El joven del páramo - África Ruh - E-Book

El joven del páramo E-Book

Africa Ruh

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Beschreibung

Nunca ha conocido a nadie tan detestable... ni tan fascinante. La llegada de un nuevo lord a Dunstan amenaza con perturbar la paz de Haven, una pequeña aldea minera de Cornualles. Los trabajadores, preocupados por el futuro, acuden al doctor Edmund Hayes para que interceda por ellos, pero el primer encuentro del joven médico con Lord Barclay Fairburn está cerca de llegar a las manos. Sin embargo, pronto Lord Fairburn empieza a ganarse el aprecio de los habitantes de Haven. ¿Será una estratagema para salirse con la suya? ¿Tan pocos escrúpulos tiene? ¿O acaso Barclay no es el arrogante déspota que Edmund creía conocer?

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Seitenzahl: 203

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2021 África Vázquez Beltrán

© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

El joven del páramo, n.º 10 - diciembre 2021

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Elit y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imágenes de cubierta utilizadas con permiso de Dreamstime.com y Sutterstock.

 

I.S.B.N.: 978-84-1375-889-3

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

 

 

 

 

A todos los hombres de mi vida que aman a otros hombres.

 

Capítulo 1

 

EDMUND

 

 

 

 

Los atardeceres en Dunstan Moor eran más hermosos justo al final del verano, cuando el ocaso teñía de bronce las olas que rompían contra el acantilado y arrancaba destellos de oro de la blanca espuma. En la playa, escasa y pedregosa en aquella zona de Cornualles, se dibujaban sombras alargadas que hacían pensar en monstruos marinos y antiguas leyendas. Cuando éramos niños, Gillian y yo solíamos sentarnos en el páramo, de espaldas a la casa de los Fairburn, y contemplábamos juntos el mar.

—¿Te unirás a la Marina Real cuando seamos mayores? —me preguntó Gillian en una ocasión.

Yo me encogí de hombros. Era diferente a los otros niños; a mí no me gustaba jugar a la guerra. Por aquel entonces, muchos soldados estaban muriendo en América.

—Yo sí me uniré a la Marina —me aseguró Gillian, que acababa de cumplir trece años y ya se había peleado a puñetazos con el hijo mayor de Tanner, el capataz de la mina de Wheal Mercy—. Y cruzaré el mar.

—Las mujeres no pueden alistarse.

—Yo seré la primera.

—No.

—¿Por qué no? —Gillian me miró con impaciencia—. ¿Prefieres que haga como las demás idiotas de Haven y suspire por casarme con un Fairburn?

—Baja la voz —le urgí, aunque la casa estaba demasiado lejos como para que los criados nos escucharan.

—Bah. —Mi hermana se giró de nuevo hacia el mar—. De todos modos, he oído que el hijo de lord Fairburn es un mocoso malencarado.

No dije nada porque, siendo sinceros, yo apenas me había cruzado con él en un par de ocasiones. Los Fairburn pasaban casi todo el año en Truro, y Edward Fairburn solo visitaba Dunstan de vez en cuando. Aun así, les pedía a sus criados que tuviesen la casa lista por si alguna vez regresaban. A veces veíamos a Ogden, el mayor de ellos, y al joven Greg Harlow arando el campo que rodeaba Dunstan, pero ninguno de los inquilinos teníamos mucho trato con ellos. A los niños, o al menos a Jane y a mí, Ogden nos daba un poco de miedo.

Gillian solo era dos años mayor que yo, pero hablaba como una adulta, por eso se permitía llamar «mocoso» al hijo de un lord. En cierto modo, los dos éramos parecidos: altos, rubios, con la misma nariz recta y la misma boca ancha. Los ojos de Gillian eran más oscuros que los míos, y parecían más marrones que verdes, pero ambos teníamos la piel tostada por el sol y llena de pecas, y nuestras piernas largas nos permitían cruzar de un salto el arroyo que había junto a la cabaña de Ethel. Gillian siempre se jactaba de ello delante de los otros niños. Yo no.

Quince años después de aquella conversación, yo seguía contemplando los atardeceres desde Dunstan Moor, incluso después del verano, cuando la niebla parecía engullirlo todo y la puesta de sol se convertía en un lento camino hacia la oscuridad. A veces ni siquiera se veía la isla de St. George, con su castillo en ruinas y sus nidos de gaviotas en las almenas medio derruidas. Pero el páramo seguía oliendo a tierra mojada, a piedras grises, a hogar.

Fue una de esas tardes cuando lo vi. Al joven del páramo.

Yo paseaba, encogido en la levita nueva que Gillian me había obligado a comprarme. No gastaba nada en mí a menos que fuera estrictamente necesario. Hubiese podido hacerme rico trabajando como cirujano en Truro, o eso solía decir mi padre con aire resignado, pero nunca había querido alejarme de Haven. Tras ejercer en Londres durante un par de años, había regresado a mi aldea natal, donde había construido una casa de piedra y pizarra junto a la iglesia de St. George, con vistas al mar. Los mineros no pagaban mucho, ni eran puntuales a la hora de hacerlo, pero me gustaba cuidar de ellos. Incluso de Roger Tanner, el enemigo declarado de mi hermana, que le había pedido matrimonio hasta en tres ocasiones y las tres había sido brutalmente rechazado. Su padre, Alton, era el capataz de Wheal Mercy, la mina más próxima y de la que vivían alrededor de cien familias cuyas chozas se apiñaban en torno a la parroquia. Alton Tanner se encargaba de mantenerme informado del estado de salud de los trabajadores, que solían estar aquejados de enfermedades respiratorias o derivadas de la malnutrición. A veces me llamaban desde otras minas del condado, pero eso solo sucedía en contadas ocasiones. En realidad, casi todo el dinero lo obtenía de la nobleza rural de la zona, a la que la sola mención de Londres bastaba para impresionar.

Mientras se extinguían las últimas luces del día, yo pensaba en Jane Paxton, cuyo embarazo estaba ya muy avanzado. Pocas mujeres permitían que un varón las atendiera en el parto, o más bien pocos maridos daban su aprobación, pero Jane y yo nos habíamos criado juntos y su esposo, Hank, me trataba como si fuese su propio hermano. Era un tipo alto y robusto, el doble de grande que Jane, cuya presencia me vendría estupendamente cuando hubiese que ayudar a la joven a empujar.

Estaba tan absorto con Jane y su futuro bebé que me sobresalté al ver que no estaba solo en el páramo.

Había una figura delante de mí, oscura y solitaria, casi al borde del acantilado. Un ligero escalofrío sacudió mis hombros al verla ahí, envuelta en el halo fantasmal de la niebla, y solo mi mente racional pudo traerme de vuelta a la realidad y recordarme que los muertos no se aparecían en los páramos. Me encogí en la levita y di un paso al frente, movido por la curiosidad. Se trataba de un hombre, sin duda, más bajo y delgado que yo, que vestía una levita de terciopelo negro. No llevaba sombrero y el cabello, de un negro más intenso incluso que la levita, le caía suelto hasta los hombros.

En un momento dado, ladeó el rostro y conseguí ver un pómulo marcado y una piel blanca como la nieve. Después un silbido me hizo volverme a toda prisa.

—¡Dr. Hayes! —Alton Tanner gritó mi nombre desde el camino, con las dos manos alrededor de la boca. Eran manos recias, un poco atrofiadas, pero útiles todavía—. ¡Dr. Hayes!

Fui al encuentro del capataz, que parecía impaciente. Probablemente querría comentarme algún asunto relacionado con la mina.

Antes de llegar hasta él, me giré una sola vez hacia el acantilado. El joven del páramo había desaparecido.

 

Capítulo 2

 

EDMUND

 

 

 

 

Tal y como sospechaba, Alton Tanner quería hablarme de Wheal Mercy. Pero las noticias que traía no eran buenas.

—Es ese muchacho, el nuevo lord. —Me miraba con los ojos muy abiertos, estrujando el gorro entre las manos. Llevaba el pelo gris sucio y revuelto, y se le había puesto roja la punta de la nariz, como siempre que se irritaba—. Parece que se ha instalado en Dunstan.

Yo ya había oído rumores al respecto: muchos aseguraban haber visto cómo Ogden y Greg recibían a una nueva criada en Dunstan, al parecer, venida desde Truro; y cómo, a los pocos días, un joven había cruzado el páramo galopando a lomos de un caballo ruano y se había detenido en la puerta.

Sin embargo, no entendía por qué el regreso de los Fairburn era una mala noticia.

Tanner me puso al corriente:

—Dicen que quiere cerrar Wheal Mercy.

Me quedé de piedra al escuchar aquello. Wheal Mercy era una mina de estaño antigua, llena de galerías inexploradas, de la que dependía el sustento de la mayor parte de las familias de Haven. Nadie había imaginado nunca que a un Fairburn se le pasaría por la cabeza la idea de cerrarla.

—¿Conocemos el motivo de su decisión? —pregunté, tratando de mantener la calma.

—No, doctor. —Tanner meneó la cabeza—. Son rumores, ¿sabe? Nadie ha hablado conmigo aún, pero los hombres… están nerviosos, y no puedo culparlos. Hay que aclarar este asunto lo antes posible.

Sí, había que aclararlo; sin embargo, no era tan fácil. Normalmente los capataces tenían cierta relación con los dueños de las minas, pero Edward Fairburn había muerto en Truro, durante una de sus largas ausencias, y no habíamos tenido noticias de su hijo desde entonces. Y hacía ya tres meses de aquello.

Entendí lo que Alton Tanner me estaba pidiendo. Yo vivía en Haven, pero no era un minero más. Como cirujano, seguía estando por debajo de un lord, pero cualquiera de ellos me escucharía.

Aun así, yo no tenía ganas de lidiar con un niño mimado.

—¿Y el reverendo Alfred? —improvisé—. Quizá él tenga más autoridad moral que yo…

Mis palabras se apagaron al ver la expresión ceñuda de Alton. El reverendo Alfred era un hombre de mediana edad, rechoncho y colorado, tan aficionado al vino que apenas podía hilar tres frases seguidas sin carraspear y titubear. Tenía buen corazón, pero no era la persona indicada para discutir con un lord, y menos aún si se trataba de un tema tan importante.

—De acuerdo. —Me recoloqué el cuello del abrigo, en parte para que Tanner no descubriese que estaba nervioso—. Le haré una visita al nuevo lord Fairburn. Mañana —añadí tras una breve vacilación.

El capataz Tanner inclinó la cabeza. Esa era su forma de darme las gracias.

—Es un buen hombre, doctor.

Respondí con una sonrisa de compromiso y los dos tomamos el camino de Haven. Estaba a menos de diez minutos a pie desde Dunstan Moor, pero ya era noche cerrada y tuvimos que guiarnos con la ayuda de un farol, que Tanner sostenía delante de nosotros. Me despedí de él junto a la iglesia y esperé a estar en casa para apoyarme en la pared y ahogar un gruñido de cansancio.

Había estado toda la mañana cosiendo el brazo del pequeño Flint Harlow, al que un perro había mordido, y después había examinado a tres mineros a los que les sangraban las encías por culpa del escorbuto. Confiaba en tener algo de paz hasta el domingo, pero la llegada del joven lord había trastocado mis planes.

Me quité el abrigo y las botas y fui a ver qué me había dejado Ethel para cenar. No tenía criados, pero la anciana limpiaba mi casa todas las mañanas y me preparaba algún plato caliente, normalmente sopa. Gillian opinaba que debía contratar criados, ahora que podía permitírmelo, pero a mí me bastaba con la vieja y excéntrica Ethel. Mi hermana era la única que no me presionaba para casarme, como hacían Tanner y el resto de los hombres de Haven.

No es que no lo hubiese pensado, pero ¿con quién iba a hacerlo? En su día, cuando los dos éramos más jóvenes, me había planteado la posibilidad de pedírselo a Jane. Ella me conocía bien, casi mejor que Gillian, era bonita y tenía un corazón amable. Pero, mientras yo estaba en Londres, había llegado Hank, con sus espaldas anchas y sus rizos negros, y mi amiga había caído en sus brazos. No me sentí dolido: quería a Jane y Hank iba a hacerla feliz, seguramente más que yo. Aparte de ella, ninguna muchacha de Haven me interesaba lo más mínimo.

Calenté en el fogón la sopa que me había dejado Ethel, que llevaba col, nabos y un pedazo de carne de cerdo salado. Comí en silencio, con la mente divagando. A ratos pensaba en el bebé de Jane, a ratos en que tenía que ayudar a Ethel a arreglar la cerca de su cabaña y a ratos en lo que me había contado Alton Tanner. ¿Cómo podía el nuevo lord Fairburn pensar siquiera en cerrar Wheal Mercy? ¿De qué iban a vivir los mineros y sus familias si aquello sucedía?

Rebañé la sopa con un pedazo de pan negro y fui a lavarme un poco. Me quité el chaleco, que dejé cuidadosamente doblado, y la camisa sucia, que cambiaría por otra limpia a la mañana siguiente, y también doblé los pantalones y las medias. Me las había remendado yo mismo. Jane se había ofrecido a hacerlo por mí, pero yo había rehusado la oferta. Si podía coser el brazo de un chiquillo, podía remendar mi propia ropa.

Me eché agua en el rostro, las axilas y la entrepierna. También me lavé los pies, en parte porque me dolían por culpa de los zapatos (tal vez también necesitara unos nuevos, después de todo). Vacié el cubo de agua sucia en el patio y después me enjuagué la boca y fui a acostarme.

Dormía desnudo en verano y en camisa cuando empezaba a hacer frío. Gillian me había visto en camisa hacía poco, un día que se había presentado en mi casa al amanecer porque Roger Tanner había sufrido un percance con los contrabandistas de brandy y había que coserle una brecha en la frente, y había murmurado: «Qué desperdicio». Mi hermana opinaba que tenía que darme «una alegría al cuerpo» de vez en cuando. Yo opinaba que ella le daba demasiadas alegrías al suyo, pero Gillian nunca escuchaba lo que no le interesaba.

Recé mis oraciones, me tumbé de costado y cerré los ojos. Era feliz, o eso creía yo. Entonces concebía la felicidad de un modo distinto, desapasionado. La encontraba en los paseos por la playa, en las excursiones a las ruinas del castillo de St. George, en las carreras a caballo con mi hermana y en las canciones que cantaba Jane en Navidad y hacían llorar a Gillian. Tenía una vida tranquila y no aspiraba a nada que no estuviese ya al alcance de mi mano.

Luego sucedió todo aquello, y a veces recuerdo esa noche, la noche que hablé con Tanner, porque creo que fue el principio de todo. Porque creo que, si no le hubiese hecho esa promesa, las cosas no hubiesen sido como fueron.

 

Capítulo 3

 

EDMUND

 

 

 

 

Conocía cada piedra de Dunstan. Cada veta en la madera de las ventanas, cada teja de pizarra erosionada por el viento, cada brizna de maleza que crecía junto a la cerca descuidada. Podría haberla dibujado de memoria: un edificio rectangular, de dos pisos, con el tejado negro y una escalinata de piedra que conducía a la puerta principal. Tenía otra trasera, que daba al patio, el corral y los establos, y a veces veía a Ogden y a Greg cortando leña o alimentando a las gallinas.

Me había puesto una camisa limpia, el chaleco azul oscuro, los pantalones y las medias grises. Llevaba levita, pero no sombrero, y el viento despeinaba mis rizos rubios. Tendría que habérmelos recogido antes de salir de casa, pero no tenía ninguna cinta a mano. Los diez minutos que duró mi paseo hasta Dunstan fueron suficientes para congelarme las manos. Me las metí bajo las axilas mientras esperaba a que alguien abriese la puerta.

Fue una muchacha quien lo hizo. Muy delgada, con la nariz respingona y la cara lechosa salpicada de pecas. Llevaba el pelo recogido en un moño y cubierto por una cofia un poco amarillenta, y un delantal con las puntillas mal cosidas. Al verme, tartamudeó:

—¿Qué desea, señor?

—Soy el Dr. Edmund Hayes —me presenté con tono amable, para no asustarla. Parecía demasiado joven para ser un ama de llaves—. ¿Está lord Fairburn en casa?

Dudó, pero solo un momento. Luego asintió y dio un paso atrás, invitándome a entrar.

El suelo de tablones del vestíbulo crujió bajo mis zapatos. La madera estaba blanqueada por la sal y el tiempo, pero saltaba a la vista que alguien la había limpiado recientemente. Tal vez la criada (¿ama de llaves?) que me había abierto la puerta. El recibidor era de tamaño modesto, y en él había un banco de madera, un perchero y una acuarela colgada de la pared. No quise sentarme en el banco y me quedé de pie, con las manos en la espalda. Del perchero colgaba una levita de terciopelo negro. Me acerqué para contemplar la acuarela y descubrí que se trataba de una representación de las ruinas del castillo de St. George bajo el sol de otoño. Estaba firmada por R. Fairburn.

—¿Dr. Hayes? —La voz de la muchacha me sobresaltó. Retrocedí, como si me hubiesen sorprendido haciendo algo indecoroso, aunque ella tuvo la delicadeza de fingir que no se percataba de ello—. Lord Fairburn lo recibirá en el comedor. Venga conmigo, por favor.

Llevaba veintiséis años soñando despierto con Dunstan, imaginando cómo sería por dentro. Gillian y Jane fantaseaban con ricos salones, galerías de retratos de aspecto severo y pesadas camas con dosel; yo esperaba algo más parecido a lo que me encontré: una casa noble, pero no suntuosa, con muebles antiguos y una decoración sencilla. Había más acuarelas como la de la entrada, un par de retratos de tamaño mediano (uno de ellos era del difunto lord Fairburn, el padre) y un tapiz bordado con motivos de caza. La joven me condujo hasta el comedor, una estancia rectangular, de techo alto y con una chimenea al fondo. Tres de las cuatro paredes se hallaban recubiertas de paneles de madera y la otra poseía una hilera de ventanales que daban al páramo. Sobre la mesa de roble, alargada y con capacidad suficiente para dar cabida a una docena de comensales, reposaban dos solitarios candelabros de plata. También había solo dos sillas.

La muchacha me dedicó una inclinación de cabeza y se retiró. Antes de que yo tuviese tiempo de hacer algo que no fuese mirar por la ventana, el crujido de las tablas del suelo me hizo volverme hacia la puerta.

Lord Fairburn se encontraba frente a mí, pero no era como yo lo había imaginado. Poseía un vago recuerdo de su padre, un hombre recio, de rostro sonrosado y cabello castaño con hebras grises; el joven debía de parecerse a su madre. En su rostro, un poco alargado y de pómulos altos, brillaban dos ojos de color marrón oscuro. La nariz era recta y la boca, de un vivo color rojo que contrastaba con el blanco de la piel. Llevaba el cabello más largo que yo, rozándole los hombros, y vestía una camisa blanca de mangas abullonadas, un chaleco gris y pantalones y medias negras.

Durante unos segundos, me quedé paralizado. Hasta que lord Fairburn se aclaró la garganta y me sacó de mi trance. Sentí un súbito calor en las mejillas, como si fuese un niño al que hubiesen descubierto en plena travesura. Al menos así era como él me miraba, con las cejas ligeramente arqueadas y un amago de sonrisa en los labios.

—Dr. Edmund Hayes —saludó con voz clara—. ¿A qué debo el placer de su visita?

Lo dijo con tono educado y, sin embargo, tuve la impresión de que se estaba burlando de mí.

—¿Cómo sabe…? —murmuré, pero él me interrumpió:

—Oh, me considero un hombre bien informado. —Apoyó la cadera en la mesa y extendió la mano hacia una de las sillas—. Siéntese, por favor.

Lo dijo con aire magnánimo, por lo que no me senté. Permanecí en pie, erguido y con las manos en la espalda.

—Puesto que está bien informado, no me andaré con rodeos: he venido a hablarle de Wheal Mercy.

—Comprendo —dijo él—. Hable, pues.

No entendía por qué me irritaba tanto su forma de tratarme. ¿Quizá porque parecía incluso más joven que yo? Calculé que tendría unos veinticinco años. Veinticinco años y semejantes humos. Era un lord, pero se comportaba como si fuese un príncipe.

—Alton Tanner, el capataz de la mina, vino a hablar conmigo anoche. —Hice una pausa—. Estaba preocupado porque había escuchado rumores acerca del posible cierre de Wheal Mercy.

—El inminente cierre —corrigió lord Fairburn sin inmutarse.

—Entonces, ¿es cierto? —Parpadeé, incapaz de creer que aquel joven recién llegado fuese a condenar a la miseria a la mayor parte de las familias de Haven y ni siquiera tuviese la decencia de fingirse apesadumbrado.

Lord Fairburn frunció sus negras cejas.

—Nada me gustaría más que mantener abierta Wheal Mercy, pero me temo que eso no es posible.

—¿Acaso la mina ya no le reporta beneficios? —Yo seguía sin poder creerlo.

—No se trata de eso, sino de la seguridad de los trabajadores.

—Nunca ha habido problemas en ese sentido.

Lord Fairburn me miró con interés.

—¿Está seguro? Porque mis informes dicen lo contrario. ¿O acaso usted ha redactado un informe alternativo? En ese caso, lo leeré con gusto. —Extendió una de sus pálidas manos, como si creyese de verdad que yo iba a sacarme un fajo de papeles de la levita.

Se estaba divirtiendo a mi costa.

—Con el debido respeto, lord Fairburn… —suspiré, pero él volvió a interrumpirme:

—Diablos, esa frase me provoca escalofríos. Siempre que alguien la dice, sé que va a faltarme al respeto a continuación. A propósito, ¿dónde están mis modales? ¡Ni siquiera le he ofrecido una bebida! ¿Quiere que llame a Harriet para que le traiga un poco de brandy?

—No moleste a Harriet, no voy a beber nada. —Me estaba costando un gran esfuerzo dominarme—. Me preocupa el futuro de los mineros. ¿Cómo darán de comer a sus familias si usted cierra Wheal Mercy?

—Será un cierre temporal, solo hasta que aseguremos las galerías más peligrosas.

—¿De cuánto tiempo estamos hablando?

—Un par de meses.

—Un par de meses —repetí con estupor—. ¿Y qué comerán los mineros mientras tanto, piensa invitarlos a todos a cenar en Dunstan?

Sabía que me estaba excediendo, y lord Fairburn también lo sabía. Me temblaban las manos, pero creo que nada más delataba mi enfado. En cuanto al otro joven, tan solo un ligerísimo rubor se había apoderado de sus mejillas. Cambió de postura y me contempló con la cabeza inclinada y las cejas alzadas.

—Usted es médico —dijo por fin, con suavidad—. ¿Qué enfermedades suelen impedirles a los mineros trabajar? Con carácter general.

—Con carácter general —contesté, reuniendo todo mi aplomo—, heridas sin importancia y afecciones respiratorias, aunque recientemente ha habido varios casos de escorbuto. —Me costaba menos hablar si se trataba de asuntos relativos a mi profesión, y noté que las palabras salían de mi boca con mayor fluidez que antes—. Tal vez haya oído hablar de esta enfermedad, es bastante habitual entre los marinos. El síntoma principal es el sangrado de las encías del paciente y, si no se le pone remedio, puede ser grave. Se trata con una dieta rica en frutas y verduras, especialmente cítricos como la naranja.

—Gracias por esta apasionante lección de medicina, Dr. Hayes. Esos casos de escorbuto son preocupantes, sin duda.

—A muchos les impiden acudir puntualmente al trabajo.

—Comprendo. —El joven se acarició la barbilla—. Y, puesto que usted sabe más que yo, ¿podría decirme si estar sepultados bajo un túnel que se ha derrumbado les impide a los mineros acudir