35 mm - Federico Girón - E-Book

35 mm E-Book

Federico Girón

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Beschreibung

Tres clientes de un comercio de fotografía que persisten en el uso de la película de 35 milímetros, se ven afectados cuando, en lo que parece ser un error accidental, retiran fotos ajenas. Saber si el intercambio de fotos fue intencional, no será tan importante como lo que provoca este canje de imágenes. ¿Cómo nos afectan y describen las fotos? ¿Son evidencia de una zona negada? 35 mm (12 exposiciones), una novela en la que cada capítulo bien podría ser un negativo a positivar. La fotografía como un posible vehículo de purificación, acto terapéutico, arma de evasión o reacción de defensa. ¿Cuánta verdad cabe en una foto?; extraña entidad que muta según los ojos que la contemplan.

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FEDERICO GIRÓN

35 mm

(12 exposiciones)

Girón, Federico

35 mm : 12 exposiciones / Federico Girón. - 1a ed. - Ituzaingó : Cienflores , 2021.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-4039-48-4

1. Literatura Argentina. 2. Narrativa Argentina. I. Título.

CDD A863

Editorial Cienflores

Lavalle 252 (B1714FXB), Ituzaingó, Provincia de Buenos Aires.

Tel: +54-011-2063-7822

email: [email protected]

https://www.facebook.com/EditorialCienflores/

Queda hecho el depósito que previene la ley 11.723

Editores responsables: Maximiliano Thibaut.

Arte y fotografía de tapa: Juan Augusto Girón /www.gironfotografias.com.ar

Diseño y diagramación: Soledad De Battista.

Ninguna parte de esta obra puede ser reproducida o transmitida en cualquier forma o por cualquier medio electrónico o mecánico, incluyendo fotocopiado, grabación o cualquier otro sistema de archivo y recuperación de información, sin el previo permiso por escrito de los editores.

A Focus.

Y sin duda a su Vaca,

que ya hace años no está entre nosotros.

00→

Al entrar al negocio de fotografía, Bertelli siente el olor de siempre. Años atrás, al preguntar qué era lo que olía tan raro, Milton le explicó que eran los vapores que emanaban los químicos de la máquina de revelado al levantar temperatura. Ahora, al percibirlo cada vez que lleva o retira sus rollos —no recuerda desde cuándo le sucede, sí imagina que se debe a la costumbre de fotografiarse con su esposa teniendo sexo—, lo invade una incómoda pero a la vez placentera ansiedad.

Milton lo saluda con un breve movimiento de cabeza; su rostro algo hinchado y somnoliento evidencia los signos de haberse despertado hace muy poco. Lleva un suéter marrón oscuro que se iguala con el color de sus ojos. Bertelli le entrega el ticket de retiro. Lo ve realizar el procedimiento habitual: va con pasos cortos y algo encorvado hasta una caja forrada con papel afiche rojo y busca con parsimonia entre los sobres color amarillo. La luz de las dicroicas que bajan del techo y que alumbran el mostrador, dan de lleno en el perfil de Milton resaltando las canas que ya hace tiempo destiñeron el color de su cabello castaño.

—Aquí está, sí, salieron todas, las 36— dice Milton al encontrarlo.

—Nunca fallo en ninguna —se jacta Bertelli y sonríe nervioso.

Se miran un instante. Los ojos acuosos y en apariencia inexpresivos de Milton, no sólo muestran cansancio; Bertelli está casi seguro de que Milton mira en detalle sus fotos cuando las revela. No hace mucho, mientras esperaba ser atendido, lo oyó contestarle a un cliente que le preguntaba si había visto las fotos de su camioneta nueva, que no, que en general no las miraba más que por encima, quizá una cada tanto mientras salían de la máquina, sólo para comprobar que la calibración estuviera estable. A él no se le ocurriría preguntarle si vio alguna de las suyas; jamás hablaron del contenido de sus fotos a pesar de que es cliente desde hace años. El trato es cordial y sin embargo distante. Es lo que quiere en realidad, un contacto amigable pero reservado, un acuerdo tácito que Milton supo entender desde un principio sin necesidad de aclaraciones. Está convencido de que mira sus fotos, todas y en detalle, siente en su mirada apacible y distraída una particular complicidad; lo excita saber que ese desconocido ve parte de su intimidad, no le cuesta imaginarlo con ojos voraces sobre la imagen recién salida de la máquina de su esposa abierta de piernas.

Paga y luego de un saludo regresa a la calle. Camina apurado hacia la estación del tren que lo lleva cada mañana al trabajo. Repasa de memoria las fotos que sacó con el rollo que acaba de retirar, sabe con certeza que están las del campamento; fue con su mujer, sus hijos y la cuñada con la familia. Recuerda que en la carpa tomó varias a su esposa, con un conjunto de ropa interior diminuto de estampado de leopardo, luego desnuda en poses sensuales y otras bien provocativas: abierta de piernas, apretándose los pechos y primeros planos de su sexo recientemente afeitado a pedido de él. Sus hijos y sobrinos pescaban en el arroyo, la cuñada con el marido habían ido a dar un paseo, y ese impreciso recreo los motivaba al juego íntimo por el riesgo que implicaba.

No está seguro de si hay algunas fotos del bautismo de su sobrino, las que hace días le reclama la hermana de su esposa, quizá estén en el rollo empezado que tiene cargado en la cámara. No, en ese están las del cumpleaños de su primo y las de la visita a la cancha de fútbol… Ahora que lo piensa, es justamente esto — el hecho de perder el control sobre qué fotos ha tomado en cada rollo—, uno de los motivos por los que no quiere abandonar su vieja cámara de 35 milímetros, es lo que hace fascinante el juego, lo que alimenta la intriga por más mínima que sea, la posibilidad de asombro ante una toma olvidada o sorpresivamente distinta a lo que recordaba… Tendría que argumentarle todo esto a su esposa cuando le insiste con la idea de comprar una cámara digital.

Al principio le costó convencer a su esposa de dejarse fotografiar desnuda, en primer lugar por pudor, pero sobre todo porque la inquietaba quién iría a revelarlas, sin embargo él la fue ablandando poco a poco y ya hace años que lo hacen. Recuerda que le mintió durante un tiempo diciéndole que las llevaba a revelar bien lejos del barrio, a unas cuadras de su trabajo donde nadie podía reconocerlos.

Bastante después, cuando por un error de él supo la verdad (que era Milton quién las revelaba), vio sorprendido cómo su esposa apenas se mostró preocupada, y luego, quizá resignada por este hecho consumado, se dejó llevar y hasta incluso le pareció notar que la excitaba saber de esta riesgosa proximidad con un vecino, alguien conocido que tal vez fantaseaba al verla teniendo sexo. Sólo le advirtió que ella jamás iría a retirarlas.

Desde hace un tiempo el juego perdió cierto encanto. Ya no es lo mismo. Cuando transita esos períodos en los que parece desconectarse de todo y lo invade una angustia que a veces ni él entiende qué la provoca, es ella quien lo seduce posando y lo incita al ritual de fotografiarse. Sabe que lo hace para distraerlo, para seguirle el juego; ella, piensa Bertelli, ya no disfruta gran cosa de esa práctica.

Hace unos días volvió a proponerle comprar una cámara digital, pero a él sigue sin convencerlo la idea. Siente que al esfumarse la espera de encontrarse con la totalidad de las imágenes ya reveladas, se romperá la magia. Además, a él le gusta ir armando un álbum, uno que esconde en lo alto del placard y con el que a veces, cuando está sólo en la casa, se masturba viéndolo. No entiende eso de tener las fotos grabadas en un disco. ¿Qué era eso de tener que sentarse frente a una pantalla? Y aunque ella le explicó que era mejor porque podían elegir las más lindas para imprimir, incluso hacerlo ellos mismos en privado con una impresora hogareña —lo había visto en un anuncio y no eran caras, le aseguró—, Bertelli, si bien tenía la convicción de que justamente eso rompería el encanto del juego, no supo cómo explicarle por qué no le convencía lo que en boca de su esposa era a todas luces más conveniente.

Está sentado en el tren rumbo al trabajo, ubicado del lado de la ventanilla como acostumbra; espía de reojo al pasajero que viaja a su lado. Está distraído con el diario y por ahora no hay nadie de pie en las cercanías que pueda verlo desde arriba. Ese riesgo siempre lo estimula. Abre el sobre amarillo y extrae las fotos. La imagen de las ramas de un árbol aparece en primer lugar, extrañado pasa cuatro o cinco con el mismo motivo tomado de distintos ángulos, troncos gruesos y tupidos de un palo borracho que pasan por encima de una pared medianera. Siguen las de una vereda resquebrajada, otras de un cordón con agua sucia y estanca; son fotos mal encuadradas, invadidas de luz o fuera de foco. Unos gatos, unos perros… ¿qué es todo eso?; además de que no son sus fotos, lo desconcierta el hecho de que no ve personas en ninguna de ellas. Más adelante aparecen intercaladas las de una herida en una pierna. Deduce que son tomadas en distintos días porque la herida, primero abierta y sangrante, aparece cosida, luego tapada con una gasa y ya en otras, comenzando a cicatrizar.

Está decepcionado, deberá volver mañana para hacer el reclamo. Se preocupa, espera no tener problemas; piensa si otro, además de Milton, verá sus fotos. ¿Un vecino que retiró las suyas por error? ¿Y si lo conocen? Mejor no contarle nada a su esposa.

Una de las últimas fotos del conjunto cree que fue tomada con temporizador. Lo supone por el encuadre defectuoso, él acostumbra a usarlo, sobre todo cuando quiere fotografiarse junto a su esposa en la intimidad; sabe que si uno no se toma el tiempo necesario para ubicar la cámara en un sitio apropiado, ocurre que no queda lo importante en primer plano. En la imagen hay una señora con una pierna vendada y entiende que es la portadora de la herida de las otras fotos. Lleva un vestido hasta las rodillas de una tela liviana color azul y estampada con flores pequeñas. En algo le recuerda a su madre, es una mujer de unos sesenta años, quizá más, supone deberá tener una edad cercana a la de su madre cuando murió. Tiene un gato en brazos y la rodean tres perros, de fondo se ve una casa antigua con la pintura descascarada y parte de un jardín desprolijo. Se la ve seria, con un gesto poco amigable, sin embargo también ese rostro duro le transmite desasosiego. La imagina apoyando la cámara sobre una de las columnas bajas del portón de entrada que ha visto en alguna de las otras fotos; la preparación de la toma le transmite una soledad que lo angustia.

Revisa otra vez las fotos y piensa si no serán para un seguro o tal vez un juicio, aunque no logra atribuirle coherencia al conjunto. Se detiene un instante más en la de la señora posando con sus mascotas y le parece ahora ver una silueta a su lado. Esa área está como movida, el pasto difuso en lo que cree los contornos que se funden al sombreado con forma humana. Puede ser el reflejo del sol, piensa Bertelli, la luz que invade la lente y que hace trizas las distintas texturas provocando esa caprichosa aparición. También podría ser una persona que se movió justo al momento de obturar la cámara, sin embargo, si fija la vista en el detalle de sus bordes, parecería que se esfuman hasta perderse. Se pregunta si esa mujer tendrá familia… Lo arrincona al fin eso que trata de eludir desde hace minutos, el recuerdo de la muerte de su madre, la compleja decisión de vender la casa y luego la internación de su hermana Lucía a la que hace años no visita; cada vez que piensa en ello intenta convencerse de que hizo lo correcto, pero la culpa no entiende de razones ni de sentido común. Apesadumbrado guarda las fotos dentro del sobre.

00A→

Cuando la señora Izquierdo llega a su casa, revisa con detenimiento los rastros de agua estancada en el cordón. Crece su indignación al ver estrías de tonalidades lechosas y zonas donde se acumulan cantidades de burbujas. Trae la cámara fotográfica lista, le pidió a Milton que le cargara una película nueva, siempre lo hace cuando retira el revelado del rollo anterior. Ya tiene las pruebas de que su vecino tira a la calle el agua del pozo ciego, también de las ramas de un palo borracho crecidas dentro de su propiedad y que invaden y ensucian su jardín. Ahora agua con jabón, seguro que del lavarropas, pero no va a dejarlo pasar, el color y la espuma serán pruebas irrefutables si no les alcanza a los inspectores con las fotos que acaba de retirar, y que llevará sin falta esa misma semana al municipio. Ya lo denunció hace un mes y su vecino no ha dejado de tirar su inmundicia a la calle, por eso volverá, esta vez, con las fotos. Sabe que tiene que ser persistente; al vecino del otro lado, no hace mucho, logró que le hicieran una multa por cubrir parte de su vereda con ramas cada vez que podaba. A causa de esa sanción, ahora le estaciona el auto en su frente y siempre deja subida una de sus ruedas — le ha roto el cordón y parte de su vereda, y hasta barrido su césped—. Pensó en rayarle el auto pero desistió, hará las cosas como se deben. Ya tiene fotos detalladas del destrozo; cuando vaya por lo del agua estancada también lo denunciará.

Como trae las manos ocupadas con las bolsas de las compras decide entrar, luego tomará las fotos de esa asquerosidad. Empuja el portón bajo y camina lento hasta la puerta de entrada de la casa. Del fondo aparecen eufóricos sus tres perros, festejan lamiéndole las manos y sacudiendo las colas. La señora Izquierdo los reprende porque teme por su pierna lastimada. Entra a la casa y apoya las bolsas en la mesa del living. Uno de sus gatos aparece y con un elegante salto se sube a la mesa. Ella no le presta atención, saca de una de las bolsas unos huesos y vuelve a salir para dárselos a los perros que ya la esperan relamiéndose; conocen el ritual.

—Para vos no hay nada, Almendro — le dice al gato cuando vuelve a entrar. Se limpia en un repasador—. Estás castigado por hacer pis en la cocina. ¿Y tu compañera?