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¿Quién no ha experimentado situaciones inesperadas que desvían el futuro e invitan a tomar decisiones a veces arriesgadas; otras, inevitables? Cada uno de los cuentos abre una puerta a la sorpresa, aquello oculto que de pronto se revela, para que cada lector o lectora descubra que lo cotidiano es una fuente inagotable de oportunidades de encontrar otro destino apenas pensado. Así es que recorrerán esas historias contadas a través de distintas voces y diferentes personajes en un estilo coloquial y ameno, pero con un hilo en común: en algún momento de la vida algo sucede que la modificará. Aquí también encontrarán disparadores que son universales —un viaje, una mudanza, un objeto, un recuerdo— enmarcados en territorio pampeano. Tal vez por ello, son relatos como La Pampa misma, de pocas palabras y largo aliento; historias que parecen simples, pero que, sin embargo, pueden esconder ciertos riesgos para quien las vive. En síntesis, se puede leer en ellas que cada vida se vuelve un experimento de la existencia humana, y como tal, es prueba y error de las decisiones cotidianas que se toman.
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Seitenzahl: 79
Veröffentlichungsjahr: 2024
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Maxenti, Diana
Vidas experimentales / Diana Maxenti. - 1a ed - Córdoba : Tinta Libre, 2024.
86 p. ; 21 x 15 cm.
ISBN 978-987-824-957-5
1. Antología. 2. Antología de Cuentos. 3. Cuentos. I. Título.
CDD A863
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Hecho el depósito que marca la Ley 11.723
Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2024. Maxenti, Diana
© 2024. Tinta Libre Ediciones
«El arte de contar historias consiste en borrar los límites entre el pasado y el presente, el real y el imaginario, el posible y el imposible.»
Walter Benjamín
Palabras preliminares
Los relatos y cuentos que arman este conjunto extraño de historias tienen en común que han sido elaborados a partir de distintas consignas de escritura creativa.
Tal vez, lo interesante es que cada lector o lectora pueda reconocer cuál fue el disparador para su producción.
La ficción es una aventura que permite la recreación o creación de mundos posibles que interpelan el uso de la palabra y la manera de ser contados. Como expresa Ricardo Piglia: “El arte de narrar es el arte de presentir lo inesperado; de saber esperar lo que viene, nítido, invisible, como la silueta de una mariposa contra la tela vacía”. Lo que van a encontrar son intentos de crear modos posibles de contar una historia, desde un punto de vista, desde cada narrador que la cuenta…
En fin, textos que podríamos llamar “experimentales” en un interesante juego de palabras que se crea a partir de aquella: tales, en inglés, significa “cuento”; experiment, “experimento”, “prueba”. Ensayo y error en la construcción de ficción en la que lo cotidiano aparece como la oportunidad de tomar decisiones, a veces acertadas; otras veces, no. Algunas de estas historias están más cercanas al cuento clásico; otras, a una mirada en la que dos historias se develan en el final.
Cada ficción propone un juego a cada lector o lectora. Supone, además, una sorpresa, desentrañar una historia oculta, secreta, invisible en las líneas más literales.
Los y las invito a recorrer esas historias y encontrarse con los elementos que las construyen y con los enigmas que nos describen. A veces es la trama, a veces el o la narradora; otras, simplemente, es la historia en sí misma.
Solo espero que disfruten de la lectura tanto como yo he disfrutado de su escritura.
Vidas experimentales
Tejedora
—¿Qué querés que haga acá, m’hija? Las horas no se pasan más. En algo tenés que estar ocupada.
La casa era humilde, de paredes de ladrillo de barro cocido (les dicen adobones). El piso de cemento alisado daba la sensación de haber sido brillante en un tiempo. Ahora, María lo veía deslucido y, en partes, roto, desgranado. Se parecía a las arrugas de la anciana que, sentada en una silla de paja, hilaba la lana de oveja en una vieja rueca de madera.
La lanzadera iba y venía al compás de la pierna que balanceaba el pedal.
—Usted es una experta en el arte de tejer: eso me dijeron, y es por eso que estoy acá.
—¿Quién te aseguró eso?
María trabajaba para la Casa de Cultura de la municipalidad. Tenía que hacer un relevamiento de los artesanos y artesanas que residían en la zona. Y la vieja era conocida por los pueblerinos que venían a comprar sus ponchos y otros tejidos.
Nada igualaba la precisión con que la vieja anudaba las lanas y los hilos en tramas perfectas, con diseños únicos. Nunca repetía el mismo patrón en sus tejidos. Por ahí, se comentaba que tenía un pacto secreto con el diablo, porque, al ver la cara de quien venía por una prenda, adivinaba las intenciones del cliente y, en sus manos, las agujas o el telar armaban una trama que dejaba atónito a cualquiera.
—¿Qué querés acá? Mi han cansau con el chismerío los del pueblo. No soy unapriendaque sirva pa’ser mostrada como una reliquia.
—No es esa mi intención, doña Amalia. Vengo de la Casa de la Cultura de la municipalidad y estamos haciendo un relevamiento de artesanos y artesanas de la localidad, para que quienes nos visiten conozcan a nuestros artistas y hacedores de la cultura y el arte.
María se detuvo en las arrugas alrededor de los ojos de la vieja. Parecía que su rostro también estaba tejido con puntos invisibles, realizados vaya a saber con qué agujas míticas.
—Si eso me va a traer más clientela, pues podés agregarme.
La vieja no se distraía en la hilada y seguía acomodando la lana en finas hebras. Los ovillos crecían con el movimiento rítmico de la rueca y se amontonaban en esferas perfectas dentro de una cesta de mimbre.
—Bueno —continuó María—, voy a tener que hacerle algunas preguntas para completar un formulario que se subirá a la página de la Casa de la Cultura, para que cualquiera pueda ingresar y ver su trabajo. ¿Puedo sacar algunas fotos? Digo, de sus trabajos y de usted también.
Estas últimas palabras le sugirieron peligro, como si advirtiera que la vieja pudiese incomodarse con la petición que estaba haciendo. Sin embargo, la vieja no se inmutó.
—Usté, m’hija, ¿qué quiere saber?
—Conocerla, doña Amalia. Su arte es conocido en toda la zona. Por ejemplo, ¿quién le enseñó a tejer, a hilar y a bordar?
Doña Amalia pareció perderse en el tiempo. Había aprendido el arte de tejer cuando era muy pequeña. Su padre, Idmón, era experto en la tintura. Conocía cada hierba, cada yuyo o planta del desierto de donde extraer los tintes. Lo había visto sumergir los ovillos en bateas con anilinas hechas con sus manos. Había abrazado esas lanas y amado la suavidad de cada una de ellas. Sabía a qué oveja pertenecía cada ovillo. Recordó su infancia entre ruecas y lanzaderas, entre telares y agujas. María vio que los ojos de doña Amalia se perdían en tiempos remotos mientras hilaba el relato.
—¿Cómo se preparan las lanas? ¿Cómo logra esos colores?
Amalia vio a su padre entre las malezas, rastreando entre canelos, piquillines, jarillas, molles y algarrobillos, allá por La Pastoril. Lo vio extrayendo hojas, seleccionándolas para luego colocarlas en bateas y esperar que brotaran los colores verdes, amarillos, marrones, rojizos y azules. Recordó el aroma sutil que emanaba de cada una de ellas, y ese universo de olores le remitió a fragancias eternas.
El proceso debía hacerse en soledad. Su padre le tenía prohibido acercarse a los tintes cuando estaba en plena tarea porque, según las tradiciones, se cortaba la tinción si alguien osaba estar con el tintorero. Tal vez por eso, Amalia decidió vivir sola, entre tintes y lanas de oveja.
Mientras la vieja relataba sus inicios en el arte de la hilandería, María observó los corrales. Chivas y ovejas la miraban como extrañadas entre los palos de la cerca.
—¿Cuánto tarda en hacer un poncho?
El triste sol del último día de junio anticipaba el solsticio de invierno, que daba origen a un nuevo año ranquel y con él surgían nuevamente los esplendores de la vida, ahora oculta en las raíces de los árboles centenarios. María conocía las tradiciones del pueblo. Había que honrar la tierra. Los lonkos y las machis traían a sus comunidades, que se reunían en torno a un fogón único donde los más fuertes y bravos bailaban a su alrededor la danza del Choique.
La vieja pensó en todo lo que había tejido. Prendas de todo tipo de tramas y colores durante toda su vida. Cada poncho llevaba parte de la historia de quien lo poseía. Cubría las penas y los dolores, sanaba de las heladas y los miedos.
—¿Cómo arma los diseños? ¿Los dibuja antes de comenzar el tejido?
Los motivos emergían de los rostros, de las manos, de las piernas. Amalia presentía en cada gesto algo que prefiguraba el diseño. Algo que sanaba. Recordaba entonces el antiguo desafío y el castigo. Recordaba la furia de su oponente y la venganza. No tenía la memoria de los tiempos. Los rostros se le desdibujaban, pero las actitudes no. Las burlas, las risas y el asombro de la mujer frente a sus trabajos no se borraban. Temía que otra vez, como antes, sus tejidos fueran la causa de su ruina.
—Solo aparecen cuando veo los rostros de las personas. Las historias, muchas veces ocultas, se me hacen visibles en las manos cuando tejo. Elijo entonces qué es lo que quieren que cuente de la trama.
No se lo dijo. Lo ocultó.
Los hilos se entramaban contando las historias, muchas veces secretas. Y, entonces, desarmaba el tejido e inventaba motivos irreales, más semejantes a los sueños que a las realidades. Ya lo había vivido, cuando era altanera y creía ser la mejor de las tejedoras. Dejó que los secretos de los dioses aparecieran y enfureció a su contrincante. Pagó cara su soberbia.
—Se hace tarde. Otros puestos me esperan.
La vieja solo levantó la mirada y la contempló un instante.
María se levantó de la silla y le extendió la mano en busca del saludo de la anciana.
—Gracias por su tiempo.
Se quedó esperando, con su mano extendida, la respuesta de la anciana. Por un instante, María creyó que la escena frente a sus ojos era la misma que Miguel Ángel reflejara en el fresco de la Capilla Sixtina. Las manos que se acercan hasta casi tocarse, con las puntas de sus dedos índices y la llama de la creación, uniendo ambos. Sintió un escalofrío en todo el cuerpo.
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