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Conocer a Virginia ha cambiado los esquemas de Amanda, la distancia puede llegar a dar mucho miedo y echarse de menos es cada vez más doloroso. Tras las videollamadas interminables siempre necesita más. La rutina en Melbourne no es sencilla y su nueva relación de pareja trae problemas que no se esperaba. Poco a poco se da cuenta de que su idea de vida perfecta es en realidad un refugio donde se esconde de sus verdaderos sueños. Perseguirlos supondría decirle adiós a demasiadas cosas que no es capaz de dejar atrás y enfrentarse a un muro que no sabe si podrá saltar, pero por primera vez en mucho tiempo hay alguien por quien merece la pena intentarlo. La historia de amor de Gina y Amanda continúa en 7 900 millas, esta vez a través de los ojos de la australiana. Cris Ginsey nos habla en este libro del amor a distancia, de la familia y la amistad, la salud mental y cómo el pasado nos puede afectar en el presente y, sobre todo, en el futuro.
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Seitenzahl: 440
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Cris Ginsey nació en Málaga y es psicóloga y escritora en sus minutos libres. A pesar de comenzar escribiendo fantasía desde pequeña, lo primero que publica en internet son relatos eróticos bajo el seudónimo de «Miss Ginsey» desde 2011. Es en 2015 cuando se atreve a escribir historias con más contenido y profundidad, que se pueden catalogar como comedia erótica-romántica, primero en su blog personal (La bollería de Ginsey, que comparte con Anna Pólux) y más tarde en plataformas de lectura online, historias como Las dos caras del amor, escrita a cuatro manos y con más de 400 000 lecturas en total. En el año 2017 autopublica dos libros, La tentación vive al lado y Cantando bajo la nieve; con LES Editorial publica en 2018 Cosas del Destino: El diario de Claire Lewis y Cosas del Destino: El efecto mariposa, escritas junto con Anna Pólux, y en 2019, 12 700 km, su último libro en solitario, que continúa con 7 900 millas (2021). Su pasatiempo favorito es la creación de la personalidad de sus protagonistas y su círculo más cercano, intentando que sean complejas y realistas, para que las lectoras puedan verse reflejadas en ellas y aprender juntas en el viaje de cada lectura.
@MissGinsey | @labolleriadeginsey
Conocer a Virginia ha cambiado los esquemas de Amanda, la distancia puede llegar a dar mucho miedo y echarse de menos es cada vez más doloroso. Tras las videollamadas interminables siempre necesita más. La rutina en Melbourne no es sencilla y su nueva relación de pareja trae problemas que no se esperaba. Poco a poco se da cuenta de que su idea de vida perfecta es en realidad un refugio donde se esconde de sus verdaderos sueños. Perseguirlos supondría decirle adiós a demasiadas cosas que no es capaz de dejar atrás y enfrentarse a un muro que no sabe si podrá saltar, pero por primera vez en mucho tiempo hay alguien por quien merece la pena intentarlo.
La historia de amor de Gina y Amanda continúa en 7900 millas, esta vez a través de los ojos de la australiana. Cris Ginsey nos habla en este libro del amor a distancia, de la familia y la amistad, la salud mental y cómo el pasado nos puede afectar en el presente y, sobre todo, en el futuro.
7 900 millas
Cris Ginsey
Primera edición: febrero de 2021
© Cris Ginsey, 2021© Letras Raras Ediciones, S. L. U., 2021© Antonia Leiva (@ansdrela), ilustración de la portada, 2021
LES Editorial pertenece a Letras Raras Ediciones, S. L. [email protected]
ISBN: 978-84-17829-38-4IBIC: FA, FP, FRDProducción del ePub: booqlab
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com).
Sin tu ayuda este libro no existiría,así que es para ti.
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Cris Ginsey
Sinopsis
Créditos
Dedicatoria
Playlist
Anteriormente en 12 700 km
1 Un truco de magia
2 Kilómetros hacia Virginia
3 No es fácil decir adiós
4 Vuelta a la rutina
5 Sueño americano
6 Cerca
7 Cita a distancia
8 La conversación
9 El plan perfecto
10 Reencuentros
11 Primer día en San Francisco I
12 Primer día en San Francisco II
13 La falda de flores
14 La guerra de las galaxias
15 De vuelta a Melbourne
16 Reencuentros
17 Cambios de rutina
18 Miedo
19 Nuevos planes
20 She Keeps Me Warm
Epílogo
Gina es una chica que vive su vida feliz, practica deporte y le encanta estar con sus amigos, hacen reuniones regulares y se entretienen con juegos de mesa, especialmente con el Catán. Además, escribe fanfics lésbicos que sube a internet y tiene bastantes seguidoras.
Esta historia empieza dos años atrás con el cumpleaños de Gina, en ese momento conocemos a Teri, un crush muy grande de nuestra protagonista. Una chica rubia y muy mona a la que invita a su cumpleaños y ¡acepta! Entre palabras insinuantes y guiños se besan, tienen sus sensualidades y se fuman juntas el primer porro de Gina.
El drama surge cuando su hermana, Patrice, y también deportista, la pilla fumando, lo que no le gusta nada de nada. Discuten, sale cabreada a la calle seguida por Gina y… se ve involucrada en un accidente. En el presente descubrimos que Patrice perdió una pierna y que todos los planes que tenía para su vida se han venido abajo. La buena relación de las hermanas se ha esfumado y Gina lleva años arrastrando un gran sentimiento de culpa.
Teri sigue en su vida, no de forma romántica (se acuestan alguna que otra vez) y ya no es rubia ni mona, ahora ha salido del cascarón y se muestra como realmente es.
A pesar de ser un grupo bastante unido, su mejor amiga es Liv, que al inicio del libro tiene una relación con Elliot, el mejor amigo de Gina. Pero Liv se da cuenta de algo, rompe con Elliot y confiesa que no puede dejar de mirar con ojitos a cierta chica examante de Gina: Teri. Gina descubre más tarde ¡que a Teri también le gusta Liv! Aunque ellas no se dicen nada, Gina las shippea mucho. La primera parte nos deja con la incógnita, ¿Teriv será real?
En ese grupo también están Tom y Jerry, que pasan de estar bastante presentes a desaparecer sin motivos aparentes. Y Elliot empieza a ir más a su pueblo natal con Gina, una vez que esta retoma la relación con su hermana… En este reencuentro tiene mucho que ver la nueva persona que ha aparecido en su vida: Amanda.
Pero volvamos atrás.
Como ya sabemos, Gina escribe fanfics, y una de sus lectoras fieles le hace una crítica que le sorprende: escribe demasiadas sensualidades. En un primer momento, Gina se mosquea un pelín, pero después empiezan a hablar y todo bien. Vaya, más que bien. Mejor que bien porque se acaban enamorando, pero… —siempre hay un pero— esta chica, Amanda, es de Australia y a Gina le pilla un poquito lejos. Aun así, llega un punto en que necesita conocerla en persona, así que lo da todo para ir a un torneo de voleibol mundial que se celebra en Sídney.
El encuentro es bonito, pero Gina pensaba que Amanda sentía lo mismo (spoiler, siente lo mismo), sin embargo, descubre que le ocultó algo, algo realmente importante: Amanda tiene novio.
Pero también Amanda está enamorada de Gina, y lo confirma cuando la ve por primera vez en persona. Si no se ha atrevido a dejar a su novio, ha sido porque llevan mucho tiempo juntos, lo quiere y siente que le debe mucho por su apoyo tras la prematura muerte de su padre.
Finalmente, cada una vuelve a su ciudad natal, Amanda acaba dejando a su novio, Gina y ella no dejan de hablar y planean el próximo encuentro. Esta vez, por fin, se dan su primer besito (y los siguientes), sensualidades, todo es bonito y hermoso. 12700 km termina con una despedida llena de promesas.
En esta segunda parte conoceremos más a Amanda, su pasado, sus relaciones, su día a día, sus pensamientos y sus miedos. Es algo tímida, ya lo sabemos, y aun así se va a abrir, nos va a mostrar cosas que ni ella es capaz de mirar. También que a veces es necesario echar la vista atrás para impulsarse hacia delante.
Te deseo una feliz lectura de la segunda parte de esta historia. Agárrate bien fuerte a los asientos de este avión, porque ya sabes lo que dicen… una relación a distancia no es algo fácil, y tal vez Gina no sea la persona que impulse a Amanda a dar un paso adelante.
Febrero de 2002
—Ten cuidado, Jacob —suplicó su madre mientras su padre subía las escaleras hacia el desván.
—Tranquilas, esto lo tengo más que controlado.
—No le va a pasar nada —tranquilizó a su mamá—. Papá es el mejor mago de la historia y puede protegerse de todo.
Nada más terminar la frase su padre tropezó, nunca supo si queriendo o de verdad, pero las hizo reír a su madre y a ella. No tardó más de dos minutos en volver a bajar con una pequeña sonrisa asomada a los labios.
—La trampa está puesta, ningún ratón asustará más a mis chicas —dijo con voz grave—. Mirad lo que he encontrado. —Sacó una linterna gigantesca—. ¿No te apetece hacer excursiones como las de antes? Seguro que a Mandy le encantan las historias de miedo junto a la hoguera —murmuró con voz tenebrosa.
—¡Sí! ¡Sí! —dijo rápidamente, alzando los brazos y mirando a su madre, que a su vez observaba a su padre con gesto poco convencido.
—Pero tiene seis años…
—Soy mayor.
—Es mayor, Mariam, e irá con nosotros y un guía.
—No lo sé… —dudó.
—Por favor —pidió ella con las palmas de las manos unidas debajo de la barbilla.
Le encantaban las fotos que tenían sus padres de todas las veces que habían ido de camping para hacer rutas y ver animales. A ella le gustaba verlas y a su padre enseñárselas.
—Una excursión en familia de un par de días y vemos si le gusta —accedió la mujer—. Y porque sé que te hace ilusión —le dijo a su padre, que sonrió ampliamente y se acercó para darle un beso en los labios.
Ella se puso roja con la escena y desvió la vista hacia otro lado, aunque continuó mirando de reojo, porque sus papás se querían mucho. Su papá le dijo una vez que a su mamá le daba miedo que se hiciera daño, pero él siempre le aseguraba que ella era valiente y que podía hacerlo todo. Así que lo intentaba y si no le salía bien, sus padres siempre le decían que la siguiente vez lo haría mejor. Como cuando en el colegio perdía contra sus compañeros jugando al señor lobo y ellos jugaron con ella hasta que una vez ganó.
—Tenemos que celebrarlo —dijo su padre de repente, y ella lo miró con una sonrisa mientras la cogía en brazos—. Dime qué te apetece comer.
—¡Pizza!
—Está bien, dime de qué la quieres, pero tiene que ser rápido, muy rápido.
—Eh… eh… —Se ponía muy nerviosa siempre que no lo tenía del todo claro, su padre ya la había depositado en el suelo, frente a la puerta de la entrada, y tenía en la mano su varita negra de puntas blancas—. Eh…
—Cariño, se acaba el tiempo, la varita empieza a temblar.
Ay, que estaba temblando de verdad…
La observó conteniendo el aliento cuando su padre apuntó con ella hacia la puerta, salió confeti no sabía de dónde y sonó el timbre. Alzó las cejas, totalmente sorprendida al descubrir al repartidor de pizza justo allí y se giró hacia su madre sin variar la expresión de su rostro. Se la encontró sonriendo ampliamente, en cuanto la mujer le vio la cara imitó su gesto sorprendido y a ella se le escapó una risita.
—Vaya, han traído dos… —Su padre abrió las cajas para comprobarlo después de pagar y despedirse del chico—. Jamón y queso, y la otra de beicon. ¿Te gustan?
—¡Sí! ¡Sí!
—Preparemos la mesa entonces y ¡a cenar!
—¡Voy a lavarme las manos! —dijo emocionada, echando a correr hacia el baño. Su papá era el mejor mago de la historia de verdad.
Antes de llegar al lavabo volvió a sonrojarse al escuchar el sonido de otro beso.
***
Noviembre de 2005
—¡Papá!
Puso morros al no verlo por ninguna parte, y empezó a correr por el jardín de la casa de sus abuelos. Su padre la asustó al cogerla en brazos emitiendo un gruñido y ella soltó varias carcajadas mientras le hacía cosquillas.
—Para, para —suplicó sin aliento por tanto reír.
El hombre acabó soltándola en el suelo y se agachó para quedar a su altura y mirarla fijamente.
—Has encontrado el lugar del tesoro, pero no te lo he puesto tan fácil. —Ella aplaudió sin querer, presa de la emoción del momento—. He hecho un mapa.
Su padre le tendió un pedazo de papel y ella lo sujetó, intentando localizar en aquellos dibujos lugares conocidos donde podría haber escondido el tesoro. El árbol del columpio, la casita de madera, los troncos para la chimenea del abuelo… Lo giró, intentando que todo quedara como ella lo veía desde su posición, y su padre se levantó, dispuesto a acompañarla en su búsqueda. Rio al descubrir el regalo mal escondido entre unos arbustos del jardín y lo cogió contenta, no perdió el tiempo y se sentó allí mismo, en el césped, para poder abrirlo. Su padre la imitó, acomodándose frente a ella, y cuando arrancó el papel violeta que lo envolvía se encontró con la figura de un hada.
Abrió la boca con sorpresa y miró a su padre.
—Mentira.
—Verdad. —Le sonrió.
—Pero dijiste que…
—Te la hemos comprado entre todos, no te preocupes, Amanda. Eres muy joven para estar preocupada por el dinero.
Cerró los ojos al sentir que le acariciaba la mejilla y se levantó para abrazarlo, dejando antes la figura sobre el papel arrugado.
—¡Me encanta, papá!
—Ahora podré contarte los cuentos de hadas con una gran protagonista —dijo mientras la estrechaba entre sus brazos.
—¡Sí! Cuéntame uno ahora.
Le encantaban las historias de hadas de Escocia, su padre se las sabía todas. O casi todas, porque siempre había tenido la teoría de que algunas se las inventaba, pero le quedaban muy bien, así que ella se las creía y le parecían igual de fascinantes.
—La abuela ya casi tiene lista tu comida de cumpleaños.
—Una rápida, por favor.
Unió las manos bajo la barbilla y su padre miró hacia los lados, comprobando que nadie lo vería rendirse a aquel ruego, antes de suspirar.
Siempre siempre acababa cediendo ante sus súplicas.
***
Mayo de 2009
—Papá está en la panadería, ¿tienes ganas de tu dulce de chocolate?
Sabía que se lo preguntaba porque estaba muy callada, pero le contestó encogiéndose de hombros mientras seguía mirando el suelo. No tenía hambre, no después de tantos días aguantando la misma historia en el instituto.
—¿Te ha pasado algo? —dijo finalmente su madre y ella volvió a contestar con el mismo gesto—. Cariño.
—Me han insultado.
La mujer dejó de caminar, se puso frente a ella para mirarla y le apartó un mechón de pelo escapado de la coleta.
—¿Qué? ¿Qué te han dicho?
—Carabollo.
—¿Por qué?
—Porque soy la hija de los panaderos.
—¿Y ser la hija de los panaderos es malo? —Volvió a encogerse de hombros—. ¿Te acuerdas de lo que te dijo tu padre?
—Que el pan se come todos los días.
—Estamos dando a la gente algo que se consume diariamente, ¿crees que tus compañeros no comen pan o bollería?
—Sí, en el recreo comen…
—Seguro que si gente como tu padre no hiciera pan, lo echarían de menos.
—Pero también dicen que nuestra familia es la más pobre de Melbourne y que nos moriremos de hambre.
—¿Por qué dicen eso?
—Porque nos robaron.
—Nos recuperaremos, Mandy.
Asintió con un movimiento de cabeza, aunque tenía ganas de llorar. Su madre no quedó muy satisfecha con aquella conversación, pero volvieron a retomar el camino hacia la panadería. Le daba mucha pena cada vez que llegaban y se la encontraban vacía, pero su padre no dejaba de hacer pan o bollería ni un solo día. Se aseguraba de tener género de sobra para los que decidieran comprar allí.
Quizás algún día se llenaría de gente.
—Ya estás aquí, cariño —saludó su padre con una gran sonrisa. Esa que nunca perdía.
—Hola, papá —dijo al pasar el mostrador para acceder a la trastienda.
Se sentó en la mesa y se colocó la mochila sobre las piernas sacando los libros y libretas que necesitaba para hacer los deberes.
Los escuchó hablar fuera, pero no prestó demasiada atención, porque ya estaba llorando. Le molestaba que su padre y su madre trabajaran tanto para no conseguir nada. Se merecían todo lo mejor, porque eran los mejores padres del mundo, y le hacía daño que fueran objeto de burla e insultos en el instituto a causa de su negocio.
—Mandy, cariño.
Era su padre y lo miró, sorbiéndose la nariz e intentando que no se notara que estaba llorando, a pesar de que sabía que resultaba evidente. El hombre le secó la mejilla con los dedos.
—Siempre se meten conmigo.
—¿Por ser la hija del panadero? —Ella asintió—. ¿Sabes? No me arrepiento de nada ni debería importarnos eso que dicen, porque creo que es un trabajo muy bonito. Tuve que dejar los estudios cuando el abuelo falleció. —Eso no lo sabía—. Me encargué de la panadería desde entonces, y admito que es muy duro y sacrificado, pero me encanta venir aquí cada mañana, aunque solo compren pan cinco personas. Sé que esas cinco personas lo disfrutan y agradecen poder tenerlo sobre la mesa.
—Pero no me gusta que digan cosas malas de vosotros.
—La gente va a hablar siempre, Mandy. Nos vaya bien o nos vaya mal. Es imposible que lo que hacemos le guste a todo el mundo. Tenemos que aprender a centrarnos en nosotros mismos y preguntarnos si lo estamos haciendo bien y si merece la pena. Si es lo que realmente queremos hacer, si nos gusta…
—¿Y te gusta?
—Este trabajo me encanta, cariño. —Su padre le apartó el mismo mechón que volvió a escapar de su coleta—. Lo que más me gusta es cuando vienes del instituto y meriendas aquí con nosotros, y cuando te manchas por todas partes de chocolate —dijo divertido, pasándole el pulgar por la barbilla.
Soltó una risita al sentirlo y se apartó de él, pero se acordó de que en su instituto no entendían lo increíble que era aquel lugar y su sonrisa se desvaneció de nuevo. ¿Cómo podían no disfrutar de ese sitio, de lo que su padre hacía con tanto cariño…?
—Dicen que somos unos pobres, que nunca tendremos dinero y que nos moriremos de hambre —dijo entristecida y se limpió un par de lágrimas que trataban de escapar por sus mejillas—. No me gusta ir a clase, es una mierda.
—Eh, nada de palabrotas, jovencita.
—Lo siento —murmuró agachando la cabeza—. Pero ellos siempre las dicen…
—No te pongas a su altura. Nos habrán robado. —Oyó unos pasos y al mirar hacia la puerta vio a su madre asomada observando la escena—. Y no tendremos mucho dinero, pero tenemos educación, nos tenemos entre nosotros y somos gente buena, Mandy. No lo olvides.
—Os quiero mucho —susurró y desvió la vista a su madre, que se acercó a ella para abrazarla. La mujer la apretó contra su pecho mientras su padre le agarraba la mano y se la besaba.
—Y nosotros a ti.
—Por cierto, en casa te espera una sorpresa.
—¿Qué sorpresa? —preguntó, dejando atrás aquel malestar e intrigada por la forma en que su padre la miraba con media sonrisa.
—Una sorpresa saltarina.
***
Junio de 2010
—¡Sìthiche!
No sabía cómo corría tanto, llevaba persiguiéndolo un rato, porque como sus padres lo pillaran fuera de la jaula iban a castigarla. Pero es que no podía tenerlo encerrado tanto tiempo, le daba mucha pena.
—¡Sìthiche! —susurró, porque escuchaba voces en la cocina, y su mascota se dirigía directa a ella.
Demonios, iban a pillarla.
—Tienes que decírselo, Jacob.
Paró en seco al escuchar la voz de su madre, ¿estaba llorando?
—Quizás el tratamiento funciona y nos ahorramos asustarla.
—Ahora soy yo la que te lo pide, por favor. Tiene catorce años, no es justo, tiene que saberlo.
¿De qué hablaban?
—No puedo hacerlo, Mariam. No quiero que tenga que enfrentarse a la idea de que su padre…
Silencio, silencio, porque a su padre se le había roto la voz. Se asomó a la puerta y los vio abrazados, lloraban los dos. ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué lloraban? ¿Había pasado algo en la panadería? ¿Les habían robado otra vez?
—¿Y qué vas a decirle si pierdes el pelo?
—Me raparé mañana mismo, no pasa nada.
Su madre se separó de él y lo sujetó por los hombros, jamás los había visto así, mirándose de esa forma tan seria. ¿Por qué iba a perder el pelo su padre?
—Jacob, no seas valiente ocultándolo. Sé valiente explicándoselo.
—Mandy no se merece esto, es todavía una niña y no quiero que… No puedo hacerle esto, ¡joder!
Le sorprendió que su padre dijera una palabrota. Respiró profundo y entró a la cocina. Su padre siempre le decía que tenía que ser valiente y quizás en ese momento necesitaba que lo fuera de verdad, por los tres. Quería que supiera que podía decirle lo que fuera que necesitara decir.
—M-me lo podéis contar. No tengas miedo, papá —dijo convencida, aunque le temblaba la voz.
Sus padres la miraron y entonces Sìthiche hizo acto de presencia, saltando por la cocina. Oh, no… Tenía que pensar algo rápido, porque sus padres miraron a su mascota a la vez antes de devolver la vista a ella.
—Os prometo que quería meterlo en la jaula, pero se me ha escapado y…
Su padre la envolvió en un abrazo y ella se lo devolvió, sin saber qué estaba pasando. Por primera vez en su vida le pareció que era él quien lo necesitaba y no ella.
—Mi niña —dijo en un susurro y le besó el pelo, enseguida sintió que su madre se unía al abrazo—. No sabéis lo afortunado que soy a vuestro lado.
***
Octubre de 2010
No recordaba un día en el que no hubiera llorado. Todos y cada uno de ellos, porque no soportaba ver cómo su padre se iba apagando. No lo soportaba, era sofocante, doloroso y horrible. Sollozó y Cyndi la abrazó con más fuerza.
—Nadie está preparado para estas cosas, Amanda —dijo Cyndi mientras le acariciaba el pelo.
—Solo quiero estar con él, pero no me dejan —protestó entre lágrimas—. Yo también quiero pasar las noches allí, aunque me duela verlo así.
Su amiga estaba siendo un soporte increíble durante esos meses, y se veían a diario, porque la rubia insistió en que necesitaba desconectar aunque fuera por un rato. Pero no era fácil, cuando no estaba con su padre de forma física lo estaba mentalmente.
—Mi madre dice que, si quieres, te lleva al hospital, ya lo sabes.
—Tranquila, cogeré el primer autobús que pase.
—Sigue teniendo esperanza, Amanda.
—La tengo, sé que se va a recuperar, va a volver a casa y estaremos como siempre.
—Seguro que sí.
Dejó que Cyndi la abrazara una vez más antes de levantarse de la cama y dirigirse a la salida de la casa. Se despidió de la madre de su amiga y fue directamente a la parada del autobús que la llevaría de vuelta al hospital. Allí ya la conocían, la saludaban hasta por su nombre. Fue directamente a la habitación de su padre y se encontró a su madre allí, echada sobre la cama y agarrándole la mano. Parecía que los dos dormían, así que trató de no hacer ruido al dejar el bolso sobre el sofá.
Por una parte quería mirarlo, pero por otra verlo así le hacía daño y le daba mucho miedo. Su padre siempre había estado bronceado y su piel ahora estaba pálida, sus brazos fuertes fruto de tantos años trabajando en la panadería se habían debilitado y en esos momentos juraría que estaba incluso más delgado que ella —y eso que desde que supo de su enfermedad tanto su madre como ella habían bajado de peso—, pero había algo que se mantenía inalterable: su sonrisa. A veces le daban ganas de gritarle que dejase de actuar delante de ella, que ver su sonrisa también la hacía llorar. Él quería hacérselo más fácil, protegerla, o eso pensaba ella.
Lo miró de reojo y aguantó las lágrimas mientras se ocupaba de arreglar el jarrón de flores que tenía siempre preparado a su lado. No sabía si le gustaban, pero sonreía al verlas y eso era lo importante. Contempló las marchitas unos segundos antes de separarlas de las que aún estaban frescas. ¿Al final todo es así? Vas apagándote hasta que ya no estás vivo. Hasta que te marchitas.
Ella no quería que su padre muriera, ¿por qué le había pasado eso a él? Si nunca le había hecho daño a nadie, si era bueno, si la hacía reír y la sorprendía con todos sus trucos de magia.
Sintió que la agarraban de la mano y miró a su padre con ojos tristes.
—Sonríe, cariño —le dijo mientras él ya lo hacía.
—Me cuesta mucho —murmuró.
—Siento estar así en el mes de tu cumpleaños.
—No es culpa tuya, papá.
Su madre abrió los ojos y la miró desde el otro lado de la cama, era evidente que había estado llorando. Habían pasado los meses más horribles de sus vidas, pero seguían confiando en que se recuperaría. En agosto pasó unos días bastante bien, pero una vez entró septiembre empezó a empeorar otra vez y tuvieron que cambiarle el tratamiento a otro más fuerte.
—Ven aquí conmigo —le dijo su padre y ella se tumbó a su lado, dejando que le rodeara el cuello con el brazo en el que no tenía las vías—. No os hacéis una idea de lo afortunado que soy de teneros aquí a las dos.
—Os quiero mucho —murmuró, escondiendo el rostro en el pecho de su padre, se le escapó un sollozo y sintió la caricia de su madre en el brazo.
—Y nosotros a ti, Mandy —dijo la mujer.
***
Noviembre de 2010
—Está muy guapa —escuchó la voz de su padre que hablaba desde la cama, ella se hacía la dormida en el sofá e intentó no llorar para que no supieran que estaba escuchándolos—. Cansada y triste —murmuró apenado—, pero muy muy guapa.
—Se parece a ti.
—No mientas, está claro que es igual de guapa que su madre.
Su padre rio y escuchó el sonido de un beso.
—Qué tonto eres.
Sonrió sin querer y esperó que no la pillaran haciéndolo, porque no le gustaba espiar sus conversaciones, pero era la única forma que tenía de enterarse de la verdad, de cómo estaba su padre realmente.
—Siento todo esto, Mariam. Lo siento de verdad. —Abrió un poco un ojo y vio cómo entrelazaban sus manos—. He intentado aguantar por vosotras, te lo prometo.
Ella ya estaba llorando otra vez
—Lo sé, eres muy fuerte y estoy convencida de que vas a poder con esto.
—No, Mariam, no puedo más. Son muchos meses luchando y no puedo más, estoy agotado.
No, papá...
—¿Qué quieres decir, Jacob?
—Que siento mucho dejaros a Mandy y a ti… Que siento haber perdido esta lucha… Que siento dejaros un negocio que no funciona, tantas deudas, estos meses horribles… —Su padre respiró profundamente, ambos estaban llorando—. Solo espero que no os echen de nuestra casa, que aguantéis un poco más, que encuentres un trabajo en el que te paguen bien...
—Jacob, no digas tonterías, por favor. No puedes irte.
—Mariam… —Su padre tosió y ella apretó la manta fuerte con el puño—. Lo siento, de verdad, y os quiero muchísimo y os voy a echar mucho de menos. Y no sabes cómo me jode perder contra esta mierda.
—Jacob…
—Déjame decírtelo, por favor. Gracias por haberme dado la oportunidad de pasar estos años increíbles a tu lado, gracias por haberte enamorado de mí a pesar de ser un tonto, por haber querido formar esta increíble familia conmigo… Amanda y tú habéis sido toda mi vida. Sois mis mejores recuerdos y no me voy a olvidar de ellos, te lo prometo.
—No te despidas, Jacob, aún nos queda mucho tiempo juntos.
—Quiero que te enamores de nuevo, Mariam.
—Yo no…
Al final a ella se le escapó un sollozo, su madre se calló y los dos la miraron.
—Mandy, ven —dijo su padre, que otra vez sonreía, aunque apenas podía mantener los ojos abiertos—. ¿Preparada para un nuevo truco de magia?
—Papá…
—Dime, cariño, ¿qué te gustaría cenar? —No pudo contestar porque lloraba demasiado—. A mí me apetece una de jamón y queso —siguió el juego que compartían desde que era una niña—. Abre mi mano. —Lo hizo y vio unos billetes en ella—. Tráelas para que cenemos en familia, ¿vale?
—Vale, papá.
—Qué mayor te haces… No sabes lo orgulloso que estoy de ti —dijo con los ojos iluminados—. Dale un beso a tu padre, y no tardes, que me muero de hambre.
Se inclinó y le besó la mejilla antes de serenarse y secarse las lágrimas. Hacía semanas que su padre no comía nada.
Cuando volvió con las pizzas, su papá ya se había ido.
***
Noviembre de 2010
Le era imposible dejar de llorar y mucha gente se quedaba mirándola cuando pasaba caminando por su lado, pero ella tenía un objetivo muy claro en la cabeza. Paró frente a la panadería y miró fijamente la fachada unos minutos antes de arrancar el cartel de «Cerrado por enfermedad», arrugarlo y tirarlo al contenedor correspondiente más cercano.
Se secó las lágrimas con el dorso de la mano antes de sacar las llaves que había cogido de casa sin pedir permiso y abrió la puerta. La panadería llevaba cerrada desde julio y se notaba por todos lados que no había entrado nadie en mucho tiempo. Lo primero que hizo fue acercarse al mostrador, casi podía ver a su padre tras él, sonriente como siempre, recibiéndola con un dulce a la vuelta del colegio. Se le escapó un sollozo y se dirigió a la trastienda, a la zona de los hornos y de la pequeña oficina, donde sus padres hacían las cuentas y ella los deberes.
Vio aquella fotografía enmarcada en la que aparecían los tres frente a los hornos mientras calentaban pan, la cogió y la abrazó contra su pecho, arrodillándose en el suelo al notar que sus piernas eran incapaces de sostenerla.
Su papá se había ido.
Su papá se había ido, pero ella podía hacer que siguiera un poco allí.
Se levantó, fue hacia el mostrador y colocó la imagen de su familia junto a la caja, de cara al público. Esa panadería era de su familia y su padre iba a estar orgulloso de ella, estuviera donde estuviese. Buscó las cosas para limpiarlo todo a fondo, quería prepararlo para abrir al día siguiente. Ni el negocio iba a hundirse, ni iban a tener más deudas, ni su madre ni ella se iban a quedar en la calle, porque aquello tenía que funcionar. Tenían que hacer más pan, cuanto más pan hubiera más pan comprarían.
O eso pensaba ella.
Tardó varias horas en dejarlo todo limpio y tuvo que encender las luces a mitad del proceso, porque se le hizo de noche. Nunca había amasado ni calentado pan, pero había visto a su padre hacerlo millones de veces, así que con la libreta donde tenía apuntadas las cantidades y su memoria empezó a hacer la primera tanda de barras de pan.
No salió bien, se le quemó todo y se asustó cuando vio salir tanto humo del interior del horno. Sacó la bandeja y se le cayó al suelo, al ver las barras completamente negras empezó a llorar de nuevo. Casi de inmediato la abrazaron por la espalda y pudo reconocer el olor de su madre.
—Mamá… —sollozó y se giró para poder abrazarla ella también.
—No me des estos sustos, por favor. No desaparezcas así.
—Lo siento mucho, yo solo quería…
—Lo sé, cariño. Lo sé.
—¿Qué vamos a hacer? —dijo entre lágrimas y se separó para mirarla—. ¿Qué vamos a hacer sin papá?
—Papá nos quiere ver unidas, no quiere que nos hundamos.
—No quiero que se vaya…
Aunque ya se había ido.
—Va a estar siempre con nosotras. Me lo prometió y te aseguro que tu padre siempre cumple sus promesas.
Su madre lloraba también, y su voz rota le hacía aún más daño. Se quedaron unos minutos abrazadas sin moverse de allí, después se separó para mirarla.
—¿Qué hacías aquí?
—Quiero que la panadería funcione. Quiero aprender a hacer pan, quiero que esto funcione… por papá.
Su madre pareció dudar unos segundos, con los ojos aún bañados en lágrimas, y observó el sitio de forma detenida.
—¿Lo has limpiado todo? —Asintió al escuchar la pregunta—. ¿Quieres que te enseñe cómo hace el pan la familia Simpson?
Enero de 2011
Su madre le sonreía desde su cama, llevaba sentada allí desde que ella había empezado a vestirse tras salir de la ducha. Sentía que su cara no podía estar más roja y al final se giró para suplicarle que dejara de mirarla así, porque estaba dándole mucha vergüenza.
—Mamá, por favor...
—Estás muy guapa.
—Por favor —suplicó de nuevo.
—Vale, vale. —Su madre rio a la vez que levantaba las manos y alcanzó la revista que había al final del colchón para disimular, porque sabía que en realidad no la estaba leyendo.
Contempló su reflejo en el espejo y se puso los pendientes, mirando de reojo cómo su madre la observaba. Bueno, no iba a decirle nada más, porque la mujer estaba ilusionada con eso que llamaba «cita», lo que la ponía aún más nerviosa.
—Es muy mono —habló, sin poder estar un segundo más en silencio.
—¿Lo has visto acaso? —preguntó al girarse.
—Siempre te acompaña hasta la panadería, claro que lo he visto.
—¿Cómo sabes que ese es Corey?
—Porque no dejas de hablar de él.
Era cierto, casi siempre le hablaba a su madre de lo que Corey le contaba o de lo que hacía cuando le acompañaba a la panadería tras las clases de teatro. Y la verdad era que se había fijado en él y le gustaba un poco.
—Es mono, ¿verdad? —acabó cediendo, a pesar de la calidez de sus mejillas.
—¿Te gusta?
—Sí…
—Lo dices como si no estuvieras segura.
—Me da vergüenza hablar de esto… —confesó—. Sí, sí que me gusta. Es muy atento y divertido, y siempre intenta animarme cuando estoy triste.
—¿Ves? Ya me gusta para ti. —Le guiñó un ojo—. Sabes que puedes contármelo. No voy a juzgarte por que salgas con chicos, tienes quince años.
—Lo sé, mamá. —Se sentó a su lado en la cama y la mujer se acercó para colocarle bien un mechón de pelo.
—Estoy muy contenta por ti.
—Yo estoy contenta por las dos.
—¿Por las dos?
—La panadería —explicó—. Por fin tiene el reconocimiento que merecía.
—Ya sabíamos que si la gente les daba una oportunidad a los ingredientes secretos de tu abuelo, sería un éxito. —Se sonrieron—. Además de que tenemos a la mejor decoradora de interiores —dijo con cariño, acariciándole la mejilla.
—¿De verdad?
—La panadería está preciosa y es gracias a ti.
Sabía que no iba a aguantar demasiado, pero su recuerdo seguía muy presente en sus vidas, apenas habían pasado dos meses. Cada vez que hablaba de la panadería se ponía a llorar. Trabajaba allí por las tardes, porque su madre quería que terminara la educación obligatoria antes de sumarse a la plantilla definitivamente.
—Mamá…
—Chsss… no llores, cariño.
Su madre la abrazó y ella se aferró a su cuerpo, cerrando los ojos para poder sentirla más cerca. Estar así con su madre era perfecto, pero echaba de menos poder perderse en el abrazo conjunto de sus padres, y aunque trabajar, el colegio, el diario, el teatro y, en esos instantes, Corey la tenían demasiado ocupada como para hundirse en sus pensamientos más tristes, seguía pensando en él diariamente. Lo tenía presente siempre.
—Lo echo de menos —susurró y sintió los labios de su madre besándole la coronilla.
—Yo también, mi vida.
***
Septiembre de 2012
—Toma, no quiero que se me olvide dártelo —dijo Corey y ella puso una mueca de sorpresa al ver una pequeña cajita adornada con un lazo—. Dáselo a tu madre cuando la veas.
—¿Qué es? —preguntó con interés.
—Me dijiste que el martes fue su cumpleaños y le cogí algo, es una tontería.
Se llevó la cajita al pecho y lo miró con ilusión. Siempre siempre había sido así de atento con su madre, y con esas cosas conseguía que se enamorara un poco más de él.
—Es todo un detalle, Corey. Muchas gracias.
El chico le dedicó un gesto tímido antes de inclinarse hacia ella, acortando las distancias. Se lamió los labios, preparándose para recibirlo, y sonrió levemente al sentir cómo la besaba con suavidad. Siempre lo hacía así y a ella le encantaba. Le acarició la mejilla y deslizó la mano hasta perderla entre sus rizos. Se había dejado el pelo más largo y de un tiempo a esa parte no podía evitar acariciárselo, cuando se conocieron lo tenía rapado y le gustaba mucho el cambio.
Entreabrieron la boca y no tardó en sentir la lengua de su novio pidiendo permiso para entrar, ella se lo permitió y acompañó el movimiento con un pequeño suspiro. Escuchó su nombre escaparse de los labios de Corey y sus dedos apretados en su cintura. No era la primera vez que estaban así, los dos tumbados en la cama del chico y besándose, pero sí fue la primera vez que alargaron el momento, que se dejaron llevar, tal vez por eso terminó sintiendo algo distinto, algo nuevo.
—Dios, Mandy, lo siento. Lo siento mucho.
Corey se apartó de su cuerpo hasta arrodillarse en la cama y ella tardó unos segundos en reaccionar, porque no se lo había esperado. Cuando se incorporó lo vio ruborizado y con un cojín sobre su regazo. Suponía que tapaba lo que ella acababa de sentir en el muslo.
—N-no pasa nada, Corey…
Sentía cálidas las mejillas y no podía dejar de alternar la mirada entre las manos de su novio y su rostro ligeramente enrojecido por lo que había pasado.
—Mandy… Y-yo… No sé qué decir.
Ella se mordió el labio con el corazón acelerado y se acercó a él para volver a besarlo con suavidad, de la misma forma que siempre. Cuando se separó de él sentía nervios y vergüenza, y estaba segura de que Corey iba a decir algo, pero en el último segundo el chico cambió de idea y le devolvió el beso, esperaba que hubiese entendido lo que quería decirle, porque no sabía si le saldría en voz alta.
Nunca habían hablado sobre el sexo, llevaban más de un año saliendo y no habían ido más allá de aquellas minisesiones de besos. Cyndi ya lo había hecho, varias veces, de la primera hacía ya bastante tiempo… Quizás era hora de dar ese paso y sabía que con Corey iba a ser muy especial.
Volvió a tumbarse en la cama arrastrándolo con ella, y Corey se sostuvo sobre el antebrazo, evitando que sus anatomías entraran en contacto, y le acarició la mejilla.
—¿Estás segura de esto, Mandy? —preguntó en un tono tembloroso que le hizo estarlo un poco más.
Ella asintió con un movimiento de cabeza como única respuesta y recibió su boca en un nuevo beso.
***
Mayo de 2013
—Buenos días, Amanda —saludó Richard, el repartidor que acudía a la panadería con harina y otros ingredientes cada semana.
—Hola, Richard. ¿Cómo estás? —lo saludó y comenzó a hacer hueco para que pasara tras el mostrador.
—Muy bien, hoy hace un buen día. Ni frío ni calor. —Le sonrió—. ¿Y tu madre? ¿No está hoy?
—Sí, está dentro haciendo cuentas, queremos reformar esa parte… —señaló el lugar al que se refería antes de seguir hablando— y hacer una cafetería también.
—Ah, sí, me lo comentó la semana pasada. Me parece una gran idea.
—Gracias. Puedes dejarlo donde siempre.
Richard llevaba trabajando con ellas desde hacía varios años y estaba completamente colado por su madre. Escuchó la voz de la mujer saludándolo y sonrió para sus adentros antes de centrar su atención en un nuevo cliente.
Una vez terminó de despachar a la clientela, se sorprendió al ver entrar a Corey con esa sonrisa tan bonita y se acercó a él para darle un beso en los labios.
—¿Cómo estás?
—Me voy a volver loco, tienes razón.
—Te lo dije. —Le acarició la mejilla con cariño y él volvió a besarla.
—Te envidio porque no vas a la universidad.
—Y yo te envidio a ti porque vas la universidad. —Corey la atrajo hacia él para envolverla en un abrazo.
—Corey, me había parecido escucharte. —Su madre salió en ese momento, seguida por Richard, que se despidió de ellas antes de marcharse.
—Hola, Mariam, ¿cómo estás?
Ella lo abrazó por la cintura y Corey por los hombros.
—Muy bien, tengo que pedirte que vengas este fin de semana a cenar.
—¿Es una súplica? —bromeó el chico alzando las cejas y las dos rieron.
Corey había cogido mucha confianza con su madre después de tanto tiempo juntos.
—No me obligues a hacerlo —le respondió entre risas—. Por favor, estoy nerviosa —acabó suplicando, colocándose las manos bajo la barbilla para darle más efecto.
—¿Qué pasa este fin de semana? —preguntó interesada.
—Viene Richard a cenar.
***
—No puedo, Mandy.
Su madre lo confesó a medio arreglar, escondiendo el rostro entre las manos, sentada en el tocador de su habitación.
—Mamá…
—Voy a llamarlo y a decirle que no venga.
Se adelantó a ella y cogió su teléfono, alejándolo para que no lo pudiera alcanzar. Después se agachó y apoyó las manos en sus rodillas, mirándola con ojos tristes.
—Mamá, papá quería que…
—Pero no puedo —dijo a media voz y con lágrimas deslizándose por sus mejillas—. Todavía quiero a tu padre y no me siento bien haciendo esto.
—Vas a querer a papá siempre. —Se quedaron mirándose unos segundos en silencio—. Imagina que no es una cita, es un amigo que viene a cenar con tu hija y su novio, solo vais a conoceros mejor fuera de la panadería, no tiene por qué pasar nada entre vosotros hoy, ni nunca si tú no quieres.
—¿Por qué eres así?
—Así, ¿cómo? —dijo con timidez y bajando la mirada a sus manos cuando su madre las sujetó entre las suyas.
—Estás dándole consejos a tu madre.
—Porque quiero que seas feliz.
—Normalmente los hijos no quieren que sus padres conozcan a otras personas cuando…
—Sería absurdo ponerme en plan inmadura porque mi madre quiera estar con alguien. Además, era el deseo de papá, que volvieras a enamorarte, y Richard es muy simpático. Me cae bien.
—No estoy muy segura, Amanda.
—Date una oportunidad.
***
—Gracias por venir esta noche, mi madre estaba muy nerviosa… —dijo al meterse junto a Corey en la cama.
—Gracias a tu madre por invitarme. —Le sonrió y ella se acercó para besarle la frente.
—¿Estás cansado? —susurró, acomodándose en el colchón sin dejar de mirarlo mientras jugueteaba con sus rizos rebeldes.
—Mucho, pero me ha venido bien desconectar de los exámenes finales.
—Cuando tengas el título en Medicina vas a olvidar muy rápido estos días —dijo y le acarició con los dedos la frente y la nariz—. Estoy muy orgullosa de ti, ¿lo sabes?
—Lo sé. —Se sonrieron y Corey buscó sus labios en un beso rápido.
Después ella se colocó bocarriba y su novio se acurrucó a su lado, apoyando la cabeza en su pecho. Sonrió y lo abrazó tras darle otro beso, esa vez en la coronilla. Le acarició la espalda para que se relajara y facilitar que se durmiera.
—¿Has puesto el despertador? —preguntó Corey de repente.
—Lo tengo siempre puesto.
—¿No puedes ponerlo para un poco más tarde? —La apretujó más con su brazo—. Por favor, así dormimos un poco más.
—Pero tengo que ir a trabajar…
—He traído el coche, te dejo en la puerta antes de irme.
—¿Seguro?
—Seguro. Solo media hora más.
—Está bien.
Estiró su brazo libre y cogió el reloj para atrasar la alarma antes de volver a abrazarlo, notando cómo se iba quedando dormido poco a poco.
***
Abril de 2014
—Mandy, respira conmigo —dijo Corey al teléfono, pero ella no podía dejar de sollozar.
—¿Por qué no me ha dicho nada? ¿Está pasando otra vez?
—No, cariño, seguro que no. Tu madre tendrá una explicación, será una simple cualquiera.
—¿Cómo lo sabes?
—Escúchame, mi amor, mándame las fotos y te digo. —Ella se limpió las lágrimas de las mejillas, pero enseguida fueron sustituidas por más—. Para algo he estudiado Medicina, aunque te aseguro desde ya que no será nada.
—V-vale, te las mando.
—Y no te preocupes.
—Voy a colgar y te las envío, pero no tardes, por favor —pidió.
—Te lo prometo y, si me necesitas, sabes que estoy allí en dos segundos.
—Lo sé.
Colgó el teléfono, miró la ecografía que había encontrado escondida en un cajón y se puso a llorar de nuevo. Y no habría pensado que se trataba de nada malo si no fuera porque, uno, estaba escondida y, dos, su madre no le había dicho absolutamente nada de que iba al médico. ¿Por qué no se lo había dicho si se lo contaban todo?
Le envió las fotos a Corey y justo en ese momento escuchó que llamaban a su puerta. Se sorbió la nariz y buscó un clínex a la vez que se giraba para ver a su madre entrar, distinguió media sonrisa en su rostro, pero al verla llorando enseguida desapareció dando pasó a un gesto preocupado y no tardó en tenerla al lado.
—Mandy, ¿qué ha pasado? ¿Por qué lloras? —Su madre la tomó por las mejillas, acariciándoselas con los pulgares, y ella sollozó de nuevo, porque ¿qué iba a hacer si ella se iba también?
—Mamá… —dijo en un hilo de voz y la abrazó por la cintura, escondiendo el rostro en su vientre.
—Dios… —la escuchó decir y cuando levantó la vista descubrió que miraba el escritorio—. Ya lo has visto…
—No he querido husmear, pero buscaba el reloj que me dejaste una vez y…
Se incorporó secándose las lágrimas y conectando sus miradas.
—¿Y qué piensas?
—Que no quiero que te vayas tú también.
Su madre frunció el ceño al oírla, como si no le encontrara sentido a aquella respuesta, y eso la descolocó, así que frunció el ceño ella también.
—Cariño… —dijo y observó la ecografía antes de volver a mirarla—. Estoy embarazada.
Por un momento le costó reaccionar y dejó que el alivio más grande de su vida levantase aquella pesada losa que llevaba horas aplastándole el pecho. Dos segundos después abrió la boca para hablar, pero no le salió la voz, así que cogió la ecografía y la contempló con sorpresa antes de empezar a llorar de nuevo por razones diferentes.
—¿D-de verdad? —preguntó repentinamente ilusionada.
—De verdad —confirmó la mujer y ella posó la mano sobre su barriga.
—¿Voy a tener un hermano?
—O una hermana. —Su madre a esas alturas también se había emocionado—. No te lo he dicho antes porque no sabía cómo ibas a reaccionar, sé que lo de Richard quizás está yendo demasiado rápido, pero es mi culpa, cariño, es mi culpa, porque a veces me siento débil y me da la impresión de que no estoy haciéndolo bien, de que mereces más, de que necesito ayuda…
—¿Ayuda?
—Quiero darte lo mejor, Amanda, quiero darte todo lo que tu padre quería darte, y ahora estoy embarazada y Richard vendrá a vivir aquí... Quizás pueda hacerlo ahora.
—¿Qué quieres decir?
—Siempre has querido estudiar, así que tu padre y yo abrimos una cuenta para poder pagarte la universidad, me hizo prometerle que seguiría ingresando dinero en ella, todo el que pudiera, pero tuve que usarla para pagar facturas y me sentí muy mal por ello, fatal —dijo en un hilo de voz—. Dios, tu padre se habría enfadado seguro. Cuando se trataba de ti… —suspiró entre lágrimas antes de sonreír, porque siempre lo hacía al recordarlo—. Luego la panadería empezó a ir muy bien y ya hace varios meses que hay dinero suficiente en esa cuenta y nunca me he atrevido a decírtelo, porque… —agachó la mirada.
—Porque… —la ayudó.
—Te necesitaba a mi lado, Mandy. —Se sostuvieron la mirada en silencio, le encantaba que tuvieran la confianza suficiente como para decirse esas cosas y llorar juntas, pero no se había esperado que su madre reconociera algo así tan a las claras—. He sido una egoísta, te quería aquí conmigo, pero no te mereces eso, cariño. Tú no.
—Mamá…
—Ese dinero es tuyo y vas a poder estudiar lo que querías, o si te interesa otra carrera ahora, aunque eso implique que te vayas de aquí. Seré una de esas madres pesadas que llaman a sus hijas a todas horas, porque necesito saber que estás bien, pero te doy permiso para colgarme e ignorarme de vez en cuando.
—No voy a ir a ningún lado.
—Demonios, Amanda, no te preocupes por mí, la madre aquí soy yo. ¿Sabes lo que me dijo tu padre? —preguntó con un sollozo y ella negó—. Estaba enfadado porque no podría verte graduándote en Periodismo, pero… —A su madre se le quebró la voz y ella la abrazó fuerte, con la garganta contraída y aquel dolor punzante en el pecho, cada vez que hablaban así de su padre terminaban llorando las dos, imposible de evitar—. Nos está viendo, Mandy, lo siento por todos lados.
—Yo también —confesó mientras su madre le acariciaba el pelo.
—Vas a tener un hermano, tengo que aprender a no quereros solo para mí. Es vuestra vida, no la mía… Y quiero que seáis felices. Quiero que seas feliz, Mandy.
—No quiero irme a ningún lado, mamá —repitió—. Es mi vida y está aquí —dijo y se apartó de su cuerpo para poder mirarla a los ojos—. Mi vida ahora está en la panadería, es lo que me hace realmente feliz.
Antes tenía otros sueños, muchos planes por hacer, hablaba de estudiar Periodismo y marcharse de allí. Antes no sabía lo que pasaría después, que los planes cambiaban y los sueños también. Que el suyo pasaría a ser cumplir el de su padre.
***
Enero de 2015
—¿Y cuándo dices que os casáis? —preguntó Cyndi.
—¿Qué?
—Corey y tú.
—¿Qué dices? Somos muy jóvenes para casarnos.
—¿Te quieres casar con él? ¿Tener hijos?
—Cyndi, no me planteo esas cosas ahora mismo…
Sonrió de forma tímida, dando un sorbo a su refresco.
—Vamos, Mandy, mientras yo te cuento que he dejado a mi vigesimoprimer novio, tú sigues con Corey en el paraíso. Esto se pone serio.
—Ha sido serio desde el principio.
Se rio mientras observaba a su amiga.
—Sí, bueno, ya me entiendes. ¿Cuánto tiempo lleváis juntos?
—Desde 2011.
—¿Tanto?
—Sí.
—Tu primer beso, tu primer novio, tu primera vez, tu primer y último marido. Es idílico.
—Idílico. No me creo que tú hayas dicho eso.
—Lo sé, lo sé. —Cyndi descansó la barbilla sobre la mano inclinándose hacia ella sobre la mesa—. La universidad es lo peor.
—No bromees, estás pasándotelo bomba.
Ambas soltaron una risita.
—Ojalá estar pasándomelo bomba en la universidad contigo.
—Bueno, digamos que he sido afortunada y tengo trabajo.
—Me alegra que la panadería vaya tan bien…
—Y yo. Seguro que mi padre está moviendo hilos allí arriba para ponérnoslo fácil.
—Seguro. —Cyndi le sonrió—. Y seguro que a Corey le encanta.
Estaba a punto de contestarle que seguro que sí, pero su móvil empezó a sonar justo en ese momento, al comprobar quién llamaba descubrió que era Richard y descolgó al instante con el corazón latiéndole como loco. El novio de su madre no la llamaba casi nunca, así que estaba segura de lo que iba a decirle.
—Mandy, vamos hacia el hospital. Tu hermano está a punto de nacer.
***
Enero de 2016
—¿Qué prefieres? ¿La ciudad o las Highlands?
Aquella pregunta llamó su atención y dejó el jarrón de flores a medio arreglar, dos interrogantes y ya estaba sonriendo. Desvió la mirada a Corey, que estaba tumbado en su cama, llevaba unos minutos extrañamente callado y jugueteando con su teléfono.
—¿Hablas de Escocia?
—Sí, claro. Las Highlands están en Escocia, ¿no?
Ella se levantó de la silla frente al escritorio y caminó hacia la cama.
—¿Estás planeando un viaje, Corey?
Demonios, es que la llevaba a Escocia y se desmayaba. Literalmente.
—¿Qué dices? Para nada.
—¿En serio? —preguntó y se miraron divertidos.
—Tienes que creerme.
—Pues no te creo —negó en tono risueño mientras se acomodaba sobre él.
—Vale, he estado pensando que cuando empiece a trabajar y ahorre suficiente dinero iremos a Escocia —dijo mirándola fijamente, y ella tuvo que sonreír al verlo tan serio, porque significaba que lo decía de verdad—. Pero tiene que ser un viaje largo, tenemos que verlo todo.
—Debes de ser el mejor chico del mundo.
Corey unió sus labios de forma muy suave.
—A lo mejor —murmuró antes de besarla de nuevo—. Creo que tengo mucha suerte de que quieras estar conmigo.
La frase activó una fibra sensible en su interior e iba a contestarle, pero el chico atrapó sus labios a la perfección.
—Te quiero —susurró Corey antes intercambiar posiciones colocándola cuidadosamente sobre el colchón.
Se miraron unos segundos antes de darse un nuevo beso.
—Y yo a ti —suspiró y cerró los ojos al sentir cómo le acariciaba la pierna por encima de las medias que llevaba ese día.
Se le agitó la respiración cuando su novio empezó a besarle el cuello y no tardó en sentir que Corey estaba excitándose. Se mordió el labio inferior y deslizó la mano entre sus cuerpos para acariciarlo sobre el pantalón, pero el chico la frenó, buscó el inicio de sus medias y empezó a bajárselas.
