Vivir, con el miedo o sin él - Sandra Blázquez - E-Book

Vivir, con el miedo o sin él E-Book

Sandra Blázquez

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Beschreibung

¿Alguna vez has sentido alguna emoción que inmediatamente has rechazado? ¿Alguna vez has sentido miedo, tristeza o rabia y no has querido tenerlas? A veces, cuando la vida nos duele, nos oponemos a ello porque pensamos que si queremos ser felices no tenemos que sentir dolor. Sin darnos cuenta de que, al rechazar la emoción, nos estamos perdiendo la vida misma. Este libro es un viaje en el que, a través de diferentes historias, podrás pararte a mirar y mirarte. Podrás atravesar cada una de tus emociones para redescubrirte de nuevo y mejor. Podrás amar lo roto y abrazar lo bueno. Un viaje que te permitirá adentrarte en las vidas de unas personas que, sin quererlo, te mostrarán lo maravillosa que es la vida, a pesar de todo, y lo importante que es vivir, con miedo o sin él. Todas las historias que vas a leer son reales. Abróchate el cinturón porque despegamos.

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Seitenzahl: 304

Veröffentlichungsjahr: 2024

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Sandra Blázquez

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz Céspedes

Diseño de cubierta: Rubén García

Supervisión de corrección: Celia Jiménez

ISBN: 978-84-1181-998-5

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

.

A Liam, que estuviste dentro de mí cuando escribí gran parte de este libro, sé que mucho me lo chivaste tú.

Prólogo

… Si tuviera que introduciros con estas palabras en las vivencias que transmite este libro, sería imposible. Cuando las emociones son tantas se devalúan al no poder plasmarlas, y no llegaría jamás a transmitir el nivel de compromiso y amor que Sandra ha vivido.

Cuando el dolor es tal, parece que solo el amor a raudales lo puede derrotar. No hay miedo en su hacer, sino compromiso y entrega y un infinito respeto y empatía hacia una cultura tan distinta a la nuestra. No hay juicio, pero sí una mirada que sobrevuela una realidad que, desde aquí, ni olemos.

Gracias, gracias, gracias por no decaer, por seguir tu propósito de vida, que alimenta nuestra alma y esos estómagos dañados y agujereados por el hambre.

Gracias por mostrarnos el camino desaprendido sin juicio, por enseñarnos qué es el éxito, por recordarnos que para dar hay que tener, por no perder por miedo a perder… Porque el dolor y las cicatrices pueden ser un gran motivo para seguir, para darte la vuelta como un calcetín como hizo Mary con los besos que no le dieron…

Gracias, Sandra, por hacerme comprender con tu libro que en la acción y en el amor somos infinitos, y que las semillas crecen…

Porque las palabras más peligrosas son tres: YA LO SÉ, y que el no saber te da un infinito poder.

El pensamiento es algo tan poderoso que nos lleva a sentir para poder ser. Y no, no estamos locas, soñar nos da la acción para poder materializar y atraer los sueños más insospechados.

Espero que después de leer este libro, tengáis un feliz despertar, que vuestra mente coja conciencia y le deis la mano a un mundo que, aunque no se parezca al nuestro, os permita entender que no hay nada que perdonar.

Sentimos la necesidad de abrazar a la niña que aún llevamos dentro y que de múltiples maneras seguimos alimentando, amando lo roto y dedicándole nuestra entrega a construir, a reconstruir un mundo mejor, desde lo más chiquitito… Apadrinar un instante de esos niños y niñas sembrará la semilla que te hará infinito.

Sandra, María, Mary, Ekai, Peter, Susan y los 276 niños y niñas que estáis en Idea Libre: quiero con vosotros mucho más que pan y cebolla.

Melani Olivares

Carta de Nathungura

Con ocho años todavía no había ido al colegio. Mi tarea diaria era cuidar de mis hermanos pequeños. En aquel momento mi madre tenía siete hijos y se pasaba el día sentada en la puerta de la casa sin hacer nada. Por las tardes me enviaba a cortar leña y cuando volvía tenía que ir a las casas de los vecinos a pedir comida. Muchas noches me iba a dormir sin haber comido nada en todo el día. A veces estaba tan débil que me sentía incapaz de hacer las tareas de la casa.

Dormíamos en el suelo, encima de unas bolsas porque no teníamos cama ni colchón. Me ponía mala muchas veces del frío que pasaba sin ni siquiera una manta para taparme.

Me siento muy triste cuando pienso que la vida en casa sigue igual.

Por fin mi madre me dejó ir al colegio. Un colegio que estaba a cinco kilómetros de casa, al que tenía que ir andando, descalza, sin haber desayunado, y volver por la tarde sin haber comido. En clase éramos ochenta niños.

Solo estuve yendo durante un trimestre porque mi madre se enteró de que iban a empezar a dar clases debajo de unos árboles que había cerca de casa. Me llevó para preguntar si me admitían y me admitieron. Fue entonces cuando conocí a Sandra y a María. Estuve estudiando allí cada día hasta que construyeron las dos primeras aulas.

El colegio ha cambiado mi vida. Estoy aprendido cosas como a vivir en paz y armonía.

Y estoy estudiando mucho porque quiero ser médico. Sé que lo voy a conseguir.

Pauline Nathungura. Diecisiete años.

Nathungura el día que empezó en secundaria.

.

Los nombres de los niños y niñas de las historias que vas a leer han sido cambiados para su protección.

1 Al mismo tiempo

—Vamos, despierta, que no haces nada ¡eres una vaga!

Susan se reclinó, perdiendo el contacto con el suelo, frío y sucio, al que había estado abrazando toda la noche.

Todavía no había salido el sol, pero para su tía ya era demasiado tarde. Susan tenía que ir a por agua, fregar los cacharros de la cena que el día anterior no le dejaron probar, lavar la ropa del tío y estar pendiente de su hermano.

—Espero que cuando vuelva esté todo perfecto, si no, me obligarás a pegarte más fuerte que ayer.

Y la tía de Susan se alejó de la casa, mientras la niña, deseando verla desaparecer, cogió su cuaderno para repasar todo lo que aprendió cuando iba al colegio. Sabía que dejar la escuela con diez años era demasiado pronto, y se negaba a olvidar esas sumas y restas que la hacían soñar con ir a la universidad porque, aunque nunca había conocido a nadie que hubiese ido a la universidad, sabía que lograr eso era algo importante, y ella se merecía cosas importantes, porque antes de que su tía se la llevara lejos de sus padres con la falsa promesa de que iban a ser solo unos días, su mamá le decía que era lo más importante de su vida. Y si era importante para mamá, era importante para el mundo.

Seis meses habían pasado desde que vio por última vez a su madre, cuando su padre y su tía, que además de hermanos eran muy amigos, hablaron a escondidas y pactaron que Susan dejaría el colegio y se iría con sus tíos a limpiar, cocinar y a hacer todo lo que la tía le pidiera sin rechistar. Ni Susan ni su madre escucharon aquella conversación, y la propuesta fue que la niña se iba unos días de vacaciones a casa de su tía, a lo que Susan accedió encantada, con ganas de conocer aquel lugar llamado Chumvi, un pueblo nuevo al que nunca se había imaginado poder ir, ya que estaba a dos días de viaje y había que ahorrar mucho dinero para pagar el transporte. Cuando la tía cogió de la mano a Susan para irse, Mark empezó a llorar desconsolado: estar lejos de su hermana era lo peor que le podían hacer, decía. Y al oír esto la tía, le cogió de la mano a él también y le montó en el autobús.

Susan cerró su cuaderno y se sentó cerca de su hermano. Los primeros rayos del sol se colaban entre las ramas que formaban las paredes de la casa y chocaban con él, permitiéndole ver su cuerpecito, dormido entre el polvo, cada día más delgado. Tan delgado ya que pareciera que le estuviera echando un pulso a la vida. Le acarició la cara. Esa cara que hace unos meses la vestía con la sonrisa más bonita que jamás había visto y que no había vuelto a ver.

Mark abrió los ojos, despacio, y la miró.

—Tengo hambre, Susan, quiero comer.

Hacía días que no hablaba, y aunque fuese el hambre lo que le había hecho hablar, a Susan le pareció un mundo de esperanza saber que su hermano, de cuatro años, todavía no se había rendido.

—Te juro, Mark, que voy a encontrar una solución. Te juro que vamos a volver con mamá. No sé cómo, pero lo vamos a conseguir.

***

—Y ahora la carne —dijo el camarero. Le pedí que no me la sirviera, estaba llena y no tenía muy claro que fuese a poder comérmela. Acababa de terminarme el pescado que me habían servido hacía quince minutos y que me comí pensando que era lo último. Nos habíamos sentado en la mesa después de estar una hora y media de catering, donde no habían dejado de pasar bandejas llenas de cosas riquísimas a las que no fui capaz de resistirme y había querido probar casi todas.

—¡¡Vivan los novios!! —gritaron desde una mesa a la que todos respondimos:

—¡Viva!

Yo estaba muy contenta, se casaba una persona importante para mí, y estaba feliz por ella, aunque tengo que confesar que un poco descolocada con la fiesta.

En la sala había unas doscientas personas, todas muy arregladas para la ocasión. La gente bebía y comía sin fin mientras charlaban de cualquier cosa. Se tiraban trozos de pan de una mesa a otra para hacerse reír. Mientras me bebía el sorbete de mandarina que nos acaban de servir, los camareros retiraban los platos para dejar paso al postre. Se acercaban a unas bolsas de basura gigantes y tiraban todo aquello que los comensales, cada vez más llenos y hartos de comer, no habían querido. Kilos y kilos de comida fueron a la basura, filetes de carne enteros sin probar, trozos de queso, lomo y jamón, langostinos, pescado y por supuesto, el famoso pan que había servido de entretenimiento a esos cuatro de la mesa de al lado.

Llegó el momento del baile y nos llevaron a una sala oscura con luces de colores y una mesa enorme llena de vasos donde el camarero nos servía lo que nos apeteciera beber: barra libre. Esperé media hora para no irme tan pronto y que no pensaran que era la rara, aunque así me sentía, y en cuanto tuve oportunidad me despedí de los novios, me quité los tacones y me fui andando descalza al coche. Quería madrugar al día siguiente para terminar todo lo que había dejado sin hacer por la mañana. Era sábado, y no se me olvidó ni un momento que mis ciento cincuenta niños no habían comido en todo el día y que tampoco lo harían al día siguiente. Me quedaba la esperanza de saber que el lunes sí lo harían, para eso llevábamos cinco años trabajando María y yo.

En el coche, mientras conducía, de noche, alumbrada por un trozo de la luna, pensaba en cómo nos cambia la perspectiva del mundo según lo que hayamos vivido. Y cómo, lo que para algunas personas es importante, otras ni lo ven. Y al revés. No creo que la vida vaya de discutirla, no creo que vaya de tener razón, de convencerte ni de hacerte cambiar de opinión. Creo que va más de sentirla, con todo. Para mí, aquella boda estaba pasada de rosca. Y para la novia, fue un día perfecto, el más importante de su vida. ¿Quién tiene la razón? Esta pregunta no tiene sentido. Así que me hago las siguientes: ¿qué hemos vivido para defender unas cosas u otras? ¿Cómo hemos interpretado aquello que hemos vivido? Y antes de meterme en la cama, me hice la última pregunta de los millones que me hago cada día: ¿estamos viviendo lo que nos lleva a construir el mundo que queremos o lo que nos lleva a destruirlo?

Una vez más, vuelvo a sentir la capacidad que tenemos todas y cada una de las personas de este planeta para hacer que la vida sea más bonita y observo a gente que no es consecuente con sus actos, y no porque no quiera, muchas veces es porque no se ha parado a mirarlo. Así de simple y de difícil a la vez. No pararse a mirar… quizás porque la vida no le ha planteado ninguna gran pregunta y la persona no ha sentido la necesidad de tener que hacerlo. O quizás ha mirado y ha decidido vivir con los ojos vendados. Sea como sea, intuyo que tiene que ser así. Y no tiene sentido esperar a que todo cambie. No tiene sentido reprocharte lo que no me gusta de ti. Le veo más sentido a escarbar dentro de uno mismo, de nuestra infinidad… y vivir acorde a lo que encontremos ahí dentro. Y de forma mágica, dejas de ocuparte de lo que tendría que hacer el resto y haces lo que a ti te corresponde.

Aquella noche mi corazón me enviaba a casa, a descansar para estar bien despierta al día siguiente.

Miré el teléfono antes de dormir y tenía un whatsapp de Mary de hacía tres horas: «San, ¿has mirado la luna hoy? Dime cómo está para saber si es la misma que yo veo».

Sabía que no me respondería porque en Kenia eran dos horas más y estaría dormida, aun así, le contesté: «Sí, Mary, la he visto, y te prometo que es la misma que la tuya».

Y al darle a enviar recordé que por muy lejos que estemos, por mucho que algunos se empeñen en llamarlo el tercer mundo siendo el mismo que el nuestro, compartimos mucho más que la luna.

2 Cinco años y muchas vidas

A la semana siguiente de aquella boda, María y yo facturábamos las maletas para volver a Kenia, como hacíamos desde hacía años cada tres meses: un mes en Kenia, tres en España y así sucesivamente. Esta vez María tenía el pie roto y caminaba con la ayuda de unas muletas, algo que sabíamos que no iba a ser fácil en Chumvi… aun así, en ningún momento se planteó dejar de venir.

El vuelo salía a las ocho de la tarde desde Madrid, ya habíamos pasado los controles del aeropuerto y esperábamos leyendo a que abrieran las puertas de embarque.

Entramos en el avión mientras hablábamos de Joyce, una de nuestras niñas del colegio, que se había tragado una canica y la habían tenido que llevar en ambulancia desde Chumvi hasta Nairobi (cinco horas de trayecto) para operarla de urgencias y que no se asfixiara. Al menos su padre había ido con ella y no estaba sola, no todos tienen tanta suerte. Nuestra idea era aterrizar por la mañana en Nairobi e ir directamente al hospital para pagar la operación y que le dieran el alta, pues si no pagas, te retienen hasta que pagues, y si no lo haces te vas endeudando y sales del hospital con una deuda que te perseguirá toda la vida: una deuda por seguir vivo.

Cincuenta minutos después de esperar sentadas en el avión habló un miembro de la tripulación y pidiendo disculpas nos dijo a todos los pasajeros que teníamos que abandonarlo. Ayudé a María a recoger sus muletas y salimos sin saber qué estaba pasando. Nos sentamos cerca de la puerta de embarque, en el suelo, y ocupamos las siguientes dos horas imaginando adónde iba o de dónde venía cada persona que pasaba a nuestro lado, inventando historias, la cual más atractiva, para hacer que el tiempo se pasase lo más entretenido posible. No era la primera vez que nos cancelaban un vuelo y habíamos prometido no estresarnos.

Dos horas después, volvieron a abrir la puerta de embarque y vimos cómo la gente se colocaba para entrar los primeros, se colaban unos a otros con el afán de llegar antes al avión. Me cuesta mucho comprender este tipo de comportamientos tan habitual adonde vayas… siempre me ha parecido mejor pensar de forma global que de forma individual, si tú pierdes yo también pierdo, esto la mayoría de la gente no quiere verlo. No me sirve de nada pelearme contigo para llegar la primera, si hago eso, ya he perdido, ya me da igual llegar la primera. Si miro por mí, pero también miro por ti, tú ganas y yo gano, y entonces quién llegue primero ya no es tan importante, porque los dos hemos ganado. Cuando ya estábamos todos sentados de nuevo en el avión, volvieron a comunicarnos que teníamos que abandonarlo, parecía una broma…

Una vez más, salimos a la terminal y a diferencia de la anterior, una azafata nos entregó a la salida un papelito donde nos informaban qué teníamos que hacer para reclamar el dinero del billete: vuelo cancelado.

Ahora ya sí empezábamos a estresarnos… Le habíamos prometido a Joyce que a la mañana siguiente sobre las diez iríamos a buscarla, habíamos llamado a Steven, nuestro amigo conductor, para que viniera a Nairobi a buscarnos y nos había dicho que ya estaba en Nairobi y que dormiría toda la noche en el coche para esperarnos en el aeropuerto.

Se formó una cola enorme para pedir explicaciones y poner reclamaciones y sabíamos que si ocupábamos la noche en eso no podríamos seguir avanzando. Tal y como ponía en el papel que nos acababa de dar la azafata enviaríamos a través de la web de la compañía toda la documentación necesaria para que nos devolvieran el dinero, pero mientras tanto, había que buscar la forma de llegar a Nairobi.

Cuando conseguimos llegar a la zona de los mostradores para comprar un nuevo vuelo ya estaban todos cerrados, así que nos sentamos para relajarnos y pensar qué podíamos hacer. Buscamos en internet y nuestra esperanza por llegar a Nairobi a tiempo se fue apagando… no había ningún vuelo que saliera en las próximas horas con una escala corta que nos permitiera llegar por la mañana. Desde España no hay vuelos directos a Kenia, así que lo siguiente era encontrar la menor escala posible. Parecía que no teníamos que llegar a la hora prevista porque nada estaba a favor: no había forma de encontrar un vuelo con menos de dos escalas. Ya estaba bastante cansada para seguir buscando cuando María encontró algo: vuelo dentro de cuatro horas con escala de ocho horas en Doha. Si hacíamos esto, llegaríamos a Kenia veinticuatro horas más tarde de lo que nos habíamos propuesto, a Steven le tocaría esperar un día entero en Nairobi y Joyce otro día de hospital, sin embargo, era lo mejor que habíamos encontrado. A la media hora de comprarlo abrieron el mostrador y facturamos de nuevo las maletas que habíamos tenido que recoger recorriendo medio aeropuerto con María en una silla de ruedas que nos habían prestado.

Y así fue, escala de ocho horas en Doha, con ordenador en mano, aprovechando el tiempo para reorganizar la semana, porque ya nada era como habíamos previsto. Desde nuestro primer viaje a Kenia sabemos que casi nunca serán las cosas como las planeamos, siempre puede pasar algo que lo desordene todo, siempre la vida nos hará preguntas y nos tocará responder una y otra vez. Creo que esto es algo que pasa a menudo cuando decides ir a por algo de lo que no tienes todo el control, y a mí me parece tan maravilloso como la vida misma. No digo que no pique cuando pasa, no digo que no sienta rabia cuando las cosas no salen como quiero, pero tengo que confesar que debajo de todo eso hay algo que me apasiona: poner en práctica la capacidad que tenemos para adaptarnos y resolver, me parece que eso nos hace inmensos.

En aquellas ocho horas de escala, además de reestructurar la agenda, de tomarnos un café y de montar en un carrito que nos llevó por el aeropuerto de un sitio a otro cuando María quería moverse, me dio tiempo para abrir mi cuaderno y escribir.

6 de octubre 2019

Tengo a mi derecha la lista de los niños y niñas que van a ir por primera vez a Nairobi. Hemos organizado un viaje para ellos porque sabemos que se lo merecen. Todavía no lo saben, ¡¡es sorpresa!! Son los mayores del colegio, están en tercero de primaria y en tres meses empiezan cuarto. Mientras leía sus nombres se me ha erizado la piel, son los niños y niñas que empezaron debajo de los árboles con nosotras, y crecen a la vez que el proyecto. Ya hemos construido seis aulas, y el mes que viene construimos otras dos. Este año hemos construido también un gallinero, una sala de profesores con un despacho, hemos hecho una instalación de agua para tener grifos y para poder regar y hemos escolarizado a otros veinticinco niños y niñas más. No suelo pararme a pensarlo, porque prefiero ocupar el tiempo en pensar todo lo que quiero hacer, pero creo que de vez en cuando viene bien mirarlo, y sin quererlo ahora me ha pasado. Vamos con el turbo puesto de querer siempre más, y de repente, con la lista de estos niños a mi derecha, me he dado cuenta de que ya no son los niños que conocí, cuatro años en la vida de un niño son muchos años, y eso mismo le ha pasado al proyecto desde que lo empezamos hace cinco. Y una sensación de vértigo ha recorrido mi cuerpo… ¿hasta dónde, Sandra? ¿Hay algún límite? He mirado a María, me he observado un momento, y he visto todo lo que sostenemos y por un segundo me ha parecido muy grande, como si ocupara más de lo que pudiera abarcar: ciento cincuenta niños y niñas a nuestro cargo y diez trabajadores con sus necesidades, sus familias y sus inquietudes que vienen a trabajar cada mañana porque confían en María, en mí y en lo que estamos haciendo.

Al segundo siguiente lo he visto diminuto, como si solo fuera el principio de algo gigante. Ni una cosa ni la otra son verdad, solo son percepciones que obtenemos según desde dónde las miremos. Pero dando permiso a esa posibilidad de verlo todo más grande que a uno mismo, observo cómo el miedo me atrapa y me dice que ya, que si sigue creciendo no vamos a ser capaces de mantenerlo. Y ahí me paro, y observo si verdaderamente necesito que el proyecto siga creciendo o es cosa del ego querer más. Y pienso en todos esos niños y niñas a los que todavía no he llegado y sé que por mucho vértigo que dé, seguir creciendo es el camino. En este punto, nunca habría querido seguir creciendo porque sí, algo muy común en nuestra sociedad, querer más y más y más y nunca conformarse porque nos han enseñado que cuanto más mejor, aunque no sepamos ni para qué queremos tanto. Sin embargo, en este caso, sé que querer más tiene mucho sentido, querer más es tocar la vida de un montón de niños y niñas a los que si no llegamos, su vida será un auténtico desastre. Saber esto también da vértigo, pero siento muy dentro de mí, a pesar de la responsabilidad y del miedo que conlleva, que tengo que hacerlo.

3 La vida no es justa ni injusta

Llegábamos a Chumvi agachadas dentro del coche para que no nos viera ningún niño. Cuando Steven aparcó, bajamos corriendo y nos metimos en una de las clases gritando: «Good morning!!». Se levantaron todos de las sillas y corrieron a abrazarnos gritando: «Welcome, welcome!!». Esos momentos son de nuestros favoritos cada vez que volvemos al colegio, lo hacemos de sorpresa y se vuelven locos, es muy divertido.

A Joyce ya le dieron el alta en cuanto pagamos la factura del hospital y se volvió con nosotras a Chumvi, la dejamos en casa para que descansara.

Mary nos esperaba en el despacho para darnos la bienvenida y ponernos al día de lo que había pasado en Chumvi mientras viajábamos. El resto lo sabíamos todo porque cuando estamos en España hablamos por WhatsApp con ella desde por la mañana hasta por la noche, nos va contando lo que pasa y así estamos al corriente de todo siempre y podemos tomar mejor las decisiones, sobre todo cuando es algo urgente.

Sin embargo, con el tiempo hemos aprendido que lo que para Mary es «todo» para nosotras es «casi todo». Esto al principio nos costó mucho aceptarlo, no entendíamos por qué no nos contaba «todo» y con el tiempo hemos observado que las cosas que no nos cuenta es porque para ella no son importantes, las pasa por alto porque seguramente ni las ve, cosas que abundan en su día a día y son totalmente normales y que por el contrario a María y a mí pueden llegar a paralizarnos. Ahí tomamos consciencia, una vez más, de cómo cada uno ve la vida de una manera y lo que para uno puede ser importante, para otro ni existe. Y esto pasó con Pauline.

Terminaron las clases y después de la asamblea que hacen cada tarde para despedirse, se quedaron jugando y haciéndose los remolones para no volver a casa ya que siempre nos piden quedarse más tiempo en el colegio porque es donde se sienten protegidos.

María y yo les observábamos a todos, con sus mochilas, sus risas, sus ganas por seguir jugando sin importar el tiempo, y nos llamó la atención ver a Eyoya salir corriendo. Francis, el vigilante del colegio, ya había abierto la puerta y no le sorprendió que Eyoya saliera el primero y con tanta prisa. Pero a nosotras sí nos llamó la atención. ¿Adónde iba él solo y tan rápido?

Le preguntamos a Mary y nos dijo que había vuelto su madre, después de cuatro años desaparecida, a casa de la hermana, donde estaba viviendo Eyoya, rendida y agotada. Había venido a morirse.

—Pero, ¿cómo que ha venido Pauline? ¿No estaba muerta? —le preguntó María.

—Eso pensábamos todos —respondió Mary—, pero hace una semana apareció, más delgada que nunca y se alojó en la casa de la hermana.

Nos quedamos en shock. La mamá de Eyoya estaba viva, y Eyoya no pensaba perder un segundo más sin ella. Por eso al terminar el colegio salía corriendo y al llegar a la casa, sin hablar, se sentaba a su lado y no le importaba nada más.

Sin haber terminado la conversación con Mary, fuimos corriendo a verla, necesitábamos entender un poco más, necesitábamos ayudar a Eyoya, nuestro niño huérfano que dejó de tener los dientes de leche para empezar a convertirse en un hombrecito de siete años. Su sonrisa intacta había desaparecido. La inocencia de niño se había esfumado. La vida le apretaba demasiado y había decidido incluso dejar de jugar.

Al entrar en la casa los vimos a los dos en un silencio absoluto. Ella medio tumbada en el suelo, él sentado a su lado sin mirarla. Y es que él no quería que se le notara lo que le importaba su madre. Porque él era un chico duro, al que nada ni nadie le haría temblar. Hacía tiempo que había decidido no permitirse el dolor, y mucho menos que el resto lo viera. Así que salía corriendo del colegio, llegaba a la casa, se quitaba la mochila y los zapatos y se sentaba al lado de su madre mirando hacia otro lado como si hubiera caído allí por casualidad. Se asomaban los amigos a la puerta y le llamaban para jugar y él respondía que estaba ocupado. Cuatro años habían sido muchos para estar sin su madre. Necesitaba recuperar el tiempo. Demasiadas noches sin ella. Demasiados momentos sin tener a alguien a quien abrazar cuando algo duele. Porque vivir en casa de la tía con nueve primos le había dejado el último de la fila. Porque desde el día que se fue su madre y le dijeron que estaría muerta no dejó de esperarla. Ya no había abrazos, ni esperanza de que los hubiera. Pero el hombrecito Eyoya estaba dispuesto a ayudar a su madre en lo que necesitara, quería evitar por todos los medios que se sintiera sola sin darse cuenta de que quien quería estar acompañado era él.

—Hola, Pauline, estas son María y Sandra —dijo Mary.

—Sí, ya me han hablado de ellas, sé lo que están haciendo por los niños de Chumvi.

—Hola, Pauline —dijimos María y yo.

Y acto seguido el silencio volvió a invadir la habitación. Nunca había visto a una mujer tan delgada, pesaba treinta y dos kilos. Tenía la tripa hinchada, por la desnutrición, y el trapo que hacía de falda dejaba intuir unas piernas que me aseguraban que sería imposible mantenerla de pie. Eyoya no nos miró ni una vez, pensaría que si no nos mirábamos no le veíamos. Tampoco miró a su madre.

—Pauline, ¿qué necesitas? —le pregunté.

Quería saber hasta dónde ella estaba dispuesta a hacer algo por su vida o si ya se había rendido como decía Mary.

—No necesito nada, estoy bien.

No había sido una pregunta acertada, o no en aquel momento. Mi impaciencia me hizo ir más rápido de lo que la situación pedía.

—¿Nos podemos sentar? —le preguntó María.

Pauline nos dijo que sí y se disculpó por no tener sillas.

Nos sentamos en el suelo, en frente de ella, guardando la distancia suficiente para que no se sintiera invadida.

Me moría de ganas por saber dónde había estado todo este tiempo, qué la había llevado a salir corriendo y si había echado de menos a Eyoya.

Aunque ya le habían hablado de nosotras, decidí contarle nuestra historia. No sé si le quedaba confianza en algo, pero quería ganarme la mía.

Le confesamos que su hijo había sido uno de los principales motivos por los que habíamos construido aquella escuela. Le contamos que el camino no era nada fácil pero que estaba mereciendo la pena. Y le hablamos de todo lo que soñábamos hacer en los próximos años. No nos hizo ninguna pregunta. Y después de otro ratito en silencio decidimos levantarnos y dejarla tranquila.

—Me duele mucho el estómago, no tengo dinero para el transporte para ir al hospital y andando no puedo ir. Me van a recetar pastillas y no puedo pagarlas. Necesito que me deje de doler.

Y empezó a llorar.

Estabamos a punto de salir por la puerta cuando sus palabras nos frenaron. Nos volvimos a sentar, esta vez más cerca de ella.

Mary se salió de la casa para que no la viéramos llorar también.

Entró de nuevo, hablándonos en inglés para que Pauline, que solo hablaba turkana, no la entendiera.

—No os imagináis lo guapa que era esta mujer. La estoy mirando a los ojos y no me creo que sea Pauline. ¿Por qué la vida hace estas cosas?

No podíamos entrar ahí. Entendía perfectamente a Mary porque el dolor me estaba atravesando el pecho y me impedía respirar con normalidad. Pero no era momento para quedarnos en eso.

—Mañana a las ocho de la mañana venimos a recogerte y nos vamos juntas al hospital. Te vas a poner bien, te lo prometo.

No sé de dónde me salió aquella promesa, tampoco tenía ni idea de si se iba a poner bien. Pero Pauline quería recuperarse, no se había rendido, y había que ir a por todas.

Al anochecer, con cuaderno en mano, no paraba de oír en mi cabeza la pregunta de Mary: ¿por qué la vida hace estas cosas?

Una persona a la que quiero mucho una vez me dijo: «Sandra, la vida es injusta, acéptalo». Y esa frase me persigue cada día. ¿La vida es injusta? Al salir de la casa de Pauline, podría pensar que sí lo es. Con todas las cosas que veo a diario desde que empecé con la ONG podría gritar a los cuatro vientos: ¡sí! ¡La vida es injusta! Y, sin embargo, no lo siento para nada así. La vida no es justa ni injusta. La vida simplemente es, y nosotros, muchas veces, nos empeñamos en que sea diferente, y eso la hace injusta. Querer cambiar o mejorar algo no va en contra de la vida, querer que la vida sea diferente sí. La justicia nos la hemos inventado nosotros. Y cada uno tiene sus propios valores para decidir hasta dónde es justo y cuándo empieza lo injusto. Por lo tanto, los justos o los injustos somos nosotros con nuestras acciones, ¡no la vida! En aquel momento, lo injusto para mí habría sido mirar para otro lado pudiendo hacer algo por Pauline, ¡¡eso sí que es injusto!! La vida nos ofrece a diario millones de posibilidades, somos cada uno de nosotros los que las convertimos en justas o injustas.

4 Ekai

Aquella semana pasaron muchas cosas que más adelante te contaré. Llegó el domingo y nos fuimos con Mary a visitar diferentes familias para captar nuevas necesidades y para seguir aprendiendo de todo lo que nos rodeaba. Es algo que hacemos muy a menudo porque en cada paseo aparecen cosas nuevas que ni nos imaginábamos. La casa de Mary está a siete kilómetros de Chumvi, cerca de la carretera principal, una zona con más vegetación y mejor comunicada. Mary dejó a Niffa, su hija pequeña, con la vecina, y Damian, el mayor, se vino con nosotras. Salimos de su casa, una casita de piedra sin agua, sin luz, pero bastante más confortable que las que podrías encontrar en toda la zona más próxima. Fuimos caminando entre los árboles, observando cómo los ratones salían y entraban de sus agujeros. Damian llevaba unas zapatillas nuevas, o quizás no tan nuevas, pero al ponérselas solo para momentos especiales, parecían recién compradas, le quedaban dos tallas más grandes, así que le alegraba saber que tendría muchos más momentos para poder llevarlas. Su madre se las había atado bien fuerte para que no se le salieran y a mí, que iba detrás, me daba la risa floja al ver cómo hacía esfuerzos para que no se le escaparan al andar.

Mary se paró a saludar a una mujer que lavaba a su hijo en un barreño, mientras sus otros tres hijos jugaban con unas piedras a un juego que trata de tirarlas hacia arriba e ir dando cada vez más palmadas mientras estas están en el aire. Empezó a sonar un llanto y supimos que venía de dentro de la casa. La mujer, que a la vez que bañaba a su hijo de dos años, cocinaba un hueso de jamón para todos los demás, se levantó y entró en la casa. Al segundo apareció con un bebé recién nacido.

La mujer se lo dio a Mary para poder limpiarse los mocos con la tela que hacía de camiseta y seguir bañando al de dos años.

—Este es Saúl, nació ayer —nos dijo Mary.

—¿Y dónde está la madre? —pregunté.

Mary soltó una carcajada y entre risas le traducía a la mujer lo que yo acababa de preguntar. Las dos se rieron como si les acabara de contar el mejor chiste de la historia.

—Esta mujer es su madre Sandra, ¿quién si no?

—Pero, ¿esta mujer dio a luz ayer?

En aquel momento yo sonaba ridícula, pero no podía creerme lo que estaba viendo.

—Ayer por la noche dio a luz, en esta casa.

—Pero, y ¿cómo lo hizo? ¿Llamó al médico? —preguntó María.

Otro chiste bueno les acabábamos de contar. Estaba claro que les estábamos entreteniendo la tarde.

—¿Qué médico? Vino la vecina que ayuda a todas las mujeres que dan a luz en casa y la ayudó.

—Pero, ¿dónde está el marido? ¿Y la familia?

—El marido se fue hace tres meses a buscar trabajo, volverá cuando haya conseguido algo de dinero. La familia está lejos y no pueden permitirse venir hasta aquí.

Y así, sin nada y con todo, esa mujer había dado a luz en casa y al día siguiente con una tos infernal y una congestión nasal que le había llenado la camiseta de mocos, bañaba a su hijo, cocinaba, cuidaba de los otros tres y le daba la bienvenida al más pequeño. Y se sentía afortunada por tener un trozo de jamón que le había regalado un vecino para poder beber un caldito y compartirlo con sus hijos.

Una vez que el bebé se había vuelto a dormir, Mary entró en la casa y lo dejó en la única cama que había.

Al despedirnos de aquella familia y alejarnos, oía la música que venía de la televisión que salía de la casa. ¿Cómo es posible que no tengan de nada y tengan televisión? Me encontré haciéndome esa ridícula pregunta. Desde luego, aquella tarde estaba sembrada con mis preguntas fuera de juego.

—Sí, tiene televisión y la pagan a plazos —nos explicó Mary.

—¿Cómo que la pagan a plazos? Pero si no tienen de nada, ¿cómo se lo gastan en una tele?

—Pagan cinco euros al mes, entre ella y las vecinas, durante dos años.

Y ahí comprendí que no todo es comer. Por muy mentira que parezca, cuando la vida duele tanto, a veces hay que salir de ella. Esa mujer y sus vecinas se sentaban cada tarde a las siete y media a ver una novela. Y seguramente aquella hora las ayudaba a sobrevivir, a coger fuerzas, a replantearse cosas, a coger aire limpio entre tanto polvo. Me sentí tonta al darme cuenta del juicio que acababa de hacer. No soy nadie para decidir si esa mujer tiene que tener televisión o no. No soy quién para juzgar si está bien o mal que en lugar de gastarse esos cinco euros en comida lo haga en poder ver la televisión. No tengo ni la más remota idea de cómo se siente esa mujer ni de lo que necesita. Lo único que sé, es que la noche anterior había dado a luz y en ningún momento dejó de cuidar a sus hijos.

Seguimos caminando en dirección a la casa de la madre de Mary. Una mujer que aparenta noventa años y que no debe de llegar a los setenta. Como tantas mujeres africanas, sacó a sus cinco hijos adelante mientras el marido se iba largas temporadas fuera y volvía cuando podía, o quería. Hizo todo tipo de maniobras para que ninguno muriera de hambre, aunque no pudo impedir los dolores agudos de tripa que este les producía. Ninguno de sus hijos fue a la escuela, excepto Mary, eso desembocó en dos hijas casadas con maridos de varias mujeres, más pobreza extrema y ningún tipo de esperanza. Otro de sus hijos, el más joven se busca la vida como puede y el mayor, John, hace trabajos de lo que se le presente con tal de terminar el día habiendo podido llevarse algo a la boca. Este último se casó con una mujer que al parir al segundo hijo decidió desaparecer sin aviso y dejarle con un niño de un año y medio y otro recién nacido. A John esto se le quedó gigante, así que decidió llevárselos a su madre para que cuidara de ellos.

Llevábamos en la mochila una caja de galletas como cada vez que íbamos a verles. Sabíamos que les volvían locos y que, además, sería lo único que comerían ese día. Al vernos aparecer, Ekai, el mayor, corrió hacia nosotras y se nos agarró como una lapa. El más pequeño, Peter, se quedó a nuestro lado sin dejar de mirar las galletas con los ojos como platos. Nos sentamos en la puerta de la casa y mientras Mary y