Yago yasck - Pedro De Madrazo - E-Book

Yago yasck E-Book

Pedro De Madrazo

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Beschreibung

Yago Yasck (Yago Yasck) es un relato de terror del escritor italo-español Pedro de Madrazo, escrito en 1835.Se trata de un clasico de la literatura fantastica de nuestro idioma, con todos los vicios y maravillas de la narrativa mediterranea, tan poco afin a los espectros convencionales del norte.

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Veröffentlichungsjahr: 2017

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YAGO YASCK

Pedro de Madrazo

I

-¿De veras? ¿te lo ha dicho? - decía una máscara a otra en el chillón falsete de costumbre.

-Te repito que sí; adiós; creo que se acerca a nosotros. Ella me parece que es, mira allá, al fin, por entre aquel grupo último.

Ahora sale de aquel corro de irlandeses.

Adiós - y respondía ésta en el mismo tono.

-Pero hombre...es decir que puedo contar...

-¡Dale, señor machaca! -mirole el otro de pies a cabeza con desconfianza, e hizo ademán de alejarse.

-No es él - murmuró entre dientes, y volvió a examinarle.

-¡Ay! ¡qué divina! Dijo en su voz na-tural el primero mirando hacia donde el otro le había señalado.

-¡La trenza de oro!! - exclamó en tono melancólico.

-No es para usted, ¡silencio!!! - Pro-rrumpió el segundo con voz de trueno, y sus ojos grises chispearon como los de un lobo.

Esta última palabra, pronunciada de un modo tan enérgico, resonó sobre la gritería general de aquella inmensidad de enmascarados y el precipitado compás de una gallop ruidosa.

Paró la orquesta, las parejas se de-tuvieron instantáneamente cada una en el puesto que la casualidad le marcaba como a virtud de un choque galvánico, y sólo dos individuos rebozados en dominó negro fueron los únicos que en medio del general asombro se vieron deslizarse al través de los grupos fijos en el tablado, sin comprender nadie la causa de tan inesperada escena.

Cuando las comparsas volvieron a su algazara y movimiento y la música recobró su compás, un curioso fisonomista pudiera haber notado en los ojos de las hermosas, húmedos de placer, aunque encerrados en profana car-tulina y tafetán, de cuan distinto modo se retrata el alma en ellos embebida en los go-ces de la materia y más aun en la esperanza y en el deseo, que recordando lo que nunca en semejantes circunstancias suele entrete-ner la imaginación de los seres entremezcla-dos de ambos sexos -la existencia de otros seres que no habitan la tierra. Porque en efecto, aquella palabra, "¡Silencio!", pronunciada como acababa de serlo y con un acento tan poco común, más hablaba a un moribundo fluctuante entre la vida y la eternidad, que a un viviente rodeado de una atmósfera cargada de luz y de vapores, respirando el ambiente que mueve el perfumado cabello y toca la garganta y espalda de una mujer blanca, y se llena de frescura, la garganta y espalda e una morena andaluza, y se embal-sama de voluptuosidad!

II

La noche era fría - la calle blanquea-da con la nieve, alumbrada por la luna de enero, presentaba un cuadro triste pero dulce y sereno.

-Paraje a propósito para una danza de íncubos, flotando silenciosos por el aire y saltando de un tejado en otro tejado. La calma que con la soledad en él reinaba era alguna que otra vez interrumpida por los ecos de una música lejana. El mismo efecto hacían que el melancólico canto de coro de una de nuestras inmensas catedrales, escuchado desde una recóndita capilla a la mustia claridad de sus altas y pintadas vidrieras, y al pie de un lecho de mármol donde reposa su antiguo funda-dor. Aquel paraje hablaba más al misterio que a otra cosa; representaba el sueño tran-quilo de una virgen de 13 años, alterado por los delirios que la arrastran a la adivinación de unas intrigas que no conoce - cree acor-darse de lo que nunca vio -porque lo profetiza como profetiza la inocencia; aun no la ha dicho el mundo "sé que estás ahí" y se presenta dormida en los banquetes, rodeada de jó-

venes hermosos, de risas y palabras de amor; y mientras su sombra recorre por los placeres siente en su corazón latir cada uno de los acentos del que la seduce, y le parece recoger en sus entreabiertos labios rojos el beso de un hombre que se le representa co-mo un ángel del amor.

¡Pobre niña!! ¡ Si después de despertar te arrebatan el lúbrico bálsamo de tus sueños, y te arrojan a merced del oro, y te sumergen en un enfermizo tugurio entre los brazos de una vieja ponzoñosa!!

Sonó un reloj las 12. El teatro de la Cruz arrojaba por sus puertas de cuando en cuando, a la manera de un gastrónomo ya repleto que repudia a veces un manjar deli-cado, algunos individuos para recibir los que nuevamente llegaban.

A la luz de la luna se miraban unos a otros. Había allí rostros encendidos, llenos de esperanza; los había también pálidos y sombríos, con todas las señales de un desconten-to sumo. Pero no faltaba algún calmoso que se reía de las agudezas del que marchaba adelante, llevándosele a su mujer y a su hija mayor agarradas cada una a su brazo. Ni faltó un impúbero que corrió delante de su padre gritando "¡ladrones!", por no exponerse a la humillación de verse abofeteado en pú-

blico por el anciano que lo cogió fumando y requebrando a una mujerzuela...

Inútil juzgamos manifestar a los lec-tores un ejemplo de la confusa algarabía de entrantes y sali [...]