Whisna, el jardín de las luces - J.D. KAPLAN - E-Book

Whisna, el jardín de las luces E-Book

J.D. KAPLAN

0,0
6,99 €

-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

Whisna, el jardín de las luces es una fábula que acaso halle su inspiración más pura en las obras del gran Rudyard Kipling, no sólo por su exotismo, o la caracterización antropomórfica de algunos animales, al estilo del Libro de la selva, sino también por el poderoso hálito de misterio que la impregna, la búsqueda de un misticismo primigenio, a veces casi chamánico, que pervive, al margen de los vaivenes del mundo, en ese lugar mítico, oculto en la jungla, que es el secreto "jardín de las luces". La obra es también el relato de un viaje iniciático, el de Whisna, heredero de un reino del Indostán, en los tiempos en los que el Buda difundía su doctrina, como un peregrino del Dharma. En esta narración el mundo de los sueños y el de la vigilia se intercomunican, así como el de la imaginación con el de la realidad cotidiana. Las peripecias vividas por una joven águila, caída del nido antes de aprender a volar, ayudarán al príncipe heredero en su devenir vital y en su final elección ética. Casi parafraseando a Kipling, o como rendido homenaje a él, esta fábula también hubiera podido titularse El hombre que pudo "no" reinar.

Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:

EPUB
MOBI

Seitenzahl: 153

Veröffentlichungsjahr: 2015

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



J. D. Kaplan

Whisna, el jardín de las luces

Una fábula de los tiempos del Buda

Si este libro le ha interesado y desea que le mantengamos informado de nuestras publicaciones, escríbanos indicándonos qué temas son de su interés (Astrología, Autoayuda, Ciencias Ocultas, Artes Marciales, Naturismo, Espiritualidad, Tradición...) y gustosamente le complaceremos.

Puede consultar nuestro catálogo en www.edicionesobelisco.com

Colección Espiritualidad

Grafología psicologíca

Whisna, el jardín de las luces

J. D. Kaplan

1.ª edición en versión digital: marzo de 2015

Maquetación: Marga Benavides

Corrección: M.ª Jesús Rodríguez

Diseño de cubierta: Enrique Iborra

2015, J. D. Kaplan

(Reservados todos los derechos)

© 2007, Ediciones Obelisco, S. L

(Reservados los derechos para la presente edición)

Edita: Ediciones Obelisco S. L.

Pere IV, 78 (Edif. Pedro IV) 3.ª planta 5.ª puerta

08005 Barcelona-España

Tel. 93 309 85 25 - Fax 93 309 85 23

E-mail: [email protected]

ISBN EPUB: 978-84-16192-72-4

Depósito Legal: B-7.187-2015

Maquetación ebook: Caurina.com

Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada, trasmitida o utilizada en manera alguna por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación o electrográfico, sin el previo consentimiento por escrito del editor.

Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

Contenido

Portadilla

Créditos

Whisna, el jardín de las luces

El joven príncipe de Bolpur ha despertado en mitad de la noche y ya no ha vuelto a dormirse. Un extraño lamento, como de animal herido, le ha arrancado de su sueño. Ahora deambula por las solitarias estancias de palacio y se asoma a los amplios ventanales que se abren sobre los jardines, para contemplar la Vía Láctea, que parece contemplarle a él, impertérrita, lejana y fría. Cuando amanezca, dará comienzo el día crucial en el que será designado heredero al trono, y en el plazo de un año será rey. Su madre, la reina, le otorgará ese título en el trascurso de una solemne ceremonia, en presencia de toda la corte, y luego ambos se mostrarán al pueblo desde el alto balcón de palacio. Tres años han trascurrido ya desde que la reina enviudara y, a duras penas, ha logrado retener el poder, lidiar con la corte hostil, apoyada por su clan, que ahora le ha instado a que abdique en favor de su único hijo varón. Al finalizar la ceremonia de mañana, se anunciará asimismo el futuro matrimonio del heredero con una de las hijas del rey de Khandahal, el lejano reino situado más allá de las montañas.

De nuevo, el príncipe ha escuchado el quejido desgarrado y algo lúgubre, el mismo que le ha despertado, y en el jardín de palacio, a la luz ya mortecina de alguna antorcha, ha creído adivinar una presencia imprevista, una sombra deslizándose furtiva entre macizos florales, junto al estanque de los nenúfares. ¿Qué podrá ser esta vez?, se pregunta. De un tiempo a esta parte, han empezado a verse numerosos animales salvajes, procedentes de la cercana selva, que logran introducirse subrepticiamente en palacio: chacales, zorros, algún lobo, una pantera herida, una vez. Nunca antes había sucedido algo semejante. Luego están las serpientes, que se deslizan casi a diario hasta el lecho de los cortesanos que habitan en palacio, buscando allí algún calor, provocando el espanto de las damas cercanas a la reina y la ira de sus amantes y esposos. Nadie sabe cómo consiguen todas esas bestias burlar a los centinelas. Dos capitanes de la guardia ya han sido destituidos y azotados debido a su negligencia, por orden de la reina. No siempre se logra dar caza después a esas fieras intrusas, que merodean por el inmenso jardín, rondan los establos y acechan a criados, centinelas y cortesanos; muchas logran huir sin dejar rastro. Los animales que sí son capturados se comportan como alimañas enloquecidas, que parecen huir de algo y buscan allí algún refugio. Tal vez estén enfermos, puede que se haya declarado una extraña epidemia –temen en la corte–, que logre contagiarse en palacio a los caballos, a los elefantes, a otros animales domésticos. Eso sería desastroso para el ejército de Bolpur. Nadie sabe por qué acuden allí esas bestias, qué les atrae. La reina ha mandado redoblar la vigilancia por todas partes ante ese extraño asedio.

Mientras contempla las distantes estrellas, el príncipe piensa que quisiera escapar, huir de palacio –no sería la primera vez que lo hace– y no regresar jamás esta vez. Como decían sus maestros y tutores, que desde niño le educaron y conocían su ingenio de fabulador, su mente perpetuamente curiosa, en su pecho late el corazón de un poeta y no tanto el de un guerrero. Él no desea ser rey, nunca lo quiso, aunque sea consciente de que, si huyera ahora, se desatarían de inmediato terribles luchas fratricidas entre tíos, primos y otros allegados, tantos candidatos ávidos por ocupar el futuro trono vacante. Sin embargo, intuye que algunos de esos pretendientes estarán dispuestos a derrocarle de todos modos, a la primera ocasión propicia, a provocar una rebelión si fuera necesario, puesto que para muchos el lenguaje habitual del gobierno en Bolpur es la guerra, ésa es la índole de esta corte inclemente. Su propio padre accedió al trono tras una prolongada y sangrienta revuelta, su reinado resultó, de hecho, una continua pugna que no conoció ni un solo período de verdadera paz. En algunas de sus últimas campañas militares, para apaciguar territorios rebeldes del reino, el rey se llevó con él a su hijo, que apenas contaba veinte años, a los campos de batalla. Allí conoció el príncipe la devastación de la guerra, el olor nauseabundo de la tierra empapada de sangre, los jóvenes cuerpos maltrechos, mutilados, los ojos de tantos muertos que nadie cerraba, un lamento interminable que se apoderó de su alma y ya no le abandonó. Tras morir el rey, aquel guerrero contumaz, en una de las batallas, el reino apenas conoció unos pocos años de transitoria paz, siempre precaria, durante la regencia de la reina, mientras el equilibrio de fuerzas de los distintos clanes se reorganizaba y las circunstancias no aconsejaban todavía que el joven príncipe accediera al trono. «Bolpur te necesita. Yo te necesito», suele sentenciar ahora su madre, para convencerle, obsesionada por que su estirpe conserve sus privilegios a cualquier precio. En realidad, la forzada abdicación de la reina es una maniobra un tanto desesperada por parte de los leales a la actual facción gobernante. Respaldados por la tradición, esperan retener así el poder durante el tiempo suficiente como para sumar más alianzas y librar al reino de algunos cospiradores pertinaces, que portan la ambición desmedida en la sangre, trasmitida de generación en generación. Nunca olvidará el príncipe cuando, siendo aún un niño, estuvo a punto de morir ahogado a manos de Guiro, uno de sus primos, apenas cinco años mayor que él, mientras se bañaban en el estanque de palacio junto a otros familiares. Entre juegos y peleas fingidas, Guiro hundió la cabeza del príncipe en el agua y no soltó a su presa hasta que acudió uno de los guardianes al rescate. Un juego desafortunado, se dijo entonces, cosas de niños traviesos, y el incidente no trascendió, quedó sin castigo, ya que Guiro pertenecía a un clan muy poderoso en Bolpur. El príncipe no lo ha olvidado, siempre lo consideró un prematuro aviso. Lo que la reina ignora es que, en realidad, la rebelión de un clan rival –precisamente el que ahora comanda Guiro– ya está organizada desde hace tiempo y el asesinato del futuro rey, decidido. Sin embargo, los rebeldes aguardarán el momento propicio para no soliviantar en exceso a otros clanes de la corte.

El heredero al trono ignora los detalles de esas intrigas palaciegas, que ya le condenan, aunque intuya lo esencial de ese destino aciago. Esta noche, siente una especial añoranza por tiempos no muy lejanos, de cuando solía escapar de palacio, en secreto y disfrazado, unas veces de mendigo, otras de comerciante, aventurero o peregrino. Había llegado a no soportar ya recorrer su reino a caballo y fuertemente escoltado, siendo uno más de tantos hombres de armas –uno destacado–, provocando al paso marcial de aquellas comitivas una estela de temor, acaso también de profundo resentimiento, por tantos años de guerras, por tantas generaciones malogradas. Cuando la reina descubrió la intempestiva costumbre de su hijo, intentó prohibirla, aunque sin éxito. El príncipe no acataba sus ruegos, tampoco sus órdenes, y escapaba con ingenio, de las formas más imprevistas; de nada servía el celo de criados y centinelas. Hubiese sido necesario que le encerrasen en una celda como a un perpetuo prisionero, para retenerle, para evitar que saliese de palacio, solo, a su antojo y sin previo aviso. Ante aquella inquietante práctica, que no había forma de erradicar sin un radical encierro, los consejeros más cercanos de la reina acordaron guardar prudente silencio para no comprometer la seguridad del heredero, para no alterar al resto de la corte. Arjuna, uno de los generales más influyentes en el ejército, hombre de confianza de la reina, descartó que hubiese que encerrar a aquel joven rebelde –lo que significaría un desafortunado ejemplo–, y convenció a todos de que era preferible seguir al príncipe con discreción, para protegerle, pese a él, cada vez que escapase por un tiempo, e incluso para traerle de vuelta a la fuerza, si ello fuese necesario. «Se marchó de cacería», solía mentir la reina, contrariada, casi furiosa, ante las periódicas y tozudas desapariciones de su hijo. El príncipe se volvió también un experto en burlar aquella estrecha vigilancia, aquel seguimiento –siempre conseguía alguna complicidad imprevista– y, con frecuencia, sus perseguidores le perdían el rastro durante muchos días. Cuando eso sucedía, Arjuna solía enviar en su busca a sus mejores hombres, a los rastreadores más expertos y eficaces del ejército. El general es un guerrero astuto, buen estratega. Alguna vez fue un hombre honrado, un buen soldado que, sin embargo, odiaba la guerra, que se esforzaba por evitarla, pero a base de victorias militares fue ganando más y más favores, enriqueciéndose, y la vida en esa corte mezquina le fue trasformando; aprendió a convivir con la traición y la codicia, con la ausencia de escrúpulos y su corazón se enturbió. Arjuna se mantiene siempre bien informado, sabe administrar ciertos secretos. Por ejemplo, está al corriente de muchos detalles de la cospiración de Guiro y los suyos, pero ha decidido no actuar, de momento, mantenerse al margen y en silencio. Desempeña su papel de hombre cercano a la actual reina, de lealtad probada, pero si los acontecimientos se precipitaran y el heredero pereciera pronto, él se enfrentaría luego a los usurpadores, respaldado por una buena parte del ejército que le es fiel. De proclamarse vencedor, Arjuna reclamaría para sí el trono, como tantos hicieron antes que él, envueltos luego en un halo de héroes salvadores. ¿Por qué no podría él hacerlo –se pregunta, a veces, el general–, si otros de menor mérito lo lograron antes?

Debido a sus escapadas furtivas, el príncipe ha conocido por sí mismo la miseria y el abandono en el que viven la mayoría de sus futuros súbditos, el dominio implacable que sobre ellos ejercen los poderosos y despiadados cortesanos, los crueles señores de la guerra, que medran sin descanso por perpetuarlo, que mancillan a las doncellas y esquilman toda la riqueza del reino, que a la fuerza reclutan generaciones enteras de jóvenes labradores para embrutecerlos y engrosar las filas de los temibles ejércitos. A pesar de todo, el príncipe experimentaba una extraña felicidad al escapar de palacio en secreto, mientras duraba aquella breve libertad clandestina, en la que él podía ser otro distinto del que era, del que estaba destinado a ser; alguien anónimo que observaba de aquel modo, tras la máscara ocasional, cuanto sucedía más allá de las murallas de palacio. Él tan sólo había conocido aquella jaula dorada en la que se había criado, y luego el terrible campo de batalla que parecía sustentarla. Desde siempre, su espíritu se había refugiado en los viejos textos atesorados en la biblioteca de palacio por otras lejanas estirpes de reyes sabios, en las sagas de los tiempos antiguos y míticos en los que el mundo parecía recién hecho y conoció a hombres justos, a buscadores de la verdad sinceros, a pueblos libres que con sabiduría se gobernaban a sí mismos en la edad dorada, antes de que fuesen necesarios los héroes.

Durante una de sus salidas, el príncipe descubrió a una compañía ambulante de actores, músicos, acróbatas, saltimbanquis y titiriteros, que andaban de paso por el reino, y junto a ellos experimentó, por primera vez, la magia del teatro y halló su verdadera vocación. Aquello cambió su vida. Se acostumbró a acudir a diario a la plaza principal de Bolpur para presenciar las funciones que la compañía representaba allí –la mayoría viejas fábulas ancestrales–, para dejarse seducir por las acrobacias y malabarismos, por la audacia de los funámbulos, por la música, las máscaras, el colorido de las vestimentas y por la alegría contagiosa que emanaba de aquel grupo que recorría en libertad los caminos con sus carromatos. También acababa de descubrir el amor. Daya, la hija de uno de los miembros destacados de aquella fascinante caravana de artistas, cada noche ejecutaba una danza sagrada, y con elocuencia hablaba al príncipe, a distancia y sin palabras, trasformando el espacio con cada movimiento de su hermoso cuerpo, con cada mirada, aboliéndolo a su antojo y recreándolo después, haciendo visible la intangible música que parecía obedecer sus gestos, sus pasos tintineantes debido a las ajorcas que le adornaban los tobillos. Su talento no parecía tener límite, y sobre el escenario se trasformaba la bailarina en ave delicada, en inquietante serpiente, en veloz corcel, en princesa y hechicera, y hasta en diosa que descendiese de la lejana cordillera, morada tradicional de tantas deidades. Cuando el príncipe veía aparecer a Daya en el escenario, su corazón se llenaba de cascabeles. Aquellas noches, nada podría separarle de la plaza mientras la compañía permaneciese en Bolpur. Una vez, simulando ser un comerciante de paso por la ciudad, incluso se atrevió a entregarles a aquellos cómicos el esbozo de una fábula que había imaginado hacía tiempo, y éstos, maravillados por su ingenio, se avinieron a representar aquella obra a condición de que también él subiera al escenario con ellos y representara un papel. Fueron días felices, de costante descubrimiento. Una de aquellas noches, tras la representación, Daya y él se convirtieron en amantes.

Cuando la troupe decidió que su estancia en Bolpur había concluido, que debían proseguir su camino, ante la inevitable despedida, el príncipe pensó que estaba a punto de perder algo crucial para él. Entonces, Daya le retó amorosamente: «Ven con nosotros a recorrer los caminos, deja por un tiempo tu comercio, sea el que sea, y únete a nuestra humilde caravana si no te asusta llevar nuestra dura vida errante. Te aseguro que no hay mejor forma de conocer el mundo y sus habitantes que desde las tablas de un escenario, encarnando los sueños, los anhelos y los temores de tantos hombres y mujeres. Tal vez, incluso tengas madera de actor, aunque me parece que lo tuyo sea urdir historias. Eso lo haces bien, ya nos lo has demostrado. Quizás puedas inventar nuevas fábulas, que la compañía pueda representar por las plazas y las aldeas perdidas. Creo que escondes un secreto que te atormenta, hay una sombra que te acecha. En realidad, huyes de ella, la he visto en esa obra que hemos representado. Nada mejor que nuestra caravana ambulante para huir del mundo y a la vez recorrerlo».

El príncipe aceptó subirse al carro de la farándula, ya que el amor le invitaba a aquel viaje, y fue feliz mientras duró la huida como nunca antes lo había sido. En la corte, perdido el rastro del heredero por un tiempo, se dijo que el futuro rey se había encaminado hacia la lejana jungla, más allá de las montañas, a cazar tigres, y la reina temió no volver a verle jamás. El general Arjuna envió soldados diestros por todo el reino, y aún más allá, con misión de encontrar al joven huido y traerlo de vuelta a palacio cuanto antes.

En mitad de la noche, insomne, abrumado por la Vía Láctea, que hoy parece pesarle sobre los hombros, por el aullido lúgubre de algún animal enloquecido que merodea por los jardines y acecha los establos, el príncipe recuerda aquel largo período de felicidad en el que fue libre por los caminos y junto a Daya. Entonces, se habituó a escribir historias costantemente, a ver cómo sus amigos representaban la función casi cotidiana en las plazas de las ciudades que encontraban a su paso, en pequeñas aldeas perdidas e incluso ante grupos de pastores nómadas. A nadie se le negaba aquel teatro, que cuanto reclamaba para sí no eran sino algunas dádivas que el público entregaba voluntariamente, como un tributo sincero, a cambio de aquellos sueños efímeros que la troupe ofrecía, y que tantas desdichas hacían olvidar por unos instantes. En muchas funciones, el propio príncipe se atrevía a subirse al escenario para representar algún papel. Así simuló vivir tantas vidas diferentes con aquel diario fingimiento, y buscó perderse entre los muchos personajes que él mismo había inventado. Al calor de las hogueras nocturnas de los campamentos, la amistad con aquel grupo se fue afianzando; todos le consideraban y trataban como uno de los suyos, admiraban su ingenio, ignorando que era el príncipe heredero de un reino lejano.