Yefler - Facundo Martín Scheffler - E-Book
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Beschreibung

¿Pensaste alguna vez que tu cordura estaba pendiendo de un fino hilo lógico? ¿Qué tu cabeza te acercaba situaciones increíbles? ¿Qué la palabra justa aparecía después de que todo había sucedido? ¿Qué tus pensamientos no frenaban nunca? ¿O tal vez te pasó de pronto encontrarte vagando por algunos recovecos mentales demasiado profundos? En estos cuentos, no se busca responder ninguna de estas preguntas, sino más bien se topan con ellas para crear ficciones por demás interesantes. En esta recopilación que va desde el 2009 al 2021 se encuentran relatos muy dinámicos, con el particular propósito de entretener y reflexionar sobre nosotros mismos.

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Seitenzahl: 249

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Scheffler, Facundo Martín

Yefler : primeros cuentos y relatos / Facundo Martín Scheffler. - 1a ed - Córdoba : Tinta Libre, 2022.

194 p. ; 22 x 14 cm.

ISBN 978-987-817-036-7

1. Antología de Cuentos. I. Título.

CDD A863

Los hechos y los personajes que se involucran en esta novela son completamente ficticios. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2022. Scheffler, Facundo Martín

© 2022. Tinta Libre Ediciones

Primeros cuentos y relatos

Yefler

Índice

Mixtura cromática

El mundo no es color de rosa. Pero ahí está ella, mirándola entrar al baño. Desnuda como ninfa que se acerca a su manantial para refrescarse. Para reflejarse, en realidad, en la superficie adecuada y recordar sus propios labios, su respingada nariz, sus ojos achinados, su propia belleza y esa inocencia peligrosa con la que les gusta jugar. Igual que Julia que entra al baño, sabiendo perfectamente que la otra, todavía en la cama, le clava la mirada en la cintura. La puerta del baño se cierra.

El color rosa se siente en el medio del pecho. Pero tiene tanta carga que es necesario alivianarlo con un suspiro. Por eso, Micaela, entre sábanas, suspira con esa mezcla de alegría y de excitación. Mira el techo y siente el perfume de Julia en la almohada. Perfume dulce que contrasta perfectamente con la personalidad de la portadora. Hermoso juego macabro que Micaela reconoce como favorito. Siente todavía los dedos mojados, la transpiración en la frente y en el cuello, las piernas muy cansadas, un poco de frío y se escucha la canilla del baño.

En el baño, el mundo no es color de rosa. Es más bien blanco. Blanco como una luz potente que enceguece. Como un flash de cámara antiguo, con sonido y perpetuidad. Porque Julia pestañea, pero no puede apartar ese color de sí. Se mira los ojos achinados y los ve saltando de uno a otro. No puede mantener la mirada. Se centra en su nariz respingada y cómo Mica le besó la punta en señal de cariño. Cariño amable, bello, perfecto y violeta. Observa su boca con el rouge corrido, sonríe apenas por recordar los lugares que exploraron sus labios. Pero la sonrisa dura poco, empieza a temblar como quien pasa de un violeta a un amarillo. De un cariño y una ternura a una señal de alarma. A un temblequeo de los labios que muestran los dientes por detrás. Apenas puede observar los incisivos muertos de miedo. Abre la canilla y decide cerrar la boca con fuerza, como las dos acordaron hacer hace ocho meses, cuando la amistad fue a más.

Micaela se tapa aparatosa y torpemente. Una pierna le queda colgada de la cama y en ese tobillo se mantiene suspendida su tanga celeste. Sonríe mirando el techo, mientras piensa en el pletórico paralelismo de esa suspensión con la tensión entre ellas antes de entrar a su casa. Como siempre, después de que se dieron dos vueltas a la llave en la puerta de entrada, los besos se acercaron con la misma naturalidad que un súcubo se acerca a un hombre para quitarle toda su energía vital. Y la respiración de Julia se meció sobre el cuello de Mica. Y Mica no pudo ni colgar su llave en el llavero. Y las caricias fueron urgentes, la batalla de las bocas se disparó, los ojos se cerraron para sentir el cuerpo vibrar. Para flotar de una vez y por todas. Levitando hasta la cama, con tropezones que no se sienten, con vaivenes que se asemejan a una danza, como nubes moviéndose en el cielo celeste.

Se cierra la canilla y Julia se sienta en el inodoro. Mueve sus dedos de los pies y se identifica con el color rojo de sus uñas. El color rojo es avasallador, siente molestias en la punta de los pies, pero más que nada en las manos. Vuelve a torcer la boca, aunque no se da cuenta. Así como también aprieta un poco los dientes para contener la fuerza de semejante color. Que poco a poco sube hasta sus hombros y los tensa. Sube hasta su cuello y la angustia. Sube hasta su cabeza y la inunda el recuerdo de Micaela, pidiéndole que no le cuente a nadie estos encuentros. El color rojo golpea desde adentro, desde el mismísimo cráneo. Necesita inspirar y exhalar largamente. Antes de levantarse, incluso, del inodoro. Cierra los ojos para concentrarse y cree ver cómo el aire entra, pero sale completamente rojo. Una vez más: el aire entra, y sale apenas rojo. Otra vez: el aire entra, y sale naranja. Comienza la calma y el control. El aire entra y sale naranja, nuevamente. De nuevo: El aire entra y sale naranja suave. Último: el aire entra, pero sale amarillo. Amarillo fuerte. Julia está calmada, pero alerta. No aprieta ya los dientes. Tira la cadena, se lava las manos y se mira al espejo.

En la otra punta de la cosmogonía del universo está Micaela. Casi cayéndose de sueño. Dejándose arropar por el fragor de los esfuerzos realizados. Humeando, si se quiere, como la fogata que se apaga de golpe con un balde de agua. Fogata enorme que conmocionó toda la noche, pero que ahora, al despertar, hay que apagar. Pero siempre quedan los restos de esa fogata vaporizándose sobre su cama. Se lo atribuye a la tensión sexual celeste entre ellas. Se lo atribuye al secreto compartido y confirmado entre ellas. Se lo atribuye al deseo prohibido de mirar con lujuria a la otra en una reunión familiar. Se lo atribuye a los ochos meses de morderse los labios cuando un hombre se acerca y no poder decirle la verdad. ¿Por qué? Porque se reirían. Porque la descalificarían. Porque, y ella está convencida, sus amigos la mirarían de otra forma. Porque sus padres la volverían loca, tras mandarla tantos años a una escuela de monjas. Tantos chistes sobre el día que esté embarazada. Tantas ilusiones que se les romperían al no encontrar al príncipe azul que ellos esperan. Son sus padres en lo último que piensa al cerrar los ojos. El príncipe azul es azul porque está muerto. No existe. Está asfixiado de presiones y lo que debería ser. Micaela no quiere príncipes y mucho menos azules. Prefiere a esta Julia que agarra el picaporte de la puerta del baño con sonido chirriante. Con los ojos cerrados la escucha acercarse y no puede percibir otra cosa que no sea la calidez del verde abrazo que recibe. Verde delicado y amoroso que no la deja dormir aunque quiera.

Después de unas sonrisas, abre los ojos y observa a su sirena Juli penetrarla con la mirada para decirle:

—Se lo conté a todos. Ya no aguantaba más. —Micaela arquea las cejas y puede ver que el mundo no es color de rosa. Es, en este momento, más bien negro opaco: duro, tosco, doloroso, infiel. O quizá todos los colores a la vez. O quizá ninguno.

(2020)

Santa sepultura

Las preguntas se agolpan en su frente mientras espera en Carranza el tren que va a Suárez. Francisco es cualquier muchacho que vive en Gran Buenos Aires y lleva consigo una guitarra criolla enfundada. Tiene veintitrés años, no vive con sus padres, a los que cada tanto quiere. Tiene su trabajo hace un buen tiempo ya y estudia Economía en la Universidad. Tuvo algunos traspiés, así que todavía no se ha decidido por elegir la carrera de contador o de actuario. Nunca quiso presentar a sus padres ninguna de sus compañeras. Se empezaba a preguntar por qué e intuía falsamente que se debía a cómo veía él a las mujeres, o quizá a sus padres; o tal vez a su relación con las mujeres; o mejor: a él como novio.

Las respuestas no llegan (aún) y cada minuto que pasa se da más lástima a sí mismo. Mira el andén con cierto desgano y observa los bancos rotos, la luz titilante, los baldosones de cemento algo agrietados, cestos de basura destartalados. A lo lejos, a un lado, la boletería desierta. Al otro lado, al fondo, observa el cúmulo de sombras amontonadas como pilas de basura, tal vez otro cesto, pero solo el contorno. Son sombras por momentos amorfas e irregulares. Pero tras observar tanto, no se escapa de sus preguntas, que sumadas al romanticismo de la noche solitaria, lo llevan a considerar la cursilería de que quizá “amar no es más que querer hacer bien a otro, y querer que Ese Otro le haga bien a uno”. “La última parte siempre la olvidan”, se dice a sí mismo.

Ni siquiera tiene el agrado de contar sus hazañas a nadie, como afirma Ferrantes acerca del “Segundo Orgasmo”. Evita contar mucho, y aunque varios piensen que es por el miedo al qué dirán o a que encuentren algo en su relato que él no percibió, en medio del andén entiende que es porque simplemente no quiere involucrarse. Por lo que sus relaciones son exageradamente ocasionales. No es que no le guste estar con gente, simplemente lo vive como algo mecánico. El día que le comentó esto a un amigo, se encontró con una respuesta de risa descontrolada y acusaciones de lo más disparatadas. «Perdí el tiempo», se dice al recordar ese momento, y el pánico empieza a asomar, cuando se pregunta si toda su vida no es más que una pérdida de tiempo…

Está convencido (o empieza a estar) de que su vida es, en efecto, una pérdida de tiempo. Siempre con el mismo trabajo, un trabajo que poco se relaciona con sus estudios, con sus intereses. Un trabajo que no ofrece oportunidades de superación. La paga no es desorbitante, pero le sirve para costear el alquiler del departamento, los libros de la facultad y las clases de guitarra (las cuales ama desde que empezó hace siete años) y, por lo que sea, el dinero que sobra no lo utiliza para salir, sino que lo guarda para un futuro. Un futuro que cada vez está más lejos.

Mientras se va el tren de Carranza con destino a Mitre, comienza a resumir todos los proyectos que tuvo para ese dinero que se acumula de a poco en una caja bajo de su cama. Recuerda las ganas que tenía, apenas se había mudado, de cambiar por completo el estilo y el ambiente de su actual departamento, su primer lugar propio. Conforme fueron pasando las semanas, se fue acostumbrando a ese ambiente gris y ya no pudo transformarlo en nada más; de hecho, y paradójicamente, el ambiente lo transformó a él. Fuerte frase que hace que su mundo, completo, se detenga. Porque a comienzos de la mudanza, miraba las paredes y las imaginaba con cuadros pop-art, histriónicos, luminosos, fuertes, esperanzadores. Pero quedaron blancas, algo manchadas, con una luz mal puesta que no suele prender porque da un aspecto muy lúgubre al living. Pestañea y observa cómo creía que el cuarto iba a tener su placard con la ropa acomodada: De este lado para salir, de este lado para ir a la Facultad, y por acá pondré lo de siempre. Nada más lejos de la realidad. El placard se convirtió en una acumulación inconexa de ropa. Que a duras penas sabe lo que tiene. Cada vez que se acuesta mira con recelo las puertas de ese placard, porque ni siquiera cierran. Y le confiere al cuarto la certeza de desprolijidad. O las macetas en el balcón, llenas de tierra que alguna vez tuvieron la ilusión de hacer crecer alguna planta colorida. Y ahora se cuestiona cómo ha llegado a ser el triste personaje que es hoy. Para no deprimirse aún más se obliga a repasar los planes que le prometía a aquel dinero ahorrado y nunca concretó, que quizá ahora pueda retomar:

Cambio de sillones, un televisor más grande, una notebook buena, una cama de una plaza y media, ¡o quizá de dos! Un coche… ¿Cómo olvidar las ganas que tenía de comprar un coche? Cuando era chico soñaba con un Audi en particular, color azul mate si era posible. Mientras fue creciendo el color dejó de ser importante. Casi a los dieciocho años y mientras esperaba ver qué regalo de cumpleaños le tenían preparado sus padres, se convenció de que el primer coche podría ser un Fiat 600, un fitito medio pelo, o cualquiera algo destartalado. Pero, aunque no lo esperaba como regalo, toda ilusión se deshilvanó cuando descubrió que el regalo de cumpleaños de sus amorosos padres era una bicicleta usada, recién pintada y con mal funcionamiento de los frenos. No reprocha a los padres ese regalo, de a poco se culpa a sí mismo por esperar que los padres tuvieran que cumplir su estúpido capricho. Pero otra vez la desolación se sienta a su lado junto con el frío cortante de Buenos Aires en una estación curiosa.

Casi las once de la noche y no tiene ganas de volver. No tiene ganas de encerrarse otra vez en esa casa tan difusa entre lo que es y lo que esperaba ser. Se siente solo pero principalmente libre. Y de esa zona no quiere salir. Camina de la pared al borde del andén, con su guitarra a la espalda. Va y viene, se mueve para mantener el cuerpo caliente y no solo la cabeza. Se mueve, también, para no ser como los niños pequeños que esperan en la puerta del colegio a que su mamá los pase a buscar. Inspira y exhala varias veces, para cerciorarse que sigue en el andén esperando el tren que va a Suárez. La idea de pasividad un poco le asusta y por eso se mueve. Va y viene. Levanta la mirada ya sin tanta resignación y en su lugar hay un principio de furia. Le molesta mucho pensar que fue tan pasivo en su vida, que ha sido tan mecánico, tan “esperablemente bueno”. Mira sin ver el gomero frondoso que hay frente a la estación. “Estereotipado”, como si su vida ya hubiese sido vivida una y miles de veces por otros actores. Aprieta los dientes. No quiere más sentir lástima por sí mismo, o por no haber hecho lo que querría haber hecho. No quiere tener que cuidar más a ese pequeño que es él mismo. No quiere. Y deja apoyada en la pared a su guitarra, que le daun tiempo para estar solo. A simples cuatro pasos, al borde del andén.

Mira las vías y el tren de enfrente que va para Retiro asoma su ruido desde lejos. Por primera vez su cabeza deja de soltar frases, preguntas y dudas. Por primera vez se sostiene estoico ante una certeza. Los baldosones bajo sus pies vibran mientras se acerca el tren. Francisco está parado peligrosamente en el borde del andén. No quiere ser más el triste personaje que es. Le molesta la cantidad de pensamientos que lo atosigan cuando la noche es clara y calma. Se angustia por el tiempo que le lleva intentar responder preguntas sin respuestas. Y entonces se ve saltando con fuerzas para llegar a las vías del tren que va a Retiro. Se ve moviendo los brazos y sintiendo la luz abrazadora de un tren enorme llegando hasta su figura. Siente la sensación de estar en el aire, pero sigue parado, inmutable, al borde. Ciertamente ve cómo él mismo (o parte de él) llega a las vías y es arrollado por ese tren que pasa por enfrente con violencia y rapidez. Imagina el chirriante sonido de los frenos, el crujir de todos sus propios huesos destruidos debajo de la formación. Escucha gritos antes que termine de pasar el primer vagón y al ver que en verdad no hay nadie, le da a esa parte de sí que Él mismo arrojó, un triste momento de silencio.

Francisco ha muerto, pero sigue parado al borde del andén. Se le impone no volver a traer a ese que falleció, acto seguido va hasta su guitarra y antes de tomarla sonríe corto y firme. Se mueve por el espacio con cierta seguridad como nunca antes tuvo. Está en paz, en un estado de tranquilidad y por sobre todas las cosas, se siente dueño de sí. Presiente que se acerca una imperiosa decisión que tendrá que tomar. La guitarra al hombro golpea su espalda como felicitándolo y con cada golpe él sonríe un poco más, mirándose el pecho, sintiéndose orgulloso de aquel acto de valentía.

A lo lejos se ve la luz de un tren que se acerca hacia su andén, supone que ese es el que debe tomar. Pero se equivoca. Es un tren de carga, exageradamente largo con containers interminables. No sabe qué transportan, solo sabe que de seguro este no iría hasta su casa, su destino. Y entiende que es precisamente lo que él necesita: no ir otra vez a su propio destino, pues no quiere terminar como ese desconocido que imaginariamente pereció en las vías. Por lo que se percata de que en muchos vagones hay un espacio interesante en el cual un hombre podría caber. Los vagones de carga pasan y como copias exactas muestran que los containers no los ocupan por completo. El espacio invita (una y otra vez) a que salte y se relaje junto a su guitarra. Está indeciso. Sus palabras ahora son no lo lograrás, es muy riesgoso. Tiene miedo de fallar, tiene miedo de no estar lo suficientemente involucrado como para imprimirle a sus piernas las fuerzas necesarias. Tiene miedo, como siempre y se obliga a cerrar los ojos, mientras que por automatismo comienza a contar…

Un, dos, tres. Salta sin pensar, más de lo que ya piensa: las imágenes de aventuras se le antojan sabrosas. Antes de lograr exitosamente su salto, recuerda a sus padres, ellos quizá se preocupen. Lo lamenta por ellos, pero antes de todo está él. En el aire comprende que no puede renunciar por culpa o por el deber ser. Lamenta todo, pero cae sobre uno de esos vagones, la guitarra hace un ruido estrepitoso. Él se encuentra bien. La consuela, la acaricia, la despoja de su funda y con suavidad reconoce que no tiene ninguna falla. El tren va pasando por la estación de Carranza y lleva consigo al chofer y a Francisco que luego de afinar la guitarra mira cómo la estación muy, pero muy de a poco se aleja de él. Con alegres arpegios despide las luces de Carranza, el gomero de enfrente, los asientos rotos, las baldosas flojas, la franja amarilla donde estuvo parado mientras nacía este que saltó. Y al final las sombras y siluetas amorfas que creyó basura, no son más que un muchacho cualquiera que llora con mucha profundidad. Llora con su guitarra al hombro enfundada, aunque escuche unos arpegios perfectos de felicidad desde quién sabe dónde. Llora porque a ese Francisco que se va en el tren no lo va a ver nunca más. Él mismo no puede saltar sobre un tren en movimiento. Llora porque su casa gris, sus padres, su Carrera en Económicas, sus amigos, sus dudas lo esperan.

Ahora en su frente se agolpan las preguntas sobre el valor, porque sabe que no lo tiene. Solamente le queda llorar, porque sigue solo en el andén como durante toda la noche, esperando el tren que va a Suárez.

(2009)

Café y té

Un joven sostiene en el aire una taza de café delante de su boca. Aprieta los dientes mientras la muchacha está al otro lado de su mesita redonda. Ella mira el anillo de compromiso de su dedo anular, juega un poco con él, mientras el humo de su té se evapora y se mueve por la pequeña brisa del invierno apenas cálido.

La mesa de vidrio con soportes de hierro blanco, está situada entre la pareja. Oficia de estrado para que uno hable y el otro escuche. El joven acerca su boca al café y la retira instantáneamente cerrando apenas los ojos. La mujer abre la boca como para decir algunas palabras. No dice nada. Escucha cómo la cucharita revuelve el café haciendo un sonido titilante, en discordancia con la paz que sobrevuela en toda la plaza. Enfrente el té, donde entra y sale un saquito mojado, sostenido por una leve mano con las uñas recién esculpidas. El lago muy calmado, sin botes a pedal que rompan el ambiente. El verde del pasto apenas se mueve con la leve brisa que se vuelve a hacer presente. Los árboles a mediana y larga distancia tienen cierta similitud con La Grenouillere de Renoir, pero sin la gente. Porque no hay nadie en el paisaje del fondo. Ni siquiera los usuales niños madrugadores que se acercan al lago por el muelle para tirar piedritas, mirar los patos, amagar con tirarse al agua.

Suena un piano de fondo. Muy de fondo. Desde el parlante externo del bar que acostumbran. La muchacha observa las otras mesas desoladas, tiembla apenas y busca su abrigo en el respaldo para ponérselo sobre los hombros. El joven la mira fijo, vuelve a apretar los labios y levanta las cejas. Se le arruga un poco la frente. La chica hace ademanes y balbucea algo inentendible. El joven mira el lago con una mano en la taza. Una lágrima rueda por su ojo derecho. La muchacha se abalanza lentamente sobre la mesita. Le seca la lágrima con el dedo anular y sonríe con los hombros levantados. Con las cejas arqueadas. Con los ojos clavados en los ojos de él. Mirada que no se corresponde rápidamente. Cuando el dedo pulgar alcanza su mejilla, primero él cierra los ojos. Luego levanta una mano, pero la detiene al pasar la superficie de la mesa que sostiene su café. Cuando la muchacha vuelve a su lugar, golpea suavemente con el codo la mesa, y el té se rebalsa, mojando el platito y un poco el vidrio de la mesa. Ríen inmediatamente. Ella levanta el té con una mano y el plato con la otra. El joven dispone algunas servilletas en la mesa mientras menea la cabeza. Por el vidrio mira la panza plana de la muchacha. Clava su mirada allí, y retrocede los brazos muy lentamente.

Cuando el platito y el té son dejados en la mesa, la muchacha suspira. Observa la mueca de sonrisa del joven y le dice tres palabras para que el joven aumente su sonrisa hasta tapar los ojos con las mejillas. Con la frente marcada y con los hombros levantados hasta las orejas. Con todo, las lágrimas caen con fuerza a la mesa y al café. Exhala con mucha fuerza porque la muchacha le acaba de decir en un tono muy suave: “Es una nena”.

(2020)

El primer caso del purgatorio

Cuando me morí, escuché una historia que se me quedó guardada en la memoria. No terminé de llegar a la luz o donde sea. Me desperté con una bocanada de aire, tosiendo mar, en la costa de la misma playa donde había ido de vacaciones con toda la familia. Según los paramédicos, estuve muerto por casi cinco minutos. Cuando me recuperé, no le conté a nadie la historia. Simplemente la anoté tal como la recordaba y me puse a investigar durante meses, años, décadas para poder llegar a dar una explicación.

Es sabido que para apreciar bien una historia, hay que leer entre líneas. Conocer sus conceptos y el contexto socio-cultural de sus tiempos. Investigar esta historia en particular, ocupó gran parte de mi vida. Aprendí lenguas muertas, entré en templos olvidados y leí libros prohibidos. Tuve que interpretar textos que si bien no hablan del Cielo y el Infierno (o de Dios y el Diablo), lo hacen indirectamente. Explicaré estos pasajes a modo didáctico, pero no son tan lineales como pueden parecer. La intención no es otra que aclarar y completar aquella historia que hoy transcribo. Que está íntimamente ligada al Purgatorio.

Sucede que cuando el Purgatorio se inauguró (varios Mundos atrás), no funcionaba como un espacio de tránsito para purificar el alma. Era, en cambio, un lugar donde se juzgaba si el alma debía ir al Cielo o al Infierno.

Obviamente al principio el Purgatorio siempre conducía al Infierno por una simple lógica: no existe, ni ha existido nunca, hombre que no tenga pecados. Frase traducida de un Haikú chino. Lo que llevó a una conclusión interesante. Si algún alma llegaba al Purgatorio y subía al Cielo, era exactamente porque no era humana. Se desprendió, entonces, que el Purgatorio, en definitiva, carecía de utilidad. Pero antes de esto, en el Primer Mundo, que duró 298 miles de millones de años, no existía el Purgatorio. Y dicen las escrituras privadas de Kong Ba, que las almas estaban en fila en el más allá. Creando infinitas colas de espera, donde cada uno sostenía su última forma humana esperando que le indiquen si debía ir al Cielo o al Infierno. Fue una catástrofe. Al ser tantas, no eran juzgadas como debían, tanto el Diablo como Dios se las terminaban debatiendo de las formas más infantiles. Llegaron al punto de tironear un alma, gritándose justificativos como “Yo la vi primero”, “Este tiene cara de bueno”, “Ahora toca dos por uno” o, en su mayoría, antes de hartarse, Dios decía: “pero ya tenés mucha gente, dejame subir alguno también”.

Según las enseñanzas clandestinas de Tales de Mileto, el primer Mundo fue caótico en ese sentido, pero a nivel terrenal fue igual que el nuestro. Tuvo dinosaurios, tuvo todas las eras que conocemos, tuvo el mismo presente que tenemos ahora y el futuro que va a venir (puesto que duró 298 miles de millones de años). Pero se destruyó simplemente porque no había organización en “el más allá”. Dios y el Diablo discutían casi permanentemente como lo hacen las parejas de ancianos que no tienen otro remedio más que soportarse. Después de destruir todo lo conocido, decidieron inaugurar una instancia para poder poner orden a los ingresos de las almas de las personas del segundo Mundo. Fue, sinceramente, una genial idea burocrática que tuvo el Diablo, según los cantos de ciertos sectores del heidindómr. Dicen que el Diablo se daba cuenta de que muchas almas subían al Cielo sin más y recibían beneficios que no merecían, así como torturaba a otros sin un sentido claro. Durante el segundo Mundo, que duró un poco más de 200 miles de millones de años, el Purgatorio ya era un lugar (o momento) en donde el Diablo decidía el fin de las almas. Dicen las malas lenguas que pidió expresamente tenerlo a cargo. Consideraba (y así le hizo creer a Dios) que él era el indicado para saber quién en verdad merecería entrar a los confines del Infierno y quién debía pasar al Cielo, por solo pecar de “tonterías”.

Hay una piedra con escritura Silabario Epi-olmeca, que afirma que el Primer Purgatorio, en ese Mundo, era un espacio sin horizontes, ni divisiones en ninguna parte. Era simplemente un espacio en blanco. Cuando llegabas, el Diablo te recibía. Te escuchaba con total atención. Eventualmente evaluaba si eras digno de entrar al Cielo o al Infierno. En estos registros se afirma que él evaluaba cada una de las almas. Aparentemente, el primer caso llegó con un mercader o mejor dicho un alma que sostenía su última forma que era un mercader de época. La historia que escuché cuando me morí, provino desde sus propias fauces. Algunos hallazgos como los que se encuentran en Bezuapan, dan a pensar que no era un alma propiamente dicha. Quizá haya un mensaje entre líneas que es mejor dejar a cada lector. En fin, a modo de simplificación, el primer caso del Purgatorio fue un simple comerciante que, sin saberlo, tuvo que quedarse ahí a un costado, mientras el Diablo hacía lo suyo con los que llegaban después. El comerciante —que según las escrituras del Jainismo (teología repleta de jerarquizaciones), jamás pronunciaba su nombre— se encargaba de escoltarte hasta donde el Diablo hubiera decidido. Que, como anticipé, para esos entonces era siempre el Infierno.

Para el Tercer Mundo, el comerciante empezó a hablar. Que el mercader hablara era algo que ni a Dios, ni al Diablo le preocupaban, según la leyenda, ellos tenían cosas más importantes de las que ocuparse. Entonces el mercader, escoltaba a otras almas y contaba una historia. Pude corroborar en las Islas de Pascuas, que los Rapanui tienen una leyenda idéntica a la historia que escuché yo y que aquí transcribiré. Una historia repetitiva, con ningún cambio sustancial. Una historia que se cuenta a cada alma que acompaña, vaya a donde vaya. Recién para el Cuarto o Quinto Mundo, coincidieron en que el Purgatorio debía ser: un lugar donde las pequeñas manchas del alma fueran sanadas de diferentes formas. El mismo Diablo decidía cómo y por ende, se subía al Cielo con total pureza. A aquellos con almas imposibles de purificar, se los destinaba al Infierno hasta nuevo aviso. Dicho mecanismo está muy bien explicado en el Liber Linteus, escrito completamente en etrusco. Se dice que aquel Mundo duró 185 millones de años. Y que luego de esta decisión, a Dios y al Diablo solo les quedaba enfocarse en perfeccionar el lugar.

Para el Séptimo u Octavo Mundo, Dios pidió que el Purgatorio se adapte al gusto del recién llegado. Existen cantos en piedra que detallan que el Diablo, para satisfacer a Dios, le dio poderes al Purgatorio. Le otorgó el tiempo infinito: una suerte de momento que escapaba a las lógicas temporales. Es decir, solo el Diablo (quien juzgaba) y el juzgado (un alma con la forma de su cuerpo recién fallecido) continuaban con sus argumentos hasta dirimirlos. Luego, el comerciante entraba en acción y conducía al demandado. Él no era parte de la discusión. Otro poder fue la multiplicación, el Purgatorio dividía simultáneamente al Diablo, como lo hacen los protozoos, teniéndolo en varios lugares a la vez. De esa manera acortaban la hilera que nunca se detenía, pero por una cuestión lógica de vigilancia, el Diablo traspasó también ese poder al comerciante, para que lo acompañase siempre y así no perderlo nunca de vista.

En la mitología bantú, se expone que Dios también aportó algunos poderes al Purgatorio. El más interesante, quizá, era que ningún alma podía mentir toda vez que estuvieran en ese encuentro. Porque, hay que decirlo, llegó un momento en donde no todas las almas pasaban por allí. Pero las que lo hacían, se defendían ante el Diablo sin poder mentirle. Esto hacía que el Diablo fuera el último en dar realmente el dictamen. Como bien se describen en algunos tatuajes tribales maorís, “el Diablo se viste de burócrata”. Se dice que ese fue realmente el motivo por el cual se disolvió el Purgatorio, se extendió con esa modalidad hasta el Décimo Mundo. Aquel duró aproximadamente 38 mil millones de años.