Volver a soñar - Pat Montana - E-Book

Volver a soñar E-Book

Pat Montana

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Beschreibung

Ellie Sander había dejado de creer en los cuentos de hadas cuando el padre de sus cuatro hijos la abandonó. Desde ese momento, decidió que los príncipes encantados se habían acabado para ella... Hasta que un buen día apareció en su vida Mitch Kole, todo un caballero de brillante armadura. Pero él sólo iba a quedarse unos días, y su soltería parecía permanente. ¿Podría soñar con que ese hombre que le había arrebatado el corazón se convirtiera en su marido y en un padre para sus hijos?

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Seitenzahl: 199

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra. www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Avenida de Burgos 8B

Planta 18

28036 Madrid

 

© 1999 Patricia A. Mccandless

© 2022 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Volver a soñar, n.º 1077- abril 2022

Título original: Fairy-Tale Family

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 978-84-1105-770-7

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Prólogo

 

 

 

 

 

HABÍA alguien durmiendo en su cama. Ellie Sander abrazó a su hija y salió de la habitación que la luna iluminaba.

¿Qué debería hacer? ¿Llamar a la policía? Tendría que despertar a Rafe para que la ayudara a buscar el teléfono inalámbrico. ¿Debería despertar a sus tres hijos y bajarlos en silencio al piso de abajo? El problema era que la palabra «silencio» no estaba en el vocabulario de sus hijos. ¿Sería mejor quedarse allí y empezar a gritar? Porque eso era lo que más le apetecía hacer.

Estaba muy cansada. Eran casi las doce de la noche y acababa de llegar de la tienda The Old King Kole Music Shoppe y se había encontrado a su hija de cuatro años durmiendo con el perro, otra vez. Todavía no había empezado a estudiar para el examen de higiene dental que tendría que hacer en el colegio.

Desde que Kendall había tenido el accidente, hacía cuatro días, los niños y ella todavía no habían podido visitarle ni una sola vez.

Y para rematar la situación, algún caradura había decidido entrar en su casa y echarse a dormir por las buenas.

Ellie apretó a Seraphina en sus brazos y apoyó la mejilla en la cabeza de su hija. A lo mejor, si esperaba un par de minutos, algún príncipe encantado vendría a salvarla. Pero aquello no pasaba en la realidad.

Suspiró hondo. Había que tomar alguna decisión. Si no estuviera tan cansada. Su mirada se posó en una chaqueta colgada de una silla. Entrecerró los ojos para leer las letras bordadas en la espalda. Winterhaven, Colorado.

Se quedó helada.

El hombre que estaba en la cama movió su cuerpo.

Se acercó para mirarlo, con mucho cuidado, para no pisar en la tabla del suelo que crujía.

¡Maldición! ¡Cómo se podía haber olvidado!

El hombre estaba tumbado en la cama de su hija, con un brazo sobre su cara, para taparse de la luz de la luna que atravesaba la ventana. Pero el brazo no ocultaba su pelo negro y ondulado. Ni tampoco ocultaba el vello negro en sus brazos y en su pecho, cubriéndole también parte del estómago.

Ellie cerró los ojos. El corazón empezó a latirle con fuerza. No tenía ni idea de que Mitchell Kole tuviera ese aspecto.

Era un hombre grande. Más grande que su padre. Kendall Kole era un hombre atractivo, a pesar de su edad. Pero su hijo era más que atractivo. A la luz de la luna parecía incluso sacado de un cuento.

Parecía como si fuera el príncipe que hubiera ido a rescatarlas.

Algo en su interior se estremeció, un sentimiento que creía haber olvidado hacía mucho tiempo. Por un momento volvió a sentirse mujer, no sólo una madre agotada. El corazón empezó a latirle con fuerza.

Se dio la vuelta y bajó las escaleras, alejando a su hija de aquel nuevo peligro. Escondió el rostro en la calidez del cabello de la niña, pero aquello sólo le trajo recuerdos dolorosos.

Hacía tan sólo un año había ocultado sus lágrimas en el abrazo que dio a su hija en la noche más horrorosa de su vida. Su marido, un músico de rock, no se había presentado a la actuación que tenía que dar en Branson, Missouri y se había marchado con la furgoneta y todos sus ahorros. Peter los había abandonado. Aquel recuerdo todavía le dolía.

Si Kendall Kole no le hubiera dado un trabajo y un sitio para quedarse, no sabría qué le habría pasado a ella y a sus hijos.

Entró de puntillas en el dormitorio, se sentó en la cama doble que había cerca del baño y llamó a su hijo de seis años.

—Rafe, anda ve a dormir con Michael —le susurró.

El niño se levantó en silencio, agarró un teléfono inalámbrico y se fue a dormir a la cama de su hermano, que tenía ocho años.

Con gran dolor de corazón, Ellie observó cómo los dos se acomodaban en la cama. No era la primera vez que había tenido que compartir cama. Y no iba a ser la última.

Durante los últimos doce meses, lo único que había hecho con sensatez había sido confiar en Kole. Eso y su decisión de dejar de llorar por Peter. Un hombre que pensaba que ser padre era igual que dar un concierto. Cuando lo acababa, recogía sus cosas y se marchaba a otra parte.

Ellie dejó a su hija en el sitio todavía caliente que había dejado su hermano. A continuación, se dio la vuelta y tapó a sus dos hijos. Uno de ellos tenía el pelo medio rubio y el otro moreno, como su padre. Se inclinó y dio un beso en la frente de su hijo mayor. Un terrier que había a los pies de la cama, movió la cola y la miró.

Ellie apuntó al perro con un dedo.

—Eres un perro caprichoso —le susurró. Después, se fue a la cama en la que había dejado a su hija, se desnudó y se metió con ella.

Ellie se acurrucó junto a Seraphina. Era posible que Seri se imaginara que Mitchell Kole era un príncipe, pero aquella situación no era un cuento de hadas. Era la cruda realidad. Cuatro niños y una madre que trataba de darles algo de estabilidad.

Ellie había dejado de creer en situaciones mágicas. Y por muy guapo que pareciera Mitchell Kole mientras dormía, tampoco creía en el príncipe encantado.

Capítulo 1

 

 

 

 

 

HAY un hombre durmiendo en mi cama!

Mitchell Kole abrió un ojo lo suficiente como para poner fin a un ridículo sueño, en el que se oía la voz de una niña que parecía rizitos de oro, acompañado con un olor a mantequilla de cacahuetes. Y a él ni siquiera le gustaba la mantequilla de cacahuetes.

Apretó los ojos y se tapó con la sábana. No era rizitos de oro. Era sólo una niña de pelo moreno que estaba a los pies de su cama.

Al ver que no podía seguir durmiendo, apartó la sábana y se sentó en la cama.

La niña salió corriendo y se detuvo al lado de un mueble. No parecía tener más de tres o cuatro años. Aunque él no sabía nada de niños. Tenía las uñas pintadas de verde brillante.

¿Qué diablos estaba haciendo una niña con uñas pintadas de verde en su habitación? ¿Qué hacía una niña allí? A él ni siquiera le gustaban los niños.

—Hola —se quedó mirándolo con curiosidad, sus ojos marrones enmarcados en unas pestañas muy negras—. Me llamo Seraphina. Estás durmiendo en mi cama. Yo dormí con Bubba Sue anoche.

—¿Estoy durmiendo en tu…? —Mitch no pudo terminar la frase. De pronto se dio cuenta de que todo a su alrededor era diferente. La noche anterior, cuando había llegado, ni siquiera se había preocupado de encender la luz. Venía demasiado aturdido de su visita al hospital. Y lo increíble era que no había notado ningún cambio.

—Ésa es mi casa de muñecas.

La niña señaló una serie de cajas apiladas cerca de la puerta, en el mismo sitio que él tenía su teclado. Cada una de las cajas estaba decorada como si fuera una pequeña habitación. Todas estaban pintadas de un rosa que daba dolor de cabeza. Mitch prefirió no taparse los ojos.

—Y esos son mis animales.

Esa vez apuntó a un lugar debajo de la ventana, donde él guardaba sus bastones de esquí. Un tigre de color amarillo al que le faltaba una oreja, sentado junto a un oso de peluche que estaba hecho trizas.

La niña debió decidir no hacer más comentarios y se limitó a observar cómo él iba haciendo un inventario de la habitación. No estaban ni sus esquís, ni sus posters. En su lugar habían colocado posters con personajes de Disney. Y la cama en la que había dormido tenía el mismo estilo. Nunca antes había dormido en unas sábanas estampadas con sirenitas.

—¿Ésta es tu habitación? —murmuró él, pasándose una mano por el rostro. Oyó voces de niños en la distancia, junto a los diálogos de una serie de dibujos animados en la televisión. Se pasó los dedos por el pelo, intentando despertarse, intentando dar algún sentido a todo aquello. De pronto, percibió el rico aroma de café.

Gracias a Dios. Por lo menos había adultos en aquella casa. ¿Pero qué estaban haciendo todos aquellos niños en casa de su padre? Parecía que estaban viviendo allí, a juzgar por aquella habitación. ¿Qué diablos estaba ocurriendo?

La niña se irguió, con un gesto que le recordó al de una reina, y le dijo:

—Mi nombre significa ángel, pero en realidad soy una princesa —le aclaró mientras lo miraba desde los pies de la cama con unos ojos grandes y castaños.

Aunque en realidad parecía más bien una niña abandonada. Estaba muy delgada y la ropa que llevaba no estaba en muy buen estado.

Mitch se quedó mirándola. A pesar de su creciente enfado, esbozó una media sonrisa. La desconcertaba el porte tan real en una niña tan pequeña. Las niñas a esa edad deberían reírse todo el tiempo en vez de comportarse como si llevaran todo el peso de un reino sobre sus hombros.

¿Pero qué sabía él de niños? ¿O qué más le daban?

Agarró la sábana y se tapó el pecho con ella, al tiempo que intentaba levantarse. No había ido hasta Missouri para perder el tiempo. Tenía cosas que hacer. Además, tenía que salir en avión para Colorado esa misma tarde.

Le había dicho a Jack que iba a estar de vuelta en Winterhaven en dos días. Jack Winter había sido el que le había acogido en su empresa, cuando él tenía tan sólo diecisiete años y era un chaval asustado. Le había dado trabajo y un sitio donde quedarse. Su mujer, Josey, le había dado el suficiente coraje como para llamar a King y decirle que se había escapado. Jack, con los años, se había convertido en su mentor y en su amigo. Mitch no quería decepcionarle.

Todavía con la sábana en la mano, Mitch puso los pies en el suelo. Una de las cosas que había aprendido mientras enseñaba a esquiar en Lodge era que allá donde había una princesa, debía haber también un rey y una reina. Tendría que pedir audiencia real cuanto antes. Quien quiera que estuviera viviendo en casa de su padre podría resolver el enigma.

—Muy bien, princesa, me llamo Kole y ahora me gustaría levantarme para…

—Ya sé. Tú eres el príncipe.

—¿Seri? ¿Dónde estás? No molestes al señor Kole.

Maldición. Mitch se cubrió un poco más con la sábana de sirenitas. Por lo que él recordaba de los cuentos, las princesas no se encontraban con el príncipe medio desnudo y en la cama.

—Seri, te dije que no… —una mujer apareció por la puerta—. Oh… —al verlo, abrió los ojos de forma desmesurada.

Mitch se fijó en que se había sonrojado. Las cosas parecían que cambiaban a mejor.

No había duda de que era la madre de Seraphina. Esa mujer era la viva imagen de lo que algún día aquella princesita se convertiría. La niña era muy delgada, pero a su madre era un placer mirarla. Una mujer muy atractiva, con pelo sedoso, del color de la cerveza, que acariciaba sus hombros cada vez que se movía.

A pesar de su estatura, se comportaba con la misma actitud real que su hija. A pesar del vestido largo y sin formas que llevaba, y el suéter marrón que debió heredar de su abuela, no podía ocultar un cuerpo exuberante. «Mujer» era una de las palabras que estaban prohibidas en el diccionario de Mitch. O por lo menos eso quería él.

Pero sólo hasta que la miró los ojos. Eran azules, el azul de los cielos de Colorado. El azul de los lagos de las montañas.

O un glaciar de Alaska. Se agarró aún más a las sábanas.

La mujer lo estaba mirando como si fuera un extraterrestre que acabara de caer en la cama de su hija.

—Venga, Seri, vete a la cocina —le dijo a la niña, obligándola a salir por la puerta.

Si hubiera estado bajo las mismas circunstancias en su casa en Winterhaven, Mitch habría bostezado y le habría dirigido a la mujer una sonrisa provocadora. Pero aquella mujer tenía algo que le hizo dudar.

La mirada de la mujer se detuvo en el puño con el que él tenía agarrada la sábana. Su mirada se dulcificó sólo un poco.

Fascinado observó cómo esbozaba una ligera sonrisa. Lo peor de todo fue que él le respondió.

—¿No le ha dicho que estábamos aquí?

Una pregunta un tanto retórica, porque se dio la vuelta antes de que él pudiera responder. Lo que estaba claro era que no había ido hasta allí para dejarse intimidar por una mujer que estaba viviendo con su padre.

Echando la sábana a un lado, se puso en pie. En ese momento la niña entró en la habitación otra vez. Mitch se volvió a tapar con la sábana de sirenitas.

—¿Seri? —la mujer volvió a aparecer por la puerta. La agarró de la mano y la sacó de nuevo.

—Pero mamá…

—Deja al señor Kole que se vista en paz.

Se fueron juntas, pero no antes de que Mitch se fijara en la mano de la mujer. No llevaba anillo. Aquel descubrimiento le puso furioso.

—¡Espere un momento! Señorita… Señora… —¿Cómo era posible que ella supiera de su existencia y él no conociera nada de ella? Su frustración fue en aumento—. ¿Quién es usted? —le gritó. No le gustaba no controlar una situación. No le gustaba que una mujer le perturbara de tal manera.

Volvió a aparecer por la puerta. La niña lo miró por entre las piernas de su madre.

—Sander. Ellie. Soy la que llamó para comunicar el accidente de su padre.

Volvió a sentirse resentido.

—Le dije que no había necesidad de molestarle, pero él insistió.

Mitch se quedó mirándola a los ojos. Era una mujer que le fastidiaba. Le fastidiaba bastante.

—El desayuno está en la cocina —le comunicó simple y llanamente y salió de la habitación, su cabello acariciando sus hombros como una falda de seda.

—Sólo tomo café —le gritó—. Nunca desayuno.

¡Maldita sea! No tenía por qué gritar sólo porque todavía había cuentas pendientes entre su padre y él. Pero tampoco tenía tiempo para…

Para nada. Había venido por obligación. Había ido a ver a su padre, porque pensaba que estaba moribundo. Pero cuando Ellie Sander le había llamado no le había dicho mucho. El viejo Kole no se estaba muriendo.

La noche anterior, en el hospital, Mitch había descubierto que King tan sólo había tenido un pequeño accidente que le había dañado el tobillo, aparte de tener un terrible dolor de cabeza. El cual se merecía.

Mitch se puso la ropa interior y salió al pasillo, para ir al cuarto de baño, arriesgándose a encontrarse con más princesas otra vez.

Tenía que ir a ver otra vez a su padre. Había convencido a una enfermera para que le dejara pasar. También había llamado a una agencia para que enviaran a alguien a encargarse de la tienda. Había arreglado todo hasta que su padre pudiera levantarse otra vez. Pero él no estaba dispuesto a quedarse allí.

Su padre nunca había hecho nada por él cuando era más joven. Nunca había hecho nada por su madre, cuando lo había necesitado. King había establecido la manera de actuar y él se limitaba a seguirla.

Pero no había por qué ser grosero con aquella Ellie Sander, quien quiera que fuese. ¿Por qué una mujer tan guapa estaría viviendo con su padre?

Tenía que tener una fuerza de voluntad increíble para soportar a su padre. Lo cual estaba bien, porque aquello era precisamente lo que Mitch quería que siguiera haciendo en el futuro.

 

 

Ellie se dio cuenta desde el momento en que Mitch Kole apareció en la cocina. A pesar de estar de espalda, se dio cuenta de su presencia, pudo oler su aroma, que prevalecía por encima del olor a café y pastelillos.

Apareció en la cocina de la misma manera que había logrado meterse en la casa la noche anterior. Había sido mientras ella había estado en la tienda. Por una vez, se alegró de que Seri se hubiera ido a dormir con el perro.

¿Y si Mitch Kole hubiera llegado después de Seri y se hubiera quedado dormida en la cama doble? No se lo quería ni imaginar. Los gritos que habría dado le habrían asustado tanto que se habría ido corriendo a Colorado.

Pero por lo que ella sabía, no era necesario gritarle para librarse de él.

Sin mirarlo, Ellie apartó el teléfono inalámbrico de Rafe y puso unos panecillos delante de él y de su hermana, que estaban sentados en el mostrador de la cocina.

—Daos prisa, niños. Tengo que abrir la tienda en quince minutos.

Después se obligó a sí misma a mirar a Mitch. Justo en ese instante se dio cuenta de que había cometido su segundo error esa misma mañana. El primero había sido entrar en su habitación mientras él estaba en la cama.

Aunque ya estaba vestido, lo que le puso nerviosa no era la forma en que sus pantalones se ajustaban a sus muslos. Era su sonrisa. Su sonrisa le provocaba los mismos sentimientos que había tenido la noche anterior cuando había entrado y lo había visto dormido. Había encendido su deseo.

Era la sonrisa encantadora de un hombre persuasivo. Observó cómo iluminaba sus ojos color zafiro y marcaba las líneas a los lados de su boca. La blancura de sus dientes resaltaba en su rostro bronceado por el sol. El efecto quitaba la respiración.

Ellie frunció el ceño. Había dejado de tener esas sensaciones hacía mucho tiempo. Lo mismo que se había olvidado de las sonrisas burlonas y las promesas excitantes. Y cuando los niños habían empezado a llegar, había abandonado sus sueños de una familia unida, una casa y una seguridad…

Pero había aprendido. Claro que había aprendido. No tenía la menor duda de que un encantador monitor de esquí, al igual que un encantador músico, era algo por lo que no merecía la pena perder el aliento. En el mundo real no había príncipes encantados.

—¿Azúcar? ¿Leche? Sólo tenemos desnatada.

—Mamá, el príncipe quiere galletas.

—No, sólo café. No creo que pueda comer galletas —le dijo a Seri sonriendo.

Ellie abrió el armario y sacó una taza, luchando como podía contra unos sentimientos que la dejaban indefensa.

—¿Gabe? ¿Michael? A desayunar —llamó a sus hijos.

Había veces que sus cuatro hijos la abrumaban, pero cuando los tenía a su alrededor y los miraba a la cara, siempre le daban fuerza. Que era lo que más necesitaba en aquellos momentos. King no le había dicho que su hijo fuera tan atractivo. Por instinto sabía que aquel hombre los ponía a todos ellos en peligro.

Para su alivio, Gabe apareció en la cocina. Cuando vio a Mitch se detuvo.

Ellie vio cómo los dos se miraban el uno al otro retándose. Mitch sonrió.

Mejor. No quería que sus hijos se dejaran llevar por el encanto de aquel hombre.

Gabe se dirigió hacia el mostrador, sus ojos azules expresando una disculpa.

—Siento que hayamos discutido, mamá —le dijo—. Toma —le entregó una flor de papel medio rota. Volvió la cabeza y se dejó abrazar por su madre.

Aquella muestra de orgullo y arrepentimiento la llegaron al alma.

—¡Hola! —Michael entró en la cocina seguido por el perro—. Hola, tú debes ser el hijo de King. ¿Sabes una cosa? Nos dijo que ibas a venir. ¿Puedo preguntarte algo? ¿Nos vas a enseñar a esquiar?

—Michael…

El niño sonrió y enseñó una dentadura a la que le faltaban dos dientes y se fue al mostrador. Abrió su mano y le ofreció a su madre otra flor de papel verde medio arrugada.

—Lo siento, mamá, yo sólo quería…

Ellie lo tranquilizó dándole un abrazo, ofreciéndole toda su protección. Pero la sensación de tener a su hijo mayor entre sus brazos la llenó de felicidad. Michael era un niño fuerte y lleno de energía. Gabe era sólido y tranquilo. Y ella los necesitaba a los dos.

Ellie suspiró. Sus hijos habían ido a disculparse. Michael le había hecho una flor de papel.

—Gracias, chicos. Os quiero mucho. Os quiero a todos mucho —sonrió a sus angelitos y aquello le dio fuerza. No iba a permitir que nunca les pasara nada malo. Habían encontrado una casa y estabilidad, por lo menos de momento. No iba a permitir que Mitch Kole pusiera en peligro su futuro.

—Vamos niños, a desayunar.

Dejó las dos flores de papel en la cesta que había en el mostrador, acariciando aquella muestra de amor de sus hijos. A continuación sacó unos platos del armario y los llenó de galletas, poniendo además mantequilla.

Tenía que convencer cuanto antes a Mitch Kole de que volviera a Colorado. Cuando le había llamado, él había mostrado sus reticencias a ir, por lo que no sería difícil persuadirle. Reuniendo un poco de coraje, puso los platos delante de sus hijos.

—¿Podría tomar un poco de café?

—¿Café…? —se había olvidado por completo. Conmocionada por otra de las sonrisas de Mitch, llenó la taza de café. Se le derramó algo en el mostrador.

Mitch levantó la taza y ella limpió la mancha con un trapo, sin prestar atención al movimiento que él hizo con las cejas. La estaba mirando muy de cerca. Ellie reconocía aquella mirada, Peter la había mirado así a veces, cuando eran jóvenes y rebeldes y la había llenado de promesas. Antes de que los hijos llegaran.

Peter la había hecho perder la cabeza, de la forma que sólo una chica de dieciocho años la puede perder. Pero la mirada de Mitch provocaba en ella otros sentimientos, le ponía nerviosa y la volvía tímida, dejándola casi sin respiración. Fuera lo que fuera, razones tenía para sentirse nerviosa.

King le había dicho que Mitch no era un hombre que le gustara tener familia. Ella ya había conocido a hombres así.

—Estos son mis hijos, señor Kole —se los presentó haciendo un gesto con la mano. Eran sus protectores, sus talismanes contra cualquier debilidad que los encantos de Mitch pudieran poner en peligro. Sabía que cuatro niños de menos de diez años ponían en guardia hasta al más pintado.

Continuó mirándola de cerca, esbozando una sonrisa.

—Llámame Mitch.

Ellie volvió a reagrupar sus defensas.

—Este es Gabe, mi hijo mayor. Tiene diez años. Michael tiene ocho. Rafe acaba de cumplir los seis… —se sintió llena de orgullo al ver cómo sus hijos le ofrecían la mano—… y creo que ya conoces a Seraphina.

—Yo tengo cuatro años y dos meses —Seri respondió, ofreciéndole su manita—. Somos los ángeles —añadió—. Gabriel, Michael, Raphael y…

—¡Seri! —le gritó Ellie, arrepintiéndose al instante.

—O por lo menos antes éramos los ángeles —le dijo Seri bajando la voz—. Antes de que…

Ellie sintió un nudo en la garganta.