Yo nunca - Iván Núñez Espinosa - E-Book

Yo nunca E-Book

Iván Núñez Espinosa

0,0

Beschreibung

«Tres cosas son necesarias para la salvación del hombre: saber lo que debe creer; saber lo que debe querer; y saber lo que debe hacer». La sentencia de santo Tomás es clara, pero no simple; no resulta engañosa, pero, ¿y si uno no sabe qué creer, que querer o qué hacer? Entre el día y la noche se mueve este cuento, en la sublime senda entre el orden y el caos. Como los buenos juegos, el 'Yo Nunca' quitará el velo a sus participantes y los hará mostrarse de manera auténtica, llevándolos a ese estado donde no se sabe si la redención será superior a la ebriedad. Ya se sabe: jugar sin entusiasmo, jugar sin apostar, no es jugar.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 144

Veröffentlichungsjahr: 2022

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Antes que escritor Iván es un amigo, un compañero de aventuras. Más allá de mi pequeña contribución a esta historia me gustaría dejar constancia de la satisfacción e ilusión que me produce ver su publicación. La vocación suele entenderse a priori, de forma que aquel del que se dice que tiene vocación es aquel que cree ser bueno, y por supuesto feliz, cuando desempeña determinado oficio, actividad o deporte. Con frecuencia esta noción común nos hace olvidar que la vocación también se construye, pudiendo ser fruto del hábito y la constancia. A esta búsqueda permanente se refirió Aristóteles con su famosa cita “seamos con nuestras vidas como arqueros que tienen un blanco”. Así pues, en el caso de Iván Núñez Espinosa, diría, desde la amistad que nos une, que él pertenece a esta segunda clasificación. Yo Nunca es una historia de las pasiones que atraviesan toda adolescencia, y más o menos actual, demuestra la universalidad de la condición humana. Los tiempos cambian, nuevos objetos se inventan, pero nosotros los humanos seguimos dentro de las mismas coordenadas.

La temática de este pequeño cuento es amplia y ambigua, pero si hay un motor primero para la acción es clara y evidentemente el popular juego de beber en el que todos hemos participado alguna vez, el “yo nunca”. Consiste en hacer una proposición comprometida y polémica acerca de la vida personal, si algún participante reconoce haber hecho, dicho o pensado lo que el ponente pregunta, bebe dejándose en evidencia ante los demás; el chiste del juego está precisamente en la ruptura de las normas que rigen la vida social, en la epopteia propia de cualquier celebración a Baco. El “yo nunca” ha marcado y perfilado toda nuestra juventud, por eso se le alza aquí un coloso, una estatua móvil, un monumento conmemorativo al espíritu de la vida joven.

Otras intenciones comunicativas pueden haber escapado de la mente del autor, pero el deseo puro siempre fue el de llevar este magnífico juego a su categoría ideal, a los libros. Cualquier complicación conceptual degradaría este principio. El “yo nunca” nos es suficiente por sí mismo.

En la obra se reconoce un equilibrio argumental notable, ésta se desarrolla en unidad temática de tiempo y espacio, lo que le confiere el peso específico buscado ya en el teatro clásico, recuperado aquí, sin duda, de manera consciente. Una sola casa, una sola noche. Es interesante abordar consideraciones en relación a lo teatral, dado que la naturaleza de esta historia se halla a medio camino entre el género narrativo y el género dramático. Existen además numerosos elementos retóricos que aportan al conjunto del texto un carácter destacadamente formalista, acaso la característica más notable de esta pequeña novela; hacer figurar deliberadamente un planteamiento inicial, referir fórmulas retóricas o apelar indirectamente a una supuesta consciencia del lector (emancipado del argumento) a través de la ironía son rasgos que ponen a este texto en el sitio que le corresponde, que reivindican y reconocen la historia en tanto que ficción pretendida y buscada. Esta tendencia al formalismo, como decía, al reconocimiento de una ficción que no se quiere hacer pasar por real, está ideada precisamente para evitar todos los recursos literarios facilones, todas las fórmulas narrativas poco sofisticadas y en muchos casos algo pretenciosas que han buscado sin éxito potenciar la ficcionalidad con vagas figuraciones y modelos ya muy quemados, y que tanto empobrecen la expresión artística… Yo nunca es una ficción y no otra cosa. Lo que se puede considerar un éxito en el posicionamiento de autor, obra y lector en las relaciones de representación literarias, es quizás más interesante en un sentido cómico: al fin y al cabo, Yo nunca es la comedia de la mediocridad espiritual y la sublime belleza de la juventud, y, al modo de los festivales de teatro atenienses, consigue situar su propia voz narrativa en la ambivalencia de la acción interna y la participación de su público. Sin duda, una gran sutileza.

Se trata de una narración llena de movimiento, trabajada, aunque ligera, en parte por su marcada direccionalidad: la noche se desarrolla en toda su dimensión para después decaer dejando paso al amanecer, la negación dionisíaca estalla para caer finalmente ante la redención apolínea, la progresiva ebriedad transforma a sus víctimas hasta que la realidad vuelve a reclamarlas, tanto a través del fracaso de las patrañas amorosas como mediante el estallido de las luchas políticas ciudadanas… Posee, en fin, un gran dinamismo porque toda la narración se orienta hacia un clímax final.

Curiosamente, todo este movimiento queda concentrado en una ubicación fija, las salas del palacio; otro rasgo heterogéneo sería la disposición de un final abierto formal y conceptualmente.

Digresiones aparte Yo Nunca es viento fresco, una picaresca trama donde se entremezclan otros temas como el amor de juventud y los tortuosos caminos que éste acostumbra a seguir, encarnado en personajes como Girolamo Acciaiuoli y Ada Gokcin, o Bieito y Olivia Dietislavi, pero sin duda también en Sabina y Arnolfo Rucellai. El jolgorio nocturno que tendrá lugar en casa del gobernador, donde se ha organizado una deliciosa velada llena de lujo, de sensualidad, de libertinaje hará que las tensiones más recónditas de las almas de estos jóvenes afloren. Ese velo de las apariencias al que acostumbramos en toda reunión social se romperá mostrando los más inusitados secretos. Don Abelardo, el joven árabe, será el maestro de ceremonias, el encargado de manejar la batuta en una singular noche donde nadie saldrá siendo el mismo. Se recomienda ser apreciativo y prevenirse ante la catarsis que se va a experimentar esta noche.

Un ambiente sugestivo se crea a partir de un registro de idealidad considerable, de elocuentes caracterizaciones, hermosas expresiones y desafiantes contradicciones. Hombría y feminidad, elocuencia y discreción, progreso y tradición, fidelidad y libertinaje, amor y desamor, configuran las apretadas relaciones sociales de estos muchachos, el verdadero corazón de este sistema, siempre modelados según el baile de la dualidad platónica, en la lucha dentro de la unidad... Dentro de la desenvoltura de Abelardo y Azucena, que son tal para cual, se reconoce la fuerte determinación por alcanzar una vida modélica y virtuosa; del comportamiento diligente de los varones se extrae la necesaria violencia que los mueve en muchos casos, y en el cortejo insolente de Isidoro hacia Ada, la esposa del gobernador, se aprecia en los ojos de ambos una suspendida ternura, un anhelo maravilloso.

No puede dejar de notarse, en definitiva, cierta influencia de los clásicos en las páginas que componen Yo Nunca. Nos encontramos ante una obra ambiciosa, donde mediante una elaborada prosa Iván Núñez Espinosa consigue trasladarnos a la Italia renacentista en pleno siglo XXI, sin timidez en sus imprecisiones históricas. Su mérito consiste en la habilidad para elaborar esta operación proyectando la Florencia del siglo XV, sus edificios, sus habitantes, su ambiente, sin perder un ápice de actualidad con su generación. En calidad de lector de esta obra, puedo afirmar que la historia que aquí tiene lugar es de interés universal, al menos así lo es el tema que trata.

Estamos, pues, ante muchas cosas y una sola. Una seductora historia que no deja indiferente. Es preciso, con el arrojo que muchas veces nos falta, embarcarse en esta aventura hasta el final.

Álvaro de Artaza Prieto, Helsinki, a 26 de abril de 202

Inhaltsverzeichnis

I

II

III

IV

V

VI

VII

VIII

IX

I

–Con esta humilde botella, de por sí, convencional, ya que no dispone más que de vidrio, tapón y rosca, además de la etiqueta de la fábrica, os voy a proporcionar un asequible pasatiempo en esta sala donde estamos. No hay truco, ni engaño o cortina de humo… ¡Ni mal haberlo debiera! Pues, ¿con qué motivación os iba yo a confundir el pensamiento y el juicio? No… Esto no es desierto para espejismos, ¡por Dios! No tengo para vosotros y para mí mismo más que intenciones aviesas; seréis para mí como Susana en el jardín de los viejos que vamos a recrear dentro de estas cuatro paredes. ¡Pues fijaos qué maravilla! Que este juego que os propongo, lejos de ser mera chanza o comidilla, se parece más a un ritual, una purga o algo semejante: los secretos, las perversiones, las intimidades… ¡Se revelarán! Y, evidentemente, la bebida os hará muy bien sabidos de una cuestión curiosa, que hoy entráis en esta casa aristocrática con ciertos amigos, pero bien saldréis con otros… Bueno, en realidad serán ellos mismos, pero, al mismo tiempo, no… Serán vuestros amigos en su categoría ideal (o algo así), impelidos hacia una relación de representación por la que, siendo ellos mismos, serán también otros. Sí, vosotros. Pero, en fin, sentaos a mi alrededor no sin antes darme sombreros, gorros y capas, y usadme como ordenanza que organice las diversiones públicas, por supuesto… Cras a la mañana estaba yendo para trabajar. Ahora me toca entreteneros. La noche está lista a mi parecer, teniendo en cuenta que hay muchísimas estrellas a la vista, ¡como para no contarlas! En definitiva, ved, que termine de fumar para poder empezar con este… grosero ajedrez de borrachos. Sabed bien, que como peones míos vais a hacer lo que os diga; frío está el licor y, aunque es malo, a caballo regalado el diente no le miréis.

De esta manera Abelardo Pazzi, joven ciudadano de la república, de origen árabe y barba negra, de ricas ropas y el andar altanero de la juventud, inclinado a las ciencias y aficionado al cortejo de mujeres, cuyo padre amasó una notable fortuna con la banca y el comercio tras haber huido de los crímenes del Levante mediterráneo, y cuya santa madre encarna un modelo de piadosa virtud a la vez que recibe la pensión propia de las viudas, introdujo a los presentes a un juego nuevo.

–Y, por cierto, ¿qué hora es? –interrumpió Bieito, quien se sentaba a su izquierda–. Si ellas no nos han mentido, según nos hubieron dicho, deben estar al caer. Temo que no lleguen a su hora, como siempre…

–Esto llego yo a saber y por ellas no me apuro –comentaba Mulvio, del otro lado–. ¡Con la prisa por venir he olvidado el vino! Menos mal que, como camarada generoso y hombre consciente, sí que reparé en los puros.

–¿De qué nos van a servir si ellas tosen con el humo?

–¿De guisa que no voy a fumar esta noche por el antojo de ellas? –Se quejaba Mulvio Pitti.

Desde la cocina entra al salón Girolamo, de los Acciaiuoli, llevando en cada mano pequeños manteles y papel, ya que al parecer la dueña de la casa le había reclutado como camarero de aquel espacio, una buena faena para empezar... Se dirige a sus amigos de pie, junto a Abelardo, quien, por su parte, trata de abrir su botella concienzudamente.

–Ada me hizo prometer que no apestaríamos el cuarto con drogas o con tabaco, que a fumar se sale uno, sacando la cabeza por la ventana o yendo al balcón de la plaza o como sea... ¡Ah! Y tampoco os descalcéis por no apestar las alfombras.

–¡Aquí están! –exclamó Bieito según llamaban a la puerta de la casa.

–Las abro yo –dijo Abelardo con un severo semblante.

Se irguió rápidamente; pareciera que oliese el perfume de las jóvenes a metros de distancia, como don Juan, para quien, de igual manera, las chicas eran más importantes que el pan que comía y el aire que respiraba, y para el que la fidelidad a una de ellas representaba una terrible crueldad para las demás… Se encaminó a la puerta haciendo ostensible toda su galantería.

–Buenas noches, bella Olivia. Tenemos que hablar tú y yo.

–Luego te busco, Abelardo, pero qué bien que nos veamos por fin –Le contestó ella mientras examinaba el salón con los ojos, antes de volver la mirada hacia él–. Adiós.

–Hola, Lulú –dijo Abelardo dando paso a la siguiente.

–Mis saludos.

–Vas muy guapa. ¿Traes alcohol?

–De azúcar de Oriente –respondió ella riendo.

–Eso es que traes tu ron –repuso éste cariñosamente antes de saludar a la siguiente de las amigas–. ¡Sabina, querida mía!

–¡Buenas noches, hombretón!

–Dos besos. Pasa con todos, que ya están en el salón sentados aquí y allá.

Terminaba de subir la escalera del edificio una vieja amiga de todos ellos, María, sin duda la persona más afectuosa y emocional del grupo, que compartía apellido con su adorado esposo allí presente, el señor Mulvio Pitti. Fue recibida por el árabe.

–Abelardo, niño mío…

–Acércate, corazón –Le dijo mientras la abrazaba.

–¿Dónde puedo dejar mi abrigo?

–¡Las prendas de abrigo van a esa habitación! –gritaba Girolamo señalándola desde los sillones de la sala principal.

–¿Cómo debo saludarte? –Abelardo tanteó a Azucena con el registro propio de los enamorados que juegan.

–¿Preguntas por discreción?

–Pregunto por si dos besos fueran fría inclinación.

–¿Necesitas que consienta? –dijo ella tensando la cuerda.

–Esta vez sí; otras, no –contestó él.

–Verás, es de mala educación saludar con diferencia a unos y otros… Es igual, ten, mi bolsa con mi maillot. Entremos, que ya habrá ocasión para vernos entretanto. Acabo de llegar de las representaciones que estoy haciendo ahora en la plaza de armas, allí, en el centro de la ciudad, y mis pies no aguantan más… Más tarde te pediré un masaje, si no dos…

Meses antes Abelardo Pazzi y Azucena dei Neri, miembro ella de una familia de oficios liberales dado que su padre se dedicaba a la medicina en los nuevos hospicios y su madre, a la arquitectura en alguna escuela albertiana, se habían conocido en los jardines de la cercana Villa Careggi mientras se celebraban no se sabe qué debates. Según se cuenta, Abelardo y un amigo suyo se encontraban charlando de manera jovial mientras hacían mesa cuando, ataviada con un deslumbrante abrigo rojo, apareció la signorina Azucena con una agradable exigencia en su boca: “quiero votar…” Él quedó impactado por esta chica bailarina que también asistía a la escuela de danza. Sus ojos verdes y su elocuencia le brindaban un encanto particular y destacado entre las demás personas que acudían al turno vespertino de aquella academia de la villa suburbana. Más de una vez Abelardo la habría esperado a la puerta, en el tiempo que transcurría entre la salida de los muchachos filósofos y la entrada de ellas, desde luego, una vez al menos, puesto que los otros amigos de él estaban presentes. Su flirteo se desarrolló pausadamente hasta que llegó el momento del primer beso a la puerta de una afamada taberna; era costumbre de él llevarla a sitios sofisticados donde poder hacer ostentación de su categoría social y riqueza, la azotea de la logia frente al Palacio Viejo, la panorámica de San Miniato junto a las murallas y otros muchos, donde alguna comida ligera estaba acompañada de una bebida espirituosa poco común o exótica, sugerida por él. No fue difícil que se gustaran, pues ella era una de las mejores y más virtuosas mujeres que conocían los jóvenes de aquella noche, inteligente, humilde, atractiva, atenta, educada, con clase… y él siempre fue capaz de resultarle listo y atractivo. Pasaron los días en una relación marcada en sus primeros pasos por el escaso tiempo en que verse y el poco desarrollo de lo íntimo; fueron características que, en ellos, con certeza se supo que al menos en él, hacían brotar cierto sentimiento de resignación, aunque también una belleza y encanto concretos. La máxima muestra de amor en público se dio en una fiesta en esta misma casa del gobernador, cuando al intentar Ada, la esposa y dueña del palacete, entrar a una habitación cerrada por dentro se oyó desde el interior la voz de Abelardo Pazzi quejándose agresivamente porque la estaban ocupando ellos, los amantes.

Su idilio había mejorado considerablemente a la altura de esta fiesta del “Yo nunca” adquiriendo una solidez y brillantez nunca vista hasta entonces por Abelardo con otras mujeres, viéndose con mucha más frecuencia y declarando abiertamente su amor, de modo que en esta edad de oro por la que atravesaban él era reconocible como prometido de otra persona, con todo lo que ello implicaba en las relaciones sociales. Siguió hablando subliminalmente con mujeres y regalando su presencia en algunas celebraciones, pero principalmente se dedicaba a sus estudios de física y a construir su amor con Azucena dei Neri, que sin duda para ambos representaba un proyecto de transición hacia la vida adulta.

De este modo quedaron los hombres sentados en los sillones con la mirada puesta en ellas, esperando el momento adecuado en el que éstas los mirasen para levantarse educadamente a saludar, unos con más naturalidad y otros del todo rígidos. En otro sentido, las jóvenes permanecieron unos minutos de pie, cruzándose y alternándose al desvestirse, colgar la pelliza, quitarse los tocados, mirarse al pequeño espejo de la entrada…

El conjunto de la casa era un fabuloso apartamento en un portal señorial de la Plaza Pitti marcado con un número doce, residencia de un puñado de familias oligárquicas. Aunque escaso, el mobiliario de ese hogar era de plata bruñida, pensado para refulgir con la luz de la mañana de acuerdo al gusto de los ricos jóvenes, que preferían vaciar sus estancias de muebles de madera; las dos ventanas que correspondían al paramento del salón proporcionaban una envidiable vista, puesto que más que a balcones daban a parar a un solárium de orientación sudeste, donde entre el cielo oscuro y el tejadillo se desplegaba el Palacio Pitti en toda su dimensión, ya que se ubicaba puerta con puerta al otro lado de la empedrada plaza. Ada sentía debilidad por su adorada casa, en sus objetos humildes e insignificantes palpitaba la tensión de la vida humana, en ellos una mujer moderna como ella encontraba solución a su desamparo y desesperación, una vívida pasión.