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Desde la altura de los cielos, cualquier emoción humana parece insignificante; pero en el plano terrenal, cada experiencia vivida intensamente se convierte en una historia significativa. No hay personajes irrelevantes; cada uno, con su propia situación, vive exaltaciones, disfruta de alegrías, experimenta alivios, supera dolores o sucumbe ante adversidades. La mirada del pájaro, elevada y abarcadora, da universalidad a las emociones humanas, tejiendo un tapiz donde cada hilo, cada relato, se entrelaza para formar una constelación brillante en el cielo de la humanidad. Así, los relatos que abordan estas emociones, se transforman en estrellas, cada una con su luz única, formando una constelación que guía y conmueve a quienes las observan. Este libro, compuesto por cuentos cortos, microrrelatos y poemas, se inspira en situaciones de vida, evocadas desde la perspectiva de un pueblo de la Provincia de Buenos Aires y vistas con la experiencia que otorga la edad avanzada.
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Seitenzahl: 162
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Para Pedro,porque, al escribir, su ausencia se convierte en una permanente presencia.
Para mis hijos,porque le dan sentido a mi vivir este presente.
[ 0 ]
Este libro, compuesto por cuentos cortos, microrrelatos y poemas, se inspira en situaciones de vida, evocadas desde la perspectiva de un pueblo de la Provincia de Buenos Aires y vistas con la experiencia que otorga la edad avanzada. En muchos relatos se encuentran las reminiscencias de la gran metrópolis donde viví la mayor parte de mi vida, junto con los aprendizajes obtenidos en los últimos años al convivir en una región más rural.
Un hilo conductor une estos relatos: la mirada de un pájaro que, desde lo alto, presencia cada situación como mudo e inmutable observador, desde cuya perspectiva cualquier emoción humana parece insignificante, un mero susurro en el vasto océano de la existencia. Sin embargo, en el plano terrenal, cada experiencia vivida intensamente se convierte en una historia significativa, una chispa en la gran narrativa de la vida.
No hay personajes irrelevantes; cada individuo, con su propia situación y contexto, vive exaltaciones que hacen vibrar su ser, disfruta de alegrías que iluminan su camino, experimenta alivios que le dan respiros, supera dolores que fortalecen su espíritu o sucumbe ante adversidades que ponen a prueba su resistencia.
La mirada del pájaro, elevada y abarcadora, da universalidad a las emociones humanas, tejiendo un tapiz donde cada hilo, cada relato, se entrelaza para formar una constelación brillante en el cielo de la humanidad.
El ave es un símbolo del testigo que observa y no juzga, que presencia y desaparece llevándose la anécdota, no comprometiéndose con los sucesos. Así, los relatos que abordan estas emociones, se transforman en estrellas, cada una con su luz única, formando una constelación que guía y conmueve a quienes las observan.
Elsa Clara Dávila
[ 1 ]
“Un hermano puede ser el guardián de la propia identidad, la única persona que tiene las llaves de nuestro yo más fundamental y libre”
Antoine de Saint- Exupery
Juan José Salazar gozaba de todo el éxito y el prestigio que se puede aspirar siendo aún joven. Su origen novelesco, desde que a los cinco años de edad fue recuperado a la vida por una pareja inigualable, sus padres adoptivos, daba vigor y acrecentaba el mérito de todo lo logrado. Era un empresario conspicuo que había forjado su carrera en el rubro hotelero, abarcando ya el ámbito de varios países.
Viajaba con frecuencia, en parte obligado por su labor de dueño de una importante cadena hotelera, y otro poco por puro espíritu aventurero. Le fascinaba emprender cambios, explorar y descubrir lugares. Su mayor fuente de aprendizaje siempre había sido su propia experiencia. Estas se convertían en lecciones de vida de las que siempre sacaba enseñanza. Tenía la inteligencia del sobreviviente, un ser a quien el destino privó de muchas cosas, pero que siempre desafió los obstáculos aprendiendo de las caídas.
Sin embargo, muy frecuentemente y como un moscardón fastidioso, había momentos en que le perturbaba una obsesión que no quería reconocer. Su natural optimismo no le permitía ver que esa momentánea alteración era nada menos que el llamado para encontrar a su hermano perdido hacía tantos años…
Lo recordaba como Buby, sin más identificación y con una mancha de nacimiento que cubría el dorso de su mano izquierda. Sabía que Buby tenía un año menos que él, y pensaba que seguramente ese era el nombre con el que él lo habría llamado desde pequeño. Le sonaba melodioso, cercano. Ambos se llamaban con el mismo nombre, Buby. Era como si se dijeran: ¡Hermano!
Habían sido separados por una nefasta institución que se arrogó el derecho de propiedad sobre sus vidas desde que quedaron huérfanos hasta las edades de cuatro y cinco años, cuando fueron dados en adopción a dos familias diferentes en términos culturales y económicos, como parte de un experimento. Lo vivido en los primeros años de permanencia en esa agencia de adopciones se había borrado de su memoria. Solo recordaba fugaces momentos junto a Buby. En las horas previas al sosiego del sueño veía su mano acariciando la de su hermano, recorriendo con su dedito índice el sinuoso contorno de la mancha natal de su mano izquierda, que llegaba hasta la muñeca.
Un día vinieron por él y nunca más lo vio. Al día siguiente él también emprendía su partida, su verdadero nacimiento a la vida. Esa ominosa institución que ocultó sus verdaderas identidades con absoluto desdén fue clausurada poco tiempo después. Habían intentado experimentar con un par de mellizos la misma premisa que con ellos, la de establecer cuánto influye la genética cuando se crece en ambientes socioeconómicos diferentes. Una experiencia científica aberrante, absolutamente prohibida.
Aunque esos recuerdos efímeros lo asaltaban a veces, él trataba de seguir con optimismo, mirando siempre hacia adelante, esquivando el pasado triste. Pero el deseo de encontrar a su hermano perdido iba creciendo sutilmente en él. En sus tantos viajes, se reconocía observando a hombres de aproximadamente su edad, buscando un parecido. Se sorprendió varias veces al verse sentado en una estación de ferrocarril, a la hora más concurrida, pasivamente examinando a la gente y escrutando rostros de facciones familiares. En otras ocasiones, sentado en la vereda de algún café, con su mirada escudriñadora y su pensamiento hundido en la lejana primera infancia.
Aunque su habitual actividad no le permitía caer en la melancolía, un día, mientras asistía a una reunión de trabajo con distintos empresarios hoteleros, se sintió atraído por un hombre de aproximadamente su edad que asistía a la reunión. Primero fue su mirada inquieta lo que encendió algo en su memoria. Cuanto más lo observaba, más advertía rasgos que le parecían reconocibles. Buscó la forma de entablar un diálogo con él. Éste se produjo al hacer una pausa para tomar un café y relajarse un poco. Solícitamente, le acercó un pocillo con la esperanza de conversar. Se intercambiaron algunos comentarios y de inmediato Juan José notó un acento provinciano en sus expresiones. Presintió su error de inmediato. Efectivamente, ese joven era nacido en Córdoba unos tres años antes que el propio Juan José. El sinsentido de su fantasía se desvaneció y hasta se lo reprochó como un acto de debilidad. No obstante, como se reconocía como un trabajador contumaz que no aflojaba en su entusiasmo por la acción, desvió nuevamente su atención hacia la reunión de trabajo, sin dar lugar a la decepción.
Un día, viajó a otra ciudad por una convención de trabajo que tendría lugar en uno de sus hoteles. Se discutirían condiciones laborales entre varios empleadores y federaciones sindicales. El contrato que se iba a celebrar era de suma importancia y él puso toda su energía en ese evento.
Al finalizar la reunión, se sintió agotado y decidió darse un merecido descanso. Hizo que llevaran su maletín y su laptop a su habitación, junto con el poco equipaje que llevaba consigo. Luego, solicitó que le enviaran un botones y se dirigió al ascensor para esperarlo. Lo saludó amablemente apreciando la profesionalidad del joven que vestía elegantemente el típico uniforme del hotel: una casaca roja con abotonadura cruzada dorada, pantalón negro, guantes blancos y casquete.
Ya dentro del ascensor y al sentirse tan bien acompañado, Juan José Salazar comprendió la importancia que tiene el botones en un hotel. Reconoció que es la primera persona con que interactúan los huéspedes, y, por lo general, la última que ven al abandonar el hotel. Pensó en que es el botones el que proporciona la información más inmediata, ofrece servicio para llevar el equipaje, se anticipa a las posibles necesidades del cliente e incluso recomienda buenos restaurantes o lugares de compras. Tuvo tiempo para reflexionar sobre este oficio mientras se sentía como un pasajero que quería descansar y que finalmente sus necesidades fueran atendidas.
Se dejó guiar hasta la habitación, dejando todos los actos en manos del botones, a quien no dejaba de observar, apreciando su labor desde la perspectiva de un cliente. Una vez dentro de la habitación, Juan José se arrojó en la cama boca arriba, extendiendo sus brazos en cruz, en total relajación. El botones, al notar su cansancio, se ofreció a ordenar su ropa en el armario y a ubicar la laptop y el maletín. Se quitó los guantes y comenzó a trabajar. Dobló, acomodó y colgó cuidadosamente la ropa con minuciosa prolijidad. Juan José lo observaba y disfrutaba verlo trabajar con soltura e independencia. Le gustaba el perfil de su cabeza, le era familiar. Aunque tenía miedo de decepcionarse nuevamente, se atrevió a pedirle que se quitara el casquete para poder verlo mejor. El joven sonrió y accedió. Luego de un rato, Juan José se levantó de la cama deponiendo su esperanza una vez más y, sacando un billete de su bolsillo, extendió la mano para agradecerle su amabilidad con un regalo. De esa manera, ponía fin a su breve ilusión. Al rechazar el joven la propina, él insistió. Con suavidad, le tomó la mano y deslizó el billete en su palma. Un escalofrío le recorrió el cuerpo cuando, al sostener su mano, vislumbró el más maravilloso de los tesoros fraternales: aquella mancha de nacimiento que conocía tan bien. Esta vez no había lugar a dudas; la marca en su mano izquierda era la prueba irrefutable de su identidad. Mantuvo su mano entre las suyas durante unos instantes, acariciando el contorno de la mancha con el dedo índice, tal como solía hacerlo cuando eran pequeños.
Después, al levantar su mirada húmeda y encontrar los ojos del joven, pronunció en un susurro: “Buby”. El joven lo miró atónito y, casi sin voz, repitió: “Buby”. Se reconocieron en esa palabra como dos pájaros que se identifican por su canto. El sonido quedó suspendido en el aire de la habitación del hotel, resonando a la vez como una pregunta y una afirmación.
El silencio también tiene sus respuestas. Un abrazo sin tiempo los envolvió. Fugaces imágenes de su infancia en el orfanato regresaron a sus mentes, y se miraron largamente, reconociéndose, al fin, como hermanos.
No hubo testigos de esta escena conmovedora; salvo un pájaro que, posado en la ventana, desplegó sus alas y voló, llevándose consigo el mudo testimonio de ese reencuentro.
Julio 2022
[ 2 ]
El perfil de la aldea se recortaba nítido sobre un cielo diáfano, apenas empalidecido por el humo de las chimeneas. Las casas, de estilo casi uniformado, ostentaban sencillez y fortaleza. A ambos lados de la calle se alineaban los árboles de frondosas copas verdes que, rozando los tejados rojos, contrastaban colores, dejando filtrar los rayos del sol por entre el follaje. Las coquetas chimeneas competían con sus distintos volúmenes y alturas, exhalando su aliento al frío de la mañana. Un encaje de luz y sombras que se formaba sobre la calzada daba la última pincelada de armonía y equilibrio al cuadro.
Klarysa nunca se cansaba de contemplar su aldea; lo hacía con la fruición con que se mira al ser amado. Con su talento de escritora y su vocación de poeta le había ofrendado muchos versos e historias de vidas que palpitaban dentro de esas casas. Ese era el mundo que latía a su vista, tan familiar como querido. Las palabras, como notas musicales, habían compuesto hermosas melodías en su libreta azul, siempre consigo, donde volcaba el producto de su maravillosa creatividad.
Su última composición había sido una historia sencilla pero conmovedora, la de Lera Serediak. Una historia que aún la estremecía, no por original ni única, sino porque era ya un ícono de la experiencia recurrente de tantas mujeres de su aldea, que habían visto partir hijos y nietos en busca de un porvenir promisorio, un estudio, una carrera, o una aventura, todo lo que esa apacible aldea no podía ofrecer. Lera Serediak, quedando para siempre anclada a un pueblo inmutable, ocupaba ya un lugar entre los relatos de su libreta azul.
Ahora la imaginación de Klarysa necesitaba un villano, un perverso a quien vencer en un cuento, haciendo que prevalezca la justicia, la verdad y la belleza en la trama de una narrativa. Ese apacible lugar no podía ser el escenario de una lucha. Debía buscar sitios remotos, exóticos, donde abrevar su inspiración para que el diabólico ser cayese destruido, haciendo prevalecer el bien.
Severas amenazas a la paz que perturbarían su aldea habían llegado a sus oídos. No estaba en su potestad entender las causas de tal situación, o más bien, se negaba a comprenderlas. Por eso no dio crédito a lo que primero fueron rumores y luego se convirtieron en generalizados comentarios. Las voces que se alzaban a su alrededor, preanunciando momentos difíciles y caos, no llegaban a su interior.
¡No! Estaban equivocadas, su aldea nunca podía ser el escenario de una catástrofe. Sin embargo, su cuerpo intuía un drama. Guiada por esa experiencia mística de la imaginación, iba recorriendo mundos, descubriendo personajes, hilvanando conflictos, detectando enigmas, revelando verdades. Y así, Klarysa iba bordando el tapiz de sus cuentos, en su libreta azul, alejada de la realidad que la circundaba, cada vez más atemorizante.
En el delirio de una inspiración, se encontró componiendo un cuento en primera persona. Ese personaje fantástico, huyendo del perverso, corriendo por las calles de su aldea, dispuesto a inmolarse por el bien, era ella.
Sintió temblar la tierra bajo sus pies, como un terremoto oculto en el corazón del planeta. Oyó truenos, como si una tempestad estuviese descargando su furia destructiva sobre su sosegada comarca, y vio derrumbarse muros. Cayó de rodillas sobre piedras que rodaban y se levantó con la sensación de que una velada cortina de humo negro, que olía acre, engañaba su vista.
Nuevamente las palabras golpeaban su mente. Quería escribirlas en su libreta azul para inmortalizarlas, temerosa de que ese fogonazo de inspiración se apagase, segura de que no era real lo que vivía y de estar experimentando, con su portentosa creatividad, el más alucinante sueño.
Siguió adelante, arrastrándose casi, y percibiendo el calor del fuego circundante. Todo ardía.
¡Qué magnífico cuento estaba, al fin, creando! Sin necesitar alejarse demasiado de su casa, había palpado el poder del mal, de ese mal que tanto había buscado en su fantasía, en lejanos lugares, para poderlo precisar y vencer. Se sentía compelida a hacerlo por un dictado de su subconsciente y luego darlo a conocer, anunciarlo, nombrarlo con palabras. Se aferró con determinación a su libreta azul, que sería el testimonio verbal de este sopor.
Nuevamente un estruendo estalló en sus oídos, y la tierra tembló bajo sus cansados pies. Ahora todo olía a cremación, e incluso sus ropas, polvorientas y chamuscadas, se destrozaban en su reptar entre escombros.
Quería plasmar en palabras lo que percibía y vivenciaba, pero su garganta no tenía ya voz, y su libreta languidecía. ¿Cómo concluiría su tan anhelado cuento? ¿Qué nombre daría al malvado que estaba profanando su aldea?
Ya sin palabras, se sintió vacía, sin aliento, desfallecer…Tendida, sin fuerzas, sintió que su cuerpo levitaba ascendiendo por encima del humo, dejando caer, en su despegue, entre las escorias y las ruinas, su libreta azul. La melodía de las palabras se había silenciado, y solo una, monocorde, prevalecía entre las taciturnas hojas…
“¡Guerra!”.
Abril 2022
[ 3 ]
Era un joven, idealista y sentimental. Disfrutaba de la música, de navegar por aguas calmas, de los bellos paisajes, de las largas tertulias, de los postres con crema, de componer canciones románticas, de mujeres bonitas y de Ravello, su lugar en el mundo, su paraíso en la costa amalfitana.
El Festival Internacional de Música que se realizaba en Ravello una vez al año lo retenía en ese lugar por largo tiempo. Su sitio favorito era una posada con bar, salón de música y una gran terraza desde donde se apreciaba el mar y las casas de variados colores colgadas de las rocas, desafiando al Tirreno desde las alturas. Los suaves vientos marinos acariciaban las veladas musicales en las cálidas noches de agosto. Él lo gozaba.
Marina formaba parte de Ravello. Contratada por el hostal como pianista ejecutaba canciones gondoleras, suavemente, para crear ambiente de ensueño para los turistas y para los enamorados que encontraban allí el espacio ideal para echar a volar sus sueños. Por las noches, en la penumbra habitual del lugar y debido a la ubicación del piano, solo se veía su perfil veladamente. Era bonita, su grácil figura se recortaba meciéndose al son de la canción que interpretaba. Él se le acercó atraído por la dulzura de su música y por su belleza y, como tantos otros, se enamoró de ella. Pero, a diferencia de los demás, su amor fue correspondido.
Marina le inspiraba melodías que ella ejecutaba imprimiéndoles su propio estilo y su marca personal, consistente en ralentizar los últimos compases como una manera de adelantar el final de cada pieza. En su mayoría, eran barcarolas, melodías que acompañaban la cadencia de los remos. A él le sorprendía y agradaba ese detalle particular de sus interpretaciones. Un día le preguntó por qué lo hacía y ella, recordando la respuesta que la gran Maia Plisetskaya dio cuando le preguntaron por qué ralentizaba tanto los aleteos en El lago de los cisnes, dijo de igual modo: “Porque puedo”.
Había ocasiones, sobre todo durante el festival de música, en las que muchos de los visitantes del lugar eran compositores deseosos de ejecutar su propia creación con sus distintos instrumentos. En esos momentos, Marina se alejaba del piano y dejaba la sala para la libre interpretación de aquellos que se animaban a hacerlo, convirtiendo la velada en un contrapunto de canciones y llenándola de voces acompañadas por una amplia variedad de instrumentos. Él se unía a Marina y ambos disfrutaban escuchando a los músicos y gozando inmensamente del momento y de estar juntos. Así se sucedieron muchas veladas en las que ambos atesoraron ese intenso verano lleno de felicidad y alegría.
Sin embargo, una creciente opacidad en su visión precipitó el regreso a su ciudad natal. A pesar de no quererlo se vio obligado a alejarse. Una vez en su país, acudió de inmediato a la consulta de su oftalmólogo de confianza. Se sometió a estudios en diversas clínicas especializadas. Con la compañía de sus dos hermanos, Paula y Joaquín, viajó a otras ciudades para consultar a prestigiosos médicos experimentados en ese tipo de afección. Aunque se presagiaba lo peor, se hicieron todos los intentos posibles para revertir tan triste desenlace. Pero todo fue en vano.
