Ya casi no me acuerdo - Clara Morales - E-Book

Ya casi no me acuerdo E-Book

Clara Morales

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Beschreibung

Podemos intentar convencernos de que recordar es un acto inofensivo, como buscar en un archivo: localizar la información y llevarla al mostrador del presente. Sin embargo, cualquiera que se haya visto zarandeado en mitad de la calle por un aroma dolorosamente familiar sabe que hacer memoria es, también y sobre todo, una sacudida física, un asalto, una posesión infernal. La memoria no puede perderse a voluntad. La memoria vive en el cuerpo de quien la lleva consigo, ya lo haga con orgullo o con vergüenza. Lo que no se olvida, no se olvida. Y esto es válido para la memoria privada y para la memoria colectiva, si es que tal distinción tiene sentido. En Ya casi no me acuerdo, no lo tiene. En estos trece relatos viven el recuerdo de un amor no correspondido y el del superviviente de un campo de concentración, los ecos de las torturas franquistas y el de un perverso juego de infancia, el rostro borroso de un familiar fallecido hace décadas y el de un manifestante en la primera marcha LGTBIQ+. ¿Memoria histórica? Puede. ¿Pequeños traumas íntimos? Quizá. Lo personal y lo político se trenzan: cada proceso colectivo lleva consigo miles de recuerdos privados, y viceversa. Si estos relatos pudieran elegir ser otra cosa, elegirían ser fantasmas. Fantasmas tenebrosos y constantes, fantasmas que nos visitan por la noche y nos obligan a aceptar que no, que no hemos olvidado. Que quizá no queremos olvidar. «Nunca olvidaré algunos relatos de este libro de Clara Morales que alivia nuestro alzhéimer colectivo, nuestro desamparo, y nos hace recuperar la confianza en una literatura que no renuncia a la belleza». —Marta Sanz «Este es un libro de voces […]. Pero no son voces fantasmales, espíritus del pasado. las voces son corpóreas, orgánicas… Le resulta fácil a la lectura sufrir, desesperar, disfrutar con ellas». —Fernando Menéndez «Un uso magistral del fraseo largo. Una prosa sensorial rica en imágenes. Una sensibilidad que lo permea todo. Unos rasgos estilísticos donde brilla el uso magistral de la coma y el polisíndeton, sin miedo a la ausencia de conectores o al gerundio que dilata y evoca». —Paco Cerdá «Trece relatos llenos de virtudes». —Ramón Rozas «Clara Morales despliega su bella prosa en estos trece relatos». —Babelia «Un título lleno de sutileza y cuyas historias se quedarán en tu cabeza durante meses». —La Sexta «Cuentos todos muy autoexigentes en lo literario, penetrantes y sugerentes, tan duros como acogedores». —Juan Marqués

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Seitenzahl: 239

Veröffentlichungsjahr: 2024

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© Clara Morales, 2024

© de esta edición, Editorial Tránsito, 2024

DISEÑO DE COLECCIÓN: © Donna Salama

DISEÑO DE CUBIERTA: © Donna Salama

FOTOGRAFÍA DE SOLAPA: © Jairo Vargas

IMPRESIÓN: KADMOS

Impreso en España – Printed in Spain

IBIC: FA

ISBN: 978-84-127632-1-8

eISBN: 978-84-127632-2-5

DEPÓSITO LEGAL: M-6489-2024

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YA CASI NO ME ACUERDO

clara morales

«You remember too much,my mother said to me recently.

Why hold onto all that? And I said,Where can I put it down?».

ANNE CARSON, The Glass Essay

«Sufre en silencio, pero véngate».

Inscripción en una celda de la cárcel de Carabanchel

Nísperos dulces en invierno

Llevamos un mundo nuevo en nuestros corazones

Círculos casi concéntricos

Y supondréis que no sabemos responder

Sé el coautor de tu propia vida

Thanksgiving Day

Jabón neutro

La vida es una tómbola

Verbena

Malo de lo suyo

Amiga íntima

A dónde me voy a ir yo

Aquí

Notas

Agradecimientos

Nísperos dulces en invierno

Me contaba cosas de las que yo desconfiaba. Cosas como que, junto a su escuela, en el pueblo, crecía un níspero inmenso, siempre cargado de frutos, en abril y mayo grandes como puños, en enero pequeños y apretados, dulcísimos incluso en pleno invierno, y que ella acababa, por un motivo u otro, siempre castigada en el balcón de la clase porque no se aprendía la tabla del cuatro o porque no acertaba a recordar que tras Leovigildo venía Recaredo, o porque algún demonio le había hecho creer a la maestra que era ella la que había arrojado el puñado de chinos contra la pizarra. Y que aquella terraza sucia se había convertido en su lugar favorito del mundo porque, aunque se le congelara el borde de los calcetines de hilo en los días fríos o se le calentara la cabeza como una estufa de picón en los días cálidos, allí estaba el níspero, siempre frondoso y siempre al alcance de la mano, ofreciéndole las piezas naranjas como a una reina, inclinándose solícito ante ella para que eligiera las frutas más tiernas, para que descartara las ya picoteadas por los pájaros. Y que una vez, un día gris de lluvia en el que alguien, nunca ella, había llenado de barro el tintero de la profesora, pasó tanto tiempo en el balcón y comió tantos nísperos que le subió la fiebre y comenzó a sudar algo parecido a la melaza, y tuvieron que hacer venir al médico para que le administrara un medicamento de sabor horrible, y que lo que vomitó no fue una masa de bilis y fibra, sino una mermelada salpicada aquí y allí de tiernas hojas verdes, de florecillas blancas.

Me contaba, por ejemplo, que cuando acababa de cumplir siete años los niños de un caserío vecino llegaron a la iglesia muy agitados: estaban en el prado con las cabras y allí, en un árbol, un alcornoque partido por el rayo, se les había aparecido la Virgen, tan guapa como la señora aquella que se murió pero mucho más pequeña, como una muñeca, y la Virgen les había dicho muchas cosas, todas bellísimas, que habían olvidado nada más escuchar. Al día siguiente, se echó al monte con dos amigas apenas mayores que ella, y anduvieron y anduvieron hasta que encontraron lo que les pareció un alcornoque partido por el rayo, y allí se hincaron de rodillas y rezaron con las manos muy juntas, no para que el padre de una reviviera ni para que les tocaran por una vez naranjas de postre, sino para poder decir que se les había aparecido la Virgen, y ver cómo era de guapa, y escuchar aunque fuera un instante aquellas palabras hermosas que llegaban de más allá del valle y de la sierra, de aquel reino celestial donde debían de vivir las vírgenes y los cristos y los santos. Pero por allí no apareció nadie, y se hizo de noche, y lo único que oían era el ulular de las lechuzas y el rumor del viento entre los árboles, y lo único que veían era el perfil del alcornoque, cada vez más retorcido entre las sombras. Se tumbaron muy juntas, como los corderos en el establo, para esperar a que llegara el día y, justo antes de caer rendidas, con los ojos ya entrecerrados, una de ellas señaló al tronco: Allí, dijo, la luz. Y todas vieron un destello, como un trozo de oro alumbrado flotando sobre la madera, un charco de luz que se extendía por el aire y que les hablaba en un idioma extraño que también ellas olvidaron de inmediato. Al amanecer, en lugar del alcornoque muerto había un pequeño plantón de un verde brillante, pero cuando arrastraron hasta allí a sus padres, ojerosos por la noche de batida en el campo, iracundos por la desaparición, ninguno quiso creerlas.

Al pasar junto a la poza del tío Alfonso me contaba, orgullosa, cómo aquel al que todos llamaban «tío» y que era en realidad su abuelo había llegado al pueblo cuando este era un baldío, cuando el agua corría por el riachuelo sin que nadie hiciera nada para pararla, sin que aquella torrentera pudiera transformarse en tomates de la huerta, en alfalfa para los caballos, y me contaba cómo Alfonso se había puesto a cavar allí mismo, con sus manos y la zacha que llevaba al hombro, y cómo había castigado la tierra durante cinco días con sus cinco noches, y cómo al sexto no se echó a descansar, sino que tomó las pizarras y los cascotes de tierra que había ido amontonando aquí y allá y construyó una presa, descamisado y limpio por el agua de la sierra, las manos enrojecidas de frío, la zacha ya mellada, y cómo se corrió la voz y la gente del pueblo bajó a ver el prodigio, y cómo así, de un día para otro, el llano pelado se pobló de verde y de animales paciendo y de gente afanosa, y cómo Alfonso se convirtió entonces en el tío de todos, y cómo se hizo rico con los tomates del huerto y también con otras cosas menos sencillas, y cómo todas las casas de la calle, me decía señalando los muros encalados, tenían sus iniciales, AF, marcadas al lado del año de construcción, y cómo todo el mundo llamaba a aquella poza la del tío Alfonso, aunque nadie se acordara ya de su cara.

También me habló otro día, para calmarme el llanto, de cuando descubrió que tenía poderes. Al volver de la escuela, el mismísimo tío Alfonso, que era en realidad su abuelo, había querido contarle la historia del baldío y la poza y la calle, pero ella tenía hambre o sueño y le respondió lo que nunca se debe responder a los que cuentan, pero que ella respondía a menudo: Que esa ya me la sé, que me la has contado mil veces. Él no hizo lo que solía, no le dijo Pues ahora te la voy a contar la mil y una, ni siguió con la historia, persiguiéndola por la casa mientras ella comía o doblaba la ropa, sino que desapareció por la puerta y volvió a aparecer con un cinturón en la mano y, aunque le daba con todas sus fuerzas y ella notaba el chasquido del cuero en la espalda o incluso el frío de la hebilla, no sentía dolor alguno, ni el escozor como de alcohol puro, ni el relámpago de hielo que se le clavaba en la carne, ni la piel abierta como un fruto maduro. Y allí estuvo, mirando a las baldosas en damero, hasta que él se cansó y se fue a dormir. Desde entonces no le dolía nada, me decía secándome las lágrimas, aunque a veces había que fingir que sí para que las cosas no se alargaran demasiado.

Mi historia favorita era la de los papelillos, la de la boda de sus padres, que se había celebrado en la ermita, arriba en la sierra: una ceremonia a la que acudieron familias de todos los caseríos del valle, un peregrinar de carromatos y remolques tan colorido como una romería, y a la que también asistieron los militares del cuartel cercano, engalanados con sus medallas relucientes sobre el verde impoluto, como jaras en flor, atravesando el pueblo en coches de un negro brillante, máquinas que los viejos miraban con recelo y que los niños perseguían a la carrera, tragando humo y polvo, gritando como locos y empujándose cuando uno de aquellos hombres se asomaba por la ventanilla para estrechar sus manitas tiznadas. Tu abuelo era piloto de aviación y en el pueblo le llamaban Clark Gable, así, Ga-ble, me repetía, orgullosa, antes de enseñarme una foto de él, un señor de bigotillo fino, sonrisa tímida y ojos mansos, un señor, me decía, incapaz de matar a una mosca, de levantar la mano, el padre que volaba sobre los campos yermos y los pueblos blanquísimos y la sangre y la miseria de los hombres. Aquel día, la gente desayunó con el estruendo de tres aeroplanos como pájaros negros. Era una sorpresa: los oficiales debían sobrevolar la ermita y, en el momento exacto en que tañeran las campanas, cuando los novios salieran por la puerta bajo una lluvia de arroz, tenían que abrir los enormes vientres de sus aviones y dejar caer sobre la iglesia un manto de papelillos rojigualdos, una nube que tiñera el blanco de la novia y tocara el cabello de los invitados y coronara las copas de las encinas, un resplandor que se percibiera en todo el valle y que dejara su marca en el monte, pétalos raros, pequeños insectos tropicales, durante años. Pero la mañana se levantó gris y densa, con un rocío que había empapado el heno y mojado el picón de las carboneras, y la bruma corría por el valle como un ejército fantasmal cubriendo hasta el tejado de la iglesia, y cuando los pilotos oyeron repicar las campanas no veían a sus pies más que una niebla algodonosa. Incapaces de saber si sobrevolaban ya el objetivo, y temiendo la ira de sus superiores, se encomendaron a Nuestra Señora de Chandavila y abrieron los vientres de los aviones y soltaron su carga, pero los cielos no estarían escuchando, porque los cientos de miles de papelillos no cayeron sobre la ermita, arriba, sino sobre el pueblo, abajo, que recibió la lluvia de colores como quien ve llegar al circo. Los niños se revolcaban por el suelo y jugaban a tirarse bolas de papel mojado, los adultos encendieron hogueras en la calle a las que arrojaban el confeti rojigualdo de tanto en tanto, que prendía con un chisporroteo, alguien sacó un acordeón y alguien un queso, y allí fue la verbena mientras arriba los oficiales escudriñaban el cielo, desconcertados. Cuando la gente escuchó el bramido de los coches bajar por la pista, todo el mundo corrió a casa y atrancó la puerta, y en la calle quedaron solo rescoldos, un barro de pasta de papel, briznas amarillas y rojas que revoloteaban aquí y allá como mariposas moribundas. Y esto lo sé yo, me decía al calor del brasero o en primavera por alguna vereda junto al río, y lo sabes tú y no lo sabe nadie más, así que no lo andes repitiendo.

Hubo una historia que me contó solo una vez. Tenía una amiga, una niña que solía andar sola por el pueblo, vestida siempre como las más pequeñas aunque les sacara tres cabezas y pareciera un gigante desgarbado en medio de los corros, sus zancadas siempre más largas pese a la torpeza, su risa sonora flotando por encima de las otras. Un día, me dijo ella, un día en el que la habían vestido de gala porque un fotógrafo iba a ir a tomarles un retrato a la escuela, para lo que le habían puesto un vestido reluciente que no tardó en mancharse, un día, de camino al colegio, se encontró con la amiga, que vagaba sin rumbo como de costumbre, y en parte porque ya sabía que la profesora la haría ponerse en la última fila para ocultar el lamparón, me dijo, y en parte porque en casa le esperaría una buena zurra, y en parte porque el cielo estaba despejado y había en el campo una agitación de primavera, decidió hacer rabona y quedarse con ella. Se alejaron primero de las casas, hacia el río, para no encontrarse con su madre, y por el camino vieron unos terneros albos, tan tiernos que trastabillaban todavía entre la hierba, topando contra la enorme barriga de las vacas, y vieron también ovejas recién nacidas, limpias como no volverían a estarlo nunca, con un balido endeble todavía, como el de un bebé enfermo. La amiga señalaba los animales y los llamaba con su media lengua y se empeñaba en saltar la cerca para ir a cogerlos como se empeñaba en meter los zapatos en los charcos, delicadamente, solo para observar sus pies sumergidos en el agua sucia, y ella tiraba de su mano, la agarraba por la rebeca clara, Vamos, vamos, cada vez más exasperada. Así, a trompicones, llegaron al puente, una construcción de piedra basta de la que hoy apenas queda rastro junto a la carretera nacional. El cauce estaba alto y bajaba con la fuerza de todos los riachuelos, de todas las fuentes que se habían despertado en la montaña, y se asomaron al pretil para observar esa serpiente líquida que pasaba bajo sus pies arrastrando madera muerta, cañas, moldeando a empellones las orillas, reordenando las piedras del fondo con un rumor grave, las dos niñas con la boca abierta brillante de saliva ante toda esa violencia centelleante que no podía ser sino la acción del dios que las castigaría si decían mentiras o masticaban la hostia consagrada, las manos sobre la piedra roja, el sol calentando sus nucas. Entonces, ella se encaramó ágilmente al pretil y, tras limpiarse las manos en el vestido, se las tendió a la amiga: Venga, sube. La amiga medía la distancia que las separaba de la corriente, la miraba a ella, negaba con la cabeza. Sube, dijo ella con una voz nueva, o le cuento a tu madre que te has subido. La amiga tomó sus manos y subió temblando toda como un gorrión mojado, susurrando oraciones para sí. Y ahora vamos, que hay que atravesarlo, ordenó ella mientras caminaba marcialmente hacia el punto más alto del arco del puente. La amiga la seguía a pasitos cortos, ella escuchaba tras de sí el crujir de sus pies sobre la piedra hasta que oyó un cambio de ritmo, un trastabille, y la amiga, de repente, ya no estaba. Pero a la niña no le pasó nada, me dijo encendiéndose un cigarro, porque vino un viento de la montaña tan fuerte tan fuerte que le infló las faldas como un globo y la levantó por los aires y la puso de nuevo en el pretil, sin un rasguño. Y luego: Así que ya sabes, tú al pretil no te subas así te lo diga un cura, así te lo diga una monja o así te lo diga tu madre, ¿estamos?

Los albañiles han preparado cuidadosamente el mortero en una palangana de plástico negro, han colocado uno a uno los ladrillos, despacio, mostrando su trabajo a los presentes, y han sellado el nicho con el mármol grabado, y aquí, junto a la escuela y bajo un sol de invierno, el níspero me ofrece unos frutos minúsculos y verdes que sé que estarán dulces, dulcísimos, más dulces que ningunos.

Llevamos un mundo nuevo en nuestros corazones

Visca la Confederasió Nasional del Traval, dice desde la tribuna un señor calvo con bigote, y yo grito Visca como si se me fuera el alma por la boca, porque es de lo poquito que he aprendido y habrá que lucirlo, pero también porque a estas alturas llevamos ya unas cuantas cervezas y el sol de julio me suelta el habla. Casi no llegamos a los discursos porque estaba el metro que no cabía un alfiler, y ya cerquita del parque, después de andar no sé cuánto tiempo desde el barrio, se veían coches y coches llenos de barbudos y melenas, y la gente parecía que se iba animando, se miraban a la cara desde detrás de los parabrisas como diciéndose ¿Irán estos al mitin?, ¿tienen estos cara de anarquistas?, y si la respuesta era que sí, pues se pitaban y se gritaban y sacaban las banderas rojinegras por las ventanillas como si alguien acabara de marcar gol. Que yo me pregunto que estos niños de dónde habrán sacado las banderas, si las tenían enterradas en los corrales o quiénes se las habrán hecho, que los compañeros muchas veces no se saben ni zurcir un calcetín ni freírse un huevo. Capaz que han puesto a las novias o a las madres con la Singer, porque desde que los del sindicato se enteraron de que coso, me han encargado lo menos veinte o treinta banderas, que si me dicen a mí que la revolución empieza cosiendo día y noche y noche y día, pues mira, ni me lo creo ni me apunto. Es que las compañeras nos dicen que no, me soltó uno poniéndome ojitos. Y muy bien que hacen las compañeras, le contesté, que las tenéis jartitas. Y también le dije Anda que si no fueras tan guapo te iba a coser yo nada, hijo mío, primero porque me gusta que se pongan coloraos, y segundo porque cada vez que un hombre piropea a otro es un triunfo del proletariado, que lo dice la Rafita cuando se pone militante.

Huele el aire a tabaco negro y a sal y a la fragancia que sube desde los sobacos de los compañeros y las compañeras, que nadie entiende lo de hacer un mitin a la solana de julio, un aroma agrio entre el que distingo el de Fernando, que se ha entreabierto ya la camisa blanca, todo hecho un pincel. Se lo he dicho esta mañana cuando lo he visto planchando: Niño, que pareciera que fueras a ver al papa de Roma, y me ha torcido el gesto y me ha dicho que casi casi, que yo no le doy importancia a las cosas, pero que esto es histórico, histórico, me ha dicho. Y yo, porque me pongo malo cada vez que me viene con esos aires solemnes de delegado, le he dicho que a ver qué clase de libertario era con tanta reverencia a la autoridad, que tiene el cartel del mitin en la mesilla de noche ya resobao, que casi ni se lee, y él me ha dicho no sé qué del respeto por la organización y por la autonomía obrera, pero yo sé que está nerviosito por ver al Piernavieja, porque es verdad que el muchacho es mono y se conoce que habla muy bien. Va llegando más y más gente, y Fernando aprovecha que nos empujan para arrimárseme, el calor de su pecho por debajo del calor del sol y del calor de la gente, un calor que reconocería yo hasta muerto, y el aftershave, porque Fernando es el anarquista más limpio de toda Barcelona, y esos ojillos chinos con esas pestañas largas, alumbrados de felicidad. Nuestra petición exigente de libertad para nuestros presos, dice todavía el calvo del bigote, que se ha agarrado al micrófono que parece que lo ha comprado él, es para todos los presos, sociales, políticos o comunes, y que nuestro grito llegue a todos ellos, derrumbando por unos instantes los muros de la Modelo y de todas las cárceles de España, y yo me digo: ¿No será el del bigote maricón, mentando la Modelo? Se lo pregunto a Fernando por lo bajini y me da un codazo, Que te crees que todo el mundo es maricón, me dice, no ves que allí hay de todo. De todo de todo, pero maricones hay unos cuantos, que a mí, con lo que me han contado, se me empiezan a erizar los vellos ya a la altura de la Plaza de España, que la Rampona y la Candela le dejan claro a quien quiera escuchar que no son solo palizas, no, que allí te hacen lo que quieren, tanto los guardias como los presos, buenos machotes ellos, y allí está ahora el chaval al que detuvieron el otro día, Oriol me parece que se llama, aunque digo yo que a este nos lo respetarán más porque por lo visto es médico. A mí, si me hubieran detenido entonces, casi que me hubiera merecido la pena, porque lo del otro día fue lo más bonito que he visto yo en mi vida. Fernando, el pobre mío, es un poco cagueta, aunque tiene mucha fuerza de voluntad y mucho sentido del deber, sobre todo cuando convoca el sindicato, y allí que nos plantamos en las Ramblas creyendo que íbamos a ser las cuatro de siempre, que en las manifestaciones nos llamamos por el nombre de pila. Pero mira, cuando llegamos, yo no me lo podía creer: miles y miles de personas, pero miles, que había señoras y todo con sus pendientes y sus moños, y en la cabecera mis niñas guapas, que alguno hizo el amago de decirles que se quitaran, pero anda que ellas no tienen el coño bien puesto ni na, y las niñas que si No somos maricones, que somos transexuales, y los otros que si No tenim por, y nosotros que si Abajo la ley de peligrosidad, y luego ya llegaron los palos, pero yo vi a Fernando con los ojos llorosos, mesándose la barba, que es lo que hace él cuando se emociona o cuando piensa o cuando se pone nervioso, y yo tenía una cosa luminosa en la garganta que no sé si era un grito o una risa, y pueden venir los golpes que quieran, pero a mí eso ya no me lo quita nadie. Estimados compañeros, suena en los altavoces. Ay, ay, la Monseñ, la Monseñ, Fernando, mírala, por favor, que es que es igualita a mi abuela Juana, con esas gafas de culo de vaso y esas hechuras. Las circunstancias han querido que este acto se celebre en esta montaña de Montjuic de trágico recuerdo, en esta montaña de Montjuic coronada por un castillo en donde tantos de nuestros compañeros y tantos hombres de izquierda han dado su vida por la libertad. Fernando, le digo, y él me chista, Fernando, que dice Montjuic como yo, con jota, que eres un listo, que si lo dice la Monseñ no estará tan mal dicho, y él se lleva los dedos a los labios y yo me callo, pero no porque quiera callarme, sino porque me embobo. El Gobierno Suárez reembolsará a los partidos políticos a razón de un millón de pesetas por diputado, y la verdad, compañeros, es que un millón de pesetas por diputado nos parece pagar muy cara la carne de diputado. Un millón de pesetas, por la Virgen, lo que hacía yo con un millón de pesetas, que a tomar por culo la obra con el sol y la lluvia en el cogote, y el coser por la noche para las travestis con los ojos chicos y calambres de pisar el pedal, yo con un millón de pesetas, no sé, me ponía a cantar y a tocar la guitarra, le compraba la casa del pueblo a mi madre, me iba de viaje a Francia. La Confederación Nacional del Trabajo no puede resignarse a ser un movimiento espiritual de simpatía, de grandes mítines, de grandes manifestaciones, la CNT ha de volver a ser una organización de sindicatos sólidamente constituidos. ¿Un millón de pesetas una puesta detrás de otra cuánto ocupa? Y si yo pusiera todo el dinero que ha visto mi familia entera, todas las perras chicas y todas las perras gordas, todas las monedas sucias de la huerta y la matanza, si yo lo pusiera todo junto, si lo pusiera en una sola habitación, ¿sería más o menos que un millón de pesetas? Fernando aplaude y yo aplaudo con él, porque la Monseñ a mí me gusta mucho, aunque por lo visto me interese regular. Le toca ahora a un señor muy mayor al que no se le escucha nada, y Fernando me tira de la manga, me tiende un quinto que no sé de dónde ha salido y me enciende un cigarro. ¿Y tú por qué no te presentas a delegado?, suelta, que se ve que ha estado con el roe roe. ¿Delegado de qué?, le contesto, ¿de los albañiles, de las costureras o de las mariquitas? De lo que tú quieras, que con lo bien que hablas... Uy, sí, divinamente hablo, le digo arreglándole el cuello de la camisa, alisándole una arruga, si yo no me apaño con todo el rollo ese de la voluntad obrera, qué sé yo de la voluntad obrera, Fernando, qué sé yo de la revolución social y de no sé qué. Pues lo mismo que todos, me contesta, solo que un poco más. Entonces alarga el brazo, las yemas de sus dedos se abren paso entre el aire caliente de la tarde y su mano se me posa en la mejilla. Eres el más listo, me dice, y el más bueno y el más libre, y a mí me flojean las piernas y se me seca la boca, pero solo le digo: Anda, Fernando, por favor, que se te suben las cervecitas. Un barbudo de la fila de alante me chista, Que no se escucha, hostias, pero lo dice con una mirada fangosa, con toda la boca llena de saliva. Pues si no se escucha, que hable más alto o te vas a ver al Carrillo, que ahí sí que está todo el mundo más callao que en misa, y el tío se vuelve y pienso Ya está, la hostia me la voy a llevar, pero por el altavoz suena: Piernavieja, delegado por la regional andaluza, que tan entrañablemente está unida a Cataluña. Fernando se arranca, pega un salto, nos separa, aplaude como un loco, se pone delante de mí para ver mejor, y el barbudo renuncia. El más listo y el más bueno y el más libre, le susurro al oído, pero el más guapo no, ¿eh? Un saludo libertario de parte de todos los confederales andaluces, dice el muchacho de la tribuna, con todas sus eses. ¿Seguro que es andaluz este, Fernando?, y él me agarra fuerte el muslo sin mirarme, solo para que me calle. La gente se arremolina, se apelotona, nos tironea, y yo me abrazo a su cintura ahora que nadie mira, me apoyo en su espalda, cierro los ojos y escucho lo que él escucha, las mismas palabras que flotan por encima de nuestras cabezas y nos retumban en el pecho de la misma forma. La CNT, que apoya esa libertad, a todos aquellos marginados, a los homosexuales, a los gitanos, a los minusválidos, a los pasotas, a los colgaos, a todo Cristo que está reprimido, el sonido atraviesa la carne de Fernando, resuena en sus huesos y recorre sus venas, La CNT hace extensiva la amnistía no solo a los presos que están dentro de las cárceles, la CNT pide la amnistía para el hombre, la sangre dura de Fernando, su piel limpia después de la ducha, la alegría que le brilla en la boca los domingos, La CNT pide la amnistía porque las cárceles no son los muros donde están los presos, las cárceles son la sociedad, la cárcel es la ciudad, los paseos por el Ensanche con Fernando, los festivos con Fernando contando las monedas para comprarnos chocolate y churros, Compañeros, para conseguir la amnistía no hay que sacar solo a los presos de la cárcel, tenemos que amnistiarnos nosotros, esta cintura y esta nuca y estas orejas y esta polla, estas manos vivas y aquí conmigo, esta tarde de julio y este cuerpo ancho, interminable, que nadie va a quitarme, este cuerpo con el que, lo juro por la tumba de mi abuela, no van a poder ni el tiempo ni la Modelo ni la ley de peligrosidad ni el hambre ni las siete plagas ni su puta madre, Y la única manera de amnistiarnos a nosotros mismos es acabar con la sociedad, es machacar al Estado y es acabar con el poder y la autoridad, acabar día a día con todo aquello que nos oprime, con todo aquello que nos está dando la paliza. Y si esto no es el mundo nuevo, pienso entre un estruendo de aplausos y de gritos, cuando el sol corona la cabeza de Fernando, que se gira y me besa con una boca húmeda y profunda, si esto no es el mundo nuevo, que baje Dios y lo vea.