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Tras vivir una infancia tranquila y pacífica, Sonnel Ackerman, un niño nacido en un pueblo al este de los Estados Unidos a principios del siglo XX, entrando en su juventud se ve involucrado en el mayor conflicto bélico de la historia de la humanidad. Simultáneamente, una serie de extraños acontecimientos, que percibe como «sueños», comienzan a llevarlo por lugares jamás imaginados, despertando en él capacidades sobrenaturales y sentimientos encontrados. Historias paralelas profundamente unidas a la vida de Sonnel, pero a su vez desconocidas por él, convergen en un punto de su existencia, lo que terminará cambiando por completo su percepción sobre todo lo que creía conocer y entender hasta ese momento en su vida.
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Seitenzahl: 250
Veröffentlichungsjahr: 2023
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VITA CONEXIÓN
RAY «THE PRINCE» C. L.
VITA CONEXIÓN
EXLIBRICANTEQUERA 2023
VITA CONEXIÓN
© Ray «The Prince» C. L. - Rainiero Moisés Casma López
Ilustraciones: Ray «The Prince» C. L. - Rainiero Moisés Casma López
Diseño de portada: Dpto. de Diseño Gráfico ExLibric / Ray «The Prince» C. L. - Rainiero Moisés Casma López
Iª edición
© ExLibric, 2023.
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ISBN: 978-84-19827-22-7
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RAY «THE PRINCE» C. L.
VITA CONEXIÓN
A mi madre, Gladys, y a mi hermana, Francis.La familia siempre será nuestra primera gran conexión.
I
«No recuerdo muy bien el principio,solo sé que flotaba desde siempre».
Este podría ser el principio o el final, si es que existe alguno. Creo que son ambas cosas a la vez, por eso le llamo el «túnel del principio y el fin». Me encuentro en un espacio muy pequeño, es muy estrecho aquí. Voy moviéndome muy lento, en una larga fila, con muchos como yo delante y detrás. A medida que avanzamos siento que voy a explotar, pues el espacio se hace más estrecho cada vez y aunque parezca que no podemos movernos más, siempre conseguimos avanzar. Hay algo, una extraña fuerza, la fuerza motriz que domina nuestro mundo y que nos mantiene siempre en movimiento. Es como un gran impulso que mueve todo este fluido y a nosotros que estamos en medio del mismo.
Cuando nos movemos de una forma particularmente lenta y estamos muy cerca unos de otros es cuando más frío siento; en ese momento es como si algo en mi interior escapara hacia fuera de esas paredes que nos presionan tanto, algo cálido emana de mí y se va. No sé lo que es ni qué forma tiene, solo puedo sentirlo. Luego de este suceso, algo frío cruza esas paredes que nos presionan tanto, atraviesa mi cuerpo y se aloja dentro de mí. Cuando esto sucede, la fuerza que lo domina todo comienza a movernos más rápido cada vez, empujándonos hacia delante. Ahora hay más espacio y todo se hace más cálido.
Muy pronto me encuentro en una cámara bastante amplia y, tras abrirse súbitamente por una de sus paredes, entro en otra mucho más grande aún. Las aberturas se cierran y las paredes comienzan a comprimir el espacio muy rápido y fuerte. En ese momento, aparece una nueva abertura enorme, a través de la cual soy impulsado por un ancho túnel a una velocidad asombrosa, lo más rápido que he podido viajar.
Este gran impulso me lleva a mí y a los otros muy lejos. Siempre es un lugar distinto. Algunos lugares son más cálidos que otros, y algunos de ellos llegan a ser deslumbrantes, comparados a la oscuridad habitual en la que permanezco la mayor parte del tiempo. Esta vez llegué a un lugar que es oscuro y cálido, como la mayoría de las veces. Los túneles se van estrechando y vamos avanzando más lento cada vez hasta que casi nos detenemos. El lugar se parece mucho al túnel del principio y el fin, solo que esta vez, cuando me siento muy presionado por las paredes a mi alrededor, emana desde mi interior algo frío y en su lugar, atravesando las paredes, entra en mí algo cálido que penetra rápidamente mi cuerpo. No importa el lugar a donde vaya, siempre sucede lo mismo al final. Luego de estas sensaciones recurrentes de los túneles estrechos, vuelvo a ganar velocidad impulsado por la extraña fuerza que domina nuestro mundo, yendo por lugares cada vez más amplios hasta que, finalmente, llego a la zona de las cámaras que me impulsan hasta el túnel del principio y el fin, para repetir la historia una y otra vez.
Todos a mi alrededor siguen los mismos caminos que yo y creo firmemente que tienen las mismas sensaciones que yo en el túnel del principio y el fin, así como en los túneles lejanos. Imagino que no soy alguien especial, soy una especie de copia fabricada en masa para hacer algún extraño trabajo hasta… No sé hasta cuándo haré esto. ¿Por qué? ¿Es que no hay nada más? No, no hay nada más. No recuerdo muy bien el principio, solo sé que flotaba desde siempre. Desde siempre y por siempre, movido por el vaivén de esta extraña fuerza que domina nuestro mundo.
Hay muchos como yo, están alrededor mío todo el tiempo, pero hay algunos pocos que son distintos: algunos de ellos tienen un cuerpo extraño, que luce más flexible, y vaya si son flexibles; en ocasiones, he visto aparecer a esos tipos en medio de las paredes de los túneles. Parece que se comunican entre ellos usando una lengua incomprensible y que soy incapaz de replicar. A estos les llamo los «extraños flexibles». Me pregunto si pasarán por lo mismo que yo. Probablemente, nunca lo pueda confirmar, pues aunque pareciera que hablan entre ellos, es como si yo y los de mi clase no existiéramos ante sus ojos.
Existen también otros, bastante más pequeños que yo, pero que están presentes en gran número de la misma manera. No confío en ellos, pues he visto que, en algunas ocasiones, súbitamente cambian de forma y se vuelven muy pegajosos, atrapando a varios de los míos y de los extraños flexibles en una especie de redes que forman con sus cuerpos. No entiendo por qué hacen eso, pero no parece ser algo bueno, quitarnos la libertad de movernos por nuestro camino sin fin. Aunque quizás ese sea el final de nuestro camino, que alguien nos detenga en esta carrera infinita. A estos les llamo los «pequeños pegajosos», quienes también parece que hablan mucho entre ellos y con los extraños flexibles, pero una vez más, me ignoran a mí y a los de mi clase.
A veces me pregunto si los extraños flexibles o los pequeños pegajosos nos habrán puesto algún nombre a los de mi clase; si hablaran conmigo imagino que podría preguntarles. Quizás para ellos somos los «raros esféricos» o los «discos flotantes», aunque no creo que puedan llamarnos raros siendo nosotros más numerosos que ellos, sería absurdo, los raros son ellos, los raros son las minorías… ¿O no? Por otro lado, es posible, y esto me inquieta más, que ellos puedan ser seres superiores más inteligentes que los de mi clase y que, por ese motivo, no se molesten en hablar con nosotros, porque nos consideran realmente inferiores o tontos.
Cuando tengo oportunidad hablo con algunos de los míos. Para ello aprovecho nuestras estancias en el túnel del principio y el fin o en los estrechos túneles de los lugares lejanos, pues son los únicos momentos en donde puedo estar lo bastante cerca a otro de los míos para hablar de forma sosegada. El resto del tiempo es imposible, porque nos movemos tan rápido, por lugares tan amplios y somos tantos que no lo conseguiría; somos muchos, hablamos todos a la vez y, finalmente, no llegamos a ninguna parte en nuestras vagas conversaciones habitualmente. Tengo muchas preguntas sin respuesta dentro de mí: ¿dónde y cómo nacimos? ¿Existimos para siempre? ¿Por qué estamos aquí? ¿Quiénes son los extraños flexibles y los pequeños pegajosos, si es que en verdad se llaman así? ¿Qué es aquello frío y aquello cálido que entra y sale de nuestros cuerpos muchas veces? Siempre que puedo hago todas estas preguntas a la vez, por ver si tengo suerte y consigo respuesta finalmente a todas ellas, o por lo menos a alguna. Las respuestas que he recibido no me han dejado satisfecho hasta ahora: una vez me dijeron que nacemos por el deseo de un ser superior invisible y que nuestra razón de ser es circular por una red de túneles por siempre. No tiene mucho sentido para mí, ¿por qué un ser superior nos habría creado para movernos en un viaje sin fin? Quizás le divierte observarnos, pero ¿qué gana con ello?, ¿cómo puede vernos a todos a la vez si, al parecer, somos millones? Cada vez surgen más y más preguntas, aunque todos a mi alrededor parecen no preocuparse por saber más de sus propias existencias, solo están allí, tan simple como eso.
Por cierto, suelo referirme a los míos y a mí mismo como «viajeros rojos»; si tenemos algún otro nombre no me importa realmente. Soy el único que parece interesado en describir nuestra existencia y a nosotros en ella. Quien observa puede describir y clasificar las cosas; quien no observa ¿cómo puede estar seguro siquiera de su propia existencia?
Me empiezo a resignar, no hallo las respuestas que busco. Mis caminos transcurren en la oscura monotonía sin comprender realmente cómo comenzó todo esto ni si algún día terminará. Si por lo menos supiera que hago algo importante, que mis viajes infinitos le sirven a alguien o contribuyen a un bien mayor. Lo que he podido deducir de mis innumerables viajes es que doy vueltas en una especie de circuito cerrado, pues siempre vuelvo al túnel del principio y el fin sin importar en dónde estuviese antes, como si de túneles interconectados se tratara, con una zona amplia de cámaras en medio. Cámaras… Es verdad, el único lugar en donde las paredes parecen estrecharse bruscamente sin estarme moviendo es en las cámaras de grandes hoyos; en ese lugar es como si la extraña fuerza que domina nuestro mundo fuese…, no lo sé…, más fuerte, tan fuerte que hasta puedo percibir un retumbar. Quizás el origen de la extraña fuerza que domina nuestro mundo se encuentre allí, en las paredes de esas cámaras, así como las respuestas a todas mis preguntas.
En una ocasión, luego de haber vuelto a pasar por el túnel del principio y el fin como era habitual, me fui a un lugar lejano algo más frío y bastante más iluminado que la mayor parte de los destinos. Los extraños flexibles y los pequeños pegajosos estaban alrededor nuestro, como era usual, ignorándonos, algunos flotando y unos pocos anclados a las paredes de los túneles. Aunque nunca hablan con nosotros los viajeros rojos, parece que siempre estuviesen muy ocupados, concentrados en tareas desconocidas que, sin embargo, demandan gran atención y esfuerzo por parte de ellos. Fue entonces que ocurrió algo que nunca antes había experimentado, algo que me hizo temblar, que me hizo sentir miedo, un miedo profundo y visceral, miedo a desaparecer y dejar mi oscura monotonía.
Una de las paredes del túnel se partió, dando paso a la aparición de una enorme abertura. Todo nuestro mundo comenzó a drenarse y desaparecer delante de mi vista, muchos de los míos desaparecían en un instante. Junto con extraños flexibles y pequeños pegajosos, todos súbitamente éramos succionados por la gran abertura que había aparecido. Luego de ver desaparecer a muchísimos y temiendo sufrir el mismo destino, cuando llegué al borde de la abertura me quedé anclado de alguna manera en esa zona y pude observar con desesperación qué había más allá, hacia donde nuestro mundo desaparecía, no pudiendo dar crédito al panorama que se me presentaba delante: una luz cegadora me rodeaba por todas partes a donde pudiese observar, mientras una especie de fluido muy seco y frío golpeaba mi cuerpo. Se parecía de alguna manera a la sensación que tenía en el túnel del principio y el fin, pero con una intensidad inimaginable. Todo esto sucedía mientras veía a miles, quizás millones, de los míos, extraños flexibles y pequeños pegajosos cayendo por la abertura, perdiéndose en un espacio que parecía infinito.
En ese momento me pude percatar de cómo terminé anclado allí, entre la frontera de mi mundo desmoronándose y lo desconocido. Uno de los pequeños pegajosos me estaba sujetando con una extensión de su extraño cuerpo mientras se sostenía del borde de la abertura en la pared con otra. Jamás pensé que uno de estos tipos raros me salvaría de desaparecer en un momento tan crítico como en el que me encontraba.
—¿Estás bien? —me dijo.
—Eh… Sí, creo que sí —respondí muy agitado.
¡No podía creerlo! Era la primera vez que podía comunicarme de alguna manera con otro que no fuera uno de los míos. ¿Sería que por el pánico de desaparecer este pequeño pegajoso decidió hablarme? No lo creo, el único desesperado era yo ante esa perspectiva tan ominosa; él, más bien, parecía calmado y muy concentrado al mismo tiempo.
—¿Por qué me ayudas? ¿Crees que soy demasiado inútil para salvarme solo? —le pregunté visiblemente alterado—. Vosotros y los extraños flexibles siempre habéis creído que sois mejores que nosotros, ¿no es así? ¡Aaah!
En ese momento estuve a punto de desprenderme del borde de la abertura para perderme en el vacío seco y frío que tenía delante.
—Solo cállate… —me dijo el pequeño pegajoso, mientras me sostenía con más fuerza—. Entiendo que no tengas ni la menor idea de lo que está sucediendo, pero ahora no es el momento de explicar nada, solo confía en mí.
Esto era insólito, me pedía que confiara en él sin siquiera saber quién era ni qué estaba haciendo. En realidad, tampoco es que tuviera otra opción en esas circunstancias.
Mientras hablábamos, miles de otros pequeños pegajosos se habían adherido al borde de la gran abertura y sostenían con sus cuerpos transformados, que presentaban extensiones como tentáculos, a muchos otros viajeros rojos y a extraños flexibles. Comenzaban a formar una fina red que se iba haciendo más gruesa cada vez e iba disminuyendo el diámetro de la abertura. Este proceso se repetía una y otra vez hasta que la abertura quedó sellada por completo.
Nos quedamos atrapados en esa gran red por un largo tiempo, no sé cuánto exactamente; quizás pude haber recorrido miles de veces el túnel del principio y el fin en ese periodo si hubiese estado libre. Cuando me sentí más calmado al ver que el peligro había pasado, volví a hablarle a mi inesperado salvador, el pequeño pegajoso, que ahora se había convertido en un enorme pegajoso, así como los otros de su tipo que conformaban la red.
—¿Me vas a contar ahora qué ha sido todo esto? —le pregunté, esta vez en un tono más calmado.
—¿Esto? Nosotros le llamamos «brechas espaciales», aparecen repentinamente en cualquier lugar de nuestro mundo y, cuando eso sucede, se tragan todo mientras permanezcan abiertas —me respondió el enorme pegajoso tranquilamente.
—¿Me estás diciendo que esto ya ha sucedido antes y que volverá a pasar? —repliqué atónito.
—En efecto, y es nuestro trabajo sellar estos agujeros para evitar que nuestro mundo desaparezca a través de las brechas espaciales.
—¿Y qué sucede si caes a través de las brechas espaciales? —le pregunté con cierto temor.
—Nadie lo sabe con certeza. Lo único que sí sabemos es que quienes caen por estos agujeros nunca vuelven aquí.
El camino que me tocó recorrer en esa ocasión estaba siendo el más emocionante de mi existencia. Nunca había experimentado un miedo tan profundo a desaparecer, nunca había experimentado la aparición de una brecha espacial, ni mucho menos había podido hablar con uno de los pequeños pegajosos, que además había transformado su aspecto. Por primera vez en mi existencia me sentía feliz de seguir en mi monotonía, atrapado a una enorme red, pero aún en mi mundo.
Comencé a preguntarle todo tipo de cosas, las preguntas que hago a los míos cuando me encuentro en el túnel del principio y el fin, pero no obtuve respuestas. El pequeño pegajoso solo parecía saber cosas sobre las brechas espaciales. Entonces dejé de preguntarle cosas y él dejó de hablar; realmente, solo hablaba cuando yo le preguntaba. Fue así como permanecimos en silencio por un largo periodo, viendo el tiempo pasar.
Sin darme cuenta, poco a poco comencé a liberarme de la red hasta que casi me desprendí del todo. Antes de irme me despedí.
—Gracias por todo —le dije, mientras me desprendía de los últimos tentáculos que me unían a la red.
—Solo hice mi trabajo —me respondió en un tono despreocupado.
Realmente, no esperaba una respuesta más animada de este extraño de pocas palabras, pero igualmente estaba agradecido por lo que hizo. Ahora podía seguir en mi oscura monotonía.
Seguía mi camino una y otra vez atravesando el túnel del principio y el fin, aunque algo temeroso durante los recorridos, ante la posibilidad de poder desaparecer en una brecha espacial alguna vez, ahora que conocía de su existencia. La experiencia de encontrarme, literalmente, a punto de desaparecer en lo desconocido me había cambiado para siempre. Aunque mi oscura monotonía parecía ser la misma, yo no era el mismo y sabía que esa aparente calma en mi mundo podía verse interrumpida en cualquier instante.
¿Son acaso las brechas espaciales nuestro destino final? ¿Seguiré dando vueltas en estos caminos por siempre hasta que sea tragado por uno de esos enigmáticos y aterradores agujeros? Solo puedo hacerme más preguntas que antes, sin encontrar respuestas.
Transcurría así otro de mis recorridos habituales, repleto de caminos oscuros rodeado de viajeros rojos, pequeños pegajosos y extraños flexibles. Pude percibir que esta vez fui enviado muy lejos desde las cámaras, pues pasó un buen rato antes de alcanzar una zona más iluminada y fría en donde los túneles se iban estrechando. Fue entonces que presencié algo escalofriante.
En mi camino vi a cientos de viajeros rojos siendo atrapados por unas diminutas esferas doradas que los rodeaban hasta romper sus cuerpos, devorando su interior. Estas esferas, a pesar de sus pequeñas dimensiones, se agrupaban en forma de racimos alcanzando mayor tamaño y rodeaban así fácilmente a los míos, antes de desintegrarlos y devorar su interior. La estampa era horrorosa. Vi a muchos de los míos habiendo perdido su forma con el interior de sus cuerpos esparcido por todo el camino, tiñéndolo de un color escarlata intenso. Jamás pensé presenciar algo así, era espantoso. ¿Quiénes eran estos diminutos destructores? ¿De dónde habían salido? ¿Por qué nos atacaban hasta hacernos desaparecer de la forma más horrible?
Pero ahora yo estaba allí, en medio de esa masacre, y los pequeños monstruos venían a por mí. El pánico que recorría mi cuerpo me dejó helado. Cuando pensé que no podría haber algo peor que una brecha espacial, mi camino me llevó a esto. Intenté escapar, pero me fue imposible moverme en otra dirección que no fuera la que dictase la fuerza que dominaba nuestro mundo, por lo que me rodearon rápidamente en grandes grupos. Se aferraban a mí y comenzaban a lastimar mi cuerpo, sentía cómo intentaban desgarrar toda mi existencia, todo lo que yo era, para devorar mi interior. Lo sabía, lo veía alrededor: mi destino final, dejaría de existir… ¿Estos eran los encargados de acabar con mi oscura monotonía? ¿Eran alguna especie de aniquiladores de mundos, venidos de una dimensión desconocida? ¿Por qué el fin de la existencia tenía que ser tan miserable?
Ni siquiera tuve tiempo de reaccionar. Tan rápido como vi el desastre en mi camino, me vi envuelto y sin escapatoria. ¿Qué podría hacer yo, un simple viajero rojo que no hace más que flotar sin rumbo propio, que solo puede moverse dejándose llevar por esa fuerza que guía nuestras existencias desde que puedo recordar y que, paradójicamente, es la misma fuerza que me trajo aquí, al final de mi existencia?
Quizás aquel pequeño pegajoso no debió salvarme nunca, así ahora no estaría sufriendo de esta manera tan penosa… Casi no podía ver nada a mi alrededor, sabía que, finalmente, el momento de terminar mi existencia había llegado, o eso pensaba.
De pronto pude ver nuevamente de forma clara a mi alrededor. Esos pequeños destructores se separaban de mi cuerpo, por increíble que pareciera. Grande fue mi sorpresa cuando me percaté de por qué estaba sucediendo esto: me vi rodeado de extraños flexibles que extendían sus largos brazos para arrancar estos racimos de pequeñas esferas doradas de la superficie de mi cuerpo antes de que me desintegraran, haciéndolos desaparecer en sus propios cuerpos. Literalmente, estaban engullendo a los invasores.
Aparecieron muchísimos extraños flexibles, venían desde todas direcciones del camino e incluso salían de en medio de las paredes del túnel, atravesándolo. Era increíble lo elásticos que podían llegar a ser sus cuerpos. Devoraban a los pequeños invasores como si fuese algo placentero. Quién sabe, quizás lo era para ellos. Vaya si eran extraños estos tipos, pero me salvaron a mí y a muchos de los míos que tuvimos la desventura de estar en el momento y lugar equivocados en ese recorrido; ya nos podía haber tocado cualquier otra ruta de los habituales caminos oscuros y monótonos.
Reconozco que empecé a sentir cierta aversión por la extraña fuerza que domina nuestro mundo. ¿Qué buscaba enviándome allí? Probablemente, nunca lo sepa. Cuando me encontraba a salvo, intenté hallar respuestas a mis interrogantes, preguntando a todos los extraños flexibles que estaban en el lugar, pero estos tipos hablaban incluso menos que el pequeño pegajoso que me salvó de caer por la brecha espacial en aquella ocasión. Sencillamente, no me hablaban, aunque sí daba la impresión de que intercambiaban mensajes entre ellos asiduamente utilizando un código desconocido, que solo entendían ellos.
Cuando todos los diminutos monstruos dorados desaparecieron, me sentí libre de seguir mi camino.
—Gracias por salvarnos a todos —le dije al extraño flexible que me salvó y a algunos otros de los suyos que estaban cerca.
Cuando les hablé se giraron hacia mí por un momento, solo para darse la vuelta casi de inmediato y comenzar a retirarse. Nunca me respondieron de ninguna manera ni devolvieron mis palabras de gratitud. Así como llegaron, comenzaron a irse en todas direcciones, muchos de ellos atravesando las paredes del túnel.
Seguí mi camino, con más incógnitas que antes dentro de mí. Me dejé llevar por la gran fuerza motriz de mi mundo, dirigiéndome a las cámaras y al túnel del principio y el fin nuevamente, si es que no aparecía algún otro extraño monstruo para tratar de devorarme, claro estaba. Esperaba que no sucediera, no podía ser tan desafortunado en un solo recorrido.
Tuve la fortuna de encontrarme con otro de los míos que no veía hacía mucho; realmente, era muy difícil coincidir con alguien más de una vez en estos recorridos que parecen infinitos y entiendo que, al parecer, somos millones, incluso puede que los viajeros rojos seamos incontables. Lo considero un viejo amigo, aún recuerdo la primera vez que hablamos. Apenas era consciente de mi existencia y me asustaba todo, pero él me explicó, a su modo de ver las cosas, en qué consistían los recorridos, lo cíclicos que eran y que se repetirían muchísimas veces. Fue así como llegué a comprender mejor mi existencia en la oscura monotonía.
Se veía algo más pequeño que la última vez, con un aspecto cansado y debilitado, como si le hubiesen robado parte de su energía vital. Era la tercera vez que nos encontrábamos desde que tengo recuerdo y nunca lo había visto así.
—¡Hola, Jack! Ha pasado mucho tiempo desde la última vez —saludé a mi amigo, a quien, por cierto, llamaba Jack el Rojo o, sencillamente, Jack.
—Hola, pequeño. Sí, han sido muchas veces por el túnel del principio y el fin, como tú lo llamabas si mal no recuerdo —me respondió algo dubitativo.
—Así es. No tienes ni idea de todo lo que me ha pasado desde la última vez. Estuve a punto de desaparecer un par de veces… —le dije riendo algo nervioso, recordando lo mal que lo pasé.
Fue así como relaté a mi viejo amigo Jack todas las desventuras por las que tuve que atravesar en mis amargas experiencias con las brechas espaciales y con los pequeños monstruos devoradores de viajeros rojos. Le conté estos acontecimientos con la mayor cantidad de detalles que pude, pues aunque habían sucedido algún tiempo atrás, podía recordar dichas experiencias claramente como si acabaran de suceder.
Escuchó mis historias, pero no parecía impresionarle mucho. Me contó que vio otras brechas espaciales a lo largo de sus recorridos, aunque nunca le tocó estar tan cerca de caer por una de ellas como me pasó a mí. Por otra parte, los pequeños devoradores dorados no eran los únicos monstruos que había logrado ver el viejo Jack a lo largo de su existencia; existían otros mucho más grandes y terroríficos.
¿Qué tan grande podía ser nuestro mundo? Sentía que las rutas eran parecidas, pero nunca iguales, salvo en las cámaras y en el túnel del principio y el fin.
—Jack, ¿qué es lo que sabes sobre los pequeños pegajosos y los extraños flexibles? Aunque el pequeño pegajoso que me salvó de desaparecer en aquella ocasión me contó algunas cosas sobre las brechas espaciales, los extraños flexibles solo me ignoraron como lo hacen siempre y no respondieron ni siquiera a mis palabras de agradecimiento. Esos tontos creen que están por encima de nosotros, solo por sus raros cuerpos y habilidades extrañas —le dije a Jack algo molesto, recordando a esos tipos.
Su respuesta cambiaría mi forma de pensar para siempre.
—Pequeño, alguna vez pensé así, pero ¿sabes?, en realidad el tonto eres tú… —Hizo una pausa larga antes de continuar—: ¿Crees de verdad que si ellos pensaran que están por encima de nosotros, se esforzarían tanto en haberte salvado de desaparecer en dos ocasiones a ti y a muchísimos otros de los nuestros? ¿No te parece absurdo?
—No lo sé, Jack, pero esos tipos nos han ignorado desde que puedo recordar y se niegan a darnos respuestas, y sé que ocultan muchas cosas —le respondí algo enfadado.
—Si no te dan las respuestas que buscas será porque no es necesario que sepas todo ello o porque ellos no son los indicados para hacerlo, no porque crean que son mejores que nosotros. He vivido muchas cosas y pasado por peores situaciones que las que te tocaron a ti. Créeme, pequeño, estoy seguro de que obtendrás las respuestas que buscas alguna vez. Solo vive, sigue recorriendo estos caminos movido por la fuerza motriz de nuestro mundo…
Jack quedó detrás de mí sin poder avanzar más. Sin darnos cuenta del recorrido, estábamos en un lugar donde las paredes tenían un aspecto fuera de lo común y en donde era muy difícil moverse, incluso mucho más que en el túnel del principio y el fin. De pronto, en un tramo del camino, Jack era incapaz de avanzar más, su cuerpo rígido no podía adaptarse a estos extraños y estrechos túneles.
—¿Por qué? Siempre podemos avanzar, Jack. ¿Por qué te quedas allí? Esto no puede estar pasando… —hablaba con Jack a medida que me iba alejando lentamente, llevado por la fuerza motriz de nuestro mundo.
Veía muy preocupado como me iba alejando cada vez más y más. Comenzaba a perderlo de vista.
—¡Vive y recuerda este momento, pequeño! —Fue lo último que pude escuchar decir al viejo Jack.
—¡Jack, no! ¡Tienes que salir de allí! Nuestro viaje no ha terminado —grité lo más fuerte que pude.
«Viejo tonto, no puedes quedarte allí, tenemos que volver al túnel del principio y el fin. ¡Maldición!». Lo último que vi del viejo Jack fue que estaba rodeado de unos enormes extraños flexibles que no había visto nunca.
La fuerza motriz comenzaba a acelerar mi cuerpo, cada vez iba más rápido y me alejaba de estos estrechos túneles, hasta que en poco tiempo me encontraba en las cámaras y, nuevamente, en el túnel del principio y el fin. ¿Por qué tuvo que quedarse? Viejo Jack, espero verlo nuevamente. Quizás tenga una suerte grandiosa y pase por el mismo lugar en un próximo recorrido.
Las palabras de Jack se quedaron dando vueltas en mis pensamientos, quizás nada de lo que pensaba era realmente así. Era posible que todos estuviésemos allí cumpliendo un rol para lograr un objetivo mayor en realidad. Alguna vez me dijeron: «Nacemos por el deseo de un ser superior invisible, y nuestra razón de ser es circular por una red de túneles por siempre». Sí, ese fue el viejo Jack. ¿Qué habría tenido que experimentar Jack en su vida para llegar a una conclusión como esa? Y ahora me dijo: «¡Vive y recuerda este momento, pequeño!». ¿Qué quieres que recuerde? ¿El cómo te quedaste atascado en un túnel? Es difícil saberlo, no entiendo del todo a este viejo.
Las respuestas que busco están ahí, delante de mis ojos, en cada viaje, en las cámaras, en el túnel del principio y el fin, en los extraños flexibles, en los pequeños pegajosos, en los viajeros rojos. Yo lo sé, pero no soy capaz de verlo. Quizás el tonto sea yo, como dijo el viejo Jack.
Este podría ser el principio o el final, si es que existe alguno. Creo que son ambas cosas a la vez, por eso le llamo el túnel del principio y el fin. Me encuentro en un espacio muy pequeño, es muy estrecho aquí. Voy moviéndome muy lento, en una larga fila, con muchos como yo delante y detrás. A medida que avanzamos siento que voy a explotar, pues el espacio se hace más estrecho cada vez y, aunque parezca que no podemos movernos más, siempre conseguimos avanzar. Hay algo, una extraña fuerza, la fuerza motriz que domina nuestro mundo y que nos mantiene siempre en movimiento. Es como un impulso muy grande que mueve todo este fluido y a nosotros, que estamos en medio de este.
Sucedió muchas veces más, incontables veces. Veía aparecer a otros viajeros rojos que parecían estar llenos de energía vital, pero yo me veía cada vez más lento, con menos ganas de hablar. Puedo escucharlos, cómo hablan, cómo gritan muy fuerte en las cámaras y al salir de ellas impulsados por la fuerza motriz que domina nuestro mundo. Se ve que no tienen ni idea de que pueden desaparecer en una brecha espacial en cualquier momento o ser desintegrados por algún monstruo devorador de mundos. Muchos de ellos nunca han atravesado el túnel del principio y el fin ni han estado en las cámaras y apenas se han percatado de la presencia de los extraños flexibles y los pequeños pegajosos.
Algunos de estos nuevos viajeros rojos me hablaban durante los lentos tramos del túnel del principio y el fin, haciéndome todas las preguntas que me formulaba a mí mismo en el pasado, desde que tengo recuerdo. Los escuchaba atentamente, sus tontas creencias, les contaba mis experiencias y todo lo que sabía, para finalmente transmitirles las palabras del viejo Jack: «Nacemos por el deseo de un ser superior invisible, y nuestra razón de ser es circular por una red de túneles por siempre». Creo que es lo más cercano a la verdad absoluta a lo que puede aspirar a llegar mi entendimiento.
