Yo no necesitaba experimentar para saber que te amaba - Kevin Calmucci - E-Book

Yo no necesitaba experimentar para saber que te amaba E-Book

Kevin Calmucci

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Beschreibung

Yo no necesitaba experimentar para saber que te amaba te presenta un delirio masoquista, eso que alguien escribió con el corazón en las manos luego de haber estado traumado durante años por unos ojos que tan solo lo amaron unos días. Esta oda al amor te invita a convivir con esos amores que nutren y que matan, con esos amores que escarchan pero también que queman. Es un deseo escrito por un alma en pena, la misma que noche tras noche clamó por unos labios ya desdibujados en el tiempo. Cada página te invita a perderte, así como él lo estuvo en unos luceros ya apagados, a morder cada letra, a que te bañes en su tinta y que te lances al deseo.

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Seitenzahl: 72

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Ceballos Calmucci, Kevin Nahuel

Yo no necesitaba experimentar para saber que te amaba / Kevin Nahuel Ceballos Calmucci. - 1a ed - Córdoba : Tinta Libre, 2024.

100 p. ; 21 x 15 cm.

ISBN 978-987-824-951-3

1. Antología de Poesía. 2. Poesía. I. Título.

CDD A861

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2024. Ceballos Calmucci, Kevin Nahuel

© 2024. Tinta Libre Ediciones

Yo no necesitaba experimentar para saber que te amaba

Leonore

Leonore. Aún tengo en mi memoria la dulce sinfonía que producía la pronunciación de tu nombre.

Me enamoré y lo hice de una bomba de tiempo, de alguien que llevaba las estrellas en sus ojos y el infierno en los labios, me enamoré de la tormenta que vestía en pijamas.

Aposté demasiado, quise domar al océano, pero muy a mi pesar, y aún en contra de la magia de la literatura, esto no fue un “y vivieron felices por siempre”: Leonor fue el amor fugaz de las estrellas, un amor de madrugada, un beso de medianoche.

Aún se me eriza la piel y el alma al recordarla. Me gustaría decir que logré controlarla, pero intentar domarla es como intentar encerrar al tornado en un cofrecito.

Oh, mi querida Leonore, no hay un día en el que no piense en tu nombre, que no recuerde el fuego que podías hacerme sentir con una sola caricia.

No hay una palabra correcta para describirla: ella era pura, un lamento que aullaba a la luna, el diluvio de fuego en unos bellos ojos de almendra. Era indomable, su amor era como ser golpeado una y otra vez por la ola, una dura pero delicada caricia. Es difícil de explicar, casi tan difícil como lo era ella.

Aún no hay día que no asocie la adrenalina a su nombre, que no la recuerde por aquellos bailes de salón y por la sensualidad de sus caderas al son de la melodía. Recuerdo aquella danza esquivando las dagas de aquella dama que rompió las cadenas y por un tiempo hizo sentir mi pulso.

Mi querida Leonore, no sé adónde te habrá llevado el viento ni qué aventura estará sonando en tu libro, pero no te negaré que te recuerdo con algo de nostalgia y dulzura. Tampoco niego que en un nombre he encontrado algunos refugios en los que podía recordar lo que era el vicio de la vida.

Oh, mi querida Leonore, tú, esa que fue excepción a cualquier prosa cliché de amor que se haya creado.

No volví a buscarte

No, la verdad es que no quise volver, no tuve la necesidad de volver a tocar fondo…

No quise volver a navegar por mares de incertidumbre; ya no encontraba gozo en aquel teatro acartonado que nos habíamos montado.

No niego haberte extrañado, tampoco que te amé o que aún en las noches más oscuras lo hago, pero el juez dictó sentencia, y la condena reclama el exilio del alma.

No volví a buscarte, pero solo para no transitar los caminos del olvido, para no marchitar las pocas flores del sentir que aún quedan, que aún se aferran al alma, esas que están tratando de sobrevivir el invierno.

No quiero volver a caer en el vacío de tu boca, en la desolación de tus caricias o en la oscuridad de tus palabras.

No puedo evitar que mi sangre reclame tu nombre, que mi corazón siga recordando el son de tu voz; no puedo fingir que no te amo, pero mi ser ya aprendió a vivir con la ausencia de tu perfume y tus caricias.

Tomé un camino diferente al tuyo.

La diferente

Creo que, aunque el público se me eche al cuello, “diferente” es el mejor cumplido o calificativo que podría decir, si en ella las formas pierden el sentido, sus pasiones y sus delirios, son todo lo contrario a lo que he conocido, incluso a lo que en alguna noche de melancolía he podido llegar a imaginar.

Ella es esa, de las que hacen temblar las sombras, con la luz que de sus labios emana, la que sale a pelear la vida, media despeinada y con la almohada en el rosto, esa que sale a comerse el cielo a mordiscos.

Creo que di con la dualidad misma de un inmenso océano y el implacable fuego de mil infiernos; ella, que nació de entre las brasas y las cenizas, se vistió simplemente para poner al mundo de cabeza.

Es de esas a la que no podés dejar de ver, la que roba miradas y las deja perdidas en la estela de su perfume, que tiene la sed de conocer, que vomita fuego por la boca, pero que tiene grabadas las estrellas en los ojos.

Es así, diferente, no quieras comprenderla, no quieras domarla, no quieras poseerla, no busques agradarle, ya que, entre tantas, va a seguir siendo ella, de su propiedad, atada con su propio lazo.

Absolutamente alguien diferente.

Las personas rotas no saben amar

Ahora estamos frente a uno de los mayores engaños que el teatro y por consiguiente la vida nos han podido contar.

Una persona rota no sabe amar.

Una persona rota ama más que cualquiera, solo que a su forma. Aman diferente, a su tiempo, sin prisa y sin pausa, así, sin rutina y sin ataduras. Sí, tal vez no amen en lo convencional o en lo impuesto, tal vez no se permitan sentir tanto a corazón abierto, pero de su ser solo salen unos “te amo” elocuentes, sin complejos, sin estigmas, sin complacencias, ya que no se lo dicen a todo el mundo y menos solo por decir.

Y sí, es verdad, las personas rotas tal vez no te van amar como quisieras, ya que simplemente no fueron correspondidas o fueron lastimadas. Tenían tanto amor para dar que el mundo les quedó corto. Son seres que, a razón de lágrimas y pesares, no van soltando prosas y tangos al azar; son seres que simplemente aman de otra manera, desde la sombra de lo que alguna vez llegaron a dar.

Las personas rotas no saben amar.

Estoy en total desacuerdo. En el camino, he visto personas rotas reparar corazones a diestra y siniestra, y detenerse a pegar con sus pedazos los caminos de otros…

Las personas rotas no saben amar.

Fuego

¿Meterías las manos al fuego por alguien? ¿Por quién?

Dicen que, cuando los dioses ven el sufrimiento y la disposición al sacrificio, es ahí cuando prestan atención y ven más allá, entre los simples asuntos mortales, y se atreven a prestar socorro.

Lo de arriba lo dejo a tu libre interpretación, pero puedo tratar de adivinar que un nombre o una silueta ha cruzado tu mente. Te pregunto de nuevo: ¿por quién meterías las manos en el fuego?

Si pensaste un nombre, felicidades, estás viviendo, estás sintiendo; y si no, no sé qué esperás para buscar eso que te consuma, que sus besos ardan en tu garganta, que sus caricias abran tus heridas y que sus ojos derritan tu sistema.

Es hora del fuego, del placer. Es hora de entregarte a la dulce y amarga sinfonía de dos cuerpos celestes ardiendo en conjunto, de que destilen fuego entre las sedas y que dejen que los asfixie. Así, habrás encontrado un camino, habrás encontrado la armonía, habrás encontrado quizás el o un amor, habrás encontrado por fin un fuego en el cual quemarte.

Fugaces

Eran así, mutuamente se llamaban los fugaces, dos almas que en su unión lograron jugar con las agujas del tiempo entre beso y beso.

Espontaneidad y adrenalina eran lo suyo, el perfecto vuelo de un colibrí sobre sus linos, el concilio de dos amores que les hervía la piel.

Cualquier título les quedaba chico y pesado por demás, pero a su vez, en conjunto, sus corazones ardían aún más que el noveno círculo del infierno. Y en su andar escupían tantas palabras de amor como gotas había en el mar circasiano.

Eran así, tan etéreos, siempre en complicidad, tan inefables, que su historia era contada entre los astros, y en otra época hubieran protagonizado las mejores tragedias griegas.

Vivian los años en el minuto de sus besos y, mientras se recitaban tantas prosas de amor como tangos hay en el mundo, la luna se sentaba a deleitarse con el brillo que estos producían.

Eran así, tan suyos, tan únicamente fugaces, que al momento de desear en lugar de mirar las estrellas se miraban en los ojos del otro.

La locura del amor