Welcome back Jacqueline - Jean-Pierre Lacor - E-Book

Welcome back Jacqueline E-Book

Jean-Pierre Lacor

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Beschreibung

Un hombre ya muy grande sufre la inesperada muerte de su esposa, con quien estuvo felizmente casado por 60 años. Tras un periodo de luto, Jacqueline reaparece tan súbitamente como partió, y la vida cotidiana en Valle de Bravo retoma su curso. El protagonista aprovechará, y no reparará en gastos para lograrlo. Sin embargo, deberá ser discreto y enfrentar a sus hijos que, en su locura, insisten en la muerte de Jacqueline. Pero ella ha vuelto, ¿no es cierto? En Welcome back, Jacqueline, el lector encontrará una conmovedora historia de amor, muy apropiada para los tiempos que corren, en los que la imaginación parece ser uno de los recursos más valientes de la humanidad.

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Seitenzahl: 229

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Wellcome back, Jacqueline

D.R. © Libros del Marqués, 2021.

D.R. © Jean-Pierre Lacor, 2021.

D.R. © Diseño interiores y forros: Textofilia S.C., 2021.

LIBROS DEL MARQUÉS

Limas No. 8, Int. 301, colonia Tlacoquemécatl del Valle,

Alcaldía Benito Juárez, Ciudad de México.

C.P. 03200

Tel. (52 55) 55 75 89 64

[email protected]

Primera edición.

ISBN: 978-607-8713-64-6

ISBN digital: 978-607-8713-89-9

Diagramación digital: ebooks Patagonia

www.ebookspatagonia.com

[email protected]

Queda rigurosamente prohibida, bajo las sanciones establecidas por la ley, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento sin la autorización por escrito de los editores o el autor.

CAPÍTULO 1

A ver, a ver… Se van a preguntar: “¿Qué mamadas son éstas? Título en inglés, autor cuyo nombre suena a francés, texto en español…”.

Pues, como decía un contemporáneo mío en la fundición de plomo y cinc de Cartagena –España, sorry, don Gabriel–, creo que el güey se llamaba, o todavía se llama, Melgarejo, pero no les aseguro nada, voy a cumplir 82 añitos, sí, 82, y a estas alturas la memoria no es la que solía ser.

Total, en aquel entonces –estamos hablando por ahí del 64– el susodicho decía a cada rato, con acento gachupín: “Todo tiene su explicación”. Y es cierto:

Título en inglés: porque está apropiado y cualquier pendejo lo entenderá, incluso si no habla inglés.

Nombre del autor que suena medio franchute: no se extrañen, allá nací –antes de la guerra– y me quedé poco más de 20 años en ese bello país.

Texto en español: resulta que, de mis casi 82 años, pasé 38 en países donde se habla el idioma de Cervantes, por lo que el español se me facilita, aunque encontrarán de vez en cuando en mi prosa alguno que otro galicismo. Ya lo verán. Además, Jacqueline, de quien se trata en la presente joya, pese a su herencia francesa, nació en la Ciudad de México y siempre se consideró más mexicana que el chile o, mejor dicho, que el pulque, porque le encantó el chupe desde que pude introducirla (¡!) a este delicado placer.

Aclarado lo anterior, no sé si ustedes son iguales que yo a este respecto, pero a mí no me gustan los libros con páginas enteras sin diálogos, prefiero charlas, conversaciones de todo tipo o pensamientos entre comillas.

Pues en este caso los voy a defraudar, porque no pienso incluir mucha plática en mi relato y los que quieran seguir la lectura entenderán por qué. A los demás no les reprocho nada, total, le pagaron a Amazon unos dolaritos de los que me tocará un pequeño porcentaje y que interrumpan su lectura no me preocupa sobremanera.

“Al grano”, dirán los que siguen leyendo, pero me permito hacerles notar que la introducción –¡otra vez!, ¡duro y dale!, ¡cambia de tema, cabrón!– es parte importante de cualquier obra maestra. Como que la hace más comprensible, más apetitosa, más digestible, si prefieren.

Así que me gustaría elaborar o ir más adelante en la presente introducción. Sólo que, en este preciso momento, ya no sé qué le puedo añadir. Bueno sí, les tengo que platicar de mi talento escritural.

No vayan a creer que ésta es una ópera prima. Tengo un pasado de escritor reconocido por unos cuantos. No llegan a la cantidad que merezco, pero hablemos de unos 20 o hasta 30 lectores. Gozaron de la lectura de mis numerosos cuentos, escritos bajo la vigilancia de una autora mexicana muy famosa, cuya última novela, el título de la cual no aparecerá bajo mi pluma por ser completamente ajeno al contenido de la obra, pareciendo una caricatura de la misma, es comparable a las de muchos escritores del calibre de Alejo Carpentier, para nombrar sólo uno y evitar que mi lector esté enfrentado con la dimensión de sus lagunas literarias.

También escribí dos novelas, una de las cuales se publicó hace menos de 10 años, aumentando mi patrimonio, entre regalías y otros derechos de autor, en un poco más de 280 pesos mexicanos.

Por cuanto antecede, el lector tiene la certeza de lidiar con un profesional de la pluma, aun si en la actualidad uno recurre a medios más sofisticados que esta última para exponer sobre papel acciones, sentimientos, situaciones o, soltemos la palabra, ideas.

Pero no estamos aquí reunidos para que les hable de mi pasado como autor. Acaban ustedes de gastar sus dólares en Amazon para abrirse nuevos horizontes. Y a eso vamos, sólo que me pareció de buena educación presentarme al lector en forma breve para evitar cualquier malentendido.

Antes de dar por terminada esta forma de prólogo –no quiero repetir ad nauseam la palabra “introducción”–, me parece propio indicar cómo pienso realizar el trabajo que estoy empezando. Quiero hacerlo sin prisa alguna, sentado aquí en este jardín o, al principio de la obra, en el escritorio de mi propiedad inmobiliaria. Lo anterior porque deseo, más que nada, asegurar el rigor que de mi persona se espera y corregir, a medida que voy progresando, los improbables, pero siempre posibles, errores que de mi pluma podrían escapar. De forma que escribiré una página al día, ni una más ni una menos. Así que dentro de unos seis meses tendremos un producto vendible. Nunca hay que menospreciar el aspecto comercial de la cuestión intelectual. Ni ustedes ni yo compraríamos un libro de apenas 100 páginas y, a la inversa, podríamos pensarlo dos veces antes de adquirir uno de 600.

Claro que esta obligación cotidiana –del latín quotidinus– no dejará de afectar negativamente otros menesteres que, hasta la fecha, me ocupaban a diario –en latín, quotidie–. Mi pericia en resolver problemas “muy difíciles” de sudoku será la primera en moverse hacia la baja; me quedará poco tiempo para seguir partidos de futbol por televisión, los jugadores cambiarán de equipo sin que me entere con anterioridad, y, last but not least, tendré que suspender mis contribuciones a Duolingo, donde llevo ya dos años aprendiendo la lengua de Goethe o, como quien dice, el alemán. Este último lujo me lo concedí, no sin algún sabor ligeramente amargo en la boca –como indiqué arriba, nací antes de la guerra–, para ampliar la vasta gama de idiomas que ya conozco, leo, hablo y escribo con satisfactoria fluidez.

¿Pero a dónde íbamos? Les voy a pedir atentamente que no me distraigan de manera intempestiva del objetivo que me he fijado.

¡Ah, ya! Queríamos llegar al grano y, como aceptarán ustedes, es tiempo que se los revele, en la medida en que se pueda revelar un grano. Un sinfín de científicos lo han intentado sin lograr su propósito.

Bien, pues, yo sí creo que lo he logrado. Cierta noche, hace más de dos años, se me botó la canica o, como dicen nuestros amigos argentinos, “se me volaron los pajaritos”. Esto es equivalente a lo que llamamos, en francés coloquial, “quemar un fusible”.

Eran como las 2:30 de la mañana y me despertó Jacqueline –mi amadísima esposa y compañera desde hace 60 años– quejándose de que no podía respirar bien. Prendí de inmediato la luz de mi buró y, de hecho, la pobre sonaba como si acabara de correr un maratón. También se quejaba de tener náuseas. La acompañé lentamente al baño en un intento de curar los síntomas con un reparador vómito, pero no logramos nada y regresamos a la cama, donde la instalé, sentada con varias almohadas en la espalda, esperando mejorar su respiración en esta posición, lo que fue en balde. Y, de repente, zas, canica, pajaritos y fusible, creí que se había muerto. Vi que se echaba hacia atrás y me pareció que no respiraba, que su corazón había dejado de latir.

Como en las películas, me puse a intentar reanimarla haciéndole primero boca a boca, que no funcionó, y luego presionándole el tórax repetitivamente. Todo sin ningún éxito; no logré nada. Miré el reloj: eran las 3:30 de la mañana. Creo que estaba yo en estado de choque y me quedé un buen rato sentado en la cama junto a ella, mirándola sin creer, pero creyendo lo que veía.

Luego, todo procedió como en un caso de muerte real. No quise hablarles a mis hijos para darles la noticia en plena noche. En cambio mandé a cada uno de los tres un email pidiéndoles que me llamaran en cuanto despertaran.

Las cinco horas antes de que hubiera movimiento en mi casa no me parecieron interminables, aunque no recuerdo muy bien lo que hice. Sí sé que le cerré los ojos a Jacqueline y traté de dibujarle una sonrisa para que quedara tan guapa como antes. Era la primera vez que me encontraba con un cuerpo sin vida; a lo mejor, con algo más de paciencia, me hubiera salido la sonrisa.

También me metí a su clóset para escoger la ropa con la que la vestirían en su ataúd. Me dejé tentar por un conjunto de prendas azul marino que me gustaban mucho. Quién sabe dónde las había comprado.

El resto del tiempo pasó sin que me diera cuenta de lo que ocurría. Luego vi a Galdino, mi velador, andando en la terraza. Había detectado luces prendidas en la casa, lo que lo extrañó porque ya era de día. Le di la mala noticia y su cara se descompuso; creo que sentía afecto o, por lo menos, estima hacia Jacqueline; iban a pasear juntos a los perros y platicaban de todo un poco.

A las 9:00 llamé a mi amigo Juan, quien es doctor en medicina, para preguntarle qué tipo de declaración oficial tenía yo que hacer. Me dijo que no me preocupara, que enseguida venía. Sin embargo, a los pocos minutos, me volvió a marcar, explicando que, como era domingo, estaría cerrado el Ministerio Público, y me facilitó la dirección, en el pueblo, de otro doctor en medicina que podría arreglar todo el papeleo. A los que se extrañan de que les hable de doctores “en medicina”, me permito indicarles que viví dos años en Lombardía, una provincia italiana, y allá más te vale saber de qué doctor estás hablando, ya que todos abusan del título.

Luego llamaron mis hijos. Stéphane, el mayor, vive en Chicago y no tendría avión hasta el día siguiente. Llegaría a eso del mediodía. Jérôme, el segundo, es piloto de nuestra aerolínea bandera y volaba ese día, regresando a México en la noche. Sandrine, la pequeña, de apenas 50 años, cuyos hermanos me acusan de tratar como mi consentida, me preguntó si de verdad se trataba de su mamá, y cuando se lo confirmé, me dijo casi sin voz que en menos de una hora saldría de Naucalpan.

Por fin, como a las 9:00 de la mañana, llegó mi nuera Gillian, la esposa de Jérôme. Me acompañó en todas mis gestiones. Primero pasamos a ver al doctor indicado por Juan. El cabrón me sacó 6 000 y pico pesos a cambio de un certificado de defunción, redactado a mano, en el que, me fijé más tarde, los apellidos de Jacqueline venían mal escritos –en inglés, misspelled–. Luego nos trasladamos a Funerales Núñez, donde tenía –y todavía tengo– servicios prepagados de preparación de cuerpo y traslado, en ataúd económico, al Panteón Francés de San Joaquín, Ciudad de México, donde contraté el paquete completo: ataúd de lujo, velatorio, cremación, tanto para Jacqueline como para mí.

El señor Saúl Núñez, en persona, nos atendió como lo esperaba uno y prometió que en una hora se presentaría en mi casa un propio para preparar el cuerpo y acomodarlo en el ataúd económico. También convenimos que el traslado al D.F. se efectuaría al día siguiente para permitirle a Stéphane llegar al velorio.

El susodicho propio fue puntual, pero debo decir que su intervención me pareció la cosa más horrible de todo este asunto. Me pidió la ropa que yo había escogido en la noche, se encerró en el cuarto con Jacqueline y, no sé con exactitud cuánto tiempo después, salió con dos bidones de plástico transparente, aparentemente llenos de líquidos, preguntando dónde podía disponer de los mismos. Allí tuve que llamar a Galdino porque no aguantaba más y salieron los dos, me parece que a la cochera, ya que después encontré mojada la reja del desagüe en el que suelen perderse las aguas del lavado de coches. Regresaron cargando el ataúd vacío y a los pocos minutos lo trajeron, ya ocupado, a la entrada de la casa, donde el propio había instalado una plataforma plegable en la que colocaron a Jacqueline. Me acerqué a verla y era muy guapa, tranquila, pero visiblemente ajena a lo que pasaba en este mundo.

A partir de entonces empezó a llegar gente: familiares de Galdino, uno que otro vecino e incluso amigos de Valle de Bravo, quienes, de alguna forma u otra, habían recibido la mala noticia. Y en la nochecita llegó Jérôme, de regreso de su vuelo a quién sabe qué destino.

No sé dónde estuve durante ese tiempo ni cómo me fui a acostar en la noche. Sólo recuerdo la mañana siguiente, cuando llegó la limusina de Funerales Núñez. Cargaron el ataúd en el vehículo y nos fuimos rumbo al Panteón Francés, al que, entre una cosa y otra, había yo avisado el día anterior de nuestra llegada.

¿Creerán que nos habían reservado la sala Costa Azul para el velorio?

A mí nada me parecía menos Costa Azul que este evento. Ya había llegado mucha gente, incluido a Stéphane, quien, apenas el cuerpo estuvo sobre su especie de escenario, se instaló al lado de su mamá, como para protegerla. Yo me bajé a saludar a familia y amigos, aunque, de verdad, no recuerdo bien quién asistió. Sólo me vienen a la mente unos cuantos, entre ellos, por verlos cada 10 años, el marido de una vieja amiga de Jacqueline, muerta ella misma unos años antes, y el hijo de nuestro difunto amigo Pierre, a quien confundí con un famoso saxofonista amigo de Sandrine.

Luego llegó el momento de la cremación. Nos llevaron, junto con el ataúd, a una casita alejada del panteón y estuvimos esperando, un par de horas o más, a que terminara el proceso. Por fin salió una mujer vestida de negro cargando una caja de 20 por 20 centímetros, donde estaban las cenizas con una plaquita metálica en la que venía grabado el nombre de Jacqueline. Me apoderé de la cajita como si fuera un tesoro y no la solté mientras me hacían firmar un sinfín de papeles. Tenerla conmigo, junto a mí, me daba la impresión de que Jacqueline seguía allí, que estábamos como siempre muy cercanos el uno al otro.

Quedaban todavía muchos amigos y parientes cuando dejamos el crematorio, pero sería incapaz de nombrar siquiera a uno de ellos. Nos dirigimos hacia los coches y no sé quién manejó el mío de regreso a Valle, si fue Stéphane o fui yo, tampoco recuerdo detalle alguno del viaje. Llegando a casa estaban mis tres hijos, pero tengo una laguna mental completa de lo que pasó. Y la laguna duró semanas y meses. Supongo que estaba yo solo en casa. Seguramente me hablaban con frecuencia mis hijos, como siguieron haciéndolo después e incluso ahora, sólo que, para mí, pasaron semanas en blanco. Hay episodios de los que me acuerdo y a lo mejor ocurrieron en ese lapso, pero no me consta. Uno de ellos es una comida en La Michoacana a la que invité a Yolanda y la Nena y se juntaron los Constandse, quienes, por cierto, no me invitaron después o, si lo hicieron, no lo recuerdo. Obviamente, otro es la misa que arregló Brenda en homenaje a la fundadora de la Liga Vallesana para los Derechos de los Animales –LIVA–. Sí, cuando regresamos de los Estados Unidos a retirarnos en Valle de Bravo, a Jacqueline, quien siempre fue amante de los animales, le molestó mucho ver perros y gatos deambulando por las calles del pueblo, visiblemente subalimentados y, a veces, objeto de sevicia por parte de imbéciles que encontraban muy divertidas las brutalidades que les infligían.

Así que Jacqueline decidió crear una organización que buscara medios para proteger a las víctimas y, gracias tanto a mis talentos empresariales como a su gran corazón, creamos, alrededor de 2010, la liga arriba mencionada. Evolucionaron bien las cosas, pero era demasiado estrés para ella y decidió tomar el asunto con más calma, apuntando como nueva directora a la susodicha Brenda, misma que arregló la misa de la que les hablé, porque yo de misas no conozco mucho ni quiero conocer. Ésta fue original en el sentido de que, aparte de cura, etc., Brenda invitó a que los asistentes trajeran a sus mascotas. Y llegaron muchas mascotas que Brenda adornó con una bufandita de algodón en el cuello. Yo me esperaba un desmadre total, con ladridos y peleas, pero nada. Se comportaron como se debe y el cura pudo oficiar como quiso. Hecho notable: mi hijo Jérôme pronunció un discurso que nos emocionó a todos, pero no me pregunten de qué se trataba, lo olvidé todo.

El pedo con mi memoria es que tengo 82 años, como me parece que ya les dije –bueno, 79 en aquel entonces–, y se esfuman los acontecimientos recientes de poca importancia. Hace unos meses y por motivos que no recuerdo, Sandrine me llevó a ver a un psiquiatra en Cuernavaca, mismo que me recetó, entre otras cosas, una medicina a base de memantina, que ayuda la memoria. Eutebrol se denomina, distribuida por los laboratorios Asofarma de México, S.A. de C.V. No crean que estos nombres los recuerdo por un milagro de dicha medicina. La verdad es que me acabo de levantar para ir a ver la caja de pastillas en mi buró. Porque, en realidad, la mencionada memantina a mí no me provoca ningún recuerdo, a pesar de que me estoy tragando 20 miligramos diarios.

Otra vez, queridos lectores, me distrajeron ustedes y ya no sé de qué estábamos hablando. Menos mal que lo tengo por escrito, porque con las fallas de memoria que les acabo de relatar no me acordaría de nada, estaría roto el hilo de mi pensamiento.

A ver, a ver… Ah, ya está: les contaba de mis lagunas, más grandes que las de Zempoala –Estado de Morelos–. No es tarea fácil hablar de lagunas mentales, ya que, por definición, son episodios en los que la memoria de una persona –en este caso, mi persona– se ve afectada de tal forma que no le es posible acceder a un recuerdo determinado.

Espero que hayan entendido en su totalidad las últimas líneas del párrafo anterior y prosigo mi escritura. La temporada de lagunas terminó, más o menos, cuatro meses después de la desaparición de Jacqueline. ¿Les dije que ésta ocurrió el 14 de octubre de 2018? Se lo indico para que, de ahora en adelante, puedan ustedes mismos hacer sus propios cálculos. O sea que a partir de mediados del primer trimestre de 2019 recuerdo más o menos los acontecimientos de mi vida cotidiana.

Como entenderán fue una vida de perro. Imagínense convivir durante casi 60 años con una persona adorada y, de repente, encontrarse sin ella. No es que compartiéramos muchas actividades, ella se dedicaba a lo de sus animales y yo, francamente, a nada en particular. Pero estaba su presencia. Pues a partir del 14 de octubre de 2018, miraba a mi izquierda y veía vacío el sillón de su escritorio. Me levantaba por la mañana y no sabía cómo podría terminar el día. Me acostaba en la noche y no estaba su cuerpo acurrucado cerca de mí.

Tampoco tenía ganas de distraerme viendo a amigos. A mis hijos sí, obviamente, pero a pesar del cariño que me mostraban, no podían llenar el vacío y lo sabían a la perfección. Invité a comer a unos amigos, en realidad ahora me doy cuenta de que eran amigas casi siempre –aunque nunca fui un casanova–. Con una de ellas, Leti, muy amiga de Jacqueline, hasta hice una gran amistad y nuestras conversaciones telefónicas casi diarias me levantaban el ánimo. Nunca sabré cómo agradecerle.

El resto del tiempo, miraba yo al pasado, a mis placeres de años atrás, pero no me interesaba reanudar ninguno de ellos. La escritura podría haber sido una escapatoria; sin embargo, no tenía la menor idea de qué escribir. Recuerdo que, desde siempre, quise morir después de Jacqueline, porque creía que ella no lograría atender sin mí los pequeños problemas de la vida cotidiana: renovación de seguros, control de estados de cuenta bancarios, pago de prediales y facturas de agua… Pues ahora que estaba muerta me sentía a punto de lamentar que mi deseo se cumpliera. Por lo menos nos hubieran dejado gozar algunos años más nuestra vida en común: 60 años, ¡carajo!, no es un lapso que interrumpes así sin avisar.

Ya sé que hay otros viudos en este mundo y que la mayoría se siente, o se ha sentido, igual que yo. Pero no es ningún consuelo. Y les recomiendo de la forma más atenta a los que todavía tienen a su pareja que la cuiden y la apapachen mucho, porque tomamos un poco como un hecho normal u obligatorio que esté junto a nosotros, cuando la verdad es que depende sólo de la suerte. A unos les toca enviudar, a otros cabrones bien felices, no. Y pertenecer a la primera clase es de la chingada. Espero que hayan tomado apuntes.

Afortunadamente, de la misma manera que el amigo Melgarejo afirmaba que todo tiene una explicación, yo considero que todo tiene un fin, pero para indagar en este tema es necesario empezar un nuevo capítulo. Además, como bien se sabe, capítulos demasiado largos cansan al lector.

CAPÍTULO 2

Sí, todo tiene un fin.

Y mi locura, que había durado más de dos años, terminó un poco como había empezado.

Primero tengo que explicarles mi relación con el reino animal. Cuando creí que Jacqueline había muerto, heredé unas mascotas, como les llaman. Se trataba de cuatro perros y cinco gatos. Yo, si viviera solo, tendría un gato para hacerme compañía. Dan menos lata que los perros, no hay que llevarlos a pasear, no sabes dónde hacen sus necesidades y son afectuosos cuando les caes bien. Pero Jacqueline había acumulado el número que les acabo de mencionar y me tocaba cuidarlos como se debe. Así que si, entre otros detalles, se dignan observarme en mi cama, verán que siempre estoy acompañado de dos gatos y dos perras. Una de estas últimas es una chihuahueña blanca llamada Cloe, que tiene por costumbre considerar la casa como su retrete personal, con particular afición a los tapetes persas que adornan mis pisos. Pero respeta mi cama en este aspecto y, como les decía, a eso de las 2:30 de la mañana, habiendo yo efectuado una rotación del cuerpo que me despertó a medias, busqué con la mano a la susodicha Cloe, y cuál fue mi estupor, por no decir espanto, cuando encontré otra mano en el cuerpo calientito de la perrita. Recuperé, sin embargo, la calma y mi mano empezó a investigar los contornos de la otra.

Había un brazo, luego un hombro y, a continuación, una cabellera que me recordó de inmediato la de Jacqueline. Me alcé a prender la luz de mi buró y allí estaba Jacqueline. Incluso abrió a medias los ojos y murmuró:

—¿Qué haces con esa luz prendida?

La apagué enseguida y entonces sí creí que se me botaba la canica. En un medio delirio de asombro y felicidad, la agarré y la apreté contra mí hasta que se quejara:

—Déjame dormir, tengo sueño…

—¿Eres tú? —le pregunté.

—¿Quién quisieras que fuera? —y me empujó, dándose la vuelta del otro lado.

Yo me tiré de espaldas y no sabía qué pensar hasta que, poco a poco, logré reflexionar. Si estaba aquí, y no cabía duda de que fuera ella, es que yo había vivido dos años y pico en una pesadilla total que, en términos comunes y corrientes, se llama locura. Volví a tocarla para cerciorarme de que no estaba soñando. Y sí, la sentí tal como la había sentido durante 60 años, descansada, viva.

No pude dormir el resto de la noche. Me acordaba del funeral en el Panteón Francés, de la espera para obtener la cajita con sus cenizas. Todo eso parecía cierto, pero no podía ser. Lo que me calmó un poco fue considerar que aquella pesadilla había empezado a las 2:30 de la mañana y que, de nuevo, eran las 2:30. O sea que, muy posiblemente, mi cerebro había dado un salto a la nada, a la insensatez, y que las cosas volvían ahora a tomar su curso normal. Era cierto, por ejemplo, que el clóset de Jacqueline nunca se había vaciado, y no faltaban en su lavabo su cepillo de dientes o los productos de belleza que utilizaba todos los días. Yo pensaba que los había conservado para acordarme de ella, pero sería más lógico imaginar que, en realidad, ella los empleaba a diario, y nunca se me había ocurrido averiguar la aparición de un producto nuevo o la sustitución de uno acabado.

No sé si a alguno de ustedes le ha ocurrido enterarse de que pasó más de dos años de su vida en la locura total, pero les aseguro que resulta aterrador, y estuve unas horas sin saber si mi privación del juicio era anterior o presente.

Afortunadamente oí que Jacqueline se levantaba y que afuera era de día. Me hice el dormido un rato y luego la alcancé en el cuarto de baño, donde hurgaba en sus cajones. Me acerqué a ella y antes de que me diera tiempo de abrazarla, preguntó:

—¿Qué te pasó esta noche? ¿Tenías pesadillas o insomnio? Me despertaste un par de veces.

Primero me quedé sin voz porque supe que sí habíamos regresado a una vida normal, pero traté de esconder mi asombro.

—Bueno —contesté—, no era ni insomnio ni pesadilla, todo lo contrario, soñé que nos íbamos de luna de miel y estaba muy atento a mi adorada mujer.

Alzó los hombros con una risita y pareció que encontraba lo que estaba buscando en los cajones. No intenté ver lo que era.

En mi vida me había sentido tan feliz, pero por lo visto tenía que cuidar de no hablar de los dos años anteriores, a ella no le gustaría que la hubiera enterrado viva. Estudió psicología clínica en Columbia University y encontraría allí quién sabe qué forma de desliz freudiano o mala intención.

Cuando me fui a vestir, les juro que se me ocurrió sacar el tuxedo que luzco en sucesos importantes, pero eso también le hubiera llamado la atención a mi renacida esposa y me contuve. Además, si bien recuerdo, engordé unos kilitos desde la última vez que me disfracé de inglés posh y creo que no entraría en la susodicha prenda.

Los más observadores entre ustedes habrán notado que uso con cierta frecuencia el adjetivo “susodicho”, o su femenino, “susodicha”, y lo anterior se debe a que no me disgusta emplear formas del idioma español caídas un poco en desuso. Me da la impresión de que les doy a esas palabras una posibilidad de resucitar y que me asemejo en cierta forma a Dios, tal como se lo imaginan los creyentes.

Pero les hablaba de mi smoking y de que no me lo iba a poner. Mientras observaba los estantes que albergan mis elegantes prendas en busca de las más apropiadas para este particularmente feliz día, entró Jacqueline a mi vestidor y me informó que iba a pasear a los perros.

—¿Le avisaste a Galdino? —dije sin reflexionar, e inmediatamente me di cuenta de que sobraba mi pregunta.

—¿Por qué tendría que avisarle? —contestó, pero se notaba que ya estaba pensando en alguna otra cosa y se marchó, como lo hacía todos los días dos años y pico atrás.