se produce de que Agramonte obtuviera brillantemente el título de doctor, a cuyos exámenes de grado no asistió, según pruebo documentalmente; desde el relato sin sentido de la acción de Bonilla, donde Agramonte dirigió un pelotón de mambises; hasta el de la infausta rota de Jimaguayú donde se pone a Serafín Sánchez al mando de las fuerzas de las Villas, cuando solo era capitán y mandaba a sus chinos, y donde se deja en la oscuridad la muerte del Mayor, sobre la que yo he vertido chorros de luz, pasando por el cañoneo de Camagüey (cuyo relato evidencia plena ignorancia de la acción, y hasta de la topografía de la ciudad) y el macheteo del Cocal, dado por Agramonte con solo setenta hombres, y presentado con varios centenares (dice que a las fuerzas del Mayor se le unieron en Jimaguayú, ciento cuarenta jinetes), es todo un rosario de graves y peligrosos errores históricos reveladores evidentes de la injusticia que denuncio ante esa Secretaría.
Queremos, para terminar la brevísima ojeada nuestra sobre la maltrecha obra, citar una frase que se destaca en el luctuoso episodio final y que la desnuda permitiéndonos «verle el alma» como decía Séneca: «sus cenizas fueron aventadas al viento de la inmortalidad».
Si no bastaran los marcados errores históricos que por sí solos condenan la obra; si no bastara el estilo purísimo a que hacemos alusión, bastaría el adverso dictamen del que es, sin disputa alguna, cantera viva e inagotable de preciosísimos datos históricos del solar agramontino, y miembro correspondiente de la Academia de la Historia en esta ciudad, el señor Jorge Juárez Cano, quien en veintidós crónicas, casi todas publicadas en el diario El Camagüeyano, ha puesto de relieve el grave atentado a la justicia, a la cultura y a la historia, cometido por el tribunal del Concurso.
A ese otro tribunal: al de la conciencia honrada de los hombres justos, entregamos nuestra protesta y nuestro libro.
Camagüey, febrero 18 de 1937.
Habiéndonos propuesto estudiar la vida y la obra de Ignacio Agramonte lo primero que ocupó nuestra atención fue el problema del método; del medio adecuado para llegar al fin; método, de meta-en, odos-camino.
Recordamos a Tito Livio, apto para la majestad de la República romana, Tácito, apropiado para describir a los tiranos, Polibio para dar lecciones de guerra y Plutarco para ensalzar la gloria de los grandes personajes. Al punto descubrimos que, para comprender la vida del Mayor y discurrir por las vetas maravillosas de su existencia, debíamos seguir el sabio consejo de don Pepe: Todos los sistemas y ningún sistema, he ahí el sistema. Porque de todo hay en la historia de esta eminencia; majestad propia de la Roma inmortal, acciones de guerra, no superadas por nadie, gloria emparejada a la de los hombres de Plutarco y hasta tiranos a porrillo, en los enemigos airados de la Patria. Dividimos el material histórico en seis libros, dedicando el primero al escenario en donde surge el personaje biografiado; esto explica que hayamos traído a la obra hechos y personas, medio y momento que preceden a su aparición y que llenan papel histórico en nuestra obra, no pudiendo omitir esa ojeada retrospectiva a los primeros días de la conquista que nos muestran la actitud de los hombres de Iberia entre nosotros para, siguiendo el curso de los pocos siglos que tenemos de vida, llegar a los albores de 1868.
El libro segundo integra un estudio psíquico-somático del biografiado siguiendo los cánones de la psicología contemporánea, buscamos su línea de vida, desde los primeros años, examinando sus dotes de actor sobresaliente, que de modo magistral va a lucir en la cercana tragedia. Allí estudiamos su vocación vital, a la luz de la doctrina de Goethe, y fijamos su tipo moral, kantiano con vetas platónicas; advirtiendo la antinomia infrecuente entre una vida íntima frustrada y una vida histórica ubérrima y provechosa. Le vemos en este libro, como abogado novel, como orador y como conspirador; hasta que se desposa en 1868, primero con su Amalia y luego, dos meses después, con la muerte.
El libro tercero, que con los cuarto y quinto abarca todo el período de su vida guerrera, nos describe al personaje en los dos primeros años de la campaña en que se revela como organizador, táctico, audaz capitán dando pruebas de valor colectivo, como ya las tenía dadas de valor personal y dócil a la superioridad de sus jefes Quesada y Jordan. Le vemos batiéndose a las órdenes del primero, muy inferior en capacidad militar a él, obediente a las disposiciones del mando, porque él, como dijera Luis Victoriano Betancourt, rebelde a todos los yugos, no obedecía más que a uno; al de la Ley, siguiendo así el consejo de Marco Tulio: Legum servi sumus ut liberi esse possimus.
En estos libros, donde le estudiamos como guerrero, realizamos una indagación crítica de todas sus acciones de guerra, a la luz de los principios que rigen el arte militar.
En los libros cuarto y quinto, donde continuamos estudiando al Mayor como militar, presenciamos la lucha incruenta y dolorosa entre los caudillos oriental y camagüeyano y le descubrimos a este todo el temperamento colérico cuando desafía en lance personal al presidente, cuando acusa al Gobierno y cuando protesta, y se queja, y se lamenta de los errores de aquél que le llevan, a su juicio, la Patria de las manos.
Hay un instante en este período, en que el historiador, que ha visto el cielo de la Patria oscurecido por los presagios más amargos, y las querellas más lúgubres e infecundas, ve, de repente, abrirse el firmamento sin nubes de la concordia y de la armonía, mientras anuncian las trompetas de la gloria la aparición de un día, fasto para la Patria; el día eternamente memorable en que los caudillos, enemigos y agraviados, el oriental y el camagüeyano, deponen sus diferencias, salvan los obstáculos que colocara el amor propio y en aras del otro amor, el amor santo de la Patria, se unen y se abrazan para luchar en comunidad contra el enemigo único de la tierra. Y vemos, a partir de ese momento, cómo en Agramonte se opera un avatar y se torna defensor del presidente que representaba la Ley y la República. Y le vemos elevarse hasta llegar a ser el primer general de su tiempo y el mejor oficial de caballería que la Nación haya tenido. Y así le seguimos, desde enero de 1871, hasta el infausto día de mayo del 73, en que cae para siempre.
Estudiado ya Agramonte como militar precisaba explorar esa faceta admirable de su vida, para la cual reunía dotes admirables; la política, y en la cual, a nuestro juicio, se ofrecía íntegra su personalidad, uniéndose allí sus dos destinos: el histórico y el íntimo. Esa indagación la realizamos en el libro sexto, donde damos término a nuestra labor.
Hemos avalorado el trabajo, deficiente por ser nuestro, con infinidad de documentos inéditos, nos hemos servido de fuentes vivas, los oficiales, soldados y paisanos que se citan en el texto y nos hemos, por último, constituido sobre el terreno para levantar, por nuestras propias manos, un plano del campo donde se libró la acción de «Jimaguayú», que responda a las necesidades de este estudio con el propósito de poner término, de una vez y para siempre, a tanta historia, sin sentido racional; pero con sentido místico, como alrededor de la muerte de Agramonte se ha escrito, lo que estimamos haber conseguido plenamente.
Al poner punto final a este trabajo sentimos la inefable euforia que lleva el deber cumplido a los corazones justos y si con él llegamos a prestar un servicio a la Patria, a la Cultura y a la Historia, habremos obtenido el más preciado galardón que apetece nuestra conciencia cubana.
En esta guerra santa, donde todo era bello por el lado insurrecto, la manigua y el bosque, los caminos y los ríos y hasta el ganado y las abejas se ponían de parte de la causa de la independencia: se realizaba el mito de Anfión-Orfeo de la leyenda antigua, cuya armonía musical, arrobadora e incoercible, unía a las piedras y a los árboles en ordenación arquitectónica y a los seres vivos, incluso a los animales, en ordenación moral.
Influencia de Juan Jacobo Rousseau en las revoluciones americanas. Destrucción de la raza siboneya. La conquista. Ocupación de La Habana por los ingleses. Los gobernantes de la reconquista. Fracaso del plan de Román de la Luz y ejecución en 1809 del enviado de José Napoleón, Francisco Filomeno. Conspiración de 1823. Función Providencial de Camagüey en nuestra Guerra Grande. Factores que la explican: topográfico (psíquico-somático) étnico, económico y cultural. Informe de Concha. Juicio de fray Cristóbal Sánchez sobre el carácter de los camagüeyanos. Influencia del padre Valencia, en la cultura camagüeyana. Traslado de la Audiencia a Camagüey: su, influencia como factor cultural. Informe de Gutiérrez de la Concha. Cerrutti. Notable influencia de Gaspar Betancourt Cisneros. Descripción del personaje. Misión a Colombia. Entrevista con Bolívar. Ejecución de Andrés Manuel Sánchez y Francisco Agüero y Velazco. Versión de Guiteras. Actitud de la Audiencia. Juicio de Juan Clemente Zenea. Conducta de don Manuel Lorenzo, frente a los desmanes de Tacón. Ejecución de Plácido. Esfuerzos separatistas de Narciso López. Actitud del Lugareño. Semblanza del general Narciso López. El Consejo Cubano de New York. Desembarco de Narciso López, en Cárdenas, y reembarco subsiguiente. Proclama de Narciso López. Su segundo viaje a Cuba. Su muerte en garrote. Levantamiento de Joaquín de Agüero. Fracaso y fusilamiento del caudillo. Palabras de Ana Josefa de Agüero. Actitud del Camagüey ante el fusilamiento de Agüero y sus compañeros. Ejecuciones de Estrampes y Pintó. Discurso del Lugareño en New York, en 1854.
El siglo XIX se abre, para la historia universal, con la promulgación de las ideas revolucionarias que en Francia abaten al último Capeto del XVIII y con el glorioso triunfo de los patriotas americanos del norte. Ambos éxitos de la Justicia tienen como poderoso propulsor a los altos estudios filosóficos, que hallan su más precipuo exponente en Juan Jacobo Rousseau, quien encarna, de modo magistral, el espíritu de su época. Él sometió al estudio frío, sereno, desapasionado de la investigación filosófica, las instituciones políticas y jurídicas de su tiempo advirtiendo, como ocurre siempre bajo los regímenes tiránicos, la incongruencia entre el derecho histórico y el derecho natural, entre la realidad jurídico-positiva y la auténtica justicia. De aquí que su pueblo, con aquella admirable intuición que poseen las masas, aceptara la doctrina como el evangelio de sus luchas. Por ello en la mesa de las asambleas revolucionarias se hallaba el código de los franceses, un ejemplar del Contrato social. Se había confirmado el apotegma de Plutarco: «la muchedumbre ama a los justos, a ellos se entrega y en ellos confía». Augusto Comte, hablando de aquel período glorioso, dijo: El Contrato social, inspira una confianza y veneración mayor que la que jamás tuvieron la Biblia y el Corán. Systeme de politique positive. Y Maine, en el Ancien Droit:
No hemos visto en nuestro tiempo y el mundo no ha visto más que una o dos veces, durante todo el curso de los tiempos históricos, trabajos literarios que ejercieran tan prodigiosa influencia, sobre el espíritu de hombres de toda suerte de caracteres y de todos los matices intelectuales, como aquellos trabajos publicados por Rousseau desde el 1749 al 1762.
Los hombres de América se alzaron al reclamo de aquellas voces de justicia, y pocos meses después del primer cuarto de siglo España rendía su espada, en la rota de Ayacucho, a uno de los más jóvenes y brillantes generales de Bolívar.
Y así llegamos al período preliminar de nuestra guerra grande en que fulge la luz purísima de aquel astro cuyo estudio comenzamos.
El biógrafo debe dirigir su mirada hacia los primeros días del descubrimiento, que encontraron la raza autóctona, producto genuino de nuestro clima. Cada vez que pienso en estos sencillos y buenos pobladores de mi patria y en el doble crimen de la conquista, exterminándolos, en los primeros cincuenta años, e inyectando en el tronco joven y en formación de mi pueblo dos razas, inferiores y heterogéneas, no puedo menos que condenar y maldecir la criminal codicia de los conquistadores de mi tierra. Yo pienso con melancolía en el tronco étnico que hubiera producido la natural y humana fusión de estas dos razas, española y siboneya, en una única alimentada a diario con elemento nuevo y vigoroso de la Península. Cuando la obra, que tiene como símbolo aquellos desquiciados de Vasco Porcallo de Figueroa y Pánfilo de Narváez, tuvo remate, dio principio la importación de negros y chinos que no terminó hasta el último cuarto del siglo XIX. Y es durante los cuatro interminables siglos de dominación el único afán de la Metrópoli sacar de esta Isla infortunada el mayor provecho económico posible. Para ello se aherroja al país, a fin de que sufra, atado a la impotencia, la inicua explotación a que se le somete. De aquí que, como ha dicho un historiador chileno Arteaga Alemparte, la historia del coloniaje ofrezca en su cronología muy poca importancia pues un día, un mes, un año son iguales a todos los días, los meses y los años. «El tiempo se desliza por entre una aglomeración de nombres inertes y silenciosos, como la corriente de un río por su lecho de tierra y de guijarros, la existencia humana, privada de su iniciativa, de su voluntad inteligente, de sus nobles entusiasmos, degenera en una especie de vegetación humana.» Y así llega, para nosotros, el año 1762, en que la armada inglesa conquista La Habana, abriendo un nuevo período histórico en la vida cubana y revelando al mundo los valores de esta tierra. España al reconquistarla tiene el buen sentido de enviar a la colonia, que había inmolado en raro ejemplo de fidelidad cientos de sus hijos, defendiendo la corona, verdaderos gobernantes, pues se abre el cielo del conde de Rycla, Bucarely, don Luis de las Casas, don Nicolás Mahy, el marqués de Someruelos, dueños de aquellas condiciones de talento y probidad, únicas que pueden revestir de pura autoridad al hombre de gobierno, según promulgaba con ejemplar sabiduría la filosofía de los siglos pasados olvidada, al parecer, en el presente. Durante este período, según apunta acertadamente Vidal Morales, como la bondad de los gobernantes, atenuaba el riguroso yugo de explotación mentado, los cubanos no intentaron romper los lazos que les unían a la nación colonizadora. Así vemos abortar el plan de Román de la Luz, denunciado a las autoridades españolas por el propio sacerdote que confesara a su mujer y perecer, en 1809, al enviado de José Napoleón, de apellido Alemán y de naturaleza mexicana, preso y ahorcado, después de convicto y confeso ante el juez que lo mandó a la horca, el mulato don Francisco Filomeno, después marqués de Aguas-Claras.
Ya en 1823 soplan los vientos huracanados de la revolución y en Matanzas Teurbe Tolón y Heredia, seguidos de una legión de valientes, conspiraban francamente por la Independencia, incorporados a los legionarios del Águila Negra, que tenían representantes en toda la Isla. Descubierta a tiempo la conspiración, por el Gobierno de España, se la hizo fracasar, dictándose sentencia, en 23 de diciembre de 1824, por la que se condenó a extrañamiento de la Isla a José Francisco Lemus, Ignacio Félix del Junco, Teurbe Tolón y Heredia entre gran número de complicados. Pero ya estamos tocando a las puertas del gran momento en que aparece en la escena de su patria el personaje insigne que biografiamos, y es hora, por tanto, de que nos traslademos a Camagüey, donde en breve veremos, con los ojos desorbitados por la angustia, alzar el aparato repugnante de la horca, para «ajusticiar» a esos protomártires de la Independencia: Francisco Agüero y Velazco y Andrés Manuel Sánchez.
Por un complejo de circunstancias especiales era Camagüey el campo escogido por la providencia para que en el hermoso escenario de sus llanuras se desarrollaran los actos más imponentes de esa gran tragedia que constituye la guerra grande: Son factores de orden topográfico, étnico, económico y cultural. Ellos conjugados hicieron que los gobernantes españoles miraran a esta región como el baluarte principal de los redentores de Cuba. Así Concha en sus Memorias sobre el estado político, gobierno y administración de la Isla de Cuba, dice:
Siendo cual es pacífico el espíritu del país, dóciles a la par que inflamables sus habitantes, como todo pueblo meridional, natural era que cuidando de despertar el un tanto apagado sentimiento de nacionalidad el influjo del gobierno creciese, como grandemente creció, donde quiera que la perversión de las ideas no era ya demasiado extensa y profunda y se hallaba hasta cierto punto favorecida por circunstancias especiales, cual acontecía en Puerto Príncipe.
Veamos, primero, el factor topográfico que se interpenetra, en el cultural, pues actúa sobre los caracteres psíquicos y somáticos del sujeto. El camagüeyano vivía en diario contacto con la naturaleza, ya la psicología explica cómo esto influye sobre el espíritu del hombre, haciéndole proclive a la libertad. Pero hay más, la vida al aire libre, a caballo, dotaba al camagüeyano de admirables cualidades para los ejercicios de campaña. De aquí que ofreciera esta provincia magnífico material para forjar soldados. Ya en Plutarco leemos: «La mejor espada es la que se hace con la reja del arado». En sus amplias llanuras nacían y crecían magníficos ejemplares de la raza caballar, que constituyeron luego instrumento preciado en la contienda. Tal parece que la naturaleza ofrecía, pródiga, la estepa para criar el ganado insuperable y para que en ella luego, sin obstáculo alguno, a rienda suelta y a galope de carga, se derribaran los muros de bayonetas que la tiranía colocaba como obstáculos de acero y de metralla a la libertad de sus nobles habitantes. Por último, la abundancia de montes en toda la provincia constituía otro de los grandes recursos que el factor topográfico prestaba a la revolución, en Camagüey.1
Pasemos al factor étnico: Dado el régimen peculiar de vida de los habitantes de Camagüey, ciudad situada en el centro de una extensa comarca, extraordinariamente rica y dedicada al ganado no fueron requeridos aquí, como en otros lugares con profusión, esclavos africanos, por tal motivo el porcentaje de esta población en relación con la blanca, fue menor que en otras provincias; esto, desde luego, y por razones obvias al par que mantenía una homogeneidad étnica valiosa elevaba el índice de cultura de la región.
Los factores económico y cultural los estudiaremos, en virtud de su interpenetración, juntos. Según cuenta Juárez Cano, en sus Apuntes de Camagüey, allá por el año 1747, fray Cristóbal de Sánchez Pavón levantó un plano de la Villa que dedicó al capitán general, en la realización de cuya labor tuvo oportunidad de observar carácter y costumbre de los habitantes de Camagüey; diagnosticó que éstos eran aplicados al trabajo y al interés, leales, generosos y valientes; «pero poco dados al cultivo divino». Esto lo niega la proverbial religiosidad del camagüeyano de otros tiempos, el argumento irrefutable de ser Camagüey la ciudad que, en proporción, más templos religiosos tiene en Cuba y el mismo testimonio del historiador citado, quien afirma como el año 1749 cuando los padres jesuitas llegaron a esta ciudad recogieron la suma de 52.000 pesos fuertes con los que construyeron su colegio. Queda probado, pues, que la población camagüeyana era religiosa, católica, por no profesarse en Cuba otro culto en aquella época y, como pueblo religioso, religión de re-ligio, atar las cosas, era amante de la verdad y del bien.
El mandamiento supremo del espíritu, ha dicho Hegel, es conocerse a sí mismo, saberse y producirse como lo que es. La religión cristiana establece, como principio universal, la existencia de la verdad y el valor infinito de los individuos, a los que reconoce gozando de la conciencia de sí mismos, de la libertad.
Alejados los habitantes del Camagüey de otras poblaciones, estrecharon los lazos que les unían y emprendieron asociaciones y constituyeron cooperativas culturales. Así la creación de colegios religiosos, fuente perenne de ciencia y sabiduría, que constituyeron uno de los principales focos de cultura de la ciudad y de donde salieron próceres ilustres, que prestigiaron la región y la patria. Así la presencia, en Camagüey, todos los años, de compañías de ópera, costeadas por los propios dueños del teatro, asistentes a aquel espectáculo, culto y deleitable, para lo que habían formado una cooperativa. Así prueba, por último, de este espíritu de asociación es el magnífico Casino Campestre que nos legaron el talento y la iniciativa de aquella época, hoy por desgracia conservados solo en el recuerdo.
El floreciente estado económico de la región, permitió que gran número de estudiantes fueran a la capital, donde, en las aulas del infortunado padre Varela y de aquel santo laico que fue don Pepe, aumentaran su cultura y prepararan a sus coterráneos para la magna lucha.
Cual exponente veraz de lo anterior referiremos cómo en el año 1868 la sociedad Filarmónica de Camagüey celebró unos juegos florales siendo uno de los temas de literatura «La influencia que puede ejercer el Liceo de Puerto Príncipe en la civilización y progreso del país, y marcha que debe adoptar para obtener el mayor resultado». Hizo bien, pues, el gobierno español cuando dos meses después, en 23 de septiembre de 1868, le dice a la sociedad «La Popular»: «que no puede representar nada sin someterlo a la censura previa». A fines del año 1815 llega a la ciudad de Puerto Príncipe un varón ejemplar, a quien la gratitud popular no cesa de recordar y reverenciar, me refiero al reverendo fray José de la Cruz Espí, más conocido por el padre Valencia, encarnación magnífica del sacerdote cristiano, que realizaba la fórmula de Epicteto: «Templo vivo y encarnación de Dios». Al padre Valencia debe mucho la cultura camagüeyana; con su apostolado ejerció decisiva y notable influencia en las costumbres y sentimiento de los feligreses y si era cierta la afirmación, que hemos rebatido, y estimamos falsa, del padre Sánchez, la admirable y evangélica labor del padre Valencia, infiltrando en el espíritu camagüeyano torrentes de fervor religioso, llenó la primera necesidad de aquella colectividad humana.
Otro acontecimiento, de notable influencia en la cultura de esta región, lo constituyó la creación de su Audiencia. Por Real decreto de 14 de mayo de 1797, y en virtud de haber cedido España a Francia la Isla de Santo Domingo, se dispuso el traslado de la Audiencia que allí radicaba a la Villa de Puerto Príncipe, lo que tuvo efecto el día 30 de junio de 1800, habiéndose inaugurado y principiado a funcionar el 30 de julio del propio año, a las cuatro y media de la tarde, en que entró con toda solemnidad, el gran sello. El día 4 de agosto en la Parroquia Mayor se cantó un solemne Te Deum. La Audiencia constituyó, como es natural, foco importante de cultura ya que no solo ella trajo escogido grupo de funcionarios, sino que al calor y a la sombra de este instituto vino a vivir grupo no menos numeroso de abogados. Aquilatando su efecto imponderable, en 7 de noviembre de 1851 el Gobierno de la Isla decía a la Metrópoli:
Puerto Príncipe no será mejor porque la Audiencia continúe allí, y la política aconseja se disminuya el influjo de esa población y se diseminen los que sostienen su mal espíritu, que son, en su mayor parte, los Letrados y curiales, sostenidos por la existencia de ese superior tribunal.
Y continúa opinando que debe suprimirse, así como se lamenta ante el Gobierno diciendo: «que cuando la referida ciudad sabe sobre su decidida opinión de acabar con ese Tribunal se retarda todavía el decreto, dando lugar a que la Autoridad pierda su prestigio».
Ya, con fecha 21 de julio de 1851, se había dirigido en los siguientes términos al Gobierno:
Hay un pueblo en la Isla avanzado en el camino de la rebelión, que requería de parte del Gobierno una conducta firme. Hablo de Puerto Príncipe, y si V. E. se toma la molestia de leer mi comunicación de 9 de enero último será confirmado el juicio que entonces formé de su situación política por los sucesos y documentos de que trato en comunicación de esta fecha. Esta situación especial, ahora como entonces, debía de convencerme de lo infructuosas que serían la moderación y la templanza. Considerando imposible, a lo menos, por algún tiempo, conseguir con beneficio, no un cambio de opinión, que tampoco me prometo, de cierta clase de la población en otros puntos, pero sí disminuir su hostilidad contra el Gobierno, parecía claro que la política allí, no solo conveniente, sino necesaria, era reprimir la revolución con la fuerza, y para mejor lograrlo, rebajar todo lo posible la consideración y la importancia de un pueblo rebelde y he aquí por qué solicité, en la comunicación citada de 9 de enero, la supresión de la Audiencia, que con anterioridad recomendaron, por otras razones, mis antecesores, y si no estoy equivocado la visita presidida por el conde Mirasol; pero he tenido la desgracia de que no se haya tomado resolución alguna hasta ahora sobre tan urgente como importante asunto. Consiguiente a este sistema de energía necesario en Puerto Príncipe, suspendí a un ayuntamiento que traspasando la línea de sus atribuciones representaba sobre asuntos que no le competían. Relevé al general Olloqui, nombré al general Lemery y fueron expulsados algunos de los más peligrosos vecinos. A estas medidas, que la fuga de otros no permitió completar, se debe indudablemente que no tuviese resultados más funestos el movimiento insurreccional de que doy cuenta por separado.
Bien para satisfacer los deseos del capitán general citado, José Gutiérrez de la Concha, que ya no mandaba en Cuba, bien porque el Gobierno creyó que era conveniente lo por él aconsejado, en diciembre de 1853, fue suprimida la Audiencia, e incorporada a la Pretorial de La Habana. En 1868 y agosto 29 fue restablecida, suprimiéndose de nuevo en 3 del mismo mes del año 1870 y reinstalada por último en 1 de julio de 1879.
Constituye también elemento de notable influencia, en el factor que estamos considerando, un sabio profesor italiano que arriba a esta ciudad al principio del pasado siglo y opera desde su Cátedra auténtica revolución cultural, iniciando a la juventud camagüeyana en el estudio de los héroes de Grecia y de Roma, de los varones inmortales de Plutarco, a tal extremo que apenas hay casa de prez en Camagüey que no tenga las Vidas paralelas y familia que a pesar de su fervor católico y su amor a las tradiciones no tome de las páginas del gigante de Queronea nombre para sus hijos. Y claro es que los nobles ejemplos de aquellos héroes legendarios habían de influir de modo notable en el corazón camagüeyano de la época que estudiamos.
Así como La Habana tiene un don Pepe, Camagüey ostenta en el dosel del templo donde viven, para la eternidad, sus próceres el nombre insigne de Gaspar Betancourt Cisneros. Este hombre extraordinario integra el tipo perfecto del ciudadano grande, del conductor de multitudes, del eupatrida augusto que la imaginación concibe, perdido ya en las nieblas de la legendaria tradición de Roma republicana.
De todo fue este hombre singular, estadista, economista, maestro, agricultor, publicista, político, polemista, jurisconsulto y humanista. Tomaba lecciones de filosofía de Saco y las daba de inglés a Vidaurre, mientras éste se las devolvía de derecho de gentes. Cedamos la palabra, para tener la vera efigie del Lugareño, al muy docto Vidal Morales:
Hay un camagüeyano propagandista y hombre de acción, cuya vida revolucionaria abraza un período de cincuenta y dos años y que durante el mismo es el representante más caracterizado de la idea separatista en todas sus fases históricas. Ese hombre superior es Gaspar Betancourt Cisneros, cuya memoria demanda a la posteridad el homenaje a que se hizo acreedor por su patriotismo y la magnitud de su obra. Desde las columnas de la Gaceta de Puerto Príncipe, combate y demuele todas sus preocupaciones, predica el culto a los beneméritos de su Patria, se encara con la aristocracia y aboga por la división territorial, corrige la costumbre paradisiaca de la vagancia y desnudez, en los niños, muchos de los cuales, de ocho a diez años de edad, vagaban por los arrabales desnudos «como caribes u hotentotes;
censura el juego, la holganza, la afición a las letras y al teatro, cuando no las guía el buen gusto y la predilección por los buenos modelos; acomete y se defiende con bríos y con gallardo esfuerzo en suaves polémicas, con vigorosa lógica, acribillando al adversario con chistes espontáneos y rebosantes de gracia, cuando no de cáustica amargura. Su estilo es sencillo, claro, puro y limpio: es el vehículo adecuado para que sus ideas circulen y se vulgaricen. Conjuntamente con la división de la propiedad para el fomento de la agricultura, predica la reforma de esta, el mejoramiento en la industria pecuaria y en las que le son anexas, señala nuevos horizontes al trabajo de un pueblo que, superando en esto a los demás de la Isla, lo que pinta el carácter, democrático de su aristocracia «no tenía por vil el oficio del agricultor», en donde «un joven de familia decente» se acomoda de mayoral, a salario o a destajo, y entra en la ciudad con una piara de animales o una arria de efectos, sin que nadie crea que se envilece por esto. No combate de frente la esclavitud porque en aquellos tiempos en que la úlcera manaba sangre, era imposible hacerlo; pero clama con vehemencia porque se «concentre en el corazón de la Isla una gran población homogénea», por la colonización blanca, a la que consagra excelentes y numerosos artículos, pero el Lugareño no limita su misión a esparcir las sanas ideas a los cuatro vientos: a su predicación une el ejemplo, la acción que la demuestra y corrobora. Así, en su fundo de Najasa establece colonias agrícolas, promueve con su peculio la inmigración de catalanes y canarios, sufre descalabros en la práctica, que explica y demuestra con verdadera convicción; y corona esta titánica empresa lanzando a la arena el grandioso proyecto de unir, por un camino de hierro, a Puerto Príncipe y Nuevitas, completando y unificando así el vasto programa de sus reformas intelectuales, morales, políticas, sociales y económicas. Era la bondad misma; por esencia modesto y tan absolutamente destituido de vanidad como de egoísmo. En él siempre hubo, ante todo y sobre todo, desinteresadísimo patriotismo: fue la personificación de la modestia, de la llaneza, de la naturalidad, de la sencillez y de la caridad. Refiriéndose Domingo del Monte a sus artículos, de la Gaceta de Puerto Príncipe, arriba mencionados, decía:
versan sobre objetos de utilidad pública y mejoras morales en su pueblo: los más notables son sobre el camino de hierro de Puerto Príncipe a Nuevitas y sobre el fomento de la población blanca. Están escritos con profundo conocimiento de las materias que tratan, en buen lenguaje castizo y en estilo culto y elegante. Era, como decía José de la Luz y Caballero, un patriota a toda prueba, todo hidalguía y buena intención; de los que nunca estuvieron conformes con la dominación española: de los que jamás confiaron ni hicieron caso de promesas de reformas y se burlaba de los que algo esperaban de ellas, demostrando la entereza de sus convicciones hasta en el delirio de su agonía, en que rechazaba la sombra de España, a la que se imaginaba ver ahogando a Cuba y apostrofándola enérgicamente exclamaba: «¡Vete! ¡Vete!».
Enterado en Nueva York de los éxitos militares de Bolívar bebe a su salud y prepara la célebre expedición a Colombia, que fracasó por las dificultades para entrevistarse con el Libertador, enfrascado en aquella época en la campaña del Perú; debido a lo cual acordaron los expedicionarios dejar un comisionado para mantener contacto con Bolívar. Posteriormente, en una entrevista celebrada por José Aniceto Iznaga, el comisionado encargado, con el caudillo americano, este hizo ver al cubano la dificultad insuperable que había para acceder a las pretensiones de invasión en este país debido a la oposición que hacían los gobiernos de Inglaterra y los Estados Unidos. Por ello se desistió de la ayuda sudamericana.
Un biógrafo de este camagüeyano dice que tiene parangón con Quetzalcóatl, el célebre personaje de la leyenda azteca, que llega cargado de ciencia y de virtud para reformar las costumbres de su pueblo. Su civilidad queda resumida en estas palabras:
Yo no escribo ni para formar partidos ni para crearme aura popular. Yo no creo que el amor a la patria consista en frasecitas almibaradas de gacetas, sino en servicios públicos, personales, efectivos, desinteresados. Yo no creo que el mejor patriota será aquel que más y mayores alabanzas le prodigue.
Y en aquel gesto, digno de la estirpe de los Lincoln, que enseguida vamos a relatar y que se empareja con el otro, de haber dado la libertad absoluta a sus esclavos. Hallábase en amena plática con una persona de color cuando llegó el capitán del Partido quien no quiso tomar asiento en la sala de la casa en donde estaba el prócer, por lo que éste le dijo: «Pues, espéreme usted en el zaguán que dentro de un momento iré para allá». Estas palabras revelan toda la dignidad y toda la rebeldía del Camagüey legendario.
Hemos visto el fracaso en el año 1823 de las conspiraciones, para lanzar la nación a la lucha armada contra España. Sin embargo, no acalló el fervor patriótico ni el sentimiento revolucionario. Así en febrero de 1826 ya andaban, en son de guerra Andrés Manuel Leocadio Sánchez y Pérez y Francisco Agüero y Velazco, conocido por Frasquito. Ambos camagüeyanos fueron capturados por España. Oigamos al historiador Vidal Morales:
Un mes antes de ser aprehendidos, el 20 de enero, habían desembarcado en Sabana la Mar, cerca de Santa Cruz del Sur, habiendo hecho el viaje desde Kingston en la balandra inglesa Marylandia. Y ocultos desde su llegada en el ingenio Las Guabas o Las Cuabas, de don Francisco Zaldívar, a 3 leguas de la ciudad de Puerto Príncipe, recibían visitas, Frasquito, de su hermana Ángela de Agüero y de muchos de los principales vecinos de la ciudad, hasta que, en la mencionada noche del 19 al 20 de febrero de ese año de 1826 fueron sorprendidos, empleándose para ello los infames medios de que siempre se valieron nuestros opresores. El alcalde ordinario de la ciudad, don Francisco Carnesoltas, pudo obtener que dos negras esclavas, seducidas por la halagüeña promesa de ser Iibertadas, denunciaran el punto en que se ocultaban aquellos candorosos jóvenes que en los mínimos detalles revelaban su inexperiencia política, pues al cabo de algunos días de permanencia en ese ingenio, de donde fácilmente hubieran podido huir, fueron detenidos y conducidos a la ciudad, donde los encerraron en el cuartel del regimiento de Infantería de León y pusieron a disposición de la Real Audiencia del Distrito.2 El procedimiento se aceleró con inusitada rapidez. El fiscal dijo que ambos reos salieron de esta Isla y que sigilosamente se dirigieron a un país extranjero, donde era notorio que había un foco de conspiración para invadir la Isla y arrebatársela a España: que de los Estados Unidos del Norte de América, continuaron viaje para Colombia, donde se aseguraba que se estaba preparando la invasión: que desde allí volvieron para Jamaica acompañados de jefes insurgentes, pues ese era el punto de escala más a propósito para introducirse clandestinamente en esta Isla. Se introdujeron en efecto, y después se mantuvieron ocultos, armados y disfrazados, procediendo siempre de acuerdo entre sí, hasta que fueron sorprendidos. Resulta del sumario que cuando se les prendió se veía por la costa sur un barco de vela que aparecía y desaparecía, observándose ciertos movimientos reveladores de la inteligencia en que demostraba estar con los mencionados patriotas. Terminaba el fiscal acusándolos grave y criminalmente como emisarios, seductores y espías convictos, y pedía que fueran condenados a la pena de horca. A pesar de los esfuerzos de sus abogados defensores, don José María Agramonte y Recio por parte de Frasquito y don Domingo Sterling y Heredia, por la de Andrés Manuel Sánchez, habiéndoles acusado el fiscal don Anselmo de Bierna como emisarios de la República de Colombia, seductores y espías, pidiendo para ellos la pena de horca, la Audiencia, compuesta de su regente, don Juan Hernández de Alba y de los oidores don Ramón José de Mendiola y doctor don Antonio Julián Álvarez, los condenó a la pena solicitada por el Ministerio Público, la que fue ejecutada en la Plaza Mayor de Puerto Príncipe en la mañana del 16 de marzo del propio año 1826.
Gobernaba en Cuba el general Vives quien, al iniciarse la causa y comunicársele por el tribunal el inicio, estimuló su celo y pidió se tomasen las providencias necesarias para su breve sustanciación, «a fin de que imponiendo el condigno castigo a los culpables sirviera él de saludable ejemplo para los demás que, olvidados de sus deberes de fidelidad al Soberano, alimentaran la depravada idea de la independencia». La Audiencia careciendo de aquel coraje que pedía Marco Tulio para el juez: Pectus facit jurisconsultum, se colocó servilmente a las órdenes del fiscal y prestó, con escarnio de la toga, su infando concurso para que el ridículo, absurdo y salvaje espectáculo de dos ejecuciones capitales se verificara en la Plaza Mayor de Puerto Príncipe. Juan Clemente Zenea, desde la cumbre de su talento, en obra impresa en México en 1868, La Revolución en Cuba, dijo:
Tomó cuerpo y forma el fantasma de la revolución y desde entonces se comprendió que había amos y siervos, dominadores y dominados, y que hasta la idea, que es propiedad absoluta del ser racional, pertenecía al soberano del país, el cual se abrogaba la autoridad de dirigir el pensamiento, de grado o por fuerza, en la dirección que tuviese por conveniente. Las sombras de los ajusticiados no quedaron con la muerte relegadas al silencio y al olvido, sino que adquirieron otra vida, salieron de las tumbas y se pusieron a caminar misteriosamente en el tiempo, y hoy por este lado y mañana por el otro empezaron a hablar al oído a sus hermanos de las nuevas edades, dando nacimiento a un ejército de víctimas y héroes que han mantenido y mantienen el combate de la dignidad contra la humillación, del bien contra el mal, del progreso contra la ignorancia, de la libertad contra la esclavitud. Figurábase el pueblo estar contemplando todos los días aquellos mártires pendientes de la cuerda y veíalos mecerse entre los maderos de la horca, temblando bajo el peso enorme del verdugo brutal que, sentado sobre sus hombros, alzaba y dejaba caer alternativamente los pies sobre la caja del pecho que devolvía con ronco sonido la respiración de los golpes. Si se hubiese castigado con otra pena menor a estos individuos, que casi estaban aislados, no habrían subido a la categoría que los elevó su enemigo, y probablemente ya serían al presente confundidos en la insignificancia del común de las gentes; pero matar al que abriga grandes ideas es convocar a la multitud para que admire la nobleza de alma de los que aceptan el sacrificio por el bien de los demás, y de este modo el mismo que pretende modificar un partido, lo protege, para que adquiera unas proporciones de que antes carecía. Cuando abrid una fosa y echáis en ella un cadáver con intención de acallar las pasiones, es inútil el esfuerzo que hacéis para imponer silencio al sepulcro; no importa que pongáis mordaza al labio, y vano será vuestro empeño por conseguir que no se cometan los hechos, pues nadie se conforma con las prescripciones de un Código que quiere contener los impulsos naturales de la voluntad y pretende acortar el vuelo de la razón.
Reuniéronse los miembros de cada familia, espantados ante la consideración de lo ocurrido; y en la soledad del hogar, a donde no alcanzan las arbitrariedades del Poder, se comunicaron unos a otros el dolor mutuo por la pérdida del deudo o del amigo, y en las secretas conversaciones de los ciudadanos se dio existencia positiva a lo que hasta allí no habría pasado quizás de ser el sueño o el delirio de una que otra exaltada fantasía. Continuó por dos años más creciendo el descontento y habría llegado a su colmo si los conspiradores no hubieran estado entretanto sembrando el desaliento desde la tierra de la emigración, con la promesa de que tan pronto como terminasen tales o cuales situaciones apuradas en que se hallaban los países de su residencia, irían a Cuba varios cuerpos de aguerridos republicanos a prestar socorros eficaces; y por último, la actitud de los Estados Unidos del Norte concluyó de una vez con la poca fe que inspiraba ya un destino político que parecía al fin enteramente irrealizable. El general don Manuel Lorenzo, probo y digno gobernador del Departamento de Oriente, que huyó de la capital de su Distrito para no someterse a la tiranía del sanguinario capitán general Miguel Tacón, trazó de manera magistral, en 1837, el cuadro político de Cuba. Oigámosle:
Si en la Península no había libertad verdadera, se veneraba a lo menos su imagen, se respetaba su simulacro, se adoraba su idolatrada sombra. Pero la Isla de Cuba era el reverso de la medalla. Nada de ayuntamientos electivos, nada de diputaciones de provincia, nada de garantías, nada de gobierno racional y regulado. Las leyes eran la voluntad absoluta, omnímoda, ilimitada, del capitán general. En vano se comunicaban las innovaciones y reformas efectuadas en la Península; en vano los procuradores de la Isla elevaban su voz ante el Gobierno y las Cortes: todo se sofocaba, todo se desoía; y los informes ocultos, y los expedientes amañados, y las representaciones de los cuerpos y de los particulares estoqueados por el temor o estimulados por el interés personal, comprimiendo la emisión natural de la opinión pública, prolongaban un régimen tiránico, irracional y tanto más insoportable a los naturales cuanto era más sensible en diferencia con el de la Metrópoli, cuanto mayores eran las formas que en todas épocas han dado de su fidelidad a la madre patria. Después de once a doce años la Isla estaba declarada en estado de sitio; el capitán general revestido de omnímodas y extra legales facultades, ejercía una dictadura singular e incombinable con la situación de un país tranquilo: las leyes, las fórmulas, los tribunales callaban a su voz: los empleados de toda clase y categorías podían ser depuestos y privados de sus destinos: los particulares podían ser confinados, deportados, encarcelados, desterrados sin forma de juicio; las penas aflictivas como el presidio, los azotes, los trabajos públicos, todo linaje de apremios corporales; esas penas que las antiguas leyes de la Nación no permitían imponer sino después de acreditada la comisión del delito por los medios y trámites tutelares establecidos en las mismas, eran aplicadas al arbitrio discrecionario del capitán general sin más razón que su voluntad, sin más juicio que su convicción moral, sin más fundamento que la delación y el anónimo: las cárceles se llenaban de presos, la Península de desterrados, los países extranjeros de prófugos; a semejanza de los tiempos de Calomarde, la palabra mágica de libertad era un delito irremisible; y la Isla de Cuba se preguntaba atónita por qué el despotismo, arrojado de España al poderoso acento de la madre de Isabel, se había refugiado en la más hermosa de sus posesiones ultramarinas.
En 1844 se conmovió la conciencia cubana con la ejecución, en masa, realizada en la ciudad de Matanzas de Plácido, Gabriel de la Concepción Valdés, y doce compañeros condenados a muerte por el Tribunal Militar que los juzgó.
Comienza la segunda mitad del siglo XIX con los esfuerzos de Narciso López por separar a Cuba de la tutela española. Pero bueno es subrayar el hecho de que las experiencias obtenidas por los cubanos, en los años que van de 1830 a 1850, hacen variar fundamentalmente su criterio en relación con el ideal de Independencia. Así el Lugareño que en la tercera década deambulaba en pos de Bolívar para que Cuba constituyera estado dependiente de naciones latinoamericanas, se declara fervorosamente anexionista y rechaza el propio ideal de Independencia con estas palabras:
Mal que pese a nuestro amor propio, somos los cubanos del mismo barro de esos que han logrado hacerse independientes; pero no pueblos libres y felices. Arrancarle la Isla a España es suprimirle virtualmente el comercio de carne humana, porque la anexión, que es un cálculo y en modo alguno un sentimiento, evitando los frutos amarguísimos de la abolición repentina de la esclavitud, permitirá la adopción de medidas salvadoras, como duplicar en diez o veinte años la población blanca e introducir inteligencias, máquinas y capitales que mejoren los medios actuales de trabajo o de riqueza. La anexión, Saco mío, decía a este, su amigo, en carta de New York, de 1848, no es un sentimiento, es un cálculo; es más es la ley imperiosa de la necesidad, es el deber sagrado de la propia conservación.
El genio organizador del Lugareño prepara, en New York, el Consejo Cubano que no es otra cosa sino una delegación de sociedades revolucionarias constituidas en distintas poblaciones de la Isla y del Club de La Habana, compuesto de personajes prominentes de nuestra sociedad. Era su propósito invadir a Cuba con una fuerte expedición de veteranos de la guerra con México, para incorporar a su patria a la Unión Americana. Resultaban propulsores de esta idea miembros del Partido Esclavista de los Estados Unidos. Perseguía, el Lugareño, además de separar a Cuba de la Urania española, la fusión de razas inyectando al tronco étnico cubano sabia fecundante de la raza sajona. Fracasado el propósito del consejo se organiza en New York, por Sánchez Iznaga, Narciso López y otros patriotas la expedición que trajo el «Creole» que desembarca en Cárdenas a las cuatro de la mañana del 19 de mayo de 1850, tomando la población y haciendo prisionero al gobernador y a varios oficiales, pero al ver el general que no tenía acogida la revolución, entre el elemento cubano, pues solo uno de nuestra nación se le incorporó decidió reembarcarse y abandonar la isla, aunque con el propósito firme de volver a desembarcar hacia el Centro de Cuba.3
No podemos sustraernos al deseo de copiar la alocución dirigida por el heroico general venezolano a sus hombres, a los que llamó «Soldados de la Expedición de Cuba»:
La noble misión que hemos emprendido sería suficiente para demostrar y fortalecer el heroísmo del ejército, sino fueseis los hombres de la campaña de Palo Alto y Cherubusco, y hermanos o compañeros de los que alcanzaron tan inmortales victorias. Ciudadanos de la gran República; vais a dar a Cuba la libertad que tanto anhela; y a librar a la Reina de las Antillas de las cadenas que la degradan y la sujetan a una tiranía extranjera que tanto la ultraja; a hacer de vuestros hermanos cubanos lo que un Lafayette, un Steuben y un Kousciusky y Poulousky, inmortales en la historia, y añadir acaso otra gloriosa estrella a la bandera que ya tremoláis ante la admiración del mundo, sobre la tierra de los libres y el hogar de los esforzados. El pueblo de Cuba no necesita que la primer guardia de honor de la bandera de su naciente independencia se componga únicamente de los futuros ciudadanos de los Estados Unidos; sino por los que por particulares circunstancias se han ofrecido a sus amigos a castigar a los tiranos. Desarmados e incapacitados para organizar y efectuar una revolución, e intimidados por la perpetua amenaza de España de verse peor que en Santo Domingo las riquezas de las islas; vuestros hermanos cubanos se han visto obligados a esperar y desear la hora en que un primer núcleo para auxiliar su revolución se les concediera por los amigos que con ellos simpatizaran, estimando yo como el más alto honor de mi vida el conduciros en tan brillante empresa. Así que esté desplegada al viento en las playas de Cuba la bandera en la que contempláis los tres colores de la libertad, el triángulo que simboliza la fuerza y el orden, la estrella del futuro estado y las fajas de sus tres departamentos, bajo la custodia de espíritus ampliamente poderosos para conducirse como en Buenavista al combatir cualquier fuerza que la oponga el detestado gobierno español, el patriótico pueblo de Cuba se unirá a vosotros, para sostenerla con regocijo; mientras dejáis atrás número incontable de secuaces ansiosos de pisar vuestra huella bajo el mando de uno de los jefes más eminentes de la sin par campaña de México, a menos que nos anticipemos a ellos, consumando nuestra obra antes que tengan tiempo de seguirnos. ¡Soldados de la expedición libertadora de Cuba! Nuestro primer acto al llegar a Cuba, será el establecer una Constitución provisional, basada en principios americanos y adaptada a las necesidades presentes. Esta Constitución juntamente con los hermanos de Cuba, juraréis acatarla en sus principios, también como en el campo de batalla. Habéis elegido para jefes vuestros hombres de mérito y valor personal para tan noble empresa. Yo confío siempre en que vuestra presentación en Cuba dará al mundo un ejemplo de valor y de las virtudes de los ciudadanos soldados americanos, y no me engaño en la confianza que tengo de que vuestra disciplina, orden, moderación en la victoria y sagrado respeto a todos los intereses privados, os harán despreciar las insolentes calumnias de vuestros enemigos. Y cuando llegue la hora de descansar en vuestros laureles, podréis crear venturosos hogares en el hermoso suelo de la Isla que vais a libertar; y libres ya, gozaréis de la gratitud con que Cuba, generosamente, premiará a los que para ella consiguieron el inestimable y sagrado bien de la libertad. Narciso López.
López no desmaya y prepara su segunda expedición, contando con la cooperación de los patriotas cubanos del interior. Efectivamente, en Camagüey, Joaquín Agüero y Agüero recorría la Provincia en pos de prosélitos y tenía establecido su cuartel general en la posición llamada del Palenque lo que le valió no ser capturado al descubrirse, por el gobierno español, los planes de la conspiración y prender en Nuevitas y Puerto Príncipe a las principales figuras. Afirma el historiador Pirala que don Joaquín de Agüero obedecía las órdenes del Lugareño; y que fue de New York de donde se mandó decir a Agüero que se lanzase prematuramente por estar en desacuerdo Lugareño con López, refiriéndose a lo cual dice Manuel de la Cruz que el Lugareño no aviniéndose a que fuese un extranjero el primero que lanzase en los campos de Cuba el grito de guerra, se apresuró a dictar órdenes perentorias de alzamiento a Agüero; pero lo hace basándose en el folleto de Zenea, ya citado. Frente a esta afirmación se alza la negativa de Pedro Santacilia formulada en carta de 26 de abril de 1900, a Vidal Morales en la que le dice:
No recuerdo ese folleto atribuido a Zenea pero sí sé que es una calumnia infame eso que usted me dice contiene escrito contra Gaspar, porque éste era incapaz, por espíritu de mezquino provincialismo, de comprometer el éxito de la revolución sacrificando a Joaquín de Agüero en un movimiento prematuro que por lo mismo debía de tener fatales consecuencias.
Dejemos a Narciso López en su infausta aventura y vengamos al palenque camagüeyano en el que a poco de insurgir inmolaba su vida aquel ilustre ciudadano del Camagüey. Se cumplía así el negro vaticinio del caudillo venezolano cuando dijera:
Me parece que veo lo que va a suceder. Esos mozos, sin experiencia, a las pocas de cambio son batidos por las fuerzas españolas; se les hace prisioneros; se les juzga sumariamente; los fusilan; me presento yo y agobiado el país por el efecto moral de esas ejecuciones, no encuentro quién me apoye ni responda a mi llamamiento.4
Esa profecía la formuló el general, según el doctor José Ignacio Rodríguez, estando en Nueva Orléans al tener noticia de los levantamientos de Agüero y Armenteros. No vino del exterior la orden de levantamiento sino la obtuvo el propio Joaquín de Agüero de la «Sociedad Libertadora», que radicaba en esta ciudad de Puerto Príncipe y que contaba con el concurso de hombres y mujeres del Camagüey. El día 4 de julio de aquel nefasto año de 1851, en la hacienda «San Francisco de Jucaral» se dicta el «Acta de Independencia de Cuba» y se lanza, por aquel puñado de valientes, el guante de guerra a la poderosa nación que tiranizaba el país. Al día siguiente, el improvisado jefe militar, organizó su fuerza para la guerra, la instruyó en el manejo del arma y marchó a pernoctar a la Sabanilla del Pontón, cerca de la ciudad de Las Tunas. El 7 dividió sus tropas, solamente integradas por cincuenta hombres de a caballo, en tres grupos, asumiendo el mando directo de uno de ellos y encargando de los otros a dos de sus subalternos, se dirigió a la ciudad de Tunas de Bayamo, a donde llegó el 8 por la madrugada, atacando la plaza por tres puntos distintos contando ingenuamente con la cooperación de elementos que había en la misma, los que faltaron a su deber; esto unido a la contingencia desgraciada de haberse atacado entre sí sus propias fuerzas, confundidas en la oscuridad de la noche, determinó el completo fracaso de la operación y la consiguiente retirada de sus huestes, desorganizadas y dispersas. Las tropas que guarnecían a Las Tunas, persiguieron a los invasores, alcanzándoles el día 13 de julio en San Carlos, donde mataron a los patriotas Francisco Torres, Mariano Benavides y Francisco Perdomo así como a un negro esclavo que no quiso separarse de los bravos corredentores. El escaso número de mártires, pues ya no eran otra cosa, a que habían quedado reducidos, después del precedente combate, marcha a los montes cercanos, buscando la costa norte de Camagüey en inútil empeño de salir de su país. Pero pronto tenían en su persecución cerca de 1.000 hombres del Ejército español y cayeron prisioneros de fuerzas mandadas por el capitán Carlos Conus, en la madrugada del día 23 de julio.5 Sometidos a un consejo de guerra y convictos y confesos de los delitos de rebelión y sedición fueron condenados a muerte, en garrote vil, no pudiendo cumplirse la sentencia en esa forma, porque los cubanos la noche que precediera al día de la ejecución envenenaron al verdugo; pero el comandante general de la plaza dispuso que los reos fuesen fusilados por la espalda, lo que se verificó a las seis de la mañana del día 12 de agosto de 1851.
Joaquín de Agüero y su mujer Ana Josefa integran todo un símbolo del martirologio cubano, y las solas biografías de estos dos personajes singulares constituyen el más bello poema de sacrificio y patriotismo que pudiera tejer la imaginación ardorosa y exaltada del genio. Así cuando aquel hombre excepcional era conducido el 11 de agosto a la Capilla, sabiendo que el tambor de guerra de Narciso López llamaba a los cubanos a la lucha, al ver que la multitud inconsciente y miserable se arremolinaba frente al cuartel para contemplar hasta los más mínimos detalles de su conducción, pleno de melancolía, en un arranque digno de la leyenda, y todo para la eternidad, manifestó: ¿Y ese pueblo, qué hace? Haciendo pendat con su marido, Ana Josefa se despide de él al marchar para la guerra y trucidada por el dolor de la separación y la angustia más cruel del peligro que amenazaba a su heroico compañero; pero consciente de la misión excelsa que marcha a desempeñar, le dice, con los ojos bañados en llanto: «Ve, cumple con tu deber y que cuando vuelva a abrazarte seas un hombre libre».
Con Joaquín de Agüero fueron fusilados en el campo fatal de Arroyo Méndez sus infortunados compañeros José Tomás Betancourt, Fernando de Zayas y Miguel Benavides.
Este cuádruple crimen, lejos de apagar las ansias de libertad demostró, aún a los ojos de los gobernantes españoles, el vivo sentimiento de independencia que animaba a los habitantes de esta ciudad. Como guardando luto por el espeluznante espectáculo, las familias camagüeyanos enteras se fueron al campo; los hombres vistieron de negro, al igual que las mujeres, quienes inmolaron en el altar de la patria lo que entonces se ostentaba como bello testimonio de feminidad, sus hermosas cabelleras. La musa popular improvisó unos versos censurando acremente a la camagüeyana que no se cortara sus atributos capilares y muchas familias trasladaron su residencia del Camagüey a Morón.
El gobierno español, cuenta Pirala, realizó una suscripción para socorrer, con su producto, a las familias de los ajusticiados, las que, colocándose a una altura moral digna de su pueblo y de sus deudos, rechazaron indignadas el producto de aquella. Y oigamos, por último, tomando una plena y acabada visión de conjunto del Camagüey, de aquellos días, a Vidal Morales, el historiador:
La triste y pavorosa noticia circuló por todo el Camagüey, llenándole de luto y consternación. Cuentan los contemporáneos que fueron días de verdadero duelo aquellos en que la Nazareth de las orillas del Tínima, cubierta con el cilicio de los grandes dolores, vio desaparecer así al valiente adalid, que constituía por tantos conceptos su orgullo y su esperanza y a sus no menos nobles y dignísimos compañeros de martirio. La ciudad quedó desierta, casi todas las familias se ausentaron al campo, para no presenciar tamaña catástrofe.
