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Eliane tiene el poder. Sabe de memoria quiénes tienen trascendencia y quiénes no, quiénes resultan cercanos, reales y leales… y los olvidados… aquellos que están sometidos bajo su popularidad. Sin embargo, ¿qué sucedería si lo que creía secundario pasara a tener un papel determinante en su vida? Luego de un acontecimiento inesperado, tendrá que entender que un movimiento erróneo puede condicionar su mundo para siempre. Ese dominio que maneja… ¿la salvará o la condenará?
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Seitenzahl: 309
Veröffentlichungsjahr: 2022
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Diseño de mapa del mundo: Agostina Capello.
Altamirano, Sofía Belén
Viraje / Sofía Belén Altamirano. - 1a ed - Córdoba : Tinta Libre, 2022.
264 p. ; 21 x 15 cm.
ISBN 978-987-817-628-4
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. 3. Novelas Fantásticas. I. Título.
CDD A863
Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,
total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.
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La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.
Hecho el depósito que marca la Ley 11.723
Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2022. Altamirano, Sofía Belén
© 2022. Tinta Libre Ediciones
Para mi abuelo.
Guía de mis atrevimientos.
Mentor y maestro de las convicciones a futuro.
Patrón del esfuerzo y de la constancia.
Gracias por dejar corriendo en mis venas la insistencia y la valentía.
Esta segunda novela tiene a cada una de sus palabras redactadas en tu memoria.
Andiamo.
VIRAJE
SOFÍA ALTAMIRANO
“… Emancipada de las tinieblas, sobrevolé por lo blanco de las montañas, mi brazo se sentía cansado pero acostumbrado a empuñar la espada. Dictaminé la nueva esperanza. Gracias a su amor fui más allá de la muerte: abracé mis heridas y entré en la gloria eterna”.
I
¡Deep, deep!, sonó la alarma de mi celular. Eran las 6:35 a. m. Hacía unas cuantas semanas mi mamá venía repitiendo que todos los días hacía un esfuerzo descomunal para llegar tarde al colegio.
—¡Ya voy! —grité. Aunque ya podía verme saliendo de la cama, mi cuarto tenía una gran ventana de vidrio a la cual me olvidaba de bajarle la persiana.
Claraboyas gigantes, con esos vidrios blindados que no podrían ser derribados ni por una catástrofe nuclear.
Para cuando logré salir de mi habitación, Hernán, mi hermano, estaba sentado reclinado en su sillón supernova que había comprado hacía dos días. Se sumaban mis primos, Damián y Débora… y mi tía Belén (vivían con nosotros) a desearme los buenos días, mientras bebían una cápsula de Dolce.
Mi madre, Máxima, mi padre, Alejandro, y mi abuela, Leonor. Últimos, decidían levantar su taza a modo de brindis para proclamar una buena mañana mientras uno usaba la tablet, otro le gritaba a Viviana, mi mucama, para que empiece por la cocina que era un asco… y otro comía una tostada quemada.
Máxima
Gritarles a los sirvientes era de lo más normal, y pretender que su clase de spinning esté lista antes de las cuatro… también. Mi madre era de esas empresarias exitosas que hacían temblar la tierra, sobre todo la que Viviana tenía en su zapato. «¿Quién la manda a ser tan ordinaria a la jujeña esa?». Bueh… en fin.
Ropa formal por la mañana, ropa de gimnasia por la tarde, ropa cómoda o arreglada por la noche… noche que usaba para ver algo en Netflix o para salir a comer alguna ensalada cara con las chicas del club.
Propietaria y patrona de su colección de tazas y alfombras de seda blanca.
Nunca tuvimos charlas acerca de mi intimidad o cuando me hice señorita. De hecho, fue Viviana la que a los catorce años me había encontrado toda ensangrentada y gritando en el baño. Pensé que me estaba muriendo, pero no.
Alejandro
Yo le decía “el señor de la noche”. Las veces que necesitaba hablar con él tenía que, básicamente, pedir una especie de turno… como ir al médico, que sin previo aviso no te atiende. Sí, pedir turno para hablar con mi viejo. Lo amaba igual. Todo bien. Intercambiar vivencias con él tenía que ser pasando las 21 y allí estaba: terminando de comprar alguna furgoneta por internet, y diciéndome que le cuente lo que quiera, que me escucharía. Sin embargo, más de quince minutos no duraban nuestras charlas. “Enfocate en recordar a Cordelia, nunca te olvides de quién fue y es ella… está reflejada en todos nosotros con fervor”. Era uno de los más concentrados en que no olvidemos nuestra historia. Mi padre era el mejor. Empresario junto a mi madre… que mandaba a limpiar los vidrios de la ofi a Silverio cada dos por tres ya que, últimamente, lo estaba haciendo bastante mal. «¿Qué culpa teníamos nosotros de que Silverio hacía las cosas rápido e ineficazmente porque tenía que volverse en esa mierda de colectivo a las doce de la noche? Al fin y al cabo… era su trabajo. El imbécil tenía que agradecer».
Hernán
Insoportablemente adorable. El día en que nos burlamos de Inés, nuestra vecina de seis años, por lo tartamuda que era, fue el mejor de nuestras vidas. Esa conexión de hermanos se da solo en nosotros: en las ceremonias recordando a Cordelia, comiendo nuestra pizza preferida, o en pedo, tipo siete de la mañana, volviendo del boliche, tirándole piedras al auto hecho mierda de los de enfrente, que repito, con esa hija fastidiosamente tartamuda que tenían… hasta te daban ganas de vomitar.
Ese era mi hermano: dueño de un porche azul que casi ni lavaba porque supuestamente lo hacía la lluvia del sur.
Débora y Damián
Los primos. Débora tenía los senos tan grandes que a veces se me olvidaba que, en teoría, tenía que quererla, y empezaba a compararme: los míos estaban al límite de la inexistencia. Ella era la que se encargaba, mayoritariamente, de la manutención y progreso de las hectáreas; era la que ponía el cuerpo, bah… la voz. Comandaba todo lo que tenía que ver con que los sirvientes hagan bien su trabajo y las mantengan en orden y prolijidad. Y Damián… Damián era un idiota, un idiota lindo. No me voy a olvidar nunca de cuando compró por internet todos los vestidos de mi marca favorita para que Camila Gínise, una insoportable de mi clase, no lo hiciera.
Belén
La tía codiciosa. No dejaba maquillaje caro con cabeza. De cuarenta y largos, pero, según ella, seguía teniendo veinte. Madre de Débora y Damián; hermana de mi padre. No le gustaba mucho laburar para la empresa familiar, de vez en cuando llenaba algún que otro formulario; sin embargo, prefería hacer que terminaba cursos de make up y que preparaba clientas. A los de enfrente les vive dejando telas incendiadas para que, de una vez por todas, se vayan de allí. Es que… nos dejan muy mal parados.
Leonor
La abuela. Madre de mi madre… la que odiaba, en realidad, que la llame así. Le dije “abuela” por última vez más o menos a los nueve años. Después me sentenció bajo juramento que jamás volviera a titularla de esa forma: decía que le aumentaba los años que intentaba descender con alguna que otra microcirugía que coordinaba todos los veranos. Nunca pude charlar muchas cuestiones intensas con ella, tampoco lo necesitaba tanto. En realidad, algunas de esas veces fueron en las mesas de noche buena, en donde me pedía que deje algo de comida para el resto. ¿Quién la entendía? Un año me veía más flaca, otro año me veía más gorda, otro año le molestaba que comiera vitel toné y otro que no tomara tanto alcohol.
En fin, éramos Ávila Beltrán, por lo tanto, podíamos hacer lo que se nos plazca.
La rutina
Otro de los sirvientes me acomodaba la mesa para que pueda desayunar la fruta que no existía todavía por la zona, mientras dupliqué el grito que mi madre le dio a Viviana. Qué lenta que era esa mina, por Dios. Seguía sin comprender en qué momento habían contratado a semejante inútil con tonada. Y que, encima, osaba perpetrar la lástima con la típica frase de que necesitaba que se le agreguen unos pesos más a su sueldo porque no le alcanzaba para el inservible del hijo.
Ah, mi nombre es Eliane… Eliane Ávila Beltrán. Vivía en la Patagonia, Argentina. Transcurría el año 2022, y para ese entonces tenía dieciocho años.
El aire de las siete de la mañana era silencioso y helado. El cielo perfectamente nublado, de azul pálido. El sol tenía ganas de acercarse, como si acabara de derramarse en el horizonte y estuviera demasiado cansado como para limpiarse. La usual neblina acompañaba, y se suponía que estaba pronosticado un poquito de lluvia, pero… nunca lo sabrás.
Les había dicho que nuestra casa estaba poblada de ventanas gigantes con vidrios blindados. Quizás esa transparencia era empeño nuestro de ser observados. Nos gustaba esa especie de sadomasoquismo en donde los de afuera veían las comodidades.
Casa inteligente, en medio de las hectáreas y hectáreas a las que les marcamos nuestro nombre. Paredes altas, con tres pisos y colores apagados para mostrar algo de seriedad. Llena de sirvientes, y personas que compartían la misma sangre, donde la monotonía principal era saber qué zapatos ponerse. Esos de punta, en donde se marcaba la diferencia con las puntas redondas y sucias de quienes nos los lustraban.
Era 2 de septiembre. Ya se estaban haciendo las siete y media… yo debía ir al colegio; sin embargo, era el aniversario, nuestro aniversario. Hernán se acomodó junto a mi abuela y le pasó el brazo por los hombros. En frente se posicionaron mi tía, Damián y Débora. A su lado, como siempre, me alineé yo, y buscando los papiros para replicar la oración, estaban mis viejos que, en el medio de la ronda, daban inicio a la ceremonia.
En el centro, también, un retrato de nuestra amada y sacrificada Cordelia. Su vivir, saber y cultura universal se guardaban en esos papiros que con mucho cuidado y perseverancia fueron preservados por siglos hasta hoy día.
Gracias a Cordelia y al pueblo esclavizado que liberó fue que podíamos gozar de las tierras que nos daban abundancia, poder y benevolencia. Gracias a Cordelia… por nuestra sangre corre el orgullo de la batalla ganada en aquel 1600. Ella, de familia de esclavos, logró crear el imperio que perduró tanto que se merecía el ritual de alabanza que estábamos por empezar.
Recordábamos a nuestros héroes de aquella época. Peones y responsables de nuestras riquezas. Líderes, en aquel momento. Que luego de tanto padecimiento y esclavitud, pudieron salir adelante a base de lucha y un juramento de paz.
Mi veneración, mi despertar y mi atardecer… todo se lo debía a ella. «Te alabo y te exalto por siempre, mi querida Cordelia. Que, a través del instrumento de mi respeto, recibas toda la gloria y toda la honra». La adoración no es una tarea o un deber; es la respuesta natural de un corazón apasionado por una mártir que me enseñaron a amar. Ya que la clave era cambiar nuestras preocupaciones por amarla… y la respuesta a todo eso se resumía en cómo su espíritu transformaba batallas por bendiciones.
Iniciaba, entonces, la ceremonia en aniversario a ella y a su ejército, los cuales vencieron a quienes los habían esclavizado por años, reclamando sus tierras y sus derechos.
Cordelia fue la pionera en el inicio de todo. La guerrera… porque guerrera es un adjetivo que señala aquello perteneciente o relativo a la guerra, a la lucha a la que se tuvo que someter. Cuando el término se aplica a una persona, hace referencia al sujeto que guerrea o pelea, que se inclina a la confrontación o que tiene genio marcial. Eso era Cordelia para nosotros: símbolo de perseverancia.
La historia argentina se puede dividir en cuatro partes principales: la época precolombina o historia temprana (hasta el siglo XVI), el período colonial (1810), el período de construcción nacional (1810-1880) y la modernidad (alrededor de 1880 en adelante); pero, estos últimos vienen después; ya que Cordelia lideró la época precolombina (allí por el 1600) y desde entonces es la protagonista de nuestros andares, y a quién le dedicábamos esa conmemoración cada 2 de septiembre: día en que se cuenta, finalizó la guerra y venció a los enemigos.
La prehistoria en el actual territorio argentino comenzó con los primeros asentamientos humanos en el extremo sur de la Patagonia, hace alrededor de 13.000 años.
La historia escrita comienza con la llegada de los cronistas españoles en la expedición de Juan Díaz de Solís en 1516 al Río de la Plata, que marca el inicio de la ocupación española de esta región. Allí Cordelia, junto a su gente, fue puesta en venta como si fuera nada… y vendida cual sierva. Sin embargo, el sentimiento de libertad empoderó por completo su espíritu, haciendo que forme tropas y multitudes, creando una rebelión que, luego de mucho empeño, se convertirían en los invencibles, destruyendo a los reyes esclavizadores y transformándose en los dueños directos de las tierras que hoy, luego de siglos, y de herencia en herencia, nos toca gozar.
La Patagonia para esa época estaba dividida en dos naciones: Harvát y Hallstát, y dentro de esta última, se encontraban las ciudades de Bílorn, Fálorn y Málorn.
Seguimos, entonces, con nuestra ubicación de ronda, con los inciensos prendidos, con el papiro en mano… y con el cuadro de la bella Cordelia en frente, admirando y glorificando ese tan esperado 2 de septiembre: el cuadro se caracterizaba por ser ella empuñando una espada y montando un tereatornos. Estos últimos nombrados eran aves gigantescas del tamaño de un dragón. Ella y sus guerreros los montaban y sobrevolaban las montañas. La historia cuenta que los teratornos eran criaturas libres que embestían enemigos con sus alas y garras al comando de todo aquel que estuviera en su lomo.
Todos juntos repetíamos: “Cordelia, reina, pues por siglos te caracteriza: guerra, armadura, casco ductor y fuerza que escapa a lo sanguinario. Exhorta a aspirar a la inmortalidad propia de los dioses, pero no deja de ser realista y expresa también la prosperidad de ser feliz a la manera meramente humana”.
Bajábamos la cabeza en símbolo de reverencia… y mirábamos con orgullo ese cuadro como así también nuestras expresiones.
El ritual terminaba y nos dirigíamos al resto de nuestra jornada.
Yo siempre llevaba conmigo la cadenita de oro blanco con el dije que me habían regalado: tenía el símbolo AB, por mi apellido. Todos teníamos uno. Me contaron que el de Cordelia era más grande, de hierro y que lo portaba en su escudo y espada, como así también sus soldados. No me sacaba mi cadenita ni para bañarme.
Salí de casa y me estaba por subir a mi Cronos negro que había pulido la semana anterior. Pero en frente, el Diágrafo mayor, el viejo arrugado ese con cara de furibundo, me estaba observando mientras barría su vereda… esa que arruinaba lo divino de la nuestra.
¿Recuerdan que nombré, reiteradas veces, a los de enfrente? Bueno… eran ellos: los Diágrafo. Se componían por ese viejo malhumorado que les nombré recién, José; luego estaba Susana, su mujer… que parecía más una protagonista de una serie zombie que otra cosa. Y sus tres hijos: Rodrigo, el autista; Analía, su melliza “la fantasma”: ambos iban a mi clase por su asquerosa beca… tan asquerosa como su incapacidad de saber lo que es un cepillo y arreglarse esa melena… o ponerse alguna fragancia en lugar de dejar su olor a perro mojado por los pasillos. Y, finalmente, la tartamuda Inés, la chiquita que despertaba el nerviosismo de todos con solo escuchar, apenas, dos palabras incompletas salir de su boca.
—¡¿Qué mirás?! ¡Viejo resentido! —le grité a José.
«¿Qué culpa teníamos nosotros de su odio y resentimiento por no haber obtenido lo mismo?». Ese viejo arruinado sí que era un verdadero fastidio.
No me respondió. Nunca lo hacía. Siempre que lo rotulaba de viejo resentido lo único que hacía era seguir mirándome con recelo y continuar barriendo su podrido piso. No accionaba, no se inmutaba. Solo miraba. «Ja… Diágrafo asqueroso».
Y me fui.
La popularidad: una distinción
Había dos estacionamientos en el colegio: uno grande en donde había unos cincuenta lugares, y otro más chico y reservado, de unos quince. Yo empecé a usar este último, era catalogado el lugar en donde los mejores autos aparcaban, como una zona vip si se podría decir. “Salvo que quieras que todos los nerds vean que estas a su altura y empiecen a hablarte” me rememoraba siempre una de mis mejores amigas, Chiara.
Grité al ver una plaza libre en ese estacionamiento y di un volantazo. Al mismo tiempo, el auto de la imbécil Fernanda Ibáñez, del equipo de vóley, se acercaba desde la dirección opuesta.
—Ni lo pienses —dije para mí.
Luego del volantazo, di un bocinazo que hizo que la otra tarada tire su Citroën para atrás; aparqué lo más rápido que pude.
Bajé la ventanilla.
—¡Perdón, bella! ¡No sabía que estabas ahí! —expulsé, irónica.
Fernanda me devolvió una respuesta con una risita recelosa, y arrancó para otro lado.
Llegar al colegio era pisar pasillos y pisar cabezas. Todos fracasados menos nosotros: principalmente, el equipo de gimnasia que yo lideraba y del cual estaba orgullosa.
La cabeza principal que pisábamos Rocío, Chiara y yo era la de Analía Diágrafo. Se acercaba para abrir su casillero cerca de nosotras, a propósito, para intentar por milésima vez, estar en el grupo.
—Che, de repente hay olor a mierda, ¿no? —expresé.
La mirada baja de esa fantasma intensificaba su rareza y optaba por irse, casi corriendo al salón de clase, mientras en nosotras despertaban las risas que, por ser tan tarada y dejar tanta peste en su andar, se merecía.
Recuerdo cuando le pusimos una bolsa con pis de uno de mis perros en la mochila. Desde ese entonces, una vez cada, más o menos, tres meses, le depositábamos la misma bolsa. Normalmente eran situaciones para sentirse mal… pero Analía era eso: un ser tentador de fastidiar. Qué sé yo, se lo merecía. Ah… y era una Diágrafo: los resentidos del barrio.
Ya, con el uniforme de gimnasia puesto: short-pollera, topcito, zapatillas blancas y cola tirante. Aparecía por los pasillos el sucio de Rodrigo Diágrafo. Atrás Cristian, este último mi chico, junto al equipo de básquet.
Cris rozó mi cintura con su mano.
—¡Apa! ¡Hay grasita por ahí todavía, he! Después no te hagas la que entrenás todos los días.
De él continuamente escuchaba esas palabras, la risa que salía de su boca, desde la cual despedía las migajas de la barra integral que estaba comiendo siempre me rompió entera. Reía como un cerdo. Pero, no podía titubear. Al fin y al cabo... era mi novio. Lo decía por mi bien. «¿Cuándo estaré lo suficientemente flaca para él?». Mi abdomen siempre fue ancho, voluptuoso, al igual que mis piernas, mis cachetes. Duros… ¿tal vez?, pero no tenían la finura ni la flacura que él esperaba. Quería más y más. Por eso tenía que satisfacerlo. Cristian tocaba mi cintura y me hacía sentir imperfecta. Percibir su mano en mi piel rebosada de grasa de más... me hacía quedar sin respiración. Se me iba por completo esa prepotencia de la cual gozaba para burlarme de otros. «¿Mi novio se burlaba de mí?». No... yo sabía que tenía que entenderlo, era por mi bien. Había que soportar y por lo tanto también amar la regla puntual de los populares: en ese mundo, en el de la secundaria y en los brazos de Cristian, nunca, jamás, bajo ninguna circunstancia... se era demasiado flaca. Siempre se podía un poquito más. Yo me comprometí a lograrlo. La meta era pasar de 64,66 kg que pesaba... a 50, así: sin gramos, sin ninguna coma, sin nada que sobre. Musculosa pero flaca, sin estrías y sin grasa. Pelo negro intenso, radiante y sin granos. Que lo adolescente no me interrumpa... que tenía que llegar a mi objetivo.
—Sí, Cris —le respondí—, hay grasita. Pero te prometo, amor, que dentro de poco lo logro, he...
—¡Así me gusta! Acordate de que el ejercicio hace bien.
«Sí, hace bien. Hace bien, hace bien, hace bien, hace bien». No tenía ni quería borrar eso de mi mente. El momento en que Cristian tocara mi cintura y no detecte gordura tenía que llegar.
—¡¿Qué pasó, Diágrafo?! ¡¿No tenés nada para mostrarme hoy?! —Mi primo, al terminar de decir esa frase, le tiró el intento de mochila que tenía a Rodrigo Diágrafo al piso, y, asegurándose de que ningún preceptor esté mirando, mi novio se bajó la bragueta y le meó todos los dibujos que tenía en esa carpeta marrón que nunca dejaba ver.
Fue muy gracioso y bizarro a la vez. En fin, se lo merecían. Los Diágrafo eran el clan más gracioso de burlar.
La popularidad era una cosa extraña. En realidad, no sé bien como definirla, ni tampoco es tan genial hablar de ella. Simplemente existía en mi vida, como la plata también.
Chiara era la más linda de nosotras, deslumbrante. Pero, acá les van mis rasgos a destacar: morocha, pelo negro, ojos marrones y dientes más blancos que los de Chiari… lunar en el entre labio y piernas anchas.
El punto era que podíamos hacer cosas así. ¿Saben por qué? Debido a que éramos populares. Y éramos populares porque podíamos salir con todo. Así que era un círculo. Creo que lo que estoy diciendo es que no hay punto en el análisis del mismo. Si dibujas un círculo, siempre habrá un interior y un exterior, y al menos que seas un estúpido total, es bastante fácil de ver qué es qué.
Era incomparable la sensación de saber que, básicamente, podíamos hacer lo que queríamos sin ninguna consecuencia.
Mi amistad con las chicas se intensificó después de que en un pijama party en quinto grado le tomé la mano a Chiara y Rocío y se las apreté: “¿quieren venir a dormir a mi casa este viernes?” les dije, con toda la reticencia de una niña de diez años. Ellas casi mueren de felicidad. Eliane Ávila Beltrán, la infanta más llamativa del colegio, las quería.
Cuando nuestros padres fueron a recogernos, vislumbraron a un señor ceñudo que hablaba por celular, mi papá.
Me comporté como toda una líder, pero por dentro temblaba más que ellas. No tenía ni la menor idea de lo que les diría cuando llegasen a mi casa, si sacar bolsas de dormir o si eso era demasiado vulgar. Mientras ellas se imaginaban sentadas a mi lado en el almuerzo del colegio, yo cavilaba en mi cabeza los ciento cincuenta planes que tenía para simbolizar fama y no quedar como una pelotuda. Me había re contra mandado y tenía que sostenerlo.
Bien, yo soñaba con tener esas complicidades de colegio con quienes compartir secretos y meterme en líos por hablar en clase, en lugar de ser la tonta sobre la que otros hablan. No quería meterme ni en pedo en el ranking de los nerds. Era una constante batalla: diferenciarse en el colegio de esa manera… te delimitaría para siempre.
Sabía que, cuando acabe la secundaria, recordaría que fui a las mejores fiestas, que humillé a los que me tentaban de humillar, fumé los cigarrillos a escondidas que quise, lideré al mejor equipo de gimnasia… y besé a los chicos más lindos: como el primer beso con Cristian. Me empujó hacia él en la pista de baile en el tercer año, rápido mis labios estaban en los suyos y su lengua se sacudió con la mía. Pude sentir el calor de todas las luces como una mano, y la música parecía hacer eco en algún lugar detrás de mis costillas, provocando que mi corazón revoloteara y diera saltos al mismo tiempo.
Nunca me acosté con él. Quería esperar al momento adecuado. Habíamos acordado que todo el mundo sabría que ya lo habíamos hecho. La reputación del jugador principal de básquet no podía decaer. Y ninguna de mis amigas se imaginaba que yo continuaba virgen, no podía confesarles el secreto de que siempre me asustó el sexo. Tampoco podía descargarme con ellas por las incontables veces que Cris me insistió para que lo hagamos, que me dejara de joder, que ya tenía que ser. Era lo correcto hacerlo y más si era con él. Me insistía porque no soportaba las ganas de estar conmigo.
Las chicas ya lo habían hecho; una en un auto y la otra en un telo. De igual modo, por más asustada que haya estado, yo sí quería acostarme con Cris. Se lo había prometido. Le había jurado que encontraríamos el momento perfecto, como así también seguir bajando de peso para que por fin pueda aprobar mi abdomen. Se lo debía.
Cristian me gustaba tanto antes de empezar a salir con él que, cuando me lo cruzaba por los pasillos del colegio, mi mente daba vueltas como si acabara de bajar de una montaña rusa. Me acuerdo que un día, en segundo año, hacía muchísimo frío y con las chicas nos habíamos puesto a desayunar en el patio trasero, mirando las montañas; el agua nieve nos rosaba la frente y discutíamos de si Chiara se había o no hecho la rinomodelación, aunque era obvio que sí. Él se acercó y como vio que tenía mucho frío (la campera de cuero en el sur… tanto no abriga, solo para hacerte la linda), me dio la suya, la del uniforme del equipo. Era como una especie de etiquetado, o marcado, o cello. Él hacía eso con las que le gustaban. Las chicas me miraron, con picardía, y él se fue con sus amigos, riéndose. Como demostrándoles eso de “vieron, la marqué”. Y sí, me marcó.
O la vez que me regaló una rosa: filmó mi reacción y la subió a la historia de Instagram. Mi cara era una mezcla de sorpresa, con cara de pelotuda… y algo de emoción. Acaricié con un dedo los pétalos de esa rosa, tan suave como, no sé, el aire o el aliento… y me sentí estúpida por hacerlo.
Yo tenía y quería permanecer en ese universo, era mi lugar. Trataba de salir de todas las situaciones que desentonaran con el mismo. Una vez me tocó hacer un trabajo práctico con Gabriela Enríquez, otra becada. La roñosa vivía en la zona sur, y tuve que ir… y dejar mi auto ahí, con todo el peligro que eso implicaba. Pisar ese barrio fue asquerosísimo, los gritos que pegué cuando escuché los tiros de los pibitos de la esquina, o cuando pisé sin querer el charco de barro que se había formado por la lluvia en sus calles que no estaban pavimentadas. Me ensucié todo el zapato. Ese día casi me muero. Sin embargo, la imberbe de Gabriela estaba orgullosa de ese distrito marginal, lo ponderaba mientras yo moría del asco. Quería terminar el bendito trabajo práctico e irme. Después de eso amenacé a la profesora de que si me volvía a poner en una evaluación con gente que no era de mi circulo la iba a denunciar.
En fin, retomando, la jornada transcurrió normalmente, hasta que se hicieron las 12:05 p. m. y con Chiara y Rocío decidimos fugarnos de la insoportable de química para llegar antes al campus y preparar la práctica del equipo, que, por cierto, estaba compuesta trucos y coreos que confeccioné a la perfección.
Fue entonces, cuando apareció la rara otra vez:
—¡Diágrafo asquerosa! —le grité. Con suspicacia, nos espiaba como era de costumbre, detrás de las escaleras del campus— ¡¿Qué miras?!
Nunca entendí por qué se empeñaba tanto en ver la práctica a escondidas, ni que tuviera cuerpo lindo o cola tirante de caballo como para acompañarnos. Era simplemente Analía, que por vez número mil se quedaba allí, mirándonos practicar.
—¡¿Qué pasa?! ¡¿Te gustamos?! —le gritó Rocío, con cara de asco y haciéndole gestos con la mano.
—Vení. —La invité, y ella optó por empezar a caminar rápido para alejarse—. ¡No, no! ¡No te alejes! —insistí.
Mis amigas comenzaban a reír, se venía algo bueno.
—¡Pero vení! —Y la tomé del brazo, mientras Chiara y Ro obstaculizaron sus posibles salidas, acorralándola—. ¿Sabés qué pasa, Diágrafo? —Le acaricié uno de sus mechones de pelo salidos y duros— Que todo se resume si, de una vez por todas, tomás la decisión de mirarte a un espejo, mamita.
Agachó la cabeza, temblando… pero contestó:
—Yo creo que realmente les caería bien si me dieran la oportunidad.
—Yo lo dudo mucho. Vos y tu familia son bastante molestos, ¿sabías? ¿No te das cuenta de que nadie soporta verlos? ¿No notas que arruinan el vecindario? Tu viejo, tu vieja, tus hermanos y vos… no nos llegan ni a los talones. Optá por irte, o suicidarte, no sé. Pero hace algo. Hace todo menos ponerte en mi camino, Diágrafo —respondí, y le jalé tanto ese mechón, que se lo arranqué de cuajo.
¿Saben? Analía tendría un gran cabello si se lo cuidara de verdad. Era rubia, muy rubia, pero eso era más un nido de paja que otra cosa. No sé… de a ratos la imaginaba con un shock de queratina encima, o un buen baño de crema de los que tenía en mi baño.
Salió corriendo, llorando y en silencio, ese silencio típico de ella, ese que derrochaba más peste todavía.
Analía era tan tarada. Ro siempre decía que no se enteraba de nada porque las voces de su cabeza la tenían entretenida todo el rato.
—Sigamos con la práctica —comandé—. ¡A ver gente si se me corren un poquito!
Empecé a empujar a todos los que no eran del campus: nerds estudiando, profesores, etc. Les aplaudí fuerte en sus oídos y los aturdí. De a uno se fueron.
A dos perdedoras las escuché decir: “Me tiene harta manejando el colegio”. A lo que la otra le respondió: “¿Solo el colegio? Esta te maneja un ejército”.
Provocaron una sonrisa en mí. Me subieron el ego que ya estaba por las nubes.
Así continuó todo: fotito para Instagram, innumerables contestaciones.
—¡Cinco, seis, siete y!
Las chicas, posicionando sus brazos me impulsaron por los aires en tanto yo di una voltereta que me hizo aterrizar de nuevo. La coordinación era perfecta, los trucos también.
Terminamos exhaustas pero satisfechas.
Comenzaba la clase de Formación Ética y Ciudadana. Había elección libre del tema y Josefina Romín, otra nerd que de vez en cuando se juntaba con Analía a ser más nerds, quiso hacer una exposición oral acerca de su temática elegida. Ninguno entendía cómo se había animado a exponer delante del curso cuando el silencio siempre la caracterizó.
Josefina, mirando a la imbécil de Analía y anhelando su aprobación, comenzó a hablar acerca de unas supuestas brujas. Desplegó una imagen y mientras hablaba se me ocurrieron un montón de chistes.
—Entonces, las brujas eran en muchos casos mujeres campesinas y pobres. Aunque también las había con una situación social acomodada. Pero lo que más llamaba la atención en aquella época era que sabían cosas del futuro… cuestiones que a los demás escapaban y también podían ser parteras o saber matemáticas. Al delito de brujería le correspondía la muerte por fuego, es decir, la hoguera, quemadas vivas. A veces, como acto piadoso se preverá la decapitación o ahorcamiento previo y quemar el cadáver, o colgar un saco de pólvora al cuello. Pero hubo una mujer que…
Un chillido de risa cual puerco se nos escapó a mí y a las chicas. Josefina nos miró con recelo.
—¡Sh! ¡A ver! ¡Ahí al fondo! ¡Silencio que hay una compañera exponiendo!
—Perdón, profe —respondí, tentada—. Siga, siga —La exposición de esa nerd era una pelotudez total.
—Decía que, a veces, como acto piadoso se preverá la decapitación o ahorcamiento previo y quemar el cadáver, o colgar un saco de pólvora al cuello. Pero hubo una mujer, de paradero desconocido como así también su nombre, que además de ser considerada una bruja muy talentosa, fue asesinada por envenenamiento. Le hicieron beber una copa de vino con gotas de arsénico, lo cual fue letal. Ella murió sabiendo el futuro, sabiendo sumar. Se cuenta que era una de las más talentosas de la época. Vestía túnicas largas color azul e incluso a veces pantalones. Y fue condenada por eso. La leyenda dice que una joven aprendiz: una seguidora que tenía nuestra edad, y un niño pequeño, encontraron su cuerpo y lo cercaron con flores de diversos tipos y tamaños, rodeándolo así y adornando un jardín amplio en donde el viento posteriormente desintegró sus restos. Esta pintura fue hecha en honor a esa leyenda:
La imagen que había desplegado era una pintura de la bruja esa re muerta ahí en el pasto, rodeada de flores, con la pendeja y el pendejito tomados de la mano velándola. Na, na, no les puedo explicar el cringe, después no querían que se burlen de ella.
—Y así, la historia de las brujas condenadas en esa época se conocería como una de las procedencias más importantes. Son el antepasado del que hay que estar orgullosas, como mujeres y como profesionales.
—¿Se terminó el show? —murmuró mi novio por lo bajo, cagado de risa.
—¡Basta allá atrás! —persistió la profe.
—Sí, terminé. Y quisiera decir que gran parte del material que usé para mi exposición me lo ofreció Analía Diágrafo. Me ayudó un poco en la redacción.
—Un trabajo hecho por las dos lunáticas. —Los chistes no paraban.
—¡Basta, dije!
Sonó el timbre.
A ver gente, seamos sinceros. Yo seguía y adoraba a una mártir con todas las letras, esas dos se ocuparon de exponer a una loca de mierda que mezclaba no sé qué pociones para adivinar no sé qué futuro haciendo dos más dos cuatro y que la veló no sé quién poniendo flores en su cuerpo. Dejate de joder.
La jornada del colegio terminaba y, repentinamente, vi que los padres Diágrafo fueron a buscar a sus hijos.
—¡He! ¡Diágrafo! —Uno de mis primos empezó a molestarlo— ¡A ver si se atajan esta!
Se sumaron mi hermano Hernán y Débora. Les tiraron unas bolas de nieve que había agarrado de una esquina y empezamos todos a reír.
—¡¿P… p… p... por qué hacen eso?! —La insoportable de Inés.
—¡Porque somos Ávila Beltrán y podemos, pendejita! —contesté.
Analía como siempre, muda. Rodrigo me miraba, al igual que sus padres.
—¡¿Qué miran tanto, a ver?! —grité.
El Diágrafo mayor les ordenó a sus hijos que subieran al auto.
—¡José, no! ¡Vení, por favor! —Su mujer intentaba detenerlo, en tanto él se acercaba muy enojado, expulsando un aire brutal por sus fosas nasales. Pero no dijo nada, simplemente se nos acercó y se quedó ahí.
—¡¿Qué querés vos?! A ver, ¡viejo resentido! ¡Dale, animate! ¡¿Qué nos querés decir, Diágrafo?! ¡Siempre con esa cara de enojado y pensativo, como si quisieras decirnos algo y nunca nos decís nada!
Continuó con sus aires de sacado, inhalando y exhalando más profundo. Sus pupilas se dilataron.
—¡José, por favor! ¡Están tus hijos!
—P… p… papá. ¡Vol… volvé!
Optó por expulsar un último tirón de aire… y se dio la vuelta.
—¡No ven que son un chiste, Diágrafo! —emitió Damián.
Ellos se subieron a su intento de auto y se fueron.
Los presentes se quedaron mirando la escena, con miedo… con cierto respeto, porque eso era lo que generábamos. Estar a mi lado, una Ávila Beltrán, era como emborrachar. Como si al estar cerca de mi burbuja individual las cosas se emborronaran, los colores se mezclaran unos con otros.
Volver a casa: un análisis
Retorné y quise dar un paseo por mis hectáreas.
Papá:¡Volvé que la jujeña hizo un intento de sushi que le pedí!
Yo:Vuelvo en un toque, quiero respirar un poco.
Caminar y sentir el viento en la cara admirando mis tierras era lo que siempre culminaba mis rutinas. Mi uniforme de gimnasia térmico era el acompañante más fiel… y mis piernas duras y trabajadas me daban potencia para soportar lo empinado de algunas partes.
La tarde/noche estaba serena; la casi luna, asomándose, brillaba en toda su plenitud, y el viento suspiraba con un rumor dulcísimo entre las hojas de los árboles.
Sin embargo, y de repente, ese fue el momento cúlmine de todo. El instante exacto en que la vida me sorprendería con lo inesperado.
El impacto
Llovió a torrentes. Repentinamente una ráfaga acabó con mi equilibrio y con la fuerza de mis piernas duras recientemente ponderadas; ya no tenía reciedumbre. Mi predio se llenó pronto de agua y violencia que me arrasaba. Relámpagos y truenos. Había en el aire olor a tierra mojada, perfume inimitable que ningún perfumista caro a los cuales yo siempre visitaba… había fabricado jamás. Y revoloteaban en la atmósfera las luces de cristal de las gotas saltonas, acompañadas por el ruido inmutable, variado, uniforme, caprichoso, metálico y líquido, propio solo de la catástrofe a la que había entrado sin saber por qué.
Sí: ¿por qué? No podía, no soportaba ese destello que apareció para llevarme, violentamente, al abismo.
Tengo presente haber dormido varias horas en los pastizales con agua helada. Desperté húmeda y muerta de frío, adolorida y confundida. Mi respiración se intensificaba y se volvía taquicardia.
Me levanté, con una jaqueca insoportable, refregué mis ojos y me dispuse a correr. Tenía que volver a mi casa. Necesitaba un baño caliente, una taza de té y contarle todo a quien estuviera allí.
Corrí… corrí mucho, ignorando las heridas de mis extremidades que me proporcionaban debilidad en cada salto que daba; no me importaba.
Conocía de memoria el camino, por supuesto. Pero esa memoria fue invadida por el desespero cuando la vía, ya comprendida por mis ojos durante años, había cambiado por completo.
—¡¿Qué?!
Los metros que había transitado fueron la clave para notar que mis suelos ya no estaban cuidados, rebozaban de materia orgánica muerta. Y, de repente, era de noche por completo. Había oscurecido rápido. Pero ¿cómo? Si faltaba más o menos una hora para el anochecer.
Si tu césped se ve muerto… puede reavivarse cuando se utiliza un período de riego adecuado para reducir la cantidad de evaporación de agua perdida. Regarlo siempre temprano por la mañana, ya que si se suele regar al atardecer eso propiciaría enfermedades de hongos en tus hectáreas… eso fue lo que había aprendido desde chica y con muchos años de la voz de mi padre repitiéndolo; el legado que nos habían dejado era una especie de receta secreta para tener los mejores cuidados. Pero, ese ya no era mi suelo, lo desconocía por completo.
Seguí corriendo, como si fuera la típica rubia de una película de terror que corre sin rumbo y a la que matan primero. Estaba sola, no encontraba ninguna casa.
—¡¿En dónde mierda estoy!?
«¿Había enloquecido? ¿Realmente esa iba a ser la nueva faceta de mi vida? ¿Así? ¿Vuelta loca? ¿Tan solo en quince minutos?».
Llegué hasta el sendero que me llevaba directo a mi casa, pero ya no estaba… sino repleto de más pastizales y árboles gigantes; rocas que triplicaban mi altura, y ninguna pista de dónde podría estar mi familia.
Lo sombrío de la noche progresiva acrecentaba mi malestar, y tuve que abrir la boca para inhalar el aire que me faltaba. Hacía mucho frío.
Y, para culminar ese momento atroz, vino lo peor:
—¡Que no escape! —Escuché, sumado a cabalgatas incesantes.
