Yo niña, yo mujer - Dolores Valentino - E-Book

Yo niña, yo mujer E-Book

Dolores Valentino

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Beschreibung

En casa viven los pájaros del silencio, la diminuta manera de ver la infancia que me sobrevuela todos los días y ahora todo huele a café desde que me convertí en la mujer que sueña, que añora, ama y escribe. Porque escribir duele y también sana.

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Seitenzahl: 90

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Valentino, Dolores del Carmen

Yo niña, yo mujer / Dolores del Carmen Valentino. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2023.

190 p. ; 21 x 15 cm.

ISBN 978-987-824-607-9

1. Antología. 2. Antología de Poesía. 3. Poesía. I. Título.

CDD A861

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2023. Valentino, Dolores del Carmen

© 2023. Tinta Libre Ediciones

Agradezco a mis nietas, María Paz, María Luz, Jazmín y Alma, que ilustraron mi infancia

Palabras de la autora

Escribir para mí es desnudar el alma y el corazón frente al lector, con lágrimas, tristezas, duelos y alegrías, también, fantasías.

Elegir los personajes es encontrar dentro de nosotros esos mismos protagonistas que están, que estuvieron, o los que llegarán en algún momento.

Escribir es dejarme fluir, entregarme y aliviarme de las cosas que me suceden a diario o de lo que pasó. Es ver la luz y la oscuridad al mismo tiempo y abrazarme a mi propia sombra; sentir olores, ruidos y palpar colores.

Es caminar entre las flores, volar junto a las aves, nadar en la lluvia y perderme por un rato en las estrellas.

Porque escribir duele y también sana.

Espero poder transmitir mi pasión por la escritura.

Yo niña

Todo comenzó a complicarse cuando dejamos de jugar a las muñecas para jugar a ser grandes

­Anónimo

La casa donde vivía en la infancia

Un pasillo largo y estrecho me conducía a la casa pequeña donde pasé mi tan amada infancia, que hoy me recorre dentro del corazón.

Malvones rojos, rosas y blancos adornaban el jardín de mamá, entre otras plantas. Una galería que olía a magnolias me recibía; luego, los cuartos, uno para mis padres, otro para las tres hermanas. Muchas plantas había en casa. El comedor y la cocina eran muy cálidos, allí hacíamos los deberes del cole y pasábamos mucho tiempo jugando a las muñecas. Mi cuarto estaba empapelado con diseño de flores pequeñas y multicolores; arriba de mi cama estaba la repisa de madera colgante en la que solíamos hacer el pesebre para Nochebuena, un escritorio que también lo usaba papá, y muchas muñecas sobre la cama dormían. El patio era lugar de entretenimiento, la parra nos amparaba mientras jugábamos; luego seguía el fondo de la casa, era de tierra, con durazneros y un pimiento enorme; debajo de él, armábamos casitas, a veces lo convertíamos en farmacia o almacén; mis hermanas y yo nos divertíamos mucho ahí.

La casa se unía por una puerta a la de mis abuelos paternos, por el fondo del patio.

Me gustaba mucho el pasillo de la entrada porque fue donde aprendí a andar en bicicleta.

Mamá regaba las flores cuando volvía de dar clases, esta es una de las imágenes imborrables, aún recuerdo esas tardes.

En el invierno se encendía la cocina a leña para entibiar los ambientes, calentar agua y hacer la comida, que salía más sabrosa que en la de gas. Las paredes de la cocina eran blancas, la de la cocina-comedor, color té.

Luego de unos años, cuando crecimos, nos mudamos a la de mis abuelos, que ya no estaban. Pero nunca fue igual a la casita donde pasé mi infancia tan feliz.

A la orilla del río

Los pájaros sobrevuelan en un aire de lirios azules, y el cielo aplasta con sus dedos anubados la tarde.

La tía nos trajo en un puñado de margaritas, y ahí quedamos.

Ahí, quietecitas a la orilla del río.

Aún recuerdo aquel día de mariposas estrelladas en el agua, de sapitos tiesos debajo de los juncos.

Ahí quedamos, estáticas en la foto que la tía nos sacó.

Y ahí estamos, con primaveras colgando en el pelo.

La quinta del abuelo

El tiempo tiene aroma a la quinta del abuelo al palomar del fondo a la jaula de las cotorras al perro viejo a leche tibia y miel al licor de almendras a peladillas de Navidad a las manos limón de la abuela a cenizas de jazmín a las alas quemadas del pájaro al verde menta de la montaña al diluvio de estrellas a los corazones del manzano a la piel del durazno recién nacido a cielo y a muerte.

Aún me dueles

Aún me duelen las rodillas, los pies con zapatitos de porcelana y las manitos de mazapán al recordarte…

Tres muñecas, como decía la abuela, jugaban debajo de las escaleras del zaguán los días de verano.

Se vestían de grandes y se aventaban con los abanicos de las tías en el comedor. Tres boquitas pintadas como amapolas reían, mirando a escondidas por el ventanal...

Aún me duelen las rodillas, los pies y las manos.

Aún me dueles, infancia.

La abuela Sara

La abuela Sara hilvanaba puntadas de música en la casa de campo mientras los pájaros revoloteaban sobre la ropa tendida en la soga. La niña con ojos adormilados bajó del desván y en el rellano se sentó para ver danzar las mariposas en el ventanal.

Afuera, la cerrazón amenazaba una tormenta de lirios y lilas sobre el pajonal y con sus manos trémulas llegó hasta la cocina. Sara, vacilante, se paseaba cerrando las cortinas agrisadas, y en la premura olvidó recoger la ropa, entonces ordenó a la niña que lo hiciera. Al salir, vio una cicatriz en el vientre de la paloma herida.

Y se fue en su vuelo.

El último viaje

Las dejé sentadas bajo la sombra del sauce y llegó el colibrí a rodear la quietud de sus figuras.

El viento pasó por sus pestañas y su voz se coló en sus oídos.

Fue el último viaje.

En el umbral de casa las despedí con mis rezos.

Enterré sus corazones cuando asomó la luna.

No llegaron los pájaros a despedirlas.

Las vestí con sus vestidos de encajes y puntillas en los pies.

Las perfumé con el último jazmín recién nacido.

Les hice escuchar las melodías de Beethoven y maquillé la tarde con las hortensias del jarrón.

En silencio, las dejé marchar.

Las lloré.

Las quise.

Les sonreí.

Las coloqué entre mis senos para despedirlas con un largo abrazo.

El último viaje se guardó en el desván.

Se fueron de la mano cuando con lágrimas en mis ojos cerré el álbum de mi niñez y mi muñeca.

El vestido de la abuela

Me quedé encerrada en el vestido floreado de la abuela, entre sus margaritas del patio con el rocío del amanecer y sus pétalos de media luna, en los frascos de dulce pegoteándome la punta de los dedos, en el olor a las tostadas que se filtraba entre las rejas del balcón donde se asoleaban los malvones, en el umbral rociado de jazmines y en el cuadro de la tía que colgaba en el desván, cómplice de las siestas que pasaba ahí dentro deletreando algún cuento. Me quedé encerrada entre tus olores de abuela, indescriptibles, con esa magia que solo ellas saben trasmitir, y en mis pies colgando como dulces racimos en la hamaca de la higuera mientras atravesabas el patio para darle aliento al canario que picoteaba las rejas de la jaula.

Me quedé encerrada en aquellos días, abuela.

Me pondré zapatitos de muñeca para que vuelvas a buscarme.

Mis carnavales

Estuve recordando mis carnavales de infancia y… sí… divertido para mí no lo era, pero recuerdo a mi barrio y el grupito de vecinos que salían por las siestas a mojar. Solíamos escondernos para que nadie advirtiera dónde estábamos para dar los bombazos… ja. Y ahí sí, ¡se veían volar los diminutos globos de colores! En calurosas tardecitas en la vereda, empapadas corríamos de esquina a esquina. Al atardecer, ya cambiadas de ropa nos sentábamos en la puerta de casa a charlar y jugar, hasta que el olor de las milanesas que mamá cocinaba nos convencía de entrar cada una a su casa para cenar, y así todas las tardes carnavaleras.

Cuántos recuerdos me llegan de aquellos días en los que los disfraces, corsos y serpentinas eran parte de mis días coloridos.

Enterrar el carnaval era una fiesta, que hoy añoro.

Dorada brisa

Entre el verde aceituna y el cobrizo de las hojas en el suelo, la fragancia amaderada y pegajosa de las frutas maduras, más el olor a leña de la estufa encendida y el café tostado sobre la mesada, se bebía la charla entre los muros pintados del comedor.

Los pájaros, afuera, sobrevolaban el cielo inmaculado.

Los pequeños pies en el patio correteaban mientras vos, abuela, sostenías un ramo de flores en la dorada brisa que hoy no está.

Y me vienen las coloridas imágenes del pasado que rocían mi corazón, abuela hermosa.

Es la siesta, repleta de matices, y cierro los ojos y te encuentro, entre las flores y pájaros asoleándose en el zaguán.

¡Cómo te amo y extraño!

Aire navideño

Llega Navidad y con ella, mi niñez cargada de emociones.

La casa, donde pasé parte de mi vida junto a mis padres y abuelos.

La noche buena, un festejo, esperar las doce y abrir los regalos que el Niño Jesús dejaba en algún rincón. Besos y abrazos flotaban en el aire navideño.

Las delicias que mamá cocinaba, el árbol y pesebre bello que armaba, compartir con los abuelos que siempre sonreían, mientras la noche pasaba entre garrapiñadas y confites. Después llegaban los tíos a brindar, mientras me dormía en la falda de la abuela.

Hoy vuelvo a recordar aquellas Navidades.

Y le traje flores a mi niñez con miedo de no encontrarla.

La casa tiesa

La casa está tiesa, con lienzos almidonados en la ventana; el reloj con su clásico tictac asusta al silencio enredado en las túnicas blancas de los ángeles, y la escalera del desván cae como la enredadera de las tías en el balcón.

La jarra enmudecida se refleja en el espejo y las rosas viejas se visten de seda.

El gato deambula de cuarto en cuarto.

Afuera, los malvones con sus bocas pintadas se abanican.

La cocina, en cambio, guarda en las cacerolas los ojos de las tías y por el delantal zurcido se cuelan las recetas diarias.

El bastón se asoma desde la mecedora.

Los pájaros sacuden sus plumas en el patio mientras los macetones de las violetas sestean en la galería.

Mis pasos golpean la puerta del sótano donde se agolpan las cosas viejas. Entonces encuentro los pies sin zapatos de las muñecas, los cuentos y la varita de hada.

Del baúl cae la cabellera postiza de la abuela en la que hicieron nido las ratas.

La tarde está mansa este verano, solo las moscas se fritan, afuera.

Las tías roncan con sus bocas abiertas.

La chica lava en el fondo la ropa.

Y se rompe la siesta en un bostezo.

Y me recuesto entre las flores a esperar que resuciten las tías.

Por un instante

Ella me cubrió con su manta, como en la niñez.