4,99 €
Olivia Almonte, Oli o Livi para sus familiares y amigos, es una hermosa mujer caribeña de piel de ébano, a la que le gusta la buena música, los helicópteros, las motos, el buen vino y el buen sexo. No cree en los príncipes azules ni en las princesas, y sí en quererse a uno mismo y luchar duro, a pesar de la opinión de los demás, para ser feliz y triunfar en la vida. A sus casi treinta y cinco años, siendo la quinta de seis hermanos, su empeño para que siga creciendo la empresa que con tanto esfuerzo ha creado junto a su familia le ha causado un sinfín de problemas. El mayor de ellos es conseguir dinero para poner en marcha los nuevos proyectos, lo que requiere una enorme inversión económica. Hasta aquí, todo bien; el problema es que su más segura fuente de ingresos sería una cuantiosa herencia, aún por cobrar, que tendrían que ir a reclamar sus hermanos y ella a Francia porque allí vivía su padre, un magnate de la industria licorera, que en los últimos años se dedicó a la política. Livi y toda su familia son los dueños de una de las empresas turísticas más importantes de República Dominicana; siempre han sido muy discretos, pero ser los herederos del gran Fernando Ambollet Robles hará que abandonen de golpe y para siempre el tranquilo estilo de vida que han llevado hasta ahora. La herencia les dará la fortuna, pero también les causará un montón de problemas, muchos más de los que les ha provocado Livi dando rienda suelta a la pasión que le provoca el italiano Enzo Farina, sin esperar que todo saliera a la luz, ya que en ese momento ella no sabía que Enzo era un famoso actor y mucho menos se imaginaba que Héctor, su compañero desde hacía más de diez años, se enteraría de todo por la prensa internacional.
Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:
Veröffentlichungsjahr: 2017
© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
Colección: Novela
© J. Rivera
Edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz Céspedes.
Diseño de portada: Antonio F. López.
Fotografía de cubierta: © Fotolia.es
ISBN: 978-84-17161-32-3
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
Letrame Editorial no tiene por qué estar de acuerdo con las opiniones del autor o con el texto de la publicación, recordando siempre que la obra que tiene en sus manos puede ser una novela de ficción o un ensayo en el que el autor haga valoraciones personales y subjetivas.
«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».
Este libro colabora con:
¿Dónde estás?
¡Mierda!
¿Y ahora qué le contesto yo a este?
Ahora mismo no estoy de humor, sé que Héctor tampoco lo está, se ha dado cuenta de que estoy en Babia. No estoy prestando atención a lo que me dice, y la verdad es que creo que lo hago adrede. Ha utilizado sus encantos maquiavélicos para convencerme de ir al norte. Y tenía que elegir precisamente el día de hoy para no aceptar un no por respuesta. Hoy que había decidido, por segunda vez, aceptar la invitación a cenar de Enzo Farina. Y no es para menos, después de estar con él descubrí lo mucho que me gusta en todos los sentidos. La primera vez que le dije que sí fue porque no me quedó otra salida. Después de la charlita de mi madre y la insistencia de mis hermanos y hermanas, no me quedó más remedio que aceptar la invitación del bombón italiano.
Claro que también ha ayudado el hecho de haber intimado con él. Y lo peor era que, aunque no he sido nunca de sentirme culpable por hacer lo que me da la gana en cada momento, mucho menos por tener sexo del bueno con alguien que no era mi pareja de entonces, el sentimiento había empezado a aflorar, y lo supe porque, de lo contrario, no habría estado tan preocupada y distraída, sin saber qué decirle a Héctor para no ir al norte con él. Tenía la sensación de derrota que produce saber que terminaría cediendo, porque empezaba a sentirme una persona mala y traicionera.
No me apetecía nada salir de casa, no solo porlo que significa tener que ver a Héctor después delo que había hecho. Era también la pena que me producía saber que Enzo no estaba dispuesto a seguir con lo nuestro si yo no terminaba primero mi historia con Héctor, y no me sentía preparada en ese momento para tomar una decisión como esa.
Lo que me apetecía en ese momento era tomarme una copa de Macallan, escuchar a Joe Cocker o a Sinatra, y poder ver alguna peli de Julia Roberts. Sí, regodearme en mi tristeza conPretty Womany un poco de la música que me gusta no estaría nada mal.
Pero, como de costumbre, me perdí en mis pensamientos y olvidé llamar a tiempo a Héctor para decirle quetendríamos que posponer el viaje, claro que, tratándose de Héctor, sería casi imposible poder decirle que no.
Tener estos recuerdos no es muy agradable. Hacen que me pregunte si he actuado de manera correcta, si las decisiones que he tomado fueron egoístas, o si podía haber perdonado las traiciones por omisión y olvidarme de las pasiones que se desataron en mí, arrasando todo a su paso.
Pero me autoconvenzo de que todo es como tiene que ser. Y entre lo que tiene que ser, está el infernal viaje que tenemos que hacer mi hermano Álvaro y yo. Así que hago un breve intento de alejar de mi cabeza mis nostálgicos y abrumadores recuerdos y me dispongo a terminar mis últimas tareas, no sin antes poner la música del Dúo de Brooklyn a todo volumen, y dejar que los acordes del chelo y el piano me transporten.
Haciendo uso de su voluntad propia, mi cabeza vuelve a los recuerdosque hace un instante intentaba evitar. Mi relación, hasta el momento breve, pero muy intensa con Enzo, y la vida que durante una década he compartido con Héctor.
Hablando de Héctor, me llamó para decirme que estaba en la península, y cuando le dije que salía hoy de viaje, se ofreció a acompañarme al aeropuerto. Llevábamos tiempo sin vernos, y me daba mucha pena decirle que no. Aunque sabía que su presencia iba a poner de muy mal humor a mis hermanos, que de seguro irían con toda la familia para despedirnos a Álvaro y a mí. Aun así, no puedo evitar pensar en todo lo que ha pasado en este tiempo; hace que me sienta nostálgica, me hace recordar todo y cuestionarme continuamente.
Recuerdos de cómo era todo hace apenas unas semanas llegan a mi cabeza, y me torturo pensando si habré hecho las cosas bien.
La relación que he mantenido con Héctor ni yo misma sabría cómo definirla, pero me da la sensación de que siempre estábamos en una especie de espiral de buen sexo, condimentado con una gran dosis de su carácter celoso y a la vez canalla, e incluso un poco egoísta. Con un cuerpo de atleta olímpico y voz de locutor de radio, gracias a lo cual ha tenido tanto éxito en su carrera y, cómo no, con las mujeres. Héctor tiene el aspecto del típico chico malote que ya se ha hecho mayor.
Él es muy consciente de su atractivo, lo que resultaba muy desagradable por momentos, sobre todo cuando salíamos y las mujeres se le pegaban como moscas. Y que conste que yo no me considero una mujer celosa. Es más bien una cuestión de vergüenza ajena. Cuando le veía rodeado de lagartas, me producía una sensación de rechazo ver cómo esas mujeres perdían la vergüenza y el respeto que todos nos debemos a nosotros mismos, insinuándose de manera descarada. Héctor decía que, si estuviera enamorada de él, seguro que me molestaría que las demás se le echaran encima.
Y luego estaba Enzo, el perfecto caballero inglés, aunque en realidad es italiano. Esto no quiere decir que a Héctor le faltaran actitudes caballerescas, pero es que el sexo con Enzo…, han sido solo un par de veces, pero juro que fue como alcanzar el nirvana. En aquel momento no paraba de preguntarme qué pasaría con nosotros tres, qué decisión habría que tomar, y si en algún momento decidiera hacer algo, cómo sabría si estaba haciendo lo correcto. Pero ¿qué era lo correcto?, ¿por qué tendría yo que decidir entre los dos?, ¿no podría funcionar una relación a tres?
Estas son las tonterías que se me pasan por la cabeza cuando no paro de elucubrar durante horas.
Enzo me dejóclaro que no estaría dispuesto a compartirme, y estaba segura de que Héctor sufriría un síncope si se enteraba de que había intimado con otro hombre. Claro que en ese momento yo no conocía toda la verdad sobre la vida de mi compañero. Pero desde que estuve con Enzo, tuve dudas sobre cómo me sentiría estando solo con uno de los dos. Estaba convencida de que lo podíamos intentar, pero como se ha dicho siempre, tres son multitud, a menos que se trate de hacer un trío en una noche de sexo, que a eso estoy segura de que se habrían apuntado los dos. Por momentos llegué a pensar que las diferencias que existían entre ellos complementarían mi vida.
Todo lo que he vivido hasta ahora con Héctor ha sido muy intenso, no se ha limitado a ser solo mi compañero en la cama. He aprendido tantas cosas con él, aunque he conocido su lado egoísta, nunca ha parado de animarme a crecer, y lo más importante, ha respetado, aun sin estar a favor, mi manera de hacer las cosas.
A Enzo, sin embargo, llevaba solo unos días tratándole. Es actor, y en aquellos días estaba de gira para promocionar su última película en Latinoamérica, pero decidió hacer un alto en el camino, así que estaría un mes de vacaciones en República Dominicana.
Lo nuestro ha sido una relación de amor odio desde el primer día. De repente un día apareció un morenazo en nuestra empresa diciendo que era un agente inversor y que estaba interesado en comprar nuestra empresa para un cliente suyo; casi me da una embolia.
A mis hermanos Álvaro y Emilia, que en ese momento estaban conmigo metidos en el papeleo y las cuentas de la empresa, se les quedóel cuerpo como a Atlas cuando Perseo le puso delante la cabeza de medusa.
—¿Cómo ha dicho que se llama? —le pregunto, mirándolo como si quisiera desintegrarlo con los ojos.
—Mi nombre es Andrea Marconi, soy agente de inversiones, y estoy aquí en representación del señor Enzo Farina. Mi cliente está interesado en invertir en esta zona, y por lo que hemos investigado, vuestro negocio, aunque pequeño y familiar, es uno de los más prósperos y con expectativas de futuro del lugar.
—Pues sí que está usted informado —le dice mi hermana Emilia, que por el tono que ha empleado, parece aún más enfadada que yo.
—A mí me parece que no está usted todo lo bien informado que debería, ya que esta empresa, aunque pequeña y familiar, no está en venta. —Le ha tocado el turno a Álvaro, y yo me pongo en alerta. Si mi hermano pierde la paciencia se puede liar muy gorda.
—Aún no han escuchado la oferta que les tengo que hacer.
—Señor Marconi, no nos gustaría que perdiera su tiempo, ni que nos haga perder el nuestro. Esta empresa no está en venta y punto —le contesto, y aunque el pobre parece no tener culpa, se está metiendo en un buen lío, sobre todo si el tono de mi hermano sigue subiendo decibelios.
De repente, todos miramos en la misma dirección que el señor Marconi, y al fijar todos la mirada en dirección a la puerta de entrada nos quedamos con la boca abierta y la mandíbula desencajada, porque acababa de entrar por la puerta el espécimen humano más hermoso e imponente que, según mi opinión, se había visto por la isla hasta ese instante. Y que, para colmo de males, tenía una seguridad y autoridad al hablar, con ese acento italiano tan meloso, que estoy segura de que haría caer rendido al mismísimo Atila.
Entró en la oficina y se colocóal lado del señor Marconi. Este le miró y bajó un poco la cabeza, como en señal de aprobación, y acto seguido el hombre, con pinta de dios del olimpo y traje de chaqueta carísimo, dirigiéndose con una sonrisa de infarto a mis hermanos y a mí empezó a hablar como si estuviera en una reunión en su propio despacho.
—La oferta inicial es de cuarenta y cinco millones de dólares, con la condición de que ustedes creen y presenten el proyecto que les acaban de pedir los dos nuevos complejos turísticos, y que lo hagan antes de que se cierre el acuerdo de compra.
¡Ay, mi madre!
¡Que me da algo ya!
¿Pero qué carajos se cree este imbécil?
—¿Y usted es? —le pregunto al imbécil. Que en realidad está como para comérselo. Qué digo comérselo, está buenísimo.
—Enzo Farina, encantado de conocerla, señorita Almonte. ¿O debería decir Ambollet?
—¿Cómo? —Ya no son solo mis hermanos, yo también acabo de quedarme como Atlas.
El muy cretino conoce mi vida y milagros, y yo ni siquiera sabía su nombre hasta hace un minuto.
¿De dónde coño habrá salido semejante idiota?
—Señor Farina, le digo lo mismo que le ha dicho hace un momento mi hermana a su agente. Esta empresa ni estáni estaráen venta. Así que, por favor, si son ustedes tan amables, les agradecería que salieran de esta oficina, de nuestra empresa y de nuestras vidas enseguida, y no nos hagan perder más tiempo.
Álvaro los acompaña a la salida casi a empujones. Y los dos caballeros, tan educados ellos, se despiden de mi hermana y de mí, con cara de no entender nada. Pero lo peor es que nosotros tres aún no salimos del estado deshocken el que nos han dejado ellos con su absurda propuesta, y entendemos aún menos.
Un par de semanas después, con un sinfín de llamadas a la oficina y a mi teléfono particular, además de algunas visitas que me pillaron por sorpresa, el señor Farina nos había llenado la oficina de ramos de rosas rojas, que a mi madre y a mis hermanas les encantan, pero que a mí me producen, además del rechazo, una alergia terrible. Las tres Marías, que es como llamo yo a mi madre y a mis hermanas cuando no están, estaban encantadas de tenerlo todo lleno de rosas y tarjetas de disculpas, cada una de ellas con su correspondiente invitación a una cena o comida con el flamante señor.
El muy cursi, que es lo que pensé yo en ese momento, y hasta que acepté su invitación a cenar, le había enviado una botella de Clos d’Ambonnay de 1995 a cada uno de mis hermanos, así que, el traidor de Álvaro, ayudado por los otros dos, cambió de bando sin pensarlo dos veces.
—Este hombre es todo un caballero. Es más, creo que se ha ganado que os convenza para que aceptéis todas sus invitaciones —nos dice muy entusiasmado mi hermano, abrazando su botella, como si estuviera acunando a un bebé.
No me resulta extraño que Álvaro me anime a salir con otro que no sea Héctor, nunca le ha caído bien, y no hace ningún esfuerzo en disimularlo. Y aunque sé que Héctor nunca ha hecho nada para ganarse su animadversión, también sé que, para Álvaro, después de mi triste historia con su mejor amigo, sería difícil congeniar con cualquiera hombre que esté en mi vida.
—Claro, Judas, y ahora viene cuando nos das el beso —le contesto con cara de asco.
—Pero si casi se os cae la baba a ti y a Emilia cuando el italiano hizo su entrada triunfal queriendo comprarnos con sus millones. Y la verdad es que el tío está como para parar un tren, y eso hasta yo lo he notado. Además, ¿desde cuándo es un delito querer comprar una empresa en auge como la nuestra?, que todos los aquí presentes sabemos que está llena de posibilidades, y va camino de convertirse en una de las más rentables de la costa —nos suelta su discurso sin separarse de su botella, y con cara de estar muy convencido de lo que dice.
—Sí, eso último no te lo voy a negar. A propósito de lo cual, me alegra que reconozcas nuestro potencial como empresa, y que estamos en el buen camino del crecimiento, ya que así quizás logre convenceros de la falta que nos hace el Kámov. Sabéis que invertir en innovar y renovar es una parte muy importante del crecimiento de una empresa. Espero que pronto os pongáis de acuerdo y deis el visto bueno a las ideas que tengo, porque ya he solicitado el préstamo y está enviada la carta al consulado francés, informando de nuestro interés por la herencia. También he pedido que le concedan el visado a cualquiera de nosotros, puesto que alguien tendrá que ir para lo del papeleo.
—Hermana, eres el don de la oportunidad personificado. - me dice sonriente mi hermano David.
—¿No puedes esperar a queesté toda la tropa? Como siempre sueltas las cosas sin pensar ni escoger el momento adecuado. Con lo bien que íbamos hablando de lo macizo que está Enzo —me cuesta creer que acabo de oír a mi hermano Óscar llamarle macizo a un hombre.
Su naturaleza siempre ha sido machista, aunque no es de emitir juicios sobre la vida de nadie. Es más bien de dejar que cada uno haga con su vida lo que le plazca, pero lejos de él y sin que le afecte. El problema está en que piensa que las mujeres seguimos siendo princesas, que necesitan un príncipe que vele por ellas y les proporcione techo y comida. Creo que por eso todas sus relaciones se van al traste. Defendería a muerte a mis amigos Alessandro y Borja, porque también son sus amigos, pero aún se refiere a ellos como gente diferente, porque son gais.
Cuando se paran las risas por cómo ha llamado Óscar a Enzo Farina, mi hermano finge estar ofendido y se marcha. David que es muy de desaparecer del trabajo con cualquier excusa, también sale detrás él.
—Reconoceréis que, como siempre, solo nos quedamos los cuatro jinetes defendiendo el fuerte. De los otros tres nunca sabemos nada antes de las diez de la mañana, y para un día que llegan a tiempo, se monta todo esto y salen corriendo. A la única que puedo justificar es a Inés, porque ella sí que madruga para preparar las cosas para el mediodía.
—Olivia, ¿te importaría si volvemos al italiano y nos dejamos las peroratas para cuando volvamos a estar todos?
—Muy bien, Emma —le digo a mi hermana. Al parecer está ansiosa por saber si voy a aceptar la invitación o no. Reconozco que es como si hubieran hecho un espécimen masculino eligiendo partes de la anatomía de todos los médicos de la serie americanaUrgenciasoAnatomía de grey.
Mi hermana suspira, y hasta hace el mismo gesto que las princesas de las películas de Disney, juntando las manos en el regazo y levantando hacia atrás una pierna. Está claro que a mi hermana Emma el italiano le ha calado hondo.
— Mamá, ¿tú que dices? ¿Vas a aceptar la invitación?
— Olivia, tengo sesenta años, y ese chico, además de guapo, es todo un caballero. ¿Por qué no iba a aceptar una cita con un chico tan encantador? ¿O es que crees que a una anciana como yo se le presentan muchas oportunidades como esta?, pues ya te digo yo que no. Tú también deberías decirle que sí, ya va siendo hora de que tengas una relación seria, con alguien de tu edad, y que conste que no tengo nada en contra de Héctor, y mucho menos de vuestra relación, siempre que te haga feliz estar con él, o con cualquier otro. Pero he visto cómo se iluminaba tu cara las veces que ha venido ese joven a pedirte una cita. Y como bien dice tu amiga Jess, la variedad es la sal de la vida. No quiero que te quedes sola, con una relación esporádica como la que tenéis tú y Héctor. Ya sé que los dos sois personas muy ocupadas, y que os habéis acomodado a esa especie de pacto raro en el que ninguno de los dos termina de comprometerse. Pero él ya ha estado casado y tiene su propia familia, mientras que tú solo te dedicas a pensar en la empresa. Ya estás a punto de cumplir treinta y cinco años, y sin haber hecho más que trabajar. Llevas con Héctor un montón de años, y en todo ese tiempo tus hermanos y amigos han tenido todo tipo de relaciones, han hecho viajes, nuevos amigos, incluso han tenido hijos. Mientras tanto, tú has estado conformándote con una relación a medias, creyendo que con subirte a ese pájaro mecánico y ponerte los cascos con canciones de Sinatra a todo volumen resuelves todos tus problemas y espantas a los demonios que tienes en esa bonita cabeza tuya.
—Bien, ya está, madre, no hacía falta que, para justificar la tontería de ir a cenar con un desconocido, uno al que además le encantaría buscarnos la ruina a todos, me soltaras ese sermón. Me bastaba con que dijeras que te apetecía cenar con el «adonis italiano». Está claro que te ha dejado loquita.
—¡Niña! —me grita mi madre—. Un poco de respeto, que soy tu madre.
—Sí, mamá, y no te preocupes, para que estés tranquila en cuanto a mi vida personal, te diré que voy a aceptar la invitación del macizo, porque, aunque me ha cabreado mucho, he de reconocer que, al verle entrar, me ha entrado un calor que creo que hasta he mojado las bragas.
—¡Olivia, por el amor de Dios! Que no me puedes soltar esas cosas, que no soy la loca de tu amiga Jess, soy tu madre.
Aunque a mi madre casi le da un infarto, mis hermanos y yo estuvimos todo el día con el ataque de risa.
—¿Oli, sigues ahí?
—Claro, Héctor, estoy en la oficina. ¿Dónde iba a estar si no?
—Pues no sé, ¿subida al pájaro, por ejemplo?, es la única razón por la que olvidas al resto de la humanidad.
—No es un pájaro, Héctor, es Míster Marshall.
—Muy bien Oli, no te pongas a la defensiva. Es solo que me parece raro llamar a un helicóptero con nombre de personaje de película.
—Pues yo no veo qué tiene de raro.
—Ok, lo he entendido, hora de cambiar de tema. Hace unos días, cuando me dijiste que no podías quedar conmigo porque estabas muy ocupada, te pedí que reservaras este fin de semana para llevarte al norte, ¿te apetece que hoy cenemos en el Camp David?, y de paso nos quedamos a dormir allí.
El Camp David es un hermoso hotel rural con tiendas y un restaurante, situado en lo alto de una montaña al norte de la isla, específicamente en un pueblo llamado Gurabo, que forma parte de la región de Santiago de los Caballeros, una de las ciudades más bonitas de la República Dominicana.
—Lo siento, Héctor, hoy es imposible.
—¿Y se puede saber por qué? —me pregunta con tono airado. Le molesta mucho que le digan que no.
—Pues porque he quedado para cenar con un posible cliente. —Acabo de romper una regla muy antigua en nuestra relación. Cuando decidimos empezar con lo nuestro, una de las reglas más importantes que prometimos cumplir fue la de no mentirnos.
—¿Así que cena con un cliente?, ¿y eso no me lo podías haber dicho antes? Esta mañana, por ejemplo.
—Pues sí, pero llevo una mañana de perros y la tarde no ha sido mejor. Por eso he tenido que concertar una cita para cenar, que es la única manera de atender hoy a esa persona. Así que lo siento, pero no he podido llamarte, y no sé si podré irme pronto hoy contigo —le contesto de mala manera, porque el tono de su pregunta no me ha gustado.
—Es la segunda vez que me dices que no por una cita de negocios, ¿qué te está pasando? ¿Tanto trabajo tienes?
—No me pasa nada, y sí, se me está amontonando el trabajo.
—Bueno, pues tú te lo pierdes. Yo estaré en casa hasta las doce, a la una menos cuarto deberíamos estar en el aeropuerto. Después de esa hora no te espero, me iré al norte, si necesitas algo, o cambias de idea y te apetece venir antes, me llamas. Podemos adelantar el vuelo, pero no retrasarlo.
—Muy bien, luego hablamos. Deja que resuelva algo de trabajo y te llamo.
—Dime que no te has enojado.
—Luego hablamos, Héctor, ahora tengo que prepararme para una reunión. —Otra mentira.
—Adiós, morena, y no olvides que yo siempre tengo ganas de ti.
—Muy bien, Héctor, sé que no aceptarás un no por respuesta, pero ahora mismo ni me apetece ni tengo tiempo de explicarte todo. Deja que me ponga en contacto con mi cliente, le diré que me ha surgido un imprevisto. —Soy tonta, no sé cómo, pero este hombre siempre termina haciendo conmigo lo que quiere.
—Gracias, morena, no esperaba menos de ti. Trabajas demasiado, y eso no es bueno, a estas alturas ya deberías tener a alguien que te sustituya de vez en cuando. Que sepas que te voy a recompensar como a ti más te gusta, prepárate, igual estamos en la cama hasta la semana que viene.
—No exageres, yo no tengo tiempo para estar en la cama hasta la semana que viene. Y estoy segura de que tú trabajas más que yo.
—¿Y si te secuestro y te mantengo a base de sexo, mimos y buena comida?
—No me tientes, que la semana que viene tenemos reunión familiar para tratar los temas de la herencia y la empresa, y seguro que me vendría bien estar secuestrada ese día.
—Pues yo no tendría ningún inconveniente en ser tu secuestrador, ¿dónde te gustaría estar retenida?
—En ningún sitio, dejemos ya la broma, que sabes que soy muy supersticiosa.
—Pero si me has seguido la corriente, yo solo te estaba tentando con mi sugerencia.
—Tienes razón, pero ya no quiero seguir con la tontería.
—Muy bien, ¿a qué hora te recojo?
—¿Te parece bien a las diez?
—Ok, a las diez estoy en tu puerta. Te quiero, morena, y te agradezco que siempre estés dispuesta a cumplir todos mis caprichos.
—Es un placer, señor Torres. Y no te acostumbres, sabes que me molesta mucho que me descoloques la agenda, pero reconozco que me gusta hacerte feliz. Te veo a las diez.
Cuelgo y empieza a darme vueltas la cabeza, me siento mareada, con náuseas y comienzo a llorar. No soporto esta sensación de impotencia, es como si mi espíritu rebelde se sintiera oprimido, no me gusta nada que me impongan algo. Después de tantos años no he podido lograr que Héctor controle, al menos conmigo, esa manía de querer que se haga siempre lo que dice, de llevarnos sin que nos demos cuenta a tomar las decisiones que él querría que tomásemos. Eso es manipulación psicológica en toda regla. Por suerte, sus intenciones no son mezquinas, ni comprenden casi nunca ningún riesgo para los que solemos ser el blanco de sus maquinaciones. Y digo que no es arriesgado casi nunca porque algunas veces sí que lo es, por ejemplo, si ahora mismo yo tuviera realmente esa cita de negocios, estaría en serios problemas, ningún empresario pasa por alto que alguien con quien negocia le llame para cancelar una cita. Y es aún peor si ese alguien es un empresario relativamente nuevo y con ganas de dar a conocer su negocio, como es mi caso.
«Realmente tengo que hablar con Héctor —me digo a mí misma en voz alta—. Y también con el bombón italiano», vuelvo a decirme a mí misma.
Me dirijo al hangar de Míster Marshall, suele ser un buen sitio para relajarme. Al entrar me distraigo enseguida, veo mi Harley y eso me hace recordar lo que pasó hace unos días. Estaba en la oficina pensando que tenía que llamar a Enzo, y le pregunté a mi hermana Emilia dónde habíamos dejado las tarjetas que traían los ramos de flores.
—Siguen en los ramos de flores, haciendo compañía a Míster Marshall, en el hangar. Los dejamos allí con sus correspondientes invitaciones y las tarjetas personales del señor Farina.
—Pues ahora tengo que llamarle, así que iré al hangar a buscar las dichosas tarjetas. Debería hacerlo antes de ponerme a limpiar a Míster Marshall, que luego me lío con mis cosas y me olvido de todo.
—Si quieres voy yo, no sea que termines con una de tus alergias por rebuscar entre tantas flores.
—No te preocupes, Óscar está allí, le pediré ayuda para sacar las flores del hangar, y de paso que me busque las tarjetas.
—Bien, pues yo seguiré con lo mío. Pero antes quería decirte que deberías aceptar salir con el italiano, no lo dejes pasar, Livi.
—Muy bien, hermanita, y gracias por preocuparte por mí.
Me sorprende un poco esa actitud en mi hermana pequeña, pensé que estaría celosa e incluso que se enojaría si yo aceptaba salir con Enzo. Pero está claro que me equivoqué, y que seguimos siendo, a pesar de todo, una familia unida que se quiere y se protege por encima de todo.
Por qué hace unos minutos borré todas sus llamadas y mensajes de mi teléfono sin fijarme siquiera en el número. Lo raro es que aún no me lo sepa, soy muy buena para los números, me sé de memoria todas las matrículas de los coches y los números de teléfonos de todos mis amigos y familiares, y recuerdo todas las fechas importantes sin tener que anotarlas. Pero está claro que mi subconsciente me envía señales de advertencia, porque me estoy sintiendo muy atraída por ese hombre, que en estas dos últimas semanas ha estado enviándome mensajes cada cinco minutos, y se ha aparecido varias veces en la oficina pidiéndome salir. Cuando encuentro una de sus tarjetas entre las rosas de un ramo estoy sudando, no encontré a mi hermano en el hangar, y he tenido que sacar los ramos y buscar la tarjeta sin ayuda, por lo que llevo una media hora de estornudos y sudores. Llevo puesto el mono de aviador que uso para limpiar a Míster Marshall, y de tanto dar vueltas, tengopinta de haber corrido una maratón. Qué extraño, acabo de marcar el número y cuando da tono, empieza a sonar un teléfono en la entrada del hangar, justo detrás de mí.
—¿Me llamaba, señorita Ambollet? Yo venía a disculparme, si hubiera sabido lo de sus alergias no habría cometido el error de enviarle flores.
Ahora le tengo delante. ¡Dios mío!
Ese hombre es como una pantera, tiene ese aire animal, desprende una sensualidad y un aura de misterio que envuelve. Pero no voy a dejar que me pueda la rabia, sabe perfectamente lo que me molesta la sola mención de cualquier cosa que tenga que ver con el Innombrable, por lo que estoy segura de que me llama por el apellido de mi padre solo para molestarme. Así que disimulo todo lo que puedo, y le hablo con mi tono de voz más seductor y amable.
—Preferiría que me llamara Olivia, no necesita esos formalismos conmigo, señor Farina.
—¿Y por qué no Oli, o Livi? Tengo entendido que así es como le llaman sus familiares y amigos.
—Acaba de hacerme una pregunta a la que usted mismo ha respondido.
Sonríe con malicia, y a mícasi se me escapa un gemido. Tiene una sonrisa muy tierna, que a la vez es la mejor sonrisa de anuncio que he visto. Sé que por su profesión está obligado a cuidarse, pero la verdad es que todo en él es natural, el moreno de la piel, la blancura y la uniformidad de sus dientes, el castaño oscuro de su pelo, su cuerpo, y qué cuerpo. Ese cuerpo está hecho para el pecado, sobre todo si se lo encuentra alguien con una imaginación como la mía. Ese cuerpo de casi metro noventa, que dolorosamente me recuerda a alguien, alguien a quien yo había matado en mi mente y de quien pensaba que ya no me quedaban recuerdos.
Suelto una respiración como un resuello y sacudo la cabeza para quitarme esos pensamientos y obligar a mi mente a concentrarse en el irritante, pero a la vez magnífico espécimen que tengo delante.
Y entonces vuelvo a él, con esa personalidad tan arrolladora, esa cara hermosa de ojos verdes y labios carnosos, esa pose de hombre fuerte y seguro de sí mismo.
Pero a pesar de todo me irrita, y mucho. Me siento incómoda en su presencia, es como si pudiera verme por dentro, y no es solo en sentido figurado. Soy muy consciente de que sabe de mi familia yde mí más de lo que debería, y me gustaría saber cómo demonios ha conseguido tanta información, pero su mirada me deslumbra a la vez que me hace sudar.
