Yo soy mi casa - Guadalupe Amor - E-Book

Yo soy mi casa E-Book

Guadalupe Amor

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Beschreibung

Esta obra de Guadalupe Amor (1920-2000), construida en armonioso desorden, oscila entre la novela y el libro de memorias. Como en un calidoscopio giran en estos capítulos, henchidos de verdad y de misterio, cuantos personajes, hechos y objetos sirven de marco para las experiencias y sentimientos de una niña terrible y siempre sola en medio de los salones y los sótanos del caserón aristocrático de su niñez.

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Seitenzahl: 428

Veröffentlichungsjahr: 2019

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Guadalupe Amor (Ciudad de México, 1918-2000)

Fue narradora y poeta. Colaboró en la revista antológica América, del suplemento Revista Mexicana de Cultura de El Nacional, en México en la Cultura de Novedades y en la Revista Mexicana de Literatura. Incursionó fugazmente en el cine como actriz en Cadetes de la Naval (1944) y El que murió de amor (1945), así como conductora del programa La Señora de la Tinta de C-11 y de Variaciones sobre un Motivo Poético de Radio Universidad.

LETRAS MEXICANAS

35

Yo soy mi casa

GUADALUPE AMOR

Yo soy mi casa

Prólogo MICHAEL K. SCHUESSLER

FONDO DE CULTURA ECONÓMICA

Primera edición, 1957 Segunda edición, 2018 Primera edición electrónica, 2018

Diseño de portada: Teresa Guzmán Romero

Imagen de camisa: Retrato de Guadalupe Amor (1957), por Diego Rivera

D. R. © 1957, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 Ciudad de México

Comentarios:[email protected] Tel. (55) 5227-4672

Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere el medio. Todos los contenidos que se incluyen tales como características tipográficas y de diagramación, textos, gráficos, logotipos, iconos, imágenes, etc. son propiedad exclusiva del Fondo de Cultura Económica y están protegidos por las leyes mexicana e internacionales del copyright o derecho de autor.

ISBN 978-607-16-5861-6 (ePub)ISBN 978-607-16-5804-3 (impreso)

Hecho en México - Made in Mexico

ÍNDICE

Prólogo a la segunda edición

La recámara de mi madre

El juguetero

El corredor

El cuarto de Jorge

El cuarto de Gabriela

El patio interior

La habitación de los porteros

Dos escaleras

El túnel

Los sótanos

La galería de abajo

La galería de arriba

El costurero

El hall de arriba

El gran hall

El cesto de la ropa sucia

El cuarto mágico

El den

El cuarto de los trebejos

La barda

La biblioteca

El saloncito

Un cuartito de criadas

Otro cuarto de criados

El segundo corredor

El baño de las criadas

El cuarto de Estela e Isabel

El cuarto de Magdalena

Un pasillo

El jardín

Las azoteas

El comedor

La despensa

La antecocina

La cocina

El baño de mi padre

La recámara de mi padre

La sala

El baño de Martha y Guadalupe

Mi cuarto

La escalera a la calle

La fachada

PRÓLOGO A LA SEGUNDA EDICIÓN

MICHAEL K. SCHUESSLER*

1. INTRODUCCIÓN

En septiembre de 1957 aparece dentro de la colección Letras Mexicanas del Fondo de Cultura Económica Yo soy mi casa, única novela de Guadalupe Amor, cuyo título hace eco al de su primer y célebre poemario (Alcancía, 1946) y cuya portada ostenta el retrato a crayón que le hizo Diego Rivera en el mismo año, donde Pita —alias con el que se refería a su persona física, terrestre— aparece como una mujer frisando los cuarenta años, con la cabeza cubierta por un pañuelo que acentúa su mirada enigmática mientras nos observa de soslayo, acaso consciente de su propia notoriedad, pues ya era una figura tanto elogiada como reprochada dentro de la comunidad cultural mexicana de medio siglo. La edición de 350 páginas estuvo a cargo de la poeta y de José G. Vázquez; se tiraron 5 000 ejemplares, muchos si consideramos el número de posibles lectores que pudo haber tenido una novela tan atípica en el momento de su aparición.

Guadalupe Teresa Amor Schmidtlein nació el 30 de mayo 1918 —hace un siglo— dentro de una casona que alguna vez fue elegante ubicada en el número 66 de la calle de Abraham González (antes José Ives Limantour) en la otrora porfirista colonia Juárez. Fue la más pequeña de siete hermanos (seis mujeres y un varón) cuyos progenitores, Emmanuel Amor Subervielle y su esposa en segundas nupcias, Carolina Schmidtlein y García Teruel, habían visto mermada su fortuna por culpa de la Revolución mexicana, insurrección política que produjo a muchos nuevos ricos y no pocos nuevos pobres. Pita, la más pequeña de la familia, fue también la más mimada, aunque se quejaría de haber tenido que vestir —incluso en su primera comunión— la ropa usada de sus hermanas mayores. Su educación formal fue escasa aunque, como toda “yegua fina”, asistió al Colegio Francés, donde aprendió buenos modales y se asomó al idioma galo. No obstante, su fuerte carácter no aguantó el traslado al Colegio del Sagrado Corazón de Monterrey donde, gracias a sus insolencias, algunas narradas con gran deleite en esta novela semiautobiográfica, no permaneció mucho tiempo y fue devuelta a la Ciudad de México, urbe que Pita no abandonaría nunca hasta su muerte a causa de una pulmonía el 7 de mayo de 2000. No obstante la falta de una educación formal, dentro de los muchos espacios de su casona había una biblioteca y ahí la más pequeña de los Amor descubrió los libros de su padre, un hombre enfermizo aficionado a la literatura y la escolástica, que era casi un anciano al nacer su última hija. Allí don Emmanuel solía refugiarse de las persistentes dificultades económicas enfrentadas por su familia a causa de la pérdida de la hacienda azucarera de San Gabriel de las Palmas que, según algunos testigos de la época, abarcó casi la mitad del actual estado de Morelos pero fue ocupada por Emiliano Zapata y sus huestes para hacer efectivo su lema de “Tierra y Libertad”; después de la Revolución la inmensa propiedad fue expropiada. En este espacio íntimo, doméstico, la pequeña Pita leyó por vez primera a muchos de los autores —la mayoría poetas del Siglo de Oro español— que, con el discurrir del tiempo, resultarían imprescindibles para su propio desarrollo anímico e intelectual.

La lectura de los poemas de estos grandes bardos le inspiraría tanto la forma como el contenido metafísico de sus más celebrados versos, a tal grado que, a raíz de su único viaje a España para promover sus Poesías completas (Aguilar, 1951), Carmen Conde, primera académica de número de la Real Academia Española, la compararía con santa Teresa de Ávila y su aliado espiritual y lírico, san Juan de la Cruz. De manera paulatina, tanto los clásicos del idioma español: Garcilaso de la Vega, Félix Lope de Vega y Carpio, Luis de Góngora y Argote y Pedro Calderón de la Barca, como sus coterráneos modernos: Amado Nervo, Manuel José Othón, Ramón López Velarde, o bien sus análogos españoles de la Generación del 27: Antonio Machado, Rafael Alberti, Pedro Salinas y, en particular “el titán de la vega de Granada”, Federico García Lorca, se convertirían en los inopinados maestros de una joven desesperada por alcanzar el reconocimiento y la fama que le habían sido negados en sus incursiones en el cine y el teatro. En aquel momento de su futuro en ciernes, a nadie se le ocurriría pensar que pocos años más tarde —touteproportion gardée— Guadalupe Amor se convertiría en la poeta (que no poetisa) mexicana más famosa desde sor Juana Inés de la Cruz (1648-1695), de cuya creciente producción lírica se ocuparían autores e intelectuales del calibre de José Gaos, José Revueltas, Juan José Arreola y Alfonso Reyes, quien, en 1956, un año antes de la publicación de la novela Yo soy mi casa, consignó esta extraordinaria semblanza a la hermosa escritora mexicana.

Nacer en cuna de seda y afrontar con inconsciente arrojo el aire de la media calle. Conquistar por asalto y catástrofe el derecho a la libertad. Vivir bajo la tortura del Dios que habita el alma y que hace andar los pies de aquí para allá, como un arrebato de tíade, ménade, bacante. Desembocar en la vida terrible con los ojos y cara de ángel, casi con fragilidad de belleza exquisita, y luego mostrar que se es granito o cristal de roca. Divagar entre balbuceos y tropiezos, con sagrado sonambulismo. Y una buena mañana, he aquí que todo eso era poesía; poesía que se ignoraba. Y de entonces más, el agua bebida de bruces en la fuente misma. La autenticidad que salta como chorro de sangre. Y nada de comparaciones odiosas… aquí se trata de un caso mitológico.

Por su parte, José Gaos, filósofo español exiliado en México a partir de 1938 por causa de la Guerra Civil española, encierra sus reflexiones en un cuarteto metafísico que aparecerá un año después de la publicación de esta novela como epígrafe a su libro de poemas Sirviéndole a Dios de hoguera (FCE, 1958):

Poetisa, que de hoguera

a Dios crees servir, di:

¿ardes tú por Dios entera?

¿O quemas a un dios en ti?

2. YO SOY MI CASA: ¿NOVELA AUTOBIOGRÁFICA, DE COSTUMBRES,BILDUNGSROMAN, UNA FICCIÓN POÉTICA, FÁBULA FEMENINA O NOVELA DEL ESPACIO?

Es en enero de 1955, con la publicación en la Revistade laUNAM de los Diálogos neoplatónicos entre sor Juanay Pita, breve obra teatral pergeñada por su amigo, admirador y siempre cáustico Salvador Novo, cuando se tiene la primera noticia de que Guadalupe Amor está urdiendo su primera obra en prosa. Durante su entretenido diálogo, la Fénix de América, Décima Musa y Única Poetisa de la Nueva España le pregunta a Pita qué es lo que está actualmente escribiendo, a lo que responde la poeta: “Mis memorias. Una especie de novela. Mis recuerdos de niñez. La niñez es horrible, angustiosa. Se llena uno de traumas”. En efecto, la novela narra las experiencias de la niña Pita Román, cuyo apellido casi palindrómico sirve para revelar a la más pequeña de los hermanos Amor detrás de su personaje literario. Con respecto a la manera en que esta novela fue concebida y desarrollada, en una entrevista que me concedió en 1992 su contemporáneo, amigo y cómplice literario Juan José Arreola recuerda:

Con Yo soy mi casa, trabajé con Pita en la revisión de su libro. No llegué hasta el final en ese trabajo porque ella fue adquiriendo más capacidad propia para corregir sus textos. Pita fue evolucionando y va evolucionando cada vez más. Casi como todos los seres humanos; pero en ella fue un progreso muy rápido —lo que ocurrió hace muchos años— porque empezó a escribir realmente sin estar preparada para eso y sin formación alguna. Entonces ella empezó a escribir por esa plenitud de su vida, porque antes que escritora y poeta, Pita era ya una personalidad realmente extraordinaria…”

Quizá es debido a la manera tan asombrosa en que la escritora irrumpió en la escena literaria de la capital mexicana, el porqué las malas lenguas susurraban que no era Pita quien escribía sus libros, sino que otro individuo —un escritor ya consagrado— los trazaba en secreto, acusación que Pita enfrentó años más tarde de manera frontal y lírica por medio del siguiente soneto inspirado en (pero no calcado de) Félix Lope de Vega y Carpio:

Como dicen que soy una ignorante,

todo mundo comenta sin respeto,

que sin duda ha de haber algún sujeto

que pone mi pensar en consonante.

Debe ser un tipo desbordante,

ya que todo produce, hasta el soneto;

por eso con mis libros lanzo un reto;

“burla burlando van los tres delante”.

Yo sólo pido que él siga cantando

para mi fama y personal provecho,

en tanto que yo vivo disfrutando

de su talento sin ningún derecho.

¡Y ojalá no se canse, sino cuando

toda una biblioteca me haya hecho!

La aparición de su única novela tampoco se encontraba exenta de tales insinuaciones, seguramente productos de la envidia y también debido a su existencia aparentemente frívola y mundana. En la misma entrevista Arreola señala que

en alguna ocasión también hubo más de alguna persona que dijo que yo escribía con ella al mismo tiempo, Yo soy mi casa. No. Me consta y lo puedo demostrar. Cualquiera que lea Yo soy mi casa, se da cuenta de que tiene unidad. Puede haber más cuidado en algunas cosas, así, pero no. Yo no escribí para Pita.

Lejos de los dimes y diretes que caracterizaban al mundillo literario de su momento y para celebrar la publicación de su primera obra en prosa la Galería Proteo de la Ciudad de México le brindó un lucido coctel a la incipiente novelista. Su sobrina Elena Poniatowska Amor, quien publicó una crónica de este exclusivo evento en la sección de “Sociales” del periódico Novedades, cuenta que el convite hecho para la poeta Guadalupe Amor resultó un extraordinario éxito, pues a éste asistieron muchas de las figuras más renombradas del mundo cultural de la Ciudad de México de mediados del siglo XX: pintores y poetas, novelistas y profesores, princesas y generales:

A las siete de la noche, la galería, que dirige la señora Joq, abrió sus puertas para recibir a las múltiples amistades de la poetisa. Entre ellos, naturalmente los “siete amores” o sea los siete hermanos Amor, de Pita, que aparecen en su novela con el nombre de Román. Pita, encantada, con un vestido negro y el rostro radiante, recibía las felicitaciones de sus invitados. Entre ellos, anotemos a Juan Soriano, Diego de Mesa, Augusto Escobedo, Fernando Gaitán, la pintora Cordelia Urueta, la señora Joq, muy guapa con un traje azul; Paula Amor de Poniatowski, Carlos Nieto, Franco D’Ayala, señor François Chevalier, Elena Garro de Paz, Edmundo O’Gorman, Sergio Fernández, el doctor Raoul Fournier, director de la Facultad de Medicina de la UNAM; Guillermo Dávila, Alí Chumacero y su guapa esposa Bartolí; José Luis Martínez y Lidia, Mario Monteforte Toledo, que también acaba de publicar un libro, y señora; Rómulo Gallegos, la guapa cuentista Guadalupe Dueñas, Archibaldo Burns, la pintora Lilia Carrillo, Chucho Reyes, Josefina Vicens, cuya novela es realmente magistral; Socorro García, Rufino Tamayo y Olga, que pronto salen a París; Jean Sirol, Roberto Montenegro, Fito Best Maugard, el general Beteta y señora; Juan Rulfo, más cuentista que nunca; Luis Sánchez Navarro, Margarita Nelken, Gaspar Rubio, que también aparece en la novela de Pita; Joaquín Díez Canedo y señora; Arnaldo Orfila Reynal, director del Fondo de Cultura Económica; el maestro De Paz y señora; el escultor Manuel Felguérez, el pintor Héctor Xavier, Alberto y Cecilia Gironella y cuatrocientas personas más que desfilaron sobre los mullidos tapetes de la galería Proteo.

La primera mención de la novela apareció en un texto del entonces joven crítico literario Emmanuel Carballo publicado también en Novedades el 6 de octubre de 1957, escasos días después de haber salido a la venta en las librerías de la capital. Aquí, quien con los años se volvería uno de los calificadores más respetados de la literatura mexicana señala algunos aspectos novedosos de esta primera obra en prosa escrita por Guadalupe Amor, que narra los “eternos sufrimientos” de su vida infantil con descripciones minuciosas de los interminables patios, cuartos, halls y terrazas, junto con el impresionante ajuar de muebles, cuadros y otros objetos valiosos de su casa natal durante un periodo que abarca aproximadamente los años 1918-1925. A diferencia de muchos lectores, Carballo discrepa, hasta cierto punto, con la supuesta esencia autobiográfica de Yo soy mi casa:

Pita Amor combina aquí la biografía y la novela. Cuenta —amalgamando recuerdos personales y francas invenciones— su vida, su infancia y primeros años de adolescencia; la vida de su familia y la biografía de su casa. La estructura de Yo soy mi casa es —hasta donde ésta es posible— novedosa. En vez de capítulos está dividida conforme al plano de una casa, su casa: recámaras, halls, corredores, jardín, patios, sala, comedor, baños, estancias, sótanos, cocina y cuartos de la servidumbre. Guadalupe Amor procede a ordenar su material a base de recuerdos, principalmente visuales y auditivos. Al recordar ordena dentro de un premeditado desorden espacial y temporal sus vivencias y experiencias. Reconstruye con amoroso deleite cada lugar, su geografía y su historia. En vez de que las personas evocasen ambientes y sitios, son éstos los que hacen surgir a las criaturas. En esta obra hay dos protagonistas, uno inerte y otro vivo: la casa y Pita Román. La familia de ésta se desenvuelve en decoroso segundo plano, al igual que la servidumbre, la parentela y las amistades. Pita es pequeña encarnación de la desmesura: en vez de practicar virtudes, practica vicios acordes en intensidad con sus cortos años. El mayor de ellos es la soberbia. Ésta se advierte tanto en sus actos como en la estructura de la obra. Pita Román es la protagonista relatora de la historia. Se quiere tanto a sí misma que anula a los demás personajes. En otro tipo de libros esta soberbia degeneraría en capital defecto técnico. En Yo soy mi casa el egocentrismo significa coherencia estructural con el carácter de la heroína. No importa la ausencia de personajes con relieve, de conflictos en que participen más de los seres: importa —y Guadalupe Amor lo consigue— que la pequeña hija de la familia Román cobre a los ojos del lector sus básicas tres dimensiones. Yo soy mi casa está organizada poéticamente, es decir, autorreflexivamente. Olvida que el destino de toda obra de ficción es temporal y pone en práctica —como la moderna poesía no narrativa— una estructura aparentemente paradójica: fuera del tiempo, pero inscrita en la historia. Narra el tiempo interior y distiende el tiempo físico.

En su extensa reseña, Carballo contempla tanto la forma como el contenido de la novela desde distintos ángulos mientras cada uno de ellos apunta hacia la novedosa técnica narrativa que emplea la autora para evocar su —según la narradora— traumática niñez. Efectivamente, se puede plantear que en la organización estructural de Yo soy mi casa al abandonar la tradicional narrativa cronológica en tercera persona a cargo de un narrador omnisciente, anticipa muchas de las innovaciones literarias que ahora se asocian con el boom latinoamericano, donde al renunciar a la novela “rollo” (Cortázar dixit) decimonónica, el género se reinventa para explorar nuevas y hasta entonces ignoradas dimensiones de la experiencia humana. La estructura que exhibe esta novela ordenada según la disposición de las habitaciones de una vieja casona rompe con la narración tradicional ordenada conforme al tiempo cronológico para descubrir otras posibilidades discursivas —incluso poéticas— que, consecuentemente, ponen a prueba al lector, a quien le corresponde ordenar los acontecimientos y atmósferas descritos en lo que resulta ser una especie de rompecabezas literario o un caleidoscopio que, a través de sus interminables mutaciones, produce una urdimbre más compleja. En este caso, a través del transcurrir vital de su protagonista, la niña Pita Román sufre una adecuación de su figura a un mundo moderno, incoherente y antiheroico cuyo tiempo se mide no por medio de una narración lineal sino que se halla subyugado al tiempo regresivo de la memoria o a la cronología caótica de su propia psique que, a fin de cuentas, es fiel testigo de un mundo asintáctico.

Poco después de la publicación del artículo de Emmanuel Carballo, María Elvira Bermúdez publica una reseña menos extensa en el diario Excélsior, rival de Novedades, donde intenta clasificar, desde un punto de vista estrictamente técnico, el género al que pertenece este libro. Por lo que concierne al contenido, al igual que Carballo, Bermúdez rechaza la autenticidad de la novela, supuestamente autobiográfica, al subrayar una repetida falta de razones plausibles que explicarían el comportamiento de la joven protagonista. Para Bermúdez, esta niña mimada, cuya tragedia existencial más apremiante es la de no poder comprar todas las golosinas que quisiera en la dulcería Las Glorias no sería capaz de hacer semejantes rabietas y berrinches, ni mucho menos padecer anhelos de Dios:

Creo que, a pesar de los elementos autobiográficos con que está construido, Yo soy mi casa es así una novela y no un libro de memorias. Destinada por su origen a ser una típica novela de personaje, de las características de ésta únicamente presenta el problema de la novela sin fin y se detiene en cambio en las descripciones largas que tipifican a la novela del espacio. Más que psicológica, puede ser una novela de costumbres. Pita Román, en efecto, es una criatura oscuramente delineada. El lector asiste a sus rabietas, pero desconoce los motivos reales de su desesperación; oye hablar constantemente de “un anhelo de Dios”, pero sólo presencia arrebatos de gula y de soberbia; admira a la madre hacendosa y pulcra y no comprende por qué ha de ser ella, precisamente, el blanco favorito de la ira de la pequeña…

El primer intento de un estudio psicológico —en este caso, psicoanalítico— de Yo soy mi casa estuvo a cargo del doctor Alfredo Ramos Espinoza y apareció en El Nacional el 5 de enero de 1958. En su opinión profesional, Pita sí sufre bastantes traumas psicológicos para generar tanta angustia, y procede a descubrir los símbolos de este cotidiano tormento a través de varios aspectos en su vida doméstica. Por consiguiente, es natural que el autor crea firmemente que esta obra de ostensible ficción sea, en el fondo, verídica, cuando menos a nivel subconsciente. Tanto así, que utiliza el caso de la niña Pita como escarmiento y lección para los padres de familia que, al ignorar a sus hijos, crean en ellos traumas parecidos:

La más pequeña es tratada en la casa como la persona de menor significación: el menosprecio la hace sentir más pequeña todavía, acentuando su íntimo dolor: y ella se debate gritando y haciendo rabietas, única manera que tiene a su alcance para hacerse notable y expresar su rebeldía. Los que más sufrimos somos los que más necesitamos el cariño y las atenciones de los demás. Pero el espíritu de la niña crea además varios símbolos:

Símbolo de la mariposa: De la pequeñez de la niña surge la mariposa oscura que imaginariamente la persigue azotándose contra el cielo raso durante sus largos insomnios. Es la angustia subconsciente que [se vuelve] terror consciente. Su pequeño cuerpo se transforma en la pequeña y terrible mariposa.

Símbolo de inmolación: Al ver sacrificar varios animales domésticos se llena de pavor cual si la sacrificada fuera ella misma, la pequeña. Ella también puede ser inmolada por los más grandes y fuertes.

Símbolo de Conchis: La niña quiere a la pequeña muñequita de frágil celuloide para la que logra trescientos vestidos de las telas más finas. Conchis es tan pequeña como la heroína Pita Román que a menudo es vestida con los vestidos arreglados de las hermanas mayores en los que siempre se notan los antiguos dobleces y pespuntes. Pita pone en Conchis toda la ternura y solicitud que para ella quisiera.

Personalidad infantil: Pita Román carece en la casa de amigos y confidentes. Las hermanas mayores son todas unas señoritas y hasta con las criadas le cuesta trabajo platicar pues tienen sus ocupaciones. A ellas no les gusta oír los gritos desentonados con que la niña canta. Y Pita se siente inmensamente sola. Tan sola como el jardín polvoriento sin flores ni plantas que tanta angustia le produce.

Al niño pequeño no hay que tratarlo y vestirlo como quiera. Él sufre cuando nos burlamos de su torpeza, cuando nos reímos de sus cantos, cuando nos fastidia platicar con él y lo mandamos lejos, cuando los mayores platicamos en el seno de un círculo del que él considera humillante ser expulsado…

Lo moral: En los episodios de la vida de Pita Román advertimos que no es la austera energía el incentivo propicio para que el niño se enamore de los preceptos morales. La intransigencia agresiva de una maestra puede prender en el subconsciente el deseo de contrariarla, de hacer lo contrario por el camino de la antipatía.

Si el libro de Pita Amor, por su forma y estilo, es de gran valor literario, lo es más por su contenido psicológico y sociológico… El libro de Pita Amor es un libro verídico y valiente entre cuyos renglones debemos leer que en la educación del niño no hay que pensar solamente en la fachada del edificio sino en los interiores magníficos que sólo el cariño y la comprensión pueden lograr. Que la tristeza de Pita Román sirva para evitar la tristeza de otras niñas. Y de otros niños.

3. ASÍ QUE PASAN SESENTA AÑOS…

Desde la publicación inicial de Yo soy de mi casa en 1957 poco o nada se ha escrito sobre esta peculiar novela a pesar de constituir una propuesta literaria avant la lettre, máxime respecto a su exploración de la estructura novelística y el consecuente desarrollo de una literatura distinta a las consabidas novelas “rollo” o, en términos clásicos, ab ovum. Si bien es cierto que en su momento la novela de Pita fue considerada y comentada por varios y respetados críticos de la comunidad literaria capitalina, a partir de 1958 no se hallan más reseñas ni textos de otra índole dedicados a esta novela. Paradójicamente, este largo silencio fue roto con la muerte de su autora —ida con el siglo XX—, momento en que Joaquín Mortiz, a un año de la defunción de Pita, reedita su novela con un curioso, si bien afectado, subtítulo: Yo soy mi casa: el relato de una vida fuera de serie. No obstante el hecho de haberse modificado el título conferido por su autora, la reaparición de la novela de Pita permitió que jóvenes lectores, de filiaciones más recientes, consiguieran asomarse a sus obsesivas páginas; como natural secuela aparecieron nuevos textos dedicados a la obra, aunque estos resultan escasos. Uno de los ensayos más acuciosos apareció en Graffylia:Revista de la Facultad de Filosofía y Letras de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, cuyo joven autor, Josué Cantorán Viramontes, considera la novela de Pita como un notable ejemplo de la “escritura femenina al margen del canon”. Si bien el investigador parece ignorar la existencia de un segundo libro en prosa firmado por Guadalupe Amor (Galería de títeres, FCE, 1959) —una fascinante colección de relatos que, según la autora, originalmente se iba a llamar “Inventario de arrugas”—, Cantorán descubre en esta novela “tres importantes características subversivas que la convierten en una muestra de escritura femenina de carácter disidente con respecto de la narrativa imperante en la época de su publicación”.1 Entre las tres características que expone el estudioso como ejemplos que hacen de Yo soy mi casa una novela “subversiva”, se puede señalar la transformación del género confesional donde, en opinión del autor, “los eventos ocurridos en la novela no podrían acomodarse sucesiva o cronológicamente ni podríamos desentrañar la transformación de la novela de forma total”.2 Conforme a sus observaciones, las otras características insólitas que se encuentran en la novela de Guadalupe Amor son, por un lado, una “revaloración de lo privado” que “revisa el proceso histórico pos-revolucionario desde la óptica de lo privado y, además, desde la visión infantil”3 y, por el otro, “el personaje femenino y su configuración[…] donde su protagonista rebasa las clasificaciones arquetípicas de la literatura tradicional”.4 Para rematar sus argumentos, propone que “la compleja configuración del personaje femenino que aparece en Yo soy mi casa rebasa en muchos aspectos la visión unidimensional que existía de éste en la tradición literaria occidental”.5 Para honrar el título de su monografía, “Yo soy mi casa de Guadalupe Amor: escritura femenina al margen del canon”, Cantorán propone una teoría que sirve para explicar la indiscutible marginación de esta novela, condición problematizada por el hecho de que no sucedió lo mismo con otros libros escritos por mujeres mexicanas en la misma época: por ejemplo, la colección de viñetas tremebundas que lleva por título Cartucho (1931) de Nellie Campobello que, si bien fue rechazada en el momento de su aparición, ahora forma parte del canon literario de la Revolución mexicana. El académico poblano concluye que

es bastante claro y —diría— bien sabido que el género, la orientación sexual, la tendencia política, el origen cultural o social, la filiación étnica o incluso la predilección por ciertas temáticas o estrategias estilísticas del autor, sirven para excluirlo de manera automática del canon literario, por lo que es una tarea urgente, en la que queda aún mucho por hacer, para la crítica literaria de hoy, la revaloración de obras que han sido perdidas por no haber entrado, en su momento, a esa peligrosa lista llamada canon.6

Fuera de México tampoco se encuentran muchos estudios dedicados a la obra de Guadalupe Amor, y aun menos los que se consagran a su novela Yo soy mi casa. A pesar de esta aparente carencia, en 2010 la académica norteamericana Emily Hind publicó el libro Femmenism [sic] and the Mexican Woman Intellectual from Sor Juana to Poniatowska: Boob Lit. [“Femenismo [sic] y la intelectual mexicana desde sor Juana a Poniatowska: teta-literatura”] en la editorial neoyorquina Palgrave Macmillan. En su estudio, Hind incluye un capítulo dedicado al personaje y a la obra de Pita, curiosamente intitulado “Guadalupe Amor: de diva a muñeca”. En su extenso ensayo, la catedrática de la Universidad de Florida se acerca al personaje camp construido por Pita a lo largo de su vida, una construcción identitaria que, según Hind, se relaciona con ciertas características del fascismo europeo; por ejemplo, su culto a la belleza europea (blanca), su apego a formas clásicas artísticas, su aparente apatía política y su incondicional desdén hacia las clases proletarias. No obstante, la académica reconoce que es difícil categorizar a Pita y su obra literaria por ser, muchas veces, absolutamente contradictoria, especialmente con respecto a su posterior producción que, a decir de la investigadora, resulta ininteligible puesto que, según su análisis, la forma ha devorado el contenido. En su capítulo dedicado a Pitahay una subsección titulada “The Novel Yo soy mi casa and Metaphor Versus Metonomy” [“La novela Yo soy micasa y la metáfora versus la metonimia”]. Aquí Hind analiza la estructura del texto literario, una que

… se extiende más o menos de manera amorfa a lo largo de casi 350 páginas y que hace hincapié en la naturaleza “siempre-diva” de la protagonista[…] la ausencia de una trama, de un desarrollo de personajes, y de otros esquemas verticales en la novela que llevarían a alguna parte pueden confundir al lector[…] De manera parecida, como resultado de su anuencia a las formas circulares, la repetición, y el reciclaje, once años más tarde Amor revisita su primera colección de poemas, Yo soy mi casa, para tomar el título, epígrafe y epílogo de su novela”.7

*

Debido a la marginación editorial y crítica de la que fue objeto la novela de Guadalupe Amor a partir de su primera publicación en 1957 como hemos visto a lo largo de este breve ensayo, con sorpresa y deleite descubrimos que, a cien años del nacimiento de la “Undécima Musa”, el Fondo de Cultura Económica, la casa editorial más trascendente de América Latina, ha tenido a bien relanzar su ya legendaria colección de Letras Mexicanas y lo hace con esta novela escrita por una mujer que, debido a su feroz independencia y por su negativa a doblegarse ante las estructuras masculinas del poder, se ha encontrado siempre en una posición incómoda —si no polémica— para muchos críticos y no pocos lectores. Para decirlo con “todas sus letras”, la vida y obra de Guadalupe —Pita— han estado, desde su primer libro de poesía, rodeadas de controversia: por un lado, el reconocimiento y celebración —si bien efímeros— de su innegable talento literario y, por otro, el estigma de decadencia y excentricidad generado por su voluntad de no seguir los atavismos de la mujer en México: actitud que hasta el día de hoy había pesado sobre ella y su obra literaria, sea ésta de prosa, como en este caso, o de poesía, género que más cultivó durante su larga y productiva vida. Por lo tanto, a raíz de esta reedición de su novela Yo soy mi casa, somos testigos de la reivindicación personal y de su revaloración literaria que se manifiesta a un siglo del nacimiento de Guadalupe Amor quien, a pesar de una senectud llena de dificultades tanto materiales como espirituales, y no obstante el ninguneo al que fue sometida por la jerarquía masculina cultural de su tiempo, se yergue orgullosa y, como ella misma decretaba: “¡A la eternidad ya sentenciada!”

LETANÍA DE MIS DEFECTOS

Soy vanidosa, déspota, blasfema;

soberbia, altiva, ingrata, desdeñosa;

pero conservo aún la tez de rosa.

La lumbre del infierno a mí me quema.

Es de cristal cortado mi sistema.

Soy ególatra, fría, tumultuosa.

Me quiebro como frágil mariposa.

Yo misma he construido mi anatema.

Soy perversa, malvada, vengativa.

Es prestada mi sangre y fugitiva.

Mis pensamientos son muy taciturnos.

Mis sueños de pecado son nocturnos.

Soy histérica, loca, desquiciada;

pero a la eternidad ya sentenciada.

BIBLIOGRAFÍA

Amor, Guadalupe, Yo soy mi casa,FCE, México, 1957.

———, Yo soy mi casa: el relato de una vida fuera de serie,Joaquín Mortiz, México, 2001. Primera reimpresión con título original modificado.

Cantorán Viramontes, Josué, “Yo soy mi casa de Guadalupe Amor: escritura femenina al margen del canon”, Graffylia: Revista de la Facultad de Filosofía y Letras, Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, 2010, núms. 11/12, pp. 7-16.

Espejo, Beatriz, “Guadalupe Amor: un mito mexicano”, Actas del XVI Congreso de la Asociación Internacional de Hispanistas, París, 2007, en <https://cvc.cervantes.es/literatura/aih/pdf/16/aih_16_2_227.pdf>.

Hind, Emily, Femmenism and the Mexican Woman Intellectual from Sor Juana to Poniatowska: Boob Lit, Palgrave Macmillan, Nueva York, 2010.

Casa redonda tenía de redonda soledad: el aire que la invadía era redonda armonía de irrespirable ansiedad.

LA RECÁMARA DE MI MADRE

UN PEQUEÑO ángel rubio, blanco y rizado, sostiene en su manecita la guirnalda de rosas encarnadas que, después de formar una ondulación en el aire, es sostenida por otra mano semejante: la de un niño alado, igual a su compañero, aunque de rizos más oscuros. La guirnalda vuelve a flotar y a ondularse, y de nuevo una tercera mano la recoge. Así continúa hasta formar una corona de flores y de ángeles, que parecen danzar alegremente entre las nacaradas nubes y el cielo azul del cielo raso del cuarto de mi madre. El papel moiré que tapiza las paredes es de un azul más valiente que el del cielo, imita tela de seda y está rematado por una cinta de flores. En las pesadas cortinas traídas de Francia, el azul colinda con el gris, pues el tiempo las ha desteñido un poco, aunque no ha borrado aún la profusión de bordados caprichosos que sobresalen de la superficie de la tela. Una alfombra, también europea, da la sensación de ser blanca, no obstante que su vejez la ha carcomido en algunos lugares y en toda ella ha esparcido un tono marfilino. Esta alfombra tiene signos de jardín: aquí, ramos de flores; allá, alguna que otra mariposa. En ella han dejado profundas marcas las patas de los muebles Luis XVI, que multiplicados por numerosos espejos, se hacen infinitos entre ellos mismos. Uno de estos espejos refleja el tocador cubierto de cristales; de botellas de perfume vacías, que aún conservan su aroma; de pomos en cuyos tapones de plata dos letras entrelazadas indican la alianza de dos nombres. Una muñequita de porcelana, con peluca de rizos y vestido azul pálido, ocupa el lugar de honor. El orden de todos estos objetos tan sólo es interrumpido por una horquilla dorada y una peineta de carey que quedaron fuera del cajón que las guarda habitualmente.

En otro ángulo de la habitación está el escritorio, cubierto de solemne cuero verde. En él reposan dos grandes tinteros de plata y una carpeta de fino papel para cartas; una colección de pequeños marcos que guardan rostros familiares y anónimos, imágenes de señoras y de caballeros ataviados a la moda de épocas lejanas. Un perro de porcelana blanca defiende del viento una serie de cartas aún no contestadas. Un calendario de hojas movibles marca un día del año.

Contra uno de los amplios muros, en una cómoda de herméticos cajones, muchos santos pequeños, de formas distintas; estatuillas, estampas, libros de devoción; y haciéndole competencia a la muñequita del tocador, una gran virgen de pasta pintada suspende su divinidad, protegida por un capelo de cristal. Encima del transparente nicho, un marco dorado suaviza el tenebroso rostro de un Cristo sangrante y lastimero.

Unas lámparas de plata, rematadas por follajes de cretona y gasa violeta, colocadas en mesitas cubiertas por carpetas de encaje. En una de estas mesas, la canasta de costura ostenta entre su paja verde un dragón audazmente chinesco. Dentro de ella, un mundo de misterio y de hilos de colores. Muy cerca de allí, el gran sofá. Su forro, hermano de las cortinas, por haber caducado antes que ellas es ahora de primaveral cretona. Al centro, la cama, la gran cama de latón bruñido, con dos altos colchones, está cubierta por un dosel lleno de flecos, que pende de una corona de la que parten velos y encajes. Arriba de la cabecera, entre las nubes de estos encajes, en un marco de plata labrada, pasa su estática existencia una virgen oscura de corola de alas. Las sábanas, azules de tan blancas, armonizan con los cojines laboriosamente bordados con las iniciales de la familia.

Acostada en la cama y profundamente dormida, una mujer madura, blanca, de cabello rojizo: mi madre.

También de latón, pero más modesta y de menor tamaño, otra cama. Sentada en ella, una niña de siete años, terriblemente despierta.

Mis enormes ojos abiertos abarcan toda la negrura de la alcoba, de la noche, del universo. El pecho y los brazos cubiertos de manchas rojas y calientes, como si toda mi sangre en rebeldía, contenida en tan pequeño recipiente, quisiera buscar la salida. Tenso estado de ánimo: la noche será irremediablemente eterna; la oscuridad no posee hendidura alguna que la traicione. Podría levantarme y encender la lámpara que está en el buró de mi madre, pero ella despertaría. Bueno, eso sería lo de menos. Es que no puedo incorporarme. Estoy como paralizada, como petrificada por el miedo, más bien por los miedos. Sí, tal vez una mariposa negra, repelente, siniestra, está prendida en un ángulo de la habitación. Claro, yo no me percaté de ello cuando me fui a acostar, porque el incomprensible animal estaría oculto entre las cortinas de los balcones. Pero ahora estará llenando con su pardo vuelo toda la habitación, y acaso vendrá a posarse sobre mi hombro, sobre mi mejilla. Este pensamiento bastó para llenarme de espanto. Empecé a estremecerme y a oprimirme las manos, como si ya sintiera sobre mi piel ese contacto tembloroso y repulsivo. Mi cuerpo se sacudió y reaccioné por unos instantes; la respiración contenida dejó de ahogarme, y en medio de lo negro llega un recuerdo amable: ¡Mis cuentos! ¡Mis cuentos de hadas! Mis prodigiosos libros de cuentos mágicos, llenos de alas transparentes y multicolores, de sombreros luminosos, de puntiagudas zapatillas voladoras, de llamas en forma de brujas estrambóticas que juegan con espíritus de humo; de reyes de carbón con ojos fosforescentes; de princesas que sufren veinticinco años para después reinar toda la vida.

Pero yo tengo siete años. ¡Y vuelven mis temores a abrasarme! Como se ha sentido mucho calor, dicen las criadas que lo más probable es que tiemble. ¿Y si esto sucede? ¿Qué me pasaría? Mi cama está pegada a la pared que tiene una profunda cuarteadura que la atraviesa de lado a lado. La última vez que hubo un temblor, el papel tapiz que aún cubría la herida del muro se rasgó dejando al descubierto la cal desmoronada. Si ahora temblase, seguramente la pared se vendría abajo, desplomándose sobre mi cama. Pero antes de que esto sucediera yo me daría cuenta, al sentir el temible vaivén y escuchar el rumor de cristales producido por las almendras de las lámparas. Hasta mí llegaría la música forzada del gran candil de la sala, de esa enorme araña de cristal que parece hecha de encajes de agua… De encajes estará adornado el vestido de mi primera comunión. Va a ser de organdí blanco; llevaré un gran velo en la cabeza y una corona de flores. ¡Ojalá sea nueva y no tenga que heredar alguna ya usada por mis hermanas! ¡Cómo detesto que me vistan con la ropa que ya no se pone mi hermana Martha! Bastante molestia es para mí que en el Colegio Libélula tengamos que compartir el libro de francés y el de Historia sagrada. ¡Ay, cómo me fastidia tener que repasar cada día el catecismo! Pero si temblara… ¡entonces sí rezaría con mucha, con mucha devoción! Pero no, quizá lo mejor fuera saltar de la cama y correr hasta donde el temblor no pudiera alcanzarme. Esta tarde yo no pude alcanzar a Jorge y a Martha, cuando disfrazados de bandoleros, con pantalones y cachuchas, se internaron en el último de los sótanos, el que tiene el pozo de agua negra, donde se ahogó el gato. Después me dio miedo llegar sola hasta allí, y me quedé en el jardín. Por cierto, ¡qué feo está el jardín! Sería yo feliz si mamá pudiera mandarlo arreglar. Me encantaría que no fuera de tierra, sino de agua, y que para transitarlo tuviéramos una barquita en la que pudiera pasarme todo el día. Bueno, pero si no es posible tener un jardín de agua, por lo menos que estuviese muy cuidado y que en lugar de esa tierra color de topo, llena de agujeros y de piedras sucias, tuviera arena rojiza, como la que he visto por entre las rejas de esas casas tan bonitas y nuevas. Y que en cada prado hubiera pasto y rosales, y una hortensia en lugar del siniestro acanto que parece un gran pájaro viejo, de alas pardas y tronchadas. Así era la última mariposa negra que mataron en la cocina. Estaba carcomida y esparcía un polvillo… ¡Ay, ya no quiero! ¡Ya no puedo vivir bajo la amenaza de esas alas! ¡Dios mío, ayúdame, haz un milagro! ¡Que ya no existan! No es que les tenga miedo… ¡lo que tengo es horror! Pero no porque crea lo que dice Ignacia, la cocinera: que cuando una mariposa negra entra a una casa, es que alguien va a morir. No, yo no lo creo. Es que no entiendo por qué en el mismo mundo puedan existir esos animales y yo. ¡Dios mío, que ya venga el milagro! ¡Que se acaben para siempre todas las alas negras! A mí no me preocupan las alas del diablo. Imagino que las ha de tener rojas… o tal vez, una roja y la otra verde. Lo que sí me da mucho miedo es pensar que en el cielo no se reconozcan las personas, y que no se puedan comer frutas ni dulces. Pero en el librito que me prestó papá se dice que habrá un sinnúmero de prodigios: tal vez nubes de todos colores en las que se flotará suavemente… y angelitos, muchos angelitos. ¿Serán como los del techo de este cuarto? Ahora no los puedo ver porque está muy oscuro; pero no… ya hay cierta claridad. ¿Y qué serán esas figuras que se mueven en lo alto de la pared, frente a los balcones? ¡Qué seres más singulares caminan por encima de la cinta de flores del papel tapiz! ¿Quiénes son estos caballeros y estas mujercitas del tamaño de una mano, que con vaporosos trajes color humo cruzan hacia un lado y hacia otro? Parece que empezaran su paseo partiendo de uno de los ramos de apretadas rosas. Allí viene una señora con mantilla, más transparente que su propia esencia; en las diminutas manos lleva un libro de misa y un microscópico rosario. A poca distancia la sigue un caballero de bombín y bastón acelerado. Y un perro, siempre color de sombra, pasa por el pequeño escenario fugazmente. Son más los personajes que vienen hacia la izquierda, hacia mí, pero se cruzan con otros que toman la dirección contraria. Uno es un joven malabarista en bicicleta, que sostiene en la cabeza un gran cesto de pan. Una robusta nana trata de no quedarse atrás de una escuálida niña de bucles de madera, que implacablemente marca el paso. A veces transcurren unos instantes sin que aparezcan nuevos personajes en el ya levemente luminoso escenario. Pero al cabo de un rato, dos o tres, o hasta cinco de estos seres livianos, vuelven a hacer su aparición para perderse entre otro de los capullos de la florida guirnalda.

Yo estoy entretenida y maravillada, viviendo un cuento de personajes milagrosos. En cierto momento vuelvo la cabeza hacia las maderas que resguardan los balcones de la calle. La oscuridad ha terminado. Por la rendija de la puerta entra un hilo de intensa luminosidad. ¡Es de día! Y el juego de la luz en la penumbra fue como un mágico regalo.

Tranquilizada, me quedé dormida sintiendo apenas entre sueños el moderado ruido que hacía mi madre al levantarse. Se puso sus pantuflas de charol marchito y su bata de grueso terciopelo de dos vistas: negro y morado. Se dirigió a su baño, pequeña pieza contigua, también tapizada de azul moiré y con muchos detalles floridos. Entre ellos, un gran espejo veneciano, una especie de laguna de plata bordeada con flores pintadas de colores melancólicos. En él se reflejaba la tina, apoyada en sus garras de dragón. Allí se sumergió mi madre.

Al salir del baño, otra vez envuelta en su bata, se fue a sentar ante el tocador de tres lunas y empezó a peinarse. Cepilló con cuidado su larga cabellera, la trenzó lentamente y, levantándola, formó con ella y con unas horquillas ese chongo que la coronó toda su vida. Arregló con esmero los rizos que abreviaban su frente. Con una gran borla de pluma polveó su cara, después de avivarse las mejillas. Un ligero toque para oscurecer las cejas. En la boca, apenas un tinte rosa pálido. Adornó sus orejas con dos grandes perlas falsas de la mejor calidad, regalo de su entrañable amiga Leoncita Bolaños, esa señorita que parecía un amable cerdo, de cuya gordura sobresalían tan sólo sus pequeños ojos y los grandes brillantes de sus dedos.

Una vez terminado el arreglo de su rostro, mi madre se contempló un instante en el espejo de mano y humedeció sus labios con ese gesto tan peculiar en ella, que era como el punto final de su engalanamiento.

Ya completamente arreglada, con su traje sastre morado, con su pulcra blusa de pequeños holanes almidonados, tomó de uno de los cajones de la cómoda una mantilla negra, la prendió a su pelo con un alfiler de plata, y sacando de su buró dos libros de devoción y un rosario opaco cuajado de medallas, se dirigió a la puerta que comunicaba con la alcoba de mi padre.

Yo seguí durmiendo. A eso de las nueve entró mi nana Pepa, con su voz fuerte y su débil cuerpecillo; con su cara de grandes orejas acentuadas por el peinado tirante, del que apenas sobresalía un raquítico chongo canoso; con sus pequeñísimos ojos de obsidiana, alertas y penetrantes; con su blusa de cuello muy alto, su falda de percal y su delantal de cuadritos de tonos oscuros; con sus setenta y cuatro años a cuestas y con su bondad que tanto me exasperaba.

Su voz chillona entró en mis oídos:

—Pita, niña Pita… Ya levántate, niña, que es muy tarde. Ya te dejé dormir más de la cuenta.

Como yo fingía dormir, quiso despertarme moviéndome los hombros. Lo único que deseaba yo era seguir acostada, protegiendo entre las sábanas y los párpados el recuerdo de mis amigos transparentes.

Pero la insistencia de ella era tan fuerte como su voz; y al fin logró levantarme. Tomó la ropa que estaba junto a mi cama y la ordenó cuidadosamente. A tirones me llevó hasta el baño y vigiló mi aseo con gran severidad. Me condujo de nuevo al cuarto, me sentó en la cama y empezó a ponerme los calcetines y los zapatos, mientras yo le jalaba las orejas e intentaba hacerla reír volteando los ojos en blanco y abriendo una boca descomunal. Con mucho trabajo logró ajustarme la odiada camiseta cuyas mangas, siempre más largas que las de mis vestidos, tenían que ser forzadamente enrolladas, produciéndome calor y la sensación de un bulto incómodo debajo de los brazos. Lo que sí me gustó fue mi vestido verde de algodón, con cuello blanco almidonado que, casi nuevo, contrastaba con mis zapatos tan usados y de un estilo tan duradero.

Como yo contribuí muy lentamente al arreglo de mi persona, mi nana aprovechó la oportunidad para hablar sin tregua, sin puntuación, diciéndome cosas mil y mil veces repetidas:

—Mira, niña, que ya no vas a tener tiempo de desayunarte… que tu hermana Martha hace ya mucho que está lista… que me dijo Gabriela que quería empezar muy puntual la lección de catecismo…

Cuando ya estuve completamente vestida, me acosté de nuevo y me hice la dormida. Mi nana entre que se reía y se impacientaba. Yo, entre que me impacientaba y entre que sentía una pereza inmensa.

Al fin salimos las dos por una puerta que daba al cuarto de mis hermanas.

La habitación se quedó sola. Era entonces más grande.

No se oía ningún ruido aparentemente humano; tan sólo el reloj de mesa dejaba oír sus latidos metálicos cada cuarto de hora. Mi cama aún conservaba el calor y la forma de mi cuerpo; la de mi madre, en ligero desorden, estaba casi fría. Por uno de los balcones que ella entreabrió antes de salir, el aire se colaba, retozando con las hojas del calendario y haciendo que días ya pasados estuvieran vigentes y que otros llegaran antes de tiempo. Las hojas volaban como los papalotes, que no pueden libertarse del punto que los sostiene y solamente logran un simulacro de vuelo. Hacían un ruido como de livianísimas hojas secas, acompasándose al murmullo geométrico del reloj.

Cerca de las diez, una de nuestras criadas entró con una cubeta, un trapo de sacudir y un sospechoso plumero negro, objeto al que siempre tuve recelo. Abrió de par en par la ventana y los dos balcones. La habitación parecía ahora menos azul y ya no disimulaba los estragos del tiempo. Algunos de los flecos del dosel de la cama se desintegraban para siempre cuando empezaba a removerse el polvo. Al acabar el arreglo de la estancia, la criada se fue con sus utensilios de trabajo y su plumero amenazador, desentonando una canción de moda.

Otra vez volvieron a reinar el reloj y el calendario: uno, marcando sumisamente el tiempo; el otro, burlándose de él.

La cama grande ostentaba ahora una colcha con elaboradísimas aplicaciones de encaje hecho a mano por mi madre. Mi camita, en cambio, estaba cubierta con una colcha blanca limpísima y sin personalidad. La virgen de reverberantes alas parecía sonreír, levemente irónica, desde su imperio de nubes de plata forjada y de forzadas nubes de tul.

A media mañana mi madre regresó a su cuarto. Había ido a misa, a la Divina Infantita, capilla en la que se casó con mi padre, y que era el recinto dedicado a una diminuta virgen, casi una muñeca, de ojos de cristal y de ternura, ataviada con minucioso lujo oriental. En sus dedos, apenas perceptibles, brillaba una colección de sortijas, donativo de las damas piadosas que la tenían por el centro mismo de su esperanza. Al regresar de misa, mamá empleó su tiempo en desayunar, hojear el periódico, hacer con la cocinera las cuentas del gasto diario, y en dar una vuelta por la despensa y la cocina.

De un cajón de la cómoda sacó una bolsa de labores y, recostándose en el sofá, dispuso su tejido. Era un chal morado, de estambre no muy fino; pero ella iba supliendo la pobreza del material con una auténtica maestría para crear grecas y alamares que se multiplicaban de minuto en minuto. A veces interrumpía su labor para quitarse las gafas y fruncía la frente como asaltada por pensamientos ajenos al trabajo útil y sedante que ejecutaba.