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Entre gitanos, artistas, brujas y dementes, la historia se desenvuelve en tres líneas temporales: un puberto imberbe, prodigio de la pintura, cuya creatividad fue robada por una bruja con heterocromia, una artista aspiracional, estancada en los cánones de una sociedad misógina y dos historiadores que intentan descifrar el significado de un libro de ékfrasis. Los personajes de esta novela inician una odisea en búsqueda de una creatividad perdida hallando historias en el país surrealista por antonomasia, México. ¡Éntrele, pásele güerito! gritan los trovadores cacofónicos del ambulantismo mexicano ¡Sin compromiso, pruébeselo! Éntrele o pásele al realismo mágico y al absurdismo, éntrele y pásele a las travesías que recorren mundos oníricos y extravagantes que se encuentran en cada esquina de la ciudad capitalina.
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Seitenzahl: 289
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Zíngaro
ISBN: 978 84 18520 94 5
1a edición septiembre 2021
© 2020 by Diego Pacheco
© 2021 by Gratia Ediciones
Calzada de las Aguilas 94-501, Col. Los Alpes, CDMX 01010, México
gratiaediciones.com
Edición: Valeria Le Duc
Diseño gráfico y diseño de portada: Karina Flores
Reservados todos los derechos. No se permite la reproducción total o parcial, el almacenamiento, el alquiler, la transmisión o transformación de este libro, en cualquier forma o por cualquier medio, sea electrónico, o mecánico, mediante fotocopias, digitalización u otros métodos, sin el permiso previo y escrito del editor.
Diego Pacheco
Esto no es un manuscrito original, es un pastiche de muchas hojas, muchas ideas y muchas versiones que intentaron gestionarse en una obra que podría llamarse creativa... Sí. Le diré creativa.
Hubo una obsesión insalubre con la cultura gitana que me llevó a querer gestar este proyecto: lecturas de Goran Petrovic, Miolard Pavic, Orhan Pamuk e Ivo Andric (entre otros); las películas de Emir Kusturica, así como sus discos musicales con los No smoking orchestra, y esto derivó en una indagación de género gitano. Artistas como Slonovski Bal, Gogol Bordello, Fanfare Ciocarlia, y la adaptación de este para la cultura blanca que suponen ser el sonido de unos gitanos parisinos, el conjunto estadounidense Beirut; por último, y este es el proyecto más interesante: un intento de re-interpretación del Tarot de Marsella. Más allá de estudiar los colores o los significados, la fascinación era la narrativa del Tarot, no como una adivinación, sino como una odisea del Loco (carta 0) atravesando los destinos posibles que están implícitos en cada combinación de cartas.
En un afán por acceder a una cultura ajena, me he dado cuenta de que, a falta de idioma y de viaje, es realmente una vulgaridad, pues el punto de partida es un intento de erudición; claro que para algunos ermitaños como Kant o Kafka, funciona aquella ficción sobre la realidad ya que son voraces faustos que podían escribir genialidades desde el cómodo asiento de su retraído y antisocial escritorio, como si el punto de partida de la creatividad fuera el umbral de la ventana, y a esa imagen distante la llamáramos vivencia. Me es bastante absurdo (y sería narcisista en demasía) llamarme erudito. Necesitaría más (mucho más) de aquel escritorio intelectualoide. Creí que podía engañar al lector haciéndole creer que habité ese retrato que pinta el vidrio de la ventana porque estuve en una espiral de Google, Wikipedia (sí, uso Wikipedia como referencia) y —sobre todo— imágenes de internet en un intento por adentrarme en esta cultura ajena. Es un esfuerzo fútil. A pesar de vestirme con harapos, escuchar a Gogol Bordello y pretender que vivo en una caravana errante por los Balcanes (esa caravana se convierte en un simulacro semejante a los aviones de La ciudad de los niños o ese tipo de esperpéntico espectáculo infantil), me di cuenta de que lo que estaba haciendo con la cultura gitana era sólo repetir un estereotipo.
—No obstante— lo que el primer manuscrito de este tomo intentó hacer, era convertir la cultura mexicana en un escenario gitano: tomar prestado el esoterismo, el surrealismo, el vagabundismo de la anécdota mexicana, y decir que sucedió en los Balcanes. Aunque sonaba prometedor ese acercamiento a una cultura ajena, finalmente siguió siendo el mismo simulacro de un niño en Kidzania.
En cuanto al título: no fue el punto de partida pero fue una directriz a la que me aferré y no me atreví a cambiarlo. Apenas cumplidos los dieciocho (en realidad tenía diecisiete pero mentí), me metí a trabajar a un restaurante homónimo, pretendía ser español: vendían tapas y vino, cañitas de cerveza, etcétera. Zíngaro* Tzigane (Gitano) es una composición rapsódica escrita en 1924 por el compositor francés Maurice Ravel bajo comisión de la violinista húngara Jelly d´ Aranyi, sobrina nieta del gran violinista virtuoso Joseph Joachim. La obra captura el espíritu de la improvisación gitana. Esto es un vil copy-paste de Wikipedia. Yo, como ya he mencionado antes, no soy erudito, y estoy muy lejos de poder declararme como tal. De hecho, abandono aquel anhelo cada quince días hasta que leo un ensayo y quiero conocer todas las referencias y menciones de un verdadero autor erudito (como me pasó con la lectura de Pamuk, en la cual quería estar presente en toda la Turquía descrita en La mujer del pelo rojo). Yo supe del término tzigane por una escena de El gran concierto (peliculón) y con ese pretexto me sentí identificado con la cultura. Vaya arrogancia.
Aún no entiendo el propósito del concepto del restaurante Zíngaro. No sé si la intención fue la de copiar aquella cultura y gastronomía de los gitanos en España en este establecimiento, pero el resultado fue una imitación mas bien vulgar con platillos como tortillas de patatas echas en horno de microndas y con vinos mexicanos comprados en un Oxxo. Más allá de ese debate interno (pueril como son todas esas discusiones mentales que me encanta tener, con elocuencia diáfana y persuasión seductora, y que generalmente ocurren en la ducha) llegué a la conclusión de que, lo que más me maravilla de este nombre es su fonética, una palabra sin duda exótica y estética. De ahí el título; exótico, breve y atractivo.
Sin creer en el esoterismo, el destino, las fuerzas, las energías o en el holismo, mientras investigaba y re-interpretaba el Tarot de Marsella, comencé a ver en las calles varios letreros de venta y lectura del Tarot —hubo un destello de escepticismo—. Un acercamiento a esa forma de adivinación fue a través de las películas hollywodenses: adentro de una caravana hay una mesa con una bola de cristal y una pitonisa disfrazada, pero esto se trata de una caricaturización o un ridículo, es mejor admitir que se sabe nada de aquella vida.
Estos letreros de Lectura de Tarot en una cartulina color fosforescente chillón que llaman la atención a dos cuadras de distancia, no se encuentran en una caravana ni mucho menos, sino cerca de una avenida principal de la ciudad, escondidos en una callejuela que parece un pueblo estancado en un hechizo atemporal. La “Lectura de Tarot” se mezcla con letreros de abarrotes, fruterías, la miscelánea Don Pancho o algún nombre de aquella índole. Ese surrealismo de la ciudad mexicana, de Chilangolópolis, fue un hilo conductual, una vértebra de la narrativa del primer manuscrito en el que se podía jugar con una cultura del gitano disfrazándola del sinsentido de este tipo de imágenes. Y más allá de querer acceder a la cultura, quería equiparar el vagabundismo mexicano al gitanismo: un camión de basura con el trabajador dormido, el ornamento en el mofle, los peluches amarrados. Ese camión como caravana errante. De esta manera, no sólo insultaría la cultura gitana por mi ignorancia y arrogancia, sino que también insultaría a la mía. Pero ser políticamente correcto no es algo que me interese y no creo que tenga cabida en la ficción (si apenas tiene cabida en el mundo real, en la ficción ¿cuál sería el trabajo del escritor o del artista? Más allá de elucubrar, ¿debería insertar un mensaje de lo políticamente correcto...? No lo sé, y por el momento no me interesa resolver esa pregunta).
En cuanto a este segundo punto, es parte de la trama la crisis de la creatividad, misma que no tiene un origen determinado. Así, sin saberlo y proyectándome, me encontré en una metanarrativa. Los personajes quieren encontrar o reencontrar el origen de la creatividad; cómo es que de niños creaban todos esos mundos fantásticos y en la vida adulta se convierten en entes anodinos que no salen del mundo cotidiano. Al protagonista le roban —literalmente— la creatividad desde los sueños. Ese espacio onírico siempre me ha parecido el departamento principal de la creación de disparates y debrayes que durante el día se deben articular disfrazados para que los lectores no crean que eres un drogadicto.
La mayoría de los personajes buscan la creatividad en distintos medios y Zíngaro no es la excepción. Mientras arrancaba con el proyecto, me hallaba en un manicomio (no es necesario saber la razón). Los doctores no me dejan llamarlo manicomio porque es una palabra con una connotación fortísima, así que debo llamarle pabellón psiquiátrico, pero no lo haré. A fin de cuentas es mi maldita historia y —como ya mencioné— no me importa lo políticamente correcto. Decir estuve en un manicomio es un privilegio que me he ganado por estar encerrado en un “pabellón psiquiátrico”. Lo que es un hecho es que esta fue la fuente de inspiración para gran parte de esta obra.
Mis roomies eran: Esquizofrénico, Bipolar, Suicida, Delirante, etcétera. Fue ese momento en el que me di cuenta de que el verdadero tema que delimita el origen de la creatividad es la locura. Viéndolo todo como un reduccionismo al absurdo, coloqué cualquier tipo de esoterismo como una parte de la misma carencia de salud mental; la otra parte sería el mundo de la “sanidad” dentro del mismo esquema de esta, la pretensión de la normalidad como una demencia, una enfermedad verdaderamente fatal.
La locura de las predicciones es jugar con el tiempo, es decir, una predicción da la premisa de que el tiempo se entiende como pasado, presente y futuro. A pesar de que lo que sabemos sobre el tiempo no es más que teorías relativistas y otros tratados, en realidad sólo conocemos nuestra experiencia temporal.
A través de esta forma de entender la locura como un todo, como si fuera el eidos de la condición humana, erradiqué las fronteras geográficas y la diferencia de lenguas para hacer que las culturas se interrelacionen a pesar de no tener nada en común, simplemente la falta de cordura. Se despoja la cultura de su lengua, tradiciones, motivos e incluso de su historia. Entendido esto, la cultura gitana en este texto no trata de su cultura en sí, sino de una ficción de El loco (carta 0) recorriendo las otras cartas. La interpretación de una pitonisa son las acciones de este Loco, es ahí en donde yace la ficción de este libro. Dejé de aparentar que entiendo algo de una cultura ajena o incluso la propia. El diálogo que pretendía tener para la construcción de una obra creativa fue abrumador y sobrepasó mis capacidades de estudio, así que fui directo a la yugular de la imaginación: escribir desde lugares inexistentes.
En cuanto al corpus, es otro debate entre novela y antología. El propósito de esta novela era entrelazar algunas historias, pero en algún punto empezó a parecer una trenza en un peinado de quimioterapia, así que dejé de preocuparme por la forma en que debían conectarse entre sí, pues en la vida real, las coincidencias en las historias ajenas no son más que un recorrido holístico que no tiene por qué lucir como una trenza bien hecha. Más bien parecen el peinado de un rastafari piojoso, pero que con un buen tinte puede lucir estético.
Las antologías forman parte de un cuerpo entero; a pesar de que cada cuento tenga su “principio” y su “fin”, el libro contiene el tono e intención de un mismo autor. Una novela de anécdotas o una autobiografía pueden presentarse en forma de antología así como los capítulos pueden deformarse. Rayuela es un perfecto ejemplo de este juego, (no sé si se pueda declarar como posmoderno) pero no me compararé con Cortázar, porque me estaría atando una soga al cuello, simplemente lo uso como un referente. Este guiño a la novela funciona, en parte, porque tiene una estructura de cuento, motivo por el cual, se puede leer en diversos vaivenes y nunca agotar la completitud de la obra. Uso este ejemplo por ser el más popular. El género de ensayo (o incluso el filosófico) funciona gracias a un índice muy atractivo para que el estudiante pueda leer fragmentos y entienda el contexto. Este tipo de lector incluso puede hacer del libro un caleidoscopio.
I
Epílogo de un libro jamás leído. De un libro desvanecido en el aire.
El cuento que pudo no haber sido un epílogo, un cuento de un recuerdo de otra vida escrito al final de un manuscrito oculto del resto del cuerpo del libro.
El cuento que se lee a continuación jamás fue leído y se duda que alguna vez haya sido escrito.
Es común alucinar en el desierto. El viento cuenta historias muy llanas y el sol besa la arena. Es un alucine. Los profetas se manifiestan, el origen del misticismo proviene del desierto, pues cuando el sol besa la arena (cuando la luz toca el tiempo), la metafísica emana en una experiencia que abrazan los místicos. Los tiempos cambiaron (se tergiversaron) y el bosque se convirtió en una fuente de experiencias místicas, el viento ahí es más políglota, al bajar se rompe con los troncos y a la vez con las ramas, es un caleidoscopio. La lluvia es una percusión. En el bosque no hay silencio, hay un fractal de sensaciones, es el opuesto al vacuo nihil del desierto.
Un abad retirado del Gran Laura de San Sabas deambuló por el desierto hasta llegar a un asentamiento convertido por las lluvias en una ciudad azul. Desconocía qué ciudad era esa, sólo sabía que no hablaban su mismo idioma. Esta percepción era falsa, había deambulado por tantos años, deshidratado e insolado viendo todos los días la luz tocar el tiempo y vivió tantas experiencias místicas, que dejó de reconocer el sonido de su propia lengua materna.
En esta ciudad se asentó por un tiempo, aún no era una ciudad azul pero, pasó tanto tiempo en la claridad de la luz desértica, que las sombras las percibía en un tono azul índigo, como una manta de frío. Un claroscuro.
Pudo reconocer su propia lengua después de un tiempo. La comunidad lo acogió y le dio una vivienda, pues al llegar estaba completamente desorientado, casi moribundo. De hecho, había eludido a la muerte varias veces en su caminar. Le contó tal historia humorística que ésta lo perdonó y se fue riendo.
Un tirano cruzó estas mismas tierras en busca de salvación. «Sólo así podía encontrar a aquella mujer con heterocromia» le decía un oriundo al abad. «¿A quién?» preguntaba el abad, que había abandonado toda religiosidad de su cosmovisión. «No sabemos, nunca lo supimos, lo acogimos igual que a usted. Fue hasta que se marchó que supimos que el reino de Sarra (reino del desierto) había desaparecido». Algunos dicen que se lo comió el tiempo y se encuentra bajo la arena. En realidad, carcomido por la locura, el tirano dejó todas sus posesiones y las entregó a los paganos. Tuvo un sueño de prosperidad y amor, todas las noches...
El interlocutor siguió contando la historia de locura de un tirano que sonaba igual que el abad. «Tal vez ya había estado aquí», pensó el abad. «En el desierto, donde todo es arena, el tiempo es infinito y circular, tal vez ya he pasado por aquí». Lle era reminiscente la historia del tirano.
Siguiendo la tradición anacoreta, el abad había renunciado a la idea de belleza, que para él era femenina. Había renunciado al sublime contacto de una piel ajena acariciando su rostro, leyéndolo; al tacto de una palma atravesando su pecho y subiendo a su cuello; a la sensación de unos labios rosando sus mejillas y su sien; a la calidez de un rostro sobre su abdomen; un cuerpo encima de él, voraz y apasionado. Recordó los músculos de sus rostros, expresiones inefables que ninguna experiencia mística le podía otorgar.
Fue hasta que llegó a esta ciudad que recordó aquellas expresiones faciales. Se enamoró de una oriunda. Pecaminoso adulterio. Ambos, el abad y el tirano, renunciaron a la tentación. Silencioso adulterio y ágil mitomanía para salvar a una mujer que, de ser evidenciada como adúltera, sería apedreada y sacrificada. Al paso del tiempo, el amor se fue tornando manso.
El abad, convertido en un ermitaño, continuó su viaje por el mundo. Aún no se sabe cómo cruzó los mares. Él dice que nadando. ¿Los errantes nadan?, ¿aquel adjetivo corresponde exclusivamente a alguien que camina?
La historia del tirano decía que abandonó todo por una mujer inexistente. Que todas las noches veía a una mujer con heterocromia. Los consejeros de sus sueños le decían que era una hechicera que lo había poseído, alguna mujer pagana en sus visitas al pueblo. «No es hechizo alguno», decía el tirano, «esta mujer existe en algún lugar». Renunció a todo y viajó por el mundo para encontrarla. El abad, por el contrario, renunció a todo para olvidarla.
Los exégetas especulan sobre el errante, El loco (el cero), aquel que recorre todos los mundos y todas las templanzas. Se dice que es el tirano y otros dicen que es el abad. Ambas teorías son erróneas. Fue la mujer con heterocromia quien caminó por el desierto más allá del tiempo, más allá de la luz besando la arena. Fue ella quien recorrió los mares y lo hizo con calma, sin necesidad de atormentarse o perseguir un propósito, simplemente tenía el tiempo, todo el tiempo. Podía recorrer un lugar, asentarse por tres vidas enteras y no aburrirse, y regresaba años después sin reconocer el lugar y volvía a quedarse allí. Como para toda bruja con heterocromia, su mundo no era exclusivo de lo material, incluía los sueños. Estos, a diferencia del mundo real, son más laberínticos, más propensos a que uno se pierda en ellos.
II
—¿Crees en las brujas? —mamá estaba en el asiento trasero del auto sosteniendo a su segundo hijo en brazos.
—No empieces con eso, mujer, el niño va a tener pesadillas —papá estaba manejando, era de noche, no había luz adentro del coche más que los atisbos de luces artificiales provenientes de los faros de la calle y otros automóviles.
—No pasa nada —mamá le responde a papá con un tono de ecuanimidad— estamos acostumbrados a las historias de fantasmas, ¿a ti nunca te contaron una?
Papá volteó a ver al primer hijo, que dormía en el asiento del copiloto.
—Este niño no tiene aura, Rober —mamá le comenta a su marido con un ligero tono de preocupación.
—No empieces con eso, Magda, sabes que los bebés no tienen aura.
—Santiago ya tenía a su edad.
—Eventualmente podrás ver su aura —Roberto creía en los poderes sobrenaturales de su pareja.
—¿Crees en las brujas, muchacho?
El niño la miraba fijamente con sus ojos marrones que penetraban la consciencia de su madre.
—¿Qué tal un acto de magia? —continúa Magda— Un acto de magia para comenzar a contar el cuento.
Este es de los primeros recuerdos de Federico Cano. Las luces intermitentes de los automóviles y los faros de las calles iluminando el rostro de su madre mientras papá manejaba y su hermano dormía en el asiento del copiloto.
III
Una enredadera acomodada a la forma del barandal y cayendo por los balaustres de una escalera de caracol, los pasillos esparcidos con yesca saliendo de las grietas del suelo; los vidrios, casi ornamentales, cubiertos de hierba y madera, ramas de un tronco que abraza la fachada del edificio por donde a veces entra el sol; paredes de moho y plantas que se obstinaron en existir, algunas incluso florecen; puertas, si las hay, abiertas, siempre abiertas. El sonido recorre los pasillos y la vista no se obstruye, las puertas deben quedar abiertas, la privacidad es una ilusión egocéntrica de nuestro desnudo miedo a la animalidad humana.
En el umbral, en donde se conecta un mundo normal con el edificio abandonado y abrazado por una flora o una madre Gaya persistente y voraz, se observa un mueble de madera antigua con olor a humedad repleto de zapatos; casi no se asoman zapatillas modernas. Aglomerado, abigarrado.
Los apartamentos no tienen ventanas ni puertas y en el techo se encuentran las raíces de los árboles. Los habitantes del departamento caminan sobre las copas.
Esto es un autorretrato. Como todos los sueños, es inefable. Federico Cano sueña que vive en un edificio abrazado por dos árboles que en vidas pasadas fueron amantes. En sus sueños no tiene daltonismo, en la vida real (o “real”) ve en blanco y negro. En sus sueños pinta como un barroco, como un Fragonard, algo atiborrado, ambicioso, una aglomeración de fauna. En la vida “real” pinta con colores que no conoce, son pocos los espectadores que lo comprenden.
En sus sueños vive en ese lugar. En su clóset algo coincide con la realidad: un portafolios de cuero de utensilios artísticos, éste tiene grabadas las letras E.S.
Su vivienda la pinta en un lienzo: cuartos con ventanas y sin paredes, árboles abrazados. Aún no lo entiende, pero en la inefabilidad del mundo onírico (en el Hades, según algunos griegos ya muertos) lo que pinta es un autorretrato.
Hace unos meses que siente una presencia rondando en sus sueños. Sublime, porque es hermosa y tétrica. No tiene forma, es una silueta, lo único que puede ver de ésta son sus ojos, un ojo morado y el otro verde. Sabe que pertenecen a una mujer, una mujer de otra vida cuya belleza ha recorrido el mundo. Solo aquellos que han visto tal cantidad de mundo padecen heterocromia. A otros, literalmente, les brota un tercer ojo en la frente. Aquellos gustan de taparlo con sombreros o con el cabello largo a manera de fleco.
A diferencia del resto de sus sueños, esta silueta no pertenece al mundo de la ensoñación, está viva y latente. Federico despierta entre sudores fríos y un grito mudo pues han invadido sus sueños, alguien vivo camina en su cerebro. No puede solo concentrarse en su belleza o dejarse llevar por su encanto. Se resiste, por lo que se convierte en una pesadilla: intenta huir pero los músculos de sus piernas dejan de funcionar.
Federico y Santiago Cano llevan varios años viviendo en un apartamento de un edificio rascuache a punto de caerse. Tal vez resista dos temblores más antes de desplomarse por completo. La mayoría de los habitantes está en la recta final, así que no les importa.
Santiago Cano es un virtuoso: lo más parecido a un Fausto contemporáneo. «Por eso podía ver su aura desde que era bebé, Rober» le decía mamá a su esposo cuando veían que, ante el impedimento del habla de este niño, se comunicaba a través de la música. Desde pequeño tocaba el piano, la guitarra y pintaba.
Cuando desarrolló el habla llevaba un gran kilometraje de libros leído, por lo que su hablar era elocuente y rimbombante.
La vida lo trató cruelmente, apenas tenía quince años cuando murieron sus padres. Él quería ser un cirquero; el “título” oficial de su madre era consultora de Tarot. Ella no era quien realmente leía el Tarot, pero tenía ciertas respuestas. Los cirqueros decían que tenía un tercer ojo, que podía ver lo que no estaba allí.
Papá lo llevaba a los mercados, en donde armó toda una parafernalia de clavos y pelotas de malabares. En todo aquello se quedó en un nivel “básico” pero se unió a un circo en el que tocaba escalas de jazz en una guitarra eléctrica de madera que había construido uno de los malabaristas, quien al contrario de Santiago, comenzó con la música y al no lograr un gran avance (a pesar de lo que pudo construir) decidió quedarse con el monociclo. El hombre/el malabarista también le regaló un acordeón que no suena, pero Santiago lo toca con naturalidad.
A pesar de que su abuelo paterno le decía que podía ser un snob y un dandy contemporáneo, Santiago gustaba del ambiente “bohemio” de un circo.
Apenas murieron sus padres cuando la mamá comenzaba a ver el aura de Federico, palpitante e intermitente, fluctuante en colores. Federico heredó la capacidad de su madre de ver el aura pero desgraciadamente también heredó el daltonismo de su padre, por lo que/razón por la cual no puede distinguir el color del aura de las personas.
Santiago pintó un cuadro. Federico lo soñó y Santiago lo pintó.
La mujer de su retrato no existe.
Ronda entre sus sueños.
Una mujer hermosa, elegante y anacrónica.
Parece victoriana, a veces moderna, a veces descalza, a veces prístina;
algunas veces cansada, otras veces fresca.
Restos de carbón y pintura en los ojos.
Pintura verde y pintura morada.
*
«No me gusta esta realidad. Tal vez solo no me guste tener sueños tan placenteros, pues hacen que la realidad sea más aburrida».
A diferencia de su hermano, Federico no es aventurero o espontáneo para estar feliz con su realidad cotidiana. Quiere que existan dragones y caballeros. Que existan magos y hechiceros y ser ligero como el viento para poder volar. Su realidad no lo complace.
Su cuarto se podría considerar el de un minimalista: dibujos por doquier y un colchón. No tiene más. Su mundo entero es el dibujo. La lectura no lo invita a escribir, la música no lo incita a bailar o a tocar un instrumento, la comida no lo llama a saborear ni el cine a (des)imaginar, el teatro no lo invita a persuadir, ni el ejercicio a sudar, el sexo no lo incita a disfrutar. Solo la pintura lo insta a pintar.
Todo es Pintura (mayúscula intencional). Cuando Anaximandro decía (hace demasiado tiempo) Todo es agua. Se le decía a ese “todo” su ápeiron o arché. Por ejemplo: el erotismo es un afrodisiaco para retratar un cuerpo desnudo (dice que lo aprendió de Egon Schiele) y el ejercicio nos embrutece con la ilusión de la felicidad eterna en un momento en el que segregas serotonina. Esa es su noción de cuerpo: es un instrumento para ser dibujado-retratado. El cuerpo atlético no le parece un canon de belleza, el erotismo no se encuentra en el cuerpo per se. El cuerpo es una musa digna de ser retratada, y en esta expresión es en donde se encuentra el verdadero erotismo... en la pintura.
Federico Cano despierta en su triste vida. Santiago, duerme en el cuarto de junto. No se quitó el traje, ni siquiera la corbata; no le dio tiempo de meterse en las cobijas y el cuarto apesta a fábrica de destilación. En unas horas tendrá que ir al trabajo con jaqueca a soportar a un jefe incompetente que juzga todo desde su limítrofe visión del mundo contemporáneo. Un trabajo judicial de investigación y escritura. Suena emocionante pero no lo es. Es leer todos los casos que le llegan y transcribirlos, aptos para un periódico o una publicación.
Federico, por otra parte, se embarca en una odisea a la nada (así la llama), la escuela preparatoria en donde vive día a día una vacuidad. Lo único que lo salva de un tedio farragoso son sus dibujos en pluma Bic.
Las interacciones sociales del resto del alumnado las aprecia como un extranjero y se concentra en las anomalías. No es un sociólogo, no observa los patrones de conducta o el comportamiento de aquellos que conforman la sociedad o se dicen parte de ella. Contempla anomalías visuales que le permitan dibujar a un monstruo de dos cabezas cuando se posicionan dos personas, a perspectiva, en un solo torso o su sombra así lo hace parecer. En lo que más pone atención es en las sombras. Las sombras hablan más que las personas, estas no toman decisiones y aún así cuentan historias, las sombras se despegan de nuestra realidad física y ahondan en lo desconocido; pueden fragmentarse y ser dos o tres, estar en más de un lugar al mismo tiempo o convertir a su persona en un edificio, a un animal en criatura mitológica, a un jorobado en un erguido, una bala en una estrella fugaz, el movimiento en estaticidad y viceversa.
Camina hacia su edificio, que no se encuentra lejos, pero se pierde unas horas paseando simplemente con unos audífonos a un volumen estrepitoso por calles que no conoce, so pretexto de irrumpir su cotidianidad con los mínimos detalles. Escudriñar lo desconocido sin tener que exponerse a ser aventurero.
Cuando regresa a su casa ve desde afuera la ventana de su apartamento, observa si la luz está encendida; significa que su hermano llegó. No puede dibujar o pintar si el profesionista de 27 años está gritando por teléfono, discute sobre facturas y avalúos. Federico conoce el motivo ulterior de sus gritos.
Esto es lo que escucha:
“Arruiné mi vida trabajando por un salario generoso y tengo que lidiar con incompetentes, tengo que someterme a un estrés que no estaba contemplado en mi estilo de vida, tengo que usar una vestimenta incómoda y calzado insufrible.”
Extraño la música —el prodigio de Tlalpan— menudo título para un mocoso de seis años.
Extraño la juventud y el atletismo, era de las pocas personas que podían compensar el arte y ser capitán del equipo rascuache de fútbol. Sólo un concierto y se acabó el sueño de un virtuoso.
Extraño mis artilugios lúdicos, haber desperdiciado todas esas oportunidades.
¡No!, no las desperdicié, me enerva que mis padres hayan muerto, me enoja que hayan abandonado a sus hijos o que siquiera los hayan tenido. Que no se hayan esforzado en dejar herencia o un mensaje. ¡Nos tardamos tres malditas semanas en saber que habían muerto!
Extraño no tener resacas de alcohol pero ¿qué se le puede hacer a eso?
Hoy podría ser alguien que siguió su camino y no un hombre trajeado que se asfixia con una maldita corbata, se desabotona el cuello y afloja un poco el nudo mientras el jefe, con cara de pesada, incertidumbre y con el ceño fruncido, me regaña con un discurso sobre la presentación y la imagen.
Solía no tener una imagen y era mejor así, una camisa apestosa y una piyama de hippie para sobrevivir tres años en Oaxaca fumando con los ermitaños de la ciudad, cuya única preocupació es la marea para surfear y no las facturas que no han sido descargadas o la cuenta bancaria que parece un número telefónico.
Extraño el calor de la arena y hacer mis teorías disparatadas de que ésta es un reloj; entre más abunda, más tiempo. Las ciudades no tienen arena y no hay tiempo, hay agendas, pero eso no es tiempo, es un papel o una manecilla.
Extraño un rumbo elegido por mí.
Y por supuesto, un desvío poético (o “poético”): Extraño que me he convertido para mí.
Extraño las clases de música con las bailarinas de tango, algunas me volteaban a ver e interpretaba sus gestos como una seducción.
Extraño sentirme como un bohemio... ¿qué carajos pasó?” Federico prefiere evitar la fatiga. En parte siente que es culpa suya, ya que su hermano sacrificó mucho para poder pagar su futuro. Por otra parte, siente que la nostalgia de su hermano es casi física, un yunque que le aplasta el pecho.
Enfrente del edificio hay un parque. Solía ser un espacio desperdiciado (de esos abundan en la ciudad), una banqueta con cemento bien aplanado. La materia prima de la construcción, por supuesto, es obra de la tacañería y la mezquindad; en lugar de cemento habían usado crema de maní con Resistol y colorante gris.
El único elemento irruptivo era un columpio de metal (sobra mencionar que era esperpéntico el maldito). Sólo lo enterraron en la crema de maní y esperaron que se secara. Era un columpio chueco que ningún niño se atrevió a usar. Los columpios son un elemento que incita a la curiosidad, incluso de los adultos, a mecerse de vez en cuando o sentarse en algo que no sea una cómoda silla pegada al suelo. Se cree que este es el único columpio jamás usado.
Con las lluvias la acera colapsó, se fragmentó como Pangea y poco a poco se fue consumiendo hasta quedar una cuadra de tierra fértil. Los vecinos comenzaron a sembrar lo que se les ocurría, algunos cambiaron su forma de vida al usar el parque como un huerto. Varios tallos se ayudaron del columpio para enroscarse y encontrar la dirección de lo que es un “arriba” para las plantas (fue la única función del columpio). Crecieron árboles y frutos, así como pasto y tierra, la madre Gaya les recordó que sigue viviendo debajo de las ciudades, es su tierra y es su planeta.
Este parque parece un bosque miniatura encantado. Algún ebrio dijo que vio a un gnomo, lo cual es posible, ya que éstos son descuidados en la madrugada pues saben que aquellos transeúntes capaces de verlos están borrachos. El parque ha sido una fuente primordial para los sueños de Federico Cano, pues cree que algún día se extenderá y abrazará su edificio.
Aún no sabe de dónde ha salido la mujer con heterocromia de sus sueños. Se imagina que alguna vez la vio rondando de reojo y su inconsciente la grabó como un dibujo. Tal vez ha fabricado aquel recuerdo, ha engañado a la memoria para darle sentido a su narrativa interna.
Cuando intenta pintarla crea su ideal de belleza, no dibujaría a una insípida actriz de Hollywood. Ese es un gusto banal, un discurso mediocre y triste, que en lugar de enaltecer lo sublime lo acota al erotismo o energía libidinal, al deseo pornográfico. La ficción del coito, el placer epiléptico de los espasmos musculares, el orgasmo eidético. La belleza, sabe Federico Cano, es una construcción personal. No sabe a quién está retratando en esta mujer pero sabe que es bella, tal vez hermosa; necesita un rostro y esas líneas no las ha visto, no sabe cómo pintarla, no sabe de qué forma materializar aquella historia que es su belleza.
Se sienta en el parque y dibuja un árbol, el mismo árbol. Ha hecho ese árbol dos mil ciento tres veces, casi diario se para a observar aquel árbol chueco que algunos perciben como inmutable pero desde hace 10 años ha tenido muchos cambios, además de los cambios de estación. Siempre se sienta en un ángulo distinto. Tiene un cuaderno de dibujos que sólo contiene ese mismo árbol. Jamás para, pues sabe que no lo puede dibujar en su plenitud, que ni él, ni el tiempo, ni el espacio, ni las raíces, ni las ramas, ni la copa, ni la planta son los mismos. Dos días que parecen semejantes son un mundo de diferencia.
Entre los árboles y algunos postes de luz (que la comunidad vecinal se ha encargado de instalar para poder ver de noche el parque, sin el tétrico pavor de un espacio oscuro en México) se cuelgan algunos carteles o panfletos. Algunos son ridículos, otros son de mayor seriedad aunque ninguno en realidad llame la atención de la comunidad. Son momentos efímeros de preocupación por un perro perdido o un instructor de matemáticas que necesita el dinero y se promociona con una foto mal editada. Uno de éstos tiene la foto de un anciano: Roberto Gómez, en caso de encontrarlo favor de llamar al número 23232300jkh47. Deambula en calzones por la cuadra. No es agresivo. Si llega a tener un ataque de pánico, favor de recitarle un pasaje de La divina comedia.
Federico lleva años recolectando estos carteles para hacer un collage, su maestro de dibujo (Mario Netell) le recomendó probar otras áreas creativas, buscar un pasatiempo o algo por el estilo para no estancarse o anquilosarse en el dibujo.
