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Cuatro historias cuya dependencia existencial provoca la gama de pasiones que amenaza y reafirma la individualidad de cada uno de los personajes: un padre dispuesto a comprar el mundo, frío, infiel, que sin embargo encuentra la ternura; una madre que enloquece y se vuelve víctima de un par de charlatanes; los siameses que, unidos por la espalda, deben encontrar el equilibrio de sus vidas, el crecimiento, el despertar a la sexualidad. "A medida que va desvelando el misterio, Elsa Sánchez Valera nos va haciendo tocar nuestra propia oscuridad. Esta novela es un viaje pasmoso por los laberintos de la psique humana". Aída González "Una novela que atrapa desde el inicio; retrato de pasiones humanas. Horror, venganza, ternura, impotencia, amor, negación y otras pinceladas que sorprenden al lector". Enriqueta Beyer
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Seitenzahl: 211
Veröffentlichungsjahr: 2020
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Primera edición, © 2014, Trópico de Escorpio © Elsa Sánchez Valera
Reimpresión: 2017 CDMX
www.tropicodeescorpio.com Distribución: Editorial Trópico de Escorpio Fb: Editorial Trópico de Escorpio
Portada y formación: Máquina del tiempo/Chz Edición: Gilda Salinas
Este libro no puede ser reproducido total o parcialmente, por ningún medio impreso, mecánico o electrónico sin el consentimiento de su autora.
eISBN: 978-607-9281-41-0
Libro convertido a ePub por: Capture, S. A de C. V.
1
Es tarde, tan tarde que ya casi es temprano.
Tal vez el escuchar el noticiero de la radio dentro del automóvil los mantiene en silencio o la causa de su mutismo es el cansancio, el amanecer o el roce cotidiano de sus vidas.
Los continuos comerciales intercalan promesas de bienestar entre las crónicas de secuestros, altercados políticos, tasas de desempleo y actos terroristas allende las fronteras.
Sharon, que aún no se ha atrevido a darle la buena noticia a su marido, observa sobrecogida la vida nocturna del centro histórico: se imagina que las moscas zumban sobre las plastas de materia fecal y las ratas trepan los montículos de basura; un teporocho pernocta a las puertas de una vecindad oscura, otro deambula solitario como espectro.
Germán presiona el acelerador. Los edificios coloniales van quedando atrás. Apaga la radio al tiempo que comenta:
—Siempre es lo mismo.
—¿Lo mismo de qué?
—En los banquetes de boda.
—Yo te vi muy contento.
—¿Y viste a alguno que no lo estuviera?
—Pues la verdad no.
—Entonces será porque las normas de la sociedad gestan el hastío. Tiene uno que comer alimentos de calidad dudosa, escuchar sin tregua el escándalo de la música y soportar a gente desconocida tan absurda como las parejas con las que nos tocó compartir la mesa.
—Pero tú dijiste que teníamos que ir.
—Sí, porque había que cumplir con los Iriarte. ¡Al fin llegamos!
❖
Ya Germán se ha acostado cuando quizá por la acidez o por la molesta flatulencia, un dolor se le manifiesta en la boca del estómago.
—Sharon, por favor dame algo, creo que la cena me cayó mal.
Ella suspende la limpieza bucal.
—Tómatelo antes de que se termine la efervescencia.
El gesto de su esposo cambia gracias al líquido reconfortante, y es entonces cuando ella siente la necesidad de darle la noticia.
—Fíjate que ahora en la mañana fui al doctor y me dijo que...
—Por favor, estoy muy cansado y me siento muy mal. ¿No puedes esperar hasta mañana? Vente a dormir, ya es muy tarde.
Germán apaga la lámpara, se cubre con el edredón y da la espalda a su mujer que se ha quedado no sólo confundida por los sentimientos que la acongojan sino por el rechazo. Lo observa con desdén por un instante:
—Dijo el doctor que estoy embarazada -solloza antes de cerrar la puerta.
En ese trance imperceptible de cruzar el umbral entre la vigilia y el sueño, las palabras de Sharon son escuchadas por el hombre que en cuanto cierra los ojos se duerme.
2
Doña Paquita hace a un lado a la secretaria de su yerno y entra a la sala de juntas en un desplante de prepotencia.
Una mujer con traje sastre muestra en la pantalla las estadísticas del departamento de ventas. Germán, en la cabecera del escritorio, y diez gerentes del corporativo prestan atención a la exponente. Hay vasos, agua, tazas de café y computadoras sobre la mesa.
Cuando Germán ve a doña Paquita se pone de pie. El resto de los asistentes calla y espera.
—Óyeme bien, Germán, no porque te hayas casado con mi hija tienes derecho a separarnos. Siempre hemos sido como uña y mugre, y por ningún motivo nos vas a alejar.
—Señora, estoy trabajando, le suplico que se retire.
—¡Ya decía yo que eras un patán! ¡El clásico nuevo rico! ¡No tienes la más mínima educación! ¿Correrme a mí, que soy la madre de tu mujer? ¿Pero quién te has creído? -Germán no se inmuta- ¡De aquí no salgo! No me voy a ir hasta que escuches todo lo que tengo que decir. ¡A ver, ustedes, hagan el favor de retirarse, esto es cosa de familia!
Once cabezas giran al unísono, enfrentan a Germán. Sus miradas cuestionan. Por descuido alguien tira un vaso. Los añicos de cristal se esparcen. Nadie se mueve.
—Señora, le repito, salga de aquí.
—¡Insolente! ¡Y yo te repito que no me voy!
Cuando doña Paquita entró a la sala de juntas de forma violenta la secretaria llamó a seguridad; dos uniformados entran a la sala.
—Acompañen a la señora a la puerta -ordena Germán.
La reacción de la mujer no se deja esperar. Trata de abalanzarse sobre su yerno en medio de berridos. Los hombres le impiden moverse. La toman de los brazos con fuerza, la sacan de la sala y sin importar los gritos la escoltan hasta su automóvil.
—Prosiga, señorita, nos decía usted que las ventas en Monterrey...
La expositora tarda en reaccionar. Le duele la pantorrilla, un cristal alcanzó a herirla. Siente que la sangre, a través de la pantimedia, corre hasta humedecer el zapato. Consciente de la tensión que ha quedado no se atreve a lamentarse.
—Decía yo qué la venta del nuevo producto...
Germán no la escucha, pero su expresión es la misma. La calma aparente impresiona a sus subalternos. Por dentro siente el volcán de la ira a punto de explotar.
A la ocho de la noche regresa a su casa.
—Comunícame con tu madre -Sharon percibe el enojo de su marido y obedece sin preguntar.
—Señora, su hija está escuchando, delante de ella se lo digo: ¡no se atreva a poner un pie en esta casa! Si lo hace le garantizo que se va a arrepentir. Yo me encargo de que no le quede boca para contarlo. Sharon es libre de escoger si se queda o si se va con usted. ¡Por mí, qué haga lo que le dé la gana! -cuelga y se vuelve a ver a su mujer.
—Y bien, ¿qué decides?
—Pero mi amor, qué pasó. ¿Por qué le hablaste así a mi mamá? ¿Qué es eso de que yo escoja?
—Te lo repito: ella o yo.
—No, cariño, no entiendo, pero me quedo contigo. Sabes que te quiero.
—No se hable más del asunto. ¿Qué hay de cenar?
❖
—Están locos, o lo estaría yo si permito que me hagan el ultrasonido, por más que digan que es indispensable, que puede ser muy útil observar cómo viene mi bebé, que se previenen muchas complicaciones -Sharon toma el jabón y lo frota con fuerza sobre el zacate-. Yo sé que todo está bien, cómo no lo voy a saber si la que lo siente dentro soy yo, y no lo voy a exponer sólo para sobarles la vanidad a los doctores -talla uno a uno los dedos de los pies. Le toca el turno a las piernas- les di todas mis razones, hasta inventé que mi religión no permite poner en duda la creación de Dios-con cuidado enjabona la entrepierna, su vientre y el pecho-¡idiota!, con qué sorna se sonrió el tal Ruiz Malpica, me miró como si fuera retrasada mental. Y claro, como convencieron a Germán pues se dieron el lujo de decir que entonces no se pueden hacer cargo de mi embarazo -las lágrimas se mezclan con el agua que cae imperturbable-. Todos los que vi me dieron los buenos días y me corrieron con una sonrisa, ¡patanes! Ni falta que hace, total, a la hora del parto cualquiera me tendrá que atender, para eso está mi marido, a ver quién se niega a aceptar su dinero -la toalla la recibe y arropa.
❖
El sonido de una puerta al cerrarse de golpe la sobresalta alejándola de sus cavilaciones, avienta una blusa más sobre la cama y observa sorprendida la cantidad de ropa que ha sacado del closet sin darse cuenta, se viste de cualquier forma y sale de la habitación.
Las corrientes del viento que se entrecruzan en el pasillo indican que no sólo todas las ventanas de la casa están abiertas sino que es noviembre, que la mañana está fría y que la ciudad recibe la caricia de las hojas muertas.
Se apresura a salir, toma las llaves del auto, prende la marcha; sonríe al sentir los movimientos fetales, posa sus manos sobre el vientre, las desliza con esa caricia única que deviene con la maternidad. ¿A dónde iba? ¿A quién tengo que ver? Suspira, levanta los hombros resignada, apaga el motor y desciende del coche.
3
—Señor García Diego, surgió una complicación y hay que operar, necesito su consentimiento.
—¡Y entonces qué diablos hace aquí!
—Es requisito del hospital que usted firme la aprobación, yo no puedo hacerme responsable si usted no me autoriza.
—Deme ese papel, fíjese bien en lo que hace que le puede costar caro, qué importa si la madre muere, mi hijo debe vivir, para eso estoy aquí, para ver nacer a mi sucesor.
El padre entra al quirófano, observa indiferente a Sharon que yace bajo el efecto de la anestesia. Médicos y enfermeras se mueven en un caos controlado, el ambiente es denso.
—Procedamos -exige el cirujano al tiempo que el bisturí viola en un solo rasgo la epidermis, de inmediato hace la incisión en los tejidos subcutáneos, separa los músculos rectos y realiza una incisión más en el peritoneo. Los vasos sanguíneos son cauterizados de inmediato. Su asistente limpia el campo utilizando gasas. Una vez más el ginecólogo separa los tejidos para lograr la exposición del útero; con la punta de las tijeras abre, jala con los dedos hacia los costados y corta la bolsa amniótica. El líquido brota con fuerza para ser aspirado al instante. Tijeras, pinzas, gasas entran y salen de la cavidad. Con movimientos expertos el médico rota la cabeza del bebé, lo jala poco a poco. Se detiene, hunde la mano, cierra los ojos para palpar la protuberancia que impide que los hombros del nonato se deslicen con facilidad. Toma la pequeña circunferencia dorsal y la va jalando poco a poco, le pide a su ayudante que estire todavía más los tejidos. Le exige que use las tijeras mientras continúa maniobrando con cuidado. El sudor moja el cubrebocas. Los ojos de la enfermera lo interrogan. La tensión aumenta.
Germán se inquieta, no se atreve a acercarse. Aparecen los pies del primer cuerpo, el ginecólogo desliza su mano sobre el contorno de los pequeños glúteos, con una gasa sujeta las piernas y extrae al fin a los bebés. Los voltea y les aspiran los líquidos por boca y nariz.
Cuando se escucha el llanto de vida se los entrega a la enfermera. Ella, aún sorprendida por la apariencia del producto, da un paso hacia atrás, ahoga con dificultad su repudio y reacciona ante la voz imperiosa del médico que la obliga a desempeñarse con profesionalismo. El doctor y su ayudante se centran en extraer la placenta y suturar la herida.
El padre observa el fruto deforme cubierto de líquidos que mojan las manos que lo sostienen con firmeza. Germán García Diego vuelca en su tropiezo la mesa del instrumental quirúrgico. Se escuchan voces y carreras erráticas. Mientras el ayudante y la enfermera ponen orden, el pediatra intenta escuchar los latidos de los corazones que bombean agitados. Confirma que cada uno de ellos mantiene su propio ritmo.
La diferencia en tamaño y peso entre uno y otro preocupa al médico, le llama la atención la fineza del rostro de la niña que contrasta con los toscos rasgos de su hermano. Deduce con ojo clínico que ésa es la anomalía que aparece al decimocuarto día de gestación y no puede evitar el interés de investigar. Cuando se percata de la mirada acusadora del primer ayudante del cirujano suspende el forcejeo a que está sometiendo a los pequeños cuerpos en su afán por separarlos. Confirma que se trata de una unión inalterable, mueve la cabeza y ante su impotencia ordena los estudios de rigor.
Germán no sabe en qué momento se levantó ni contra qué está recargado; escucha voces que se pierden a lo lejos, aprieta los párpados y trata de dominar el vértigo. El llanto de los recién nacidos lo impulsa a aproximarse a la incubadora donde los ve acostados de lado. Se le mezclan la furia, el repudio y la certeza de que Sharon es la culpable, él nunca quiso hijos; tensa las quijadas. Observa esos cuerpecitos y el horror lo sobrecoge otra vez. He engendrado un monstruo... ¿O son dos? Se cubre el rostro con las manos, trata de controlar su debilidad; clava la mirada en la pequeña, se imagina que rosa la mejilla infantil con el dorso del dedo meñique y que acaricia la cabellera de su primogénito. Los pequeños, tranquilos, callan.
—¿Qué posibilidades hay de que vivan?
—Los signos vitales son normales y estables, hay que esperar.
—¿Esperar?... ¿Acaso podría esperar si fuera usted el padre? Es la muerte o el calvario. Perdone, doctor, yo no espero, la decisión está en mis manos.
Avienta la bata quirúrgica camino a la salida.
—¡Ramírez! Avisa en la administración que este hospital cambia de propietario. A partir de este momento nadie entra ni sale de aquí. Llama al doctor Eduardo Guerrero para que busque, entre los mejores médicos del mundo, a los quesean capaces de atender los problemas de gemelos siameses. Que esté listo mi avión para que vayan los dos a buscar a los especialistas hasta al fin del mundo si es necesario. Infórmale al ginecólogo que atendió a mi esposa que exijo que ella se mantenga ajena a lo que ha pasado hasta nueva orden. Ya sabes que no permito que se divulgue lo que concierne a mi familia. Tú eres responsable de su silencio. ¡Quiero resultados ya!
Afuera del hospital el cielo grita mientras la tormenta arrecia.
4
Suena el despertador. ¿Qué día es hoy? ¿Qué tengo que hacer?... ¿El teléfono a estas horas?
—Bueno, sí, ella habla... ¿García Diego dice?... Sí, la escucho... ¿Pero cómo?... Voy para allá.
Doña Paquita se sorprende con la llamada. ¡Le faltaban quince días! Cómo que ya nació. ¿Será que por la paternidad ya se domó la fiera? ¡No cabe duda, le dolió mi desprecio! ¡Cabrón de mierda!, ahora lo voy a enseñar a respetarme.
Cancela sus compromisos. Discute con su peluquero, parece disgustada con el corte que le hizo. Al salir se va a comprar un vestido nuevo para ir al hospital. Se alegra de que su yerno no esté presente. Como no logra ver a su nieto se acomoda en la habitación y hojea el Hola mientras espera a que traigan a su hija de la sala de recuperación.
❖
Sharon se mueve inquieta en la camilla, desliza las manos sobre el vientre liberado, mantiene los ojos cerrados y sonríe satisfecha.
—Señorita, cómo está mi hijo, es niño, ¿verdad? ¿Ya lo puedo ver? A qué hora me suben a mi cuarto.
—¿Cómo se siente, señora?
—¿Y mi hijo?
—Todo está bien. Duerma. Descanse. Todavía tiene que estar aquí un rato.
—No. Ya quiero verlo, que me lo traigan. ¿Dónde está mi marido? Dígale que venga.
—No es posible. En Cuidados Intensivos no se permite la entrada a los familiares. Hágame caso, señora, mientras más descanse más rápido la mandaré a su habitación.
La enfermera se aproxima, checa los signos vitales y los anota en el expediente. La cubre con la sábana. Acostumbrada a repetir la misma rutina varias veces al día se aleja indiferente para continuar con su lectura. Sharon obedece con resignación.
❖
Horas después, ya en su cama, se queja por las molestias, le duele el vientre; tiene mucha sed.
Abre los ojos, observa la penumbra a través de la ventana y estira las piernas. Al intentar incorporarse su madre se acerca.
—Mami, ¿ya viste al niño?, ¿está bien?
—Germán te ha llenado el recibidor de flores, estoy cansadísima con tantas llamadas telefónicas y ¡eso que todavía no permiten las visitas! Te vendría bien un poco de maquillaje. Pareces enferma y no es apropiado que llegue tu marido y te encuentre en esa facha... Bueno, puede ser que se tarde. Ya lo conoces, en cuanto supo que estabas fuera de peligro, voló.
—Mamá, contéstame: ¿has visto a mi hijo?
—Bueno, querida, fíjate que cuando me hablaron para decirme que ya había nacido y que dejó dicho tu marido que viniera sola porque no podías tener visitas, pues ya te imaginarás que al instante supuse que algo raro estaba pasando. Apenas llegué me fui derechito al cunero para verlo, y ya sabes cómo son estas gentes, las sacan del mercado, les ponen uniforme y ya se sienten dueñas del sanatorio. Me negaron información, pero ya me conoces, exigí ver al director, le dije que tu marido es una gente muy importante y que... bueno, ya sabes, lo que siempre digo, pero ahora sí que no me ha resultado, parece que el que dio la orden fue Germán. Algo pude averiguar y como de todos modos en algún momento lo sabrás, pues qué mejor que sea por la boca de tu madre. No sé qué problema hubo y lo pusieron en la incubadora.
—¡Ay, mamá, no empieces con tus intrigas y exageraciones!
Sharon se recarga sobre la almohada, aprieta insistente el timbre llamando a la enfermera. La angustia se marca en su rostro, como no es atendida grita exigiendo ayuda.
—¿Qué pasa, señora, qué se le ofrece?
—¿Dónde está mi hijo?¿Por qué no ha venido el doctor?
—¿Sus hijos? Señora, por favor no se inquiete, le puede hacer daño. Justina, rápido ve por la jefa. Cálmese, mire, ahorita viene el residente -intenta evitar que se levante apoyándose en sus hombros.
—¡Suéltame, no me toques, quítate!
Cuando Sharon logra zafarse, se pone de pie. Al sentir el dolor en el vientre se encorva, se apoya en el buró. No tiene fuerzas, llora con rabia.
—¡Mamá, ayúdame!
Doña Paquita se aproxima, se ve incómoda.
—Cálmate, mi cielo, todo va a estar bien, ya lo verás-trata de disimular su nerviosismo y planta un beso sobre la mejilla de su hija-. Vengo mañana tempranito, antes de que llegue tu marido, ya sabes que no me soporta.
Toma su bolsa y abandona la habitación evitando mirarla. La jefa de enfermeras se aparta para dejarla pasar.
—Tranquila, todavía no se debe levantar.
—Quítese, déjeme, quiero ver a mi hijo.
Intenta caminar, se le doblan las piernas, el apósito que detenía entre las piernas queda en el suelo, al percibirlos olores que vienen del pasillo tiene un vahído, se siente desfallecer y desiste de su idea de ir al cunero. El miedo sea dueña de ella. Se refugia en los brazos abiertos de Matilde, la jefa de enfermeras, quien la acoge con ternura y le inyecta el calmante prescrito por el médico. Mientras le hace efecto la acaricia en silencio.
—Si usted es mamá tenga compasión de mí. Dígame qué pasa.
—Madrecita, tranquilízate. El bebé es un ser especial que necesita estar en un hospital diferente. Pero está vivo y ya pronto lo verás.
Al escuchar que su hijo vive ella se abandona hasta quedar dormida.
5
Sharon ignora cuántos días han transcurrido, está bajo el efecto de barbitúricos. La respiración acompasada, la lasitud corporal y el bienestar artificial poco a poco la abandonan al ir reduciendo las dosis de los sedantes.
Su marido espera a los pies de la cama. Un gemido y un suspiro lo alertan. Observa el rostro de su esposa. Pobrecita, tan superficial y tonta. Confirma la hora en su celular. Ella intenta abrir los párpados y balbucear unas palabras. Sin demora, Germán exclama:
—Son dos y están unidos por la espalda para siempre; puedes llamarle castigo de Dios, culpar a la fatalidad o pensarlo que te dé la gana. Esto es parte de la vida, hay que afrontarla realidad y sacar a nuestros hijos adelante.
Sharon lo escucha como en sordina.
Superado el bloqueo mental comprende al fin el mensaje; se cubre el rostro y deja escapar un lamento desgarrador.
—¡Contrólate! Voy a ordenar que los traigan para que los conozcas.
—No, no quiero verlos, ¿me oyes? Nunca, nunca. Qué me traigan a mi bebé. Por favor te lo suplico, no me engañes, no me digas que son un monstruo. No puede ser, no estarías tan tranquilo, aunque ya sé que nada te inmuta; no puedo creer que no te afecte la estupidez que dices, aunque fuera cierta. ¡No te vayas, te estoy hablando! Por misericordia dime que es broma, que sólo lo dijiste para que yo acepte que mi niño está feíto.
»¡Ay, Dios mío! ¿Qué está pasando, por qué me esconden a mi hijo? No me des la espalda te digo, escúchame, detente, no te atrevas a traer eso aquí porque si es verdad lo que estás diciendo yo misma les quito la vida.
—¡Perra! Hasta de ti los voy a proteger. Mañana dejas el hospital y ya en la casa recapacitas. A ellos los llevaré apenas los den de alta. Salgo en un par de horas de viaje y a mi regreso espero que ya estés en tu sano juicio.
Germán azota la puerta. El silencio en el hospital se escucha a sí mismo.
6
Entre los pastizales culebrea el sendero, a sus flancos dos hileras de árboles frondosos se estremecen bajo el cosquilleo del viento, mientras los rayos del sol juegan a sombrear el paisaje.
El jinete cabalga. Su caballo sudado relincha pidiendo sosiego, él lo estimula con la fusta obligándolo a mantener el galope, continúa su camino ajeno a los becerros que se refrescan bajo los abanicos de riego por aspersión.
Cuando escucha el murmullo del río, Germán afloja el paso de su montura, el animal resuella y al ser desmontado, por instinto agarra camino. Los vaqueros que arrean al ganado intercambian miradas. Respetan la soledad del patrón, pasan de largo.
Él permanece de pie, la tristeza humedece sus ojos. Se limpia el rostro y el cuello con un paliacate de algodón, arroja el sombrero. Una vez que se desprende de las botas se quita la ropa. De un clavado se mete al río, cruza con nado magistral hacia el extremo opuesto y vuelve una y otra vez de orilla a orilla.
Reposa de espaldas sobre la tierra. Intenta en vano ahuyentar los pensamientos. El celaje le brinda su color plasmado a brochazos. Nubes blancas de filamentos sinuosos como cabellos sobre el mar. El movimiento del aire produce el panorama que Germán contempla. Persigue con la mirada las formas que se desdibujan. Fija la vista en la figura de un cisne que se desliza. Hacia la derecha, el viento toma del talle un cúmulo aborregado, voluta que gira en espiral mientras va formando la silueta de una bailarina. Observa cómo levanta los brazos y los funde sobre su cabeza, la que en menos de un instante se divide en dos círculos casi perfectos, el resultado es un ente bicéfalo que con la mueca de sus labios pareciera burlarse. No resiste la visión. Se endereza.
—¿Por qué tiene que sucederme a mí?, ¿quién es el culpable de todo esto? ¡Oh, Dios! En qué te fallé para que te ensañes tanto. ¿Cómo es posible que a través de tu hijo hayas proclamado el amor si eres capaz de tanta crueldad? ¿Puedes siquiera imaginar lo que es tener a un monstruo nacido de tu simiente? ¿Por qué si eres el creador de semejantes deformidades, note pusiste en los zapatos de todos aquellos que señalados por ti han tenido que sufrir lo que yo estoy pasando? ¡Eso sí, nos mandaste lo mejor de tu cosecha! A un cristo con sus mensajes de bondad, de humildad y... ¿acaso te atreviste a marcarlo con una tara? ¡No, qué bah!, eso es para nosotros tus pendejos.
Furioso se limpia las lágrimas, talla las manos sobre los muslos que aún conservan la humedad de la riada. Exasperado se rasca el cuero cabelludo, ejerce presión sobre la nuca, balancea la cabeza. Contempla al descuido la extensión de sus tierras, se pone de pie; camina por ellas ajeno a la belleza de la siembra.
—He sido buen hombre, me empeño en derramar limosnas, pago diezmos sin fallar. Soy justo con mis empleados, los conozco por su nombre y me intereso por sus familias. A mi mujer siempre le he dado el lugar que se merece, ¡y tú, tú te atreves a sumirnos en este infierno como si lo mereciéramos! Nos signas para toda la vida con la carga aplastante de dos inocentes que jamás podrán entender su destino. Qué esperas que les diga, ¿Qué eres magnánimo y compasivo? No me hagas reír, ni tú, con toda tu sabiduría te atreverías a darles la cara y a mentir con tanta desfachatez. ¿No te hartas de tu sadismo?
El sol empieza a caminar hacia los montes.
—Me duele hablarte así, me lastima la dureza de mis juicios. Bien sabes que siempre te he amado y que a lo largo de mi vida creí en tu bondad, pero ahora no puedo. Me rebelo ante el futuro que no entiendo ni creo merecer. Tengo miedo, no sé si seré capaz de guiarlos. ¿Cómo los protejo? Si hasta yo que soy su padre sentí repulsión al momento del nacimiento. Quise borrarlos de tajo. ¡Qué dolor!, cuánta desesperación y rabia. Cómo voy a exigir que sean atendidos si tú sabes el esfuerzo que tuve que hacer para atreverme a tocarlos. ¿Crees que conseguiré quererlos? Tú no lo hiciste, si los amaras jamás les habrías dado una vida con tantas limitaciones ni los hubieras atado para siempre, encadenados uno al otro.
