Yo, el arcaico - Fernando Franulic - E-Book

Yo, el arcaico E-Book

Fernando Franulic

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Texto atravesado por tres modos escriturales desde el interior del extramuro. Interior que inicia en la poesía, en el accidente de la subjetividad comprendida como un pliegue hacia el infinito, en donde transitamos por fragmentos de infancia, jirones de vida guiados por el invisible hilo de la memoria de reconocimientos arcaicos. En la búsqueda de un sentir originario, con el fuego como fundamento adviene el cuento como una aproximación deseada hacia la discontinuidad. Estar en otra civilización, El enigma de una guerra, son títulos que nos hablan de una imaginación que no transa con la línea ininterrumpida de la subjetividad dominante. Terminamos este viaje por lo arcaico en la dramaturgia, el teatro como último vestigio de la ruina civilizatoria escenifica vetustos oficios y amores extraviados. Karla Guettner, actriz y ensayista.

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Seitenzahl: 216

Veröffentlichungsjahr: 2025

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© Copyright 2024 Fernando Franulic Depix © Copyright 2024 Editorial MAGO & Del Aire editores Primera edición: diciembre 2024 Coedición: MAGO Editores y Del Aire editores Merced N° 22 Of. 403, Santiago de Chile Tel.: (+56 9) [email protected] Registro de propiedad Intelectual: N° 2021-A-1562 ISBN: 978-956-317-808-1 Diseño y diagramación: Sergio Cruz Yo, el arcaico fue publicado originalmente en formato electrónico en el año 2021 por Del Aire Editores. Lectura y revisión: MAGO Editores Las imágenes interiores son de autoría del artista visual Daniel Sanz Depix. @danieldepix https://cargocollective.com/danieldepix Impreso en Chile / Printed in Chile Derechos Reservados

La mirada puede entonces posarse no sin perversidad sobre cosas antiguas y bellas cuyo significado es abstracto, caduco: momento a la vez decadente y profético, momento de dulce apocalipsis, momento histórico del goce mayor.

Roland Barthes, Lección inaugural, 1977.

Prefacio: la sangre y lo primitivo1

Desde el Medioevo hasta la época barroca (e incluso más allá), la sangre estaba simbólicamente relacionada con el fuego. La sangre era un fuego corpóreo que se mantenía en el organismo, el cuerpo humano se visualizaba como un cúmulo –una suerte de reservorio– de ese fluido ardiente, en cuyo centro estaba el corazón, en el cual residía, por otro lado, el fuego anímico, el fuego del alma. El ser humano estaba marcado, en diferente grado según la preponderancia de ciertos humores, por lo vivaz y lo impetuoso, características del fuego que se traspasaban a la identidad personal.

La sangre, en el plano sociocultural, representaba tanto a los hechos cruentos (guerras, asesinatos, heridas) como a las pasiones carnales (actos de carácter erótico): estas eran las dos caras de aquellas sociedades premodernas, las que, con justeza, Maurice Blanchot –interpretando a Michel Foucault– llamó “sociedades de sangre”.

Eran sociedades de sangre, ya que en ellas el arrebato de la violencia física y sexual (los dos lados de la sociabilidad premoderna) era un asunto cotidiano, pero además porque el poder del soberano decidía la vida o la muerte de sus súbditos y, también, porque los linajes familiares y las alianzas matrimoniales estaban relacionadas con las sangres que se mezclaban y se heredaban, lo que tenía que ver con los patrimonios y su transmisión.

En la vida diaria se hablaba de temperamentos coléricos, los que tenían un exceso de fuego interior, una abundancia de humores sanguíneos. El fuego era uno de los cuatro elementos en que se dividía la naturaleza (tierra, aire, agua y fuego), según la concepción que nace del pensamiento presocrático, que continúa en la Edad Media y que, en ciertas disciplinas, sigue vigente hasta el presente.

El fuego es constante deslumbramiento, constituye una experiencia radical: ante el fuego que trepida, que arde de un modo intermitente, estoy ante un desconocido, porque su forma de existencia es la ruptura y la discontinuidad. Una discontinuidad elemental en el sentido de que no se conoce, a ciencia cierta, las condiciones de su descubrimiento y de su dominación.

La continuidad psíquica de la persona, instalada ya en su vida interior, nace con la modernidad -específicamente con la filosofía del sujeto, el derecho penal y la psicología social- e implica poseer una subjetividad integrativa, la que se reproduce por medio de la lucidez diurna, la racionalidad instrumental y las grandes interdicciones psíquicas: el que actúa hoy día es el mismo que lo hará pasado mañana.

La biografía queda reducida a una historia prosaica y repetida, que se sitúa entre el acontecimiento individual y la sociedad prohibitiva. Sin embargo, no todas las vidas son tan lineales. Erwing Goffman llama “carrera moral” a la serie de sucesos que se desencadenan una vez que las y los individuos han roto algún mandato moral -moralidad entendida como la diferencia entre lo correcto y lo incorrecto en términos del comportamiento social. Una carrera moral se instaura, generalmente, cuando existen rupturas en la construcción subjetiva y, además, vacíos del sentido social.

La subjetividad es el sometimiento del imaginario. Este último surge del trabajo imaginativo que se vuelve necesario frente al tiempo velado del inconsciente -es la constitución de un preconsciente. La subjetividad puede someter a las imágenes, puesto que ha surgido, al igual que la racionalidad, de la percepción real, de la captura perceptiva, y así emerge el sujeto, una vez que queda atado a los parámetros de una constitución realista y no soñadora.

Para que el sujeto no sea arrojado fuera de sí, a través del ensueño, y se realice en el habla (su ámbito predilecto), este debe incidir en la adjudicación de sentido que el individuo y la individua otorgan a sus vidas –aunque dicho sentido es compartido por la mayoría social, por tanto, el diálogo informal conduce, junto con la percepción de la realidad factual, al establecimiento de un sentido socialmente adaptado.

El complejo de Ofelia nos enseña, según Gaston Bachelard, que el riachuelo trae consigo una continuidad de las aguas, pero muchas veces a costa de la propia vida. Mantener un sentimiento en el tiempo, darle una persistencia afectiva contra toda voluntad y resistencia, constituye una fuerza emocional que no siempre se logra conseguir. Así, viene la locura de amor. ¿Será, entonces, el inicio de una disyunción del sentido biográfico? Puede que de la disyunción se configure una carrera moral. Este destino tiene que ver con la continuidad de sentido que el sujeto hablante y cognoscente (la subjetividad) imprime a las vidas. La primera continuidad atávica de la persona fue, ante todo, una cuestión de cumplimiento de las reglas sociales.

En el caso del complejo de Novalis, planteado por Bachelard en su Psicoanálisis del fuego (1938), se habla de la relación del fuego con lo arcano y lo arcaico: el fuego se encauza hacia el requerimiento de un calor compartido (grupalmente) y de una luminosidad para disfrutar la noche con sus esbozos rupestres y sus momentos de alegría (quizá en torno al alimento). Por ende, la conquista prehistórica del fuego no fue un proceso sufriente –vinculado al frío, la supervivencia y la soledad–, sino una técnica altamente amorosa y amatoria, en donde el calor y la luz surgían del frotamiento de dos trozos de madera: un trabajo paciente similar a las caricias de los amantes, un gesto cuyos efectos grupales (positivos) se conjugaban con la metáfora de los cuerpos en unión erótica.

Existe una memoria del homo faber, que está enterrada en las raíces del inconsciente, en la cual el hogar era sinónimo de fogata y, podríamos agregar, relato en torno de ella: esta memoria quiere retornar al “calidum innatum”. Así, estas expresiones culturales llevan a una comprensión de la primitividad, como un fragmento del inconsciente de cada ser humano. Es mi yo arcaico: ¿dónde anida aquella memoria primigenia de la calidez? ¿Se halla en mi cuerpo de sangres lastimadas? ¿Se ubica en mi psiquis de caracteres modernizados? ¿Cómo se cierne lo primitivo cuando escribo, cuando amo, cuando duermo, cuando observo un atardecer?

El ser primitivo conoció el placer y el juego, la fiesta, por tanto, la muerte no fue el dato primario, sino la afirmación de la vida que tomaba forma en la conciencia de sí mismo, que era, en el fondo, una confianza en sí mismo. En este sentido, Georges Bataille reflexiona de manera inversa: el hecho originario fue la muerte, el individuo primitivo tuvo conciencia de la muerte, lo que le produjo una gran angustia y temor; solo posteriormente el primitivo supo lo que era el juego erótico, de este modo el erotismo se transformó en una salida a la angustia de la muerte.

Así, la sangre remite a un elemento arcaico que es el fuego: en el estado de naturaleza, la primacía del fuego significaba la primacía del deslumbramiento, de la discontinuidad y del descubrimiento, y estos aspectos fueron importantes en el “estadio natural”, porque se puede señalar (siempre a título hipotético) que estos seres primitivos experimentaban la discontinuidad de sus experiencias vitales, sobre todo cuando los grupos humanos aún no alcanzaban las reglas coactivas del intercambio que fundamentaron a la cultura; existieron modos de vida que solo puedo imaginar, transformar en poesía.

De eso se trata la enseñanza de María Zambrano, filósofa de la razón poética: la vida entrega experiencias que superan largamente a la continuidad moral de la psiquis individual. Son experiencias que generan un develamiento que produce asombro y curiosidad, a veces un verdadero pasmo –como el primitivo que produce el fuego–, es éxtasis ante el cosmos, delirio frente a la colectividad, en suma, acontecimientos vitales que permiten tanto las preguntas filosóficas como las palabras poéticas que -ambas- están siempre en búsqueda del sentir originario.

En este sentido, el funcionalismo sociológico falla en sus planteos teóricos, ya que solo las vidas continuas pueden ejercer los roles sociales que surgen de la introyección de la cultura (y sus normas) en la personalidad del individuo. La continuidad psíquica fue inventada, en parte, para dar cuenta de la función social: así, los individuos y las individuas participan con sus roles en las instituciones sociales y, al mismo tiempo, estas instituciones cumplen sus funciones, siempre aportando al equilibrio del todo social. Sin embargo, ya sea con la poesía o con los relatos fantásticos, el comportamiento se vuelve errático, desbocado, improductivo. Emile Durkheim diría que los grupos “contradictorios” se acercan, algunas veces, a la anomia -el momento sociológico en que las normas no aseguran el orden social.

El loco y el poeta (asimismo la loca y la poetisa), también el utópico y la utópica, conforman una población que no ejecuta sus roles sociales, viven en un estatus ambiguo y en un estrato empobrecido: muchas veces mezclados con la masa, con la multitud, experimentando una pertenencia efímera y limitada; o mirando, observando, especies de jueces de su época, de un más allá de lo humano, como los locos que gritan a los vientos las verdades sociales, o como los literatos que deslizan en sus escritos los secretos colectivos.

El loco de la actualidad –es decir, los catalogados como enfermos mentales– son unos apóstatas de las premisas postmodernas, unos herejes que anuncian una era neodisciplinaria, unos seres heterodoxos que no se rinden frente a la mercancía del espectáculo, ante la sociedad del consumo y, sin duda, esta actitud también emerge en otros que cruzan los límites, transgresores del símbolo y del objeto: las y los vagabundos sin destino, las y los pobres sin lazos comunitarios, las y los estudiantes con ideologías auténticas, las y los escritores con éticas poderosas, entre otros y otras.

Todas y todos personajes que viven en el exilio, considerados peligrosos porque llevan una vida contraria a la continuidad funcional, surgen del desierto y el descampado a la manera de los viejos anacoretas y de las poetisas místicas en las sociedades premodernas y tradicionales –aunque nadie los escucha, sus hablas parecen sordas, sus discursos emergen abolidos, salvo cuando ocurre una rebelión total: por cierto rebelión contra el poder social y la cultura oficial, pero asimismo rebelión frente al acervo moral de la lengua, que es una literatura muy atractiva para escribir algún día, transgredir las reglas de la función social y, por ello, situarme en la locura del canon, que es una poética donde se aleja el sufrimiento psíquico. Por ahora lo hago tímidamente: este es mi segundo libro.

1 Este Prefacio fue escrito para la publicación electrónica de 2021. En esta nueva edición en papel se han incluido dos cuentos y una obra dramática.

Y toda mi breve vida (poesía)

Si estuviera presente en el fondo de uno mismo, la ley no sería ya la ley, sino la suave interioridad de la conciencia. Michel Foucault, El pensamiento del afuera, 1966.

El niño hurguete

Esperanza del Tránsito, in memoriam

¡Qué estay hurgueteando, niño! Decía la Lala, con gracia y cariño Y yo tenía la libertad de hurguetear sin fin sin límite Fernandito, escudriñando por toda la casa Fernandito, tiene el afán de la curiosidad Entre tanto hurgar conocí lo que era un resquicio no siempre se puede revolver los espacios con sus reliquias los objetos de la banalidad los lugares enciclopédicos los jardines de flores insectos y lagartijas una tarea infinita que era placer Había un enigma en los seres y las entidades que hurtaban sus secretos ¿Guardaban alguna verdad que era preciso saber? ¿Ocultaban cierto poder que era necesario obtener? No hay nada mejor que vivir hurgando, buscando, indagando en los resquicios donde se hallan aperturas breves hendiduras fugaces El dominio enfrentado al símbolo y al juego En las rendijas están los signos que participan de un universo brillante despampanante Los signos me esperan siempre porque a cada uno le entregué una historia Signos que tuvieron mis afectos fue pasión y redención del significante fue un alto sentimiento que fluyó hacia una unidad de felicidad y de misterio de curiosas alegrías que jamás me abandonaron

Al volver

Después de volver de la gran ciudad Quiero mis aves de corral Gallina, pavo, pato Vivir y nacer del adobe Primitiva manera de existir Barro y paja Al fondo el parrón Y más allá del insectario agudo El gallinero Conspicuo y palaciego Solo una vez vi algo similar En la casa de la gran madre Rosa, acuérdate de mí Acuérdate de ese niño taciturno y curioso Y en mi casa de nuevas ruralidades Escribiré un libro, que será para ti Y también para Esperanza La mujer con quien conocí el amor sacro

La locura

El enunciado es una trampa siempre en su interior soy otro La otredad es un imaginario que envenena las ramificaciones del encéfalo Es mi sentimiento hundido en nostalgias de ciudades perdidas Son mis signos de esplendor que buscan un cobijo en la materia para danzar antiguas músicas No todo es idea, ideación, ideología El ser humano es cuerpo también es un alma que huye del sometimiento a una subjetividad a una racionalidad Nunca de la cosa, animal, vegetal Tampoco de dioses Sino del enunciado que es aquel viaje sin regreso furioso río de sustancias carnales la ponzoña cumple su hechizo Soy otro travestido Soy otro maldito Figura que ningún símbolo puede apresar No quedan símbolos en la Tierra que puedan expresar mi poder Transfigurado estoy en el enunciado Y las lenguas se baten en los círculos sociales en las gentes de la alta cultura Pero son palabras prestadas Son trazos que se encadenan a pesar del sujeto que hace carne la enunciación Y habló por mí porque soy todo en él Dios y bestia Rey y mendigo Sin embargo reniego le aborrezco No quiero nunca más entrar en él por mucho que posea un-más-allá-de-lo-humano

La noche en los acantilados

Supongamos Porque nadie lo sabe de verdad Hay apuestas y resoluciones Ciertas comprobaciones Antes del metal y de la planta Se le llama la noche de los tiempos Pues, la noche era temida Tiempo no del descanso, más bien de la pérdida El mar bramaba y el acantilado se alzaba Siniestro, formación de sal y crustáceo Oscuros senderos Arenas deshechas, sombra de los rostros Turbados, exasperados Susurros, las pisadas La piel ajada, labrada Y la gruta Por dentro Y el fuego Trepidaba, insumiso Temor de los ancestros Muertos en la mar, nunca devueltos Temor de las alimañas del aire, del fondo marino Almas arcaicas, figuras pavorosas Mareas enemigas Posibilidades descontroladas, desolación Espera ansiosa del sol y de la risa Espera de siglos Espera maldita Y las conchas de la costa Y el excremento del pájaro Cubrió cuerpos, carnes, cadáveres Revistió a mujeres, hombres, ancianos La risa pudo superar al pasmo Al miedo tremendo Y fue el espacio eterno del descubrimiento Fiesta tan nítida Rito tan claro Todavía siento el sabor de la salmuera Todavía tengo la carne ajada por las olas Todavía quedan vestigios de agua en mis orejas Sí, yo viví todo eso Milenios pasados Siglos enteros Que botaron los océanos En las costas escarpadas, desestabilizadas Del norte grande Años sin término, contenidos en el guijarro Yo casé, recolecté, miré al sol Como se mira un abismo Con la ceguera de la pulsión El jote de cabeza colorada Planeaba Era alegría y era estupefacción Era el alma de mi pueblo, principio de las cosas Y hasta el día de hoy me gusta La gaviota y el pelícano La mar inhumana La arena hirviendo ¿Cuántas noches extáticas han pasado para que pueda escribir esto? Miles, millones, épocas completas Y toda mi breve vida

Soy más que una ruina

Los signos no duelen aunque dejan descorazonado sin el corazón sustancia caliente de las cosas solamente la fría geometría de los elementos bajo el método triunfal aflora el miedo primero, lacónico y luego, demencial Cuando era chico iba a jugar a las Ruinas de Huanchaca amplio recinto de piedra y de mierda manifestación de arcaicas metalurgias por ahí pasó el fuego un mar ardiente como mi corazón de niño ¿habrá un método para serlo, en todo tipo de mares? Ardiente, me gustaría ser Pero ahora intento el correcto obrar Recuerdo todas mis ruinas la experiencia y la alteridad Yo soy otro, mejor Mucho mejor Sin embargo el signo existe cautivantemente con su ruina y su gloria Yo no quiero más despojos de mi sueño

Un hombre semiológico

Soy un hombre semiológico Y no un semiólogo Jamás entendería Las ecuaciones deschavetadas Que explican cada insinuación de los signos caprichosos La razón más sólida puede entrar En las veleidades múltiples Sin sentir el vértigo Sin experimentar el torbellino Y las estructuras mórbidas Que estudian las leyes de los signos golosos Necios en su enfermedad Jamás podría Entender Jamás podría Interpretar Soy un hombre semiológico Impactado por los signos Obcecado por sus mundos Tan naturales Y tan coercitivos Aunque prefiero los signos Que van a la deriva Siglos hacen

La ciudad arde

Arde la ciudad con sus movimientos intestinos con sus viles tropelías Un alzamiento de voces anuncia que viene un silencio tan austero al ver el humo danzar La noche exclama que se divisan algunas llamaradas Arde la ciudad con verdadero ardor con un fuego vehemente No importa lo que diga la noche Ni tampoco las marejadas Porque quema en mi corazón Porque quema en mi alma Pero la ciudad no sabe nada de mi interior ¿Cómo ser soñador sin arder por dentro? Necesito una ciudad nueva e imbricarme con ella Al menos el gran espejo refleja el ocaso subsiste en él la belleza del sol y la luna

Cuando mi padre murió

cuando mi padre murió, terminó una épocacayeron imperios, enormes territorios desgarradoscivilizaciones hundieron sus pilaresen los mares oscuros, sin luna altivasociedades complejas perdieron la moneda y el granocomunidades antiguas bregaron porídolos de cuencas desconocidashubo rebeliones atroces, sangre derramadarevueltas rechazaron verdadeslas verdades divinas y humanasnunca más volvió el mundo a su órbita y sucedió el fin de todoel fin del nado en el océanoel fin del tenis con los amigosel fin de la ferretería agrietadael fin de las historias imaginariasel fin de la juerga yugoslavael fin de la cálida sencillez

porque fue el ocaso del hombre nobleyo perdí la razón y el corazón

para Andrés Vicente Franulic Pino (1944-2000)

El chincol

En la ventana pequeña Alpiste y agua fresca Ha costado un mundo Un mundo a cuestas ¿Podrá existir un mejor cosmógrafo? Quizá su contextura pequeña y nerviosa Quizá su aventura lumínica Lo único que pido al mundo Que la muerte de un chincol Sea digna de la muerte de un soberano Lo único que pido al mundo Que la muerte de un chincol Sea una estrella que cae Como un cometa Separando las aguas Milagro de la historia natural Lo único que pido al mundo Es que todos sean Alguna vez Un chincol despreocupado

Dicen los pajarillos

Dicen los pájaros que se posan en los jardines de los palacios embellecidos de los castillos legendarios Pajarillos que tienen la disforia de género Colores exuberantes Plumas esbeltas Ojos brillantes y veloces Cantos que se empinan más allá de los lagos y los estanques donde las ranas pequeñas huyen de ser un bocado de las garzas Y de otras zancudas hambrientas Y de las aves palmípedas O de todas las aves que comen vertebrados La dieta de los pájaros es sencilla, ligera, frágil Quizá por ello tienen aquella manera de actuar coqueta, cercana, alegre Su estado es la felicidad Ahora bien, queridas y queridos compañeros de viaje Dos preguntas ¿Desde cuándo los buitres aparecen al lado de las rapaces diurnas? ¿Es verdad que las palomas son gallináceas voladoras? Ojalá los cielos fuesen únicamente para las aves sin máquinas terribles que crucen su fisiología su biósfera su ecohistoria Un día mi habitación se llenará de pajarillos que andarán entre los libros que comerán de mis manos Mi escritorio será parte de su ser Sabrán leer novelas policiales Novelas de amor Novelas de ciencia ficción Y su canto no será sobre el fin Maldito término de las cosas Macabra experiencia de la muerte Su canto será sobre el comienzo de todo Sobre la belleza Sobre la paz O sobre un planeta hecho a la medida de la dignidad

El cerro herético

recuerdo que todo era luminoso siempre un día cálido claridad que asediaba el paraje el cerro estaba florecido las glorietaslos acantilados las fuenteslas arboledaspaseo de gente sobria sistema para la opulenta clasepero siempre la marginalidadacosóbuscó ¿por cuánto tiempo fue el lugar del dolor? ¿del triste desengaño? ¿de la sexualidad traicionera? quizá desde los orígenes cautivó al lazarillo del deseo al que blasfema secreto escondite de apóstatas de renegados de sodomitas revisores del códigode la teología de la gramática (en las otras instancias parques y residuos sitios interdictos aldeas y riveras que frecuentaba había una grisácea atmósfera una opaca manera de proceder -¿o era la noche embriagada soez manifestación de las estrellas?) quisiera creer que todo ocurrió en una primavera el sueño de un enamoramiento la quimera de una pasión desatada que irrumpió el destello en los vidrios modernos del entorno oficinal del centro peatonal flor que abrió violenta su cápsula rocas y piedras que botó la tierra milenios pasados antiguas reservas del ríodel volcánlocurafuego que quemafácilsin embargono hubo nada parecido al amor pesado de tanta primavera de tanto capricho el delirio era similar a un rito segmentado a un cálculo de distancias y de gestos de pequeñas proporciones en la roca y en el cerco conocido solo por los nativos por los informantes de esa sociedad presa de una regla interior norma y emblema la complejidad de la máscara la señal bastarda que todo lo trueca que se obedece ciegamente aquella sociedad se consumía en la ceremonia formas de la conquista animal del logro sexual del rédito erótico heterodoxia masculina posibilidad de la libertad pero siempre la herida del hecho social sus límites eran los ojos la encrucijadala marea las letras el amadopor suerteel fetiche no era tan tirano no recuerdo el comienzo de la historia el inicio de la hazaña solo poseo la certeza de mis estancias pero ya no poseo ninguna certeza del descubrimiento de ese mundo repleto de figuras colmado de sorpresas rostros ansiosos rostros testarudos lazos que unen las almas sin riqueza los seres sin gloria entre montañas esculpidas entre reliquias del tesoro entre dioses de los paganos amores de aquellos hombres buscando lamiendo sitiando el placer yacimiento del deleite y del sufrimiento Huelén Santa Lucía ¿dónde están todos ellos? ¿dónde moran? ¿dónde posan sus padecimientos? algún día escribiré la crónica de sus lamentos de sus hermosos cuerpos de sus espíritus alucinados hasta la muerte iré de la periferia al centro desde el primero a las dos torres y de las grietas hacia el ocaso cuando terminó la errancia del cerro no la mía nunca la de mi corazón entonces dos décadas como un trueno pasó el tiempo pasó la oscuridad pasó la bellezay aún recuerdo el solese nombreJair Viana

Volver a poner los pies en las rocas

El tiempo era pleno, instante que no poseía pausa, corte, intervalo, duración en el día asoleado con el mar escarpado más allá de una existencia alucinada por los rastros naturales, soñadora de las verdades breves, sin la espera de la noche. La noche se hallaba lejana, la noche no invadía el momento –solitaria planicie rocosa accidentado suelo bajo los pies– El tiempo no tenía esas rendijas de las habitaciones de madera y de los conjuntos de hormigón. Hay lugares donde la lluvia cae sin derecho al juego –lugares y no espacios– Entonces cenizas o humedad, nunca la totalidad del sol. Siempre la abundancia del signo inscrito en la fractura. Nunca el niño quiere deshacerse de sus emblemas, de sus figuras, de sus símbolos delirantes. Por eso yo corría detrás de la historia. Bella historia, colmada de una inocente ética, investida por el salvajismo, sometida a la mirada fabulosa. La historia natural de mí mismo, encauzada por las rocas. Y el sol que no usurpa la forma hermosa del mar tranquilo, presagio sincero de todas las mañanas desnudas de lo que formula y calcula en el ser. Era simplemente el ser mínimo. Mínimas cosas en la ecología diurna -criaturas pequeñas, que podía tener en mi mano: peces cafesosos, cangrejos rojizos, moluscos oscuros, piedras y algas, y otros especímenes en las pozas de agua de mar– Ahora que estoy lejano y alejado de las pequeñas lagunas con sus cristales acuosos, pienso en esos avatares como se piensa un territorio de mi naturaleza. El mar quieto, apozado para la pervivencia de lo menor, en la costa ardua con la inmortalidad de sus roqueríos. Quisiera otros momentos así, exentos de la muerte

Mares y no corazones

1. Los ruidos El ruido es una expresión insólita Gestos y muecas y ademanes sin razón ni sistema Lesiones y rastros y marcas en el aire Es el sendero que los homínidos tuvieron que transgredir para que el abismo cayese con cientos de piedras al borde de la montaña Herida que sangra deformes acústicas El homínido fue el héroe del ruido Vivió la contradicción y la fascinación Sobre sus bastardas señas hubo de forjarse eso que se suele llamar civilización Los antiguos corazones fueron de piedra y de astros El ruido viene a mi oído con su rudeza con su fuerza bruta con su ley concreta El derecho del más fuerte jamás fue de quien clama el poema