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Vindictas. Poetas latinoamericanas, nueva serie de la colección Material de Lectura, está abocada al rescate de la obra de poetas latinoamericanas del siglo XX olvidadas o soslayadas por la crítica y la historia literarias. El tercer número de esta serie corresponde a la poeta chilena Winétt de Rokha, injustamente sepultada bajo el nombre de quien fuera su esposo, el también poeta chileno Pablo de Rokha. El rescate de estos poemas, seleccionados y comentados en una nota introductoria por Begoña Ugalde Pascual, representan una magnífica oportunidad para acercarnos a la obra de esta autora soslayada por la historia de la poesía en lengua española.
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Seitenzahl: 32
Veröffentlichungsjahr: 2021
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WINÉTT DE ROKHA
Selección y nota introductoria de
BEGOÑA UGALDE PASCUAL
UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO
MÉXICO, 2020
NOTA INTRODUCTORIA APUNTAR CON UNA HONDA AL ESPACIOBegoña Ugalde Pascual
Explorar la poética de Winétt de Rokha implica transitar por múltiples identidades y estados de conciencia. La suya es una obra que nos devela a una hablante difícil de disociar de su biografía. Esto no quiere decir, por supuesto, que no pueda descifrarse sin conocer detalles de su historia personal. Pero al leerla es inevitable ir reconstruyendo distintos pasajes de su vida, donde personas y acontecimientos van apareciendo casi sin máscaras, con sus nombres reales. Es como si sus poemas fueran pasajes de un diario intenso, delirante, cargados de una belleza desconocida gracias a la relación mágica y musical que Winnét tenía con las palabras.
Sus dos seudónimos marcan dos etapas en su proceso de escritora, dos identidades que en realidad no abandona nunca. Lamentablemente Horas de Sol (1915) y Lo que me dijo el silencio (1915), libros publicados (con variadas erratas que fueron corregidas en esta selección) bajo el seudónimo de Juana Inés de la Cruz un año antes de casarse con Pablo de Rokha y adoptar su nuevo nombre, quedaron fuera de las antologías que luego se publicaron a través de la editorial Multitud, como si en ellos no se dijera nada importante o digno de recordar. Lo cierto es que hay en estos primeros textos un arrojo y una autodeterminación que la autora mantendrá vivas a lo largo de toda su carrera. Al igual que ese tono confesional, que abre el cofre de sus sentimientos, consciente de que a través de la labor poética es capaz de aproximarse a su entorno y a sí misma de manera profunda y comprometida. Desde el principio reivindica así, en sus creaciones, una comprensión más intuitiva que intelectual de aquello que la rodea. Su intención de leer en las almas lo que no ha sido escrito ni dicho. Constatando su miedo a la ceguera que padecen quienes se creen artistas sin serlo realmente. A caer, desde estas imposturas, en un laberinto de egos y vanidades donde se pierde el foco de lo que realmente se quiere decir. Sintiéndose, por tanto, siempre un poco fuera de la escena y elite literaria del momento.
Hay por tanto una reflexión en torno a la mirada, que recorre toda su obra. La conciencia, a veces gozosa, a veces dolorosa, de poseer una capacidad extraordinaria para visualizar la realidad, leyendo los fenómenos de manera compleja, al punto de predecir el futuro. Y esta es una clarividencia que no pasa por intentar desentrañarlo todo, sino que por conservar la perspectiva novedosa y mágica que se trae desde la infancia. Es decir, una percepción abierta al misterio, que busca plasmar en la escritura experiencias más allá del mundo material. Y que, al mismo tiempo que expone su fe en la fantasía, despliega en sus versos una sed insondable de saborear la belleza encarnada en las personas y los seres terrenales. De contemplar y conectarse con una sabiduría antigua inscrita en el cosmos, porque conocer es vivir, aunque el hastío llore.
