Volver al dolor - Ignacio Llanes - E-Book

Volver al dolor E-Book

Ignacio Llanes

0,0

Beschreibung

Volver es la ilusión de quien ama o de quien recuerda que amaba mucho algo. Dicen que no hay que regresar al lugar donde se fue feliz, pero donde no lo fuimos ¿será necesario volver para cambiarlo? ¿Se puede poner en otro lugar el dolor? Ignacio Llanes con oraciones breves y furiosas deja sus heridas en el texto, las palabras son flechas que se incrustan agudas para marcar la tensión. Sus personajes se reinventan en esa incomodidad, vuelven al dolor que los destruye para construir su propio universo, este que dice: somos humanes porque podemos entrar en aquello que nos descarna. Los cuentos de este libro no escatiman en esa generosidad, nos ofrecen ese bálsamo: la esperanza de poder poner nuestros dolores en otras heridas.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 135

Veröffentlichungsjahr: 2024

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Ignacio Llanes

Volver al dolor

Cuentos

Baltasara Editora

Llanes, Ignacio

Volver al dolor / Ignacio Llanes - 1a ed . - Rosario : Baltasara Editora, 2024.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-3905-76-6

1. Narrativa Argentina. I. Título.

CDD 863

Diseño Tapa: GJC

Ilustración tapa: © Guadalupe Vilalta

Foto solapa: © Delfina Herlein

© Ignacio Llanes

© Baltasara Editora – Año 2023

2000 Rosario- Prov. de Santa Fe – República Argentina

Teléfono/Fax: 54 341 4210465

E-mail: [email protected]

Queda hecho el depósito que establece la ley 11.723

Libro de edición argentina. Impreso en Argentina.

No se permite la reproducción parcial o total, el almacenamiento, el alquiler, la transmisión o la transformación de este libro, en cualquier forma y por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopias, digitalización u otros métodos, sin el permiso previo y escrito del editor. Su infracción está penada por las leyes 11723 y 25446.

Esta obra resultó ganadora en la

2da. Convocatoria Editorial 2022 – Narrativa (Cuentos)

del sello Baltasara Editora.

Rosario, Provincia de Santa Fe, Argentina, 23 de mayo de 2023.

A Petu,

por acompañarme en cada reinvención.

A Maia,

por marcar el rumbo.

Un viaje al centro de la herida

La cicatriz

puede ser todo el cielo

María Negroni, La ineptitud

Si pudiéramos hacer una historia del dolor personal o colectivo me imagino que nos encontraríamos inevitablemente con el relato de una vida que es memoria edificada piedra a piedra sobre cicatrices que todavía laten.

Esas cicatrices son el registro de las heridas. La primera de ella es nacer, nacemos de la herida física de otra persona, pero que se constituye como nuestra también. El tesoro que nos queda de eso es la huella del ombligo. La huella es la cicatriz de lo que fuimos y es precisamente allí donde volvemos para saber quiénes somos.

Recordar es volver a respirar por primera vez como con hambre. Recordar es volver para contar. Como el Ulises de Homero que retorna para decir sus peripecias, como el Bloom de Joyce que se acuesta en la cama junto a Molly después de haber recorrido Dublin y sus pensamientos tortuosos.

Volver es la ilusión de quien ama o de quien recuerda que amaba mucho algo. Dicen que no hay que regresar al lugar donde se fue feliz, pero donde no lo fuimos ¿será necesario volver para cambiarlo? ¿Se puede poner en otro lugar el dolor?

Ignacio Llanes con oraciones breves y furiosas también deja sus heridas en el texto, las palabras son flechas que se incrustan agudas para marcar la tensión. Los personajes no están cómodos, tienen frío, están solos, desamparados, los persiguen pesadillas, gotas de sangre caen de sus labios, esperan y se desencuentran, viven en una agonía que se vuelve elástica y soportable, lo suficiente para invitarlos e invitarnos al movimiento. En esa incomodidad se reinventan, vuelven al dolor que los destruye para construir su propio universo, este que dice: somos humanes porque podemos entrar en aquello que nos descarna.

“Leer una obra es leerse a una misma” me digo mientras preparo un café. Los cuentos de este libro no escatiman en esa generosidad, nos ofrecen ese bálsamo: la esperanza de poder poner nuestros dolores en otras heridas.

Maia Morosano

“El vértigo significa que la profundidad que se abre ante nosotros

nos atrae, nos seduce, despierta en nosotros el deseo de caer,

del cual nos defendemos espantados.”

Milan Kundera, La insoportable levedad del ser.

“Un enano de jardínbajo la lluviaen una casa abandonada.”

Leandro Gabilondo

Las maldiciones no existen

Respiró con hambre, como si lo hiciera por primera vez en su vida. Abrió los ojos y se encontró de frente con la oscuridad del living. Tenía frío. Afuera, la tarde convertida en noche todavía cargaba veinte grados. Pero ella tenía frío. El invierno correntino no se parecía en nada al invierno porteño al que estaba acostumbrada. Habían tenido dos semanas del frío que ella conocía bien, esa humedad helada que se desliza entre la ropa y se adhiere al cuerpo como una segunda piel, que cristaliza los huesos hasta que se sacuden dentro de la carne. Eso le gustaba. Pero después había vuelto el calor espeso, apenas atravesado de vez en cuando por algún viento fresco que soplaba desde el río. Igual, ahora, tenía frío.

Se paró del sillón y caminó arrastrando los pies descalzos por la alfombra. La pesadilla seguía clavada en sus pupilas. El living parecía no terminar nunca, extenderse en una oscuridad que partía en oleadas desde donde estaba parada, en todas direcciones. Dio varios manotazos en la pared hasta encontrar el interruptor. El dolor le quedó vibrando en la yema de los dedos. Estaba en la cocina, no tenía idea cómo. Y seguía teniendo frío.

Volvió sobre sus pasos y agarró la ruana que había dejado sobre el respaldo del sofá de pana beige que partía en dos el espacio gigante que llamaban living. Una mitad estaba delimitada por la alfombra nórdica. Era tan grande que habían tenido que entrarla cargada en los hombros de cuatro empleados del negocio de decoración, y tenía más superficie que la cama king size de la pieza. Lo había comprobado la noche de la mudanza. Con la casa en un letargo y todavía a medio acomodar, habían terminado cogiendo ahí mismo, un polvo suave pero violento, los cuerpos desbordados por la emoción de lo nuevo. Lo había disfrutado mucho, aunque le costaba recordar si era por el orgasmo o por el tacto suave de los pelos contra su espalda desnuda. Sí recordaba el lugar donde habían aterrizado las gotas de sangre que volaron de su labio cuando Marcos la había mordido, apretando con la fuerza excesiva que usaba siempre cuando se dejaba ir dentro suyo. Ella todavía alcanzaba a ver el rosado que destacaba contra el color crudo de la alfombra. Ya no estaba ahí, pero ella lo veía, como un vestigio desdibujado de la última vez que habían tenido sexo. La chica que limpiaba había hecho un gran trabajo.

La otra mitad del living estaba ocupada por una mesa enorme de madera oscura, lustrosa, con lugar para ocho comensales y un florero siempre lleno ubicado en el centro. Nunca la habían usado. Ella comía en la cocina o en el patio si el día lo permitía y él en el trabajo. A la noche solía esperarlo hasta que se cansaba y cenaba hundida en uno de los extremos del sillón mientras miraba una serie. Él llegaba tarde, generalmente cuando ella estaba en la ducha, y se acostaba cuando ella ya dormía.

Se puso la ruana sobre los hombros. El frío le hacía doler, recorriéndola en descargas que le atravesaban el pecho y le rasgaban las costillas. Sabía que era culpa de la casa, aunque no entendía cómo. Su suegro le había asegurado que era porque se trataba de una construcción de principios de siglo. Los techos altos, los ambientes amplios y sin puertas que los dividan, el patio en el centro. Que estaba diseñada para ser fresca todo el año, sino no se podía vivir con las temperaturas altísimas que hacían ahí. Ella le sonreía y le decía que claro, seguro tenía que ser eso, pero en el fondo sabía que era algo más. El frío que sentía nacía siempre desde adentro, reptaba desde su entrepierna hasta su panza y se deslizaba hacia afuera por su garganta. Era un frío que nunca antes había experimentado, y que parecía comprimirle el corazón. Pero no podía decirle eso a nadie. No podía dejar que creyeran que ella, la porteña, la sofisticada, la culta, pensaba que la casa en la que vivía con su esposo, abogado de familia de clase alta, estaba maldita. Las maldiciones no existen, pensó mientras subía la escalera hacia el piso de arriba. No, sí existen, se corrigió, pero solo las que provoca una misma.

Trepó paso a paso concentrándose en respirar por la nariz y soltar por la boca, porque si le empezaba a faltar el aire por la subida iba a pensar en la pesadilla, y no quería pensar. En realidad, siempre pensaba en la pesadilla, pero cuando le faltaba el aire era peor, porque la sentía escapándose por los pliegues de su mente y salpicando su realidad. Si su respiración se mantenía regular, si se aseguraba que sus pulmones se llenaran a toda su capacidad y rompieran la barrera invisible que le decía hasta acá nomás, este es el máximo de oxígeno que vas a recibir, podía mantenerla a raya. Dejarla confinada a los límites de su cabeza y recordarla como lo que era: una pesadilla.

Siempre transcurría en la casa: a veces en la cocina, otras en su pieza o el estudio donde pintaba, pero en general era en el baño. Estaba acostada sin poder moverse, desnuda, con la rigidez y la resignación de los algarrobos hachados que a veces veía a los costados de la ruta esperando su destino de mueble. El agua empezaba a inundarlo todo, creciendo desde abajo suyo. La empapaba y le calaba los huesos. Las piernas, los muslos, la ingle, el vientre, las tetas. Al principio ella no la podía ver, porque sus ojos estaban clavados en el techo que se elevaba infinito por encima, pero sabía que era negra. La sentía espesa, viscosa. Le tapaba los oídos y todo se volvía silencio. Se le metía por la nariz y la boca, abierta a la fuerza, aunque no la ahogaba, solo le hacía muy difícil respirar. Cuando subía un poco más empezaba a ver su color imposible de noche sin estrellas. Finalmente la cubría y todo se volvía oscuridad. No se ahogaba, era mucho peor, era una tortura que la mantenía viva, pero en un sufrimiento permanente. Una agonía que se volvía elástica a medida que el agua lo cubría todo y el piso desaparecía abajo de ella, y se hundía más y más, boqueando, consiguiendo únicamente que el líquido se adhiriera a las paredes de su garganta y le hinchara la panza, hasta que sus pulmones reales esquivaban la asfixia y la traían de nuevo a la realidad temblando de frío y terror.

Nunca le había hablado a Marcos de la pesadilla. Le daba la sensación de que se daba cuenta que algo le pasaba y elegía dejarle su espacio, que pudiera procesarlo a su tiempo; pero en general sentía que la ignoraba y no le importaba lo que le estuviera sucediendo. Nunca estaba segura. Igual lo amaba, al Marcos de Buenos Aires lo amaba. El que salía con ella a tomar gin durante horas en cualquier bar con onda, el que le ofrecía el hombro donde recostarse cuando se sentaban en el balcón a mirar la ciudad estallada de urgencia debajo de ellos, el que la sorprendía al mediodía en la oficina para ir a almorzar por ahí, el que le susurraba al oído con su acento musical, el que después de cenar la desnudaba con suavidad y calma, los dos cansados pero invadidos por la ansiedad de sentirse.

Había visto por última vez a ese Marcos en el aeropuerto el día que había viajado para preparar todo. Ella todavía tenía que trabajar las últimas dos semanas, encontrar lugar para los muebles que iban a dejar atrás y terminar de embalar lo que viajaba en el camión. La había despedido con un beso profundo, de esos en los que sus labios le sacaban hasta la última gota de aliento y sus manos se cerraban en su cintura con la fuerza justa para disparar descargas de placer por todo su cuerpo, después había desaparecido por la puerta de embarque regalándole una sonrisa de ojos finitos. Las dos semanas pasaron entre despedidas y videollamadas, un poco de sexo virtual y mucho trabajo. La última noche en el departamento lloró como quien entierra a un familiar que estuvo mucho tiempo enfermo, mitad con tristeza mitad con alivio. Hizo el duelo por su vida en Buenos Aires y voló al encuentro de un futuro de a dos. No fue precisamente lo que halló.

En Corrientes todo era diferente. Todo el mundo hablaba como Marcos, odiaba eso. Los nombres que eran personajes de historias y anécdotas divertidas se volvieron carne y hueso, gente que no podía ser más distinta a ella ni si fueran de otro planeta. Antes eran ellos dos contra el mundo, siempre juntos, compartiendo salidas, amigos, actividades. Ahora Marcos vivía teniendo planes que no la incluían, y las pocas veces que lo hacían se sentía relegada, como una nena en la mesa de los adultos, sin entender los chistes que provocaban que todos se rieran con carcajadas de bocas abiertas y dientes hacia afuera. Ella era una rareza decorativa, la esposa porteña, un espécimen que todos admiraban hasta que perdían interés y pasaban a otra cosa. Después de preguntarle por la vida en Capital y su opinión de la nueva ciudad, ya no querían escuchar su acento que sonaba fuera de lugar. A nadie le importaba cómo estaba, qué intereses tenía, qué quería lograr. Ni a sus suegros, ni a su cuñada, ni a la multitud de “compas” que saludaban por la calle a su esposo.

Se desnudó y se metió en la cama. Era temprano, pero estaba cansada. La apatía era más cansadora que la vorágine. Nunca había entendido del todo de dónde venía tanta insistencia por mudarse, por dejar atrás lo que tenían y empezar de nuevo. Había tardado en convencerse, pero al final la idea de libertad y tranquilidad le había resultado atractiva. Mi viejo me consiguió un puesto importante en la muni, amor, eso sin contar todos los clientes que le sobren a él y pueda agarrar por afuera. Vamos a estar tranqui con la guita. Vos te podés dedicar a pintar, como siempre quisiste. Te armás un estudio en la casa, te hacés mandar los mejores materiales de donde quieras, de Europa, Japón, donde se te ocurra. En un par de meses estás exponiendo en el museo de bellas artes ¿qué decís? Fueron semanas y semanas de la misma conversación; el argumento repetido una y otra vez, siempre mientras le sacaba de a poco la ropa y bajaba besando cada centímetro de su cuerpo, hasta que solo le interesaba sentirlo dentro suyo. El recuerdo le aceleró la respiración. Su mano se dirigió con prisa a su entrepierna, sin pedir permiso. Cuando sus dedos sintieron el contacto se retiraron en un latigazo, el mismo que cuando tocaba algo desagradable. Estaba seca, igual que los últimos dos meses. Como si la excitación no pudiera salir de su mente y derramarse en su cuerpo. Como si hubiera algún tipo de barrera que le impidiera disfrutar con soltura de su deseo. Cerró los ojos, resignada.

El reflejo de una luz se le metía por la comisura de los ojos y le provocaba dolor. Se tapó la cara con la almohada. Empezó a hundirse en un sopor, pero su cerebro le mandó una descarga de adrenalina para despertarla. Necesitaba descansar, pero no quería dormirse. Dormir significaba soñar, y ya sabía lo que significaba soñar. Se levantó y se volvió a abrigar con la ruana. Caminó bamboleándose, siguiendo el brillo dorado que nacía de una rendija y se expandía en todas direcciones por el pasillo. Empujó la puerta.

Su estudio todavía era un lío insoportable. Cajas de pinturas abiertas a medio desembalar, con el resto del contenido disperso sobre el piso de parquet tan lustrado que podía ver su reflejo. Varios lienzos en blanco apoyados contra una de las paredes como dominós gigantes, todos el doble cero. Dos o tres tarros rebosantes de pinceles que tenían el aspecto de ramos de flores extrañas, marrones y peludas. Por suerte en relación al tamaño absurdo de la habitación, el desorden no molestaba tanto. Era tan grande que a veces le costaba entender cómo encajaba con todo lo que estaba más allá de sus límites, como si no fuera realmente parte de la casa. Había días en los que le parecía que se hubiese extendido en todas direcciones, y otros se le hacía angosta y larga como un pasillo desproporcionado. Trataba de no fijarse demasiado en esas cosas. No ayudaban a aplacar la idea de que su hogar estaba maldito.

Parte del problema era que se le estaba haciendo difícil crear algo. Cada vez que se acercaba al atril, ubicado en el centro de la pieza, su mente se vaciaba, pero no de la forma que a ella le hubiese gustado. Ya no sentía esas punzadas que la recorrían desde adentro, que volaban de su cerebro a la punta de sus dedos y explotaban en color contra la tela. Su cabeza había decidido cerrar los lugares a los que accedía para buscar inspiración y solo le mostraba las imágenes de sus días todos iguales, una casa enorme, una tranquilidad inquietante, una soledad densa, una sucesión de caras familiarmente desconocidas.