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En este libro José Antonio Pagola promueve volver a lo esencial del cristianismo. Según el autor, lo único que puede hacer de este mundo un hogar habitable y de esta Iglesia una puerta abierta para todos es la vuelta a Jesús, el Cristo. Se trata de un libro de carácter muy práctico donde se propone un plan de renovación evangélica de la Iglesia para reavivar el espíritu profético de Jesús en las comunidades cristianas.
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Seitenzahl: 136
Veröffentlichungsjahr: 2014
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VOLVER A JESÚS
HACIA LA RENOVACIÓN DE PARROQUIAS Y COMUNIDADES
José Antonio Pagola
En los países europeos estamos viviendo unos tiempos decisivos para el futuro de la fe entre nosotros. En estos momentos en que se está produciendo un cambio socio-cultural sin precedentes, la Iglesia necesita una conversión sin precedentes, un «corazón nuevo» para vivir y comunicar la Buena Noticia de Jesús con más verdad y más fidelidad a su persona, su mensaje y su proyecto del reino de Dios.
Si en los próximos años no se promueve en nuestras parroquias y comunidades un clima de conversión humilde y gozosa a Jesucristo, es fácil que veamos cómo la fe se va extinguiendo poco a poco entre nosotros y cómo nuestro cristianismo multisecular se va diluyendo en formas religiosas cada vez más decadentes y sectarias, y cada vez más alejadas del movimiento de seguidores inspirado y querido por Jesús.
Desde los primeros días de su servicio, el papa ha levantado su voz para sacudir la conciencia de una Iglesia a la que ve muy encerrada en sí misma, paralizada por los miedos y demasiado alejada de los problemas y sufrimientos que viven las gentes. Por eso, a los pocos meses ha escrito su exhortación apostólica La alegría del Evangelio[Evangelii gaudium], invitando a todos los cristianos a impulsar «una nueva etapa evangelizadora» marcada por la alegría del Evangelio y la conversión a Jesucristo.
El papa no está pensando solo en un aggiornamento o adaptación de la Iglesia a los tiempos de hoy. Tampoco se detiene solo en recuperar el horizonte, el espíritu y las líneas de fuerza del Vaticano II. Francisco nos llama a una conversión más radical: «Volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio», y volver a Jesucristo, que «puede romper los esquemas aburridos en los cuales pretendemos encerrarlo y nos sorprende con su constante creatividad» (Evangelii gaudium [EG] 11).
El objetivo de este pequeño libro es muy concreto: ayudar a las parroquias y comunidades cristianas a responder de manera lúcida, responsable y entusiasta a la llamada del papa. Es muy importante la reforma de las instancias centrales del Vaticano, la renovación del servicio de Pedro o la actuación de las Conferencias episcopales, pero la verdadera conversión de la Iglesia se decidirá, sobre todo, en las parroquias y comunidades.
Es el momento de movilizarnos, aunar esfuerzos e iniciar la reacción. El papa nos invita a aplicar sus orientaciones «con generosidad y valentía», «sin prohibiciones ni miedos». Quiere contagiarnos su espíritu renovador y su fe en la conversión a Jesús y su Evangelio: «Más que el temor a equivocarnos, espero que nos mueva el temor a encerrarnos en las estructuras que nos dan falsa contención, en las normas que nos vuelven jueces implacables, en las costumbres donde nos sentimos tranquilos, mientras fuera hay una multitud hambrienta y Jesús nos repite sin cansarse: “Dadles vosotros de comer” (Marcos 6,37)».
El Concilio Vaticano II creó un clima general de renovación en las comunidades cristianas en el que el pueblo de Dios acogió con alegría grande la reforma de la liturgia, la celebración de la eucaristía en la lengua de cada pueblo y la mayor valoración de la Palabra de Dios. En el capítulo primero resumo brevemente la búsqueda de nuevos caminos pastorales que se vivió a partir del Concilio, cuando la crisis de fe comenzaba ya a dejarse sentir con fuerza. No hemos de olvidar que en no pocas parroquias se abrieron caminos nuevos a una acción pastoral más acogedora, más dialogante y más atenta a las nuevas situaciones de los creyentes.
Sin embargo, los esfuerzos de renovación, impulsados desde el espíritu del Concilio, se han ido paralizando a lo largo de los años. La congelación del espíritu conciliar y el crecimiento imparable de la crisis de fe ha hecho que muchos de aquellos cristianos que acogieron con alegría y entusiasmo la renovación del Concilio hayan vivido estas últimas décadas sumidos en la decepción, el desengaño y la tristeza. En el capítulo segundo tomo nota brevemente de tres «hechos mayores» que, en estos momentos, es posible percibir en no pocas parroquias y comunidades: la reacción de autodefensa, la opción por el restauracionismo y la pasividad generalizada del pueblo de Dios.
El papa Francisco ha generado en poco tiempo unas expectativas insospechadas hace solo unos meses, rompiendo la dinámica en la que hemos vivido estos últimos años y creando un clima nuevo de esperanza en las gentes de nuestras parroquias y comunidades. En el capítulo tercero expongo de modo resumido la llamada que nos hace el papa a impulsar una nueva etapa evangelizadora y los caminos que nos sugiere para la marcha de la Iglesia en los próximos años: recuperar la frescura original del Evangelio como objetivo; liberarnos de formas desvirtuadas de cristianismo; caminar hacia una conversión pastoral y misionera.
La llamada del papa se concreta en un objetivo primordial. La conversión que hemos de promover en esta nueva etapa evangelizadora consiste sencillamente en volver a Jesús. Así afirma el papa: «La Iglesia ha de llevar a Jesús […] Si alguna vez sucediera que la Iglesia no lleva a Jesús, esa sería una Iglesia muerta». Por eso es necesario que en las parroquias y comunidades veamos con claridad cómo hemos de impulsar esta conversión a Jesús, el Cristo. En el capítulo cuarto ofrezco unas reflexiones básicas: convertirnos a Jesucristo; promover una relación nueva con Jesús; introducir la verdad de Jesús en nuestro cristianismo; reavivar la fuerza de la esperanza en Cristo resucitado.
¿Dónde encontrar en el interior de nuestras parroquias y comunidades la fuerza espiritual necesaria para desencadenar la conversión a Jesús? El papa Francisco nos marca el camino: «Volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio». En el capítulo quinto propongo brevemente unas orientaciones para liberar la fuerza del Evangelio en nuestras comunidades: el Evangelio atrapado por la crisis religiosa; la fuerza del Evangelio en las primeras comunidades; buscar el contacto directo e inmediato con el Evangelio; acoger juntos la alegría del Evangelio; entrar por el camino abierto por Jesús; la fe como estilo de vida.
El papa Francisco sabe muy bien que el Evangelio es mucho más que un mensaje verbal. Por eso nos recuerda que «el proyecto de Jesús es instaurar el reino de su Padre». En nuestras parroquias y comunidades hemos de tomar conciencia de que «el reino de Dios nos reclama». No podemos encerrarnos exclusivamente en nuestra práctica religiosa. Hemos de poner nuestras comunidades al servicio del proyecto humanizador del Padre. En el capítulo sexto ofrezco algunas reflexiones para orientar nuestro trabajo: el proyecto humanizador del Padre; el reino de Dios como horizonte de nuestras comunidades; recuperar la dimensión histórica y social del reino de Dios; la compasión como principio de actuación; los últimos han de ser los primeros.
La renovación que necesitan hoy nuestras parroquias y comunidades no llegará por vía institucional, sino por caminos abiertos por el Espíritu. El papa Francisco nos advierte de que ninguna renovación será posible «si no arde en nuestros corazones el fuego del Espíritu». En nuestras comunidades estamos viviendo casi sin espíritu profético. En el capítulo séptimo sugiero algunas reflexiones sencillas: en primer lugar, para comprometernos a trabajar por el reino de Dios y su justicia con nuestra presencia alternativa, la indignación y el aliento de esperanza, propios del espíritu profético de Jesús; en segundo lugar, para abrir cauces al potencial profético del pueblo de Dios, rompiendo silencios, liberándonos de miedos y reavivando la esperanza.
Para generar una dinámica de renovación evangélica no basta que el papa Francisco multiplique sus llamadas. Es necesario que pongamos en marcha en nuestras parroquias y comunidades procesos de conversión a Jesús. El mismo Francisco reconoce que «necesitamos crear espacios motivadores y sanadores […] lugares donde regenerar la propia fe». En el último capítulo presento una propuesta concreta: los Grupos de Jesús. Su objetivo es vivir juntos un proceso individual y grupal de conversión a Jesús ahondando en lo esencial del Evangelio. Es un camino concreto para regenerar la vida de nuestras parroquias.
Los responsables de las comunidades no siempre tienen tiempo ni medios para preparar estas cosas. El proceso que propongo es fácil de poner en marcha. En el pueblo de Dios hay no pocas personas que quieren conocer mejor a Jesús y vivir su fe de manera más viva y gozosa. Estos «Grupos de Jesús» no requieren necesariamente la presencia de un presbítero. Los pueden llevar adelante sobre todo los laicos, hombres y mujeres.
Estos grupos pueden introducir en nuestras parroquias y comunidades ese «dinamismo evangelizador que actúa por atracción» del que habla el papa. En los próximos años podemos dar pasos decisivos hacia un nivel de vida cristiana más inspirada en Jesús y más entregada a colaborar en su proyecto del reino. De la crisis que hoy estamos viviendo pueden nacer parroquias y comunidades tal vez más pequeñas y humildes, pero también más alegres y evangélicas, mejor arraigadas en Jesús y más fieles a su llamada a construir un mundo más humano.
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Podemos decir que los principales modelos de acción pastoral que conocemos todavía hoy entre nosotros se han ido desarrollando a partir de un modelo tradicional que se fue configurando hacia los siglos V y VI, y se consolidó en el IV Concilio de Letrán el año 1215. Ha sido un modelo pastoral de extraordinaria fecundidad, que ha sostenido y alimentado la fe de los cristianos a lo largo de los siglos hasta que ha llegado la modernidad1.
La crisis de esta pastoral tradicional y el impulso renovador del Concilio Vaticano II contribuyeron a que muchas parroquias y comunidades cristianas se pusieran a buscar nuevos caminos para comunicar la fe cristiana en medio de una sociedad cada vez más secular y más descristianizada.
1. Crisis de la pastoral de transmisión
Durante muchos siglos, la tarea de la Iglesia ha sido transmitir la fe como una herencia recibida del pasado. Esta pastoral estaba perfectamente integrada en esa sociedad, pues se vivía en una cultura donde las creencias, valores y comportamiento se transmitían de una generación a otra de manera espontánea y casi natural. Una persona se hacía cristiana adoptando la manera de pensar, los comportamientos y las prácticas de sus antepasados cristianos. En este contexto socio-cultural, la acción principal de la Iglesia ha consistido en transmitir fielmente la doctrina, la moral, la práctica de los sacramentos, las devociones, la oración y la disciplina de la Iglesia.
Esta pastoral de transmisión es una «pastoral de encuadramiento», pues encuadra al cristiano en el territorio concreto de la parroquia, fijando la trayectoria de su vida religiosa desde su nacimiento (bautismo) hasta su muerte (extremaunción). Los pilares de esta pastoral son el cura, la parroquia y los sacramentos. El ritmo de la vida cristiana gira en torno a la misa dominical y, eventualmente, el sacramento de la confesión. El cura, que vive junto a la iglesia parroquial, asegura con su autoridad la unidad de la parroquia: convoca a los fieles; celebra para ellos la misa y los sacramentos; predica la doctrina cristiana, y vigila para que se cumpla la disciplina eclesiástica.
Esta pastoral, desarrollada durante más de ocho siglos sin grandes cambios, ha logrado dar gran estabilidad y homogeneidad al movimiento de Jesús, convirtiéndolo en una religión vivida territorialmente en torno a un lugar de culto donde los cristianos, registrados oficialmente como bautizados, forman una «sociedad de cristiandad». Esta pastoral no solo es legítima, sino que ha sido, de hecho, la que ha guardado y transmitido hasta nosotros la memoria de Jesús, promoviendo en el pueblo cristiano grandes valores evangélicos.
Hoy, sin embargo, esta pastoral de transmisión se va haciendo cada vez más difícil, casi imposible. Y lo mejor es que en la Iglesia tomemos conciencia cuanto antes de que este modo concreto de transmitir la fe no funcionará en el futuro. Hemos dejado atrás la sociedad estática, tradicional y homogénea de otros tiempos, y hemos entrado en una sociedad dinámica y en continua evolución. Las nuevas generaciones no viven ya mirando al pasado, sino al porvenir, a lo nuevo, lo emergente. Los jóvenes no aprenden a vivir recordando a sus antepasados, sino alimentándose de las nuevas experiencias que les ofrece la cultura actual.
El hecho es de consecuencias graves. La transmisión de la fe no se puede concebir ya como una simple reproducción de la identidad cristiana de los antepasados; las nuevas generaciones no aprenderán a ser cristianas imitando a sus padres ni a sus sacerdotes o catequistas. Tendrán que descubrir la originalidad y la fuerza salvadora de Jesucristo por otros caminos; su manera de pensar, expresar o celebrar la fe no podrá ser la de sus padres o abuelos. Es decir, la pastoral de transmisión no puede seguir funcionando como modelo perpetuo que inspire la acción evangelizadora en la sociedad del futuro.
2. La búsqueda de nuevos caminos de acción pastoral
En pocos años, factores de diverso género nos han conducido rápidamente hacia una sociedad cada vez más secularizada y plural donde es fácil advertir una profunda crisis de fe, alejamiento de la práctica dominical, disminución de bautismos, escasez de presbíteros, envejecimiento de las comunidades cristianas y un debilitamiento grande de la capacidad pastoral de la parroquia. Por eso, durante estos últimos años se ha ido produciendo una búsqueda de nuevas formas de acción pastoral y evangelizadora2. Señalaré solamente tres líneas de fuerza que están orientando los principales esfuerzos de esta búsqueda.
a) Pastoral de acogida
Dentro del clima renovador creado por el Concilio Vaticano II, pronto se plantearon diversas cuestiones de fondo: ¿qué es en realidad transmitir la fe? Lo que estamos transmitiendo, ¿es una adhesión viva a Jesucristo o una costumbre social que se está hoy diluyendo a medida que crece la secularización de la sociedad? ¿No hay que pasar de una fe sociológica a una fe más personalizada y responsable? ¿No es necesaria una participación más existencial y comprometida por parte de las personas en la gestación de su propia fe?
De estos planteamientos ha nacido una pastoral de la acogida más atenta a las diversas necesidades y situaciones, y más diversificada para responder de manera adecuada a las personas en medio de una sociedad en la que crece la descristianización. Así hemos visto cómo se han impulsado estos últimos años diferentes procesos de iniciación cristiana, catequesis de adultos, catequesis familiar, diversas iniciativas de preparación a la confirmación de los jóvenes…
Esta actitud de acogida ha significado una transformación muy positiva del modelo tradicional de transmisión de la fe. Señalo algunos rasgos más notables: acercamiento mucho mayor de los presbíteros a los laicos en actitud de reciprocidad, intercambio y colaboración; atención más adecuada a las demandas de los diversos grupos; mayor respeto al pluralismo religioso; acogida más cuidada a las personas según su situación de fe…
Sin embargo, apenas se ha logrado el objetivo de fondo que se pretendía: la transformación progresiva de las parroquias en verdaderas comunidades cristianas, capaces de acoger e iniciar en la fe a personas procedentes de diversos ámbitos más o menos secularizados. Gilles Routhier, conocido pastoralista canadiense, observa que todos los esfuerzos realizados en Quebec en esta línea desde la década de los setenta han sido casi vanos3. Entre nosotros, el resultado más positivo es tal vez el nacimiento de diversos grupos cristianos de estilos y trayectorias diferentes, pero con poca irradiación evangelizadora.
b) Pastoral de propuesta de la fe
Mientras tanto, en la vida real de las parroquias han ido apareciendo nuevas dificultades y problemas a medida que se ha ido erosionando el cristianismo tradicional: el abandono de la práctica religiosa se ha generalizado en las nuevas generaciones; cada vez son menos los que se acercan a recibir los sacramentos (bautismo, confirmación, matrimonio…); los presbíteros y los colaboradores en las tareas pastorales han ido envejeciendo…
Todo ello ha obligado a hacernos nuevas preguntas. ¿Es suficiente acoger a los que se acercan a la parroquia demandando algún servicio? ¿No es esta una actitud excesivamente pasiva en unos tiempos en que vemos cómo se va apagando la fe en la sociedad, en los hogares y en las conciencias? ¿Basta la acogida para cumplir la tarea que Jesús confía a sus discípulos cuando les envía a anunciar la Buena Noticia de Dios y a abrir caminos a su reinado? ¿Es suficiente una pastoral inspirada en «sobrevivir» o «morir con dignidad»?
Estos años ha tenido bastante eco en Europa el planteamiento hecho por la Conferencia Episcopal de Francia en noviembre de 1994 con este significativo título: Proponer la fe en la nueva sociedad4
