Yibrail - Eduardo W. Aguirre - E-Book

Yibrail E-Book

Eduardo W. Aguirre

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Beschreibung

Yibrail es una novela que cuenta la historia de un joven transexual por medio de un estilo narrativo lineal pero sugestivo, marcado por el flujo de conciencia. Yibrail se adentra en la búsqueda de su identidad, perturbado por la muerte de su hermana y el recurrente acoso colectivo. Sus días transcurren en intentar comprender sus motivaciones y conflictos internos que se entrelazan con imágenes y símbolos que evocan el mundo de los sueños, elementos desconcertantes y el humor subversivo.

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Seitenzahl: 164

Veröffentlichungsjahr: 2025

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YIBRAIL ©Eduardo W. Aguirre Primera edición: junio 2025 © MAGO Editores Director: Máximo G. Sáez De esta edición: MAGO Editores Merced Nº 22 Ofic. 403, Santiago de Chile Tel.: (56-2) 2664 [email protected] Registro de Propiedad Intelectual: N° 2024-A-12478 ISBN: 978-956-317-825-8 Diseño de imagen de portada: Eduardo W. Aguirre Diagramación: Sergio Cruz Edición y corrección: Liany Vento Impreso en Chile / Printed in Chile Derechos Reservados

I

Yibrail, semidesnudo, parado frente al rectangular espejo de cuerpo entero, engalanado sólo con su ropa interior. Evaluaba su cuerpo desde distintos ángulos, aprovechando la afilada y frígida luz entrando por la ventana, protegida esta por un suave y delgado velo, separándolo de posibles miradas desde lo alto de otras ventanas de edificios vecinos. Su habitación era el perfecto refugio. Adornos al mínimo, de tendencia minimalista, aunque algo cercana a la miseria. La falta de objetos se acentuaba aún más por la gran distancia entre las paredes. Era notoria la especial atención en el área de su computador, aunque polvoriento junto con el escritorio, este ocupaba un tercio de la pieza. Incluía dos grandes monitores siempre encendidos. Un teclado que emitía luces por entre los espacios con tonalidades que pasaban del calipso, al lila, al rosado, algunos adornos coleccionables de sus videojuegos favoritos, y colgados en la pared, sus lentes de realidad virtual, un trofeo de uso diario que representaba la victoria de la brujería moderna. Bien sabía él, que era de esas personas que necesitaba escapar, existir pero sin ser visto, donde la alienación de la irrealidad le proporcionaba toda la satisfacción que necesitaba: ser aceptado. La cama totalmente ausente. Únicamente representada por un colchón que yacía en el suelo vestido por un par de mantas hechas remolinos. Este era custodiado en uno de sus costados, por una blanca y simple mesita de noche, sosteniendo sobre ella una lámpara de sal, que emitía una luz tenue y pacífica cuando la encendía. En el cajón, mantenía con recelo su agenda de apuntes, donde anotaba ideas sueltas, garabateaba ciertos pensamientos hormigueantes, palabras que recurrían automáticamente, como si las recordara de pronto, o como si alguien dentro de él, más atento y espabilado las retuviera. El contenido de su armario no contaba con un estilo particular, todo en cantidades humildes. Contenía el secreto de alguien que usaba ropa solamente porque salir desnudo a la calle se vería como estar mal de la cabeza.

Yibrail se tomaba su tiempo frente al espejo. No es que estuviese enamorado de su cuerpo, sino más bien quería saber específicamente dónde hacer ajustes. Entraba y sacaba su barriga, siendo sin embargo, poco perceptible el cambio, ya que contaba con una contextura delgada aunque no muy atlética. Su tez demostraba reluciente la falta de sol, casi vampírica, de la cual sentía mucho orgullo; de forma inconsciente lo representaba como cierto pudor hacia los lugares abiertos. Su cabello, cargaba una melena de rizos pequeños que le colgaba hasta sus hombros, que mutaba entre una masa gravitante si estaba seca, o unos espirales semejante a los tallos de las parras que caen por su propio peso cuando estaba mojada. A consecuencia de lo mismo, Yibrail usualmente usaba su pelo amarrado. Su deseo era tener el pelo largo pero la melena aleonada en la que se transformaba a veces, no era de su completo agrado. Tenía cierta relación de amor y odio por su cabellera.

Con sus delicadas manos de largos y polutos dedos, estando frente al espejo, comprometía una mímica cerca de sus pectorales como si estuviese abarcando un par de senos imaginarios mientras escrutaba su reflejo. No le convencía lo que veía de vuelta. Visualizarlo no era suficiente, así que tomó el sostén nuevo que estaba sobre el colchón. Se trataba de esos sostenes ajustados y elastizados, que usan generalmente las mujeres cuando hacen ejercicios, para que sus senos queden firmes en su lugar y no las estorben con el bamboleo: arriba, abajo, arriba, abajo. Al momento de probarse el sostén y mirarse en el espejo, su sensación no fue otra que de insatisfacción. Al no contar con ningún tipo de relleno, parecía no ser suficiente para su cometido. Tampoco pretendía verse con pechos monstruosamente grandes, como ese tipo de transexual que anhela la misma atención que buscan las mujeres que dan entretención para adultos. Más bien, quería verse con un contorno femenino, unos pechos que le dieran la categoría de mujer solo por el hecho de tenerlos en su lugar. Él bien sabía que esto era una superficialidad pero conjuntamente lo pensaba para persuadirse a sí mismo.

Sus ojos, de momento, seguían apuntando a sus pectorales apenas abultados. Rio con picardía y corrió hasta uno de los cajones del despojado armario. Sacó varios pares de medias que iba lanzando sobre el colchón, hasta que dio con un par que probablemente ayudarían a la dimensión que andaba buscando. Cada media la dobló, metiéndolas de relleno a cada copa del sostén. Esta vez su sonrisa se escapaba del rostro. Costaba sujetar esa mueca por tanto tiempo. No dejaba de pensar que esto era un pequeño ejercicio que desaparecería apenas retirara esas medias de relleno. Sin embargo, era algo que sentía que podía tachar de su lista de «logrados». Su razonamiento, en cambio, seguía dos partituras: hay mujeres de nacimiento que no tienen pechos y se operan, montando semiesferas de silicona, y otras mujeres de nacimiento, que no tienen pechos o demasiado pequeños, y se aceptan tal cual. Reflexionaba a diario sobre ello.

Entretanto, Yibrail no paraba de balancearse de un lado a otro. Posaba sus manos en la cintura y doblaba hacia el interior una de sus piernas, imitando la pose de las mujeres en las fotos que revisaba en su computador. Intentaba feminizarse. Dentro de ese ínfimo momento de disfrute frente a su cuerpo, su mirada se apagó, dejando su semblante festivo en las sombras, luego de que bajara la mirada y se encontrara con el peso de la incomodidad que contrariaba su circunstancia. Su miembro viril. Las manos tímidamente bajaron hasta su sexo para taparlo. La proyección de su femineidad estaba completa aunque con tintes de resignación debido a que, si bien es cierto, el miembro de alguna manera era algo que lo definía como masculino, él tenía la reticencia de hacer desaparecer su esencia. Era un cambio que todavía se cuestionaba también a diario, tema que esquivaba tanto en pensamientos como en conversaciones. Mientras todavía deambulaba con la mirada en las ingles, de súbito, sus ojos relampaguearon para encontrarse con ellos mismos en el reflejo. Yibrail acortó la distancia con el espejo. Interpeló sus mejillas que ya presentaban vellosidades. Apenas el día anterior había guillotinado cada pelo punzante que se asomaba. Nuevamente sus delicadas manos tuvieron la incomodidad de acusar algo molesto, paseándose por los maxilares de arriba a abajo, con cierta presión que estiraba su cara, rasguñando cada yema de sus dedos. En el pasado nunca se incomodó por presentar un crecimiento rápido de su barba pero ahora a sus veinte años, con la nueva visión de sí mismo, no le acompañaba. Se había transformado en un verdadero malestar. Pasó de su cara a sus brazos, restregándolos enérgicamente como si de una peste que tenía que quitarse de encima se tratara. Los levantó para escrutar sus axilas, notando que el vello también estaba comenzando su aparición. Luego, toda la atención fue a parar a las piernas. Para Yibrail era un asunto grotesco, pelos en los muslos, en las pantorrillas, peludamente animal, o peor, vellosamente, un hombre.

El dramatismo que presentaba en cada sesión frente al espejo, le sucedía a tiempo completo. Sin embargo, lo entretenía de alguna forma para mitigar el carácter perentorio que provenía del, de alguna manera, sufrimiento. Pensaba en que su más próxima meta sería asistir a acabar con la velluda situación a algún centro de depilación láser. Para ello había estado ahorrando intensamente ya que no iba a ser un procedimiento barato pero lo haría de todas formas. Él quería, él necesitaba sentirse suave, estéticamente femenina, establecerse como mujer físicamente aunque interiormente ya se sintiera como una.

Pensaba en el disparate de la naturaleza. Mujeres que se sentían como hombres y buscaban la vellosidad que él trataba de eliminar de sí. Injusticia o comedia de los genes.

II

Yibrail haciendo caso omiso de las pocas vestimentas de su armario, se atavió con unas mantas de agreste lino y blanco marfil. Cuando las usó por primera vez, le causaron pánico al contacto con la piel pero ya presentaban el desgaste escrito por el tiempo. Además, habían sido barnizadas por una suciedad repartida de manera uniforme, con algunas que otras hilachas anárquicas queriendo no pertenecer, más otros agujeros que quizás se fueron agrandando después de haber quedado enganchados en ciertos vértices y esquinas. Alegóricamente, estas mantas asemejaban la piel muerta que desprenden ciertos reptiles. De esa piel que van dejando atrás ya sea por cambio de estación o porque necesitan un nuevo ropaje que los proteja, o porque necesitan otra medida de piel debido al crecimiento de su cuerpo. Sin duda, estas ropas eran la manera que tenía Yibrail de esconder su ausencia de curvas, las que fueran, prometiéndose a sí mismo dejar de usarlas cuando se sintiera completo en su nueva forma. Le daban la protección que requería, y por qué no decirlo también, una suerte de misticismo a su movimiento, como si de un anacoreta en busca de un camino santo se tratase. Una vez completada la sesión de uniformarse, sacó un corriente set de maquillaje, formado casi en su totalidad con tonos ocres suaves. Pinceles, algunas sombras y cremas, que más bien usaba para corregir pequeños detalles e intensificar contornos, nada llamativo, mucho menos rimbombante. Se maquilló de memoria. Seguidamente tomó su morral café, gastado, de cuero, el cual había resistido al menos una década con él desde que lo sacó a escondidas de la habitación de su hermana Sufya. Ella, nueve años mayor, había muerto trágica e inesperadamente por un incompetente descuido con los medicamentos que tomaba. Era un gran peso que sentía Yibrail al no haberle pedido permiso para usar el morral, y peor aún, entrar un día a su habitación a hurguetear en la oscuridad frívola que moraba bajo la cama. La culpabilidad que cargaba, parecía una excusa para compartir el dolor y la violenta angustia para disminuir el calvario en espiral en el que estaban inmerso su padre y su madre. Yibrail comprendía profundamente, y ahora por experiencia al verlos a ellos, que no hay padre ni madre que esté preparado para la muerte de un hijo o una hija, ya sea natural o accidental. Popularmente se dice que la muerte de cualquiera de ellos, puede llegar a ser lo más doloroso que alguien puede experimentar, además de ser un deceso el cual queda por siempre emplazado en la memoria. Empero, a su juicio, con espanto creía, que lo más doloroso para un padre o una madre, en vez de que un hijo muera, es que se quiera morir. Si bien preparaba a alguien sobre la muerte viniendo y la seguridad de esta, a su vez estaba la incertidumbre del cuándo, quecarcomía el alma del progenitor.

Tiempo atrás, cavilando sobre esto, se encontró preguntándose el por qué no existía un término para quienes perdían un hijo o una hija. Tal vez al tratarse de un dolor indescriptible, tampoco existía la palabra en ningún idioma del mundo que represente ese vacío, ese perderlo todo. Así como conocía la palabra “viudo” o “viuda” para quien pierde un cónyuge, y el vocablo “huérfano” o “huérfana” para nombrar a alguien que ha perdido su padre o su madre, indistintamente. Tomó su teléfono celular y con destreza buscó en Internet. Se llevó una amena sorpresa, que lo hizo sonreír. Encontró el neologismo “huérfilo” proveniente del latín, que significaba “pérdida del hijo”. No obstante, ¿qué quedaba para él? Había perdido a su hermana y solamente lo respaldaba tener un duelo fraternal, sin etiquetas que lo definiesen, que resumieran su angustia.

Yibrail con el morral ya cruzado en su hombro izquierdo, se giró para mirar el reloj de pared. Este marcaba las 1:04. Agarró un par de libros al azar que descansaban en una repisa para meterlos a su morral de cuero café gastado. Junto a estos, se encontraban varios otros suculentos libros que jamás había tocado, como era el caso de Crítica de la razón pura, de Immanuel Kant, o Historia de la locura en la Época Clásica, de Michel Foucault, manteniendo ambos como sujetalibros a su vez. Si bien, Yibrail no era ningún erudito, ni filósofo, y tampoco alguien que sentía mucha pasión por las letras, intentaba interiorizarse más ya que tenía una inmensa admiración por su hermana, quien fue la instruida de su familia. Inicialmente esta pequeña colección era de Sufya, con quien tenía largas y apasionadas conversaciones, donde las horas se llenaban de enfrentamientos de sabiduría y una embriaguez taciturna al verse con ideas, tal vez, muy subversivas para discutirlas con gente de su edad. Entre los autores de los libros que edificaban un pequeño muro de bloques dispares estaban: Judith Butler, La Rochefoucauld, de Beauvoir, Hannah Arendt, Ayn Rand, entre tantos otros, más algunos poetas como Alejandra Pizarnik, Pessoa y Huidobro.

Luego tomó el único par de llaves que colgaba detrás de la puerta, quedándose un momento paralizado, mirando el suelo y luego los ajados zapatos que se encontraban con una suave cubierta de barro en las puntas. Contrajo una gran bocanada de aire que sentía como inundaba sus pulmones, de ese aire fatigoso, con una mezcolanza de olores de comida y el perfume que se echaba indiscretamente, el cual también había pertenecido a su hermana. Temía gastarlo todo y no volver a encontrarlo en ningún otro lugar, como si ese perfume hubiese sido creado exclusivamente para la pálida dermis de Sufya. Con esta bocanada de aire, transformada en coraje para salir, allá afuera, al mundo, su más grande adversario, abrió la puerta y dejó que sus iris se ajustaran a la molesta luz proveniente de los cielos blancos invernales que rebotaba por los pasillos del edificio.

Yibrail se encaminó hacia el ascensor. Este lo usaba solamente para bajar porque se decía a sí mismo que subir por las escaleras era más trabajoso, aludiendo que era el único ejercicio que hacía en el día, aunque secretamente lo hacía como una forma de autocastigo. Necesitaba un pequeño dolor, y ese proveniente de la quemazón de sus piernas al subir un sinnúmero de escalones, hacía el trabajo. Presionó el casi inexistente botón para llamar el ascensor. Al menos encendía una luz tenue que avisaba su funcionamiento. Las puertas se abrieron de par en par con algo de dificultad, exponiendo a uno de sus tantos antagonistas: el espejo. Algo opaco después de una rápida limpieza de la señora del aseo, más unas cuentas huellas traviesas de manos y dedos que que pertenecían a niños o niñas, o ambos, pensaba Yibrail. Su pensamiento siguió pululando, dosificando una risa sutil y solidaria para cuando imaginó que bien podrían ser huellas de personas con enanismo, o seguramente se habrían hecho reales los duendecillos de los que tantas personas que él conocía, contaban haber visto huidizamente. Más que el espejo en sí, era su reflejo al que no le gustaba acceder. Rehuía su imagen desde cualquier fuente que proviniera ya que él se veía mentalmente de una forma pero el exterior le mostraba otra. El único reflejo que aceptaba era el del espejo de su habitación, para fines de estudio y preparación de su apariencia predictiva, pensaba.

Presionó uno de los botones, y al cabo de un momento finalmente el ascensor se detuvo al alcanzar el nivel de la calle. Las puertas se movieron, y Yibrail se introdujo rápidamente por la delgada rendija, como si este hubiese estado en llamas. Desaceleró el paso y al encontrarse frente a la puerta del edificio, tomó una nueva bocanada de aire. Esta vez de aire más pesadamente purificado, aroma a desinfectante que usaba la señora del aseo para trapear los pisos, combinado con el éter entumecido, anunciando la bienvenida de la temperatura que encontraría afuera. Abrió la puerta y rápidamente una oleada de sociedad sumergió los frágiles oídos de Yibrail. Bocinas de autos, motores roncos y forzados de camiones, ladridos de perros esquizofrénicos, de esos que ladran a lo que solo ellos pueden ver, el piar de ciertas aves perdidas bajo el estrés, maquinaria pesada trabajando en alguna construcción no muy lejos de ahí, el bullicio del enjambre proletariado que extenuaba las veredas, chirridos de los negligentes frenos de los buses de pasajeros. Todo un caos auditivo, un concierto de estridencias seguramente similares a los países que se encuentran en guerra, en donde la gente intenta tener una vida normal, incluso con esa anarquía circundante.

Su andar era receloso, compungido, sorteando desde lejos lo que podría transformarse en un encontrón frontal con cualquier otro transeúnte. Quería evitar tener ese pequeño baile incómodo para ver quién pasaría por la izquierda y quién por la derecha. Y más aún, no quería ser visto. Lo único que Yibrail deseaba al estar afuera era ser invisible. Nuevamente sus delicadas manos le prestaban ayuda. Con ellas abrazaba nerviosamente su holgado ropaje, que oscilaba con las corrientes de viento que se armaban por entre medio de esos rectangulares colosos grises, cubiertos de ventanas de arriba a abajo. La nerviosidad de todo su accionar, sin hacerse tan notoria como él la sentía, se iba propagando por cada rincón de su cuerpo a medida que la cantidad de transeúntes iba apareciendo en su camino. La mirada, siempre puesta hacia el frente en un punto lejano para evitar personas a su paso, también lo ayudaba a eludir su imagen reflejada en los vidrios de ventanas y vitrinas del comercio. Todo a su alrededor gatillaba la ansiedad. Su corazón latía con fuerza como si estuviese en una carrera de 100 metros planos, que empujaba cada gota de humedad que tuviese su cuerpo hacia la superficie, dándole un aspecto de agotamiento y acaloramiento a pesar del gélido ambiente que se vivía en esa época del año. Para calmar el purulento garrotazo de sobrecarga, Yibrail prestó atención a su respiración e hizo lo que mejor había aprendido gracias a sus lentes de realidad virtual, con los que pasaba extensos periodos de tiempo en su habitación jugando videojuegos: crear mundos inexistentes que le acomodaran. No obstante, era un método que tenía que perfeccionar. Por el momento, en este mundo creado, su imaginación se arrebataba, vistiendo a todos con túnicas largas grises, tapándoles también los rostros con máscaras para esconder las muecas de agravio que recibía; pero no proponía cualquier máscara para su cometido. Desde pequeño le resultaba algo intimidante el tipo de máscaras que se usaban para representar el arte teatral. Estas eran las máscaras de las musas de las artes en la mitología griega, Talía y Melpómene. La primera personificaba a la comedia, representada por un rostro con una carcajada estruendosa, a punto de llegar a las lágrimas, y la segunda a la tragedia, encarnada por una mirada ante la verdad desnuda y una boca muda del lamento. Sin duda que Yibrail usaba la de Melpómene para retratar a cualquier agente exterior, ya que siempre pensaba que la mayoría de las personas de la sociedad eran, él incluido, una desventura envuelta en infelicidad y miseria con alguna fuerza desconocida que los llevaba a seguir soportando, es decir, una tragedia con vida. Aún a pesar de su confidencial resquemor ante estas caretas, se obligaba a imaginarlas por un afán de superación que se inducía obligatoriamente, incluso si esta acción absorbía gran parte de sus energías como a menudo pasaba.