Y les lavó los pies - Ramon Prat Pons - E-Book

Y les lavó los pies E-Book

Ramon Prat Pons

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Beschreibung

Obra que pretende mostrar que sólo podemos llegar a la plenitud humana y a gozar de la alegría de vivir cuando aprendemos a amar la vida, a los dem*s, la naturaleza y a Dios.

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Seitenzahl: 513

Veröffentlichungsjahr: 2009

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...Y LES LAVÓ LOS PIES

Una antropología según el Evangelio

RamonPrat i Pons

Prólogo-introducción de Josep M. Rovira Belloso

Título de la edición original:

Rentar els peus. Diàlegs interiors postconciliars

© Pagès Editors, 1996

Traducción de José Luis Naranjo

© Ramon Prat i Pons

© de la traducción: José Luis Naranjo

© de esta edición: Editorial Milenio, 2009

Sant Salvador, 8 - 25005 Lleida (España)

www.edmilenio.com

[email protected]

Primera edición digial: noviembre de 2009

Esta edición corresponde a los contenidos de la primera edición en formato papel,

de septiembre de 1997

ISBN: 978-84-9743-325-9

En memoria de José Velicia, promotor del diálogo

entre fe y cultura, especialmente

a través de las exposiciones «Las edades del hombre».

«Después que les lavó los pies y tomó su manto,

volvió a la mesa y les dijo:

¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros?

Vosotros me llamáis el Maestro y el Señor,

y decís bien, porque lo soy.

Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies,

también vosotros debéis lavaros los pies

unos a otros»

(Evangelio de San Juan 13, 12-14)

Índice

Prólogo-Introducción

Diálogo interior

Hacia un pacto de humanidad: ...Y les lavó los pies

La parábola del amigo

Los hechos

La valoración

La parábola

Una experiencia de efectos retardados

La dinámica vivida

Los retos y los desafíos planteados

Retos socioculturales

Retos psicoafectivos

Retos evangélicos

Un balance provisional muy positivo

Persona única, irrepetible y autónoma

Mirar más lejos

La situación vivida

Crítica de la situación

Algunas de las barreras que hace falta derribar

...Y les lavó los pies

Una mirada atrás

La nueva tierra prometida

La madurez interna e interpersonal

Viejo cristianismo

La fuente de agua viva

La renovación cristiana

El diálogo vecindad-comunidad cristiana

Mecanismos de poder o un espacio para vivir

Tipologías de poder

Las luchas de poder

Criterios ante el poder

La autoridad o ser autor de vida

Una autonomía para amar

La edad del espíritu

Situación de la religión y de la religiosidad en el mundo

Los caminos de cooperación entre las grandes religiones

Evitar la manipulación de los poderes establecidos

Cooperación en el desarrollo, la justicia y la paz

Dar testimonio de la búsqueda y de la experiencia de Dios

Cuerpo. Afectividad. Espiritualidad

Un nuevo modelo

La unidad interna

Ciencias empíricas. Reflexión filosófica. Contemplación religiosa

La resurrección, respuesta al enigma de la persona humana

Sugerencias para seguir caminando

La mujer y el hombre

Una constatación dolorosa

La culpabilidad negativa

La culpabilidad positiva o reparadora

El sueño de la cooperación

Donde hay amor, allí está Dios

La renovación religiosa

¿Etapa residual?

Claves para una nueva Iglesia

La atención y el servicio a la persona humana concreta y a sus problemas

La fidelidad a la fe

Fidelidad a la comunidad eclesial

Búsqueda de la calidad espiritual

Sentido de proceso

Actitudes comunitarias eclesiales

Una actitud realista y encarnada en el mundo

Una actitud sufriente ante el dolor del mundo

Una actitud pascual que dé testimonio de la esperanza

Una actitud mística que irradie la serenidad de la alegría

Sociedad e Iglesia

La autodefinición del Concilio Tarraconense

El cristiano en la sociedad de hoy

Conocer la realidad

La lectura creyente de la realidad

Participar en la transformación de la realidad

Dar testimonio de los valores típicamente evangélicos

El anuncio explícito de Cristo

La acogida cordial

Un pobre que le dice a otro pobre: «Allí dan de comer»

Sugerencias

«Barrer delante de casa»

Conciencia social y política

Comunión eclesial

Algunas prioridades

Capacidad de sorpresa: admiración e indignación

De los tópicos y de los prejuicios a la sinceridad

De las luchas de poder a la vivencia de la propia originalidad

De la separación a buscar la unión

Del pesimismo a la esperanza

La reconstrucción del mapa interior de la persona

El decálogo de ...Y les lavó los pies

Formulemos diez tesis

1. La unidad interior personal

2. Eliminar barreras

3. La reconciliación interna eclesial

4. Anuncio responsable y gozoso del Evangelio

5. Volverse sirvientes

6. «Barrer delante de casa»

7. Hacia un pacto de humanidad

8. Diálogo interreligioso

9. Vale la pena ser cristiano

10. Orar y trabajar

Lecturas que pueden ayudar a comprender la opción de «lavar los pies»

Doctrina de la Iglesia Católica:

Prólogo-Introducción

Si he visto más lejos ha sido subido a hombros de gigantes

Isaac Newton

En este prólogo intentaré explicar globalmente qué es el libro: su género literario y sus contenidos con sus respectivas entonaciones. Se trata, bien mirado —y me lo he mirado bien—, de una antropología teológica, realizada a propósito del reciente Concilio Tarraconense. Son unos soliloquios y diálogos en voz alta sobre el sentido de la vida humana y, en concreto, sobre la vida de la fe como el gran hallazgo del sentido más insondable de la existencia. Aparece, nuevamente, el objetivo pastoral de Ramon Prat: «El mundo contemporáneo está esperando a alguien que le dé estas razones vitales para seguir esperando y confiando que vale la pena vivir».

El libro ha brotado a propósito del concilio, pero no sobre el concilio. A pesar de que sin el concilio no lo tendríamos. Porque es la decantación de la experiencia personal y relacional de Ramon Prat a través de la aventura única de la celebración del Concilio Tarraconense. Prat ofrece esta experiencia, filtrada por la introspección, que va grabando el aprendizaje de la vida, y por el discernimiento evangélico, que equivale a la fe como luz. Todo aquello que Prat i Pons ha aprendido sobre el convivir humano y sobre sus dimensiones personales y comunitarias durante el año largo de preparación y celebración del concilio es lo que ahora trata de expresar en forma de reflexiones antropológicas, iluminadas por el tono de la buena noticia.

Porque el género literario de ...Y les lavó los pies no es exactamente el de un tratado de antropología teológica. Todo el libro tiene un tono específico original: un acento que se encuentra entre la profecía y la parénesis. El diccionario describe la parénesis con una sola palabra: «exhortación». Está claro que Ramon Prat exhorta y, por lo tanto, su discurso suena a veces como un discurso contundente. Pero, ciertamente, esta exhortación es una profecía, porque Prat sabe —a la manera de un profeta del Nuevo Testamento— que la conversión, el Reino de Dios, la reconciliación, la comunión, etc. no son simples anhelos subjetivos, sumados a una exhortación añadida que desea llevarlos a cabo, sino verdaderas promesas de Dios que, en medio de la prosa de la vida, se llegan a consumar. Lo intentaré explicar con más claridad y profundidad, pero lo haré dando un pequeño rodeo.

En muchos momentos de la lectura de ...Y les lavó los pies he pensado en el que fue precisamente profesor de antropología de la Universidad Gregoriana de Roma, el teólogo Juan B. Alfaro. Toda su obra estuvo dirigida, en los difíciles años sesenta y setenta, a la búsqueda del sentido, lo que implicaba la identificación de este sentido último con la gracia de Dios. Puede ser que Ramon Prat i Pons, a través de Juan Alfaro, haya quedado impactado por la herida luminosa, siempre abierta, que es el afán no solamente de buscar sino de encontrar el sentido del vivir humano. Quien intentase leer ...Y les lavó los pies olvidando que busca el sentido del vivir a la luz de Cristo, redescubierto en el Concilio Tarraconense por los que participaron en el mismo y, en cambio, buscase en el libro de Prat una especie de comentario eclesiológico de urgencia o una crónica conciliar, aunque fuese de gran altura, quedaría profundamente desconcertado.

¿...Y les lavó los pies es, por lo tanto, una vigorosa búsqueda de sentido? Sí. Su bello título es indiscutible para el autor, porque es una referencia al Evangelio de Juan; expresa la actitud de fondo que todo el libro sugiere y, además, tiene agilidad y garra. A mí, todavía cautivo por la deformación profesoral, se me ocurrió: La emancipación humana realizada desde el amor que Dios nos comunica. Este largo título es decimonónico, pero muestra la tesis más profunda del libro: es verdad que la modernidad equivale a la emancipación total del hombre. Pero esta emancipación siempre es necesario hacerla desde una plataforma implícita o explícita: por ejemplo, desde la libertad y desde la ley moral, por decirlo de una manera que intenta evocar a Kant. Prat no se opondría a esta formulación, pero le buscaría su fundamento último: la emancipación se vuelve total cuando la persona humana aparece sostenida por la plataforma del amor, recibida de Dios como un don. Esta es la buena nueva que emerge como un canto de vida y de esperanza a lo largo de este diálogo interior postconciliar.

La antropología de tonos parenéticos de Prat tiende a la psicología. La prueba es que, cuando habla de un tema básico como es el de las barreras que dificultan o impiden la convivencia humana, no busca tanto las barreras estructurales —no analiza la estructura y la dinámica del capitalismo salvaje, por ejemplo— sino que busca antes que nada las actitudes antropológicas en su vertiente psicológica: por esto, las barreras principales son los prejuicios, la frialdad, el formalismo, el fariseísmo, el racionalismo... No olvida, no obstante, el afán de poder, el individualismo, el clasismo, la burocratización, la masificación y la xenofobia. Pero, inmediatamente, vuelve a la psicología, ya que el infantilismo, la arrogancia, el inmediatismo, etc., se alinean entre las barreras decisivas.

Es tan rico el contenido de la reflexión, que querría señalar, ahora, algunos puntos decisivos con los que se encontrará el lector. El prólogo intenta cumplir así una de sus funciones, que es la de abrir paso al texto, ya que una introducción es buena si despierta el deseo de los platos principales.

En primer lugar, anotaré la dimensión de futuro como una cualidad que aparece estrechamente unida alrededor del eje vertebrador de toda la reflexión que es la persona humana. «¿Qué sabemos de la persona humana?», exclama Prat en el momento en que el libro emprende el vuelo. Ya queda dicho que la obra de Prat es una antropología según el Evangelio. Es una mirada a lo que es la persona, inteligente, libre, amante, consciente, interiorizada y capaz de recibir el amor que viene de lo alto. Prat estudia qué es la persona. Pero él también querría saber qué ha de llegar a ser. Es lo mismo que deseaba el gran investigador del corazón humano en Occidente, Agustín de Hipona. En este sentido, el mismo Prat confiesa que su talante es más utópico que trágico: no queda oprimido por las contradicciones de la vida sino que busca su resolución en el banco de pruebas de la actividad humana y de la confianza en Dios, es decir, en los elementos resolutivos que vienen de un futuro fecundado por las promesas de Dios. Esta es la razón para que la reflexión de Prat esté fundamentada en el futuro. En un futuro de esperanza, anunciado proféticamente como un don y exigido parenéticamente como tarea que vale la pena. Este es el tono del libro. Este talante lo dispondría mejor a encauzar «una campaña de higiene mental para desterrar los falsos problemas y las actitudes negativas», que a lamentarse de la oscuridad que hace difícil el camino.

Un segundo punto es el concepto de fe cristiana que tiene Ramon Prat. La fe no es una abertura vacía: tiene contenidos, pero son tan simples y transparentes como lo es el amor de Dios comunicado en Cristo, lo que permite a Prat construir un credo sencillo y trasparente, tal y como es la buena noticia. Estoy totalmente de acuerdo con la manera de concebir los contenidos de la fe de una forma totalmente transparente al Amor de Dios, Padre y Madre: Jesucristo no es un obstáculo, particularista e histórico en el camino de la humanidad hacia Dios, sino que, como observaba ya san Buenaventura en su Itinerario de la mente hacia Dios, Cristo es a la vez camino y puerta, es decir, espacio abierto a la libertad de los que de verdad buscan el Infinito.

Si quiero ser fiel a los contenidos principales del libro, he de hacer notar un tercer punto importantísimo: la solidaridad, que aparece entrelazada con el sentido de futuro, ya indicado. La reflexión de Prat se manifiesta alrededor de ejes conocidos, pero tratados con la originalidad y la viveza propias del autor. Son los ejes «personalistas» como, por ejemplo, las dimensiones de la persona —cuerpo, afectividad, espiritualidad—, el eje esencial de la conversión y el tema del hombre y de la mujer, por poner los temas más claros. Pero el humanismo de Prat se expande a otros temas de alcance social que dan lugar a una auténtica antropología de la solidaridad. En esta línea, y bajo la dirección de los criterios solidarios de la reconciliación y de la cooperación, aparecen el tema del poder, la propuesta de una gran reconciliación de grupos o tendencias en la Iglesia, tal como lo postula el Concilio Tarraconense, hasta llegar al punto candente de la cooperación de las religiones, principio que no hace olvidar a Prat la especificidad de la fe cristiana. Por lo tanto, si quiero evaluar su pensamiento —después de haber mostrado su tendencia a la psicología— he de afirmar que la psicología de Prat no es mera introspección, sino camino de solidaridad, de convivencia, de comunidad e, incluso, de comunión; sin que el subjetivismo nos lleve a quemar etapas y a imaginar que estamos en el nivel de la comunión cuando todavía no hemos llegado al nivel de lo que es justo.

Completaré mi evaluación enlazando el tema de la solidaridad con el del futuro: la utopía, para Ramon Prat, es la maduración de la conciencia. En concreto: la maduración de la conciencia adulta y solidaria. La búsqueda de solidaridad, vivida de cara al futuro de Dios, nos conduce a participar de la conciencia solidaria de Jesús, Cristo, cuando lavó los pies de los discípulos. La acción de «lavar los pies» muestra así el sentido supremo de la vida y ofrece salida a los problemas de desorientación personal, de perplejidad colectiva y de involución eclesial.

Siempre es bueno saber si el autor, una vez escrito el libro, lo puede resumir en forma de conclusiones claras: esto es exactamente lo que hace en el capítulo décimoquinto, una excelente conclusión parenética y profética que muestra claramente los propósitos del autor. En esta conclusión se postula el siguiente «decálogo de ...Y les lavó los pies»:

1. Es necesario alcanzar la unidad personal madura.

2. Es necesario eliminar las barreras que hacen difícil o imposible la

comunicación.

3. Es necesario promover una gran reconciliación de grupos y de

tendencias en el interior de la Iglesia.

4. Hemos de proclamar el anuncio gozoso y responsable del Evangelio

de Jesucristo: evangelizar es anunciar explícitamente a Cristo y dar

testimonio de su huella que sana.

5. El único lenguaje universal es el lenguaje del amor que nos lleva

a servir a los pobres y marginados (nuevamente una nota fundamental

del concilio: el tema tercero).

6. Es necesario «barrer delante de casa» con el fin de que la ciudad brille.

7. Estamos llamados a un pacto de humanidad o de cooperación de

cara al futuro para reencontrar el clima de diálogo, de afecto y de

colaboración.

8. El diálogo interreligioso es un aspecto específico de este pacto global.

9. Nos hace falta la convicción de que vale la pena el compromiso con

la vida divina y solidaria y la confianza en la utopía que nadie más

que Dios puede hacer.

10. Esto se concreta en orar y trabajar, saliendo de uno mismo y yendo

del pesimismo a la esperanza.

Como todos los mandamientos que apuntan al corazón del hombre, todas las actitudes que aquí se postulan se incluyen en la auténtica conversión, ya que «la transformación del mundo pasa por la propia conversión».

Quiero acabar con una pequeña confesión: a todos los participantes en el Concilio Tarraconense nos quedaron marcadas las resoluciones preliminares. A Ramon Prat le ha pasado lo mismo. Por eso cuentan, entre las páginas más inspiradas, las que Prat dedica al tema de la lectura creyente de la realidad y a las relaciones entre Iglesia y sociedad, porque aparecen empapadas de aquel espíritu conciliar. Aquí no se habla del concilio ni a propósito del concilio. Simplemente es su música la que suena. La música que evoca una Iglesia que sigue a Cristo, al servicio de las personas, al servicio de los pobres, al servicio de la fe, atenta a la realidad, presente en el mundo para reconciliar y curar... ¡Gracias, Ramón, por tu buen espíritu convertido según el espíritu del concilio!

Josep Maria Rovira Belloso

Profesor emérito de la Facultad

de Teología de Catalunya

I. Diálogo interior

Hacia un pacto de humanidad: ...Y les lavó los pies

La vida en nuestro mundo contemporáneo es tan acelerada que los acontecimientos pasan sin que tengamos el tiempo suficiente para hacer una buena digestión. El resultado de esta aceleración es que no tenemos tiempo para desarrollar unos mecanismos que nos permitan experimentar las situaciones que vivimos, sedimentarlas y disfrutarlas. Al no sedimentar la experiencia vivida, tampoco podemos desarrollar la «sabiduría básica del vivir» que nos permite hacer de la vida de cada día un laboratorio de realismo, de serenidad, de paz y, consecuentemente, del gozo de haber nacido y del ser sujetos de la propia vida.

De vez en cuando es bueno girar los ojos hacia uno mismo y, sorprendiéndose viviendo ahora y aquí, preguntarse: ¿qué me parece esto de estar viviendo? Lo que hace falta para provocar esta toma de conciencia es algún pretexto que nos incite a salir de la pereza y de la rutina, y nos lleve a vivir al aire libre. Vamos tirando, hasta que un acontecimiento o un conjunto de acontecimientos nos llegan adentro tocándonos a fondo y, entonces, espontáneamente, sentimos la necesidad de integrar conscientemente en la experiencia vivida anteriormente la novedad que se acaba de producir en nuestro entorno.

Existe una experiencia que no quiero que pase por mi vida sin una elaboración que me permita extraer unas consecuencias de cara a la misma vida. Esta experiencia profunda ha sido la participación en el Concilio Tarraconense que se desarrolló en Sant Cugat del Vallès (Barcelona) y en Tarragona durante el año 1995. Después del Concilio Ecuménico Vaticano II, a lo largo de los últimos 30 años, se han realizado muchos encuentros similares a todos los niveles. Son encuentros encaminados a activar la aplicación de las orientaciones conciliares. A manera de ejemplo, podemos recordar la Asamblea Conjunta de obispos y sacerdotes celebrada el año 1971, el congreso «Evangelización y hombre de hoy» realizado el año 1985, y los numerosos sínodos y asambleas diocesanas.

La finalidad del Concilio Tarraconense hay que situarla en esta misma línea de revisión, aplicación y puesta al día de la renovación postconciliar, a partir de los nuevos retos y de las nuevas necesidades de la Iglesia y la sociedad en un ámbito sociocultural concreto.

En este libro querría elaborar no tanto los contenidos, las anécdotas y las propuestas hechas, o bien la búsqueda de caminos de aplicación de las resoluciones conciliares, sino la misma experiencia vivida y la resonancia que produjo en mis esquemas internos. En el lenguaje actual podríamos decir que me interesa saber qué repercusiones vitales ha tenido esta experiencia antropológica y eclesial en el «disco duro» de mi ser interno.

A partir del concilio he hecho colaboraciones escritas, he dado charlas y cursillos, he participado en diferentes debates y he mantenido muchas conversaciones con grupos y personas concretas, tratando de explicar el acontecimiento conciliar y su mensaje humano y cristiano para la Iglesia y para la sociedad.

Me doy cuenta, sin embargo, que si uno no está atento, es muy fácil acabar reduciendo el concilio a unos documentos aprobados, a una dinámica comunitaria coyuntural, a unas luchas ideológicas de poder entre grupos de presión o, incluso, a unas anécdotas más o menos ocurrentes y de protagonismos personales irrelevantes.

Los documentos aprobados han sido, sin duda, muy importantes de cara al futuro. La dinámica vivida fue muy enriquecedora. No han faltado ni faltarán cronistas que hagan una relación de todo el proceso vivido y de los resultados del mismo proceso. Tampoco faltarán teólogos, catequistas y pastoralistas que diseñen unos caminos de aplicación de las resoluciones conciliares.

Este trabajo de relación y de aplicación de las resoluciones conciliares es muy importante. Las actas conciliares nos dejarán constancia objetiva y diferentes escritores nos ayudarán a extraer las consecuencias que se deriven a corto plazo, y más todavía, si miramos más allá.

Asimismo, creo necesario, simultáneamente, un esfuerzo para ir más allá e imaginar una nueva frontera para la acción eclesial y su servicio al mundo, a partir de los documentos aprobados y del proceso comunitario que lo ha conducido. Este esfuerzo nos puede permitir, aun siendo fieles al presente, mirar a un horizonte abierto al futuro, con libertad e imaginación creadora.

Esta mirada libre al futuro, desde la fidelidad al presente, es el objetivo de esta reflexión. Se trata de hacer una mirada prospectiva y de dejarse llevar con libertad por la intuición y por la imaginación. El concilio, pues, es el punto de partida de un ensayo de reflexión y de vivencia libre y abierta. Estas reflexiones, más que académicas quieren ser unas divagaciones espontáneas y hechas desde el fondo de uno mismo.

A lo largo de los capítulos querría contestar a unas preguntas que me planteo desde hace mucho tiempo y que, como resultado de la experiencia vivida, se han reactivado vivamente: ¿Hacia dónde ha de ir la Iglesia? ¿Cuál es la nueva frontera de cara al futuro? ¿Con qué lenguaje puede compartir su misión con la gente de nuestro tiempo? ¿Cómo podemos hacer experiencia real de esta renovación? ¿Cómo podemos contemplar y vivir el misterio de Dios?

El método para contestar a estas preguntas sentidas no quiere ser un tratado de tipo sistemático, sino una oferta de reflexiones humanas y religiosas en voz alta, es decir, desde la vida cotidiana y desde el evangelio, cerca del mundo, de las personas, de los problemas reales, de la nueva situación histórica y de las necesidades sentidas y reflexionadas por la gente.

Este diálogo interior en voz alta querría ser una conversación espontánea con mucha gente que busca el sentido de vivir la vida de cada día con sencillez, con autonomía personal, con una voluntad de permanecer fieles a la solidaridad y con una búsqueda consciente, o tal vez inconsciente, del Dios de la vida.

Muchos de estos pensamientos han ido brotando a lo largo de los años en las charlas que he podido mantener con gente muy diversa sobre los acontecimientos normales de cada día y el sentido de la vida, sobre la felicidad y el dolor, sobre la paz y los conflictos, sobre la persona individual y la sociedad, sobre el trabajo y la fiesta, sobre la razón y la afectividad, sobre la política y la fe, sobre el poder y la humildad, sobre la justicia y el amor, sobre la ética y la estética, sobre la enfermedad y la salud, sobre la vida y la muerte.

La experiencia conciliar ha desarrollado una función catalizadora de muchos elementos dispersos, y al mismo tiempo complementarios, de cara a divagar libremente por el interior de todas estas tensiones vitales y de estas paradojas de la vida cotidiana, real, humana.

Estas reflexiones han sido redactadas dos veces. La primera fue en el verano de 1995 durante mi estancia veraniega en Gran Bretaña. Redacté un ensayo de 160 hojas de ordenador contestando en diferentes capítulos a estas cuestiones.

Pero durante mi regreso de Inglaterra, antes de volver a casa, pasé por Madrid, donde di un cursillo de teología pastoral y fui objeto de un robo, en pleno día, en la parada del autobús 54 de la plaza de Colón, por parte de un grupo que me atracó. Como me lo quitaron todo, me quedé con las manos en los bolsillos y como si no hubiese hecho nada.

Después de un tiempo para recuperarme de este golpe bajo, he escrito una segunda redacción que, por un lado, ha perdido la originalidad y el frescor de la primera, que era más espontánea, pero que por otro conserva la fidelidad a aquellas reflexiones originales y, también, a la sinceridad personal.

Por esta razón, en esta segunda redacción y después de este capítulo introductorio, he añadido un capítulo nuevo —La parábola del amigo—, en el cual intentaré reflejar esta experiencia del robo que, por una parte, ha sido impresionante, pero, al mismo tiempo, ha resultado una experiencia reveladora de unas nuevas dimensiones de la experiencia del vivir cotidiano.

Lo que he aprendido es tan interesante que, unos meses después, doy por bien aprovechada la experiencia vivida, a pesar de que fue en sí misma negativa. Con ello no quiero dar a entender que todo el mundo deba padecer un robo similar. Es una experiencia que no deseo a nadie y que, como es fácil de imaginar, es algo muy doloroso. Lo único que quiero sugerir es que podemos llegar a convertir las dificultades en oportunidades. Esta reconversión no podrá ser realizada nunca en una situación humana estacionaria, sino en una situación límite.

Los títulos de los otros capítulos los mantendré tal y como los había diseñado en la primera redacción. Serán, pues, quince capítulos. Vienen a ser quince diapositivas que ponen de relieve una afirmación de fondo que las unifica y que da título al libro: ...Y les lavó los pies. Este título hace referencia a la última lección pedagógica de Jesús de Nazaret a sus discípulos, realizada durante la Última Cena, antes de ser entregado a la muerte en la cruz, cuando les lavó los pies.

Lavar los pies era la labor de los esclavos y de los sirvientes. Pero, en Jesús de Nazaret, el servicio gratuito de amor se convierte en el signo exterior de la plenitud interior humana.

Esta plenitud interior es:

— La toma de conciencia de que la persona humana es única, irrepetible y autónoma.

— El descubrimiento de que el objetivo último de toda la autonomía humana es elaprendizaje del amor.

— La sorpresa serena y gozosa de ir descubriendo que donde hay amor, allí está Dios.

Esta clave interpretativa del sentido de la existencia humana —vivir para llegar a ser autónomo, llegar a ser autónomo para ir aprendiendo a amar y amar para creer— ha sido la vivencia diaria básica del cristianismo a lo largo de los años que llevo viviendo.

Desde este eje vertebrador existencial —que reconozco como un verdadero don de Dios— afirmo gozoso que vale la pena vivir, y que vale la pena compartir la vida con los demás, sin distinción de personas.

La riqueza más profunda de la vida humana no está fuera de nosotros mismos, sino que está dentro de cada uno, y la potencia más grande de la persona humana es la capacidad de amar conscientemente.

La fe es el camino más sencillo para tomar conciencia de esta riqueza interior y de esta potencia de la persona humana.

La esperanza es el nexo de unión entre esta fe y el amor, es decir, es la pequeña fe y el pequeño amor de cada día, ya que la verdadera fe se manifiesta en la esperanza y se realiza en el amor.

El creyente es una persona como las otras, pero que ha intuido esta manera de vivir en la esperanza y que va experimentando la serenidad que da el intento de vivir amando, a pesar de todas las contradicciones y carencias que tenemos todos los seres humanos en nuestro interior.

Esto no significa que el creyente sea más inteligente, ni mejor, ni más valeroso, ni más eficiente, ni más humanista que los otros. Frecuentemente, el creyente está lleno de limitaciones de todo tipo. La novedad del creyente es la toma de conciencia de que los seres humanos no estamos solos, sino que la vida humana, desde el punto de vista psicoafectivo está entrelazada en el fondo de uno mismo (autonomía), y desde el punto de vista psicosocial esta entrelazada con los otros (amor), porque está entrelazada con Dios (religión).

Cuando uno va construyendo esta experiencia básica de la fe no puede ocultarlo, porque este tesoro es patrimonio de toda la humanidad y todos tienen el derecho de acceder, si quieren. Es por esto que el que desarrolla esta experiencia de la fe la ha de compartir con los demás, sin hacer distinción de personas.

Si uno lo oculta está secuestrando el derecho de los demás, pero si uno habla banal y superficialmente, cae en el peligro de hacerlo mal. Por esto, y a pesar de todo, aunque sea con discreción o, incluso con miedo, vale la pena narrar aquello que uno ha encontrado como elemento clave de la vida.

En la primera parte —Diálogo interior— añadiremos a este capítulo introductorio y a la Parábola del amigo un tercer capítulo, que titularemos Una experiencia de efectos retardados, donde expondré la experienciapostconciliar. En el proceso postconciliar han ido menguando, e incluso fundiéndose, los elementos coyunturales anecdóticos y secundarios y, por otro lado, han ido quedando subrayados aquellos elementos de fondo que dan consistencia a los trabajos conciliares y a su relación con la vida real. A cierta distancia podemos detectar las grandes cuestiones reales y vitales de cara al futuro.

En la segunda parte —Persona única, irrepetible y autónoma— reflexionaremos en torno a la dignidad de la persona humana. Esta reflexión tendrá cuatro capítulos.

En el capítulo cuarto, que titularemos Mirar más lejos, intentaremos salir de cualquier tipo de recinto cerrado, y eliminar muchas otras barreras artificiales que nos autoimponemos, que nos impiden la autoestima, la comunicación con la naturaleza y los demás y la relación espontánea con Dios. Éstas son las barreras que crean un distanciamiento y que no dejan vivir a las personas, ni a la sociedad, ni a la misma comunidad cristiana.

En el capítulo quinto, iremos a la búsqueda de aquel elemento clave que permite convertir las dificultades en oportunidades y en plataformas pedagógicas de crecimiento. Es el capítulo que ha dado nombre al libro: ...Y les lavó los pies. Esta expresión es el último mensaje pedagógico, vital y religioso de Jesús de Nazaret antes de su muerte.

El mundo moderno le está dando la razón. Solamente amar y sentirse amado hace feliz y devuelve el equilibrio. El amor es la auténtica utopía de toda la historia de la humanidad, que le permite mantener viva la esperanza de un final feliz que dé sentido al compromiso con el presente.

Desde aquí, al capítulo sexto, que titularemos Viejo cristianismo, buscaremos cuáles son las raíces evangélicas de toda la renovación antropológica y religiosa de la Iglesia de cara al futuro. Esta renovación se encauzó durante el Concilio Ecuménico Vaticano II, y continúa viva en todos los esfuerzos de aplicación del concilio a las realidades eclesiales plurales de los cinco continentes. En esta línea renovadora postconciliar se deben situar los trabajos del Concilio Tarraconense.

Esta mirada a las raíces profundas nos introducirá en el descubrimiento de los mecanismos que se vuelven más corrosivos, o más potenciadores de la convivencia humana. Son los mecanismos de las luchas de poder. Nos preguntaremos también sobre aquellos otros mecanismos que pueden canalizar esta energía del poder de una manera positiva. Es el capítulo séptimo, que titularemos Mecanismos de poder o un espacio para vivir .

La tercera parte —Una autonomía para amar— intentará ensanchar la mirada y el horizonte del amor. Lo contemplaremos mediante tres diapositivas simbólicas y significativas del momento presente.

En el capítulo octavo, La edad del espíritu, intentaremos situar la experiencia espiritual en el contexto de la nueva situación histórica de nuestro mundo contemporáneo en este final de milenio, caracterizada por el encuentro entre las grandes religiones de la Tierra.

Si no se hace este esfuerzo de resituación espiritual de una manera periódica, es muy fácil acabar viviendo de frases hechas inútiles y de prejuicios bloqueadores. Se trata de crear un diálogo intercultural e interreligioso de carácter universal.

El capítulo noveno intentará ayudar a buscar el nuevo modelo antropológico para encontrar un camino correcto de cara a la superación de las paradojas que nos acompañan a lo largo de la vida, y que la dificultan o estimulan positivamente. Iremos, tal y como anuncia este capítulo, a la búsqueda de una nueva relación entre cuerpo, afectividad y espiritualidad. Es la estructura básica interna del amor.

Este nuevo modelo antropológico tiene un campo de verificación muy importante en la búsqueda de unas relaciones abiertas y maduras entre la mujer y el hombre. Es un campo de renovación humana que, aún constantando el dolor de un agravio histórico sobre la mujer, ha de pasar por una etapa de reparación y se ha de encaminar con decisión hacia una nueva etapa de cooperación sincera y abierta, es decir, hacia un nuevo pacto de humanidad. Realizaremos este análisis antropológico y estas reflexiones teológicas en el capítulo décimo.

La cuarta parte —Donde hay amor, allí está Dios— pretende traducir la autonomía personal y el aprendizaje del amor en la perspectiva de la renovación religiosa. Tendrá cuatro capítulos.

La renovación eclesial, sin duda, pasa por la fidelidad a la condición humana de sus miembros, pero principalmente es deudora de la fidelidad evangélica que ilumina la condición antropológica. Lo desarrollaremos en el capítulo undécimo, que girará en torno a la Renovación religiosa en el mundo contemporáneo.

Todo el camino seguido nos ofrecerá algunos de los elementos básicos de cara a la transmisión de la experiencia cristiana en la próxima generación. A esta transmisión la hemos denominado evangelización. El capítulo duodécimo intentará reflexionar, desde esta nueva perspectiva, sobre el rol del cristiano en la sociedad de hoy, es decir, en el interior de una sociedad pluralista y secularizada.

El capítulo decimotercero pretende elaborar y proponer unas sugerencias o propuestas operativas que puedan ayudar a convertir los deseos en realidades. De otra forma, corremos el peligro de pasar por la vida construyendo y diseñando un futuro de sueños perfecto y una anticipación de estos modelos de futuro, sin producir unos resultados operativos auténticamente transformadores de la realidad.

Lo que hace falta es responder a los grandes retos del presente con realismo y coraje, sin dejar de tener la mirada apuntada hacia el infinito.

El capítulo decimocuarto lo dejará todo abierto y nos conducirá nuevamente al punto de partida de estas reflexiones realizadas en voz alta, pero lo hará con un clima nuevo y de una manera más amplia y abierta. No se trata de hacer un círculo cerrado, sino de encauzar una espiral que no se acaba nunca, ya que puede tener nuevas posibilidades de profundización y de búsqueda del sentido de la vida. Quiere desarrollar la capacidad de sorpresa: la admiración y la indignación.

El capítulo decimoquinto —El decálogo de ...Y les lavó los pies— conducido tal vez por mi deformación profesional académica, querría ser la formulación de una síntesis de los contenidos nucleares del libro.

Todo él quiere ser un canto sereno a la vida, un grito a no crear problemas artificiales en contra de la persona humana y de la sociedad, y una invitación a uno mismo y a los demás a fin de encauzar y crear pactos de cooperación, buscando aquello que nos une por encima de lo que nos separa, puesto que lo que nos une a los seres humanos es casi todo.

Ha de llegar un día —vale la pena esperar y trabajar con el fin de anticipar al máximo esta oportunidad— en el cual la palabra comunión y unidad con uno mismo, con los otros, con la historia de la humanidad y con Dios —que es el mensaje central de la encarnación, la muerte y la resurrección de Jesucristo— encauce la nueva tierra prometida de todos.

Hay personas y comunidades en nuestro mundo firmemente convencidas de esta llegada de la paz y del bien como un don de Dios. Estas personas y comunidades no confunden los deseos con la realidad, sino que han anticipado esta utopía como una gracia y, por lo tanto, por la fe.

Este canto a la vida no es una ingenuidad. Tiene muy en cuenta las dificultades sociales, económicas, políticas, psicológicas, afectivas, familiares, culturales, religiosas e, incluso, las no conscientes que impiden y dificultan muy a menudo este camino de construcción de la paz y del bien. Sin embargo, este canto a la vida, ante la realidad de las inmensas dificultades existentes, está convencido de que las defensas vitales son más fuertes y poderosas que todos los microbios y agresiones del mal, y que la providencia de Dios sobre la historia es un fundamento firme para vivir en la esperanza.

Estas personas y comunidades, pues, son también conscientes de que el amor es más fuerte que la muerte y de que es más consistente que todos los elementos corrosivos que dificultan el crecimiento de la persona humana.

Estas reflexiones, que recogen diálogos interiores personales, y otros que he mantenido con mucha gente de mi entorno social y eclesial, pretenden cooperar a estimular esta esperanza. Si todos intentamos aportar el sonido adecuado, tal vez entre todos podríamos interpretar una buena sinfonía. Lo que hace falta es que cada uno «afine su instrumento, sus notas y ejecute su sonido tan bien como pueda».

Lleida, Pascua de 1996

La parábola del amigo

La vida diaria nos habla, y lo hace mediante hechos sencillos y mediante los acontecimientos más importantes. Sin embargo, a veces, hechos que parecen muy positivos a la larga resultan negativos y, por el contrario, hechos que a primera vista parecen muy negativos, con el tiempo llegan a ser muy positivos. Todos los conocimientos y todos los libros del mundo que podamos leer, no tienen más finalidad que la de ayudarnos a leer el libro diario de la vida personal, familiar, social, económica, cultural, política y religiosa.

En esta perspectiva de los hechos, que parecen negativos a primera vista, pero que encierran en su interior una significación muy positiva, he de situar la experiencia del robo de que fui objeto el año pasado, al cual me he referido brevemente en el capítulo anterior.

Los hechos

Los hechos son muy sencillos. El dia 28 de agosto de 1995 volvía de Gran Bretaña donde, aprovechando la paz del verano y el silencio del ambiente, había terminado de escribir un libro con el mismo título que el que está leyendo el lector: ...Y les lavó los pies.

Durante mi retorno de Inglaterra, tuve que pasar por Madrid, donde tenía que dar un cursillo de teología pastoral. Inmediatamente después de llegar a la plaza Colón de la capital, a las 3 de la tarde, fui objeto de un robo en la parada del autobús 54. Me asaltó un grupo que me lo robó todo; entre otras cosas, el ordenador portátil en el que había escrito el libro y la copia de seguridad que había hecho. Eran 160 hojas de reflexión sobre la comunidad cristiana en nuestro mundo, realizadas a partir del mismo esquema que me ha guiado en esta segunda redacción. Faltaba solamente una corrección final para entregarlo a la editorial, que ya lo esperaba para publicarlo.

La experiencia del robo es un hecho muy doloroso, que solamente pueden entender aquellos que han padecido una experiencia similar. Es un hecho también muy negativo en sí mismo ya que, además del daño material que significa, implica también un daño de orden anímico y espiritual, puesto que la redacción de un libro es una experiencia de elaboración interior y de una actividad de comunicación con los otros. De esta manera, aunque sea inconscientemente por parte de los actores del robo, produce una violencia espiritual.

En el momento del robo uno piensa en todo lo que debería haber hecho para prevenir y para evitar ese contratiempo. Después, uno se da cuenta de que todas estas reflexiones son inútiles, y de que son una pérdida considerable de energía que no lleva a ninguna parte.

Una vez denunciado el robo en la comisaría de policía, uno piensa también en la impotencia personal ante la dureza del mundo y la creciente agresividad ambiental.

Después, poco a poco, uno va recordando las causas estructurales que generan esta agresividad ambiental, y va aceptando la parte de violencia social que le corresponde encajar como miembro de la sociedad, por la complicidad activa o bien pasiva que tenemos todos con las causas más profundas de esta violencia.

En un primer momento, emerge también la sensación de fracaso y de la inutilidad de todo el esfuerzo personal, intelectual y material que uno ha realizado para pensar, elaborar, diseñar y redactar el libro. Después, uno ve que esta inutilidad no es tal, ya que el esfuerzo realizado ha quedado al menos dentro de uno mismo y, de alguna manera, forma parte del patrimonio personal interior.

Entonces uno piensa también que el trabajo que no se podrá publicar, a causa del robo, en el fondo es un verdadero homenaje a Cristo y al Evangelio, ya que la última motivación del trabajo fue participar en labores de evangelización. Este pensamiento genera paz interior y comienza a realizar una labor de cura paliativa del intenso dolor real.

Uno trata, todavía, de retrasar el enfrentamiento con la dura realidad pensando que, tal vez, podrá recuperar algo de lo que le han robado, porque alguien encontrará alguna cosa del material sustraído. Pero, al mismo tiempo, poco a poco, uno se va dando cuenta de la dureza contundente de los hechos y de la más que probable pérdida definitiva de todo, como así ha sido.

Con la razón uno trata de comprender lo que ha pasado. Con la voluntad trata de superarlo y con la fe de perdonarlo. Uno hace lo que puede, que es realmente bien poco. Es una experiencia de pobreza.

Se abre, entonces, un período de reflexión y digestión del hecho. Este hecho, simbólicamente, es un anuncio del último sentido de todas las pérdidas humanas; es decir, es un anuncio simbólico de la experiencia inevitable de la muerte, que también será una experiencia imprevista en cuanto al tiempo y a las circunstancias, y que no nos arrebatará un libro, sino la misma vida.

Hay que decir que, con el paso del tiempo, esta experiencia negativa se ha transformado en un aprendizaje muy positivo. Es un aprendizaje positivo derivado de la experiencia negativa.

La valoración

La valoración positiva ha consistido en el descubrimiento de una nueva posibilidad y de una nueva mirada sobre la vida diaria. Esta mirada tiene dos dimensiones: la interior y la exterior.

En la elaboración personal interior del hecho descubrí, en primer lugar, una unión personal muy intensa no solamente con la propiedad del libro, sino también a nivel inconsciente, y una dependencia generalizada de todas las otras cosas. Este es un descubrimiento muy importante, porque la unión a las cosas y la falta de libertad son sinónimos.

Descubrí, en segundo lugar, una gran falta de preparación para reaccionar ante los hechos no previstos, cuando en realidad casi toda la vida es aleatoria. Uno puede estar preparado para aquello que domina, pero no lo está en absoluto para lo desconocido.

Cuando, después de tomar conciencia del hecho y de sus consecuencias, uno reflexiona sobre esta unión y esta falta de preparación existencial para lo imprevisto, emerge una nueva posibilidad de crecer como persona.

Estos descubrimientos y estas reflexiones pusieron al descubierto una gran falta de preparación para afrontar la vida. Casi toda la vida humana es pura imprevisión. Los acontecimientos humanos más importantes y más intensos son siempre imprevistos. El acontecimiento más radical de todos estos acontecimientos humanos, que es la muerte, también tiene siempre un carácter de imprevisión total y radical. Gran parte del dolor que padecemos nace de esta falta de realismo.

El descubrimiento interior realizado, por lo tanto, ha sido muy importante. Es cierto que ya era una realidad conocida racionalmente, pero no era reconocida existencialmente, y se ha hecho patente mediante esta experiencia vivida; me ha traído muchos beneficios y me ha conducido hasta nuevos descubrimientos. De hecho ha sido un filón que apenas he comenzado a seguir y a investigar. Creo que es una labor que me mantendrá ocupado durante los próximos años.

La otra variante positiva del asunto ha sido la dimensión exterior. Este descubrimiento positivo exterior ha sido el resultado de haber compartido con la gente el hecho del robo de que había sido objeto. En la gente se dan unas reacciones muy diversas.

Un sector muy amplio de personas reaccionan con indiferencia. La noticia es algo que queda fuera de sus intereses y, por tanto, es un problema ajeno y sin ninguna importancia. El hecho no provoca ni un comentario, ni mucho menos una reacción humana personal. Delante de esta falta de reacción, uno experimenta la frialdad humana y la soledad que genera esta frialdad. Ayuda, sin embargo, a saber en qué mundo vivimos y de quién estamos rodeados.

Otro sector reacciona aprovechando la oportunidad para contar alguna anécdota o algún hecho similar que le ha ocurrido o bien que le ha sucedido a otra persona. Es algo parecido a aquél que va a visitar a un enfermo y, en lugar de escucharlo, le explica sus enfermedades. Ante esta reacción uno experimenta la profunda limitación de todas las personas ante la frustración. Todo el mundo se escapa como puede.

La huida es un mecanismo muy humano. Hay maneras muy sutiles de escaparse del enfrentamiento con la realidad vivida, tal y como es. Hablar por hablar, es decir, utilizar palabras vacías, puede ser una manera contundente de crear una gran incomunicación entre las personas.

Hay otro sector, todavía, que toma una postura de protagonismo personal y aprovecha el hecho para actuar como maestro y para dar consejos. Dan unos consejos que pueden ser válidos o no, pero que no es el momento de darlos. Algunos, incluso, toman una postura claramente paternalista y aprovechan la situación para hacer un juicio crítico y negativo de la persona que ha sido robada y acusarla de una falta de atención ante la gente que roba y, por tanto, de incapacidad de andar por el mundo.

Este tipo de personas nos hacen sentir mal, hasta que descubrimos que detrás de su actitud paternalista y juzgadora se esconde una gran debilidad personal. Su actitud, en definitiva, más que una agresión es una coraza protectora de su limitación y debilidad, puesto que dando consejos a los otros huyen de ellos mismos.

Un número significativo de personas, finalmente, desean ayudar y algunas lo demuestran con hechos, aunque muy a menudo no saben qué pueden hacer en concreto para poner remedio a la situación. Son los amigos. Los amigos muy a menudo son tan pobres y limitados como uno mismo y como todas las otras personas, pero delante del dolor y del fracaso, por lo menos aportan la fuerza de su afecto sincero y la luz de compartir abierta y sinceramente la búsqueda de la solución del problema.

Podría explicar muchas anécdotas vividas a raíz de esta reacción de auténtica amistad. La que más me impactó, simbólicamente, es la de una persona que pertenece a una religión diferente del cristianismo y que, cuando supo del robo, me llamó por teléfono a fin de ayudarme y de ponerse auténticamente a mi disposición en todo lo que me pudiese ser útil. Lo manifestó con esta pregunta directa y concreta: «¿En qué te puedo ayudar?» Era una llamada telefónica llena de afecto, de gratuidad y de amistad. Era un símbolo del lenguaje de la solidaridad universal y del amor.

La parábola

Podemos decir que esta anécdota vivida es la parábola del amigo.

La reacción de los amigos, simbólicamente, me manifestaba que lo más importante y lo más grande de este mundo es el amor. El resto es caduco o, cuando menos, totalmente secundario.

La parábola del amigo fue transformando la sensación de pobreza en una experiencia vital de riqueza. Me habían robado un libro, pero había podido descubrir dentro de mí la falta de preparación para la vida en toda su profundidad y había descubierto en la amistad el signo más grande del sentido de la vida.

La primera redacción del libro tenía, como tesis de fondo de la publicación, esta afirmación central: el camino del futuro de la Iglesia no es otro que el de lavar los pies, es decir, el camino de ofrecer la buena nueva del amor de Dios a todos y, especialmente, a los pobres de la tierra mediante la oferta sincera y concreta del amor y de la amistad, tal y como Cristo lo hizo.

Este mensaje de amor y de amistad es el único mensaje creíble hoy en día para anunciar la realidad del Evangelio. De hecho, es el único camino creíble que previó el mismo Cristo para anunciar el Evangelio a las futuras generaciones de todos los tiempos (Jn. 13, 14). Tomando conciencia de todo esto, la experiencia vivida me hizo pasar, tal vez, de la afirmación puramente teórica de la tesis del libro a una afirmación mucho más vital y comprometida.

En aquel momento tomé la decisión de volver a escribir el libro. No sería el mismo libro, puesto que había perdido aquella frescura interior y aquella motivación ardiente que suponían los tiempos inmediatamente postconciliares. La distancia del tiempo, sin embargo, sirve también para sedimentar mucho más las experiencias vividas y las reflexiones realizadas. Estas reflexiones pierden una cierta frescura, pero ganan en convicción serena.

Vi que lo que esta nueva redacción perdería en espontaneidad lo ganaría en sinceridad y en búsqueda de aquella veracidad que va más allá de la palabra estrictamente racionalista y la superficial, es decir, que ganaría aquella profundidad que va más allá de la palabra a veces demasiado fácil, demasiado ocurrente y, en definitiva, demasiado barata.

Lo que me importa es el redescubrimiento del otro como persona y como prójimo. La búsqueda del lenguaje universal de la amistad es el que me ha hecho superar el golpe bajo, el desengaño del robo, y me ha impulsado a volver a tomar la palabra más para sugerir que para dictar, más para proponer que para aleccionar.

He de decir con sinceridad que estaba muy contento del libro que había escrito. Había disfrutado mucho con sus planteamientos y con su elaboración. Sin embargo, esta segunda redacción —más que la pesada experiencia del fracaso personal por ser un «repetidor» del texto, es decir, como aquel que ha por «volver a hacer los exámenes de septiembre»—, querría ser la experiencia gozosa de ofrecer un homenaje sincero y decidido a los amigos y al lenguaje concreto y universal de la amistad y del amor.

Esta segunda redacción, después de todas las lecciones internas y externas recibidas, lo que intentará es estar un poco más cerca de las personas humanas concretas y de sus problemas.

Ciertamente, hay que ir por la vida bien despiertos y bien atentos, porque lo imprevisto es el pan de cada día. Hace falta estar bien preparados y conscientes. De todas formas, esta actitud de vigilia permanente tiene que llevar al amor y al desprendimiento, a la solidaridad y a la libertad ante todo.

La indiferencia y la queja no son el camino más adecuado para seguir adelante con decisión. El camino no se hace con lamentaciones, sino que se hace cuando uno es capaz de interrogarse toda la vida y de ir buscando, paciente y decididamente, las respuestas, permaneciendo siempre abierto a una creciente interiorización personal y al horizonte de la comunicación y de la comunidad humana.

Las palabras clave de este camino son: la capacidad de encajar pacientemente las frustraciones de la vida cotidiana y la capacidad de confiar abiertamente en la fuerza transformadora del amor.

La capacidad de encajar con paciencia los golpes permanentes de la vida cotidiana es la mejor manera de transformar todas las dificultades diarias en oportunidades de crecimiento. Entonces, uno puede crecer mucho, porque invertimos gran cantidad de energía en esta necesidad de encajar.

La confianza abierta es la energía que hace que la búsqueda decidida del sentido de la vida no decaiga nunca. La esperanza cristiana es la anticipación de esta vida nueva del amor de Dios, que se ha manifestado por medio de Cristo y que nos anima a seguir siempre adelante con la fuerza del Espíritu.

El mensaje último de Cristo, antes de su crucifixión, es el que resume toda su existencia, su ser y su mensaje. Si la vida es la realidad apropiada por uno mismo, el servicio de amor es la última esencia de la vida y lo único que es eterno y verdaderamente humano. La llave que nos abre la puerta al verdadero descubrimiento del amor del Dios es este descubrimiento del amor. El testimonio de esta experiencia, según el Evangelio, es la aportación específica que debe de hacer la Iglesia a la humanidad.

Después de estas reflexiones estaba muy claro que el título del libro debía de ser el mismo de la primera redacción: ...Y les lavó los pies.

Una experiencia de efectos retardados

Cuando se comenzó a hablar de la convocatoria de un concilio en las diócesis catalanas hubo muchas interpretaciones. Ahora no vale la pena elaborar un elenco detallado de las diversas reacciones más frecuentes que se dieron. Era una constatación que giraba en torno a esta pregunta: ¿Servirá para algo la realización de un concilio? Mucha gente de mi entorno planteaba la pregunta de manera que sugería, en sí misma, una respuesta negativa. En el fondo no preguntaba, de hecho afirmaba que no serviría para nada.

Para un cierto sector que mira la realidad eclesial con una perspectiva puramente sociológica, era un esfuerzo inútil de la Iglesia para ponerse al día, ya que, según ellos, la Iglesia está tan lejos de los intereses reales de los hombres y de las mujeres de la calle que, por mucho que haga, nunca podrá volver a un diálogo que valga la pena con la gente normal; no podrá establecer lazos con sus intereses y con sus problemas. Era una mirada a una institución arqueológica que seguirá existiendo mientras haya gente que le dé apoyo, pero que queda fuera de las expectativas de futuro para los intereses comunes de la humanidad.

Este ambiente se puso de relieve con la poca importancia que le dieron los medios de comunicación social hasta el mismo dia de la inauguración oficial del concilio. Después, poco a poco, esta actitud de los medios de comunicación fue variando en positivo. Creo que hacia el final le dieron un tratamiento muy interesante en clave de mass media.

Para otros era también un esfuerzo inútil porque en el fondo no sería nada más que una experiencia clerical, en la que los cristianos y las cristianas, los jóvenes, las familias, los movimientos apostólicos, los bautizados en general y, especialmente, la gente que tiene problemas, no podrían tener un protagonismo verdadero y, por lo tanto, no habría espacio para debatir las cuestiones reales del pueblo cristiano y de la gente de la calle. No valía la pena, pues, invertir muchos esfuerzos. El enfoque que se le daba era desencaminado e inútil.

Otro sector pensaba que habría tantos conflictos psicológicos y luchas de poder en el debate conciliar, que en lugar de ayudar a clarificar los problemas, todavía lo complicaría todo mucho más y, por tanto, no serviría para nada. Decían que no era el momento conveniente y que se debía esperar. Para este tipo de personas nunca es el momento conveniente.

En este colectivo había una gran desconfianza en las posibilidades de cambio personal y comunitario, fruto de un diálogo abierto entre las personas, de cara a hacer frente a los problemas vividos en la vida de cada día. Pensaban que el remedio sería todavía peor que la enfermedad. Recibieron la convocatoria como una prueba más de la vida, que traería muchos sufrimientos y tropiezos, pero que no produciría resultados de renovación positiva, de encuentro comunitario y de comunicación con el mundo.

Otras personas veían en la convocatoria conciliar una actividad y una labor más a desarrollar que no serviría para nada más que para cargar todavía más la agenda con nuevas reuniones y complicaciones. En la línea de la búsqueda de eficacia del programa de acción establecido supondría, pues, una carga más a llevar en la espalda, en espera de que se acabase este compromiso pasajero y de trámite, para continuar como antes y como si no hubiera pasado nada.

No faltaba tampoco la gente que reaccionaba con miedo ante esta posibilidad de revisión y de mirada al futuro que era, en el fondo, la convocatoria conciliar. El miedo a conocer la realidad con todas sus implicaciones, el miedo a comprometerse en la búsqueda de soluciones difíciles, y el miedo a lo desconocido era un mecanismo que se disparaba y generaba un bloqueo personal psicológico con repercusiones en la dinámica del grupo y de la comunidad. Este estado de ánimo conducía a no esperar gran cosa del esfuerzo de renovación conciliar y, en definitiva, después de haber pagado un precio muy alto.

Otra gente se situaba ante la experiencia con una actitud superficial y de inmadurez humana. No se planteaba el fondo de la cuestión, sino solamente las cuestiones formales. Estas cuestiones formales tienen también su importancia, pero nunca han de ser tratadas como los elementos centrales. Aparentemente daban mucha importancia a la llamada conciliar, pero sin valorar aquello que en el fondo es lo que da consistencia al trabajo formal de la Iglesia, que es el seguimiento de Jesucristo, la transmisión de esta experiencia a la gente de nuestra generación y el servicio al mundo y, especialmente, a los pobres de la tierra.

Había, también, los que decían que el debate era necesario y que era urgente la búsqueda de soluciones a los problemas vividos, pero que no era el momento conveniente para llevarlo a cabo. Era preciso ser más prudentes y esperar una circunstancia más adecuada. En estas condiciones la experiencia acabaría mal y no serviría para nada bueno de cara a la verdadera renovación eclesial. Incluso decían que no haría nada más que «quemar» todavía a más gente, que acabaría decepcionada por la improvisación.

Todavía había otros que, convencidos de que las deliberaciones conciliares no servirían para nada de cara a la renovación eclesial, veían en el concilio una oportunidad para desarrollar algunos aspectos colaterales que, sin ser la labor exclusiva de la Iglesia, no se pueden separar de su misión. Era, pues, una oportunidad cultural y política que se tenía que aprovechar. Eran unas actitudes reduccionistas que, de alguna manera, desligaban el concilio de su dimensión más teológica y espiritual.

Por éstas y otras razones diferentes mucha gente pensó que no valía la pena realizar este concilio.

No se trata ahora de hacer una tipología completa de las actitudes que miraban con escepticismo la convocatoria conciliar, pero es bueno levantar acta del estado de ánimo general, tanto en el interior de la comunidad cristiana como en el ambiente general de la calle, para situarnos de una manera correcta ante el acontecimiento.

Es cierto que el concilio no ha aportado soluciones rápidas para superar la distancia que hay entre Iglesia y mundo. También es verdad que no ha construido caminos mágicos de diálogo y de corresponsabilidad en el interior de la comunidad cristiana.

La experiencia vivida ha reafirmado también la existencia y la complejidad de los problemas humanos que nos toca vivir en este final de milenio, y nos ha hecho ver que estos problemas no se pueden simplificar buscando soluciones fáciles y sin compromiso. También nos ha hecho ver que actualmente llevamos un ritmo de trabajo acelerado que hace falta moderar si queremos conservar la paz y la serenidad. Igualmente, hemos constatado la falta de preparación, por parte de todos, para un diálogo de calidad que, sin negar los problemas reales, no se dedique a perder tiempo dando vueltas inútiles a las cosas.

Todo esto es verdad. Aún así, ha valido la pena realizar este concilio. Ha valido la pena como experiencia humana en su vertiente psicológica, cultural, social y política, ya que, como experiencia humana, ha sido una experiencia multidimensional y muy viva.