7,99 €
¿Qué pensarías si te diría que nuestras acciones directas o indirectas pueden afectar el curso de nuestras vidas y la de los demás? ¿Qué pasa con nuestra muerte?, ¿es el fin o el inicio de un nuevo ciclo? Salem es un felino descontento con la humanidad y deberá descubrir a través de viajes y recuerdos las claves para lograr una de las transiciones más importantes. Será guiado por Basthet, diosa que rige las leyes del universo espiritual, quien le hará responder por sus siete vidas pasadas, el protagonista descubrirá los poderes que alberga su alma y que creía dormidos. A través de su sus ojos es una novela que nos enseña que las almas no tienen formas, que la trasformación viene de nosotros y todos los seres llegamos a la tierra con un propósito. "En el trascurso de nuestras existencias cambiamos de sexo, religión y raza con el objetivo de aprender desde todas estas perspectivas. Es como si fuéramos siempre a la escuela. Regresamos repetidas veces para aprender determinadas lecciones o cualidades como el amor, el perdón la comprensión, la paciencia, la conciencia, la no violencia. Debemos olvidar otros sentimientos que son producto de viejas imposiciones, como el miedo, la ira, la codicia el odio, el orgullo o el ego. Solo entonces obtendremos la licenciatura y abandonaremos esta escuela. Tenemos todo el tiempo del mundo para aprender y desaprender, somos inmortales somos infinitos". Brian Weiss
Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:
Seitenzahl: 244
Veröffentlichungsjahr: 2021
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Magdalena Gomez.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Trescher, Claudia Denisa
A través de sus ojos / Claudia Denisa Trescher. - 1a ed . - Córdoba : Tinta Libre, 2020.
222 p. ; 22 x 15 cm.
ISBN 978-987-708-582-2
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. 3. Novelas Fantásticas. I. Título.
CDD A863
Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,
total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.
Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución
por internet o por cualquier otra red.
La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidad
de/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.
Hecho el depósito que marca la Ley 11.723
Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2021. Trescher, Claudia Denisa
© 2021. Tinta Libre Ediciones
A travésde sus ojos
Claudia Trescher
Capítulo uno
El intruso
Desde que me mudé a la pequeña y cálida casa, ubicada en el centro de la jungla del estrés urbano, mi vida dejó de ser la misma o, por lo menos, mi corazón comenzó a latir con más frecuencia y mis pasatiempos acostumbrados dejaron de ocupar mi agenda.
Ahí fue donde la descubrí. Puedo decir que fue en un instante: levanté mi mirada al gigantesco mundo al que estaba acostumbrado, pero esta vez solo sus ojos pudieron detener el tiempo y aplacar el temor que me provocaba aquel nuevo cambio de rutina.
Comencé a contemplar con locura —y quizás con exageración— cada uno de sus movimientos. Conocía todos sus horarios. Durante semanas me desperté a las 7:15 de la mañana, de lunes a viernes, solo para verla salir de su casa. Me fascinaba esa sencilla elegancia que ocultaba tras una vestimenta discreta: pantalones oscuros, camisas amplias, pelo aún húmedo, peinado tenso. A los pocos días advertí que usaba siempre los mismos zapatos negros, podía notar que le gustaba pasar desapercibida ante los demás disfrazándose de sobriedad, pero su sonrisa era algo imposible de ocultar entre sus ropajes aburridos.
La veía subir a su auto, siempre iba apurada. Creo que no le gustaba despertarse temprano. Regresaba cerca del mediodía, lo sé porque la espiaba desde mi ventana. Cuando se acercaba la hora en la que ella llegaría, me las ingeniaba para escabullirme de mi familia y verla entrar con su rostro cansado, forzando una sonrisa ante el saludo de algunos vecinos. Por ese entonces, con solo verla me bastaba.
Los fines de semana eran diferentes: se levantaba tarde y salía a barrer las hojas de su vereda con pijama, pantuflas infantiles, rodete alto y su rostro totalmente fresco, sin aquella presión que manejaba durante la semana. Empecé a creer que nos parecíamos: ¿quizás no le agradaba demasiado el contacto con las personas? Especulaba sobre nuestras similitudes. Sé que aún no me conocen, pero a lo largo de estas líneas irán descubriendo por qué se hace tan difícil para alguien como yo el contacto y la socialización.
Subía al techo de mi casa para espiarla, incluso llegué a saltar muros y me instalé durante horas en la casa del vecino sin que él me detectara, por supuesto.
Mi obsesión por ella se había convertido en mi rutina diaria, no podía concentrarme en mis tareas sin antes chequear sus movimientos; necesitaba contemplar, aunque fuera solo un minuto, aquel rostro, para algunos quizás invisible, pero para mí, el más bello.
La angustia golpeó mi puerta cuando entendí que todos mis esfuerzos eran en vano: ella no me miraba. A pesar de que hacía bastantes lunas que éramos vecinos, continuaba invisible a sus ojos. Con el tiempo, confirmé mis sospechas y mis especulaciones: era una mujer un tanto alejada de sus pares. En aquella espaciosa casa que habitaba, los ruidos no eran frecuentes; era tres veces más grande que la mía, pero aun así parecía ser la más imperceptible del resto de las viviendas en la cuadra. El silencio ocupaba todos los rincones de aquellas opacas paredes donde habitaba.
Estaba acostumbrado a que mi hogar fuera el autor de numerosas interrupciones en sus noches: la música excesivamente alta que mi familia escuchaba la irritaba. Desde la ventana por donde la espiaba, pude ver que se colocaba unos gigantes tapones en sus oídos y usaba la almohada como escudo. Jamás presentó un solo reclamo. Aunque algunas veces deseaba aquel encuentro, en mi cabeza fantaseaba con la idea de verla cruzar aquella calle y golpear la puerta, quizás de esa forma bajaría su mirada hacia este vecino que desde hacía tiempo intentaba llamar su atención desesperadamente.
Debo confesar que me alegraba ver que no había muchos hombres que la cortejaran, más bien era tan solitaria que me desgarraba el alma. Jamás la vi con amigas e incluso llegué a dudar de que tuviera vínculo alguno. «¿Por qué nadie la visitaba? ¿Acaso no tendrá familia?», me preguntaba a menudo.
La soledad en la que vivía terminaba siendo peculiar para su edad. Cualquier dama, o al menos las que yo conocía, tenía familia, hijos o por lo menos alguna pareja que la acompañara. Pero mi amada, no. Ella estaba completamente sola. «Quizás me espera», decía en mi interior cuando en las noches, al mirar las estrellas, su rostro se me figuraba así, como de la nada.
¿Todavía no les hablé sobre su voz? Era el sonido más hipnotizador. Con solo escucharla, aunque fuera desde lejos, mis oídos se paralizaban, dejaba de lado hasta mi comida para mirarla desde la ventana de mi hogar que conducía en línea recta a su casa, mientras ella recorría la vereda de punta a punta con su celular en la mano. «Siempre mi bella dama de mal humor, peleando vaya uno a saber con quién», pensaba yo.
Aunque mi amor era puro, sabía bien que ella jamás se fijaría en mí, nuestros mundos eran diferentes. Tenía que aceptar que era imposible lo que soñaba.
Estaba acostumbrado a los rechazos: había sido adoptado por mi familia y separado de mis hermanos y hermanas con solo cuarenta días de nacido; jamás los volví a ver, pero anhelo con fuerzas que tengan una buena vida como la que tengo yo.
Respecto a mi familia adoptiva no me puedo quejar: nunca me faltó comida o calor de hogar y, aunque a veces no notan mi ausencia —ya que puedo desaparecer de la casa por días—, ellos nunca se ven enfadados a mi regreso. Una vez me ausenté más de dos semanas, regresé cuando vi una fotografía mía con un cartel de “Se busca”, aquel acto me conmovió y decidí regresar de inmediato. Desde esa vez me sofocan un poco más y no me dejan salir demasiado. Pero, a pesar de que cometen algunos descuidos, son buenas personas que me dieron una segunda oportunidad, no todo el mundo está dispuesto a la adopción, no todos logran compartir su hogar con alguien como yo.
A veces suelo ser demasiado ruidoso, mi manía por destruir ciertos artefactos de la casa suele causar conflicto en la familia. Les costó un poco entender mi forma de ser, pero con el tiempo logramos una armonía. Primero debía respetar ciertas reglas del hogar, como por ejemplo no tomar la comida sin ser invitado. Esa fue una de las peores conductas que me criticaron, fue el motivo de muchos castigos.
Otro tema de debate fue mi descarada forma de desobedecer cuando me nombraban, no me acostumbro aún a la designación que eligieron para mí, no es que sea desagradable ni nada por el estilo, solo que mi carácter y personalidad supera las expectativas que me son impuestas. Pero, aunque la convivencia se derrumbaba por momentos, siempre estuve agradecido con el destino que se me asignó: mi familia me cuida, en su forma extraña y estructurada sé que me aman, y con eso deberían sobrarme los motivos para no mirar hacia otro lado, más precisamente hacia la casa que está al frente.
Y, aunque trate de alejarme de aquel deseo que surgió en mí desde la primera vez que la vi, no me es suficiente el aprecio a mi familia adoptiva: una necesidad más fuerte de acercamiento se instaló en mi cuerpo, acampó la obsesión y el deseo de aproximación hacia esa persona desconocida, y así fue como mi vida cambió de un segundo al otro.
Me fui encontrando con mi sentido detectivesco, con el espía oculto en mí o, quizás, con un desconocido y vergonzante lado oscuro obsesivo compulsivo: mis días se resumían en seguir sus acciones, descifrar sus gustos, su forma de ser, su manera de moverse. Aunque les parezca mínimo, este último detalle me permitía saber cómo había sido su día: cuando la veía llegar con los hombros caídos y sus brazos cansados, me daba cuenta de que quizás había tenido un día estresante; si su paso era rápido, seguramente estaba con un día agitado; si corría al bajarse de su auto, significaba que su día se había puesto difícil…
En fin, las distintas acciones en su cuerpo siempre me llevaban a la misma pregunta: ¿por qué los humanos viven de esa forma extraña por la cual pareciera que el fin del mundo se aproxima? De todas formas, aunque me hacía miles de preguntas sobre ella, como es de esperarse poco se puede saber de una persona a través de una ventana.
Una tarde, mientras estaba en el techo de mi casa, la vi entrar llorando a su hogar y cerrar la puerta de un azote. Aquel sonido me estremeció el cuerpo y, aunque no deseaba contarles esa parte de mí, los ruidos fuertes son un tormento. Quizás mi desarrollada audición provoca que un sonido que parece simple para algunos, yo lo sienta como un fuerte estruendo que afecta a mis tímpanos y descompensa mi sistema nervioso desorientándome. En ocasiones me asustan y me ponen en alerta durante minutos provocando que mis pupilas se dilaten y me encuentre atemorizado. Por esta razón es que aquel desagradable sonido fue captado por mí a pesar de la distancia que separaba nuestros hogares. Quizás para los miembros de mi familia aquello había sido imperceptible, pero para mi cuerpo no lo fue: me quedé un rato pensativo, luego me arriesgué a husmear como de costumbre. Como dice la sabiduría popular: la curiosidad es más fuerte.
Me fui acercando más y más hasta que me vi fuera de mi hogar, me encontraba en medio del asfalto. No sabía qué debía hacer: retroceder, sería de cobarde, jamás me había atrevido a acercarme a ella. «Es ahora o nunca», me dije a mí mismo, mientras se me erizaban los pelos de temor.
Podía oír desde afuera sus fuertes sollozos, ¿qué clase de cobarde no consuela a su amor? Me atreví a pararme en su puerta. «¿Qué estoy haciendo?», me dije. Ella jamás se fijaría en mí, mi altura no es la ideal, mi falta de palabras sería otro problema, no sé comunicarme con las personas. Tengo algunas actitudes que hacen que a muchos no les agrade mi forma de ser, soy muy inquieto, no soy muy fiel; mis pelos serían otro problema a las mujeres no les suelen gustar tan tupidos. «¿Y si es alérgica?», me preguntaba asustado. Todas estas dudas me paralizaban.
A los gatos nos resulta difícil vivir en un mundo de gigantes y más aún en estos tiempos cuando hasta nos ponen ropita infantil y pretenden que nos agrade. ¿A qué humano se le ocurrió la idea de vestirnos tan estúpidamente? Llegué a usar un tutú rosa en mi infancia; por desgracia para nosotros, a algunos ignorantes les cuesta definirnos el sexo.
—¡Creo que es hembrita! —aclamaba el ama de mi madre.
—¡Señora, por favor, me está humillando!
Pero, alejándome de mis vivencias poco agradables, ahora mi problema era otro: cómo captar la atención de mi amada.
Me paré ante su puerta y maullé como nunca antes lo había hecho y aun así seguía escuchando su voz ahogada en aquel aparato que tanto usan los humanos al que llaman celular. Es un invento extraordinario, aunque, de alguna forma, alejan al ser humano de aquello que consideran los diferencia del resto de los seres sintientes del planeta. Se autodenominan seres sociales, pero yo veo más violencia e intolerancia en ellos que entre un león y una gacela. Se creen superiores ante nuestra carencia de lenguaje, pero solo se comunican en los últimos tiempos mediante dibujos digitales para expresar sus emociones, algo que llaman “emoticones”.
Seguro quieren saber cómo un simple gato puede aprender tanto del mundo humano. Pues hace demasiado tiempo los observo con cautela e incluso con pena. Noto como pasan horas mirando aquellas pequeñas pantallas. En mi hogar es costumbre que mis humanos olviden darme la comida, entonces tengo que hacer una cara extraña para llamar su atención. De esta forma me sacan una foto, la suben a algo que llaman “Facebook” y escriben una frase bonita. Así logro mi almuerzo. Lo peor es que aquellas torturas se expanden en más inventos: no solo lidio con esa aplicación desagradable, también me suben a sus grupos de “WhatsApp” alardeando sus cuidados y mis monerías. De vez en cuando, alguna foto va para “Instagram”: se apodera de mis facciones junto a mi dueña, la cual por cierto se ve extrañamente más bonita a través de aquel aparato que en la vida real, eso ya no sé cómo lo logra, algo de hechicería en su celular quizás.
La realidad es que trabajo todos los días en una expresión diferente y no sé qué voy hacer cuando no se me ocurran más caras. Quizás me pase como al pobre canario que teníamos, no es que no sabía posar para la selfi, sino que, digámoslo así: esa mañana olvidaron darme mi ración y, aunque el pajarito me caía muy bien, la ley de la naturaleza golpeó mi puerta. Por supuesto que fingí no saber nada de lo que me preguntaron cuando regresaron de trabajar, puse mis ojitos bien brillantes y dejaron de lado aquel cuestionario. Ya sé lo que están pensando, les dije que no es fácil ser gato en estos tiempos
Regresando a ella, continuaré mi relato…
Percibía su tristeza detrás de aquella puerta. Mis ojos rodeaban aquel espacio en busca de una posibilidad de atravesar los muros que me impedían consolarla. Noté que el pequeño ventiluz de la entrada se encontraba entreabierto, no sería difícil escurrirme por allí. Parecía que aquella ventana corrediza había permanecido abierta para mí, debía actuar de inmediato ya que el destino conspiraba en mi favor.
Logré entrar a su hogar. A simple vista confirmé que no tenía mascota, todo lucía radiante. Los gatos poseemos una cualidad extraordinaria, incluso muchos han creído que estamos teniendo visiones cuando nos ven movernos en el aire dando manotazos, pero la realidad es que tenemos la capacidad de ver hasta una pequeña pelusa flotar en el aire —una vista de superhéroe—. Gracias a esta fabulosa cualidad logré darme cuenta enseguida de que no había ninguna competencia por la cual preocuparme, en el aire no flotaba ni la partícula de una pulga.
La limpieza de aquel sitio, lejos de agradarme, me causaba escalofríos, ahora entendía la soledad en la que ella vivía. Por supuesto que a los gatos nos agrada el orden, incluso no soportamos la idea de defecar y verlo, siempre lo ocultamos. Más allá de que el olor de nuestros desechos es nauseabundo nos gusta mantener un cierto control y no quiere decir que mi hogar fuera de lo más pulcro.
Recuerdo una tarde cuando se me ocurrió hacer mis necesidades dentro del cajón de mi pequeña humana: no me fue muy bien, se enfadaron demasiado conmigo, fui castigado y obligado a usar una caja con piedras. La verdad es que aún no encuentro la diferencia entre hacer en un lado u en otro, pero, como les dije, reglas son reglas y fui obligado a cumplirlas por tanto tiempo que ya se trasformaron en un mecanismo. Aun así, no les niego que a veces lo hago en el patio de mi vecino, para que en casa ya dejen de quejarse por tan poco.
Todos estos recuerdos y costumbres a las que fui sometido, sumando mis condiciones especiales de instinto y supervisión que la naturaleza me ha entregado, me llevaron a poder concluir que mi amada mantenía en su apartamento un orden anormal. Estrictamente alineados los cuadros y pulidos los muebles, sus pisos estaban brillantes y resbalosos, la humedad en los sócalos del suelo me demostraba que sus cerámicos pasaban más tiempo empapados que jaguar en río. (Aunque mi comparación les resulte estúpida, más nos resulta a los gatos saber que aquellos felinos disfrutan el agua, a diferencia de nosotros que nos causa fobia. Pero esa es otra historia que no me corresponde relatarles).
Mi detenida observación felina me llevó a conjeturar que en sus ratos de ocio solo se la pasaba limpiando. De todas formas, jamás vi amigas o familia rondando su territorio y, para mi suerte, ningún novio.
Recorrí su hogar a hurtadillas mientras sentía la frialdad que impregnaba todo. A los artefactos humanos no los logro comprender bien del todo, he aprendido el significado y la función de algunos, pero otros terminan complicando mi aprendizaje básico cuando sus formas escapan de la lógica de mis ojos. ¿Cómo se les ocurrió que las plantas estén dentro de jaulas? O ¿por qué adoran figuras talladas de otros humanos? Dejé mis preguntas sepultadas como de costumbre ya que hace tiempo no cuestiono lo incomprensible de la humanidad.
No había señal de otros integrantes en el hogar, no solo no los detecté con mis instintos, sino que tampoco vi que hubiera retratos o fotografías de momentos felices con otros humanos. ¿Acaso no tenía ningún recuerdo lindo para archivar? ¿O las subiría a eso tan popular y adictivo para los humanos, ese tal “Facebook”? Tampoco había olor a comida casera, quizás no era muy buena en eso, aunque últimamente ninguna es buena en esa área y culpa de ello los pobres canarios pagan las consecuencias.
Me asomé para verla, escondido entre unos hermosos sillones que tenía, eran esponjosos, blancos inmaculados. Me tentaba afilar mis uñas en ellos, pero traté de controlarme, la miré y comencé a escuchar su conversación, creo que hablaba con un fulano, reclamaba muy parecido a mi amiga Leona, la morocha que vive a dos cuadras.
—¡Nunca vienes!
—¡Nunca apareces por casa!
—¡Nunca estás cuando te busco!
Pobre Fulano, me causaba pena, debe ser que no solo las gatas son irritantes, las hembras humanas poseen el mismo don.
Qué bello era su rostro, por primera vez la miré de cerca: sus ojos eran color café, su piel era tostada, su nariz pequeña y respingada, su pelo largo y brillante, de un negro tan oscuro que hasta en la luz parecía azulado.
Lloraba en el teléfono hasta que cortaron la llamada; se sentó en una silla, ahogada en sus gotas saladas. Yo no sabía qué hacer, si salir corriendo o hacer la cara que suelo hacerle a mi ama para sus fotos. «Quizás le robe una sonrisa», pensé. Pero no, ese plan no era bueno, por ello opté por un mejor plan de acción: salir detrás del sillón maullando, así lograría captar su atención, me dejaría visitarla seguido ya que los gatos somos desestresantes y los humanos nos utilizan como terapia en algunos consultorios. Obviamente, con mi presencia mejoría su humor, me pediría que me mude a su hogar, no tendría que comerme más canarios y usaría sus sillones con mis patitas extendidas. Para su beneficio, le llenaría la casa de pelusas y así tendría anticuerpos evitándole enfermedades.
Pero todo lo que planeé salió botado por la ventana junto conmigo cuando ella, al verme, me tomó entre sus suaves manos y me hizo volar por los aires con la expresión de:
—¡Fuera, intruso! ¡Fuera!
Está bien, había soñado muy rápido, pero ¿era necesario que me tratara como a un desconocido?
Bueno, sí era un intruso peludo, aunque mi amada estaba muy equivocada si creía que esa sería mi única visita, creo que todavía no conoce la determinación de un gato enamorado.
Capítulo dos
La siesta
Llevaba la cuenta de los días y horas de mi última visita a su hogar o, mejor dicho, de mi frustrada presentación ante mi amada.
En esos ocho días en los que estuve alejado de su presencia, trataba de espiar desde mi hogar algún movimiento. Llamó mi atención cómo parte de su rutina se había modificado: ya no barría la vereda, esta se encontraba repleta de hojas amarillentas que comenzaban a caer ante los primeros días de otoño. No diré la fecha en la que estaba porque los gatos no manejamos el calendario como lo hacen los humanos, más bien nos regimos por los cambios de la naturaleza, por eso en toda mi historia jamás sabré si era enero, febrero, julio o agosto, esos nombres que usan los humanos para hablar de la posición de su planeta suelen ser confusos y extraños para nosotros, los animales.
En lo que a mí respecta, los definiré como algunos de los días más tristes que se me presentaron, no es que me haya pasado nada fuera de lo común, mi rutina era la misma de siempre, con alguna que otra queja en mi familia adoptiva a la hora de tratarse de mi orina.
Mi costumbre de orinar el baño los invadía de cólera, la verdad es que trataba de adaptarme a sus costumbres, pero ellos no lo veían de esa forma. Las piedras no me servían de nada y aquel rincón del baño era ideal para aplacar mis necesidades, pero los humanos resultaban intolerantes a la hora de soportar mi invasivo olor, los azulejos del baño tan blancos, impecables, como les gustaba conservar, comenzaban a verse amarrillos ante mi costumbre diaria. El defecto de mi orina se debe a que gracias al descuido de mis humanos aún no se les ocurrió la idea de castrarme –para mi suerte–.
En cuanto a mis salidas, ya no me entusiasmaba la noche, había dejado de frecuentar mis territorios nocturnos ya que no dejaba de pensar en mi vecina del frente. La melancolía por la distancia y mi falta de capacidad de captar su atención me ponían en estado de apatía con todo lo demás que me rodeaba. Me aburría mi hogar y, sobre todo, me fastidiaba la presencia de mi compañero de techo, un can un poco acelerado y baboso: Loki (su nombre describe su carácter). Era inquieto, atolondrado y casi todo el tiempo su intensa energía cambiaba mi humor. Me veía obligado a dormir sobre los muebles y, como constantemente me tenía que escapar de sus molestos juegos, me recriminaban seguido uno que otro rayón y manchas en la pared. Le gustaba perseguirme y, en ocasiones, robaba mi plato de comida. La venganza del más allá le llegó cuando la descompostura intestinal tocó su puerta por ingerir mis alimentos.
Loki no era demasiado entretenido a la hora de dialogar, de hecho, creo que poseía un exceso de domesticación, no había muchos secretos para compartir, por eso los gatos y los perros quizás somos de distintos universos. Ellos se pasan el día entre juego y juego olvidándose de los orígenes naturales y complacen a los humanos en casi todo: ver su comportamiento me causaba pena.
¿Sabían que los perros tienen 160 millones de neuronas y los gatos 300 millones? Seguramente se preguntarán de dónde proceden mis conocimientos: pues de la televisión, mis humanos acostumbran ver documentales. Un día estábamos Loki y yo contemplando aquel artefacto –yo lo defino como “el hipnotizador de humanos”– y aquel dato nos impactó y me sirvió para hacerle entender que no somos compatibles en sus juegos.
Ya sé lo que están pensando: “¡qué cruel!”. Pero de esa forma logramos una armonía, él sabe que le faltan 140 millones de neuronas para superar mis trampas.
Evadiendo mi aburrida rutina, les hablaré sobre mis emociones. Como les estaba diciendo, mis días se hacían largos y densos, extrañaba verla salir apurada, contemplarla coqueta, nerviosa, acelerada y antisocial. Me gustaba juntar mis párpados y traer aquellas imágenes diarias en donde la veía irse de su casa cerrando la puerta de un azote, sus tropezones en la vereda y las llaves en el piso por la torpeza de sus manos. Parecía que pasaban lentas las imágenes en mi sistema, las repetía una y otra vez, de esa forma hacía que el día se esfumara con velocidad anhelando verla por un instante, aunque solo fuera en mis atesorados recuerdos.
«¿Por qué se esconde del mundo?», me preguntaba ansioso por comprender aquel encierro voluntario que parecía envolverla.
Pensé todo el tiempo en ella, pero no de la forma en que creen, románticamente digo. Todo lo contrario: los animales tenemos una manera no tan agobiante de amar, mi familia no lo nota demasiado pero mi amor lo demuestro hasta cuando afilo mis uñas en la cortina nueva. Pero como no lo toman de esa forma, tienden a enfadarse, a creer que fueron acciones intencionales cargadas de emociones negativas. Ojalá pudieran comprender nuestro comportamiento y dejar de pretender que nos igualemos a sus acciones.
Los gatos, durante muchos años e incluso en la actualidad, hemos sido menospreciados por algunos humanos. Dicen muchas cosas que no tienen ni un dejo de verdad sobre cómo somos. Dicen que somos infieles a nuestros dueños. ¡Si tan solo supieran cómo cuidamos de sus almas mientras ellos descansan en la noche! Si supieran que el mundo que creen conocer no es más que un gran misterio para ellos y que nosotros poseemos la llave de ese enigma.
También sé que nos dicen apestosos, ¡cómo se nota que no tienen el sentido del olfato tan activo como los animales! Francamente, ha sido una tortura lograr armonizar con los humanos, ayudó mucho el descubrimiento del desodorante. En la Edad Media era casi imposible lograr convivir con los fétidos humanos, pero bueno sé que hay gatos en el mundo que aún padecen la falta de uso de este elemento por parte de sus dueños; mis respetos a esos héroes.
No quiero salirme del tema, pero siempre lo hago, esa es otra mala fama que nos dieron, que no somos comunicativos y aquí les diré que los gatos poseemos otra forma de comunicación, algo que el hombre jamás entendería, algo que escapa de su mundo cerrado. Les contaré uno de mis más preciados secretos, mejor dicho, les contaré nuestro más preciado secreto en el mundo de los gatos.
Nos dicen dormilones. Algunos documentales que suelen ver mis humanos, llegan a comparar el promedio de vida de un gato midiéndolo con la cantidad de horas que durmió. Es decir, si un gato posee nueve años, los científicos dicen que solo estuvimos despiertos tres años, para ellos dormimos seis. No quiero sonar petulante, porque no es mi esencia (aunque también nos han acusado de eso), pero debo decirles a los científicos humanos que traten de invertir su tiempo en otras cosas porque jamás van a lograr conocer algo que no pertenece a su mundo. Sí, así es: nuestra vida no depende de este planeta.
Los gatos cuando comenzamos la vida número siete en la tierra (secreto que no debe ser develado a los humanos) lo hacemos como siempre, es decir, en los inicios como crías inmaduras. Nuestro tiempo solo es para juegos y travesuras, corridas, cacerías de una que otra ave; perseguir las sombras (aún no entiendo aquellas formaciones), jugar con el reflejo del agua, intentar atrapar los rayos del sol… Innumerables detalles que se nos van presentando y hacen que nos intrigue el mundo no solo humano sino el que envuelve a la madre naturaleza.
En aquella primera etapa todo es desconocido y nuevo, intentamos develar sus misterios con la curiosidad única que nos caracteriza. Y así es, como dije arriba, tenemos siete vidas. Y aquí me detendré a explicar este gran detalle que hace la diferencia: es verdad que poseemos siete vidas en la tierra, pero no como el hombre intentó entender lanzándonos desde las alturas, creyendo que nuestras vidas se basaban en la resistencia, cuando nos impulsaban al filo de la muerte suponiendo que poseíamos una supercapacidad en nuestro cuerpo. No, los gatos vivimos siete vidas en esta tierra en cuerpos diferentes, pero siempre el cuerpo que se nos entrega en este lapso será el mismo: cuatro patas, bigotes, pelos abundantes, gusto por los ratones, desconfiados por naturaleza, un poco acelerados… Simplemente gatos, variando a veces únicamente nuestro género y color.
Las vidas pueden ser en tiempos indistintos por eso sé más de historia que algunos humanos ya que mis recuerdos del pasado se presentan al llegar a mi séptima vida. Al cumplir las doce lunas felinas, en esta vida, cuando estas cumplen su ciclo (al que los humanos llaman un año), sucede algo distinto a las otras vidas. Aclaro lo de las lunas y los ciclos porque nosotros nos regimos por el lapso lunar ya que la ella es nuestro principal sustento de energía. Así es, la luna es para nosotros una fuente de energía inagotable que recarga nuestros cuerpos y nos ayuda contactarnos con nuestra Reyna. Cuando aquel tiempo se cumple, aún no conocemos el mundo, somos uno más que ignora las leyes misteriosas del universo.
Jamás nadie me había contado sobre esto, me refiero a mis compañeros felinos, ya que es un secreto que se conserva para que cada uno lo descubra, y así fue que llegué a mi vida número siete. Lo extraño fue que aquella revelación demoró más de lo acostumbrado, las doce lunas para mí habían pasado hacía demasiado tiempo, más bien podría decirles que muchísimas pasaron sin ser llamado a este sueño de revelación. Todavía no entiendo por qué fue demorado aquel acontecimiento que define el mundo felino, quizás fue mi despistada forma de ser que hizo que este hecho se presentara cuando mi cuerpo ya tenía más lunas que pulgas encima de su pelaje.
De la nada misma un sueño me invadió aquel día, mi cuerpo estaba cansado, abatido y mis travesuras comenzaban a ser menos frecuentes.
