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Este libro está dedicado a quienes aman lo pequeño, lo cercano y lo inmediato, y tratan de hacer feliz cada momento presente que llega del futuro. Son vislumbres porque narran algo, casi siempre sin precisiones de tiempo o lugar, en forma difuminada que puede tocar tu corazón...
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Seitenzahl: 104
Veröffentlichungsjahr: 2022
Índice
Pequeña conversación
Trío en viaje estelar
Desde la altura
Sueño liberador
Sucedió para contarlo
Después de Navidad
Cuento de Adviento
Adviento pandémico
Caminata de alegría
Repartiendo salud
Una fe intrépida
Peregrina del Tepeyac
Convalescencia
Chamba juvenil
Talento para vivir
¿Más... o menos?
Huéspedes inesperados
Sólo lo necesario
Concierto matinal
Escape al mar
Voz en favor de la vida
Pandemia ranchera
Brillantez existencial
Virgen del paisaje
Quitar lo que sobra
El remedio y el trapito
Vestido y blusa
Al otro lado
En abundancia y escasez
Vela desplegada
Cuídalo bien
Disciplina zoológica
El alpinista novato
Cueva escondida
Cuando se podía
Cinco volvieron
Carta milagrosa
Cariño en concierto
Entrevista onírica
Amistad y recuerdo
Almuerzo en el camino
Amor victorioso
Dos talleres geniales
Pobreza espléndida
Pasos hacia la libertad
Laconismo homilético
Touchdown
Tú primero
Nieve milagrosa
¡Uuuuuuy!
Humo en el patio
El rayo prodigioso
Eran ellos, ¡no tengo duda!
Del puente a la alameda
Tocaron la puerta
Relámpago existencial
Álbum y pantalla
Compra inesperada
E jemplo ancestral
Con agua de mar
Siempre aprender
Llamada al cielo
Sábado al atardecer
Fraternidad, mística y acción
Dos tenores
Sueño realizado
Los miserables
La alegría de saber morir
Llamada sin respuestas
Día de visita
Plena salud
Destreza auricular
El desaparecido
A sus pies
Llegada a puerto
Cachaza inglesa
Alarma original
Acuarela de altura
Deseo cumplido
El más amado
Reto en la tarea
Ganar perdiendo
La buena obra
Jefa de pandillero
Sueño misionero
Los muchachos de la plaza
EltíoJosé
El niño y el mar
Bendición en la sierra
Llamada singular
El hijo del pescador
Monasterio de cumbre
Clavel de altura
Sorpresa en el lago
Agresión sin disculpa
Regalos de Navidad
Ermitaño de Tierra Santa
Donativo en París
Visita a la abuela
La virgen del sí
Pequeña conversación
…para antes de leer.
Hola. Mira. Éste no es libro para leerlo en orden, desde el principio, página por página hasta terminar.
No. Te sugiero que siempre tomes un bolígrafo en tu mano.
Coloca a Vislumbres en tu sitio habitual, cerca de ti.
Escoge un momento, un ratito de paréntesis.
Abre el índice.
Ve si algún título te llama la atención.
Márcalo con una pequeña raya.
Búscalo en la página señalada y léelo lentamente, saboreando el texto.
Puede bastar con un vislumbre.
Si tienes más tiempo, vuelve al índice y marca otro y sigue haciendo lo mismo.
Cada vez que vayas al índice podrás escoger alguno no marcado o poner otra línea frente al que quieras releer.
Al poco tiempo tendrás algunos títulos marcados en el índice con una sola línea y otros con varias y los demás sin ninguna, esperando que algún día los elijas.
Quise ordenarlos, pero no. Preferí revolverlos porque así fueron brotando.
Son vislumbres porque narran algo, casi siempre sin precisiones de tiempo o lugar, en forma difuminada que puede tocar tu corazón…
Dedicado a quienes aman lo pequeño, lo cercano y lo inmediato, y tratan de hacer feliz cada momento presente que llega del futuro.
Trío en viaje estelar
“Yo voy a llevar mirra.”
Es el mago más joven.
Ya se sabe el cielo de memoria.
Todas las noches contempla esa danza prodigiosa de estrellas.
Hace muchas preguntas a los otros dos magos.
Uno está preparando un cofrecito lleno de monedas de oro: “Es que es un rey”, es su explicación.
El otro es muy espiritual. Fue el que animó a viajar. Él lleva un fragante incienso: “Es que es divino”, explica.
“Yo estoy llenando de mirra amarga mi pequeño cofre”: “Es que es hombre”, les dice a los dos.
Al amanecer montan en sus camellos: “A mí me gusta ir hasta atrás. No quiero ir abriendo brecha ni que me vayan apurando. Yendo atrás puedo ir viendo las estrellas, especialmente ésa que parece guiarnos”.
Andan una larga jornada.
“Yo no tengo la culpa de que ya no veamos la estrella”, dice el joven mago a los otros dos, que se le han quedado viendo. Deciden preguntarle a Herodes. Así toman ya el camino hacia Belén. “Miren, miren”, levanta la mano el joven mago: “Allí está la estrella, un poquito fuera de Belén”…
Delante del pesebre van poniendo sus regalos: “Yo pongo mi cofre después de ellos y, al abrirlo, veo que el Niño me saluda con su manita y sonríe. Creo que es el regalo que más le gusta”, cuenta después el mago de pocos años…
El más viejo de los magos opina: “No vayamos ya con Herodes a decirle dónde encontramos al Niño, vámonos por este otro camino”. Se van contando por los pueblos lo que vieron cerca de Belén… Ya no vieron la estrella…
“Es que ahora la estrella somos nosotros”, explica este mago con su voz juvenil… Desde entonces los creen reyes, pero ellos, que fueron magos, son ahora “los tres sabios” de Oriente…
Desde la altura
“Creo que el mundo necesitaba algo así.”
Lo dice Silvestre frente a la fogata encendida en la sierra.
Lo escuchan sentados, en círculo, sus cinco amigos.
Éste tuesta malvaviscos ensartados en vara larga.
Acá, el del gorro danés azul marino, da tragos de café bien saboreados en un jarro verde, aquel intenta prender un cigarro con una brasa.
El de más allá está extasiado viendo las estrellas. El de menos edad abre los ojos, atento mientras sus manos sostienen una bolsa con palomitas de maíz.
“Necesitábamos ―como humanidad― una prueba y una poda así. Como ésta del virus. Porque no es un peligro que vemos de lejos, sino cercano y para todos. Han caído muchas máscaras. Nos ha abofeteado la realidad de que todos somos débiles, frágiles, pequeños y mortales.”
Se oye cerca un sonido raro. “Es una lechuza”, dice el chiquillo con la boca llena.
“Muere mucha gente, se pierden empleos, las economías se van para abajo”, comenta el fumador, echando humo por la nariz.
“Una situación así ―responde Silvestre― nos puede hacer solidarios, nos hace darnos cuenta de que sólo juntos, y en acuerdo, puede haber prosperidad para todos.”
Allá, en la rama, está la lechuza de ojos grandes girando su cabeza en círculos. Se amansa el fuego de la hoguera.
Parecen multiplicarse las estrellas en el cielo invernal. Empieza a hacer frío. El astrónomo aficionado está acercando a las brasas un comal con tamales. De la tienda de campaña, el goloso de los malvaviscos trae platos desechables para todos… Allá abajo, en la lejanía, se ve el resplandor de las luces saltillenses…
Sueño liberador
“Tú te vas atrás y yo me quedo adelante, cerca del chofer.”
Suben ambos al camión urbano.
El que se sienta atrás se levanta con pistola en mano. “Esto es un atraco”, grita a los pasajeros. “Cáiganse con sus pertenencias. No me hagan trampas” y suelta una sarta de maldiciones. El de adelante acerca el cañón de la pistola a la cabeza del chofer y le dice: “Tú pórtate bien, desgraciado, si quieres seguir viviendo. Baja la velocidad y no te detengas hasta que yo lo mande”.
Los pasajeros van entregando carteras, relojes, y ellas hasta anillos y collares. Antes de la esquina mandan frenar y se bajan.
“Estuvo bueno el golpe. Hay varias carteras bien surtidas.”
Pasa la noche y despiertan al amanecer.
“Oye, tuve un sueño bárbaro. Es como un aviso. Soñé que estábamos en un brasero enorme y estábamos entre llamas gritando y quemándonos. Es porque robamos en tiempo navideño. A ver, deja ver las carteras. Todas traen tarjetas con domicilios. Vamos a devolverlas y lo demás lo donamos al orfanatorio.”
Van llegando paquetes a los domicilios y al orfanatorio. Unos a varias direcciones, con las carteras intactas, con todos sus billetes y una nota con la frase: “Feliz Navidad”. Otro, con otros objetos robados, al orfanatorio, ante la sorpresa de las religiosas encargadas. La nota dice: “Para regalos de Navidad”.
En una iglesita de barrio se ve a dos hombres haciendo fila cerca del confesionario en el que hay confesiones con sana distancia…
Sucedió para contarlo
Estoy sentado en un tronco de árbol talado.
Es de noche. Se escucha un alboroto regocijado entre los pastores.
Levantan las manos señalando algo. Voy corriendo. Es un resplandor. Unas voces que cantan. Dicen algo de gloria de Dios y paz a los hombres de buena voluntad.
Guardan los pastores el ganado. Llenan de quesos, dátiles, miel y leche de cabra sus morrales. Y empiezan a trotar en grupo. Voy entre ellos. Van hacia Belén de prisa.
Se acercan a una cueva. No tiene ovejas. Está muy limpia. Está dentro una familia. Hay un niño envuelto en pañales en el pesebre. Muy cerca está la madre y el padre está de pie.
Hablan con él y explican que ángeles anunciaron que ese niño había nacido enviado por Dios. Van ofreciendo sus regalos. Se van acercando uno por uno para ver de cerca al recién nacido.
La madre, agradecida, sonríe dulcemente. Es muy hermosa y llena de paz. Agradece con frases cariñosas.
Al salir de la cueva tropiezo con una piedra y me golpeo la frente.
Eso me hace despertar. Estoy en el suelo, caído de la cama. Todo ha sido un sueño de Navidad. Me levanto y voy a contemplar el nacimiento que está en la sala. Después me voy al escritorio a escribirte este mensaje, tío, espero que tengan una Nochebuena llena de sorpresas. Salúdame a todos por allá. Seguimos en contacto…
Después de Navidad
Ven que trae una cuerda en las manos. Va muy serio.
Piensan que se va a ahorcar.
Pasa las vallas protectoras. Ya está en el terreno en construcción en que trabaja en turno matutino. Ya son casi las 3:00 de la tarde. Se dirige a la barra de hierro enterrada profundamente. La rodea con lazo de nudo marinero.
Lleva la reata hasta la orilla del pozo. Da un salto y empieza a descender. No hay quien lo ayude. Llega hasta el fondo y saca de su bolsillo una linterna portátil. Se inclina varias veces. Se echa algo al bolsillo y empieza la difícil ascensión. Llegan algunos allá arriba a la orilla del pozo y empiezan varios a tirar, a jalar caminando hacia atrás. Él va trepando también como puede, apoyando los pies en la superficie vertical.
Lo atrapan abrazándolo y sacándolo. Está lleno de polvo y sudor. Lo cargan entre varios.
―Es Anselmo. El que trabaja en la mañana aquí.
Está platicando con los que lo ayudaron a salir.
―Te arriesgaste demasiado. Si no vemos la reata tirante en el suelo, no hubieras podido salir. ¿Qué andabas haciendo?
―Es que en la mañana estaba en la canastilla que va y viene sobre el pozo acarreando material… Al sacar el pañuelo, se me cayó al pozo el regalo de Navidad que me dio mi hija pequeña…
Sonríe y se despide, llevando en la mano el rosario de cuentas de madera rescatado, que tiene una cruz en la que se puede leer sólo una palabra: “Jerusalén”…
Cuento de Adviento
La sierra es hermosa.
Hace tiempo que no hay incendio.
Han crecido los pinitos con recios racimos de hojitas verdes y macizas.
Este arbolito ha ido tomando una forma triangular muy atractiva.
Todo el ramaje va siguiendo una línea que remata en la cúspide puntiaguda y vaiveneante.
“Ése me gusta, córtalo y nos lo llevamos.” El arbolito triangular ve cómo el hacha brilla en lo alto y luego se hunde en su tallo, desprendiéndolo de sus raíces.
Unas manos recias lo cargan y lo colocan en una camioneta de redilas. Va triste porque ya no ve las estrellas. Se va alejando de sus compañeros de adolescencia y ya ve lejos la silueta de su amada sierra hermosa.
Una familia lo recibe. Lo coloca sobre una base. Ya está en el rincón de la sala. Lo empiezan a adornar con cintas brillantes, esferas de todos colores, foquitos luminosos. Y, en lo alto, se alegra al recibir el beso de una bella estrella.
Se sigue alegrando al verse rodeado de dos niños y una niña. Están colocando unas figuritas de barro en su base. Un hombre, una mujer y un pesebre vacío, allá figuras de pastores y, más lejos, tres viajeros sobre un elefante, un caballo y un dromedario. Pero toda la familia se aleja. Rodean una corona y encienden una vela, rezando y cantando.
