Yo soy la luz del mundo - DANIEL - E-Book

Yo soy la luz del mundo E-Book

DANIEL

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Beschreibung

¿Y si Jesucristo nunca hubiese existido? ¿Y si todo lo que creemos saber sobre el origen del cristianismo fuera una construcción posterior? Yo soy la luz del mundo es un ensayo provocador y minuciosamente documentado que desmonta, con ironía y claridad, los pilares sobre los que se levantó la figura de Jesús. A partir de un análisis riguroso de los textos antiguos, de las omisiones históricas y de las similitudes con otros mitos religiosos de la época, el autor cuestiona la existencia real de Jesucristo y señala su posible origen legendario, forjado por Pablo de Tarso para dar forma a una nueva fe. Lejos del tono académico, este libro invita al lector a replantearse las bases del cristianismo y a mirar con ojos críticos lo que durante siglos se nos ha presentado como verdad indiscutible.

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Seitenzahl: 456

Veröffentlichungsjahr: 2026

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Yo soy la luz del mundo

La Colección Tabla Esmeralda es mucho más que una serie de libros: es una invitación a descubrir tu poder interior y a explorar los secretos más ocultos del universo. A través de una selección exquisita de obras emblemáticas en los campos del esoterismo, la autoayuda y el pensamiento espiritual, esta colección está pensada para aquellos que buscan expandir su conciencia y comprender los misterios que han fascinado a la humanidad desde tiempos ancestrales.

Cada libro te guiará en un viaje profundo hacia el conocimiento místico y el desarrollo personal, ayudándote a desentrañar los enigmas que rodean la existencia humana y a conectar con el poder transformador de la mente y el alma. Si sientes el llamado de lo desconocido, si anhelas descubrir verdades ocultas y elevar tu ser a nuevas dimensiones, la Colección Tabla Esmeralda es el compañero perfecto en tu búsqueda espiritual.

Daniel Gómez Visedo

Yo soy

la luz del mundo

© Alcaraz Ediciones, 2026

© Daniel Gómez Visedo, 2026

Tr.ª Sierra de Gata, 5

La Poveda (Arganda del Rey)

28500 - Madrid

Teléf.: (+34) 910 46 54 33

e-mail: info@ alcarazediciones.es

https://alcarazediciones.es

I.S.B.N.: 979-13-87586-61-4

Diseño y maquetación: Iván García Molinero

Printed in Spain / Impreso en España

Fotocopiar este libro o ponerlo en red libremente sin la autorización de los editores está penado por la ley.

Todos los derechos reservados. Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

A todas las mujeres que sufren el fanatismo y la intolerancia religiosa

A Salman Rushdie, infatigable luchador por la libertad de conciencia

Dios ha inspirado a los autores humanos de los libros sagrados. “En la composición de los libros sagrados, Dios se valió de hombres elegidos, que usaban de todas sus facultades y talentos; de este modo, obrando Dios en ellos y por ellos, como verdaderos autores, pusieron por escrito todo y solo lo que Dios quería”.

Catecismo de la Iglesia Católica tomado de la Constitución Dogmática del Concilio Ecuménico Vaticano II Dei Verbum (De la Palabra de Dios)

Nota del autor sobre la ortografía

Tras defender1 una revolución en el idioma para que se eliminasen las tildes (para qué, si todos sabemos pronunciar todas las palabras que necesitamos y, si no, se puede acudir a un diccionario, donde podríamos conservarlas) o elegir una sola letra para un mismo sonido, creo necesario advertir de una regla ortográfica que es pura xenofobia gramatical: las comillas o cursiva para identificar una palabra de otro idioma (incluso del propio latín, ¡qué ingratitud!).

¿Señalar como apestado a aquello que viene de fuera a enriquecer nuestra lengua? ¿Utilizar unas comillas para cauterizar una supuesta herida al castellano impidiendo el contagio a las palabras cercanas? Xenofobia gramatical que, de forma inconsciente, alimenta el rechazo a lo diferente.

El idioma es mestizaje y comunicación, y lo construyen los hablantes con las palabras que les parecen oportunas, tomadas de otro idioma si hace falta. Eso es algo muy común en la actualidad. Todos sabemos qué palabras no son originarias del castellano y, si alguien no lo sabe, dudo que sí sepa el motivo de que aparezcan entrecomilladas o escritas en cursiva. Otorguemos a esas palabras inmigrantes la categoría de ciudadanas de pleno derecho dándolas la bienvenida al castellano y tratándolas en pie de igualdad.

Con la comprensiva anuencia de mi editorial, en este libro no se entrecomillan o resaltan en cursiva las palabras de idiomas distintos al castellano.

¡Las palabras forasteras son bienvenidas!

Presentación

Siempre me ha interesado el origen del cristianismo. Desde muy temprano sospeché que aquella historia no era sólida, que la especulación, la leyenda, la ideología, la fe, pesaban más que los hechos históricos. Ahora, cuando he reunido la energía y madurez suficiente para afrontar esta tarea, he decidido buscar la verdad por mis medios, sin que nadie me la cuente.

Escribir este libro no ha resultado una empresa fácil. Indagar en la documentación existente sobre Jesucristo y los orígenes del cristianismo es una tarea penosa. Los representantes de la Iglesia Católica, principales autores sobre la materia, utilizan una indisimulada verborrea para oscurecer y dar apariencia científica a lo que es pura propaganda (he llegado a leer “epistemología teológica”). Y, por desgracia, algunos investigadores que intentan desenmascarar estas falsedades se ven tentados de ponerse a su nivel y asumen todo su arsenal léxico, con lo que su crítica pierde eficacia y pasa a ser, sospechosamente, colaboracionista. El uso de términos oscuros busca dar un barniz de solidez científica a la pura ideología, “ilusionismo verbal”, según John Allen Paulos2 o, en afortunada expresión del antropólogo, filósofo y matemático español Jesús Mosterín, “una logomaquia enfebrecida”3. Con una sutil argumentación, el físico teórico Lawrence Krauss desenmascara a esta rama de la propaganda conocida como teología4:

He desafiado a varios teólogos a proporcionar pruebas que nieguen la idea de que la teología no ha aportado nada al conocimiento en los últimos quinientos años, como mínimo, desde el despertar de la ciencia. Hasta ahora, nadie ha presentado un contraejemplo. Lo máximo que he conseguido ha sido que me pregunten qué quiero decir cuando hablo de “conocimiento”.

En relación a los presuntos expertos en tan oscura materia, debemos citar esta iluminadora reflexión de Baigent y Leigh, investigadores heterodoxos ajenos al establishment bíblico5:

Cuanto más consultábamos a los “expertos”, más evidente se hacía que en realidad no sabían mucho más que cualquiera. Y, lo más inquietante de todo, no encontramos ninguna teoría ni interpretación que diese cabida satisfactoria a todas las pruebas, a todas las anomalías, inconsistencias y contradicciones.

Mi objetivo al escribir este libro es demostrar, de una forma clara y fácilmente comprensible, que Jesús nunca existió. Fue un personaje mítico, como tantos otros de aquellos tiempos. Nadie discute sobre el carácter fantástico de Atis, Krishna, Mitra, Dionisos, Isis, Deméter, Serapis, Osiris, Horus o cualquier otra de las numerosas divinidades coetáneas. ¿Va a ser Jesús la única figura real? No, era otra leyenda más en esos tiempos de inflación mesiánica. Aunque no lo advierta permanentemente a lo largo del libro, debe entenderse que me refiero a Jesucristo como un personaje legendario y no una persona real.

No existe ni una sola prueba de su existencia, salvo si acudimos a los textos tardíos de su propia secta, puras copias, cuando no invenciones, basadas en textos del Antiguo Testamento, historias y leyendas de otras divinidades, sectas judías y personajes de la época.

Este libro no pretende obtener el beneplácito de los autores, seglares o laicos, que se dedican profesionalmente a estudiar los orígenes del cristianismo; no es una tesis universitaria en la que deben aparecer, obligatoriamente, autores canónicos como Lorenzo Valla, Volney, Dupuis, Loisy, Bauer, Renan, Gressmann o Drews (aunque aparecen). Es más bien una obra divulgativa basada, principalmente, en el sentido común y en la evidencia científica y alejada, en todo lo posible, del discurso teológico.

Para cerrar esta presentación acudo a Salman Rushdie, una de las personas a las que dedico este libro por su valiente defensa de la libertad, del humor y del sarcasmo6:

Las religiones merecen la crítica, la sátira y, sí, nuestra valiente irreverencia.

Va por ti.

I. Las pruebas

Alrededor del mediodía del 24 de agosto del año 79 de nuestra era1, las ciudades de Pompeya y Herculano2, situadas en el golfo de Nápoles, fueron destruidas y sepultadas por una violenta erupción del volcán Vesubio. El tiempo se detuvo para estas villas romanas, por lo que, tras su descubrimiento a mediados del siglo XVIII, se pudo viajar al pasado sin la férrea censura eclesiástica. ¿Y que se descubrió? Un mundo de libertad, sexo desenfrenado y paganismo, sin rastro de la ideología cristiana. ¡Y eran los últimos años del siglo primero cuando, según el discurso oficial, su religión se encontraba extendida por todo el mundo mediterráneo!

Primeras noticias de Jesucristo

Volvamos al siglo primero. El creador de la secta cristiana, Pablo de Tarso, fue el primero en hablar de Jesús. Pero ¡habían pasado unos 50 años desde la supuesta crucifixión! Conviene recordar que Pablo nunca conoció a Jesús. Pero, curiosamente y a pesar de la supuesta importancia del personaje, las citas de Pablo sobre el Mesías carecen de información sobre aspectos que luego resultaron esenciales para crear la doctrina cristiana: el nacimiento de Jesús, la Virgen María, el bautismo por parte de Juan, el carácter mesiánico de Jesús o los milagros. Ni una palabra sobre estos temas, a lo que cabe añadir que son muy escasas las referencias a las enseñanzas del propio Jesús.

Se atribuye el debut histórico de Jesús a la Primera epístola a los Tesalonicenses, que es una de las catorce cartas atribuidas a Pablo de Tarso aunque la mitad se consideran falsas (por eso la Iglesia, tan sutil, las llama Corpus Paulino y no Cartas de Pablo). Parece que esta fue la primera de todas ellas, entre las conocidas como mayores y las menores. Es, por tanto, la primera referencia histórica que existe de la nueva secta que estaba creando Pablo. Esta es la primera cita histórica de Jesús3:

Pablo, Silvano y Timoteo a la Iglesia de los Tesalonicenses, en Dios Padre y en el Señor Jesucristo.

Dice Fernando Vallejo7:

San Pablo, al que se le atribuye la mayoría de las epístolas, sabe infinitamente menos de él que cualquier niño de nuestros días que vaya a la escuela dominical…

Y en esta misma línea argumental, merece la pena reproducir las reflexiones del ateo Arthur Drews8:

En ningún lugar de los escritos de Pablo es posible descubrir el menor rasgo individual de la vida de Jesús, por lo menos algún rasgo desprovisto de toda significación dogmática y revelador de la posibilidad de que Pablo viese en Jesús a un personaje histórico muerto hacía poco. Su Jesucristo no tiene padres, ni patria, ni doctrina, ni discípulos, ni siquiera ha realizado ningún milagro, salvo el de su propia resurrección.

Gonzalo Puente Ojea comparte esta sorpresa por las inexistentes evidencias sobre la vida de Jesús en el legado epistolar paulino. A pesar de esto, este autor cree en la historicidad del personaje9:

Pero en el extraño “fenómeno cristiano” que estamos analizando ha sucedido lo contrario: el legado paulino es de absoluta pobreza en noticias sobre Jesús a pesar de la cercanía histórica del protagonista, del cual solo encontramos un estimable repertorio de datos personales de pretensión histórica en los documentos de datación más alejada de este y recogidos en el Nuevo Testamento y otras fuentes.

Y más adelante, el propio Drews nos alerta sobre otra inconsistencia en los primeros escritos cristianos, las cartas de Pablo, la Didaché, la epístola de Santiago: no mencionan ningún dicho, frase o prédica del propio Jesús. En Pablo no aparecen y en los otros dos escritos se habla de “palabras del Señor”10.

Es significativo que Pablo no parezca conocer ninguna palabra de Jesús, ya que jamás hace mención a ellas, ni siquiera cuando hubiera sido obligado por las circunstancias a reflejarse una concordancia absoluta en las ideas, y cuando el contexto le hubiera debido obligar a colocar sus propios puntos de vista bajo la autoridad del Maestro. ¿Y cómo es posible que los más antiguos escritos cristianos, tales como la Didaché, la Epístola de Santiago, citan unas palabras del Señor, pero sin designarlas como pronunciadas por Jesús?

Desde la ortodoxia doctrinal se intentan aportar argumentos que den respuesta a este sorprendente vacío. Así lo justifica el especialista en el Nuevo Testamento y profesor de Teología de la Universidad de Durham, James D.G. Dunn11:

Así, podemos comprender inmediatamente por qué razón las cartas del Nuevo Testamento, tanto la de Santiago como las de Pedro o Pablo, citan tan poco la tradición de Jesús, aunque parezcan aludir a ella con frecuencia. En iglesias ya familiarizadas con las tradiciones de la enseñanza de Jesús, sería innecesario y entorpecedor hacer una y otra vez citas y alusiones a lo que Jesús dijo. Resultaría sin duda mucho más efectivo para la comunicación dentro de la comunidad y entre distintas comunidades hacer alusiones que recordaran determinadas enseñanzas similares, ya presentes en el depósito de la tradición de la comunidad, y que evocaran el conocimiento comunitario de la tradición de Jesús.

Este argumento carece de solidez. Para empezar, digamos que las cartas de Santiago, Pedro y Pablo a las que hace referencia Dunn son, casi todas sino todas, falsas. Su datación, según el criterio interesado de la Iglesia, es de finales del siglo primero. ¿Se puede decir que, en el siglo primero, cuando todavía no se habían escrito los evangelios, existían “iglesias ya familiarizadas con las tradiciones de la enseñanza de Jesús”? Este es otro de esos argumentos vacíos a los que son tan caros los teólogos. Y para demostrarlo una prueba de difícil refutación, Pompeya y Herculano, clara evidencia de la inexistencia del cristianismo en el Imperio Romano a finales del siglo primero.

Pompeya y Herculano

Estas poblaciones de la región de Campania, en el sur de Italia, fueron destruidas y sepultadas por la lava y las cenizas del Vesubio en el año 79 d. C. En el siglo XVIII, el ingeniero militar zaragozano Roque Joaquín de Alcubierre las descubrió y comenzó a excavarlas bajo las órdenes de Carlos III. Las sucesivas campañas arqueológicas, que todavía hoy continúan, han ido dejando a la luz la realidad del mundo romano en aquel exacto momento: desde la estructura de las ciudades hasta los detalles domésticos más nimios. Pompeya y Herculano eran ciudades de veraneo de la aristocracia romana. Su cercanía y buen clima atraían a los patricios y a sus séquitos de sirvientes y esclavos que llegaban a la ciudad a través de la Vía Apia. Pompeya era uno de los lugares de asentamiento de los soldados romanos tras su licenciamiento. Todo esto permitía a las ciudades una indudable permeabilidad a las ideas y corrientes de la capital y del resto del Imperio. Pompeya era una ciudad relevante para su época, unos 15.000 habitantes, mientras que Herculano podía albergar a unos 4.000 vecinos, la mayoría libertos.

En Pompeya y Herculano se han encontrado multitud de pruebas de los cultos religiosos existentes al final del siglo primero. Los gremios tenían, cada uno, su propio panteón de divinidades. En las cocinas de las casas, una de las paredes estaba ocupada por una pintura que representaba a los lares, dioses del hogar. En una casa de Herculano ha aparecido un pequeño larario, representando un templo en miniatura con estatuillas de dos lares danzando, Júpiter, Esculapio, Minerva, Isis-Fortuna, Harpócrates y una bacante. Los templos de la ciudad estaban dedicados a Rómulo, Hércules, Apolo, Baco, Venus, Júpiter, Juno, Minerva, Vulcano, Zeus e incluso a la diosa egipcia Isis. La gran basílica de Herculano estaba ornamentada con pinturas y esculturas de Télefo, Teseo, Minotauro, Aquiles, Quirón o Hércules. Además, la decoraban estatuas imperiales de Augusto, Claudio y Tito.

Entre las construcciones civiles merecen destacarse el Gran Teatro, la Palestra, recinto deportivo, el Odeón, teatro cubierto, las termas, el foro. En casa de un tintorero se encontraron frescos relacionados con su oficio, como uno en el que una mujer entrega una tela a una esclava; igual ocurre con los carpinteros, en la pintura hallada en el taller de uno de ellos dos geniecillos alados trabajan para cuadrar la sierra; en un bar de la época aparecen unos solados bebiendo; e igual ocurre con farmacias, droguerías, panaderías, peluquerías o peleterías. Un falo con dos patas señalaba el camino al burdel. Un poco más adelante, un anuncio resaltaba las virtudes de las meretrices y sus tarifas. La fama de las pompeyanas era reconocida por el propio Juvenal: “las chicas de Pompeya eran discretamente despiertas”12.

Están tan bien conservadas estas ciudades que conocemos hasta los nombres de los políticos que se enfrentaban en unas elecciones locales para el cargo de alcalde, en Pompeya: C. Gavio Rufo, L. Ceio Secundo, C. Calvencio Sittio Magno y H. Holconio Prisco.

En la conocida como Villa de los Papiros de Herculano, que la mayoría de los investigadores identifica como perteneciente al suegro de Julio César, ha aparecido una gran biblioteca de más de mil volúmenes; aunque ha resultado casi imposible la lectura de su contenido al estar carbonizados, los pocos textos identificados se refieren a la filosofía de Epicuro y de uno de sus discípulos, Filodemo de Gádara. Gracias a la Inteligencia Artificial se han podido descifrar unas quince columnas del texto de uno de estos pergaminos, y la música, la comida y el placer eran los principales temas que trataba13. La Inteligencia Artificial también ha permitido reconstruir un texto del filósofo Filodemo de Gádara en el que se detalla que la tumba de Platón está en un jardín privado de la Academia de Atenas14.

En unos grafitis descubiertos en 2024 en las paredes del Cenáculo de las columnas de Pompeya se han encontrado una escena de caza, dos figuras jugando con una pelota y una pelea entre dos gladiadores en la que uno yace en el suelo15.

Pero ningún vestigio cristiano, ninguno. Y estamos a finales del siglo primero en el corazón del Imperio Romano.

En el año 1938 apareció, en la conocida como la Casa del Bicentenario, llamada así porque fue excavada dos siglos después de las primeras excavaciones de 1738, lo que parecía ser la impronta de una cruz en la pared. La Iglesia lo recibió con un indisimulado alborozo ya que venía a demostrar que el cristianismo ya estaba implantado en el Imperio Romano en las postrimerías del siglo primero. Dada la extraña forma de la cruz se la incluyó en la categoría de las cruces capitatas16.

¿Una cruz capitata?, parece que un Eusebio de Cesarea4 redivivo acude en auxilio, de nuevo, ante el evidente silencio arqueológico sobre el difuminado cristianismo primitivo. Pero los tiempos han cambiado y ya no resulta tan fácil meter mano impunemente a la realidad. Lo que pretendía ser una cruz vinculada con los primeros cristianos no ha resultado ser más que un herraje destinado a sujetar una alacena o estante17. La cruz (para hacerse una opinión personal búsquese “Cruz cristiana en Herculano” en Google) presenta una evidente diferencia con la cruz cristiana: la parte superior no es tal, solo está unida a uno de los brazos de la cruz y su forma es más bien la de un soporte metálico. No hay que dejarse engañar por los dibujos o interpretaciones realistas de la cruz, que aparecen junto a fotos incomprensiblemente fantasmagóricas; todos tienen la intención de cristianizar la modesta bisagra que alguna vez estuvo ahí, pero los hechos son tozudos, no hay el más leve indicio cristiano ni en Pompeya ni en Herculano.

Esta evidencia nos sirve para detectar otra historia legendaria de la vida de Pablo de Tarso. Se trata de la visita que realizó a los cristianos de la villa de Puteoli en el año 61 para conocer a algunos hermanos y permanecer una semana con ellos. Este es el interesante texto que nos permite desmontar las aventuras de san Pablo (Hechos de los Apóstoles 28, 12-15):

Arribamos a Siracusa y nos detuvimos tres días; desde allí, costeando, llegamos a Regio. Al día siguiente, se levantó viento sur, y llegamos a Puteoli en dos días. Allí encontramos a algunos hermanos, los cuales nos rogaron que pasásemos siete días con ellos. Y así llegamos a Roma. Los hermanos de Roma, que habían oído hablar de nuestras peripecias, salieron a recibirnos al Foro Apio y Tres Tabernas.

Puteoli5 (hoy Pozzuoli), población también afectada por la erupción volcánica, se encuentra cerca de Nápoles y a unos 47 km de Pompeya y a 37 km de Herculano. Pero si en aquella población, mucho más pequeña, había una comunidad cristiana en el 61 d. C., también debería haberla en ciudades mucho más grandes como Pompeya o Herculano en el 79 d. C, casi 20 años después. Sorprendentemente, por esta población portuaria también pasó un personaje poco conocido, pero de gran interés para nuestra historia: Apolonio de Tiana. Apolonio (c. 3-4 a. C.-c. 97) fue un filósofo neopitagórico coetáneo de Jesucristo, sus vidas son curiosamente paralelas y también se escribieron numerosas biografías suyas, aunque solo nos ha llegado la escrita por Filóstrato. De Apolonio hablaremos con mayor detalle.

Otro indicio que debemos cuestionarnos sobre esta referencia de Pablo es la mención a los hermanos que, en Roma, salieron a recibirle en ese mismo año. Si hubiese existido una comunidad cristiana en Roma en ese año, sin duda habría tenido representación en las dos ciudades, y en otras aldeas y poblaciones cercanas, destruidas por el Vesubio.

Y eso que, según la historia eclesial, Jesús había muerto hacía unos 45 años tras una vida de prodigios y multitudes, san Pedro lo hacía en el 67 d. C. en Roma, san Pablo unos años antes, en la Ciudad Eterna, tras escribir sus famosas cartas. En fin, si todos estos hechos fuesen ciertos habría sin duda algún vestigio cristiano en alguna de estas dos ciudades que juntaban a cerca de veinte mil habitantes que venían, en gran parte, de Roma. Pero la ausencia del más mínimo indicio cristiano nos revela que, en realidad, el cristianismo no existía a finales del siglo I. Todavía no se habían escrito los evangelios y, por lo tanto, no se conocía la leyenda de Jesús.

Pablo de Tarso

Aunque ni siquiera hay seguridad sobre su existencia, Parece que Pablo (5-10 d. C. -58-67 d. C. ) fue el verdadero creador de la religión cristiana. Pablo era un viajante de comercio nacido en un pueblo de Turquía, Tarso. A los ciudadanos de Tarso se les concedió la ciudadanía romana gracias a su escrupuloso cumplimiento de las obligaciones impuestas por la metrópoli: pago de los tributos establecidos y envío de soldados mercenarios cuando resultaba necesario. En cualquier caso, tenían fama de no ser muy trabajadores, así les describe Filóstrato: “En ninguna parte, en efecto, son más aficionados a la molicie, todos ellos frívolos e insolentes…al ser ellos mismos dejados e indolentes”18.

Las Epístolas de Pablo son el primer texto en el que aparece Jesucristo y suponen el debut del cristianismo. Pablo las escribió, supuestamente, en los años 50 y 60 de nuestra era (las primeras copias que tenemos son de 175-225) y, por tanto, son anteriores a los Evangelios, que fueron escritos entre los años 70 y 110 (aunque es probable que debamos retrasar todas estas dataciones). Resulta sorprendente que Pablo, líder y cabeza de la naciente secta católica, ignorase las supuestas referencias históricas que luego aparecerían, con todo lujo de detalles, en los Evangelios y los Hechos de los Apóstoles.

La Iglesia Católica lo soluciona colocando, en la Biblia, los Evangelios y los Hechos de los Apóstoles antes que las Epístolas de Pablo y dando así la impresión de que el orden cronológico fue realmente el contrario. Esto justificaría el silencio de Pablo sobre la figura histórica de Jesús, ya que los evangelios lo habrían dicho todo. Pero fue al revés, Pablo no dice nada de la figura histórica de Jesús porque todavía no se había creado el relato evangélico. Es más, el orden en el que están ordenadas las cartas de san Pablo en la Biblia tampoco es cronológico.

Los pocos datos que aporta Pablo sobre la figura de Jesús son su inverosímil descendencia de la estirpe de David, la legendaria institucionalización de la eucaristía en la Última Cena, la improbable sentencia de muerte bajo Poncio Pilato y su inexistente resurrección. El resto, es pura doctrina elaborada por el propio Pablo de Tarso. En palabras de Gonzalo Puente Ojea19:

Pablo había adoptado, desde el inicio mismo de la predicación de su verdad, un estilo pastoral abstracto, ambiguo y místico, con reiteradas invocaciones retóricas al Cristo, a Jesucristo, y a Dios, pero eminentemente formal y vacío de sustancia teológica específica en el marco de la tradición hebrea. En este sentido, que rehúyen sistemáticamente los exégetas creyentes, la prosa paulina es escapista y siempre aborda lateralmente los temas esenciales de la fe cristiana…

Para afirmar más adelante, en su habitual tono alambicado:

…el Cristo de Pablo no ha existido jamás, ni pudo existir, aunque haya constituido el soporte del evangelio eclesiástico elaborado paulatinamente en el seno de la comunidad primitiva postpascual, pues consiste en un producto homilético y literario nacido de la “fantasía teológica” operante sobre profundos estados alterados de conciencia que carecen de fundamento alguno para su pretensión de verdad.

Conviene advertir que nadie, de todos cuantos hemos citado hasta ahora, conoció personalmente a Jesús: ni Pablo de Tarso ni ninguno de los evangelistas. Esto es importante: nadie que conociese al supuesto Jesús ha dejado constancia, ni en una triste frase, sobre este personaje. Solo se ha escrito sobre él décadas después de su mítica muerte. Resulta sospechoso que aceptase morir en la cruz para trasladarnos un mensaje confuso (la prueba está en las docenas de sectas heréticas existentes en los inicios del cristianismo), tardío (hasta después de unos 50 años de la muerte de Jesús no se escriben los primeros textos cristianos), indirecto (nadie que conociese al supuesto Jesús dejó nada escrito) y sujeto a interpretación, ya que solo tenemos la versión en griego de los evangelios, idioma que el supuesto Jesucristo no hablaba.

Para solucionar este problema, Pablo de Tarso acude a una argumentación, obviamente, falsa. En su epístola a los Gálatas dice.

Quiero que sepáis, hermanos, que el evangelio anunciado por mí no es una invención de hombres, pues no lo recibí, ni lo aprendí de hombre alguno. Jesucristo es quien me lo ha revelado. (Gal.1.14)

Vaya, ¿y cómo se lo ha revelado si no le conoció personalmente ni Jesús dejó nada escrito? Una pura invención fruto del delirio o una falsedad interesada para poder moldear la nueva secta a su antojo. Y sigue con su integrismo fanático.

Pues bien, aunque nosotros mismos o un ángel del cielo os predicara un evangelio distinto del que os hemos predicado, ¡sea anatema! (Gal.1.8).6

Y, en un momento dado, en la segunda epístola a los Corintios, da por cerrado el papel de un líder de carne y hueso, y ordena, en su habitual tono visionario y terminante, olvidarse del tal Jesús (aunque él utiliza el término Cristo y no menciona a Jesús):

De modo que nosotros desde ahora no conocemos a nadie según la carne; si alguna vez conocimos a Cristo según la carne, ahora ya no lo conocemos así. Por tanto, si alguno está en Cristo es una criatura nueva. Lo viejo ha pasado, ha comenzado lo nuevo. (2 Cor 5.16-17).

Hay un dato muy revelador en las epístolas de Pablo sobre la forma en la que alude a Jesucristo. Se refiere a él muchas menos veces como Jesús, Jesucristo o Cristo Jesús que como Cristo. En los evangelios se evidencia que la utilización de un nombre u otro no es inocente: Jesús es mencionado cientos de veces mientras que Cristo solo algunas docenas, pero el término Jesucristo no aparece7.

Las fechas de elaboración de los evangelios

Se sostiene que los evangelios, la clave para defender la existencia de Jesús, fueron escritos entre 40 y 80 después de la muerte de este. Conviene advertir que sus autores no vivieron en Palestina, ninguno conoció a Jesús y lo escribieron en griego, con una perspectiva helenística. Y bajo la influencia del iluminado Pablo de Tarso que tampoco conoció personalmente a Jesús.

Para cubrir el espacio en blanco entre la muerte de Jesús y la redacción de los evangelios dos teólogos alemanes, Christian Gottlob Wilke y Christian Hermann Weisse, en el siglo XIX, defendieron la existencia de un manuscrito, nunca encontrado, en el que se supone que se recogieron los dichos de Jesús. Le llamaron el Documento Q8. Sería previo a los evangelios y a las cartas de san Pablo y su elaboración teórica tenía como objetivo acercar al propio Jesucristo la recopilación escrita de sus palabras. En 1945 apareció el evangelio gnóstico de Tomás, que es justo eso: una colección de los presuntos dichos de Jesús, 114 para ser exactos, pero su origen herético y su elaboración tardía (siglo III) le ha impedido gozar del reconocimiento como el Documento Q.

Se esgrime este Documento Q como la fuente de la que beben los evangelios sinópticos (los casi idénticos de Marcos, Mateo y Lucas). La teología oficial aceptó con rapidez esta teoría ya que solucionaba muchas cosas como la conservación de dichos y reflexiones de Jesucristo trasladada a los evangelios. En cualquier caso, incluso entre los defensores de la existencia de este Documento Q, admiten que hay un período de unos veinte años en los que la transmisión fue puramente oral20. Para D.M. Murdock el Documento Q no es más que la relación de dichos y logia que ya existía siglos antes de la época de Jesús, una especie de vetusto libro de refranes, citas y moralejas.

A pesar de estos esfuerzos, hay sólidos motivos para pensar que la datación de los evangelios debe ser retrasada ya que algunos autores cristianos de los primeros siglos no hicieron referencia a ellos.

El teólogo apologista Justino Mártir (100/114-162/168) escribió su tratado Apología a mediados del siglo II. Su objetivo era defender a la nueva secta de las críticas de los autores paganos romanos. Pero su conocimiento de la figura de Jesús es tan parco, apenas menciona la concepción virginal de María y la crucifixión, que sugiere que los evangelios no habían sido escritos todavía.

Es algo más que un indicio que los primeros padres de la Iglesia, san Ignacio de Antioquía, san Clemente de Roma y san Policarpo de Esmirna, tampoco supiesen apenas nada de Jesucristo. Se estima que vivieron entre el año 50 y el 150 y son conocidos como los padres apostólicos. Se conservan siete epístolas de Ignacio de Antioquía, una de Clemente de Roma y una de Policarpo. Veamos con mayor detalle estas importantes fuentes de los primeros tiempos del cristianismo.

• La carta de Clemente de Roma a los cristianos de la ciudad griega de Corinto, datada alrededor del año 95, tiene una importante peculiaridad: no hace mención a ningún evangelio. Sí alude a las cartas de Pablo y se refiere en numerosas ocasiones al Antiguo Testamento. Aunque unas pocas citas evocan a Jesucristo, no las vincula con ninguna fuente escrita. Clemente de Roma era un prominente líder de la iglesia romana, por lo que habría conocido, de existir, los evangelios21.

• Las cartas de Ignacio de Antioquía (principios del siglo II) también están huérfanas de referencias al Nuevo Testamento. Cita comentarios y frases de las epístolas paulinas, pero sin indicar, ni siquiera, la fuente. Y en una de las epístolas invoca como autoridad al Antiguo Testamento, pero no hay noticias del Nuevo.

• En la carta de Policarpo a los filipenses (cristianos de Filipo, en Grecia), en el siglo II, abundan las citas de las cartas de Pablo, de la primera epístola de Pedro y de la carta de Clemente de Roma que acabamos de mencionar. Sin embargo, no aparecen referencias ni al Antiguo ni al Nuevo Testamento.

• La epístola de Bernabé, datada entre la destrucción del Templo de Jerusalén en el año 70 por parte de los Romanos y la rebelión de Simón Bar Kojba en el año 136 no hace mención a los evangelios22. Helmut Koester, especialista en cristianismo primitivo, considera que “no se puede demostrar que el autor conoció o utilizó los Evangelios del Nuevo Testamento”23.

En todas ellas, apenas dan algún dato de Jesucristo. Sí que repiten, como una muletilla copiada de san Pablo, los términos Jesús y Cristo en numerosas ocasiones, pero sin aportar ningún dato que pueda aventurar su posible existencia. ¿El posible motivo? Todavía no estaban escritos los evangelios y se desconocía la fabulación sobre la vida de Jesucristo.

La ausencia de menciones a los evangelios, en estos primeros escritos de los Padres Apostólicos, acrecientan las sospechas de que las fechas de elaboración de este cuerpo doctrinal cristiano deben retrasarse con respecto a las fechas defendidas por el grueso de la ortodoxia cristiana.

Un profesor de Kansas

En el año 1909, el profesor del condado de Atchison John Eleazer Remsburg (1848-1919), que había luchado en las filas de la Unión en la guerra de Secesión norteamericana, publicó su libro The Christ24, fruto de varios años de trabajo. En esta obra pasó revista a todo lo que dijeron sobre Jesucristo los escritores coetáneos e inmediatamente posteriores a su legendaria vida (siglos I y II). En total, 42 autores de los que se han conservado sus obras. Y lo que descubrió fue… ¡que ningún autor había dicho nada!

Algunos de estos escritores vivieron en Palestina o la visitaron, por lo que resulta muy significativo su silencio. No solo no escribieron nada sobre Jesucristo, sino que tampoco hicieron referencia alguna a sus seguidores. Estos son los 42 autores: Flavio Josefo, Suetonio, Apolonio, Apio, Tácito, Apión de Alejandria, Arriano, Aulus Gelius, Columela, Damis, Dion Crisóstomo, Dion Pruseus, Epicteto, Favorinos, Florio Lucio, Hermógenes, Silio Italico, Justo de Tiberíades, Juvenal, Lacanos, Luciano, Lysias, Marcial, Veleyo Paterculo, Pausanias, Aulo Persio Flaco, Petronio, Cayo Julio Fedro, Filón de Alejandría, Flegón de Trales, Plinio el Viejo, Plinio el Joven, Plutarco, Pomponio Mela, Ptolomeo, Quintiliano, Quinto Curcio Rufo, Séneca, Publio Papinio Estacio, Teón de Esmirna, Valerio Flaco y Valerio Máximo

Dice Remsburg25:

Se conservan bastantes escritos de los autores nombrados en la lista precedente como para reunir una biblioteca. Sin embargo, en esta masa de literatura judía y pagana, aparte de dos pasajes falsificados en los trabajos de un autor judío, y dos pasajes discutidos en los trabajos de escritores romanos, no se encuentra ninguna mención a Jesucristo.

Esta realidad se iba imponiendo entre los pensadores de la época. El especialista en gnosticismo George Robert Stow Mead, una mezcla de filósofo, historiador, traductor, filólogo y teósofo, defiende esta misma tesis26:

Siempre ha sido una fuente incansable de asombro para el investigador histórico de los comienzos del cristianismo que no haya una sola palabra de la pluma de ningún escritor pagano del primer siglo de nuestra era, que de ningún modo pueda referirse a la maravillosa historia contada por el escritor del Evangelio. La propia existencia de Jesús parece desconocida.

De esto fue consciente la Iglesia de los primeros siglos. Algo tenían que hacer para que Jesucristo tuviese alguna referencia en los escritores de la época. Y lo que hicieron fue, en cuanto tuvieron una posición de dominio, destruir todos los textos que no respaldaban su mensaje e interpolar9 pasajes falsos en algunas de las más importantes obras, para dar algo de credibilidad al mítico creador de su secta. A esta forma de falsificar los textos ajenos se le llama interpolación, actividad a la que la Iglesia se ha entregado con indisimulada pasión desde su nacimiento. Hay interpolaciones que son un claro reconocimiento, por parte de la Iglesia, de la inexistencia de la figura de Jesús o Jesucristo ya que solo pretenden aportar pruebas falsas para defender una realidad que carece de elementos probatorios.

Ya advertía sobre esta práctica Orígenes, padre de la Iglesia del siglo III, ante las acusaciones del filósofo Celso sobre las alteraciones que se hacían de los evangelios en aquella época (Contra Celso II, 2627):

Luego dice (refiriéndose a Celso) que algunos de los creyentes, “como si, en plena borrachera, acometieran contra sí mismos, alteran de su primer texto el Evangelio tres y cuatro y más veces, y lo trastornan para poder negar las objeciones que se les ponen”. Yo no conozco quiénes alteran el Evangelio si no son los marcionitas y valentinianos, y acaso también los secuaces de Lucano. Pero esto que se dice no es culpa de nuestra doctrina, sino de quienes tienen audacia bastante para falsificar los evangelios…

Sobre la argumentación de Celso, es relevante traer aquí las palabras del historiador y escritor norteamericano Richard Carrier28:

Celso tampoco tenía cómo saber o presentar evidencia de que Jesús no existió. Pero tenía un modo de presentar evidencia que mostraban que el fraude y las falsificaciones eran comunes.

Nació en fecha muy temprana este frenesí falsificador del cristianismo y sus muchas sectas. El propio Eusebio de Cesarea cita a Clemente quejándose de la falsificación de sus propias cartas y ¡de las Sagradas Escrituras!29:

Porque yo escribí unas cartas tras pedirme algunos hermanos que lo hiciera, en las cuales los apóstoles del diablo han introducido cizaña, quitando ciertas cosas y añadiendo otras. Para estos está escrito el ¡Ay! Del Señor. No es de extrañar, pues, que algunos se hayan dedicado a falsificar las Sagradas Escrituras, viendo cómo maquinan con las de menor importancia.

Flavio Josefo

El autor judío al que hacía referencia Remsburg era Flavio Josefo. Este historiador judío merece un análisis más minucioso porque se trata del cronista más relevante en las proximidades de la época en la que se pretende que vivió Jesús. La Iglesia pronto comprendió que se la jugaba en los textos de Flavio Josefo. En sus obras, especialmente en la enciclopédica Antigüedades judías, no aparecía ni una sola referencia a Jesús. Esto ponía en seria tela de juicio su historicidad. Por el contrario, toda la pléyade de figuras que aparecían tanto en la Biblia como en los evangelios, contaban con referencias en su obra, incluyendo algunos coetáneos de la vida de Jesús, como Herodes, Poncio Pilato, César Augusto, Quintilio Varo, Antípatro, Arquelao, Quirino (el del censo), Caifás, el propio Juan el Bautista, pero ni una palabra sobre Jesús.

Flavio Josefo se llamaba en realidad José, hijo de Matatías. Fue un sacerdote, militar y escritor judío que, tras rendirse a las tropas imperiales, optó por romanizarse y establecerse en la Ciudad Eterna. Escribió cuatro obras en griego: La Guerra de los Judíos, Antigüedades judías, Contra Apión y una autobiografía.

Parecía evidente que si no aparecía en la obra de Flavio Josefo alguien que había caminado sobre las aguas, que había curado a ciegos, que había resucitado a Lázaro, que había multiplicado los panes y los peces, que había sacado demonios de sufrientes posesos, que había congregado y dado de comer a miles de personas, que había resucitado y subido a los cielos… ¡es que no había existido! Por tanto, algún prelado de los primeros siglos (luego abordaremos la identidad del sospechoso) decidió interpolar en el texto original de Antigüedades judías unos breves textos (casi inapreciables en la mastodóntica historia del pueblo judío escrita por Flavio Josefo) en las que se mencionaba a Jesús. Incluso, aunque hubiesen sido ciertas, delatarían la irrelevancia de su vida.

En la obra de Flavio Josefo aparecen dos citas sobre Jesús. La primera, conocida como Testimonio Flaviano, es la más importante. La segunda, más tímida, es una simple referencia al hablar de Jacobo (Santiago), el hermano de Jesús. Debemos ver con detalle ambas ya que son las principales pruebas de la historicidad del mito enarboladas por la ortodoxia eclesial.

La primera, conocida como Testimonio Flaviano (dígase Testimonium Flavianum si quiere parecer un erudito), está en el Libro XVIII, 6330 de las Antigüedades judías de Flavio Josefo:

Por estas fechas vivió Jesús, un hombre sabio, si es que procede llamarlo hombre. Pues fue autor de hechos extraordinarios y maestro de gentes que gustaban de alcanzar la verdad. Y fueron numerosos los judíos e igualmente numerosos los griegos que ganó para su causa. Este era el Cristo. Y aunque Pilato lo condenó a morir en la cruz por denuncia presentada por las autoridades de nuestro pueblo, las gentes que lo habían amado anteriormente tampoco dejaron de hacerlo después, pues se les apareció vivo de nuevo al tercer día, milagro este, así como otros más en número infinito, que los divinos profetas habían predicho de él. Y hasta el día de hoy todavía no ha desaparecido la raza de los cristianos, así llamados en honor a él.

Esta primera versión queda en evidencia gracias a uno de los primeros defensores a ultranza del cristianismo, Orígenes (c. 185-c. 253), en su obra Contra Celso (47) afirma31:

Josefo no cree que Jesús sea el Mesías…

Pero acabamos de ver que Flavio Josefo dice:

Este era el Cristo.

Está claro que Orígenes, que vivió entre los siglos II y III, nunca leyó el Testimonio Flaviano, sencillamente por no haberse interpolado todavía. Luego veremos cómo la obra de Orígenes tiene más recorrido para demostrar la falsedad del Testimonio Flaviano pero esta obvia contradicción evidencia que la obra de Flavio Josefo no recogía esta referencia a Jesús.

Sobre el Testimonio Flaviano existen dos corrientes: los que consideran que todo él es una interpolación cristiana posterior o los que creen que solo se interpoló parte. Los primeros, defensores de su falsedad íntegra son una significativa minoría. Entre otros: Volney, Dupuis, Durant, Gordon Stein, Wells, Doherty, Ellegård, Price. Los segundos defienden mantenerlo, pero eliminando la presencia de los evidentes mensajes doctrinales. Consideran que el verdadero Testimonio Flaviano sería el siguiente:

Por estas fechas vivió Jesús, un hombre sabio. Pues fue autor de hechos extraordinarios. Y fueron numerosos los judíos e igualmente numerosos los griegos que ganó para su causa. Y aunque Pilato lo condenó a morir en la cruz por denuncia presentada por las autoridades de nuestro pueblo, Y hasta el día de hoy todavía no ha desaparecido la raza de los cristianos, así llamados en honor a él.

Esta segunda opinión, último refugio de la Iglesia para que aparezca una reseña de Jesús en la importante obra de Flavio Josefo, es tan falsa como la primera y no sería más que una moderna, e indisimulada, interpolación. Los argumentos de Remsburg mantienen toda su vigencia y aplican a estas dos versiones (no obstante, luego veremos que hay más de dos versiones)32:

• No hay referencias al Testimonio Flaviano entre los primeros apologetas y padres de la Iglesia, como Justino Mártir (100/114-162/168), Tertuliano (c. 160-c. 220), Orígenes (c. 185-c. 253), Cipriano de Cartago (c. 200-258), Juan Crisóstomo (347-407) o Clemente de Alejandría (150-215).

• El lenguaje que se utiliza en la interpolación es cristiano, no judío.

• La brevedad de la cita no es flaviana. Flavio Josefo es exhaustivo y se detiene en detalles de todo tipo. Su obra Antigüedades judías está compuesta por 20 libros y dedica, por ejemplo, 34 capítulos a Herodes el Grande.

• Interrumpe la narrativa del lugar donde aparece. Está en medio de dos capítulos conectados33. El primero termina así:

Pero ni aun así adoptaban un comportamiento educado, a consecuencia de lo cual, al ser cogidos desarmados por hombres bien pertrechados que cargaban sobre ellos muchos de los alborotadores murieron incluso en estas circunstancias, mientras otros se retiraron también malheridos.

El segundo, tras aparecer en medio el Testimonio Flaviano, comienza así:

Por las mismas fechas otro suceso espantoso sacudió a los judíos, y el templo de Isis ubicado en Roma se vio envuelto en unos hechos no exentos de ignominia.

Al hablar de “otro suceso espantoso”, Flavio Josefo no se refiere, claramente, al espurio Testimonio Flaviano, sino a la represión de Pilato por la construcción de un acueducto que aparece descrita en el capítulo inmediatamente anterior.

De esta misma opinión es Richard Carrier, el más claro referente actual sobre la tesis mítica de Jesús34:

De todas maneras, no hay evidencia de tal “versión” del pasaje. Si no acumulamos supuestos, si tomamos la evidencia tal cómo es, obtenemos exactamente el resultado opuesto: Josefo nunca escribió nada de este pasaje; el trozo sobre: “otro horrible mal” que le ocurre a los judíos se refiere al pasaje que precedía originalmente a ese renglón, en el que Pilato aparece cometiendo múltiples sacrilegios en contra del templo y asesinando a los judíos piadosos que protestaban. Un verdadero y horrible mal. No hay siquiera un “mal”, mucho menos uno horrible, en el Testimonio Flaviano.

A los sólidos argumentos de Remsburg cabe añadir otros.

• En el Testimonio Flaviano se afirma: “Y hasta el día de hoy todavía no ha desaparecido la raza de los cristianos, así llamados en honor a él” pero Flavio Josefo menciona en su obra (XVIII, 1135) las tres sectas judías existentes en su época: fariseos, saduceos y esenios, ¡sin hacer mención a los cristianos!

• La propia opinión de Josefo sobre los mesías del primer siglo es un ataque frontal contra el Testimonio Flaviano. Es imposible que alguien que diga esto pueda ser el autor del panegírico burdamente incrustado en su obra36:

Canallas, estafadores y embusteros menos criminales por sus actos que por sus intenciones, que causaban, empero, tanto daño como los asesinos. Pretendiendo estar inspirados, planeaban provocar cambios revolucionarios induciendo a la turba a actuar como si estuviese posesa, y conduciéndoles a tierras desérticas bajo el pretexto de que allí Dios les mostraría señales de la libertad venidera.

Los historiadores, estudiosos y lingüistas de los últimos dos siglos han dedicado significativos esfuerzos en realizar un minucioso análisis del texto de Josefo buscando su posible origen y revisando la coherencia del lenguaje utilizado en este pasaje con el del resto de la obra del gran historiador judío.

Paul J. Hopper, profesor de Humanidades en la Universidad Carnegie Mellon de Pittsburg, identifica la fuente de la inspiración para la elaboración del Testimonio Flaviano, en los diferentes Credos de la época: el de Nicea (año 325) y el de Constantinopla (año 381). De hecho, Eusebio fue uno de los inspiradores del Credo de Nicea (que, según Johannes Haller debería llamarse, más propiamente, Credo de Constantino37). Muchos elementos del Credo aparecen en el texto interpolado: Jesús fue el Mesías, fue crucificado bajo Poncio Pilato, resucitó al tercer día, hizo milagros, fue anunciado por los profetas, la religión por él fundada continúa floreciendo. Incluso advierte sobre la similar extensión del Testimonio Flaviano y los Credos mencionados.

Hopper también ha realizado un muy interesante análisis del idioma griego antiguo empleado en el Testimonio Flaviano y sus conclusiones son demoledoras para los defensores de su veracidad: todo el supuesto texto de Josefo es falso. Su gramática narrativa se distingue marcadamente de otras historias de Josefo sobre Poncio Pilato38. Este autor resume con exactitud la debilidad del Testimonio Flaviano39:

Debemos mencionar aquí el pasaje de Josefo que ha ocasionado más comentarios que cualquier otro, el llamado Testimonium Flavianum (Ant. XVIII. 63 - 4) acerca de Jesús. El pasaje aparece en todos los manuscritos que tenemos; pero en particular, Orígenes (Contra Celso 1.47 y Comentario a Mateo 10.17), quien ciertamente conocía el Libro 18 de las Antigüedades judías y cita cinco pasajes de él, afirma explícitamente que Josefo no creía en Jesús como Cristo. El primero en citar el Testimonio es Eusebio (c. 324); e incluso después de él, debemos resaltar, hay once escritores cristianos que citan a Josefo pero no al Testimonio. De hecho, no es hasta Jerónimo a principios del siglo V que tenemos otra referencia al respecto.

En 1995, G.J. Goldberg40, utilizando una base de datos de literatura antigua, encontró una posible relación literaria, posiblemente una misma fuente de la que ambos hubiesen bebido, entre el pasaje de Josefo y el evangelio de Lucas (24, 19-21 y 26-27), en concreto en el conocido como los Discípulos de Emaús (y que veremos que tiene un origen egipcio):

Él les dijo: «¿Qué?». Ellos le contestaron: «Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió… ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?». Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.

Goldberg encuentra coincidencias no solo en la elección de las palabras utilizadas sino también en el orden el que aparecen. No obstante, reconoce que algunas de las frases de la cita de Josefo, las dos primeras, no aparecen en Lucas, por lo que deben considerarse interpolaciones cristianas.

Focio, patriarca de Constantinopla del siglo IX, escribió varios artículos sobre Flavio Josefo, pero sin mencionar en ninguno el Testimonio Flaviano. Es evidente que la copia de Antigüedades judías con la que trabajó Focio no contenía la interpolación cristiana. ¡Y se trataba de mediados del siglo IX!

El principal sospechoso de esta interpolación es el obispo Eusebio de Cesarea, maestro de falsificaciones de todo tipo. Entre otras hazañas, se inventó una supuesta correspondencia entre Jesucristo y el rey de Edesa Abgarus V Ukama (c.13-50) que dejó reflejada en su Historia Eclesiástica. También confeccionó las falsas cartas que, supuestamente, se escribieron entre sí los padres apostólicos. La primera cita del Testimonio Flaviano es suya, cuando antes nadie lo había mencionado, ¡y era el siglo IV y las Antigüedades judías se escribieron en el siglo I, 300 años antes! Algo inverosímil. Habría sido citada por alguien durante los siglos previos. Sobre todo, Orígenes que, en su defensa del cristianismo Contra Celso, solo menciona la segunda interpolación en Flavio Josefo, de la que trataremos a continuación.

La versión más antigua que se ha conservado de las Antigüedades judías está en griego y es del siglo XI.

Lo que Remsburg no sabía es que, además, no hay solo un Testimonio Flaviano, ¡hay, conocidas, hasta seis versiones diferentes! Esto acrecienta las sospechas de interpolación ya que numerosas iglesias y diferentes copistas habían metido mano impunemente en la torpe falsificación inicial de Eusebio de Cesarea.

Veamos las versiones que han llegado a nosotros (sin duda han existido otras que, o no han resistido el paso de los siglos o de la censura eclesial, o todavía no las hemos descubierto). A las dos versiones comentadas en el capítulo anterior hay que añadir las siguientes:

1. El profesor Shlomo Pines, investigador israelí, descubrió en 1971 una versión árabe del siglo X del Testimonio Flaviano de Josefo debido a Agapio de Hierápolis, obispo de Manjib, Siria, del siglo X. El origen cristiano de esta versión, en su obra Historia universal cristiana, y la lejanía a la fuente original cubren de sospechas esta versión del Testimonio Flaviano41:

En aquella época, había un hombre sabio llamado Jesús, cuya conducta era buena; sus virtudes fueron reconocidas. Y muchos judíos y gentes de otras naciones se hicieron discípulos suyos. Y Pilato lo condenó a ser crucificado y morir. Pero los que se habían hecho discípulos suyos predicaron su doctrina. Contaron que se les apareció tres días después de su sepultura y que estaba vivo. Quizá era el mesías (otra traducción dice: estaba considerado como el mesías) del que los profetas habían dicho maravillas.

2. El mismo Pines también descubrió una versión siríaca de Josefo del siglo XII por Miguel el Sirio, patriarca de la Iglesia Ortodoxa Siria desde 1166 hasta 1199. Los mismos comentarios realizados a la versión de Agapio son aplicables a este caso, si cabe, con dos siglos más de lejanía sobre la fuente original.

3. En la versión eslava de la Guerra Judía de Flavio Josefo aparece otra versión, conocida como Testimonium Slavianum, incrustada en manuscritos rusos y rumanos del siglo XI. Llama la atención que el Testimonio Flaviano haya viajado desde su primera ilegítima morada, las Antigüedades judías, a otra obra del mismo autor donde se ha vuelto a interpolar con total impunidad. Este Testimonio eslavo no aparece en ninguna otra versión del libro de Josefo, lo que delata su paternidad eclesial. Este es el desatado panegírico sobre Jesucristo de esta versión42:

Entonces apareció un hombre, si es pertinente llamarlo así. Tanto su naturaleza como su forma eran humanas, pero su aparición fue más que humana. Sus obras ciertamente eran divinas y realizó grandes y asombrosos prodigios. Por eso no puedo llamarlo hombre. Pero viendo su realidad física, tampoco (lo) llamaré ángel. Y todo lo que realizaba (lo) hacía por una fuerza invisible, mediante la palabra y el mandato. Unos decían de él que nuestro primer legislador había resucitado de la muerte y obró muchas curaciones y prodigios. Otros creían que era un enviado de Dios. Se opuso en muchos puntos a la Ley y no observaba el sábado según las costumbres de los antepasados; pero tampoco hacía nada vituperable ni delictivo, y lo realizó todo mediante la palabra.

Muchos del pueblo lo siguieron y observaron sus enseñanzas, y muchas almas titubeantes llegaron a creer que las tribus judías se librarían así del yugo romano. Aquel hombre acostumbraba a detenerse delante de la ciudad, en el Monte de los Olivos. También allí efectuó curaciones y se le reunieron ciento cincuenta discípulos y una multitud de gente. Viendo su poder, y que obraba con la palabra cuanto quería, le ordenaron que entrara en la ciudad, abatiera a los guerreros romanos y a Pilato, y reinara sobre ellos. Pero él rehusó (v.l.: él nos despreció). Y después, cuando fueron informados los dirigentes judíos, estos se reunieron con el sumo sacerdote y dijeron: “Somos impotentes y débiles para resistir a los romanos. Y como el arco está tenso, vamos a comunicar a Pilato lo que hemos oído y quedaremos tranquilos, no sea que, si se entera por otros, nos despoje de los bienes y ordene degollarnos y dispersar a los niños”. Fueron y lo comunicaron a Pilato. Este envió tropas, hizo liquidar a muchos del pueblo y mandó llamar a aquel taumaturgo. Y cuando interrogó a los suyos, vio que él era un benefactor y no un malhechor, ni agitador ni aspirante al reinado, y lo dejó suelto. Y es que había curado a su esposa moribunda. Él se marchó a su lugar habitual y realizó las obras de costumbre. Entonces se reunió de nuevo más pueblo a su alrededor, porque con sus actos brillaba más que todos. Los letrados se consumían de envidia y dieron treinta talentos a Pilato para que le quitara la vida. Después de ser arrestado encomendó a los suyos la realización de los proyectos. Y los letrados, apoderándose de él, lo crucificaron contraviniendo la ley de los antepasados.

4. Y, para terminar, San Jerónimo, en su obra De Viris Illustribus (Sobre hombres ilustres), da su propia versión del Testimonio Flaviano43:

En esa misma época vivía Jesús, hombre sabio, si es que hay que llamarlo hombre. Autor de obras admirables, enseñaba a quienes acogen la verdad de buen grado. Contaba con muchos seguidores tanto entre los judíos, como entre los extranjeros, creyéndole ser el Cristo. Cuando Pilato, empujado por la envidia y el odio de nuestros jefes, lo hubo de hacer crucificar, sin embargo, los que habían amado anteriormente al Cristo, perseveraron. Y al tercer día se les mostró vivo. Los Profetas, en sus obras poéticas inspiradas, mucho tiempo antes, habían vaticinado esos prodigios y otros muchos. El pueblo cristiano, cuyo nombre proviene del Cristo, todavía hoy existe.

Como ya anticipamos, es muy interesante, para reforzar el carácter espurio del Testimonio Flaviano, revisar la obra del teólogo Orígenes (c. 185-c. 253), padre de la Iglesia, considerado la mente más brillante del cristianismo primitivo, aunque ligeramente gnóstico10, heterodoxo (lo que, a nuestros efectos, es irrelevante).

Orígenes, en sus obras Comentario sobre Mateo y la famosa Contra Celso, se refiere en tres ocasiones a la mención de Flavio Josefo sobre Santiago/Jacobo, el hermano de Jesús, en sus Antigüedades judías. Esta es la segunda ocasión en la que aparece mencionado Jesús en la monumental historia del pueblo judío escrita por Flavio Josefo. Estas son las tres citas de Orígenes:

• Comentario sobre Mateo (X, 17):

Y era tan grande la reputación de Jacobo entre el pueblo por su rectitud que Flavio Josefo, que escribió las Antigüedades judías en veinte libros, cuando quiere dar la causa de que el pueblo tuviera que sufrir tan grandes desventuras hasta el punto de que el templo fue destruido, dice que fue la ira de Dios por lo que se atrevieron a hacerle a Jacobo el hermano de Jesús llamado Cristo. Pero lo notable es que aunque Josefo no acepta a Jesús como Cristo, sin embargo da testimonio de la gran rectitud de Jacobo y dice que el pueblo pensaba que habían sufrido estas desgracias por él.

• Contra Celso (I, 47):

…aquellas calamidades les acaecieron a los judíos para vengar a Santiago, el Justo, hermano que era de Jesús, el llamado Mesías; pues siendo hombre justísimo le dieron la muerte. A este Santiago, dice Pablo, el genuino discípulo de Jesús, haber visto, y lo llama “hermano del Señor”, no tanto por el parentesco de la sangre o la común crianza cuanto por las costumbres y el espíritu. Ahora bien, si dice Josefo que la desolación de Jerusalén les advino a los judíos por causa de Santiago, ¿no fuera más razonable afirmar que fue por causa de Jesús, que es el Mesías.

• Contra Celso (II, 13):

Según escribe Josefo, por causa de Santiago, el Justo, hermano de Jesús, que se llama Cristo; pero, según demuestra la verdad, por causa de Jesús, el Mesías, Hijo de Dios.

¡Orígenes, en su inmensa obra en defensa del cristianismo, no dice nada de la cita más importante que aparece en las Antigüedades judías