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Ricardo III narra la historia del último monarca de la casa de York, Ricardo de Glou- cester, quien ocupó el trono de Inglaterra durante el breve período que va de 1483 hasta su muerte, en el marco de la Guerra de las Dos Rosas, en 1485. El personaje, despótico, ambicioso, corrupto, vil y artero, terminará siendo uno de los más célebres de toda su producción; ya que, en su insaciable avidez por el poder, resulta intemporal, eterno. Pero no son solo su maldad ilimitada y su codicia las responsables de que el protagonista de esta obra haya trascendido tan largamente; también debemos prestar atención al uso que hace de la palabra, a sus largos parlamentos, en los que medita sobre el poder y sobre la mentira, sobre la política y los sacrificios que esta implica. El rey Juan relata el conflicto de sucesión que tuvo lugar en Inglaterra luego de que el rey Ricardo Corazón de León muriera en 1199 sin dejar una descendencia legítima. Como su hermano Godofredo también había fallecido, era a su pequeño hijo Arturo a quien correspondía la corona. Sin embargo, y aprovechando la juventud del heredero, el hermano menor de Ricardo I, Juan, reclamó el trono para sí y desató con su coronación la guerra y los conflictos que Shakespeare ficciona con magistral mano en la obra que presenta este libro. El rey Juan I de Inglaterra, que pasó a la historia como Juan sin Tierra, dada su escasa aceptación como monarca, ocupará el trono hasta 1216, año en el que lo sucederá su hijo Enrique III, de tan solo nueve años de edad. Shakespeare sitúa la acción de la obra en 1206, cuando el joven aspirante al trono, Arturo, tenía dieciséis años. Hamlet, príncipe de Dinamarca. Se cree que la inspiración histórica y documental para su obra, Shakespeare la obtiene de un texto escrito por un historiador del siglo XII llamado Saxo Grammaticus. Allí se relata la historia de Hammlet, un príncipe danés marcado por la desventura. En esta obra, Shakespeare despliega lo mejor de sus habilidades como dramaturgo, presentándonos constantes cambios de ritmo, de intensidad dramática y hasta intromisiones humorísticas. Además, la pieza consigue adentrarse hasta lo más profundo de la naturaleza humana. Hamlet, además de ser uno de los personajes más célebres de la cultura occidental, se ha convertido en un arquetipo, el del hombre aquejado por sus dilemas, por sus contradicciones, el del hombre puesto entre el deber y el deseo, entre la venganza y el perdón, entre la trabajosa e inclemente tarea de pensar y la necesaria y por momentos dolorosa esfera de la acción. El rey Lear. Se presume que fue un rey anterior a la fundación de Roma, aproximadamente del siglo VIII a. C. Pese a que la historia aparece en varias culturas distintas, siempre con pequeñas pero sustanciales variantes, es posible que Shakespeare la haya recibido de la obra de Godofredo de Monmouth (el clérigo e historiador encargado de darle forma a muchas de las historias del ciclo artúrico), Historia Regum Britanniae. La obra tiene lugar en un contexto británico, pero plenamente céltico, casi mítico, y aborda temáticas de suma importancia, no solo del ámbito individual (como la vejez y la locura), sino también del social (el poder, los lazos filiales y fraternales). Shakespeare articula dos historias que funcionan paralelamente, la del rey Lear y sus hijas, algunas ingratas, otra tratada injustamente; y la de Gloucester, su hijo legítimo y su hijo natural, una historia de traición y venganza. En ambas historias el común denominador es el dolor de los padres, la tristeza de la vejez y la demencia.
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Seitenzahl: 597
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Portadilla
William Shakespeare
Shakespeare, dramaturgo
Prefacio a las cuatro tragedias
Ricardo III
El rey juan
Hamlet, príncipe de Dinamarca
El rey Lear
WILLIAM SHAKESPEARE
CUATRO TRAGEDIAS
RICARDO III
EL REY JUAN
HAMLET, PRÍNCIPE DE DINAMARCA
EL REY LEAR
Shakespeare, William
Cuatro tragedias : Ricardo III. El rey Juan. Hamlet, Príncipe de Dinamarca. El rey Lear / William Shakespeare ; adaptado por Florencia Stamponi. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Díada, 2018.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-1427-55-0
1. Teatro Inglés Clásico. I. Stamponi, Florencia, adap. II. Título.
CDD 822.33
Edición a cargo de Florencia Stamponi, con la colaboración de Victoria Rigiroli y Hemilse Pereiro
Versión basada en The complete works of William Shakespeare (Abbey Library, Londres, Gran Bretaña, 1974). Las obras de dicha edición inglesa fueron tomadas directamente del First Folio de 1623: Mr. William Shakespeare’s Comedies, Histories and Tragedies.
© 2017, Editorial Del Nuevo Extremo S.A.
A. J. Carranza 1852 (C1414COV)
Buenos Aires Argentina
Tel / Fax (54 11) 4773-3228
e-mail: [email protected]
www.delnuevoextremo.com
Imagen editorial: Marta Cánovas
Correcciones: Mónica Ploese
Diseño de tapa: @WOLFCODE
Diseño interior: m&s estudio
Primera edición en formato digital: diciembre de 2017
ISBN 978-987-1427-55-0
Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida por ningún medio sin permiso del editor.
Digitalización: Proyecto451
WILLIAM SHAKESPEARE
WILLIAM SHAKESPEARE nació en Stratford-upon-Avon en abril de 1564, durante el reinado de Isabel I de Inglaterra. La fecha de su nacimiento continúa sin poder establecerse con precisión, pero la historia ha acordado en el 26 de abril de ese año por corresponderse con la fecha de su bautismo (seguramente realizado días después del nacimiento, como se acostumbraba en la época). Su padre, John Shakespeare, era un importante comerciante muy bien posicionado en el municipio. Su madre, Mary Arden, dedicaba sus días al cuidado de sus ocho hijos en la casona de la calle Henley de Stratford.
No han quedado registros de los estudios primarios de Shakespeare, a pesar de que –se presume– habría cursado su educación en la Stratford Grammar School, dado que, al ser hijo de un alto funcionario del municipio, poseía el derecho a la educación gratuita. Pero estas no son más que conjeturas, dado que muchos críticos e historiadores han considerado la posibilidad de que Shakespeare hubiera dejado sus estudios a edad temprana, posibilidad que parece confirmarse en la ausencia total de documentación personal escrita por el autor (cartas, algún poema). Esta carencia documental es la que nos lleva a afirmar que no hay registros de la vida del poeta sino hasta que cumplió los dieciocho años, edad en la que contrajo matrimonio con Anne Hathaway, mujer ocho años mayor que él y, aparentemente, embarazada de tres meses. Producto de dicho matrimonio nacieron Susanna, la primogénita, bautizada en 1583; y los mellizos: Hamnet y Judith, bautizados dos años después, en 1585. Sin embargo, la vida de su hijo fue breve: víctima de causas desconocidas falleció a los once años de edad, dejando en su padre una marca indeleble que habría de aparecer en muchas de sus obras, particularmente en algunas tragedias como Romeo y Julieta, El rey Juan y Hamlet (la semejanza fonética entre los nombres de su difunto hijo y el del príncipe de Dinamarca, torturado por el fantasma de su padre –señalan los críticos– tiene muy poco de casual).
Después de una larga y productivísima (tanto artística como, al parecer, económica) estadía en la capital británica, Shakespeare vuelve a su Stratford natal alrededor de 1611, y una vez allí se dedica, mayormente, a actividades vinculadas a la producción agrícola-ganadera; nunca abandonó, sin embargo, su afición por el mundo del teatro y permaneció hasta su muerte vinculado a él –fuera a través de las personas o de sus obras, que ya para sus contemporáneos comenzaban a convertirse en clásicos–.
El 23 de abril de 1616, y por causas que nunca fueron del todo esclarecidas (algunos expertos en el autor, así como muchos historiadores hablan de un cáncer y otros, igualmente numerosos, de una intoxicación etílica), falleció a los 52 años, en el mismo lugar que lo vio nacer; sus restos descansan aún hoy en el presbiterio de la Holy Trinity Church de Stratford.
Quiso la casualidad que el mismo día, del mismo año, muriera el también célebre Miguel de Cervantes Saavedra; y el hecho de que España e Inglaterra utilizasen por entonces dos calendarios distintos –el gregoriano y el juliano, respectivamente–, y que la muerte de ambos se hubiese producido, por ende, con diez días de diferencia, parece no interesar demasiado al mito popular, que eligió propagar la extrañísima coincidencia de que los dos más grandes exponentes de sus respectivas lenguas encontraran su final en la misma –evidentemente trágica, para la literatura– jornada.
SHAKESPEARE, DRAMATURGO
Su fecunda trayectoria como dramaturgo parece iniciarse con su estadía en Londres (presumiblemente desde 1590 hasta 1611), ciudad en la que trabajó para la compañía Chamberlain’s men (posteriormente convertida en King’s men, tras la muerte de Isabel I). En ese extenso período, William apiló obra tras obra en el proscenio de El Globo, teatro en el que, por excelencia, la compañía representaba sus obras, sitio que vio las primeras representaciones de piezas imprescindibles, no solo para entender al conjunto de la obra del autor, sino para la historia del teatro en general, tales como El rey Lear, Julio César y Macbeth, por ejemplo. La infraestructura teatral dejaba bastante más que mucho que desear, con escenarios de lo más precarios, Julietas y Ofelias que eran jovencitos a los que aún no les había crecido la barba, y parlamentos en los que apenas podía entreverse su futuro de clásicos, las obras de Shakespeare, como las de tantos otros dramaturgos, se desarrollaban fuera de la ciudad (se habían prohibido terminantemente los teatros, por considerarse cuna de vicios e inmoralidades) y simplemente entre hombres, pues no les estaba permitido a las mujeres formar parte de la representación.
Lentamente se fue construyendo la fama del autor, que pasó, poco a poco, por todas las ocupaciones que la tarea teatral permite. Así, fue actor, utilero, asistente de escena y de escenografía, entre muchos otros roles que desempeñó con el transcurso del tiempo. Sin embargo, el ritmo vertiginoso del ambiente teatral de entonces obligaba a los dramaturgos a producir una obra por día, con la perspectiva de que, aquella que tuviera éxito, sería representada en dos o tres funciones más. Las obras de William Shakespeare, en sus tiempos de mayor esplendor, eran representadas hasta doce veces en un mismo mes. Tan vertiginoso era el ritmo, que el autor creaba a los personajes en función de actores en particular, y los parlamentos eran producto de los sucesivos ensayos. Quizás este altísimo nivel de exigencia del medio haya convertido a aquel joven Shakespeare en el insuperable dramaturgo en que se convirtió más tarde. Hombre de teatro por cualquier lado por donde se lo mirara, William conocía minuciosamente cada uno de los pormenores del quehacer teatral, cada detalle que involucrara una puesta, había transitado todas y cada una de las tareas que pueden realizarse en un teatro, había ocupado cada rol; y esta versatilidad parece haberle dado ventaja y haber contribuido en gran medida a convertirlo –tal vez sin que fuese esa su principal intención– en uno de los autores más prolíficos de la época.
PREFACIO A LAS CUATRO TRAGEDIAS
El presente volumen posee dos partes esenciales: una primera compuesta por dos obras históricas (así catalogadas en el First folio de 1623), Ricardo III y El rey Juan; y una segunda compuesta por dos de sus más famosas tragedias, Hamlet y El rey Lear. Las dos primeras, como su clasificación original lo indica, son dos obras cuyos personajes remiten a personas y hechos de la historia. La fuente para dicha información fue la obra realizada por el historiador Raphael Holinshed, Crónicas de Inglaterra, Escocia e Irlanda, publicada en 1577.
Ricardo III es el primero de los dramas históricos que presenta este volumen, y el que narra la historia del último monarca de la casa de York, Ricardo de Gloucester, quien ocupó el trono de Inglaterra durante el breve período que va de 1483 hasta su muerte, en el marco de la Guerra de las Dos Rosas, en 1485. En esta oportunidad, Shakespeare abreva de una fuente extra para terminar de conformar al complejo y moralmente cuestionable monarca, se trata de Tomás Moro, quien en 1513 escribió su Historia de Ricardo III, obraque sirvió al dramaturgo para delinear a este personaje despótico, ambicioso, corrupto, vil y artero, que terminará siendo uno de los más célebres de toda su producción; un personaje que, en su insaciable avidez por el poder, resulta intemporal, eterno. Pero no son solo su maldad ilimitada y su codicia las responsables de que el protagonista de esta obra haya trascendido tan largamente; también debemos prestar atención al uso que hace de la palabra, a sus largos parlamentos, en los que medita sobre el poder y sobre la mentira, sobre la política y los sacrificios que esta implica. Es necesario señalar que el Ricardo de la obra también puede ser vinculado al espíritu que señaló Maquiavelo; probablemente nada haya de casual en esto, dado que las mismas resonancias pueden encontrarse en algunas obras del principal coetáneo de Shakespeare, Christopher Marlowe; evidentemente se trata de escenificar problemáticas que estaban muy presentes en esa época y eran muy habituales.
La vida y muerte del rey Juan, por su parte, relata el conflicto de sucesión que tuvo lugar en Inglaterra luego de que el rey Ricardo I, más conocido como Ricardo Corazón de León, muriera en 1199 sin dejar una descendencia legítima. Su hermano Godofredo era quien, siguiendo el orden de sucesión, debía acceder al trono, pero dado que este también había fallecido, era a su pequeño hijo, Arturo, a quien correspondía el honor de ser el hombre más importante de Inglaterra. Sin embargo, y aprovechando la extrema juventud de Arturo, el último de los hermanos de Ricardo I, Juan, reclamó el trono para sí y desató con su coronación la guerra y los conflictos que Shakespeare ficcionaliza con magistral mano en la obra que presenta este libro. El rey Juan I de Inglaterra, que pasó a la historia como Juan sin Tierra, dada su escasa aceptación como monarca, ocupará el trono hasta 1216, año en el que lo sucederá su hijo Enrique III, de tan solo nueve años de edad. Shakespeare sitúa la acción de la obra en 1206, cuando el joven aspirante al trono, Arturo, tenía dieciséis años.
¿Qué decir sobre La tragedia de Hamlet, príncipe de Dinamarca? ¿Qué se podría agregar sobre esta que, sin lugar a duda, es una de las obras maestras de la literatura universal? Quizás tratar de organizar algunos elementos de su contexto pueda ayudar a enriquecer la experiencia de su lectura. Se supone que la inspiración histórica y documental para su obra, Shakespeare la obtiene de un texto llamado Gesta Danorum, escrito por un historiador del siglo XII llamado Saxo Grammaticus. Allí se relata la historia de Amleth, un príncipe danés marcado por la desventura. En esta obra, Shakespeare no solo consigue desplegar lo mejor de sus ampliamente desarrolladas habilidades como dramaturgo, presentándonos constantes cambios de ritmo, de intensidad dramática y hasta intromisiones humorísticas, sino que, también, nos entrega una pieza cuya complejidad filosófica consigue adentrarse hasta lo más profundo de la naturaleza humana. Hamlet, además de ser uno de los personajes más célebres de la cultura occidental, se ha convertido en un arquetipo, el del hombre aquejado por sus dilemas, por sus contradicciones, el del hombre puesto entre el deber y el deseo, entre la venganza y el perdón, entre la trabajosa e inclemente tarea de pensar y la necesaria y por momentos dolorosa esfera de la acción. Hamlet es imprescindible.
La última de las obras que presentamos en este volumen es El rey Lear, una tragedia cuya fuente histórica es mucho más antigua, confusa y dispersa que la anterior. El Lear “histórico”, presumiblemente, fue un rey anterior a la fundación de Roma, es decir, aproximadamente del siglo VIII a. C. Pese a que la historia aparece en varias culturas distintas, siempre con pequeñas pero sustanciales variantes, Shakespeare probablemente la haya recibido de la obra de Godofredo de Monmouth (el clérigo e historiador encargado de darle forma a muchas de las historias del ciclo artúrico), Historia Regum Britanniae. La obra tiene lugar en un contexto británico, sí, pero plenamente céltico, casi mítico, y aborda temáticas de suma importancia, no solo del ámbito individual (como la vejez y la locura), sino también del social (el poder, los lazos filiales y fraternales). Shakespeare articula dos historias que funcionan paralelamente, la del rey Lear y sus hijas, algunas ingratas, otra tratada injustamente; y la de Gloucester, su hijo legítimo y su hijo natural, una historia de traición y venganza. En ambas historias el común denominador es el dolor de los padres, la tristeza de la vejez y la demencia.
Esta obra fue escrita por el autor alrededor del año 1606, en un momento en el que los críticos han convenido en señalar como el segundo y último de su carrera como dramaturgo; la experiencia adquirida en las tablas se combina con el desencanto que sobreviene tras su propia experiencia vital. El tono que impera en el texto es profundo y triste; la reflexión sobre la vida, que revela su condición de sinsentido, se vuelve cada vez más amarga.
Diez años más tarde, William Shakespeare moriría en completo silencio; y tal desenlace, tal vocación por el mutismo, parece ser, después de todo, el más esperable.
RICARDO III
PERSONAJES:
Rey Eduardo IV
Eduardo, príncipe de Gales, después Eduardo V, hijo del rey
Ricardo, duque de York, hijo del rey
Jorge, duque de Clarence, hermano del rey
Ricardo, duque de Gloucester, después Ricardo III, hermano del rey
Un joven, hijo de Clarence
Enrique, conde de Richmond, luego Enrique VII
Cardenal Bourchier, arzobispo de Canterbury
Thomas Rotheram, arzobispo de York
John Morton, obispo de Ely
Duque de Buckingham
Duque de Norfolk
Conde de Surrey, su hijo
Conde de Rivers, hermano de la reina Isabel
Marqués de Dorset
Lord Grey, su hijo
Conde de Oxford
Lord Hastings
Lord Stanley
Lord Lovel
Sir Thomas Vaughan
Sir Richard Ratcliff
Sir William Catesby
Sir James Tyrell
Sir James Blount
Sir Walter Herbert
Sir Robert Brakenbury, alcaide de la Torre
Sir William Brandon
Cristopher Urswick, clérigo
Clérigo
Tresset y Berkeley, caballeros al servicio de lady Ana
Alcalde de Londres
Sheriff de Wiltshire
Isabel, esposa del rey Eduardo IV
Margarita, viuda del rey Enrique VI
Duquesa de York, madre de Eduardo IV, de Clarence y de Gloucester
Lady Ana, viuda de Eduardo, príncipe de Gales, hijo de Enrique VI, posteriormente casada con Ricardo III
Una joven, hija de Clarence (lady Margarita Plantagenet)
Lores, caballeros y otros integrantes del séquito, fantasmas de los asesinados por Ricardo III, ciudadanos, soldados, mensajeros, etc.
La escena transcurre en Inglaterra
ACTO I
ESCENA I
Una calle de Londres
(Entra Ricardo, duque de Gloucester, solo)
Gloucester:—Ya el invierno de nuestra mala suerte se ha convertido en un glorioso estío por este sol de York y las nubes que amenazaban nuestra casa se han hundido en el fondo del océano. Ahora, nuestras frentes se ciñen con las guirnaldas de la victoria, nuestras destrozadas armas son trofeos, nuestras alarmas se han transformado en alegres reuniones, nuestras solemnes marchas, en divertidos bailes. El recio rostro del guerrero lleva suavizadas las arrugas de su frente; y en vez de montar un corcel de guerra, para ahuyentar a los feroces enemigos, hace cabriolas en las habitaciones de las damas, al son lascivo del laúd. Pero yo, que no he sido instruido en tales danzas, ni en adular a los espejos..., yo, que he sido construido groseramente para pavonearme sin pudor ante una ninfa libertina; yo, privado de todo encanto por la malvada naturaleza; deforme; enviado antes de tiempo al mundo; nunca terminado; imperfecto y fuera de moda, de tal modo que hasta los perros me desprecian... ¡Vaya!, en estos tiempos afeminados de paz, no sé cómo pasar agradablemente los días, a menos que espíe mi sombra al sol, por lo que compongo glosas sobre mi deformidad. Y así, ya que no puedo ser un galán en tiempos tan corteses, he decidido portarme como un villano y odiar todos los placeres frívolos. Por medio de artimañas, absurdas profecías y sueños, logré crear un odio mortal entre mi hermano Clarence y el monarca. Y si el rey Eduardo es tan justo y leal como yo sutil, falso y traicionero, Clarence hoy será encerrado por una profecía que dice que J. será quien asesine a los hijos de Eduardo. ¡Que desciendan los pensamientos hasta el fondo de mi alma! ¡Ah!, aquí llega Clarence.
(Entran Clarence, custodiado, y Brakenbury)
Gloucester:—¡Buen día, hermano! ¿Qué significa esta guardia armada que escolta a Vuestra Gracia?
Clarence:—Su Majestad, interesado en mi seguridad, ha designado esta escolta para conducirme a la Torre.
Gloucester: —¿Por qué causa?
Clarence:—Por llamarme Jorge.
Gloucester:—¡Ay, milord! De eso no eres culpable, debería hacer responsables a tuss padrinos. ¡A menos que Su Majestad tenga la intención de bautizarte nuevamente en la Torre! Pero, Clarence, ¿qué ha ocurrido?, ¿puedo saberlo?
Clarence:—Sí, Ricardo, cuando yo lo sepa. Te juro que lo ignoro. Dicen que el rey se guía por sueños y profecías, así, suprimió la jota del alfabeto, ya que un mago le ha predicho que sus descendientes serán desheredados por J., que cree que soy yo. Por tales patrañas, Su Majestad ha ordenado encarcelarme.
Gloucester: —Esto ocurre cuando las mujeres mandan a los hombres. No es el rey quien te envía a la Torre, es lady Grey, su esposa, la que lo induce a estos extremos. ¿Acaso no fueron ella y su hermano, el honrado y digno Anthony Woodville, quienes enviaron a la Torre a lord Hastings, que sigue encerrado hasta hoy? ¡No estamos seguros, Clarence, no estamos seguros!
Clarence:—Nadie está seguro, salvo los parientes de la reina y los mensajeros sonámbulos que se arrastran entre el rey y mistress Shore. ¿No sabes los humillantes ruegos que ha tenido que dirigirle, para que lo liberase, lord Hastings?
Gloucester:—El chambelán ha implorado humildemente y así ha conseguido su liberación. Pero te diré..., si queremos conservar el favor del rey, debemos servirla, ser sus lacayos, ¡ella y la celosa viuda, desde que el rey las ha hecho nobles damas, se han convertido en poderosas comadres de este reino!
Brakenbury: —Ruego a Vuestras Gracias que me perdonen. Su Majestad me ha encargado que nadie, sin importar su linaje, tenga con vuestro hermano una conversación privada.
Gloucester:—Si eso os place, así será. Podéis escuchar cuanto decimos.
Brakenbury: —¡No estamos cometiendo traición alguna! Estamos diciendo que el rey es virtuoso y prudente. Y que su noble esposa, eso sí, una mujer mayor, es bella y nada celosa... ¡Decimos que la mujer de Shore sabe moverse, posee labios de cereza, ojos maravillosos y una voz muy agradable de oír; y que los parientes han ascendido a la nobleza! ¿Qué decís a esto, señor mío? ¿Lo negáis?
Brakenbury:—Milord, no tengo que ver con eso.
Gloucester: —¿Nada que ver con mistress Shore? ¡Ah! Buen hombre, quien tenga algo que ver con ella, salvo uno, será mejor que guarde el secreto.
Brakenbury: —¿Y quién es ese uno, milord?
Gloucester:—¡Su marido, bribón! ¿Me traicionarás?
Brakenbury: —Que Vuestra Gracia perdone mi impertinencia, pero es necesario que finalice su coloquio con el noble duque.
Clarence: —Conocemos tu deber, Brakenbury, y te obedecemos.
Gloucester:—¡Somos lacayos de la reina y debemos obedecer! ¡Adiós, hermano! Veré al rey y haré cuanto pueda a tu favor, así sea llamar hermana a la viuda del rey Eduardo. Eso haré por ti, para tratar de liberarte. Entre tanto, esta profunda desgracia en la fraternidad me conmueve más de lo que podéis imaginaros.
Clarence:—Sé que no es agradable para ninguno de vosotros.
Gloucester:—¡Vuestra prisión no será larga! ¡Yo os libertaré, u os acompañaré en vuestra prisión! Pero tened paciencia.
Clarence:—La tendré forzosamente. ¡Adiós!
(Salen Clarence, Brakenbury y la guardia)
Gloucester:—¡Ve, sigue ese camino que no tiene retorno, crédulo Clarence! ¡Tan grande es el cariño que siento por ti, que quisiera enviar tu alma al cielo, si el cielo accediera a recibir el presente de nuestras manos! Pero ¿quién se acerca? ¿El recién liberado Hastings?
(Entra Hastings)
Hastings:—¡Buenos días, gentil señor!
Gloucester:—¡Os deseo lo mismo, mi buen lord chambelán! Os doy la bienvenida a este aire libre, ¿cómo habéis soportado la prisión?
Hastings: —Pues con paciencia, que es la virtud del prisionero. Sin embargo, espero vivir, señor, para dar las gracias a los causantes de mi prisión.
Gloucester:—Sin duda, sin duda, y lo mismo espera Clarence. Vuestros enemigos son los mismos, y lo han vencido como vos fuisteis vencido.
Hastings:—¡Qué tristeza que se enjaule a las águilas mientras los buitres rapiñan en libertad!
Gloucester:—¿Qué nuevas hay?
Hastings:—No son tan malas las de allí como las de casa. El rey está enfermo, muy débil y melancólico, y sus médicos temen por él.
Gloucester:—¡Por san Pablo, qué mala noticia! ¡Oh! ¡El rey ha seguido por mucho tiempo un mal régimen y ha abusado de su real persona! ¡Qué triste es pensar en ello! ¿Dónde está? ¿Guarda cama?
Hastings:—Así es.
Gloucester:—Adelantaos y yo os seguiré.
(Sale Hastings)
Gloucester: —¡Espero que no viva! Pero no debe morir hasta que Jorge haya llegado al cielo. Lo veré, azuzaré su odio contra Clarence, con mentiras sutiles basadas en argumentos de peso; y si no fracaso en mi intento, a Clarence no le queda ni un día más de vida. ¡Que Dios se apiade del rey Eduardo y deje campo libre a mis hazañas! Me casaré con la más joven de las hijas de Warwick. ¿Acaso no maté a su esposo y a su padre? Para satisfacer a una muchacha, el camino más corto es servirle de padre y marido. Así lo haré, no tanto por amor, como por otros secretos fines que guardo, que alcanzaré al desposarme con ella. Pero ¡corro delante del caballo! Todavía Clarence respira. Eduardo también vive y reina. ¡Cuando desaparezcan, será el momento de contar mis ganancias!
(Sale)
ESCENA II
Otra calle de Londres
(Entra el cortejo fúnebre del rey Enrique VI, conducido en un ataúd descubierto. Caballeros con alabardas lo custodian, y lady Ana figura como doliente)
Lady Ana: —¡Poned en tierra vuestra honorable carga, si es que el honor cabe en un féretro, mientras me lamento por la caída temprana del virtuoso Lancaster! ¡Pobre imagen helada de un santo rey! ¡Pálidas cenizas de la casa de Lancaster! ¡Restos de aquella real sangre! ¡Séame permitido invocar a tu fantasma, para que escuche los gemidos de la pobre Ana, esposa de Eduardo, y de tu hijo asesinado, muerto a puñaladas por idéntica mano que te ha abierto estas heridas! ¡En esas ventanas, por donde huyó tu existencia, se vierte el bálsamo sin esperanza de mis ojos desolados! ¡Oh! ¡Maldita la mano que te hirió! ¡Maldito el corazón que se animó a realizarlo! ¡Maldita la sangre que derramó esta sangre! ¡Que caigan sobre el miserable que causó nuestra miseria con tu muerte, las más espantosas desgracias que yo pueda desear a las serpientes, arañas, sapos y a todos los reptiles venenosos que se arrastran por la tierra! ¡Que si ese miserable tuviese un hijo, sea monstruoso y nacido antes de tiempo, con un aspecto horrible, que espante las esperanzas de su madre y que sea esa la herencia de su poder malhechor! ¡Que si ese miserable tuviera esposa, sea más desdichada por su muerte, de lo que soy yo por la muerte de mi joven señor! Dirijámonos ahora a Chertsey, con vuestra sagrada carga que de san Pablo llevamos a su tumba, y a medida que os fatiguéis por el peso, descansad, que lloraré entre tanto al rey Enrique.
(Los conductores levantan el féretro y prosiguen su marcha. Entra Gloucester)
Gloucester:—¡Deteneos y dejad en tierra ese cadáver!
Lady Ana:—¿Qué nigromante ha invocado a este demonio para impedir los actos piadosos?
Gloucester: —¡Villanos, dejad en tierra el cadáver, o por san Pablo, que mataré al que desobedezca!
Un Caballero: —¡Apartaos, señor, y permitid que pase el féretro!
Gloucester: —¡Perro, detén tu marcha cuando yo lo ordene! ¡Quita tu alabarda de encima de mi pecho o, por san Pablo, caerás a mis pies, y te pisotearé por tu atrevimiento!
(Los conductores colocan el féretro en tierra)
Lady Ana: —¡Cómo! ¿Tembláis? ¿Acaso todos le tenéis miedo? ¡Ay, no os culpo, pues sois mortales y no podéis resistir la mirada del demonio! ¡Atrás, horrible ministro del infierno! ¡Tú solamente tenías poder sobre su cuerpo mortal, pero no sobre su alma! Por tanto, ¡vete!
Gloucester: —¡Mi dulce santa, por piedad no seas tan malhumorada!
Lady Ana:—¡Demonio espantoso, en nombre de Dios, vete y no me atormentes más! Has hecho de esta dichosa tierra tu infierno, colmándola de improperios y gritos de maldición. ¡Si te diviertes al ver tus viles acciones, ve aquí este ejemplo de tu saña! ¡Oh, caballeros! ¡Mirad! ¡Las heridas de Enrique muerto sangran nuevamente! ¡Avergüénzate, espantoso deforme, tu presencia hace correr su sangre! ¡Tu inhumana acción provoca este hecho antinatural! ¡Oh, Dios, que has creado esta sangre, venga su muerte! ¡Oh, tierra, que has bebido esa sangre, venga su muerte! ¡Que un rayo del cielo destruya al criminal, o bien ábrete, tierra, y trágalo vivo, como devoras la sangre de este buen rey, a quien asesinó su brazo, guiado por el demonio!
Gloucester: —Señora, no conoces la caridad, que por los males devuelves maldiciones.
Lady Ana: —¡Villano, tú desconoces las leyes divinas y las humanas! ¡Hasta las bestias feroces conocen la piedad!
Gloucester: —Yo no siento piedad alguna, por lo tanto, no soy tal bestia.
Lady Ana: —¡Prodigio! ¡El diablo dice la verdad!
Gloucester: —¡Es más asombroso, todavía, ver ángeles tan furiosos! Permíteme, divina perfección con forma de mujer, que justifique mis supuestos crímenes.
Lady Ana: —¡Permite, hombre monstruoso, que te maldiga por tantos crímenes comprobados!
Gloucester: —¡Bellísima mujer, cuya hermosura es imposible de expresar, que tu paciencia me conceda algunos instantes para excusarme!
Lady Ana: —¡Asesino infame, cuyo odio no puede concebirse, no hay para ti otra excusa más que te ahorques!
Gloucester: —Desesperado, aún más me acusaría.
Lady Ana: —Solo así serías excusado, por vengar en ti mismo la indigna muerte que a otros infligiste.
Gloucester: —¿Y si yo no los hubiera matado?
Lady Ana: —¡Entonces no habrían muerto! Pero ¡lo están, miserable, y por tu culpa!
Gloucester:—Yo no he matado a tu marido.
Lady Ana:—¿Entonces vive?
Gloucester:—¡No, ha muerto, y por mano de Eduardo!
Lady Ana:—¡Mientes! ¡La reina Margarita vio tu corvo puñal manchado con su sangre, el mismo que volvías para utilizar contra ella, si tus hermanos no lo hubiesen desviado!
Gloucester: —Fui provocado por su calumniosa lengua, ¡que se obstinaba en culparme de los crímenes de ellos!
Lady Ana: —¡Lo fuiste por tu alma sanguinaria, que siempre soñó sangre y matanzas! ¿No mataste al rey?
Gloucester: —Te lo concedo.
Lady Ana: —¿Me lo concedes, miserable? ¡Pues, que Dios te conceda, también, que seas condenado por esa infamia! ¡Oh! ¡Era dulce, gentil y virtuoso!
Gloucester: —Pues mejor todavía para el rey del cielo que lo guarda.
Lady Ana: —¡Está en el cielo, adonde tú no irás nunca!
Gloucester: —Entonces, ¡que me agradezca el haberlo enviado! ¡Había nacido para ese lugar, más que para este mundo!
Lady Ana: —¡Y tú has nacido para el infierno!
Gloucester: —O para un lugar muy distinto, si quieres que te lo diga.
Lady Ana: —¡Alguna mazmorra!
Gloucester: —Para el lecho de tu alcoba.
Lady Ana: —¡Que el insomnio habite la alcoba donde reposes!
Gloucester: —Así será, hasta que repose contigo.
Lady Ana: —Lo creo.
Gloucester: —Yo lo tengo por seguro. Pero, gentil lady Ana, terminemos este agudo diálogo y discutamos más calmadamente. El causante de las tempranas muertes de Enrique y de Eduardo, ¿no es tan censurable como su ejecutor?
Lady Ana: —¡Tú has sido la causa y el efecto, maldito!
Gloucester: —Señora, tu belleza incomparable fue la causa y el efecto. ¡Fue tu belleza la que me incitó, en el sueño, a emprender la destrucción de todo el género humano, con tal de vivir una hora en tu adorable seno!
Lady Ana: —¡Si te creyera, asesino, te juro que me desgarraría con mis propias uñas las mejillas!
Gloucester: —¡Oh! ¡No podría soportar ese atentado a la belleza! Te ruego que no la ultrajes en mi presencia. ¡Me ilumina, como el sol ilumina el mundo! ¡Es mi día! ¡Mi vida!
Lady Ana: —¡Que la noche oscurezca tu día y la muerte, tu vida!
Gloucester: —¡No blasfemes contra ti misma, hermosa criatura! ¡Tú eres mi día y mi vida!
Lady Ana: —¡Para tomar venganza contra ti, quisiera serlo!
Gloucester: —¡Qué injusticia! ¡Desear vengarte de quien te adora!
Lady Ana: —Es justo desear vengarme del asesino de mi esposo.
Gloucester: —Señora, ¡el que te quitó a tu esposo, desea procurarte otro mejor!
Lady Ana: —¡No existe otro mejor!
Gloucester: —¡Existe y te ama con locura!
Lady Ana: —¡Dime su nombre!
Gloucester: —¡Plantagenet!
Lady Ana: —¡Sí, ese era él!
Gloucester: —¡Idéntico nombre, pero distinta naturaleza!
Lady Ana: —¿Dónde está?
Gloucester: —¡Aquí!
(Lady Ana le escupe el rostro)
Gloucester: —¿Por qué me escupes?
Lady Ana: —¡Desearía que fuera un mortal veneno para ti!
Gloucester: —¡Imposible que de semejante lugar saliera veneno!
Lady Ana: —Nunca cayó en un sapo tan deforme. ¡Aléjate de mi vista! ¡Ofendes mis ojos!
Gloucester: —¡Tus ojos han lastimado los míos!
Lady Ana: —¡Ojalá fueran basiliscos y te mataran!
Gloucester: —¡Así sea! Es preferible morir de una vez, a pasar la vida de esta triste manera. ¡Tus ojos han hecho brotar de los míos las más amargas lágrimas, con el pudor de gotas infantiles! ¡Estos ojos nunca derramaron una lágrima de piedad, ni cuando mi padre, York y Eduardo lloraron al escuchar los quejidos de Rutland, abatido por el horrible Clifford! ¡Ni cuando tu valiente padre, llorando, narró la muerte del mío y se detenía veinte veces para gemir y sollozar, hasta el extremo de que los que lo escuchaban tenían empapadas las mejillas como árboles en medio de la lluvia! ¡Y en esos tristes momentos, mis ojos varoniles no se humedecían con ninguna lágrima! ¡Ah, lo que esos pesares no pudieron hacer brotar, lo ha logrado tu belleza! ¡Jamás he suplicado a amigo ni enemigo! ¡Nunca mi lengua aprendió una palabra de afecto! Pero ¡hoy mi orgulloso corazón suplica y mi lengua me obliga a hablar!
(Lady Ana lo contempla con desdén)
Gloucester: —¡Que no muestren tus labios ese desprecio! ¡Están hechos para el beso, no para el desdén! ¡Si tu corazón vengativo no puede perdonar, te entrego esta espada de filosa punta! ¡Si así lo deseas, húndela en mi pecho y haz escapar el alma que te adora! ¡Me ofrezco al golpe mortal y, humildemente, de rodillas, te ruego que me des muerte!
(Gloucester descubre su pecho. Lady Ana lo amenaza con la espada)
Gloucester: —¡Hazlo! ¡He matado al rey Enrique! Pero ¡fue tu belleza la que me dio el impulso! ¡Decídete de una vez! ¡Fui yo quien apuñaló al joven Eduardo!
(Lady Ana dirige nuevamente la espada contra el pecho de Gloucester)
Gloucester: —¡Fue tu rostro angelical el que me guio!
(Lady Ana deja caer la espada)
Gloucester: —¡Alza la espada o permíteme alzarme del suelo!
Lady Ana: —¡De pie, hipócrita! ¡Deseo tu muerte, pero no quiero ser tu verdugo!
Gloucester: —¡Ordéname que me mate y lo haré!
Lady Ana: —Ya lo hice.
Gloucester: —Pero fue en medio de tu cólera. ¡Dímelo de nuevo, y la misma mano que por amor mató a tu amor, matará por tu amor a un amante más fiel! ¡Y serás cómplice de dos muertes!
Lady Ana: —Si viera en tu corazón...
Gloucester: —¡Está escrito en mi lengua!
Lady Ana: —Temo que ambos sean falsos.
Gloucester: —Entonces, ¿jamás hubo un hombre leal?
Lady Ana: —Ya está bien, envaina tu espada.
Gloucester: —¿Me has perdonado?
Lady Ana: —Lo sabrás más tarde.
Gloucester: —¿Puedo vivir en la esperanza?
Lady Ana: —Todos los humanos así lo hacen.
Gloucester: —Te ruego que uses este anillo.
Lady Ana: —Recibir no es conceder.
Gloucester: —¡Mira cómo se ciñe mi anillo a tu dedo! ¡Tu pecho encarcela mi alma de la misma manera! ¡Usa ambos, que son de tu propiedad! Y si tu más devoto servidor puede suplicarte un último favor de tan graciosa mano, lo habrás hecho feliz para siempre.
Lady Ana: —¿Qué es?
Gloucester: —Que dejes estos sombríos intentos a quien tenga más motivos para sus lágrimas, y que vayas a descansar a Crosby House, adonde iré a presentarte mis respetos luego de que haya sepultado honorablemente al rey en el monasterio de Chertsey, y humedecido su tumba con mi llanto de arrepentido. Te suplico que me concedas ese favor, tengo motivos que tú no sabes.
Lady Ana: —Lo haré de todo corazón, y tu arrepentimiento me alegra. ¡Tressel, Berkley, acompañadme!
Gloucester: —Deséame suerte.
Lady Ana: —Es más de lo que mereces. Empero, como me enseñaste a adular de tal modo, imagínate que ya te lo he dicho.
(Salen Lady Ana, Tressel y Berkley)
Gloucester: —Señores, llevad ese cuerpo.
Un Caballlero: —¿Hacia Chertsey?
Gloucester: —¡No! A White Friars, y esperadme allí.
(Salen todos y Gloucester queda solo)
Gloucester: —¿Alguna mujer habrá aceptado, antes, tal galanteo? ¿Se ha ganado el amor de una mujer de este modo? ¡Será mía, pero no por mucho tiempo! ¡Cómo! ¡He matado a su padre y a su esposo, y se rindió a mí en su momento de odio más implacable, con maldiciones en su boca, lágrimas que humedecían sus ojos y, a su lado, el testigo más sangriento! ¡Contra mí estaban Dios, su conciencia y el cadáver de su esposo! ¡Y yo, sin un amigo que me ayude, a no ser el diablo y algunas miradas embusteras! ¡Y la conquisto! ¡El mundo contra la nada! ¿Acaso ya olvidó al noble príncipe Eduardo, su señor, a quien apuñalé despiadadamente en Tewksbury? ¡El más afable y apuesto caballero que la naturaleza forjó, joven, valiente, prudente y digno de la realeza! ¿Y consiente ella en fijarse en mí, que le he arrebatado la vida a ese dulce príncipe y condenado a su viuda a un lecho de soledad? ¿Fijarse en mí, cojo y mal formado? ¡Mi ducado contra el céntimo de un mendigo, a que me equivoqué en juzgarme a mí mismo! ¡Lo encuentro absurdo, pero ella me ve hermoso! Compraré un espejo y daré trabajo a una docena o más de sastres, para que estudien la moda que mejor me siente. ¡Puesto que me reconcilié conmigo mismo, será forzoso ponerme en algún gasto! Pero antes debo acompañar al príncipe a su tumba y luego iré a llorarlo ante mi amor. ¡Brilla, bello sol, hasta que compre un espejo que pueda ver mi sombra en tu reflejo!
(Gloucester sale)
ESCENA III
Londres. El palacio
(Entran la reina Isabel, lord Rivers y lord Grey)
Rivers: —Señora, calma, Su Majestad recobrará la salud.
Grey: —Vuestra inquietud puede agravar su mal. Por Dios, mostrad buen ánimo, y consolad a Su Gracia con miradas de alegría.
Reina Isabel: —¿Qué será de mí si él muere?
Grey: —Sería una desgracia perder a tan noble señor.
Reina Isabel: —Su pérdida vale por todas las desgracias.
Grey: —¿No os bendijo el cielo con un buen hijo? Él será vuestro consuelo.
Reina Isabel: —¡Ah, es joven, y su minoridad ha sido confiada a Ricardo Gloucester, un hombre que no me quiere, ni a vosotros!
Rivers: —¿Está resuelto que sea su Protector?
Reina Isabel: —Está decidido, aunque aún no está concluido su nombramiento. Pero lo será si muere el rey.
(Entran Buckinham y Stanley)
Grey: —Aquí llegan los lores de Buckingham y Stanley.
Buckingham: —¡Buen día tenga Vuestra real Gracia!
Stanley: —¡Que Dios devuelva la alegría a Vuestra Majestad!
Reina Isabel: —Lord Stanley, la condesa de Richmond no diría amén a vuestro deseo. Sin embargo, Stanley, a pesar de que sea vuestra esposa y no me quiera, os aseguro que no os detesto por su arrogancia.
Stanley: —Os lo suplico, no deis crédito a las calumnias de sus acusadores, que son pérfidos. Y si la acusación está fundada, os ruego que seáis indulgente con sus debilidades, que provienen de su enfermedad, no de ninguna malicia.
Reina Isabel: —¿Habéis visto al rey, milord Stanley?
Stanley: —El duque de Buckingham y yo acabamos de visitar a Su Majestad.
Reina Isabel: —¿Creéis que mejorará?
Buckingham: —Hay esperanzas, señora. Su Gracia está con buen ánimo.
Reina Isabel: —¡Que Dios le otorgue salud! ¿Pudisteis hablar con él?
Buckingham: —Sí, señora. Desea que se reconcilien Gloucester con vuestros hermanos, y estos con milord chambelán, y ordena que se presenten ante su real presencia.
Reina Isabel: —¡Quisiera que todo se solucionara! Pero me parece imposible, y temo que desaparecerá mi felicidad.
(Entran Gloucester, Hastings y Dorset)
Gloucester: —¡No soportaré que me hayan calumniado vilmente! ¡Quiénes son los que le dicen al rey que soy adusto y que no lo amo? ¡Por san Pablo, que no aprecian a Su Gracia los que le acercan rumores tan estúpidos! Porque ignoro lo que es adular, utilizar frases simpáticas, sonreír a todos, engañar, hacer reverencias zalameras a la francesa, ¡creen que soy un enemigo rencoroso! ¿Acaso no puede vivir un hombre sincero, que no alberga malos pensamientos contra nadie, sin que se aprovechen de su franqueza algunos hipócritas llenos de malicia?
Grey: —¿A quién de los presentes alude Vuestra Gracia?
Gloucester: —¡A ti, que no eres honrado y que no posees gracia! Dime, ¿cuándo te he ofendido o insultado? ¿O a ti...? ¿O a ti...? ¿O a cualquiera de los vuestros? ¡El demonio os lleve! Su Real Gracia, ¡que Dios lo guarde más tiempo del que deseáis!, no puede descansar un instante tranquilo sin que sea molestado por vuestras infames quejas.
Reina Isabel: —Hermano Gloucester, os equivocáis. Fue el rey, con firme voluntad, sin ser instigado por nadie y adivinando el odio que os alimenta, y que demostráis en el exterior contra mis hijos, hermanos y mi propia persona, el que os manda llamar, para conocer la causa de tanto rencor y poder ponerle término.
Gloucester: —¡No diré más! ¡El mundo es tan perverso que los reyezuelos se animan a picotear donde las águilas no se atreverían! ¡Y cualquiera se convierte en caballero!
Reina Isabel: —¡Bien os entiendo, hermano Gloucester! Sentís envidia de la posición de mis amigos. ¡Que Dios no permita que os necesitemos jamás!
Gloucester: —Pero en cambio, ¡Dios quiere que os necesite! Sois la culpable de que mi hermano haya sido encarcelado, ¡y que yo haya caído en la desgracia! Sois culpable de humillar a la nobleza. Entre tanto, ¡todos los días se promociona a gentes que dos días antes no valían un noble, y ahora lo son!
Reina Isabel: —¡Juro por Aquel que me elevó de una vida satisfecha a esta grandeza llena de cuidados, que nunca azucé al rey contra el duque de Clarence, sino que abogué a favor de su causa! Milord, ¡me ofendéis al sospechar de ese modo!
Gloucester: —¿Negáis que vuestras intrigas han sido el motivo del encarcelamiento de lord Hastings?
Rivers: —¡Puede negarlo!, porque...
Gloucester: —¿También puede negarlo lord Rivers? ¿Quién lo ignora? ¡Y puede mucho más! Puede ayudaros a obtener nuevos privilegios y ocultar su influencia, dando a vos todos los méritos. ¿Pensáis que no podría? ¡Vaya!, si hasta podría...
Rivers: —¿Qué es lo que podría?
Gloucester: —¡Podría casarse con un rey, soltero y apuesto mozo! Vuestra madre no encontró mejor partido.
Reina Isabel: —Milord Gloucester, he soportado demasiado vuestros reproches y burlas, ¡por el cielo, que se enterará Vuestra Majestad de estos ultrajes! ¡Sería preferible ser una miserable campesina, a ser una gran reina que debe aguantar ataques tan injustos y crueles! ¡No encuentro alegría en ser reina de Inglaterra!
(Entra la reina Margarita, que se mantiene apartada)
Reina Margarita: —¡Que aún sea menor esa alegría! ¡Dios, te lo ruego! ¡El honor del trono me pertenece!
Gloucester: —¡Qué oigo! ¿Me amenazáis con contárselo al rey? ¡Pues decídselo! En su presencia reiteraré mis dichos. ¡Correré el riesgo de que me envíen a la Torre! ¡Ya es hora de hablar! Veo que se han olvidado de mis servicios...
Reina Margarita (aparte): —¡Fuera, demonio! ¡Los recuerdo demasiado! ¡Tú asesinaste, en la Torre, a mi esposo Enrique y a mi desdichado hijo Eduardo en Tewksbury!
Gloucester: —Antes de que os convirtierais en reina o él fuera rey, era yo el que cargaba con todos sus asuntos, ¡yo eliminé a sus más odiados enemigos y remuneré a sus amigos! ¡Para coronar su sangre, derramé la mía!
Reina Margarita (aparte): —¡Sí, y otra mucho más preciosa que ambas!
Gloucester: —En ese tiempo, ¡vos y vuestro esposo Grey luchabais por la casa de Lancaster! ¡Y vos también, Rivers! ¿Acaso no murió vuestro marido en Saint Albans por Margarita? ¡Os recuerdo, no lo olvidéis, lo que fuisteis y lo que sois, así como también, quién soy yo y qué he sido!
Reina Margarita (aparte): —¡Un pérfido asesino, y aún lo eres!
Gloucester: —El desdichado Clarence abandonó a su padre, Warwick, y perjuró, ¡Jesús lo perdone!...
Reina Margarita (aparte): —¡Y qué Dios lo castigue!
Gloucester: —... Para combatir por la corona de Eduardo, y como recompensa, lo encerraron. ¡Quisiera Dios que de piedra fuera mi corazón como el de Eduardo o que el de Eduardo fuese dulce y compasivo como el mío! ¡Soy muy imprudente e infantil para este mundo!
Reina Margarita (aparte): —¡Vete al infierno y escóndete allí! ¡Ese es tu reino!
Rivers: —Milord Gloucester, recordáis aquellos días en que éramos enemigos, pero solo seguíamos a nuestro señor, el legítimo rey, ¡y así os seguiríamos a vos, si lo fueseis!
Gloucester: —¿Si lo fuese?... ¡Preferiría antes ser un mozo de cuerda! ¡Lejano a mí ese pensamiento!
Reina Isabel: —Idéntica poca alegría que, según decís, os despierta reinar en este país, ¡es la que siento yo de ser reina!
Reina Margarita (aparte): —Es cierta la poca alegría que siente de ser reina. ¡Y yo, que lo soy, no siento mucho más! Pero ya no puedo soportar este silencio.
(Se adelanta la reina Margarita)
Reina Margarita: —¡Escuchadme, infames piratas que os disputáis lo que me habéis robado! ¿Quién se atreve a mirarme sin temblar? Soy la reina, pero no venís sumisos, ¿tendréis miedo, tras destronarme, de ser rebeldes? ¡Ah, honorable villano, no te apartes de mi vista!
Gloucester: —Bruja espantosa y arrugada, ¿por qué te presentas ante mis ojos?
Reina Margarita: —Para repetir tus maldades, ¡no permitiré que te vayas hasta que lo haya hecho!
Gloucester: —¿No te habían desterrado, bajo pena de muerte?
Reina Margarita: —Sí, pero prefiero la muerte al destierro. ¡Tú me debes un esposo y un hijo!... (A la reina Isabel) ¡Y tú, mi reino! (A los demás) ¡Y todos vosotros, obediencia! ¡Mis penas os pertenecen, y todos los bienes que habéis robado son de mi propiedad!
Gloucester: —Mi padre te maldijo cuando ceñiste su noble frente con una corona de papel, cuando, por tus ultrajes, lo hiciste derramar torrentes de lágrimas, y para enjugarlas diste al duque un lienzo enrojecido en la sangre del dulce Rutland... Te han alcanzado esas maldiciones, ¡y es Dios quien te ha castigado, no nosotros!
Reina Isabel: —Justo es Dios al vengar al inocente.
Hastings: —¡Qué espantoso crimen degollar a ese niño! ¡Jamás hubo proeza más despreciable!
Rivers: —¡Hasta los tiranos lloraron cuando se enteraron de esa nueva!
Dorset: —Todos sabíamos que habría venganza.
Buckingham: —¡Hasta Northumberland lloró al verlo!
Reina Margarita: —¡Cómo! Hasta no hace mucho estabais dispuestos a despedazaros, ¿y ahora os volvéis todos contra mí? Las maldiciones terribles de York han tenido tanto eco en el cielo, que me pregunto si la muerte de Enrique, la de mi querido Eduardo, la pérdida de su reino y mi destierro, ¿no serán el justo castigo por la muerte de ese infante? ¿Acaso pueden las maldiciones penetrar en el cielo? Si así es, ¡densas nubes, dad paso a mis imprecaciones! Ya que no hay guerra, ¡que el rey perezca víctima de su libertinaje, como sucumbió el nuestro para hacerlo rey! ¡Que tu hijo Eduardo, hoy príncipe de Gales, perezca violentamente para compensarme por la muerte de mi hijo Eduardo, otrora príncipe de Gales! ¡Que tú, que eres reina, por mi venganza sobrevivas a una gloria tan desdichada como la mía! ¡Que vivas lo suficiente para llorar la pérdida de tus hijos, y para ver, como veo yo ahora, otra mujer que usurpa tus derechos, como haces tú con los míos! ¡Que termine tu dicha mucho antes de tu muerte! ¡Y que mueras después de sufrir espantosos dolores, sin ser ya madre, esposa o reina! Rivers y Dorset fuisteis testigos, y también lord Hastings, cuando mi hijo fue asesinado. ¡Pido a Dios que no perezcáis de modo natural, sino que acabe con vuestras vidas un accidente inesperado!
Gloucester: —¡Termina con tus hechizos, horrorosa bruja!
Reina Margarita: —¡No te olvidaría a ti! ¡Perro, me escucharás aunque no quieras! Si el cielo oculta calamidades horribles, más grandes que las que pueda yo desearte, ¡que las guarde hasta que maduren tus pecados! ¡Que caiga recién entonces la cólera divina sobre ti, que perturbaste nuestra paz! ¡Que creas ver en tus amigos, enemigos, y en estos, tus más fieles amigos! ¡Que nunca duermas, a no ser que espantosas pesadillas te amenacen con el infierno! ¡Tú, cerdo, desfigurado por el espíritu del mal, hijo del demonio! ¡Oprobio del vientre pesado que te llevó! ¡Tú, engendro detestado por tu padre! ¡Tú, te odio!
Gloucester: —¡Margarita!
Reina Margarita: —¡Ricardo!
Gloucester: —¿Qué?
Reina Margarita: —¡No te he llamado!
Gloucester: —Te pido perdón, ¡pensé que me habías llamado con esos espantosos nombres!
Reina Margarita: —¡Y así fue!, pero no esperaba respuesta. ¡Déjame terminar mis maldiciones!
Gloucester: —Lo haré yo, y finalizarán en... Margarita.
Reina Isabel: —Vuestras maldiciones, así, acaban en vos misma.
Reina Margarita: —¡Mísero esbozo de reina, pálida imagen de mi esplendor! ¿Acaso halagas a una araña que te envolverá con su tela mortal? ¡Estás loca! ¡Afilas el cuchillo que te matará! Pero ¡llegará un día en que suplicarás mi ayuda, para maldecir a este inmundo reptil jorobado!
Hastings: —¡Perversa mujer, termina de una vez con tus histéricas imprecaciones! ¡No colmes nuestra paciencia!
Reina Margarita: —¡Hace ya largo tiempo que acabasteis con la mía!
Rivers: —¡Debéis aprender más respeto!
Reina Margarita: —Vosotros sois quienes deben respetarme. Debéis enseñarme a ser vuestra reina y aprender a ser mis súbditos. ¡Eso es lo que merezco!
Dorset: —No discutan con ella, ¡es una lunática!
Reina Margarita: —¡Callad, incipiente marqués! ¡Vuestra nueva nobleza apenas corre! ¡Y que conozcas la desdicha de perderla y de caer en la desgracia! El que se encumbró, soporta muchas ráfagas de viento, pero si cae, ¡se hace añicos!
Gloucester: —Marqués, ¡ese es un buen consejo!
Dorset: —Es un consejo que os concierne a vos también, milord.
Gloucester: —Sí, ¡y mucho más!, pero, yo nací tan alto, que mi nido, construido en la cima de un cerro, ¡se burla de los vientos y del sol!
Reina Margarita: —¡Y lo convierte en sombras! ¡Ay! Mi hijo ha sido testigo, envuelto en las sombras de la muerte. ¡Sus rayos resplandecientes se apagaron en las tinieblas eternas por tu maldad! ¡Tu alto nido se construyó en el lugar que ocupaba el nuestro! ¡Dios, no permitas esto! ¡Fue usurpado con sangre y que así se pierda!
Buckingham: —¡Silencio, si no es por piedad, que lo sea por vergüenza!
Reina Margarita: —¡No os atreváis a hablarme de piedad ni de vergüenza! ¡Habéis actuado sin piedad conmigo, y sin asomo de vergüenza, acabasteis con mis esperanzas! Mi piedad es ultraje, y mi vida llena de odio es mi vergüenza.
Buckingham: —Callad, ¡basta!
Reina Margarita: —¡Oh, noble Buckingham! ¡Beso tus manos como señal de alianza y de amistad! ¡Te deseo felicidad a ti y a tu casa! ¡No están tintas de nuestra sangre tus ropas! ¡No son para ti mis maldiciones!
Buckingham: —Ni para ninguno de los presentes, ¡las maldiciones no traspasan los labios maldicientes!
Reina Margarita: —¡Quiero creer que escalarán al cielo y que alterarán la paz de Dios! Buckingham, ¡no te fíes de ese perro! Si te adula, lo hace para morderte con sus dientes ponzoñosos, que te traerán la muerte. ¡No seas su amigo! El crimen, la muerte y el infierno están con él, y todos sus ministros son sus familiares. ¡Ten cuidado!
Gloucester: —Milord de Buckingham, ¿qué dice ella?
Buckingham: —Nada en que yo repare, milord.
Reina Margarita: —¿Cómo? ¿Te burlas de mis consejos y adulas al demonio, de quien te quiero salvar? ¡Ah! ¡Recordarás este día, cuando te destroce el corazón y dirás: “La desdichada Margarita me lo predijo”! ¡Sois esclavos de su odio, y él del vuestro! Pero ¡todos lo sois del de Dios!
(Sale la reina Margarita)
Hastings: —¡Al oír sus maldiciones, se me erizan los cabellos!
Rivers: —¡También a mí! ¿Por qué se la deja en libertad?
Gloucester: —No puedo censurarla. Ha sufrido grandes ultrajes, ¡y lamento si tuve parte en ello!
Reina Isabel: —Desconozco haberle hecho algún daño.
Gloucester: —Pero ¡habéis sacado provecho de su infortunio! Fue demasiado grande mi celo en hacer el bien a quien muestra frialdad en recordarlo. ¡Ah! En cuanto a Clarence, ¡qué buena recompensa le han dado! Por sus servicios, ¡engorda en una pocilga! ¡Que Dios perdone a los culpables de esta infamia!
Rivers: —Os comportáis como un verdadero cristiano, ¡rogáis por los que os hicieron mal!
Gloucester: —Siempre me comporto así.
(Gloucester se aparta)
Gloucester: —De haber maldecido a alguien, ¡ese sería yo!
(Entra Catesby)
Catesby: —Señora, os llama Su Majestad. (A Ricardo) A Vuestra Gracia también, y a todos vosotros, nobles señores.
Reina Isabel: —Voy con vos, Catesby. ¿Me acompañáis, señores?
Rivers: —Seguimos a Vuestra Gracia.
(Salen todos, menos Gloucester)
Gloucester: —¡Hago el daño y soy el primero en gritar! Los males que urdo en secreto, los echo en hombros de otros. Lloro por Clarence, a quien condené a las sombras, frente a los infelices y crédulos Stanley, Hastings y Buckingham. ¡Y les aseguro que son la reina y sus aliados quienes predisponen al rey contra mi hermano! ¡Y lo creen! ¡Hasta me incitan a vengarme de Rivers, de Vaughan y de Grey! ¡Ah!, pero los engaño nuevamente, y citando un texto de las Escrituras, les digo que Dios nos ordena devolver bien por mal. Y así, escondo mis felonías en los libros sagrados, y me creen un santo, pero, ¡soy el diablo!
(Entran dos Asesinos)
Gloucester: —Bien, ¡basta! Aquí están mis verdugos. Veamos, mis bravos camaradas, ¿estáis preparados para ultimar ese asunto?
Asesino 1°: —Estamos preparados, señor, venimos a buscar la orden que nos permita entrar donde él se encuentre.
Gloucester: —Bien pensado, aquí tenéis la orden. (Les entrega un papel) Volved a Crosby Place, una vez que hayáis terminado. Pero que la ejecución sea rápida, y no os dejéis conmover por sus súplicas, Clarence es hábil orador y quizás pueda conmover vuestros corazones.
Asesino 1°: —¡Bah, milord! No hablaremos con él. ¡Los que hablan no son hombres de acción! Tened por seguro que usaremos nuestras manos, no nuestras lenguas.
Gloucester: —Si sus ojos derraman lágrimas, que los vuestros dejen caer piedras de molino. ¡Me gustáis, mozos! Despachad vuestro negocio ¡de una vez!
Asesino 1°: —Noble señor, ¡allá vamos!
(Salen)
ESCENA IV
La Torre de Londres
(Entran Clarence y Brakenbury)
Brakenbury: —¿Por qué tan abatido, Vuestra Gracia?
Clarence: —He tenido una noche espantosa, llena de sueños terribles y visiones horribles. No soportaría otra igual. ¡Sumido en el terror he transcurrido las horas!
Brakenbury: —Pero ¿qué habéis soñado, milord? Os ruego que me lo digáis.
Clarence: —Soñé que había escapado de la Torre y que embarcaba para Borgoña, junto con Gloucester, que sugería que paseáramos por la cubierta. Fue en ese momento –en que miramos hacia Inglaterra–, cuando recordamos los terribles días de las guerras de York y de Lancaster. Y mientras caminábamos, creí ver tropezar a Gloucester y cuando intenté ayudarlo, él me empujó por la borda al mar sombrío. ¡Oh, señor! ¡Qué agonía sentía mientras me ahogaba! ¡Qué estruendo feroz en mis oídos! ¡Qué horrible visión de la muerte ante mis ojos! Me pareció ver en el fondo del mar a náufragos mordidos por los peces, lingotes de oro, áncoras gigantescas, cientos de perlas, ¡tesoros inestimables, algunos de ellos dentro de los cráneos de los muertos! Y en las cuencas vacías, que otrora alojaron ojos, como en una burla macabra, ¡había gemas de inapreciable valor!
Brakenbury: —¿Tan sereno estabais ante la muerte, que observabais con tal detalle los misterios del abismo marino?
Clarence: —Creía tener tal serenidad y ansié morir de una vez. Pero las olas devolvían mi espíritu al cuerpo sofocado, negándome el último descanso. Y sentía espantosos dolores en el pecho al vomitar.
Brakenbury: —¿No os despertó tal sufrimiento?
Clarence: —¡No! Mi sueño continuaba más allá de la vida. Fue cuando comenzó una tempestad en mi alma. Creí que era conducido por el sombrío barquero –del que hablan los poetas– por el río que lleva al reino de las sombras. Y una vez allí, mi espíritu encontró a mi suegro, el famoso Warwick, que gritaba a voz en cuello: “¿Cuál será el castigo que reservará esta tétrica monarquía al malvado Clarence?”. Dicho lo cual, desapareció. Luego vi la sombra de un ángel, con su cabellera tinta de sangre, que anunciaba: “¡Llegó el traidor Clarence, el miserable que me apuñaló en los campos de Tewksbury! ¡Que las Furias, lo atormenten!”. Entre tanto, me parecía que una legión de demonios aullantes me rodeaba. Fue tan monstruoso el estrépito que producían, que desperté tembloroso y por un buen rato, no pude dejar de creer que estaba en el infierno. ¡Tal la impresión espantosa que me dejó la pesadilla!
Brakenbury: —Milord, ahora entiendo vuestro espanto. ¡Yo tiemblo al escuchar vuestro relato!
Clarence: —¡Oh, Brakenbury! Claman contra mi alma cosas que hice por Eduardo. ¡Ved mi recompensa! ¡Dios mío, si mis plegarias no logran apaciguarte y pretendes vengarte en mis culpas, que sea solo yo el destinatario de tu furia! ¡Perdona a mi desdichada esposa y a mis desvalidos hijos! Te suplico, querido guardián, que no me dejes solo. Me atormenta mi alma y no puedo dormir en paz.
Brakenbury: —No os dejaré, señor. ¡Y que Dios le otorgue a Vuestra Gracia un merecido descanso!
(Clarence se queda dormido)
Brakenbury: —Los pesares no conocen el descanso. Es igual la oscuridad o el día, la mañana o la noche. La gloria de los príncipes se limita a sus títulos y, por una dicha imaginaria, crean un mundo de cuidados. ¡Entre sus títulos de nobleza y un humilde nombre, la única diferencia es la fama exterior!
(Entran los dos Asesinos)
Asesino 1°: —¡Hola! ¿Hay alguien aquí?
Brakenbury: —¿Qué es lo que buscas? ¿Y cómo has venido aquí?
Asesino 1°: —¡Tengo que hablar con Clarence, y he venido caminando!
Brakenbury: —¡Cómo! Te expresas sucintamente.
Asesino 1°: —Es mejor así, señor, a que me exprese con enojo. Os mostraremos nuestras órdenes y ahorraremos palabras.
(Entrega un papel a Brakenbury, que este lee)
Brakenbury: —Aquí dice que debo entregaros al duque de Clarence. Prefiero no averiguar nada más, así podré decir que soy inocente, si llegase a pasarle algo. ¡Bien!, el duque está durmiendo, aquí tenéis las llaves. Iré a ver al rey, para comunicarle que ahora vosotros tenéis la custodia.
Asesino 1°: —Hacéis bien, se ve que sois un hombre prudente. Adiós.
(Sale Brakenbury)
Asesino 2°: —¡Y bien! ¿Lo apuñalamos mientras duerme?
Asesino 1°: —No, al despertar dirá que lo hicimos cobardemente.
Asesino 2°: —¿Al despertar? ¡Despertará el día del juicio final!
Asesino 1°: —Entonces dirá que lo atacamos cuando dormía.
Asesino 2°: —Esa palabra, juicio, creó en mí cierto remordimiento.
Asesino 1°: —¿Acaso tienes miedo?
Asesino 2°: —¡No!, tenemos la orden. Tengo miedo de condenarme por ser su asesino. Ninguna orden lo impediría.
Asesino 1°: —Creí que eras un hombre resuelto.
Asesino 2°: —¡Y lo soy al dejarlo vivir!
Asesino 1°: —Pues, ¡se lo contaré al duque de Gloucester!
Asesino 2°: —Te ruego que no lo hagas. Ten paciencia, pienso que pasará este estado de incertidumbre que me aqueja. Suele durar lo que se demora en contar hasta veinte.
Asesino 1°: —¿Ahora cómo te sientes?
Asesino 2°: —Todavía tengo un poco de remordimiento.
Asesino 1°: —¡No olvides la recompensa que obtendremos después de cometer la acción!
Asesino 2°: —¡Ah! ¡Lo había olvidado! ¡Que muera de una vez!
Asesino 1°: —¿Dónde quedó tu remordimiento?
Asesino 2°: —¡En la bolsa del duque de Gloucester!
Asesino 1°: —Cuando la bolsa se abre, se acaba tu remordimiento.
Asesino 2°: —Así es. ¡Y no me importa!
Asesino 1°: —¿Y si de nuevo te ataca tu conciencia?
Asesino 2°: —Es peligrosa, prefiero no tener nada que ver con ella. Convierte al hombre en un cobarde, no puede robar sin que lo acuse, no puede acostarse con la mujer del prójimo sin que lo denuncie. ¡Es un espíritu que llena de vergüenza el pecho de un hombre! Y llena todo de obstáculos: una vez me hizo restituir una bolsa de oro, ¡y la había encontrado por casualidad! ¡Ah!, es la ruina del que la conserva, y fue expulsada de las villas y ciudades por peligrosa. El que quiera vivir bien, debe confiar en sí mismo y prescindir de ella.
Asesino 1°: —¡Ahora mismo me está cosquilleando para que no mate al duque!
Asesino 2°: —Permite que entre el demonio en tu alma, ¡y no le hagas caso! ¡Quiere que te arrepientas!
Asesino 1°: —¡Soy muy fuerte y no podrá conmigo!
Asesino 2°: —¡Así habla un hombre rudo que cuida su reputación! ¡Manos a la obra!
Asesino 1°: —¡Golpéale la cabeza con el puño de tu espada y lo ahogaremos, después, en el tonel de malvasía de la habitación vecina!
Asesino 2°: —¡Gran idea! ¡Haremos una sopa con él!
Asesino 1°: —¡Cuidado!, se está despertando...
Asesino 2°: —¡Golpéalo!
Asesino 1°: —¡No!, hablaremos primero con él.
Clarence: —¡Carcelero! ¡Dónde estás! ¡Tráeme una copa de vino!
Asesino 1°: —Dentro de muy poco, milord, tendréis todo el vino que queráis.
Clarence: —¡Dios mío! ¿Quién eres?
Asesino 1°: —Solo un hombre, como vos.
Clarence: —¿Cómo yo, de sangre real?
Asesino 1°: —No. Pero vos no sois de sangre leal como yo.
Clarence: —Ruda es tu voz, como el trueno, pero es humilde tu mirada.
Asesino 1°: —Mi voz es la del rey, pero mía la mirada.
Clarence: —¡La muerte está en tus palabras! ¡Tus ojos me amenazan! Pero ¿por qué palidecéis? ¿Quién os ha enviado y que queréis?
Asesino 2°: —Queremos... ¡Ah! Queremos...
Clarence: —¡Asesinarme!
Los dos asesinos: —¡Sí! ¡Sí!
Clarence: —Apenas os atrevéis a decirlo. ¡No tendréis el valor para hacerlo! Pero decidme, ¿en qué os he ofendido?
Asesino 1°: —¿A nosotros?, en nada. Pero, al rey...
Clarence: —¡Muy pronto me reconciliaré con él!
Asesino 2°: —No será así. ¡Preparaos a morir!
Clarence: —¿Os eligieron, entre todos los hombres, para matar a un inocente? ¡Quiero saber cuál es mi crimen, quién es el miserable que me acusa y cuál es el jurado que dio su veredicto! Decidme, ¿quién pronunció la sentencia de muerte contra el desdichado Clarence? Es ilegal ajusticiarme antes de ser convicto por una ley. ¡Os ruego, por la sangre de Cristo que habrá de redimirnos, que os retiréis de aquí sin poner vuestras manos contra mí! Lo que os proponéis hacer es el peor de los pecados.
Asesino 1°: —¡Hacemos lo que nos han ordenado!
Asesino 2°: —¡Y el que lo ha ordenado es nuestro rey!
Clarence: —Te equivocas, ¡el Rey de Reyes ha ordenado en las tablas de la Ley, que no debes matar! ¿Acaso no lo obedeces y sí lo harás a un hombre? ¡Cuídate, ya que Él se vengará de los que no respetan su Ley!
Asesino 2°: —¡Esa es la venganza que os arroja por perjuro, falso y asesino! ¡Vos jurasteis en la guerra por la casa de Lancaster!
Asesino 1°: —¡Y fuisteis traidor a Dios, al faltar a vuestro juramento! ¡Con vuestra espada traicionera atravesasteis al hijo de tu rey!
Asesino 2°: —¡A quien habíais jurado amar y defender!
Asesino 1°: —¡No os atreváis a apelar a la ley de Dios, cuando la habéis violado ignominiosamente!
Clarence: —Pero ¡realicé esa espantosa acción por mi hermano Eduardo! ¡Él no es quien os envía a matarme! ¡Tan culpable como yo es de esa infamia! Si es Dios quien quiere tomarse venganza por esa falta, lo haría en público. ¡No os escondáis detrás de su brazo justiciero! Él no necesita medios indirectos para castigar a quien lo ha ofendido.
Asesino 1°: —Entonces, ¿quién os encargó que fuerais su instrumento cuando matasteis al bravo y noble Plantagenet?
Clarence: —¡El amor que siento por mi hermano, la cólera y el demonio!
Asesino 1°: —Pues ¡el amor por vuestro hermano, nuestro deber y vestros crímenes, nos dan suficientes motivos para eliminaros!
Clarence: —¡Si en verdad amáis a mi hermano, no me odiéis a mí! ¡Y si él os paga para cometer este delito, volved sobre vuestros pasos, ved a mi hermano Gloucester, y este os recompensará mejor por dejarme vivir!
Asesino 1°: —Cometéis un grave error, ¡vuestro hermano Gloucester es quien os odia!
Clarence: —¡No es verdad! ¡Id a verlo!
Los dos asesinos: —¡Sí, iremos!
Clarence: —¡Id y decidle que cuando nuestro padre York bendijo a sus tres hijos y nos ordenó que nos amásemos mutuamente, nunca pensó que la discordia haría nido entre nosotros! ¡Gloucester llorará si medita sobre esto!
Asesino 1°: —¡Sí, piedras de molino, como nos indicó a nosotros!
Clarence: —¡No os atreváis a calumniarlo! Sé que es un hombre bueno.
Asesino 1°: —¡Tan bueno como la nieve sobre la cosecha! ¡No os engañéis más! ¡Él es quien nos envía a mataros!
Clarence: —¡No es posible! ¡Ha llorado por mi desgracia y me juró que haría todo lo posible por liberarme!
Asesino 1°: —¡Eso es lo que hace, al querer liberaros de las penas terrenales!
Asesino 2°: —¡Es hora de que os reconciliéis con Dios! ¡Vais a morir!
Clarence
