Yo soy Lucha - Melina Salerno - E-Book

Yo soy Lucha E-Book

Melina Salerno

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Beschreibung

Yo soy Lucha plasma perspectivas y experiencias de mujeres que rondan los treinta años, llevadas al extremo a través de historias y personajes que pululan por las calles de la ciudad de la furia. Esta sátira de vivencias femeninas caricaturiza a «machirulos», hombres tóxicos, mujeres super?ciales, tipos giles, amigas todoterreno, coachs del amor, seudogalanes turros, jóvenes emprendedoras, falsos gurúes, magos, maduras féminas empoderadas y demás fauna de la posmodernidad porteña, pero sobre todo a las propias mujeres cuando somos machistas por default. Ya es tiempo de poner un límite a todas esas situaciones que nos pasan y nos atraviesan, cumpliendo aquí la fantasía de vengarlas en la ?cción con el deseo de erradicarlas para siempre de la vida misma. Utilizando el poderoso exorcismo del humor, Lucha —el personaje principal— pretende re?ejar a tantas mujeres que no nos identi?camos con los colectivos feministas estereotipados pero que, a su vez, sufrimos en carne propia micro y macromachismos que combatimos para que pronto sean apenas un mal recuerdo. Yo soy Lucha «se planta» en su doble sentido: para ayudar a deconstruirnos, re?exionar y cambiar el rumbo, pero también como semilla para germinar en la tierra fértil de las nuevas generaciones que están tomando el relevo y verán el fruto de esta lucha en un siglo XXI necesariamente más justo e igualitario.

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EPUB

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina.

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño e ilustración de tapa: Vanesa Asad

Fotografía: Diego Libman @diegolifoto

Corrección integral de textos: Julián Chappa | www.julianchappaeditor.com.ar

Diseño de interior: Julián Chappa y Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones

Salerno, Melina Anahí

Yo soy Lucha / Melina Anahí Salerno. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2022.

352 p. ; 21 x 15 cm.

ISBN 978-987-817-678-9

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2022. Salerno, Melina Anahí.

© 2022. Tinta Libre Ediciones.

A la memoria de Leonor,

mi abuela y guardiana.

A Gisela y Flora,

mi hermana y mi mejor amiga. 

Y a todas las mujeres de mi vida.

«Artistas, escritoras, heroínas

y mujeres de mi infancia

forman una cadena invisible

dentro de mí.

Tengo la impresión de que mi historia

es la de ellas.»

Annie Ernaux

Agradecimientos

g

Gracias a mis papás, Alicia & Roberto, por su amor incondicional y por apoyar mis locuras.

Gracias a mi familia, a mis amigos y amores. Gracias a mis maestros, compañeros, colegas y vecinos por alentar y apoyar este sueño.

Gracias a todos ellos por cruzarse en mi camino para que Yo soy Lucha saliera a la cancha de la mejor manera:

Gracias a Julián Chappa, mi querido editor y mecenas. Gracias por regalarle a esta historia un prólogo de lujo.

Gracias a Eliseo Bouquez por ser la conexión con la dulce Vanesa Asad, diseñadora de la portada de este libro. Gracias por crearla con tanto amor y belleza.

Gracias al mejor librero de la ciudad de Buenos Aires, Carlos Guiraud, de «La Comarca Libros». Por su generosidad, cariño y apoyo.

Gracias a Córdoba por el equipazo de Tinta Libre. Gracias a Gastón Barrionuevo, Belén Mondati y Ayelén Salas Moyano por darle forma a esta idea y convertirla en libro.

Gracias a Diego Libman y Heliette Cappio, Rodrigo Amicone, Giuliana Santochi y Alba Ávalos por ser también parte de este proyecto.

Gracias a mis guías por encender las luces a lo largo del camino, acompañarme en cada paso y levantarme en las caídas. Por estar presentes tanto en mis luchas así como también, en mis alegrías.

¡Gracias a todos los lectores!

Melina

Prólogo

g

En 1949 la filósofa y escritora francesa Simone de Beauvoir publica El segundo sexo, bautizado como «el libro rojo de la nueva feminidad», que resultó fundacional para el feminismo moderno. Además, fue un rotundo éxito de ventas en Francia y todavía hoy sigue sirviendo como herramienta de emancipación.

Desde su publicación original hace ya 73 años, esta obra capital abrió caminos en lugares tan alejados como Argentina, donde el libro ya desde comienzos de los años cincuenta generó lecturas e interpretaciones muy diversas no exentas de polémicas, recientemente compiladas en un volumen publicado en Argentina en 2020 y titulado El segundo sexo en el Río de la Plata, de las activistas e investigadoras feministas Mabel Bellucci y Mariana Smaldone.

Poco más de dos décadas después de la publicación de ese «libro-mojón» para el movimiento feminista global, en 1970 se crea la Unión Feminista Argentina, que se dedicaba principalmente a acercar a sus integrantes textos de feministas extranjeras como Virginia Woolf o la propia Simone de Beauvoir. Desde entonces mucha agua ha corrido bajo el puente.

Hoy vivimos tiempos de profundos y acelerados cambios en todos los ámbitos de la sociedad. Demasiado lentos para algunas y demasiado acelerados para algunos, pero definitivamente demasiado importantes para todos.

Siempre existió un matriarcado «bajo la alfombra». Ninguneado, desvalorizado o denostado, pero ahí estaba. Ahora, por fin, la valentía de mujeres de todo nivel cultural, condición y origen geográfico está logrando —como nunca antes en la historia— ponerlo en el tapete y que se discuta a fondo.

Las mujeres han conquistado mucho hasta hoy, pero creo con toda honestidad que ha sido mucho más porméritos propios y no tanto porque los hombres les hayamos allanado ese camino. Allí radica un inmenso logro.

Pero urge afrontar un enorme desafío pendiente, que consiste en dar el paso siguiente, haciendo nuestra parte como hombres deconstruidos —o «en proceso de»— para que ese fundacional puntapié ya consolidado dé lugar a un cambio mucho más profundo y extendido que permita vislumbrar una igualdad genuina y comprobable en la realidad cotidiana de cada rincón del país.

Es tiempo de repensarlo todo: igualdad salarial, igualdad de oportunidades, licencias de paternidad para acompañar, extensión y flexibilización de licencias de maternidad, cuidados familiares y tanto más. El rol de la mujer se pone en tela de juicio para dejar de invisibilizarlo y que —por contraste— quede expuesto que los hombres debemos cambiar mucho más, ser mejores compañeros y «hacernos cargo de la sobrecarga» que recae sobre las mujeres.

En ese contexto, es un orgullo haber editado esta obra, que tiene varias capas de sentido (y por tanto de lectura). Puede leerse como una sátira divertida o bien como un pequeño manifiesto de un feminismo que no excluye a nadie, que no es radical, pero que interpela a ese machismo plagado de «micromachismos», a modo de gigantesca mamushka que es preciso desmantelar y erradicar.

Vale destacar que las oficinas donde transcurre esta historia se ubican en Puerto Madero, el único barrio de la ciudad cuyas calles en su mayoría poseen nombres de mujer. Deberían ser muchas más, pero al menos es un comienzo. Abogo por más calles que homenajeen a tantas grandes mujeres argentinas… y menos perimidos virreyes españoles de la época de la Colonia.

Celebro la publicación de este libro que apela al arte para plantear un tema que atraviesa a la sociedad entera y es hora de sacar del clóset para poner sobre el tapete de una vez y para siempre. El triunfo de las mujeres es en verdad el triunfo de todos, el de una sociedad más justa e igualitaria, una sociedad por la que lucho y en la que como hombre quiero vivir lo antes posible.

Considero que el feminismo es el cambio más radical y disruptivo de todas las transformaciones de enorme calado que está viviendo la humanidad, pero este resignifica de raíz la matriz productiva y cultural de la civilización humana en su conjunto.

Con el humor como gran «arma de construcción masiva», sentipienso desde mis entrañas que esta novela sintoniza muy sutil —y a la vez muy profundamente— con el zeitgeist del momento histórico que estamos transitando.

Julián Chappa |Editor

Yo soy Lucha

Capítulo 1

g

Don Juan

«Muchacha, hacete el Papanicolau.»

—Tita Merello

Algún viernes a principios de noviembre de 2017, comienza la jornada laboral en las oficinas del laboratorio farmacéutico Perlea. Está ubicado en un distinguido edificio de Puerto Madero, con una de las mejores vistas de la ciudad de Buenos Aires y su puerto. Lucía Libonatti chequea correos electrónicos en su notebook rosa oro, entre sorbo y sorbo de café con leche de su taza estampada con Jem1. El resto de los empleados llega y va ocupando su lugar dentro de la gran empresa. Lucía —«Lucha» para los íntimos— informa telefónicamente en francés que el señor Alejandro Figueroa, presidente y dueño de Perlea, no se encuentra en el país.

Cecilia, licenciada en Marketing y diseñadora, aparece ante Lucha con el ceño fruncido detrás de su poblado flequillo negro. Sus gestos delatan alguna incomodidad. Luego de apoyar cartera y casco sobre el escritorio y quitarse la campera de ecocuero bordó, Cecilia saluda a Lucha, quien no demora en preguntarle qué le sucede.

Una fuerte picazón bajo su monte de Venus se había apoderado de Cecilia desde la noche anterior, al punto de no dejarla dormir. Lucha se pone de pie y —taza en mano— camina hasta el box de su compañera. Le sugiere acudir cuanto antes a alguna guardia médica, prometiendo excusarla ante cualquiera que pregunte sobre su ausencia. Cecilia vuelve a enfundarse en su campera, toma cartera y casco y abandona el lugar. A contracorriente de ella, más empleados de Perlea llegan y ocupan sus respectivos sitios en aquella minimalista, sofisticada e impoluta oficina, con el color blanco predominando en sus muebles y paredes como catalizador de la luz que atraviesa los ventanales espejados con vistas al Dique 3.

Martina llega a las oficinas. Cuelga su mochila y ocupa su escritorio, ubicado a la izquierda del de Lucha, quien no tarda en detectar un gesto extraño en el rostro de su joven compañera de 23 años. Supone puede deberse al cansancio y la alienta, recordándole que el fin de semana está muy cerca. Pero claro, ayer fue juernes y aquel cuerpito gentil estuvo de fiesta. Después de rechazar el café que Lucha le ofrece para que despierte, Martina confiesa que no es el cansancio lo que la perturba. Una molestia la afecta desde la madrugada: un zarpullido en su zona íntima, con ardor e insoportable picazón.

Ante el preocupado «¿Te cuidaste, no?» de Lucha, Martina devuelve un desconcertante y escueto «No» como respuesta. El compañero en cuestión la había convencido de que era alérgico al látex y por eso no podía usar preservativos, aunque a estas alturas ya existiesen profilácticos de todo tipo de materiales hipoalergénicos. También le había hecho creer que «no se acostaba con cualquiera» por este motivo sanitario, y que confiara en él. Así como él confiaba en ella, ella debía creer en él. Lucha, indignada tanto con el «desconocido» como con su inocente e inexperta compañera, hace fondo blanco en su taza de café con leche. Con susto en la mirada y «haciendo puchero», Martina agarra su mochila y obedece la orden de ir a hacerse ver cuanto antes por un médico.

Entre mails, llamados y la agenda ajetreada del señor Figueroa, Lucha piensa en Martina y su amante cretino. Juan aparece entre los escritorios para darle los buenos días. Tiene barba y pelo rubio, ojos verdes y sonrisa encantadora. Es tan atractivo como mujeriego. Parecía que Juan jamás había oído el refrán que dice «Donde se come no se hace caca».

Luego de halagar el vestido azul que Lucha lleva puesto —como hacía todos los días—, Juan pregunta por Cecilia y Martina. Lucha, rápida y sintética, le informa al jefe de Recursos Humanos que ambas están demoradas. Juan estira el cuello de su camisa celeste, a tono con su traje azul, y permanece pensativo unos instantes mirando el río a través del ventanal. Aparte de jefe de Recursos Humanos también es el «Casanova» de la empresa.

Juan es un encantador de serpientes y tiernas corderas. Para él no hay edad ni estereotipos, mientras sean mujeres todas son bienvenidas a su cama, a su auto o adonde pinte un approach. Es narcisista, un tanto egoísta y, por supuesto, algo mentiroso. Mira porno o tiene sexting en horario laboral y nadie se percata de ello excepto Lucha —secretaria y confidente de Figueroa—, mujer audaz, observadora y detectora de hombres tóxicos.

Dentro de las aficiones de Juan podemos encontrar el alardeo de sus supuestas conquistas ante público masculino. Siempre son fabulosas y todas terminan del mismo modo: en su cama. El resto de sus colegas suele escucharlo por educación, por diversión y también como experimento de análisis. El gran campeón porteño no hace más que quedar como un gil contando como hazaña épica algo que para alguien como él debería ser tan cotidiano como lavarse los dientes cada mañana.

Entre sus historias tergiversadas, una de las más reversionadas por Juan es la de la milf del Departamento Contable que se había puesto cargosa luego de un par de encuentros hot, hasta el punto de haberla tenido que bloquear en su teléfono y redes sociales. Matías Host, el joven jefe de Seguridad Informática de la empresa, sabía que esto además de no ser cierto era exactamente al revés. La milflo había rechazado a él por no estar a la altura —o anchura— de sus necesidades. Pero Juan, treintañero inseguro, necesitaba de algunas lobas expiatorias y del autobombo.

No se sabe bien por qué ni para qué con su atractivo actúa como actúa, a cualquier otro le bastaría con el suceso. Juan goza cuando relata sus supuestas historias ardientes y enumera con nombre, apellido y cargo a todas las caídas en sus sábanas rojas, aunque solo duren un encuentro o dos. Porque caer caen, o quizá también juegan, pero no tardan mucho en descubrir la estafa. El león que recorre los pasillos de Perlea es solo un perro labrador con melena de felpa en busca de la pelota de tenis que le lanzan.

En el toilette de damas de la empresa, Lucha retoca su make up ante el espejo. Celeste, la recepcionista, abre la puerta de uno de los seis boxes agarrándose la panza y abrochándose el blazer de su uniforme violeta.

—Ay, Lu… ¿vos sabés si estarán limpiando bien estos baños? Porque cada dos por tres me pesco algo.

El aromatizador de ambientes emite un sonido que parece acallar la pregunta, a la vez que emana fragancia de lavanda. Ramona, la encargada de limpieza, sale del box contiguo al de Celeste con una mopa y un pulverizador en la mano. Ramona repasa con un trapo las impecables superficies de las bachas y sin filtro —con su acento misionero— dispara como el aromatizador:

—¡Lo’ baño’ están limpio’ como mi conciencia, che. Podé comé’ arriba el inodoro!

Lucha no deja pasar por alto tantas casualidades. Algo está mal, y no tiene que ver con ningún bajo rendimiento en la limpieza de los baños. No duda.

—Cele, te quiero hacer una pregunta… —Lucha cierra su neceser de maquillajes y abre su indagatoria, ambas abandonan el baño y Ramona habla a solas mientras hace relucir el ya impecable espejo.

—Se acuestan en cualquier lado y depué’ la culpa e’ de una. ¡Má’ que infesión, che… eso debe ser ladi-ia, una ladi-ia de la san puta, je je! —el aromatizador vuelve a perfumar con lavanda el baño de mujeres y Ramona estornuda sonoramente.

Frente a Lucha se encuentran sentadas Celeste y Martina. Ambas lloran. Cecilia va y viene detrás de ellas con el puño cerrado, dándose golpecitos en la boca, conteniendo las ganas de gritar o maldecir. Cecilia acerca un sillón con rueditas y se suma al escritorio, quedando entre Martina y Celeste.

—¿Cómo pude ser tan naba? —pregunta Martina a sus compañeras.

—¿Y nosotras? ¡Nosotras somos minas grandes! —la consuela Celeste, indignada.

Martina es aún cachorra, pero Celeste y Cecilia promedian las tres décadas. La primera tiene 28 primaveras y la segunda la misma edad de Lucha, 31 años.

—Igual no tiene nada que ver la edad —objeta Cecilia enfurecida—. Si el chabón se saca «el coso» en medio del acto y yo no lo veo…

—¿Te hizo eso? —pregunta Martina, y la sorpresa detiene su llanto.

—Sí, ¡de otra manera es imposible que haya sucedido, baby! —responde Cecilia con indignación y sus características pocas pulgas.

—A mí me dijo que confiara en él, que era sano… y que yo también.

—Claro, y que con otra no era capaz de arriesgarse tanto, ¿no? —completa Celeste.

—Martina llora apoyando su cabeza en el hombro derecho de Celeste, quien le acaricia los rulos castaños con una mano y con la otra se sostiene el mentón. Cecilia vuelve a caminar en círculos y Lucha arde con sed de justicia mientras observa a sus compañeras.

—¡Lo voy a cagar tanto a piñas! —exclama Cecilia con bronca, mirando el piso.

—No es mala esa, eh… —le dice Lucha—, pero tengo una idea más elegante y efectiva.

Cecilia se acerca al escritorio con mucha curiosidad y por primera vez en el día relaja el ceño fruncido detrás del flequillo. Lucha toma un fibrón verde y un anotador. En voz baja comienza a indicarles un plan que anota en código, con trazos, letras y números que nadie más podría comprender. Las tres compañeras escuchan con atención la propuesta.

Mediodía del viernes siguiente

Juan, con su característico traje —esta vez gris— encuentra un Post-it pegado en el marco de la pantalla de su computadora. Luego de mirar a su alrededor con las manos en los bolsillos, intenta adivinar quién habría dejado la notita y la despega con risa campeona. El papelito celeste dice: «Te invito a tomar unas birras a la salida». Dos puntos juntos y una curva debajo, a modo de carita feliz, firman el mensaje.

Juan se sienta en su sillón, acomoda a Woody —el vaquero de Toy Story en miniatura— en su escritorio, se estira el cuello de la camisa blanca y es gratamente sorprendido por la ventanita de chat de Lucía J. Libonatti.

—Y… ¿aceptás?

Juan no puede dar crédito a lo que lee. ¡Viernes de suerte! La figurita difícil, por fin, ha caído a sus pies. Antes de responderle se reclina sobre el sillón, trona exageradamente sus dedos y su cuello con un movimiento brusco. Infla el pecho como Diego Maradona saliendo a romperla en un partido del Nápoles y luego de decirse a sí mismo «Sabía que ibas a caer, zorrita» le contesta fiel a su estilo, como un caballero:

—Acepto, bombón… pero con una única condición: usted invita pero pago yo —tipea sobre la ventanita del chat.

—Como usted diga —con Martina y Celeste leyendo la conversación, Lucha le sigue el juego desde el despacho del señor Figueroa.

Cecilia gatea en el suelo alfombrado de la oficina en busca de la mochila de Juan, apoyada en una silla frente a él del otro lado de su escritorio. Juan, compenetrado en su conquista caída del cielo, jamás repara en que las llaves de su casa fueron sustraídas para ser replicadas.

—Nos encontramos en el barcito del Bajo, ¿dale? No quiero que cuchicheen.

No quiero que cuchicheen. Esta clase de jugadores nunca se expone con nadie. Siempre andan entre las sombras, con una absoluta discreción y reserva para poder comer de varios platos, así sean del mismo restaurante o incluso de la misma mesa. Porque lo que tienen de discretos estrategas al principio es lo que les falta de códigos al final.

Cecilia dudaba de que Juan picara. La carnada, supuestamente y según dichos esparcidos a los cuatro vientos por el mismo Juan, no era su tipo de mujer. Discriminaba a Lucha a viva voz por ser muy alta —superaba la estatura de Juan— y también altanera. En realidad, el tipo de Juan eran todas las mujeres excepto las que no le daban bola.

No había chances de que rechazara a Lucha más allá de que lo intimidara su estatura. Sus ojos verdes y su impecable pelo lacio carré siempre le habían atraído. Al igual que la carita angelical de Martina, las curvas de Celeste y los rasgos angulosos de Cecilia.

—Muchachas, ¿tenemos todo listo? —pregunta la jefa de la banda, y Martina saca un llavero de su bolsillo—. A eso de las siete, todas en sus puestos —es la indicación final de Lucha, a la cual las tres amigas responden con el saludo militar, llevándose la mano derecha a la sien.

En el restaurante Se dice de mí puede verse a Miguel separando y contando billetes ante una antigua máquina registradora de los años cincuenta. La caja vintage es una reliquia que Don Rafael, el abuelo de Lucha, conserva con mucho cariño por ser la misma que le dio de comer y lo vio crecer durante sus 83 años. Este bodegón porteño ubicado en San Telmo —que en un principio se llamó Bambolina— había pertenecido a su padre, un napolitano que además de encontrar refugio en Argentina se enamoró perdidamente de ella, su tango y sus sabores.

De fondo suena La viruta y media docena de camareros van y vienen. Llevan uniformes negros con delicadas rayas blancas en sus pantalones y delantales largos. Miguel interrumpe el conteo para atender su teléfono celular, que vibra sobre uno de los estantes del mostrador.

—¡Lucha!

—Hola, Migue. ¿Cómo estás?

—Terminando el arqueo del día, por hacer el recambio con Rafa.

—Bueno, pará. ¿Podés decirle que te cubra hasta las doce más o menos?

—¿En qué te metiste ahora?

—Me estoy por meter… Es algo sencillo.

—Adelante —dice Miguel agrupando billetes de cien de diez en diez.

—Servicio de vigilancia y remise. Tipo once, frente a la dirección que te voy a pasar por ChatsApp.

—Quiero que me contestes algo. ¿Qué otro ex pasaría a buscarte de las citas con chongos, eh? Pensalo.

—¡No es chongo! Ah, y liberá la camioneta porque seremos vos, yo y tres chicas más.

—¿Amiguitas? —le pregunta Miguel en un tono que sabe va a fastidiarla.

—Compañeritas, calmate. Bueno, ¿te veo en un rato?

—Dale —Miguel corta el llamado.

Miguel y Lucha habían sido novios. Se conocieron en aquel mismo barrio, donde Miguel vivía junto a sus padres y hermanos: Alicia —amiga de Lucha— y Santiago, hoy radicado en Miami. Los fines de semana que Lucha visitaba a sus abuelos, durante la adolescencia, desembocaron en su primer romance. Todo nació con un beso en Plaza Dorrego, donde la gente se reunía a bailar tango, y finalizó en las playas de Bombinhas cuando —con 23 años— Lucha determinó que no quería casarse ni tener hijos.

Rompiendo el corazón de Miguel y las expectativas de familiares, amigos y hasta vecinos, Lucha siguió su camino en libertad y sin arrepentimientos. Miguel cumplió su sueño de formar una familia junto a Flor, al menos por un rato. Luego de la llegada de su primera y única hija, Lola, el matrimonio empezó a desentenderse hasta que se divorciaron. A partir de ese momento, Miguel se dedicó a ser el mejor padre para Lola y el compañero circunstancial de alguna que otra dama que se le cruzara en el camino. Aunque su deseo tenía dueña desde hacía ya muchos, muchos años. Don Rafael quería a Miguel como si fuera el nieto que nunca tuvo.

Don Rafael se acerca a Miguel. Trae una bandeja con dos chopps, dos cervezas de cuarto litro y maníes japoneses, los favoritos de ambos.

—Don Rafa, me va a tener que aguantar hasta medianoche, su nieta me solicita.

—¡Habrase visto, qué pollerudo! —le dice Don Rafael y abre las cervezas con un destapador celeste y blanco adornado con el escudo de Racing.

—A estas alturas, es como si fuera mi hermana…

—Seee, una hermana incestuosa. Pero te entiendo. Salió manipuladora como su abuela, que en paz descanse —Rafael se persigna temeroso y con un poco de culpa por lo que acaba de decir.

* * *

Hugo, el encargado de un edificio de la calle Julián Álvarez al 2000, sorprende a Celeste, Martina y Cecilia entrando con llave. Conoce a las tres, pero le inquieta verlas aparecer juntas en el edificio donde reside el amante que comparten. Astuta, Cecilia lo saluda y se excusa:

—Hola, Hugo. ¿Cómo anda? Juan nos dio las llaves, así lo esperamos arriba y preparamos la cena.

Hugo, sin poder creer lo que escucha, razona que en tiempos de poliamor todo es posible. Y hasta le resulta interesante. Luego de dejarlas pasar, se saca la franela naranja del bolsillo de su pantalón color caqui y repasa el picaporte de la puerta principal. Se compadece a sí mismo por no ser joven y soltero en esta época de hombres y mujeres tan abiertos y honestos entre sí.

Una vez dentro del departamento de Juan, Cecilia abre la heladera y saca una botella de cerveza Diadema.

—Cuando cursaba a la noche, una Diadema antes de cada final nunca me fallaba para relajarme —comenta Cecilia con nostalgia.

—¡Pero estamos medicadas! —objeta Celeste.

—¡Los huevos de su padre! No me hagan acordar porque lo mato... —se enerva Cecilia.

Martina entra a la cocina, abre la heladera e iluminada por el foco de su interior informa sosteniendo una botella de agua saborizada:

—Hay cerveza, esto o leche.

—Y sí. Si algo no puede faltar en esta casa es leche —dice Cecilia.

—¡Salud! —gritan las tres compañeras mientras brindan por la venganza con agua sabor pera.

En la vereda de un pintoresco barcito cercano a Plaza Serrano, ubicado en la esquina del Pasaje Santa Rosa, tiene lugar la cita de apareamiento: Lucha y Juan coquetean. Hay una picada sobre la mesa, un trago anaranjado en la mano de Lucha y una cerveza artesanal para Juan, quien luce más radiante y jocoso que de costumbre. El saco de su traje gris quedó en el auto, colgado en una percha para que no se arrugue. Su camisa, en modo viernes de after office, luce arremangada hasta los codos.

—¿Pero tomás alguna medicación o algo? —pregunta Juan, curioso con respecto a la abstinencia etílica de Lucha.

—No, no me gusta mucho el alcohol. Como a quien no le gusta el mate.

—O sea que nunca… una borrachera —sigue indagando curioso, y fantaseando con qué bebida podría llegar a embriagarla.

—No, no…

—¡Mirá vos! Borrachita debés ser divina —Juan comparte su fantasía en voz alta y en tono libidinoso.

—Sí, toda babeada o vomitada. ¡Sin poder caminar, un derroche de sensualidad! —remata Lucha con ironía y alza su trago para invitarlo a un brindis que lo saque del barro, Juan se ríe nervioso y el cuello de la camisa paga las consecuencias al ser tironeado.

—Ja ja, ¡qué cómica! —brindan, beben y Juan cambia de tema mirando a su alrededor—. La verdad, esto es un sueño.

—Lindo lugar, ¿pero qué tiene de surrealista?

—El bar no, tontita —Juan le toma la mano—. Estar acá con vos, después de tanto rebotar como pelota de ping-pong… —e imitando la voz de Lucha continúa—, «Donde se come no se…».

—Pero si vale la pena, puede hacerse una excepción —responde Lucha en su papel de conquistada, y repasa sus labios con un brillo labial sin color que siempre la acompaña.

Juan, seductor, toma del mentón a Lucha intentando una aproximación para besarla. Ella se aparta invitándolo a brindar de nuevo como aprendió en sus últimas vacaciones en Barcelona.

—Como dicen en España, ¡el que no apoya, no folla!

Apoya el trago, lo levanta y lo choca contra el chopp de Juan. Ambos hacen fondo blanco. Luego de ver que el líquido naranja ha desaparecido del vaso, Juan comenta atónito:

—Ah, ¡mirá la que no toma!

—No suelo tomar alcohol. Otras cosas, sí —responde Lucha con malicia, saboreando la bebida pero todavía más el momento.

Juan sonríe tapándose la cara con las manos. Al volver en sí, hace señas al mozo para que le traiga la cuenta. Lucha nuevamente repasa su boca con brillo labial y lo guarda en el bolsillo de su vestido lila.

Celeste, Martina y Cecilia entran a la habitación de Juan, que conocen bien. Martina toma un perfume que hay cerca de un Smart TV y lo huele con los ojos cerrados y una sonrisa mientras ladea la cabeza. Siente que alguien la toma del brazo y, al abrir los ojos, Martina se encuentra con el ceño fruncido de Cecilia, que la observa. Celeste recorre el lugar con la mirada y piensa en voz alta:

—Pensar que las tres…

—¿Tres? ¡Tres…cientas habremos pasado por acá! —dice Cecilia alzando la voz.

—¡Ay, qué horror! —agrega Martina.

Celeste recibe un mensaje de Lucha en su celular, anunciando su inminente arribo. Cecilia les indica meterse en el placard mientras ella se esconde debajo de la cama. Martina le pide intercambiar el escondite porque sufre de claustrofobia y, al recordárselo, Cecilia accede.

Una vez dentro del placard, Cecilia mira por la hendija. Celeste enciende la linterna de su celular iluminando esposas, fustas y antifaces que cuelgan del perchero que pende sobre sus cabezas. Consternada, Cecilia agarra una de las fustas.

—¿Pero este pibe quién se cree que es, Christian Grey?

—A mí me dijo que practicaba bondage2 —responde Celeste muy seria—, pero si yo no era del palo se adaptaba a mí.

—Ay, ¡es taaan bueno! —responde Cecilia con sarcasmo.

—Pará… un día accedí al juego —Celeste siembra la intriga de su compañera.

—¿Posta? ¿Te dejaste azotar, boluda?

—¡El flaco no sabía ni ponerme las esposas! ¡Un ridículo! —confiesa Celeste meneando la cabeza, y Cecilia muerta de risa completa— …Claro, no sabe ponerse un forro y va a saber dar un latigazo con estilo. Cincuenta sombras de Brown.

—De Grey —la corrige Celeste.

—Pero este es marrón, marrón caca.

Se oye el sonido de las llaves en la puerta y las chicas dentro del placard contienen la risa. Detienen la charla, poniéndose en estado de alerta total. Escuchan que Lucha le pide permiso a Juan para pasar al baño.

—Ahí tenés toallas limpias apiladas. Sentite en tu casa —comenta Juan.

Toallas limpias, apiladas estilo hotel. Estilo telo. La casa de Don Juan tiene un aspecto bastante «acogedor»: paredes rojas, muebles negros, luces ubicadas estratégicamente y sillones de cuero. Al lado de la cama una pared está totalmente espejada para mirarse y admirarse durante sus performances. El techo también tiene un espejo en forma hexagonal que cubre la mitad del cielorraso.

Juan entra a su habitación y prende una luz regulable muy tenue, pero luego de encender dos velas apaga la luz por completo. La habitación queda en penumbras. Martina lo observa desde abajo de la cama. Juan activa su celular en modo cámara grabadora y lo coloca sobre el mueble que hay frente a la cama, donde se ubica el Smart  TV. Esconde el celular entre la pared y un portarretrato que tiene una foto suya, dejando la lente asomada. Juan se desviste por completo y se acuesta en su cama con almohadones negros y sábanas rojas como el acolchado.

En el impecable baño del departamento palermitano, Lucha se sienta sobre la tapa del inodoro para leer los mensajes que llegan al grupo de ChatsApp creado para la ocasión. Martina advierte que hay un celular filmando todo. Cecilia le avisa que tenga cuidado porque la espera ansioso y desnudo. Celeste sospecha que debe filmarlas a todas. Lucha responde a cada una de las advertencias. Se pone de pie, respira profundo y exhala sonoramente por la boca, como quien sale a un ring de boxeo y golpea sus puños un par de veces. Antes de salir del baño guarda su celular en la cartera, se coloca brillo labial y se perfuma ante la puerta cerrada. Se persigna de manera muy personal, dibujándose una «L» en la frente, y sale. Al pasar a la habitación de Juan lo encuentra como esperaba, desnudo.

—Ahhh, pero cuánto apuro —esboza con suavidad, tratando de que el jefe de Recursos Humanos baje la velocidad y el ritmo de los acontecimientos.

—Me tenés así, todo dispuesto, hace años. ¿Cómo no voy a tener apuro?

—Bueno, pero quería desvestirte yo —responde Lucha desde los pies de la cama, conservando una distancia prudencial y más cubierta que en el bar. Ahora sobre el vestido tiene puesto un saco abotonado de hilo azul.

Celeste y Cecilia espían por las hendijas del placard. Martina permanece alerta debajo de la cama.

—Vení a saludar a Woody —la invita Juan, y Lucha hace una reverencia, baja la frente hacia sus manos juntas en el centro del pecho y se pide a sí misma contener las ganas de reírse para no arruinar el plan.

—¿Qué tal, Woody? Te confieso que a mí me gusta más Buzz. Es… más contundente, más morrudo —el sarcasmo de Lucía Libonatti se ha activado.

Lucha repara en que el flacucho vaquero de Juan estaba arruinando para siempre hermosos recuerdos de su infancia con respecto a la película. Juan se ríe nervioso y, al no haber camisa alrededor de su cuello, se rasca la piel. Cecilia y Celeste se tapan nariz y boca para contener la risa. Martina no puede verlos pero está oyendo todo, con una mejilla en el piso flotante. La adrenalina la mantiene seria.

—No seas mala, che. Vos también sos flacucha. Siempre te digo que con un poco más de lolas te daría un diez.

—Es lo que hay —responde Lucha agarrándose las lolas, y acelerando el operativo pregunta si cuentan con protección para pasar a la acción.

—Edificio vigilado 24/7. Cámaras de seguridad. Estamos protegidos.

—Camaritas, claro. Y no solo las de seguridad. Juan se evade de la pregunta, se sienta en la cama y tira a Lucha sobre el colchón tomándola de la muñeca. Martina siente sobre su cabeza el impacto del cuerpo cayendo sobre el somier King Size.

Con un solo movimiento, Juan la acuesta y se tira encima de ella. Cecilia y Celeste, del otro lado de la puerta del placard, se tensionan por primera vez.

—Besame, yegüita.

—Primero mostrame —Lucha gira la cabeza esquivando el beso de Juan y apoya sus manos sobre el pecho de él.

Juan intenta disimular su fastidio, abre un cajón de su mesa de luz y saca una caja de preservativos cerrada. Lucha agarra la caja y lee la fecha de vencimiento. Juan, excitado y perdido en el aroma de su perfume, le besa el cuello. Lucha lo aparta de sí y se sienta en la cama.

—Juan, ¡estos forros están vencidos desde 2015!

—Relajá, flaca. ¡No pasa nada!

—¿Cómo que no pasa nada? ¿Tenés otros, no?

—No. Pero yo controlo, tranquila. No habrá bebés.

Al igual que Lucha, si había algo que Juan no quería en la vida era engendrar nuevos humanos. Lucha se saca de encima a Juan y pregunta indignada por las enfermedades venéreas. Él se excusa con el mismo verso de siempre: que no suele darse ese lujo con cualquiera, y que ella sería una excepción.

—La cuarta excepción… solo en lo que respecta al ámbito laboral, bah —lo increpa Lucha poniéndose de pie.

—¿De qué hablás?

Las chicas abandonan sus escondites. Juan se sobresalta creyendo que son ladrones, pero al reconocerlas hubiera preferido que sean delincuentes. Cecilia y Lucha lo toman de las muñecas mientras Celeste lo esposa. Lo acuestan en la parte superior de la cama, arrastrándolo una de cada brazo. Martina le tira un almohadón bordó que cae sobre su pelvis y le cubre a Woody.

—Estamos las tres a la espera de unos análisis que tuvimos que hacernos esta semana… —arranca Martina.

—…Y ¡oh, casualidad! las tres pasamos por esta misma cama en el transcurso de estos últimos días —completa Celeste.

—¿Y? ¡A ver si ustedes me contagiaron algo a mí! —Juan intenta invertir responsabilidades de manera fallida.

Cecilia, totalmente fuera de sí, se sube a la cama y agarra a Juan de la cabeza con las dos manos.

—¡Mirá, imbécil… que tu verso haya engatuzado a las chicas no te hace menos egoísta e irresponsable! Pero en mi caso, ¡te sacaste el preservativo en pleno baile, sin mi consentimiento y sin que yo sepa que lo hacías3!

—Son tres locas de mierda. Bah, cuatro. Voy a llamar a la policía.

—Dale, llamala así denunciamos lo que le hiciste a Chechu —acota Martina.

—Martu, vos no sos así. No te dejes llevar por estas harpías feminazis.

—Nos grabás sin consentimiento, como ibas a hacer con Lucha —continúa Martina señalando el celular que grababa desde hacía más de diez minutos.

—No, no siempre… ¡déjenme explicarles!

—Mirá, basura… mejor que estemos todas sanas y salvas, porque te juro, ¡te juro que te corto ese palito de la selva a lo Lorena Bobbitt así nunca más le jodés la vida a nadie! —Martina y Celeste apartan a Cecilia de Juan, antes que lo lastime.

—Te propongo algo por las buenas, Juan... o por las malas nos queda denunciarte y escracharte en la empresa.

—¡Pero qué yeguas! ¡Yo no soy un mal tipo y lo saben!

—A veces un boludo causa más daño que un maldito —responde Lucha.

—Que conste que no me hice el noviecito de ninguna, eh.

—No te hace falta, papi. Sos el prostituto del pueblo. No pasa por la cantidad de minas con las que te encamás, sino porque las cuides. Y te cuides, loco —sigue vociferando Cecilia desde la puerta de la habitación.

En el mejor de los casos, las manías de Juan podían dejar embarazada a alguna de sus conquistas, en el peor podían acabar con una enfermedad terminal. Y esta era la furia de las chicas. Sumada a la falta de códigos al meterse con tres compañeras que se conocen y se quieren entre sí, sin que ellas supieran que compartían amante.