Yeguas exhaustas - Bibiana Collado Cabrera - E-Book

Yeguas exhaustas E-Book

Bibiana Collado Cabrera

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Beschreibung

Una madre, con los dedos rígidos de triar naranjas en un almacén y limpiar pisos de vacaciones de otros. Una hija, también con los dedos rígidos, pero de teclear papers, tesis y mil trabajos académicos. Y algo que no encaja. La sensación de que debería estar pasando algo que nunca llega a pasar. Este libro nos presenta un rosario de mujeres extenuadas. La falsa promesa del trabajo duro se hace añicos entre estas páginas mientras suenan Camela o Estopa. Yeguas exhaustas es la historia de una hija que tiene una relación de pareja dañina, que piensa en las heridas del cuerpo, en las tremendas diferencias de clase y sus implicaciones, en el clasismo del «mundo de la cultura», en el acceso al mercado laboral, en la endogamia universitaria y sus laberintos… en definitiva, en el averiado ascensor social. Esta novela trata de manera certera el paso del siglo xx al xxi en España a través de la propia experiencia: «Me exploro, investigo, reinterpreto pedazos de vida. Juego y cuestiono. Busco causas. Busco alivio. Busco cómplices». Y sin duda los encuentra. En Yeguas exhaustas Bibiana Collado Cabrera nos lleva a situaciones vividas y sentidas como individuales que en realidad son colectivas. Tan bien contadas, tan reales, que por momentos se nos olvida que estamos ante una novela.

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Veröffentlichungsjahr: 2024

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BIBIANA COLLADO CABRERA nació en Borriana, Castelló de la Plana, en 1985. Licenciada en Filología Hispánica y doctora en Literatura Hispanoamericana. En la actualidad es profesora de Lengua y Literatura.

En el ámbito de la escritura poética ha obtenido numerosos reconocimientos por sus libros Como si nunca antes (Pre-Textos); El recelo del agua (Rialp); y Certeza del colapso (Ediciones Complutense). Su último poemario, Violencia (La Bella Varsovia), se ha reimpreso en varias ocasiones.

Yeguas exhaustas es su primera novela.

Yeguas exhaustas

BIBIANA COLLADO CABRERA

Yeguas exhaustas

 

 

 

Pepitas de calabaza s. l.

Apartado de correos n.0 40

26080 Logroño (La Rioja, Spain)

[email protected]

www.pepitas.net

© Bibiana Collado Cabrera

© De la presente edición, Pepitas ed.

Cubierta: Anónima

ISBN: 978-84-18998-62-1

Producción del ePub: booqlab

Primera edición, febrero de 2023

ÍNDICE

1. De las dificultades para subir a un autobús

2. De cuando escuché por primera vez citar a Foucault y escribí en mis apuntes Fucó

3. De por qué empecé a escuchar Camela para que mi madre me quisiera (primera parte)

4. De por qué empecé a escuchar Camela para que mi madre me quisiera (segunda parte)

5. De por qué tengo miedo a mis alumnas (primera parte)

6. De por qué tengo miedo a mis alumnas (segunda parte)

INCISO I

7. De cuando la hija de andaluces quiso dar clase de catalán en una universidad extranjera

INCISO II

8. De cuando leí incestos en lugar de insectos (primera parte)

INCISO III

9. De cuando leí incestos en lugar de insectos (segunda parte)

INCISO IV

10. De cuando estalló el entusiasmo y yo freía croquetas

REMATE

 

 

 

 

«Yo estaba ahí cuando todos bailaban,

mojaban el dedo, se creían eternos».

ZAHARA

 

 

«Què passa nen? Estic content.

Les elits culturals som nosaltres també».

ALIZZZ

 

 

«¿Has visto ese caballo ganador?

En la carrera se siente tan solo.

Corriendo sin nadie a su alrededor,

le sabe amargo cuando muerde el oro».

C. TANGANA

1. DE LAS DIFICULTADES PARA SUBIR A UN AUTOBÚS

CUANDO ME BAJA LA regla, no me retuerzo entre espasmos de dolor.

Durante mucho tiempo, he vivido esta certeza debatiéndome entre la culpabilidad por no sufrir lo que sufrían otras y el orgullo por ser capaz de realizar cualquier actividad física mientras tenía la regla. Menudo lío campaba en mi cabeza.

La imagen de mi hermana mayor sentada en el suelo, vomitando de cara al váter, me preparó para lo peor cuando era pequeña. En mi cabecita de niña, todo dolor era regla. Ese gran mal esperado constituía el umbral de lo que sería el daño en mi imaginario infantil. Por eso, solía confundir cualquier padecimiento corporal (de cintura para abajo) con la llegada del momento.

Tuve una compañera de clase a la que le bajó con nueve años. Toda una adelantada que me causaba admiración y pavor a partes iguales: era mujer y sufría. Con esa misma edad o quizá un año más, una tarde, sentada en el retrete, pensé que me había bajado la regla. Las pistas estaban claras en mi cabeza: me dolía la barriga, me dolía más abajo de la barriga y, al limpiarme, el papel higiénico estaba manchado con algo de sangre. Poco o nada acostumbrada estaba yo a pasar por procesos de estreñimiento y a que la caca endurecida consiguiera salir hiriendo levemente la piel. Un breve corte que escocía y manchaba un poquito. Fue mi madre, llamada desde la taza del váter, la que vino, me examinó y me sacó del error. Después de ese episodio, quedé todavía más confundida y avergonzada. Tanto que pasé al extremo contrario y desconfié de mi cuerpo y sus sensaciones. Me convertí en una pequeña cartesiana que no estaba dispuesta a volver a pasar el ridículo de confundir óvulos y caca. Ningún dolor iba a ser ese dolor, así que mejor no pensarlo o convencerse de que no lo pensaba. Como podéis imaginar, cuando me vino realmente la regla, no lo creí. Achaqué la sangre a algún arañazo (una costura o cremallera del pantalón que roza demasiado, un pellizco con la goma de las braguitas, vete tú a saber). Lo cierto es que ni estaba dispuesta a volver a equivocarme ni sentía que muriera de dolor. Tanto había oído hablar de aquel dolor, que ese daño mío no podía ser la temida menstruación. Así que no dije nada a nadie hasta mi segunda regla, durante la cual el malestar creció y me hizo sentir legitimada para quejarme. Ahora pienso en aquella niña y me da pena que solo sentir mucha pupa la hiciera creerse digna de la queja. Y me da más pena pensar que hoy en día sigo calibrando el tamaño de mi mal para decidir si es contable y, lo más importante, creíble: ¿me creerán si les digo que me duele? ¿Sufro lo suficiente como para que merezca ser contado?

Volviendo al relato del dolor, no es que yo no lo tuviera, sino que las palabras con que se había descrito me parecían inmensas y creía que no se correspondían con los calambres y pinchazos de mi cuerpo. Después de la regla, el siguiente dolor más fuerte, el más grande de todos, era el parto. Mi madre, hija de la Almería profunda, de tierra dura y secas supersticiones, contaba que una zagalica del pueblo, al quedarse embarazada, había preguntado cómo sabría cuándo estaba de parto y las mujeres le contestaron que se daría cuenta porque el techo de la habitación se le derretiría a la vista por el esfuerzo. Llegado el día y con un niño ya parido, la zagalica decía que no podía ser, que ella no había dado a luz todavía porque aún no se le había derretido el techo. Su dolor, enorme, no era suficiente dolor para llenar el relato mítico de la maternidad. Tampoco mi dolor adolescente era bastante para llenar el relato mítico de convertirse en mujer.

Qué os voy a contar yo de las madres, si todos tenéis una que, aunque os ama infinitamente, a veces se equivoca.

La mía, de eterna clase baja y trabajadora como una mula, se había encargado de transmitirme que una buena mujer es la que rinde igual de bien aunque esté menstruando. Este pensamiento sencillo pero demoledor proviene de un facilísimo paradigma cultural: un pobre no puede permitirse dejar de trabajar o trabajar menos ni un solo día de su vida. Una pobre, menos.

Reconozcámoslo: todas hemos tenido compañeras que fingían tremendos dolores durante la clase de educación física para poder quedarse sentaditas mientras el resto corríamos y saltábamos. Las había que incluso se descontaban en sus representaciones y llegaban a tener la regla dos veces al mes. Estas ficciones más o menos aceptadas suponían un problema para las que de verdad se retorcían de dolor, que acababan por no ser creídas (Pedro y el lobo). En mi heredado imaginario campesino, esas chicas se aprovechaban de la situación y constituían la imagen de lo que no había que hacer. Mi voz interna les gritaba ¡gandulas! ¡malfaeneres! y mi cabecita dibujaba automáticamente una cara de madre satisfecha y orgullosa al lado de este pensamiento. Eso es lo que ella diría de ellas (escribir esta oración con su multitud de pronombres femeninos ha sido perturbador). El gran pecado mortal para la clase baja es la pereza, porque es el que de verdad le cuesta la vida.

Cuando alguna vez le han preguntado a mi madre si quería a mi padre, cuando yo misma lo he hecho siendo ya mayorcita, ella no ha contestado nunca con un sí o un no. Siempre ha respondido «es muy trabajador», a veces complementado con un «y nunca le han gustado mucho los bares». No hace falta decir nada más, ¿verdad?

Empezamos a extraer conclusiones: para ser buena, al menos para serlo a ojos de mi madre, que es lo que le importaba a mi yoniña, había que trabajar mucho y trabajar lo mismo o más cuando se tenía la regla. ¡Ojo! Que todo esto no se lo inventa mi madre, ni las mujeres en general, sino una sociedad opresora que no permite a las de abajo flojear ni un solo día. Así que durante mi adolescencia y mi primera juventud sentía una especie de goce perverso al hacer grandes esfuerzos físicos mientras tenía la regla: hacer dos clases de aerobic seguidas, ayudar a mi padre a descargar cajones de naranjas o aguantar sin quejarme las nueve horas del curro de mierda que tuviera ese verano. Si mis abuelas podían darlo todo en la siega mientras la sangre se les deslizaba pierna abajo, oculta por esos largos faldones que llevaban, ¿qué no iba a ser capaz de hacer yo con un Espidifrén o un Nolotil de por medio? Todo esto venía amparado por el paraguas de una supuesta fortaleza femenina que era necesario reivindicar. Las pijas o las ñoñas, que en mi descripción de la sociedad eran lo mismo, tenían el monopolio de la queja menstrual. Y nosotras no teníamos nada de pijas, ¿a que no?

¡ERROR, ERROR, ERROR!

Así que podéis observar cómo el cóctel socioeconómico y afectivofamiliar hizo que viviera como algo positivo eso de decir que «cuando me baja la regla, no me retuerzo entre espasmos de dolor». Podía trabajar en plenas facultades, no se acababa el mundo, el dolor no me anulaba. OK. Sin embargo, una sombra se cernía sobre ese orgullo íntimo: ¿serán más mujeres aquellas que sienten más dolor?, ¿podía convertirse esa supuesta bondad en algo negativo, en un reflejo de una supuesta menor feminidad?

Reconozcamos también esto: ¿nunca habéis tenido una conversación con otras chicas que parece una competición por dilucidar cuál sangra más y, por tanto, más dolorosamente? Como si el daño y la mujereidad se midieran en centímetros cúbicos, como si decir que un tampón xxl es incapaz de contener tu flujo te diera puntos. Esta teoría es una estupidez, pero subyace en montones de conversaciones. Si una sangra poco o no se retuerce de dolor, puede sentirse fuera de la tribu, en los márgenes del colectivo.

Por todo esto, cuando de vez en cuando tenía alguna regla más dolorosa de lo normal, de esas que te doblan sobre ti misma y agarrotan músculos desconocidos, respiraba con alivio y, en mi fondo más profundo, sonreía pensando que yo también formaba parte del grupo. Por supuesto, de todas estas reflexiones peregrinas no decía ni una palabra a nadie. Aunque seguramente muchas otras chicas tenían pensamientos parecidos. Como todos sabéis, la educación femenina es esencialmente masoquista.

Si os he contado todo esto es para justificar un episodio de mi vida adulta que recuerdo con especial intensidad. Os presento brevemente el contexto: yo tuve una relación amorosa absolutamente destructiva, fue un desastre casi casi desde el primer día. Una relación marcada por la violencia, en todos los niveles. Hubo escenas realmente fuertes, hubo maltrato físico, además del psicológico. Sin embargo, lo que más recuerdo no es ninguna hostia. Lo que más recuerdo pasó una vez en que me bajó la regla y sí me retorcía entre espasmos de dolor.

Por aquel entonces la relación ya era un caos. Insisto en que lo había sido prácticamente desde el principio, pero en aquel momento yo ya había dejado de vivir en su casa y me había vuelto a un piso compartido con mis antiguas compañeras. El cerebro pone vaselina en las palabras para que me arañen menos, pero lo cierto es que no «había dejado de vivir en su casa» sino que él me había echado a patadas, pero como era una de esas personas nocivas que hacen de su vida la viva ejemplificación del ni contigo ni sin ti, me había vuelto a buscar mil veces después de haberme echado. La cuestión es que en aquella época solía venir a buscarme por la tarde, cuando acababa de trabajar, y nos íbamos a su piso a cenar y a dormir. Yo, por la mañana, era invitada de buenas o malas maneras a irme de nuevo a mi casa. Mi apartamento compartido estaba muy cerca de la universidad, donde él impartía algunas horas de clase, donde yo me había doctorado. Solíamos ir de una vivienda a otra caminando, era un paseo de unos veinte minutos que hacíamos discutiendo la mitad de los días.

La tarde que tanto recuerdo bajé del piso y empecé a caminar despacio a su lado. Tenía una de aquellas reglas que de jovencita me hacían sentir parte de la tribu. Me dolía mucho, mucho. Sentía rampazos en el vientre que me obligaban a agacharme hasta casi acuclillarme durante unos segundos para luego seguir avanzando. La cara de él era todo un poema. Su escéptica mirada podía transcribirse por un «ya estás otra vez creando drama, cómo te gusta llamar la atención, otra vez montando una escenita en mitad de la calle», etc. La gran mayoría de esas apreciaciones me las gritó poco después. Yo le dije que me había bajado la regla y que estaba hecha polvo. No me veía con fuerzas para hacer el caminito de veinte minutos y le pedí que cogiéramos el autobús. La fuerza de mi argumentación residía en que a mí casi nunca me duele la regla (es decir, no me dolía tanto como aquel día). Así que para una vez que me sentía tan mal, no me iba a decir que no. Fijaos si era (soy) idiota: no solamente pensaba que era buena por sobrellevar la menstruación sin abrir la boca, sino que pensaba que me había ganado algo así como un premio por aguantar todos los meses sin renegar. Por supuesto, él me dijo que no. Yo estaba exagerando. Él estaba muy agobiado. Necesitaba aire libre. Iríamos sin prisas. Bla. Bla. Bla.

Yo seguí caminando, lagrimeando en silencio. Ensayando esa mujer que es capaz de actuar con normalidad mientras sangra. Mi cabeza, ese instrumento de destrucción masiva cuyo principal objetivo soy yo misma, empezó a pensar cosas como:

1. Quizá es verdad y no me duele tanto como para ir paseando.

2. Quizá sí me duele una barbaridad, pero se me pasa en seguida porque he tomado una pastilla antes de salir de casa y entonces me habré puesto pesadísima con lo de coger el bus para nada.

3. Quizá estoy haciendo hincapié en que me duele mucho para que me haga casito, incidiendo en la vulnerabilidad para recibir el cuidado o el cariño que deseo, infantilizándome a mí misma.

4. Quizá lo estoy haciendo para joderle. Él quiere ir paseando y yo, por llevar la contraria, genero esta escenita llevada por la rabia que he ido acumulando como resultado de una relación de mierda.

La opción de la queja como instrumento para visibilizar que mis circunstancias y mis necesidades pueden ser diferentes de las suyas ni se contempla.

Os voy a dar una pista sencilla para detectar a un maltratador: es un paranoico.

Siempre va a pensar que estamos actuando para fastidiarle (opción 4), como si nuestra misión en la vida fuera destruirle. Hasta nuestro dolor físico es un instrumento que utilizamos para boicotear su tiempo de descanso, su tranquilidad, su felicidad. Como si una vocecita, con mucho retintín, le susurrara al oído: ¡Qué casualidad que le haga tanto daño la barriga justamente ahora! ¿A qué estaba esperando?, ¿a que yo saliera de trabajar para dar la tabarra? ¡La cuestión es que yo no pueda hacer lo que quiero y ella se salga con la suya!

Pocos metros más adelante, justo cuando pasábamos por la puerta de nuestra facultad, volví a sentir uno de esos calambrazos terribles. Me paré en seco. Me abracé la barriga y me incliné hacia delante. Y le dije que no podía más, que subiéramos al bus. Él se puso nerviosísimo y empezó una larga retahíla en la que se insertaban frases como «tienes que liármela siempre donde nos pueden ver», «por aquí puede pasar cualquiera» y otras del mismo estilo.

Aquí tenéis la segunda pista para reconocer a un maltratador: tiene miedo.

Siempre tiene miedo a que los demás vean algo que lo acuse, algo que puedan interpretar erróneamente y creer que él es una mala persona. En conclusión, teme ser descubierto.

Esta pareja mía, llamémosle Pedro, tenía verdadera obsesión por pedirme que hablara más bajo, que gesticulara menos, incluso que mirara con menos intensidad (como si mis ojos fueran a hacer una confesión telepática al primer desconocido que cruzara la calle). Todo ello resulta bastante desconcertante si pensamos que yo soy una mujer que habla muy alto, gesticula sin parar y resulto, cuanto menos, una persona muy enérgica en las formas. Ese ímpetu o vehemencia de mi carácter había sido, según él, uno de los motivos por los que me había escogido (¿le llegué a escoger yo a él en algún momento?). Sin embargo, se convirtió rápidamente en el foco de todos los problemas.

La cuestión es que cuanto peor me trataba, mayor era el terror con el que miraba a los vecinos cuando nos cruzábamos con ellos en el rellano de la escalera. A mayor número de agresiones, más angustia en su gesto al encontrarse a un conocido por la calle.

Por eso, el miedo a que alguien saliera o entrara a la facultad justo en ese momento y me viera llorando como si me hubiera hecho algo lo enfadaba muchísimo. Él me azuzaba para que no me quedara allí quieta. Cuanto más insistía en que siguiéramos adelante, más sentía yo que estaba paralizada. Las punzadas de dolor se mezclaban con punzadas de rabia. Su cabreo me cabreaba y grité: «¿Pero qué puto problema tienes con los autobuses? ¿No ves que estoy jodidísima? ¿Por qué quieres verme sufrir? ¿Eres un sádico o qué cojones te pasa?» y toda una larga serie de frasecitas por el estilo, a cuál más subida de tono.

Eso sí que no lo va a soportar. ¡¿Estoy insinuando que él me hace daño?! Ahí hemos dado justo en el centro de su miedo.

Echa a andar a ritmo ligero y yo me quedo allí tirada. Intento caminar despacio en la misma dirección en la que él se ha ido. Mi aspecto debía de parecerse al de un vagabundo o un zombi que camina hacia su fuente de energía. No se me pasaba por la cabeza la opción de volver a mi piso. Supongo que, en el fondo, en algún hueco de mi inconsciente, quería que alguien me descubriera allí, que alguien me preguntara qué había pasado. Quería que la peor pesadilla de Pedro se hiciera realidad y por fin algún amigo o conocido se atreviera a insinuar el maltrato. Pero no. Nunca pasó.

Nadie me vio en mitad de aquella avenida atiborrada de tráfico a todas horas, con estudiantes y profesores universitarios entrando y saliendo de las facultades. Y, como nadie me vio, yo seguí caminando jorobada y doliente detrás de él durante metros hasta que se dio media vuelta de pronto, vino con prisas hacia mí y tirándome del brazo me llevó hasta la parada más próxima, escondiéndome detrás de la marquesina. «Vale, cogemos el puto bus, pero deja de lloriquear y pásame tú el bono porque no tengo un duro».

El detalle del bonobús no es baladí. En primer lugar, porque es lo que más me jodió, me pareció un detalle innecesario, humillante. No puedo evitar que me venga a la mente un dicho popular que mi madre ha soltado por esa boquita suya innumerables veces: «encima de puta, apaleá». O, como dicen en otros sitios, «encima de puta, pongo la cama», que es diferente, pero es lo mismo (nuestra riqueza verbal, ya se sabe). Pues eso, que puse la cama, es decir, pagué yo el bus. Como si fuera lo mínimo que podía hacer por él, ya que le obligaba a cambiar sus planes y le había montado una escenita en la calle. Así lo interpreté yo entonces y por eso me fastidió tanto (aunque no me planteé, ni por un segundo, no pagar). Sin embargo, el tiempo le ha proporcionado otras interpretaciones que entonces no vi.

Pedro tenía quince años más que yo y un puesto precario en la universidad. No tengo claro qué opinaba yo entonces sobre el sueldo de los profesionales de las enseñanzas superiores. Ahora sé que es una mierda. En serio, es vergonzoso. La facultad paga en vanidad lo que no paga en dinero, pero la vanidad no da de comer y Pedro pagaba muchísimo dinero a su exmujer. Había protagonizado un divorcio exprés a causa del puro remordimiento. Se fue de casa con una alumna con la que se llevaba todavía más años que conmigo. Tenía un hijo muy sensible que lloraba amargamente y una niña tan pequeña que no sabía qué pasaba. Era tan obvia, tan tópica la escena del marido que huye con una joven discípula, que la culpa le hizo firmar cifras generosísimas, desproporcionadas, que compensaran a su pobre esposa. Un vodevil ridículo que no resarcía a nadie de nada, sino que humillaba todavía más.

La cuestión es que la circunstancia económica del susodicho era realmente complicada, por eso no era baladí el detalle del bonobús. El lector decimonónico que todos llevamos dentro está entrenado para obviar las cuestiones vinculadas al dinero: ¿cuántos metros tiene la casa en la que vive el protagonista?, ¿cuánto le costará el alquiler en ese barrio?, ¿cuál es el precio de las clases extraescolares de sus hijos? Escritoras como Belén Gopegui o Elena Medel nos hacen caer en la cuenta de estas carencias. Nos empujan a pensar en las consecuencias de pedir un préstamo o perpetuarse en un trabajo mal remunerado: cómo se modifica la percepción de uno mismo, cómo se deterioran las relaciones amistosas o de pareja, etc. Sin embargo, se nos olvida rápidamente. Como todos sabemos, la ficción ha sido tradicionalmente conservadora.

Si nuestra ficción es amorosa, el borrado es doble. La circunstancia económica solo es relevante si uno de los miembros de la pareja pertenece a una clase diferente (vaya eufemismo de clase baja) y tiene que superar esta carencia para lograr la unión con la otra persona. Los problemas de dinero, siempre genéricos y poco detallados en los relatos, ocupan el mismo lugar que superar el foso del castillo sin ser comido por los cocodrilos o matar al dragón que nos espera en la última sala, es decir, constituyen una prueba más dentro de esa especie de yincana bizantina que siguen siendo, en muchos casos, las novelas de amor.

Si vamos un paso más allá e intentamos escribir sobre una relación en la que existe violencia machista, la cosa se tuerce aún más. La narrativa periodística suele vincular las agresiones a circunstancias de dependencia económica por parte de las mujeres. De este modo, la alusión a la pasta deja de ser un elemento cuestionador para transformarse en una explicación fácil: las mujeres soportan la violencia porque su manutención depende del maltratador. Así acabamos rápido. Le damos un sentido a lo que parece no tenerlo y convertimos a los agresores en solventes pagadores. Todos contentos o, al menos, todos tranquilos porque parece existir un motivo lógico.

De este planteamiento se infiere una sencilla conclusión: todas las víctimas que tenemos un sueldo somos imbéciles.

En aquel momento yo cobraba 1075 euros y pagaba al mes:

—Habitación en un piso compartido en Valencia: 175 euros (si hubiera vivido en Madrid o Barcelona, no hubiera pasado de esta primera pantalla porque el precio del alquiler me hubiera reventado esta lista).

—Gastos compartidos de convivencia (agua, luz, gas, internet, etc.): entre 70 y 90 euros.

—Facturación del móvil: 25 euros.

—Compresas, tampones, salvaslip (todavía no conocía la copa menstrual): 15 euros.

—Método anticonceptivo (anillo vaginal): 20 euros.

—Es difícil calcular lo que gastaba en comida, libros, ropa o imprevistos caseros (comprar menaje, bombillas, tendederos…).

Podría seguir esta enumeración solo por puro regodeo, para compensar la ausencia de dinero en la literatura, para humanizar el texto. Me dan ganas de pegar aquí un pantallazo de mi cuenta bancaria y escanear los tickets de las últimas compras (todas en el supermercado). Decir en un pie de página que no incluyo lo que me gastaba en tabaco porque me da vergüenza (solo diré que la cifra era bárbara). Añadir el billetico de diez euros que mi tía abuela todavía me daba de vez en cuando. Intentar contabilizar el dinero que me gastaba en pantalones porque ahora engordo y no me caben los que llevaba y ahora adelgazo y se me caen los que me compré, pero nunca nunca nunca se corresponde la talla actual con alguna del amplio abanico que guardo en el armario. Y un largo etcétera.

Pero la Historia de la Literatura y la mayor parte de la Filología no me han enseñado a narrar ingresos y gastos, retenciones, cotizaciones y deudas. Me faltan referentes ficcionales pecuniarios y, por eso, yo misma siento la extrañeza de mostrar monedas y billetes fuera de un videoclip de trap.

La cuestión es que yo cobraba 1075 euros al mes y pagaba todo lo que esta sociedad y sus industrias me empujaban a pagar. Tenía una familia a la que no quería pedir dinero por orgullo, pero que podía echar una mano si me hacía falta algún mes. Y, gracias a mi madre, no tenía remilgos con respecto a cuestiones como llevar bragas compradas en un bazar (¿se puede decir chino?) y demás mecanismos ahorrativos. Así que, en medio de una incipiente crisis económica, me consideraba prácticamente una privilegiada (del trabajo no remunerado que hacía en la facultad y la salvajada de no estar cotizando porque mi sueldo era una beca fui tomando conciencia más tarde).

Pedro cobraba más que yo, aunque no mucho más. Sin embargo, él pagaba la hipoteca de la casa donde vivía su exmujer, el alquiler completo del piso en el que se alojaba él y toda una serie de acuerdos monetarios establecidos tras el divorcio. Además, como tantísimos trabajadores de la universidad, era un falso autónomo, así que tenía que pagar regularmente su cuota para poder dar clases. Como la burocracia era cada vez más compleja, pagaba también a un gestor porque Hacienda ya le había multado en alguna ocasión por no presentar los papeles correctos a tiempo. También era un peligroso aficionado a la tecnología, por lo que tenía serios problemas para refrenarse y no comprar el último juguetito digital que apareciera en el mercado. En definitiva, su situación financiera resultaba realmente endeble. La tarjeta de compras de El Corte Inglés le permitía mantener la ficción de clase media holgada mientras se acumulaba la deuda, pero era evidente que algo no iba bien.