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Una ciudad olvidada. Un poder que nunca debió despertar. En Márshan, la metrópolis de lluvia eterna, Kayro ha aprendido a sobrevivir entre sombras y tratos peligrosos. Como contrabandista, sabe que el honor es un lujo y que una traición puede costarte muy caro. Una entrega fallida lo convertirá en el hombre más buscado, siendo perseguido por un jefe de la mafia. Las calles serán su refugio, la desesperación se convertirá en furia y desatará un poder inconcebible. El legado de Los Doce, guardianes de la energía Keygiyan, encontrará cauce en su cuerpo. Fantasía urbana y acción, el destino está escrito en las estrellas.
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Seitenzahl: 416
Veröffentlichungsjahr: 2025
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© XII - El último guardián
Sello: Tricéfalo
Primera edición digital: Abril 2025
© M. Y. Rogers
Director editorial: Aldo Berríos
Ilustración de portada: Marco “Peyeyo” Morales
Corrección de textos: Felipe Reyes
Diagramación digital: Marcela Bruna
Diseño de portada: Marcela Bruna
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© Áurea Ediciones
Providencia 2594, local 417, Providencia, Chile
www.aureaediciones.cl
ISBN impreso: 978-956-6386-98-8
ISBN digital: 978-956-6420-40-8
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Este libro no podrá ser reproducido, ni total
ni parcialmente, sin permiso escrito del editor.
Todos los derechos reservados.
Para Kayla y Kira. Porque caminando con ellas imaginé este mundo.
Para mi madre y mi padre. Por siempre creer en mí.
Para Lucía y Raúl.
Por su cariño y ayuda fundamental en el último tramo de este proceso.
Y, también, para todos aquellos que, de una u otra manera, pusieron un granito de arena para recorrer esta bella aventura.
Muchas gracias.
Llegará el día en que las nubes cubran al sol, donde la desesperanza y tristeza se impondrán al amor.
Llegará el día en que la luz y la verdad quedarán cubiertas por odio y maldad.
Extracto de “Laprofecía” con la que culminan los manuscritos de Zahanbejj descubiertos en las cercanías de la Zona Negra, dentro de las ruinas de Kálmator, capital del antiguo imperio de Numdiff.
Pensamientos fugaces le cruzaban por la mente, todo parecía moverse de manera lenta frente a sus ojos. Su cuerpo rígido y su mandíbula apretada esperaban un gesto, el más mínimo movimiento de Jun: la orden para actuar, pero él deseaba que eso no ocurriera. Se encontraban en las afueras, en el sector norte de la enorme ciudad de Marshan, lugar al que habían citado a sus compradores. El trato estaba casi hecho y la mercancía se vendería a un buen precio. Más de lo que Gully obtendría si solo la hubiera vendido en su sitio de la Gran Plaza Celeste de Kannandí, o lo que Tommerh hubiese conseguido recorriendo todos los puntos de venta de la ciudad. Por ese motivo, Arkel se veía bastante animado mientras guardaba las bobinas incandescentes, los pequeños motores de agua y los supresores de alteración en el grueso bolso donde transportaba todo el cargamento. Cuatro mil trecientos kros era lo que se había acordado. Una suma sustanciosa que les sería de bastante ayuda para seguir tranquilos por un buen tiempo en La Ciudad de la Eterna Lluvia.
Las gotas caían débiles esa tarde, como si fueran a detener su permanente flujo, pero él sabía que eso no sucedería. También las sentía lentas cuando mojaban todo a su alrededor. Quizás los nervios lo hacían percibir el entorno de esa manera, o tal vez era el hecho de estar preparado para lo peor.
Jun y Arkel estaban adelante, cubiertos con sus impermeables verdes. Se ubicaban a ocho metros de distancia junto a los seis hombres que conformaban el grupo de compra. Arkel les decía a sus clientes que no dudaran en contactarlos si necesitaban más mercancías, Jun permanecía quieta al lado derecho con las manos en su espalda, las mantenía juntas, preparadas para hacer la seña si las cosas se salían de control. De pronto, Jun lo hizo. Sus dedos indicaron lo peor y ella junto a Arkel se tumbaron en un movimiento rapidísimo. Uno de los sujetos les arrebató el bolso con la mercancía y lo sostuvo entre sus manos, mientras los otros desenfundaban sus armas para acribillar a los jóvenes contrabandistas.
Con una velocidad extraordinaria Kayro también desenfundó y disparó.
Sus tres balas impactaron en el pecho de tres sujetos, abatiéndolos en el acto. Sin embargo, dos de los tres tipos restantes abrieron fuego en su contra y una bala alcanzó su hombro izquierdo. Aun así, logró disparar una vez más y el certero proyectil se metió de lleno entre las cejas de su atacante.
Los dos supervivientes se movieron raudos, girando en el suelo para no ser alcanzados por los siguientes disparos del muchacho, el cual se encontraba en cuclillas, apretando la herida lo más fuerte que podía.
—¡Pequeñas mierdas! —exclamó uno de los hombres, escondido detrás de un prominente montículo de barro, al mismo tiempo que su compañero se refugiaba en los alrededores.
—¡Mierdas ustedes! —gritó Arkel, quien estaba junto a Jun y permanecían agazapados entre los cuerpos caídos—. ¡El trato iba bien! ¡Solo tenían que tomar la mercancía, entregarnos el maldito dinero y largarse! ¡No tenían por qué hacer esto!
—¡Ustedes planearon todo desde el principio! ¡Nos asesinarían después de entregarles el dinero! —gritó el hombre que les arrebató el bolso. Este se encontraba tumbado entre altos y verdes matorrales.
—¡Solo dices estupideces! —respondió Arkel.
—¡Sabemos cómo actúa Gully! ¡No es raro que les haya ordenado algo por el estilo! —afirmó el otro hombre.
—¡Gully jamás nos ordenaría actuar así! ¡Y tampoco nos ordena nada! ¡Es nuestro compañero, no nuestro jefe! —refutó Jun—. ¡Solo nos advirtió que tuviéramos cuidado de ustedes! ¡Y no se equivocó!
—¡Cállate y fíjate en lo que dices! —dijo el hombre del bolso—. ¡Cuatro de nuestros compañeros están muertos! ¡Ya no creemos una sola maldita palabra de lo que dicen! Además…
Dos disparos estremecieron el lugar y las voces callaron.
Al mismo tiempo que sus compañeros discutían, cubierto por el ruido de lalluvia, Kayro se arrastró por el costado izquierdo hasta donde se encontraban los dos sujetos refugiados y, sin pensarlo mucho, acabó con ellos. En ese momento las cosas parecían simples: eran esos tipos o sus amigos, a quienes consideraba, desde que había dejado el orfanato, su familia. Y aunque su madre estuviera viva y todavía recorriera las calles de Marshan tratando de conseguir dinero para una dosis más, él no la consideraba. No por abandonarlo en un orfanato apenas naciera, ni por haberlo alejado tantas veces cuando la buscó, sino por el hecho de decirle en su propia cara que jamás amaría a un niño bastardo, fruto de un abuso.
Todavía temblaba y respiraba entrecortado. El miedo y la angustia que sentía por haberle quitado la vida a seis personas eran palpables, pero estaba dispuesto a todo por proteger a los suyos.
—Ya pueden salir —dijo con la voz temblorosa al momento de asomarse desde atrás del montículo de barro, sin dejar de sostener su hombro, que no paraba de sangrar.
Jun se acercó deprisa para ayudar a su amigo mientras este se sentaba en el suelo mojado.
—¿Cómo te encuentras, pequeño? —preguntó ella—. Déjame ver.
Kayro abrió su impermeable para que su amiga lo revisara. La bala había atravesado la parte superior del hombro, dejando una gran herida, pero no había logrado alcanzar el hueso. Jun sacó desde de su bolsillo una engrapadora magnética para extraer la bala y cauterizar el corte.
—Esto te dolerá. No te muevas —le dijo la muchacha.
Kayro cerró los ojos con fuerza y asintió al mismo tiempo en que Arkel se acercaba para sostenerlo. El grito fue largo. Jun curó el hombro de su amigo y luego los tres emprendieron el retorno a los suburbios de Kannandí con toda la mercancía y más de cuatro mil kros en los bolsillos.
Los días eran difíciles en Marshan. Sobrevivir lo era aún más. No había mucho que hacer en la ciudad y las pocas opciones que realmente dejaban algo de dinero eran la reparación de maquinarias, utensilios y accesorios que permitían mantenerse ocupado en algo más tranquilo. Las otras opciones eran menos legales: dedicarse al tráfico y venta de drogas, producir y vender alcohol o, lo más simple de todo, la venta de mercancías robadas a viajeros y a las pocas fábricas tecnológicas que seguían funcionando en Marshan por el escaso control gubernamental. A Gully y su grupo esto último le había funcionado de maravilla.
Una noche, después de haber despertado de golpe por aquel sueño recurrente que lo asaltaba de vez en cuando, se quedó recostado sobre su duro colchón, rozando con la punta de sus dedos la cicatriz que había quedado en su hombro izquierdo. En esas noches de vigilia pensaba mucho en el orfanato y en su niñez mientras escuchaba el ruido constante de la lluvia golpeando contra el tejado. Pensó entonces por qué no se habían mudado a uno de los tantos edificios abandonados que existían en el centro de Marshan y ocupado un piso completo en donde vivir cómodamente, y ya no habitar esa húmeda y corroída casa, además de guardar allí mismo las mercancías que robaban. Pero el sentido común le recordó que, aunque Marshan estuviera casi deshabitada, aún era recorrida por patrulleros privados que desalojaban las edificaciones construidas por sus adinerados clientes y limpiaban las calles de los que ellos llamaban “lacras mojadas”: personas que aparecían muertas en los callejones de la ciudad. «Después de todo, esta casa no está tan mal», se dijo con una sonrisa de resignación.
De pronto, Gully los llamó con apremio a la sala de la casa que compartían. Kayro se incorporó con agilidad para salir de su habitación, ya que siempre que su amigo los llamaba de esa manera significaba que tenía algo bueno entre manos.
—¿Por qué esa cara, pequeño? —preguntó Jun, al encontrarlo afuera.
Ella siempre sabía cuándo algo molestaba a Kayro.
—Otra vez tuve ese puto sueño.
—Ya has soñado muchísimas veces con eso —comentó la muchacha—. ¿Qué crees que signifique?
—No tengo idea.
—Es raro que sueñes con que algo te acorrala en los callejones del centro de Marshan. ¿Te estarás volviendo loquito? —sugirió Jun, con una risita.
—Es muy probable. Pero creo que, si eso sucede, por fin estaremos en igualdad de condiciones —respondió Kayro, mirándola sonriente, con los ojos entrecerrados.
Ella rio y le revolvió el cabello con la mano.
—Vamos, acérquense —les pidió el líder de su grupo de manera amable y alegre, mientras todos se reunían junto a él y se acomodaban en los viejos sillones de la sala—. Debo pedirles algo.
—¿A dónde iremos ahora, Gully? —preguntó Tommerh, somnoliento—. Ya me estaba quedando dormido.
—Desde hace un tiempo tú siempre te estás quedando dormido. Es como si te estuvieras convirtiendo en un viejito holgazán —comentó Jun, con suavidad y una sonrisa.
—Eso es verdad —agregó Kayro, uniéndose a las risas de su amiga.
—Debes despabilar y estar con tus cinco sentidos alerta, Tommerh —le dijo Gully—. Esto es grande y los necesito en las mejores condiciones, porque si todo sale bien podremos asegurar nuestro futuro. Y lo digo con mucha certeza.
La seguridad en las palabras de su amigo era algo poco usual en este último tiempo.
Los chicos pusieron atención a las instrucciones de Gully, quien comúnmente les daba encargos que consistían en llevar mercancía de un lugar de la ciudad a otro o, a veces, llevarlas hasta otras ciudades cercanas, pero nunca había puesto tanto énfasis en algo y jamás les había comentado que un simple movimiento de mercancía podía ser así de importante.
—¿Qué es lo que haremos? —Arkel estaba bastante serio, pues se sentía intrigado con este repentino asunto.
—Pasarán a buscar a uno de los almacenes el cargamento que llegó la semana pasada, el que, como saben, proviene del trato que hice en la frontera del Estado de Kentru. Después tendrán que entregarlo en el callejón 57 a las 22:00 en punto. Ni un minuto más, ni un minuto menos. Allí los estarán esperando nuestros clientes —informó Gully—. Debo decirles que estos tipos son mafiosos y no se andan con cuentos. Si todo sale bien, podremos asegurar un acuerdo exclusivo de contrabando con ellos y venderles todo lo que robemos. No deben preocuparse por su seguridad, porque no les importa el cargamento en sí, sino el cómo nos movamos, nuestra coordinación y la puntualidad.
—Si quieres coordinación no debiste avisarnos tan tarde —interrumpió Arkel.
—Es que solo hace unas horas hice el acuerdo —informó Gully.
—Y si quieres puntualidad en este asunto tan serio, no debes poner a Tommerh a cargo esta vez —sugirió Arkel de manera serena.
—Estoy de acuerdo —dijo Kayro—. Propongo que Jun sea quien dé las órdenes.
—Gracias por la confianza —agregó Tommerh, bostezando.
—El pequeño tiene razón. Yo puedo encargarme —aseguró la muchacha, con una voz llena de confianza—. ¿Pero si este movimiento es tan importante, por qué no lo diriges tú mismo? —interrogó Jun.
—No puedo, porque me reuniré con el jefe mafioso. Estaremos en el bar de Znog comprobando la situación. Una vez que entreguen la mercancía a los hombres y estos le indiquen a su jefe que las cosas están en orden, el trato quedará sellado. Así que cuando todo termine, diríjanse allí para celebrar.
—¿Entonces, partimos ya? —preguntó Arkel, emocionado.
Los jóvenes contrabandistas se prepararon para salir a la misión más importante de sus vidas hasta ese momento. Si todo salía bien, les esperaban grandes cosas. Los impermeables cubrieron sus cuerpos, coordinaron la ruta a seguir y se dispusieron a salir de la corroída casa.
—Toma esto, hermano —le dijo Gully a Kayro, entregándole una pequeña pistola de choques magnéticos.
—¿Para qué necesito eso? —cuestionó el muchacho, mirando fijamente a su amigo.
—Es mejor prevenir que curar —aseguró Gully—. Si por alguna remota razón las cosas salen mal, confío en ti y en tu destreza como tirador para que puedas proteger a nuestros compañeros.
Las palabras sonaban tranquilas, pero su preocupación era evidente.
—Está bien —respondió Kayro, al momento de guardar la pistola en el brazalete metálico que estaba oculto en su manga derecha.
—Te lo encargo, hermano —dijo Gully, mientras Kayro asentía.
Después de esto, se pusieron en marcha a través de los serpenteantes callejones de los suburbios de Kannandí. Estos se extendían desde la periferia hasta el centro de la vacía ciudad como riachuelos lúgubres y deprimentes que transportaban el agua incesante de la eterna lluvia, pero cuando llevaban unos cinco minutos de caminata, el más joven del grupo rompió el silencio.
—Necesito pasar a un lugar antes —comentó Kayro, mirando a sus compañeros—. ¿Me pueden dar diez minutos?
—¿Tenemos tiempo? —preguntó Jun.
—Un par de minutos —dijo Arkel, mirando su reloj para corroborar que el desvío de Kayro no retrasaría la operación.
—¿Tienes una cita a estas horas de la noche? —preguntó Tommerh, con curiosidad.
—Nada de eso. Quiero pasar al orfanato a dejarle algo a la nodriza Fernaly —explicó Kayro de manera serena—. Hace tiempo que no voy y he guardado algunos kros para ayudar.
—¿Otra vez con eso, pequeño? —La cara de Jun mostraba decepción—. Recuerda que te echaron de ese lugar apenas cumpliste la mayoría de edad. No les debes nada.
—Les debo ser la persona que soy —refutó el muchacho con una sonrisa.
—Haz lo que quieras, pero no te demores —concluyó ella.
—Gracias —dijo Kayro, desviándose a la izquierda en el siguiente callejón.
Pronto llegaron a una calle amplia, parecida a una avenida, en donde se ubicaba un gran templo de piedra blanquecina que se elevaba hasta casi los ochenta metros en su torre más alta. Kayro supo enseguida que se encontraba en su destino, pues el orfanato quedaba junto al antiguo templo de Kahalmar, el que, se había construido casi tres siglos antes de la fundación de Marshan y fue el centro exacto de la ciudad por bastante tiempo. Apuró su andar y sin demora dio tres golpes en la inmensa puerta del que había sido su hogar. Desde el interior se escucharon veloces pasos sobre el piso de madera y un segundo después la puerta se abrió.
—Kayro, mi niño, ¿qué haces aquí tan tarde? —preguntó cálidamente una mujer delgada y morena, de ojos verdosos y cabello cano.
—Nodriza Fernaly, qué gusto verla —saludó emocionado el muchacho—. Pasaba por el sector y vine a dejarle algo de dinero para que use en el orfanato, ya sea en la comida o la ropa de los niños y niñas, porque estoy seguro de que han llegado más desde que me fui, y no creo que el gobierno haya aumentado el aporte —dijo mientras estiraba la mano con un montón de fichas negras y rojas.
—Hijo mío, no tienes por qué hacer esto. No es tu obligación aportar aquí. —La nodriza lo miraba con ternura—. Sabes que eres bienvenido a visitarnos cuando quieras, pero no es necesario que des el poco dinero que ganas con tus amigos —dijo, observando al grupo con una cálida sonrisa.
—Lo sé, pero no lo hago por obligación, sino porque quiero —respondió Kayro—. Ande, tómelos, por favor, que se mojarán aún más estos viejos kros.
La nodriza Fernaly estiró la mano y recibió el dinero que Kayro le llevaba, luego tomó su brazo y lo acercó a ella para darle un fuerte abrazo que Kayro respondió con ternura, como un niño pequeño que encuentra a su madre después de perderse en un lugar abarrotado de gente.
—Te extraño, mi niño. Sabes que las reglas de este lugar no permiten que te tengamos aquí después de cumplir la mayoría de edad. Pero extraño tu presencia y tu voz por los pasillos del orfanato. —La nodriza hizo una pausa cuando escuchó el leve llanto de Kayro—. De todas maneras, me alegra mucho que vengas de vez en cuando y que hayas encontrado tan buenos amigos.
—Lo sé —respondió él con un susurro—. Es hora de irnos —dijo después de separarse del abrazo—. Debemos hacer unas entregas de víveres a unas personas que lo necesitan, así que el deber nos llama.
—Cuídate mucho, hijo… y ustedes también —dijo la nodriza, dirigiéndose a todo el grupo—. Son bienvenidos cuando quieran, para la próxima los estaré esperando con algo delicioso.
—Muchas gracias —respondieron Arkel y Tommerh, casi al unísono.
—Adiós, nodriza Fernaly —se despidió Kayro—. Entrégueles mis saludos a los chicos.
—Lo haré, mi niño, lo haré —dijo esta cuando el grupo se marchaba.
—El pequeño Kayro tenía razón, después de todo —comentó Jun, quien se había quedado atrás—. Usted es una buena persona.
El grupo se marchó y la nodriza Fernaly los vio desaparecer a la distancia, cubiertos por la lluvia que, como siempre, lo mojaba todo.
Sin perder más tiempo, se encaminaron hasta uno de los tantos almacenes que Gully tenía en los callejones de Marshan. Cuando llegaron allí, Jun hizo la seña correcta en el lector dactilar de agarre e indicó que Arkel y Tommerh sacaran toda la mercancía y, al mismo tiempo, que Kayro vigilara los alrededores. Cada uno tomó un bolso lleno de mercancía, los cuales Gully había dejado listos para su transporte y se dirigieron al callejón 57.
Caminaban contentos bajo la lluvia, sobre todo Kayro, quien todavía se encontraba emocionado por el encuentro con su nodriza. Conversaban sobre qué pasaría después de esto; se convertirían en mafiosos y quizás serían una facción respetada y poderosa, agrandarían sus filas e incluso tendrían subordinados y un buen lugar donde vivir. Los jóvenes contrabandistas reían, pero Tommerh interrumpió todo.
—La verdad es que yo no quiero ser un mafioso —comenzó diciendo—. No estoy hecho para algo tan rudo, es por eso que solo vendo las mercancías que ustedes roban.
—¿Por qué dices esto ahora? —la pregunta de Jun sonaba enjuiciadora, ya que había notado la actitud rara que traía Tommerh hace días.
—Porque si todo sale como está planeado, las cosas cambiarán mucho, y ya no sé si estaré cómodo siguiendo con ese estilo de vida.
—¿Entonces qué piensas hacer? —lo cuestionó Arkel.
—Sabía, desde mucho antes que llegara el cargamento, que Gully planeaba esto. Lo escuché hablando con uno de los mafiosos cuando inició los contactos hace meses y, desde entonces, he buscado alternativas.
—¿Por qué es tan drástica tu decisión? —preguntó Kayro, preocupado por la inminente y repentina partida de su compañero.
—Ya saben que mi familia fue asesinada por una de las tantas mafias de Marshan. Simplemente no quiero volverme como ese tipo de gente —comentó Tommerh—. Así que, tratando de encontrar algo distinto, descubrí que hay algunas opciones. Tras investigar por semanas, hallé la manera de contactarme con una corporación secreta que opera aquí mismo sin que nadie lo sepa. Al parecer son muy influyentes, pero actúan en las sombras y casi nadie conoce su existencia. ¿Han visto la gigantesca pista de aterrizaje que hay en la zona este de Marshan? Siempre llegan muchos aviones, pero solo hay unos cuantos hangares. ¿No les parece curioso?
—Esa es solo una base militar asignada a resguardar las ruinas de Kálmator y el acceso a la Zona Negra —comentó Jun—. Aunque no lo creas, todavía existen muchos estúpidos que quieren adentrarse en ese lugar tan peligroso —dijo, mientras miraba a Kayro de reojo.
—Parece que estás equivocada —refutó Tommerh—. Según pude averiguar, allí se esconde algo más.
—¿Algo más? —Arkel dudaba de las palabras de su amigo—. ¿A qué te refieres?
—A una oportunidad de oro —respondió Tommerh.
—¿Y qué harás? —preguntó Kayro, nuevamente.
—Iré en este momento a reunirme con alguien que pertenece a esa corporación. Dicen que se dedican a la investigación y al transporte de cargamentos. Además, según escuché, algunas de las personas desaparecidas hace un tiempo aquí en Marshan están trabajando allí mismo, totalmente seguras y tranquilas.
—Pero tenemos que entregar las mercancías —interrumpió Jun—. No puedes ir ahora.
—Tranquila, son apenas las 21:10, tenemos tiempo de sobra y lo mejor de todo es que también me citaron en el callejón 57. Así que vamos y comprobemos qué tan buena es esta opción. Puede que por fin consigamos hacer algo legal y abandonar esta vida de mierda que llevamos.
Los jóvenes contrabandistas se miraron y acordaron acompañar a Tommerh a su cita con la persona de esa extraña corporación. Después de todo, el lugar al que se dirigían era el mismo y tras concluir la reunión solo debían esperar en aquel sitio. Además, no perdían nada escuchando una propuesta que podría cambiarles la vida.
Kayro volvía a soñar con eso. Otra vez era un niño de diez años y corría empapado por los callejones cerrados que circundaban el orfanato. Escapaba de manera veloz y trataba de ocultarse de sus hermanos que lo perseguían para acabar el juego. Escuchaba las alegres voces y los pasos que se acercaban deprisa mientras él doblaba por esquinas y calles serpenteantes para perderlos de forma desesperada, pero con una enorme sonrisa en su rostro y una grata sensación de felicidad. La lluvia caía sin parar sobre su pequeño cuerpo y, a pesar de que era fría, se sentía refrescante. Luego de unos momentos, cuando creyó haberlos perdido, se escondió al costado de un enorme contenedor de basura pensando que allí podría estar por un par de minutos, y así estirar el juego un poco más antes de que la nodriza Fernaly los llamara para ducharse, cenar y luego dormir. Pero en aquel momento tuvo la sensación de que algo se acercaba. Algo enorme y peligroso había aparecido en la esquina del callejón donde se escondía y eso, fuera lo que fuera, venía por él. Trató de guardar silencio cubriéndose la boca con sus pequeñas manos, pero los latidos de su corazón eran tan fuertes que lo remecían por completo. Cuando esa cosa estaba a punto a asomarse por su costado y el miedo lo había paralizado, escuchó la potente campana del templo de Kahalmar. El tañido llegaba cada vez con más fuerza y una luz anaranjada iluminó el callejón en su totalidad. En ese instante, aquella luz se unió a él y sintió cómo llenaba todo su ser y flameaba en sus ojos, al mismo tiempo que las campanadas resonaban con tanta potencia que parecían remecer todas las capas del mundo. De pronto, todo quedó en silencio.
Cuando despertó no reconoció ninguna de las cosas que lo rodeaban. El lugar donde se encontraba no se asemejaba a nada que él conociera. No sabía qué eran esos extraños artefactos e instrumentos que había a su alrededor, incluso la camilla en la que se encontraba recostado tenía una forma que jamás hubiese imaginado. Al levantarse se percató de unos parches redondos que tenía pegados en su rostro y en el brazo derecho, pero al momento de quitárselos sintió un intenso dolor de cabeza que lo hizo tambalear y su cuerpo estaba tan débil que apenas pudo sostenerse en pie. «¿Dónde estoy?», se preguntó, buscando con sus cansados ojos alguna puerta, pero nada se asemejaba a la salida. Trató de avanzar apoyándose en la pared y revisó cada una de las rendijas y pequeñas luces que había en el lugar sin tener éxito. Después de unos minutos y cuando estuvo más consciente de su entorno, notó que traía puesto un pantalón holgado y una camiseta blanca sin mangas, similares a las vestimentas que se les da a los internos de un hospital. Notó, también, que la habitación era muy parecida a un quirófano y estaba iluminada con una tenue luz verde que provenía desde la parte inferior de las paredes, pero la camilla en la que había despertado era, más bien, como una incubadora gigante cubierta por un grueso cristal amarillento y en sus costados se encontraban grabados una infinidad de símbolos extraños que adornaban su contorno casi por completo.
En ese momento una angustia terrible se apoderó de él. «¡Debo salir de aquí! ¡¿Por qué no recuerdo nada de esto?!», esforzó su mente para saber cómo había llegado a ese lugar, pero no hubo caso. El tiempo transcurría y no supo qué más hacer, solo podía resignarse a esperar lo que sucediera, sin embargo, y después de unos minutos, un sonido grave y rasposo rompió el silencio del lugar y una puerta enorme se abrió frente a él mostrando lo que parecía ser la salida.
Avanzó por un pasillo oscuro, sin luces ni ventanas, este tenía un piso bastante suave, pero muy frío, que entumecía los dedos de sus pies descalzos. Parecía que no tendría fin, pero al cabo de unos segundos se topó con una pared metálica, la que, a su parecer, podía ser otra puerta. «¡Esta debe ser la salida!», se dijo a sí mismo con el corazón aliviado, sin embargo, al buscar la manilla no encontró nada. La angustia lo invadió una vez más por no saber qué otra cosa podía hacer, pero nuevamente escuchó el sonido rasposo y la puerta metálica se abrió. Delante de Kayro apareció una escalera que conducía hacia arriba, esta se encontraba iluminada por la misma luz tenue de color verde proveniente desde pequeños focos ubicados en las rugosas y oscuras paredes metálicas, las que presentaban los mismos grabados que había en esa especie de incubadora gigante donde despertara minutos atrás. Al terminar de subir se dio cuenta de que la luz se colaba por la rendija inferior de la puerta que estaba justo frente a él, y sin dudar un segundo, la empujó con todas sus fuerzas para salir de ese extraño lugar.
Un intenso destello lo encegueció por unos instantes y aunque no podía ver con claridad, supo enseguida que se encontraba afuera, ya que sintió el viento, el frío y la lluvia cayendo sobre su agotado cuerpo. Cuando sus ojos se acostumbraron a la luz del día y recuperó un poco la visión, se percató de que estaba en Marshan, en un callejón que quedaba a tan solo unas cuantas calles del orfanato donde había crecido. Así que, sin más, se puso en marcha para alejarse rápidamente de allí, pero en ese momento, a lo lejos, escuchó la campana del templo de Kahalmar. Ese sonido lo transportó de inmediato a su niñez, en donde todo era tranquilo y podía soñar lo que él quisiera junto a la compañía de sus hermanos y bajo la protección de su nodriza. Pero ahora todo eso era parte del pasado, muchos de sus hermanos se habían ido y su nodriza ya no le permitía quedarse allí por haber cumplido la mayoría de edad. Ahora solo recorría la ciudad, robando y contrabandeando para conseguir el dinero necesario que le ayudaba a sobrevivir en las frías y peligrosas calles de Marshan.
La gigantesca urbe había sido, hasta hace unos cuantos años atrás, una enorme metrópolis con altos rascacielos, centros comerciales y multitudes que iban y venían para comerciar o simplemente visitar la vistosa y moderna ciudad, pero un día la lluvia comenzó y no se detuvo jamás. Desde eso ya habían transcurrido veintisiete años, y en la actualidad Marshan estaba vacía, fría y corroída por el agua que no dejaba de caer desde el cielo. Ahora solo se levantaba como un monumento, un recuerdo de lo que había sido alguna vez. Y era conocida por todo el mundo como La Ciudad de la Eterna Lluvia.
Caminó por los callejones tratando de avanzar lo más rápido posible, llegando en poco tiempo al ex distrito comercial y percatándose de algo extraño. Al mirar su reflejo en el vidrio de una tienda abandonada, notó que estaba muy cambiado a como él mismo se recordaba, puesto que siempre había sido, como él mismo lo decía: flacucho y huesudo, pero ahora, a pesar de seguir siendo delgado, tenía mucha masa muscular. Su cabello largo que le llegaba por debajo de los hombros, y que llevó así por casi dos años, había sido cortado quedándole unos cuantos mechones que caían sobre su frente, mojados por la lluvia. Sorprendido por esta situación, comenzó a revisarse para averiguar si algo más había cambiado en él.
Kayro era un chico de veinte años de edad que apenas rozaba el metro y setenta centímetros de estatura, tenía el cabello negro, los ojos de un claro color marrón (casi amarillos) y la piel levemente bronceada, y para su alivio, todo eso seguía igual. «¿Qué pasó con mi cuerpo flacucho?», miraba su reflejo y se tanteaba para asegurarse de que todo estaba donde debía. Después de unos momentos y sin poder explicar cómo había desarrollado esa musculatura, decidió poner rumbo hacia la Gran Plaza Celeste de Kannandí, lugar donde se agrupaban los vendedores ambulantes y los sin hogar de Marshan, ya que, lo más probable era que en ese lugar estuvieran Gully, Jun y los chicos.
Sin perder más tiempo tomó el callejón de su derecha y trazó el curso más corto hacia la plaza. Anduvo por unos cuantos minutos y, de pronto, se topó con un callejón angosto en donde había unas diez o doce personas que le cercaban el paso. Estas se encontraban de pie y se encorvaban levemente hacia adelante, como quien aguanta un persistente dolor de estómago. Kayro lo supo enseguida. «Adictos», pensó, al ver cómo sus miradas se perdían en el suelo mojado. Decidió atravesar la muchedumbre lentamente, después de todo, los adictos al sorv no eran violentos, ya que la droga los dejaba completamente agotados y solo pedían limosnas para satisfacer su angustia. Sin embargo, justo cuando estaba a punto de alejarse del grupo, una mujer se le acercó y se aferró a su hombro.
—Por favor, dame algunos kros, muchacho —pidió esta, con voz lenta, como si le costara trabajo hablar.
El sorprendido joven la observó con los ojos muy abiertos, notoriamente desconcertado de verla tan cerca y rápidamente se zafó de sus manos.
—No tengo nada para darte, mujer —sentenció con dureza.
—Anda, no seas así, guapo. Dame algo de dinero.
Kayro apuró el paso y se marchó lo más rápido que pudo de aquel lugar. Su corazón latía con fuerza y su decepción era aún más grande. Hacía cuatro años que no veía ese rostro y que su mirada no se cruzaba con el verde de aquellos ojos. Cuatro años que no escucha esa voz, la cual había jurado nunca volver a buscar. Cuatro años que no veía a su madre y esta ni siquiera lo había reconocido.
Como si estuviera huyendo de alguna fiera que lo cazaba sin descanso, avanzó a paso firme hasta llegar a su destino: una enorme explanada rodeada por altos edificios abandonados, la que estaba repleta de vendedores ambulantes, puestos de comida callejera, mercaderes y mecánicos que se reunían alrededor de la enorme pileta central para vender todo lo que se pudiera en la Gran Plaza Celeste de Kannandí, llamada así por las enormes luces de neón celeste que iluminaban el sector día y noche ayudadas por sus indetenibles motores de agua. Sin embargo, al llegar allí se encontró con una sorpresa, pues solo reconocía a un puñado de los comerciantes que ocupaban una de las tantas entradas de la plaza, todos los demás habían sido reemplazados por caras nuevas, tantas que pensó que se encontraba en un lugar desconocido. Ya no estaban los mercaderes de bobinas incandescentes que siempre ocupaban el primer lugar de la plaza, ni tampoco las chicas que reparaban motores de agua, quienes habían atendido a sus clientes en el mismo sitio por más de cuatro años. Kayro quedó desconcertado con la situación, así que, sin pensarlo mucho, se dirigió hacia la zona sur, porque sabía que allí, tal y como siempre, encontraría a Gully.
Cuando ya estaba por el sector diviso a lo lejos a su amigo que, como todos los días, estaba sentado sobre la misma banca de color blanco que usaba como vitrina para su mercancía. Este miraba de lado a lado envuelto en un largo impermeable verde y se cubría de la lluvia bajo su puesto. Gully era un hombrecillo delgado, de mediana estatura, pero un poco más alto que Kayro, su piel era pálida, sus ojos verdes y su cabello un enmarañado montón de pelo amarillo claro.
Al momento de llegar junto a él, Kayro estaba todo empapado y lanzándole una seria mirada le preguntó:
—¿Dónde están todos y por qué solo hay cuatro personas conocidas en este lugar?
La voz del muchacho era temblorosa por el frío que lo entumecía y hacía tiritar.
Gully lo miró perplejo, como si estuviera viendo a un fantasma, pero rápidamente y luego de inspeccionarlo de arriba abajo, le contestó.
—¿Kayro… eres tú?
—Claro que soy yo. ¿Por qué lo preguntas?
—¿Y qué demonios te pasó? ¿Te metiste duro al gimnasio o algo por el estilo? —comentó con una risa algo extrañada—. ¡Vaya cambio que has tenido, hermano! Después de todo este tiempo sin verte creí que no volverías jamás —le dijo con asombro, el delgado hombrecillo.
—¿Jamás? ¿De qué rayos estás hablando?
—Oye, oye. ¿Qué pasa, hermano? Desapareciste de la noche a la mañana sin decir nada y ahora vienes haciendo preguntas de dónde están todos. Por lo menos salúdame y cuéntame dónde estuviste todo este año.
En ese instante el rostro de Kayro se desfiguró por completo. «¡¿Todo este año?!», se preguntó perplejo sin mover un solo músculo.
Cuando por fin logró reaccionar y pudo articular una frase en su mente, preguntó nuevamente:
—¿Cómo que desaparecí por un año? No bromees conmigo —dijo, incrédulo.
—¿Qué es lo que estás diciendo, hermano? —lo cuestionó Gully—. Hace un año, tú y los chicos debían dejar el encargo de Donnas Jagki, pero no llegaron a la cita. Todos aquí pensamos que habían huido con la mercancía, pero estaba intacta en el callejón 57 y no había rastro de ninguno de ustedes.
«¿El callejón 57? Ese es el lugar en donde estaba esa extraña sala con tecnología desconocida», Kayro miró a Gully con los ojos desconcertados, tratando de dar una explicación lógica en su mente a todo lo que estaba pasando. «¿Acaso estuve en ese extraño sitio todo este tiempo? Y si fue así. ¿Qué sucedió allí?», sentía que su cabeza daba vueltas y el dolor que tuvo cuando despertó volvió a aparecer, pero esta vez de una manera mucho más intensa. La visión se le puso borrosa, los oídos le zumbaban y tuvo la extraña sensación de que el mundo que lo rodeaba ardía y colapsaba, y de un momento a otro todo se oscureció.
Despertó cuando ya era de noche en una cama dura y baja que se encontraba en una de las húmedas habitaciones de la corroída casa que compartía con su grupo en el sector este de Marshan.
—¿Qué me pasó? —le preguntó Kayro a su delgado amigo, quien se encontraba sentado en una silla junto a la ventana y fumaba un corto cigarrillo.
—Te desmayaste, hermano. Te agarraste la cabeza como si te fuera a estallar y luego te desplomaste —respondió Gully, con los ojos pegados en la lluvia que caía afuera.
—¿Y cómo fue que llegué a la casa? —volvió a preguntar el muchacho, incorporándose con dificultad.
—¿No es obvio? Yo te traje y le pedí una mano a los nuevos inquilinos que ahora viven conmigo —agregó Gully sin siquiera mirarlo, mientras exhalaba el humo de su cigarrillo.
Hubo un largo silencio entre los dos y era notable la molestia de Gully, pero Kayro no tenía la culpa de todo lo que estaba pasando, o al menos eso pensaba.
—¿Inquilinos? —preguntó, pero su amigo ni siquiera lo miró—. ¿Dónde están los demás? ¿Por qué no están aquí Jun, Arkel y Tommerh?
—No lo sé —respondió Gully—. Tu deberías saberlo mejor que yo.
Pero Kayro tampoco sabía a lo que se refería su amigo. Nuevamente un largo silencio se hizo presente y ninguno parecía querer romperlo. El muchacho estaba muy confundido con toda la situación, pero de igual manera trataba de entender la molestia de Gully.
Luego de unos minutos el hombrecillo dio un largo suspiro y comenzó a hablar.
—Siempre he odiado la lluvia de esta maldita ciudad, ¿sabes? Cae todo el tiempo sin parar. Es como una enorme cortina que nubla los sueños —dijo, sin despegar los ojos de la ventana.
—Dime ahora mismo, y sin perder ni un solo segundo, quién eres tú y qué hiciste con el verdadero Gully. —La cansada voz de Kayro mostraba su tono burlesco y amistoso.
Al escuchar esto Gully recordó el carácter simple y honesto de su amigo y se relajó un poco, a pesar de que todavía se sentía algo molesto.
—Aunque no lo creas, hermano, siempre he tenido sueños, ¿sabes? Siempre quise ser más que esto en lo que me convertí. Nunca quise terminar en esta pocilga que llamamos casa, porque esto no es un hogar. Y cuando ustedes se fueron no supe qué hacer. Creía que me habían dejado atrás para marcharse juntos a un lugar mejor. —La voz de Gully se volvió triste y áspera.
Kayro lo miró fijamente, empatizando en cómo se sentía su amigo y luego comentó lo que pensaba.
—Cuando salí del orfanato y llegué aquí no tenía a dónde más ir, y ustedes me acogieron sin poner ninguna queja. Es verdad que somos gente sin hogar, pero por lo menos, esta pocilga, como dices tú, nos protege de la lluvia que tanto odias.
Gully solo le lanzó una mirada y volvió a pegar la vista a la ventana para terminar su cigarrillo.
—Toma esto —le dijo el delgado hombrecillo, lanzándole un dardo inyectable.
—¿Qué es?
—Clorhidrato de sorventanilo.
—Sorv —masculló el muchacho.
—Sabes que es un medicamento que da alivio casi inmediato, y no tenemos idea de qué te está pasando para que te desmayaras de esa manera. Así que extiende tu brazo e inyéctatelo rápido.
Kayro extendió su brazo izquierdo y sin perder más tiempo inyectó su contenido. El sorv no le gustaba para nada, ya que conocía muy bien lo que sucedía cuando una persona se hacía adicta, pero de todas maneras comprendió que lo necesitaba en ese momento.
—Gracias —dijo, sobando su brazo de manera suave.
—Trata de descansar. Mañana tengo que llevar mercancía de contrabando a Fárriz y tú me vas a acompañar. No creerás que dormir y comer aquí te saldrá gratis —le dijo Gully, con un tono de voz más relajado, dándole una pequeña sonrisa—. ¡Y cuando volvamos me dirás, por fin, qué fue lo que pasó con todos hace un año! —sentenció, mientras se alejaba a su habitación.
Kayro se estiró en la cama y puso las manos detrás de su cabeza. «¿Qué pasó con todos?», divagaba en sus pensamientos sin poder encontrar una respuesta, así que, sin más, se giró hacia un costado para poder dormir y buscó con sus dedos la cicatriz de su hombro, pero para su sorpresa no pudo encontrarla. Buscó con toda su mano y su vista, pero no había nada. Su piel no tenía rastros de ningún daño. «Este día no deja de sorprenderme», pensó preocupado por la extraña situación que estaba viviendo, sin embargo, no pudo evitar emocionarse un poco por volver a la acción del contrabando. Mañana sería un gran día para ganar dinero y poder distraer su mente de todo lo ocurrido en las últimas horas, así que sin darle más vueltas al asunto se acomodó para conciliar el sueño.
A la mañana siguiente, Gully lo despertó de golpe para que se levantara.
—¿Qué hora es? —quiso saber Kayro.
—Las 5:30 —respondió Gully, quien iba vestido con un pantalón rojo, una chaqueta holgada de color amarillo y unas botas negras que le llegaban a la altura de las rodillas. El delgado hombrecillo se movía deprisa y comprobaba que toda la mercancía estuviera lista para emprender su viaje a la ciudad de Fárriz—. Apenas estés listo nos vamos. Te dejé ropa en la silla de la habitación, apresúrate, come algo y luego sígueme.
Kayro se puso un pantalón negro, una camiseta azul oscura sin botones, una chaquetilla naranja con bastantes bolsillos y decorados negros y unas botas cortas del mismo color, y pensó que se veía genial, tal y como siempre le había gustado vestirse.
—Espero que durante el tiempo que estuviste lejos de aquí no hayas olvidado cómo usar una de estas y sigas tan certero como siempre —le dijo Gully, mirándolo a los ojos y dándole una pistola de supresión, la que llevaba ese nombre porque suprimía el ruido y el impacto que hacía, provocando que la víctima solo se percatara que estaba herida al notar la sangre brotando de una hemorragia incurable.
—Claro que no —respondió Kayro, tomando el arma y guardándola en el brazalete negro que estaba oculto en la manga derecha de su chaquetilla—. ¿Pero crees que sea necesario usarla? Después de todo, llevas haciendo negocios desde hace mucho tiempo con estos tipos, ¿no es cierto?
—Nunca se sabe, hermano —respondió Gully—. De todas formas, siempre voy armado cuando los veo, ya que es mejor prevenir que curar.
Quince minutos después se cubrieron con sus impermeables y partieron, cada uno con dos bolsos enormes a la espalda y uno pequeño en cada mano. Bajaron por los callejones serpenteantes llenos de casas pobres y corroídas del distrito 121 y partieron rumbo a la estación de tranvías de Marshan que quedaba a unos veinte minutos de la Gran Plaza Celeste de Kannandí. Cuando llegaron allí, compraron sus boletos y subieron a uno de los vagones.
—Me impresiona que la estación se mantenga tan bien a pesar de que Marshan está oxidada y corroída por la lluvia —dijo Gully, con un tono burlesco.
—Eso es porque mucha gente sigue viniendo por estos lugares.
—Lo tengo más que claro, pero, de todas formas, me sorprende muchísimo lo limpio y moderno que sigue siendo esto. Contrasta mucho con el aspecto de toda la ciudad —recalcó Gully.
—¿Qué estás comerciando ahora en Fárriz? —interrogó Kayro con energía, después de un momento.
—Robé catorce celdas de Megnurio a unos estúpidos que se quedaron tirados en la carretera norte la semana pasada, bastantes municiones y armas de la fábrica de cañones de luz antes de ayer, y también algunos supresores de alteración que tomé prestados de unos cuantos peregrinos que se dirigían a la antigua Kálmator —respondió el hombrecillo, con una enorme sonrisa en su rostro mientras apoyaba los bolsos en los soportes que estaban sobre los asientos y se acomodaba en uno de estos junto a su amigo.
—La antigua Kálmator. —La voz de Kayro se llenó de emoción—. Siempre quise ser un explorador y descubrir qué cosas se esconden entre las viejas ruinas o incluso adentrarme en la Zona Negra, aunque esté prohibido por aquel decreto del Estado de Genfejj y las Trece Naciones Libres. ¡Pero… saber qué se esconde allí… sería genial!
—Lo sé —le respondió Gully—. Me lo has dicho cientos de veces.
—¿Qué crees que se esconda en ese lugar para que sea un sector tan restringido?
—No tengo idea qué es lo que pasa ahí dentro, hermano, pero la Zona Negra es uno de los lugares más peligrosos de mundo. Se puede ver a kilómetros que es un sitio espeluznante y sabes muy bien que aquellos que se han aventurado, jamás han vuelto. Si me lo preguntas, creo que es casi tan peligroso como el continente Branah, y eso ya es mucho.
—Aun así, me encantaría ver qué se esconde tras esa oscura niebla y esos rayos anaranjados, aunque sea una sola vez en mi vida —sentenció Kayro—. Y si se pudiera, creo que también iría a Branah —dijo con una sonrisa.
—Estás loco —sentenció Gully.
La mañana se hizo larga en el tranvía de alta velocidad, pero de seguro, con la mercancía que había dicho Gully que llevaban, todo cansancio valdría la pena.
—Anoche dijiste que siempre has tenido sueños, pero nunca mencionaste nada sobre cuáles eran esos sueños, a diferencia de los muchachos y yo que siempre fantaseábamos despiertos —comentó Kayro, dirigiéndose a su amigo.
—Sí, bueno... Siempre quise salir de Marshan y no vivir más en LaCiudad de la Eterna Lluvia. Cuando tenía unos cinco años menos de los que tú tienes ahora, quería viajar por el mundo y cuando lo hubiera visto todo, me quería instalar con una pequeña tienda en alguna de las islas del sur, pero el contrabando de mercancías y la vida fácil me fueron consumiendo y lentamente me acostumbré a esta simple rutina —le respondió Gully, sin mirarlo.
—Tal vez no sea demasiado tarde para lograr ese sueño, amigo mío —le sugirió Kayro con una leve, pero sincera sonrisa.
—Ya veremos qué pasa —dijo Gully, dando un lento suspiro.
Pasado el mediodía llegaron a Fárriz, esta era una ciudad de la mitad del tamaño de Marshan, pero con un estilo más rustico y muy seca, debido a que se encontraba en medio del desierto de Muundiff, en el Estado de Kamchak.
—Siempre me quejo de la lluvia y el frío de Marshan, pero el Sol y el calor de Fárriz son insoportables —dijo Gully, secándose el sudor de la frente mientras Kayro lo miraba y se burlaba de él, pero en el fondo pensaba lo mismo.
Los jóvenes contrabandistas se dirigieron a la periferia de la vasta y soleada ciudad del desierto, en donde un pequeño grupo conformado por cinco hombres, que vestían chaquetas de cuero rojo, los esperaban en una calle rodeada por edificios cobrizos de mediana altura.
—Tiempo sin verte —dijo el hombre más corpulento del grupo, dirigiéndose a Gully.
—Lo mismo digo, Dayni —respondió el delgado hombrecillo.
Los hombres los escoltaron a un edificio pequeño, de no más de cuatro pisos de altura que no destacaba para nada, en donde se ubicaba su guarida de operaciones clandestinas.
Al entrar, Kayro observó que el lugar tenía un aspecto tétrico, pero por extraño que pareciera, se notaba que todo era nuevo y le dio la impresión de que los mismos habitantes del lugar querían hacer parecer que sus pertenencias eran mucho más viejas de lo que realmente eran.
Dayni, un hombre alto de facciones duras, gran desarrollo muscular y un notorio sobrepeso, guio a los jóvenes por unas escaleras negras hasta el cuarto piso, en donde, tras una puerta de color rojo carmesí, se encontraban los demás miembros del grupo. Un montón de hombres y mujeres que reían, bebían alcohol, se drogaban y algunos hasta tenían sexo enfrente de todos sin preocupación, se amontonaban sobre enormes sillones junto a las paredes de aquel cuarto que parecía ser muy largo y que estaba iluminado con un tono azul claro.
Kayro miraba todo a su alrededor y era evidente su nerviosismo, pero se mantuvo sereno mientras llegaban al final de la habitación. Justo ahí y detrás de un robusto escritorio de color negro se encontraba Donnas Jagki, el jefe de la mafia local. Este era un hombre alto y fornido, de tez oscura y a quien Kayro y el resto de sus compañeros debían entregarle la mercancía un año atrás.
—Mi estimado Gully, veo que has traído bastante mercancía, pero… ¿tendrá la calidad que prometiste? —cuestionó Donnas Jagki, con una voz grave apoyando sus pies sobre el enorme escritorio para lucir sus zapatos dorados, los que, según él, combinaban a la perfección con el pantalón plateado y la camisa roja que llevaba puestos en ese momento.
—Por supuesto que sí, señor —respondió Gully indicándole a Kayro que sacara todas las cosas de los bolsos.
Una vez que la mercancía estuvo sobre el piso, Dayni comenzó a revisar lo que habían traído los jóvenes contrabandistas y con un gesto de aprobación le indicó a su jefe que todo estaba en orden.
—Veo que no mentías, Gully —dijo el jefe mafioso—. Me parece un cargamento espectacular —concluyó.
—No fue muy difícil conseguir todo esto y creo que podrá quintuplicar su valor en las ciudades del sur —comentó Gully.
—Así parece —susurró Donnas Jagki—. Pero las cosas han estado bastante lentas últimamente y no he podido recuperar todas las inversiones del mes pasado —dijo el mafioso, mirando seriamente a los jóvenes contrabandistas—. El negocio no ha crecido y debo poner mano firme con todos mis asuntos, así que te daré mil doscientos kros por toda la mercancía que has traído. ¿Qué te parece? —preguntó, con una cara bastante seria.
—¡Mil doscientos kros no es ni siquiera la décima parte de lo que vale este cargamento, señor! ¡Yo esperaba conseguir, al menos, quince mil! —respondió Gully, con un tono muy preocupado.
—Podrás conseguir más dinero cuando vuelvas con mercancía extra. Después de todo, dijiste que no fue difícil conseguir esta cantidad y con un poco de esfuerzo lograrás traer el doble la próxima vez —agregó el mafioso, mientras las risas resonaban por toda la habitación.
Gully se sintió humillado y traicionado, y cuando estuvo a punto de abalanzarse sobre el jefe mafioso, Kayro agarró su mano y le susurró algo de forma casi imperceptible.
—¡No hagas nada estúpido!
Donnas Jagki interrumpió las risas con su gruesa voz.
—Mil doscientos kros es lo que te ofrezco. Tómalos o déjalos, pero la mercancía se queda aquí.
Después de un largo e incómodo silencio, el jefe mafioso escuchó la voz del joven contrabandista.
—Está bien, señor. Aceptaré de buena fe lo que me ofrece. Después de todo, para mí es fácil conseguir mercancía de alta calidad. No soy como el montón de inútiles que usted tiene acá —respondió Gully, con un tono burlesco—. Ahora, si me disculpa a mí y a mi compañero, y con su permiso, nos retiramos.
Gully tomó el dinero del enorme escritorio negro, dieron media vuelta y se marcharon rápidamente, atravesando la larga habitación mientras todos los presentes los miraban de muy mala manera.
Cuando iban bajando las escaleras Kayro escuchaba la respiración agitada de Gully, quien se apresuraba para salir de ese lugar cuanto antes.
—Maldito bastardo traicionero —dijo Gully, una vez que abandonaron el edificio.
—¿Qué esperabas? —le preguntó Kayro—. Después de todo son mafiosos y los mafiosos no se hacen ricos jugando limpio.
—¡Me las pagará, sea como sea, me las pagará ese grandísimo hijo de perra!
