A las puertas de Numancia - África Ruh - E-Book
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A las puertas de Numancia E-Book

Africa Ruh

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Beschreibung

Cuando tu enemigo puede convertirse en tu hogar. En el año 154 a. C., la joven aristócrata Cassia se ve embarcada en un viaje accidental a Hispania, donde los feroces celtíberos se han rebelado contra el poder de Roma. Su intención es zarpar de vuelta a casa en el primer barco, pero sus planes se truncan cuando se convierte en la prisionera de una tribu de salvajes y debe casarse con su líder, Leukón, para sobrevivir. Atrapada en la ciudad de Numancia, Cassia se siente cautivada por el primitivo y fascinante mundo de los celtíberos y por la nobleza de su esposo bárbaro. Y comprende que debe tomar una decisión: permanecer fiel a Roma... o entregarse a su nueva vida a pesar de la guerra que amenaza con destruir aquello que ama.

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Seitenzahl: 365

Veröffentlichungsjahr: 2019

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra. www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2017 África Vázquez Beltrán

© 2019 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

A las puertas de Numancia, n.º 182 - 10.4.19

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total oparcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de HarlequinBooks S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situacionesson producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente,y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos denegocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, HQN y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y susfiliales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradasen la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imágenes de cubierta utilizadas con permiso de Fotolia.

 

I.S.B.N.: 978-84-132-8157-5

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Nota de la autora

Prólogo

I

II

III

IV

V

VI

VII

VIII

IX

X

XI

XII

XIII

XIV

XV

XVI

XVII

XVIII

XIX

XX

XXI

XXII

XXIII

XXIV

XXV

XXVI

XXVII

XXVIII

XXIX

XXX

XXXI

XXXII

XXXIII

Epílogo

Agradecimientos

Si te ha gustado este libro…

 

 

 

 

 

Para Nacho, mi amor. Por viajar conmigo a Numancia, al pasado y al futuro. Por dejarme compartir contigo este presente tan bonito que tenemos.

 

Para Marta, mi equipo. Porque tengo este libro en mis manos gracias a ti.

 

 

 

 

 

Billow and breeze, islands and seas,

mountains of rain and sun.

All that was good, all that was fair,

all that was me is gone.

 

Niebla y brisa, islas y mares,

montañas de lluvia y sol.

Todo lo que estaba bien, todo lo que era justo,

todo lo que yo era se ha ido.

 

Skye Boat Song, Bear McCreary

Nota de la autora

 

 

 

 

 

Querida lectora, querido lector:

Este libro es el resultado de un largo camino que comenzó en mayo de 2016, cuando decidí visitar el yacimiento de Numancia. Por aquel entonces, yo ya quería escribir una historia que tuviese como telón de fondo lo ocurrido en dicha ciudad celtíbera durante la ocupación romana de la península ibérica, pero aún no sabía quiénes iban a ser sus protagonistas.

Tras visitar las ruinas (envuelta en no uno, sino dos abrigos que el personal del yacimiento tuvo la amabilidad de prestarme para que el cierzo no me convirtiera en un cubito de hielo), vi un monumento dedicado a los héroes de Numancia y un nombre me llamó la atención: Leukón. Fue entonces cuando me tomé la libertad de imaginar un pasado para ese nombre.

Escribí la primera versión de A las puertas de Numancia en 2016 y un año después se publicó en formato digital gracias a que HarperCollins Ibérica apostó por ella. Sin embargo, el libro que tienes en tus manos no es el mismo que vio la luz entonces. Y es que en 2018, apoyada por mi editora Elisa, decidí completar la historia de Cassia y Leukón con unas cuantas páginas extra, un final algo diferente y grandes dosis de amor por este relato ficticio ambientado en un escenario histórico apasionante.

Puesto que has decidido viajar conmigo a un pasado de bosques y niebla, dioses antiguos y amores eternos, solo puedo darte la bienvenida y desearte una feliz lectura. ¡Nos vemos a las puertas de Numancia!

Prólogo

 

 

 

 

 

Roma, 150 a. C.

 

En el año 154 a. C., el Senado romano ordenó el envío de treinta mil legionarios a Hispania. Dirigidos por el cónsul Nobilior, esos hombres iban a llevar a cabo una importante misión: derrotar a los feroces celtíberos, un pueblo bárbaro que se había atrevido a desafiar el poder de Roma.

Los celtíberos, atrincherados en Numancia, se preparaban para el ataque. De ellos se decía que eran los guerreros más violentos de Occidente, y que tenían a los dioses de su parte. Unos dioses antiguos, ocultos, que vivían en los bosques y montañas, en las cascadas y arroyos; unos dioses desconocidos y temidos por todo el mundo civilizado.

La guerra fue dura. Y, como todas las guerras, fue cruel. Pero yo, Cassia Minor, no tendría que haberla padecido; yo solo era una muchacha romana que vivía en el bullicioso puerto de Ostia. Hija del afamado centurión Cassio Aquila, héroe de la guerra contra Cartago, no tendría que haber sabido nada de los celtíberos salvo por las noticias que mi padre nos enviaba desde el frente por medio de un mercader griego llamado Alexis.

Sin embargo, los dioses quisieron que una serie de acontecimientos me hiciesen vivir la guerra de Hispania en mis propias carnes.

O quizá fue el destino. No lo sé.

En cualquier caso, jamás he olvidado esa guerra. Ni a los hombres y mujeres que participaron en ella. Cierro los ojos y veo sus caras, oigo sus nombres, quiero llamarlos y no puedo. Porque todos se han ido ya.

Uno de ellos fue y sigue siendo el amor de mi vida. Aunque hoy ya no camine sobre la tierra, dejó en mí el recuerdo de los caballos y la tierra agreste, de los altos pinos y los lirios perfumados, de los dioses salvajes y los amores apasionados a la luz del fuego. Dejó en mí los gritos de un guerrero, los besos de un amante y el corazón de un hombre bueno.

Dejó en mí una huella más profunda que el tiempo, que aún no ha podido curar mi nostalgia. Y a veces, cuando enciendo una hoguera y contemplo las llamas que se elevan hacia las estrellas, todavía puedo sentirlo a mi lado.

I

 

 

 

 

 

Puerto de Ostia, 154 a. C.

 

No pretendía espiar, de ninguna manera. Pero al pasar por el atrio escuché mi nombre y no pude evitar detenerme.

—¿Cómo voy a decírselo a Cassia?

Era la voz de mi madre. Estaba hablando con el capitán Alexis, que había venido a visitarnos aprovechando su tarde libre; yo había ido a recibirlo a la puerta y le había ofrecido higos y vino dulce, pero luego lo había dejado a solas con mi madre para que los dos pudieran despachar sus asuntos cómodamente.

—Con sensatez, querida —le contestó él—. Ella ya sabe que su padre es centurión, y un centurión no puede abandonar a sus tropas. No ahora que se avecina otra guerra en Hispania.

Aquellas palabras aceleraron mi corazón. ¿Otra guerra? ¿Papá iba a librar otra guerra? ¡Y en Hispania, esa tierra de bárbaros!

Siempre cautelosa, me acerqué a la entrada del tablinum, donde mis padres recibían a las visitas más distinguidas y a los amigos íntimos. El atrio estaba envuelto en las sombras de la tarde, pero el sol poniente aún alumbraba las aguas del impluvium, tiñéndolas de oro, y los mosaicos del suelo. Me situé junto a nuestro pequeño altar doméstico, cuyo fuego ardía día y noche, y traté de ver la expresión de mi madre a través de la cortinilla de humo.

Estaba de pie, sosteniendo una copa de vino que apenas había probado. El capitán Alexis, por su parte, se había reclinado en un diván y mordisqueaba un higo con aire pensativo. Ninguno de los dos reparó en mi presencia.

—Él dijo que estaría en la boda de Cassia —suspiró mi madre—. Aseguró que, para entonces, los lusitanos ya estarían bajo control.

—Y lo están —dijo el capitán—. Esos pastores harapientos no tienen nada que hacer contra las legiones romanas, pronto entregarán las armas. O morirán luchando, lo cual, a efectos prácticos, es lo mismo. —Alexis se miró las uñas—. Pobres diablos.

—¿Entonces? —Mi madre parecía impaciente.

—Querida, la nueva guerra no es contra los lusitanos. —El capitán sacudió la cabeza con pesar—. Es contra los celtíberos.

Mi madre ahogó una exclamación de asombro. Yo también lo hice.

Mi padre nos había hablado de los celtíberos, un conjunto de tribus salvajes que vivían en la Hispania Ulterior, la zona más agreste de la Península Ibérica. Eran tan fieros que hacían que los otros pueblos hispanos, como los íberos e incluso los lusitanos, pareciesen gentes civilizadas.

Alexis confirmó mis peores temores:

—Si los rumores son ciertos, Roma nunca se ha enfrentado a un enemigo tan temible como ese. A su lado, Púnico y su ejército de lusitanos y vetones no son más que un puñado de chiquillos traviesos.

—Pero ¿por qué ahora? —gimió mi madre—. ¡Cassio nos contó que los celtíberos habían hecho un pacto con Roma!

—Y lo hicieron —el capitán asintió—. El cónsul Graco los convenció. Pero parece que ha habido problemas con una tribu… Los belos, si mal no recuerdo. Por lo visto, querían amurallar su ciudad, Segeda, y eso iba en contra del acuerdo. Uno de sus líderes fue invitado a explicarse en el Senado, pero salió de allí dando gritos…

Un acceso de tos interrumpió su discurso. Tuvo que beber un sorbo de vino antes de concluir:

—Un desastre, vaya. No se puede dialogar con esa gente.

—¿Y qué va a pasar ahora? —preguntó mi madre retorciéndose las manos.

Yo me estaba preguntando lo mismo. Encogida en el atrio, con los ojos fijos en el altar, rezaba a nuestros espíritus protectores, los lares, para que trajesen a mi padre de vuelta lo antes posible.

Nunca había estado en Hispania, pero había escuchado toda clase de historias en el foro. Y ninguna me gustaba. Mi boda era lo de menos: quería que papá volviese para tenerlo en casa, a salvo, lejos de aquellas bestias que no conocían la civilización.

El capitán Alexis suspiró y se limpió los dedos pringosos en un cuenco de agua.

—De momento, el Senado ha enviado al cónsul Nobilior con treinta mil hombres para que impidan la construcción de esa dichosa muralla. Además, nos ha pedido a los mercaderes que llevemos suministros para el ejército. Mi barco zarpa mañana temprano a Ampurias por ese motivo.

—¿Podrás llevarle un mensaje a mi esposo?

El capitán alzó la vista y apretó los labios.

—Me temo que no será posible, querida. Tu esposo está en la Hispania Ulterior, y yo no pienso salir de la Citerior. De hecho, pretendo no poner un pie fuera de Ampurias. Tan pronto como haya descargado las mercancías en el puerto, volveré a Ostia y trataré de olvidarme de esas horribles tierras occidentales. No dan más que problemas.

Mi madre se quedó callada. Yo imaginé que tendría sentimientos encontrados.

—Lo lamento, de verdad —añadió Alexis en voz baja—, pero yo no soy un guerrero. Me dedico al comercio, y el comercio y la guerra nunca se han llevado bien. No quiero que ningún salvaje melenudo me persiga hasta mi barco, ¿comprendes?

—Comprendo —murmuró mi madre— y no puedo reprochártelo, mi querido amigo. Es solo que…

—Lo sé. Sé que nunca es fácil esperar.

El sol ya se había puesto. El humo del altar ascendía en volutas hacia un cielo púrpura y yo me quedé contemplándolo durante unos instantes.

«Buena suerte, papá», le deseé mentalmente. Como si aquel humo pudiese hacerle llegar mis palabras hasta el otro lado del Mediterráneo.

El capitán Alexis se puso en pie. No era un hombre alto, pero mi madre le llegaba por la barbilla. Yo me parecía a ella en la baja estatura y la cara llena de pecas; de mi padre, en cambio, había heredado el pelo liso y los ojos pardos. El capitán solía decir, medio en broma, que papá y yo no parecíamos romanos, mientras que mamá era la viva imagen de la diosa Vesta: menuda, rolliza, con los rizos castaños y la boca pequeña y amable.

—Si te sirve de consuelo, querida —le dijo Alexis entonces—, yo sí estaré en la boda de Cassia. El viaje a Hispania solo dura unos días, por lo que espero estar de vuelta en breve. Y con regalos, por cierto.

—Gracias, capitán. —Mi madre le dirigió una sonrisa apesadumbrada—. Tu presencia aliviará mi angustia. Además, ya sabes lo mucho que te aprecia Cassia.

—Yo también la aprecio, aunque aún me cuesta pensar en ella como en una mujer. Parece que fue ayer cuando me pedía que la llevara conmigo en una de mis travesías…

Escuché la risa de Alexis peligrosamente cerca del atrio y di un paso atrás, ocultándome tras el muro. No quería ser descubierta escuchando a hurtadillas.

Sin embargo, aún no me decidía a marcharme. Lo que había escuchado sobre mi padre y la dichosa guerra hispana me había dejado demasiado impactada.

—A propósito, ¿cómo está esa esclava de tu hija, Melpómene? —preguntó el capitán entonces.

Fruncí el ceño. Melpómene era griega, como Alexis, y últimamente los dos parecían traerse algo entre manos. Yo no podía evitar preguntarme qué sería.

—Sigue enferma —respondió mi madre—. Esas dichosas fiebres…

—En los puertos están cayendo como moscas —comentó Alexis. Mi madre debió de poner mala cara, porque se apresuró a rectificar—: Pero la muchacha es joven y está bien alimentada. Envíale recuerdos de mi parte, ¿quieres? Por muy esclava que sea, somos paisanos.

—Paisanos —repitió mi madre con tono suspicaz—. Claro.

Me asomé nuevamente y vi que el capitán se echaba la capa azul por encima del hombro. Decidí que había llegado el momento de escabullirme, pero no pude olvidar aquella conversación.

Mi padre tardaría meses en volver de Hispania, quizá años. Porque antes tendría que hacer frente a los guerreros más sanguinarios de Occidente, que habían decidido levantarse en armas contra Roma pese a todos los esfuerzos que había hecho el Senado por negociar.

Era terrible, pero yo no podía hacer nada al respecto. Solo rezarles a los dioses y aguardar el regreso de papá sin perder la esperanza. Mi boda con Máximo Escauro ya estaba organizada y ni siquiera su ausencia podría retrasarla; por otro lado, si él volvía de Hispania y me encontraba con su nieto entre los brazos, se sentiría inmensamente feliz.

Ese pensamiento me animó un poco y, decidida a hacer exactamente lo que se esperaba de mí, fui al encuentro de Melpómene.

II

 

 

 

 

 

Melpómene estaba tosiendo cuando entré en su habitación, un pequeño cubículo en el que apenas cabíamos las dos juntas.

—¡Ama! —exclamó apurada—. Lo siento…

Su pecho se agitó cuando reprimió un nuevo ataque. La había dejado tumbada en su jergón, bien arropada, pero ella se había encargado de destaparse otra vez. Estaba sudando y sus pálidas mejillas se habían teñido de rojo.

—«Cassia», no «ama» —le recordé, como de costumbre, y me arrodillé a su lado—. No pidas perdón, tontorrona. ¿Cómo te encuentras?

Me acerqué a ella y le aparté los rizos húmedos de la frente. Aún estaba ardiendo.

—Mejor que antes.

—No sabes mentir —suspiré.

Había un cántaro junto al lecho, pero estaba vacío. ¿Dónde estaban los demás esclavos cuando se los necesitaba?

—Espérame, voy a por agua —dije incorporándome.

—No es necesario…

La ignoré. Melpómene hubiese preferido morirse de sed antes que correr el riesgo de molestarme, y yo solía decirle que tenía que revisar sus prioridades. En realidad, me gustaba hacer cosas por ella porque así me sentía menos culpable por el hecho de ser su ama.

Había pocos esclavos en mi casa. Teniendo en cuenta que mi padre era centurión del ejército, hubiésemos podido contar con un nutrido grupo de ellos, pero mamá solía decir que prefería vivir con sencillez. Aun así, mi padre había comprado a Melpómene durante su primer viaje a Hispania, en el mercado de Ampurias, pues consideraba que una esclava griega no solo me haría compañía, sino que también podría enseñarme su lengua y sus costumbres; por aquel entonces, Melpómene tenía ocho años y yo, tres.

Melpómene y yo habíamos crecido juntas. Éramos ama y esclava, y también mejores amigas. A veces sorprendía a la gente mirándonos con desaprobación cuando íbamos al foro o a los templos de la ciudad, ya que solíamos caminar cogidas del brazo, cuchicheando y riendo por lo bajo; Melpómene se sentía incómoda cuando se daba cuenta, pero yo jamás la apartaba de mí: no pensaba renegar de ella, ni en público ni en privado. Era una de las personas más importantes de mi vida, la hermana mayor que me hubiese gustado tener.

—Luego te traeré leche con miel —dije para animarla—. Espero que te la bebas toda.

—Eres muy buena conmigo, ama.

—«Cassia» —insistí—. No lo hago por ti, sino por mí: quiero que estés totalmente recuperada el día de mi boda.

—¿Has visto a Máximo Escauro últimamente?

—La verdad es que no.

Sentí una pizca de culpabilidad al decir aquello. Máximo Escauro era joven, atractivo y muy popular; mi matrimonio con él iba a otorgar a mi familia una excelente posición, y mis padres no habían dejado de recordármelo desde que nos comprometimos. Nosotros, los Cassios, no éramos patricios, sino plebeyos, pero las hazañas bélicas de mi padre nos habían hecho alcanzar un estatus envidiable dentro de la aristocracia romana. Mi boda con Máximo iba a culminar ese recorrido, convirtiéndonos en un auténtico linaje patricio y cumpliendo el sueño de papá y mamá.

Esa idea me ponía un poco nerviosa porque, aunque Máximo era un buen partido y me gustaba, apenas nos conocíamos. En las últimas semanas, afortunadamente, habíamos paseado juntos, nos habíamos besado a escondidas e incluso habíamos hecho algunas de esas cosas que se supone que no hay que hacer antes de la boda. Había sido bastante agradable. Yo tenía cuidado: todos los días bebía una infusión de hierbas que me impediría quedarme embarazada hasta después del banquete nupcial, lo cual tranquilizaba mi conciencia. Una parte de mí sabía que, a pesar de que aquello no estuviera del todo bien, el placer físico me permitía acercarme a Máximo, y era importante que me acercara al que iba a ser mi marido. Incluso si tenía que romper unas cuantas normas para lograrlo.

Además, Máximo sabía complacer a una mujer.

—Estoy deseando que llegue la boda —suspiró Melpómene—. Y verte caminar con un velo blanco y una corona de flores en la mano.

—Pues ya sabes lo que tienes que hacer: recuperarte lo antes posible.

Mi amiga sonrió débilmente. Tenía los dientes muy separados, algo que le otorgaba cierto aire aniñado. Puede que fuese la mayor de las dos, pero a mí me encantaba cuidar de ella.

Mientras le daba de beber, recordé algo:

—Por cierto, el capitán Alexis ha estado aquí y te ha mencionado.

Los ojos verdes de Melpómene se abrieron de par en par.

—¿Ha pedido verme?

Yo me mordí el labio inferior. No, no me había pedido nada: después de todo, yo lo estaba espiando. Pero no creía necesario aclarar ese punto, Melpómene siempre se escandalizaba con esas cosas.

—Eh… No, la verdad es que no. Solo le ha preguntado a mi madre cómo estabas.

La mirada de mi amiga se apagó. Yo carraspeé:

—Esto… Melpómene, querida, ¿el capitán y tú tenéis algo así como… un romance?

Su decepción se convirtió en asombro en cuestión de segundos. Al cabo de un momento, dejó escapar una risilla nerviosa:

—¡Dioses, no! No es lo que tú piensas, am… Cassia. Es solo que…

—¿Sí?

—Tengo entendido que el capitán ha encontrado… información.

—¿Información?

—Sobre mi padre.

—Oh.

Ese tema era delicado.

Papá había comprado a Melpómene sin saber que su padre también estaba siendo subastado en Ampurias; nos enteramos de eso después, cuando ella ya vivía con nosotros y se atrevió a contárnoslo. De haberlo sabido antes, mi padre hubiese comprado también al padre de mi amiga: ningún hombre decente sería capaz de separar a una familia, y papá era el hombre más decente que yo había conocido nunca. Pero, cuando regresó a Ampurias y fue al mercado, el padre de Melpómene ya había sido vendido a otro romano hacía tiempo.

—Al parecer, el romano que compró a papá vive en Tarraco —murmuró Melpómene—. El capitán Alexis lo conoció por casualidad cuando estaba vendiéndole garum a su dueño: se enteró de que era griego, hablaron un poco y el capitán me mencionó. Dice que mi padre se llevó una gran alegría al saber que yo estaba bien.

Los ojos de mi amiga estaban húmedos. Yo sabía cuánto significaba su padre para ella. Busqué sus pequeñas manos y las tomé con cariño entre las mías.

—¡Pero eso es maravilloso, querida! Por lo menos, ahora sabes dónde está.

—Yo… le había escrito una carta —suspiró ella señalando algo que había a sus pies.

Entonces me fijé: junto a su lecho había un cálamo, un tintero y un rollo de papiro primorosamente atado con un cordel. Muchos esclavos sabían leer y escribir, pero Melpómene disfrutaba especialmente haciéndolo, por lo que no me había llamado la atención ver sus útiles de escritura cerca de ella.

—¡Por Júpiter, mujer! ¿Por qué no me lo has dicho antes? ¡Le hubiese dado tu carta a Alexis!

—Yo no sabía que estaba aquí, ama.

—Es una lástima. —Iba a decirle que lo haría la próxima vez que viniese, pero me mordí la lengua al ver que ella cerraba los ojos y rompía a llorar silenciosamente—. ¡Melpómene!

—No te preocupes, ama, digo, Cassia —farfulló ella secándose la cara con impaciencia—. Es la fiebre, que me pone sensible. Se me pasará, te lo prometo.

Respiré hondo y me di cuenta de lo injustas que podían llegar a ser las cosas. Yo temía por la vida de mi padre, que iba a luchar contra los celtíberos en Hispania, pero él era un centurión del ejército romano, un hombre libre que había escogido su propio camino y volvería a casa cuando la guerra terminara, junto a su mujer, su hija y quizá un nieto o dos. No le faltarían riquezas ni reputación, ni el calor de un hogar.

El padre de Melpómene, por el contrario, no se pertenecía a sí mismo, sino a un tarraconense. Incluso si su amo se portaba bien con él, lo más probable era que jamás volviese a cruzar el Mediterráneo, que no volviese a abrazar a su hija ni a contemplar su rostro una vez más. Moriría lejos de ella, conformándose con las palabras de un mercader griego que se había apiadado de los dos.

—Dame tu carta, Melpómene —le ordené con decisión.

Melpómene abrió los ojos y me miró asombrada. Verla así, sonrojada y con la frente empañada de sudor febril, me encogía el corazón.

—¿Cómo dices, ama?

—«Cassia». —Chasqueé la lengua con reproche—. Dame tu carta, voy a llevársela a Alexis.

—Pero… Pero es de noche. Además, ni siquiera sabes dónde está el capitán.

«Lo más probable es que esté comiendo y bebiendo hasta reventar con algún jovencito en el regazo», pensé yo. Pero no creí prudente decírselo.

—Dejaré tu carta en el Quimera. Él la encontrará por la mañana y estoy segura de que no le importará llevarla a su destino.

El Quimera era el barco de Alexis, un navío de pino de Alepo cuya vela de lino se divisaba desde lo alto del puerto incluso cuando ya navegaba lejos de él. Supuse que aquella noche permanecería atracado en el puerto, con la mercancía cuidadosamente almacenada: el capitán nunca dejaba nada en manos del azar.

—¿Y qué dirá tu madre? —musitó Melpómene—. ¡No va a querer que salgas sola a estas horas, y con razón!

Yo le dirigí una mirada cómplice.

—No dirá nada si no se entera.

—Pero…

Sin darle tiempo a protestar, me apoderé del rollo de papiro.

—No soy ninguna niña, Melpómene —dije con calma—. No me delates, ¿está bien? Antes de que te des cuenta, estaré de vuelta sin tu carta y con un buen cuenco de leche caliente con miel.

Le di un beso en la frente empapada y me incorporé alisándome la túnica. Mi amiga me miraba con una mezcla de gratitud y exasperación.

—No sé si eres muy generosa o muy testaruda, pero te lo agradezco muchísimo.

—Aprovecha para dormir un poco mientras no estoy. ¡Volveré enseguida!

Salí de la habitación sin hacer ruido. Ni siquiera cogí mi mantón: mi túnica era delgada, pero las noches en Ostia eran tibias y yo no iba a estar mucho rato fuera. Tenía que asegurarme de que mi madre no me sorprendiera, pero no era la primera vez que me escabullía sin ser vista: mis encuentros nocturnos con Máximo también eran clandestinos, y yo siempre me las arreglaba para volver a casa sin que nadie notara mi ausencia.

Aunque no había luna, en el puerto ardían más de cien fuegos que se reflejaban en las fachadas en las casas y dibujaban sombras entre las columnas de los templos. Alcé la barbilla para contemplar el faro y suspiré; habría marineros despiertos a esas horas, empinando el codo para prepararse para su próxima travesía, pero yo confiaba en que ninguno de esos corrillos estuviese demasiado cerca del Quimera. Los marineros no solían ser muy amistosos, y menos con las mujeres que se acercaban a sus navíos: los muy estúpidos creían que traíamos mala suerte.

Decidí que lo mejor que podía hacer era darme prisa y eché a andar por las calles empedradas de Ostia, tratando de vislumbrar las negras siluetas de los barcos que flotaban junto al muelle. Y la noche me engulló sin que nadie se fijara en mí.

III

 

 

 

 

 

El Quimera era un barco mercante de tamaño mediano, con un casco que crujía como los huesos de un veterano de guerra y la madera blanqueada por la sal. Aunque Alexis siempre nos recordaba que las tablas que había empleado en él eran de pino de Alepo de la mejor calidad, yo sospechaba que nuestro buen amigo había regateado todo lo posible para abaratar los costes de su fabricación. Aun así, el barco no tenía mal aspecto, y eso que ya llevaba unos cuantos años recorriendo el Mediterráneo. Le otorgaba su nombre el mascarón de proa, una tosca talla de madera con cabeza de león, cuerpo de cabra y cola de serpiente que parecía vigilar el mar desde la proa.

Me detuve un instante en el muelle. No había nadie cerca del Quimera; probablemente, los miembros de la tripulación habrían preferido calentar su cuerpo y su ánimo en alguna de las tabernas que había junto al Tíber.

Sin embargo, la pasarela que conducía al navíoestaba lista. Como si me esperara a mí.

La crucé rápidamente. El barco estaba a oscuras, pero yo lo conocía bien: cuando era pequeña, el capitán Alexis me dejaba husmear en él… siempre que estuviese atracado en el puerto, claro está. No hay marineros tan supersticiosos como los griegos en todo el Mediterráneo y, por lo que nos contaba Alexis, su tripulación sería capaz de amotinarse si veía a una mujer pisando la cubierta mientras navegaban.

Ni siquiera era una buena idea que me sorprendiesen ahora. No quería darle problemas al capitán: dejaría la carta de Melpómene en su camarote y me marcharía lo antes posible; el resto quedaba en manos de nuestro amigo. Yo había escuchado cómo le decía a mi madre que no pretendía moverse de Ampurias, pero Ampurias no estaba lejos de Tarraco y Alexis era un hombre compasivo; quizá no arriesgara el pellejo yendo a entregar la carta personalmente, pero no le importaría sobornar a algún marinero ocioso para que lo hiciese por él. Después de todo, era un hombre pragmático: si con dinero podía evitar exponerse al peligro y, al mismo tiempo, estar en paz con su conciencia, lo gastaría sin dudarlo.

Confiando en eso, caminé silenciosamente por la cubierta, esquivando barriles y cabos de cuerda, y me metí en el camarote de Alexis.

La luz de las hogueras no llegaba hasta allí, por lo que estaba completamente a oscuras. Pensé que tendría que haber cogido una lámpara de aceite, pero ya era tarde para eso. Siempre a tientas, di con la mesa del capitán y coloqué el rollo de papiro en un lugar que confiaba que fuese visible durante el día.

—Bien, esto ya está —dije en voz alta.

Por primera vez, me di cuenta de que llevaba unos segundos conteniendo la respiración y traté de relajarme.

—Estés donde estés, lo siento —murmuré dirigiéndome al padre de Melpómene—. Siento que las cosas sean así, yo… ojalá pudiese cambiarlas. Pero no depende de mí, así que espero que los dioses y el capitán Alexis te hagan llegar las palabras de tu hija y que eso os haga sentir mejor a los dos.

En mi fuero interno, confiaba más en el capitán que en los dioses, pero no me atrevía a ofender a estos últimos. Mi madre era muy devota de los lares y mi padre, de Marte, el dios de la guerra, pero ninguno de los dos había logrado contagiarme del todo su fervor. En Roma había dos clases de dioses: los privados, los dioses familiares a los que se consagraban los altares domésticos, y los públicos, es decir, Júpiter, Juno, Minerva y todos los demás. Yo tenía la impresión de que ninguno de ellos me prestaba mucha atención cuando rezaba.

Salí con cuidado del camarote de Alexis y me las arreglé para recorrer media cubierta sin tropezar con nada. Pero, cuando me disponía a alcanzar la pasarela, oí algo que me dejó helada.

Pasos.

Alguien estaba subiendo al barco.

«¡Rápido, Cassia, no te quedes ahí parada!», me dije.

Podía regresar al camarote, pero ¿conseguiría hacerlo sin ser descubierta? Miré hacia abajo y vi que la trampilla de la bodega estaba justo delante de mí.

Sin pensarlo dos veces, me agaché, la abrí de un tirón y salté por el agujero.

Me estrellé dolorosamente contra el suelo y solté un gemido ahogado. Afortunadamente, la trampilla se cerró detrás de mí: ahora solo podía ver un puñado de estrellas a través de las rendijas de la madera.

Las pisadas sonaron de nuevo, esta vez sobre mi cabeza. Me froté los miembros doloridos y me las arreglé para gatear a oscuras hasta situarme tras lo que parecía un pesado arcón. Si quienquiera que estuviese ahí arriba bajaba a la bodega, no me vería si no miraba detrás de él.

Agucé el oído esperando que aquellos pasos se alejaran, pero no fue así. Había alguien en la cubierta del Quimera, alguien que había decidido ponerse a trabajar a altas horas de la noche.

A trabajar o a robar.

Esperaba que no fuese eso último; no me gustaba la idea de asistir a un robo en el barco del capitán Alexis sin mover un dedo para impedirlo. Pero ¿qué podía hacer yo? Si se trataba de un ladrón, no conseguiría detenerlo; si era un simple marinero, armaría un revuelo la noche antes de que el barco zarpara. Y Alexis no me lo perdonaría.

«Bueno, Cassia, parece que te has metido en un lío», pensé con resignación.

Intenté calmarme. Ladrón o marinero, el recién llegado tendría que marcharse antes o después; mientras no decidiese revisar la bodega, yo estaría a salvo.

Entonces oí una voz masculina en la cubierta:

—¿Qué haces en el barco, Atreo?

Me encogí involuntariamente. Aquel hombre hablaba en griego, por lo que deduje que era un miembro de la tripulación.

El que estaba justo encima de la trampilla contestó:

—¿Vienes solo? ¡Menos mal! He olvidado revisar la verga y el capitán me lo ha recordado mientras bebíamos. «¡Ah, Atreo, entre tantos inútiles, agradezco poder contar contigo! Tú nunca te vas de mi barco sin haber dejado el trabajo hecho». Eso me ha dicho, ¿puedes creerlo? He logrado escabullirme sin ser visto, así que no me delates.

—¿Y yo soy uno de esos inútiles? ¡Ja! Anda, ya te echo una mano. Pero espero que luego me invites a un buen vino a cambio.

El segundo hombre también subió al barco. Comprendí que revisar la verga, fuera lo que fuese, les llevaría un buen rato a él y a su compañero y me armé de paciencia. Al menos, me dije, eran hombres del capitán en vez de ladrones, y se irían a beber en cuanto hubiesen acabado. Ni siquiera parecían tener la menor intención de bajar a la bodega.

Aunque trataba de sosegarme con esos pensamientos, lo cierto es que todo aquello me parecía un mal augurio. Pero no podía dejarme llevar por el pánico: la carta estaba en el camarote del capitán y yo ya solo tenía que marcharme del barco sin ser descubierta. No podía ser tan complicado.

Resignada, apoyé la espalda en la pared de la bodega y me obligué a mantener los ojos abiertos.

IV

 

 

 

 

 

Desperté cuando el barco zozobró.

El movimiento me empujó contra la pared. Tenía el cuerpo entumecido; desorientada, me llevé las manos a la cabeza y parpadeé con fuerza.

Seguía en la bodega del Quimera, parapetada tras el enorme arcón, pero ahora podía distinguir lo que había ahí abajo: sacos voluminosos, ánforas colocadas en hileras y cofres pequeños de aspecto valioso. Todo ello estaba iluminado por los haces de luz anaranjada que se filtraban a través de los tablones de la cubierta.

Me incorporé con tanta brusquedad que estuve a punto de perder el equilibrio. Se suponía que el barco iba a zarpar al amanecer.

Entonces el suelo se movió bajo mis pies y me di cuenta de algo terrible: el Quimera no iba a zarpar, ya había zarpado.

—¡No, no, no! —murmuré—. Esto no puede estar pasando…

En ese momento, como si los dioses se hubiesen confabulado contra mí, oí los gritos del capitán Alexis sobre mi cabeza:

—¡Calias, maldito mocoso! ¿Quieres bajar a la bodega y traer el pescado de una vez? ¿O estás esperando a que se convierta en garum él solo?

En otras circunstancias, le hubiese reído el chiste: el garum era un condimento fabricado a base de pescado putrefacto, muy apreciado entre los patricios romanos y que a mí me daba ganas de vomitar. Pero entonces solo me preocupaba una cosa: ese tal Calias iba a bajar a la bodega del Quimera. E iba a descubrirme.

No me dio tiempo a esconderme detrás del arcón, ni siquiera pude agacharme. Estaba demasiado conmocionada.

La trampilla se abrió y una tosca escalera de cuerda se desplegó ante mí. Un chico bajó por ella con movimientos rápidos y se dejó caer al suelo de la bodega con bastante más elegancia de la que yo había hecho gala la noche anterior. Cuando se irguió, observé que aparentaba unos diez años; tenía la cara huesuda y los ojos hundidos, y una mata de rizos castaños coronaba su pequeña cabeza. Iba vestido con harapos.

Se quedó paralizado al verme. Yo tampoco supe cómo reaccionar.

—¡Date prisa, Calias! —seguía gritando el capitán desde arriba—. Tan pequeño y tan holgazán, hay que ver…

El niño ni siquiera parecía escucharlo, sus ojos estaban clavados en mí. Pensé que, si no le decía algo pronto, daría la voz de alarma, por lo que me apresuré a hacerlo:

—Hola, Calias —susurré con mi mejor acento griego—. Ese es tu nombre, ¿verdad? Yo soy Cassia, Cassia Minor. Estoy aquí por error y te ruego que no me delates, me meterías en un buen lío.

Calias retrocedió un paso sin dejar de mirarme con asombro.

—¿Eres… una sirena? —murmuró.

Yo le sonreí con nerviosismo y le mostré mis manos desnudas en señal de inocencia.

—No, no lo soy. Soy una chica normal.

—¿Seguro? —insistió él.

—Te lo prometo. —Sacudí la cabeza lentamente—. Pero necesito tu ayuda, Calias. Si algún miembro de la tripulación me encuentra aquí…

—¡Calias! —El grito de Alexis interrumpió mi explicación—. ¿Voy a tener que bajar yo mismo?

—¡No, mi capitán! —contestó el muchacho—. ¡Voy enseguida!

Pero no se movió, continuaba observándome. Yo junté las manos bajo mi barbilla.

—Por favor, Calias, dile a tu capitán que estoy aquí. Solo a él, nadie más debe saberlo.

—¡Calias, estás agotando mi paciencia! —bramó Alexis. Su voz sonaba cada vez más cerca.

—Por favor —supliqué una vez más.

—S-sí —tartamudeó Calias por fin—. Sí, lo haré. Señora.

—¡Espera! —dije al ver que se disponía a regresar a la cubierta—. ¡Olvidas el pescado!

Sus ojos se abrieron de par en par. Correteó hasta una de las hileras de ánforas, agarró una del asa y regresó junto a la escalera de cuerda a toda prisa.

—Gracias, señora —susurró. Y me dedicó una brevísima sonrisa de dientes torcidos antes de trepar como una exhalación.

Volví a quedarme sola. Mientras esperaba, me oculté de nuevo tras el robusto arcón y traté de poner en orden mis pensamientos. Estaba claro que me había quedado dormida la noche anterior, mientras Atreo y su compañero revisaban la verga del barco. Y había despertado cuando el Quimera ya navegaba rumbo a Hispania.

Por primera vez, fui consciente de lo grave que era mi problema. No solo estaba a bordo de un barco lleno de marineros hostiles, sino que este navegaba rumbo a la tierra de los hispanos, al rincón más remoto de Occidente. Donde la vegetación era agreste y los hombres, brutales. Donde se iba a librar una guerra entre la civilización y un hatajo de bárbaros sanguinarios.

Y yo no podía hacer nada por impedirlo. ¿Por qué esa era la conclusión a la que llegaba siempre que algo me preocupaba? No podía impedir que mi padre fuese a la guerra, no podía hacer que Melpómene se reencontrara con el suyo, no podía volver a casa sin ayuda. Lo que sucedía siempre parecía depender de otros, no de mí.

Empezaba a sentirme realmente frustrada.

—Cálmate, Cassia —dije en voz alta—. Seguro que hay una solución.

—No, no la hay.

La voz de Alexis me sobresaltó: estaba tan ensimismada que no había oído cómo la trampilla se abría otra vez. Me asomé por detrás del arcón justo a tiempo para ver cómo el capitán bajaba la escalera de cuerda con menos agilidad que Calias.

Y bastante más enfadado.

—¡Cassia Minor, siempre has sido una rebelde, pero esto es el colmo! —Se dirigió hacia mí señalándome con un dedo regordete—. ¿En qué estabas pensando, por todos los dioses?

Calias estaba justo detrás de él, mirándonos con los ojos abiertos de par en par, pero yo apenas le presté atención.

—Fue un accidente… —empecé a decir, pero el capitán no me permitió continuar:

—¡He visto la carta de Melpómene! —siseó furiosamente—. Supongo que tú la dejaste en mi camarote, ¿eh? Y luego decidiste viajar gratis en mi bodega, a saber con qué intención. ¿Acaso se te ocurrió que podrías visitar a tu padre en Hispania? ¡Ah, maldita inconsciente! Si mis hombres te encuentran aquí, te arrojarán al agua. Y yo no moveré un dedo para impedírselo, que lo sepas.

Sabía que no hablaba en serio, pero aquello me dolió igualmente.

—¡No fue a propósito! —me defendí—. De verdad, Alexis, yo no quería que esto ocurriese…

—¡Excusas, excusas y más excusas…!

Un ataque de tos interrumpió sus palabras y yo aproveché el momento para explicarme:

—Lo siento, de verdad. Es cierto que me colé en tu barco para dejarte la carta de Melpómene, pero mi intención era marcharme a continuación…

—¿Y por qué no lo hiciste, maldita sea?

—¡Porque uno de tus marineros vino a hacer no sé qué con la verga y no quería que me viese! Pensé que te daría problemas.

—Ese bribón de Atreo… —Alexis se pasó la mano por la cara—. Supongo que te quedaste dormida o algo así, ¿no?

—Eh… Sí. —Bajé la vista—. Sé que suena estúpido.

—Porque es estúpido, Cassia —bufó el capitán—. Nos has metido a los dos en un buen lío.

—Lo siento.

—En fin, supongo que no ganamos nada lamentándonos. —Alexis extendió los brazos con aire teatral—. El daño ya está hecho: no puedo volver al puerto de Ostia solo por ti, pero tampoco puedo dejar que mi tripulación te tire al agua, así que ahora tengo que decidir lo que vamos a hacer.

—Gracias —murmuré humildemente.

—Ya puedes dármelas. ¡Y tus padres me deben una, muchacha! —Resopló como un toro bravo, pero luego pareció calmarse un poco y miró por encima de su hombro—. ¿Sigues ahí, Calias? Magnífico. Acércate, no seas tímido.

Obediente, el niño avanzó hacia nosotros. Miré sus pies descalzos y vi que estaban tan negros como el propio suelo de la bodega.

—Tú te ocuparás de nuestra, umm, invitada —le ordenó Alexis—. Le traerás comida y agua, y también un orinal para que pueda hacer sus necesidades sin ponerlo todo perdido.

Me sentí absurdamente avergonzada al oír aquello. Tenía una matula de bronce en casa que usaba solo por las noches, pero estaba segura de que el orinal que me traería Calias sería mucho más rudimentario. Por desgracia, no podía permitirme el lujo de andarme con remilgos.

—También te asegurarás de que nadie más baje a la bodega —prosiguió el capitán—. Si Cassia llega a Ampurias sana y salva y sin ser descubierta, te recompensaré generosamente.

—Sí, mi capitán —dijo Calias—. Gracias, mi capitán.

—Generosamente —insistió Alexis arqueando las cejas. Luego me dirigió una mirada severa a mí—. Te deseo una feliz travesía, Cassia Minor.

Lo dijo con sarcasmo, pero yo incliné la cabeza mansamente.

—Lo mismo le digo, capitán Alexis.

Él tosió una vez más, se dio unas palmaditas en el pecho y volvió a subir por la escalera de cuerda. Cuando sus pies desaparecieron por el hueco de la trampilla, Calias y yo nos miramos de nuevo. El niño parecía más tranquilo ahora.

—¿Cuánto dura la travesía? —le pregunté.

—Seis o siete días, señora.

Maldije para mis adentros. Iba a pasar seis o siete días encerrada en una bodega, lejos de mi madre, de Melpómene y de Máximo, y ni siquiera podía decirles dónde estaba. Era imposible enviarles un mensaje desde el mar, por lo que tendrían que esperar a que yo volviese a Ostia para saber que seguía con vida y no había sufrido daño alguno. Serían doce o catorce días de incertidumbre para ellos… y también para mí. Porque iba a exponerme a toda clase de peligros durante la travesía: ¿y si algún marinero descubría que había una mujer en el barco y la tripulación se amotinaba?, ¿y si enfermaba por culpa de aquel encierro?, ¿y si estallaba una tormenta y todos moríamos ahogados?

Calias me hizo un gesto de despedida y comenzó a trepar hacia la cubierta. Yo me quedé mirándolo hasta que la trampilla se cerró tras él.

Me abracé a mí misma y suspiré. No iba a ser un viaje fácil, pero no podía librarme de él, por lo que debía tomármelo de la mejor manera posible.

Regresé a mi refugio tras el arcón y, resignada, me dispuse a dejar pasar las horas.

V

 

 

 

 

 

Ampurias, 154 a. C.

 

La travesía se me hizo interminable.

No recordaba haber vivido días más largos y aburridos. No tenía nada que hacer en la bodega, absolutamente nada, y estaba sola durante la mayor parte del tiempo. Me entretenía midiendo las distancias que había entre diferentes puntos, contando los arcones y los sacos y reordenando las ánforas para formar dibujos. Cuando encontré un pedazo de cerámica con el que pude rayar los tablones del suelo, me dediqué a escribir los nombres de mis seres queridos en latín y en griego. Eso fue lo más interesante que hice el primer día.