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La víspera de su boda, el hijo del rey se atreve a preguntarle a su padre por qué no conoció a su madre y por qué nunca ha conseguido saber nada sobre ella. El rey, resignado, decide que ha llegado el momento de contarle a su hijo toda la verdad, la que lleva años guardando y le hace sangrar el corazón. El rey le habla de un mundo pasado, de una época en la que los dragones y los humanos estaban en guerra, cuando él era un simple duque al mando de un escuadrón de soldados en clara desventaja. Apresado por el enemigo y obligado a convivir con las bestias, fue allí donde encontró el amor, comprendió que las cosas no eran como él pensaba y tuvo que embarcarse en una odisea junto con inesperados compañeros para descubrir un oculto y nuevo enemigo que desde las sombras movía los hilos de todos ellos. Los enfrentamientos del pasado harán imposible la ansiada hermandad entre razas, impidiendo al rey estar con el amor de su vida.
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Seitenzahl: 333
Veröffentlichungsjahr: 2023
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ERA DE FUEGO. TOMO I
Abolengo de dragones
Fermín M. Romero Suárez
Fermín M. Romero Suárez
Primera edición: abril de 2023© Copyright de la obra: Fermín M. Romero Suárez
© Copyright de la edición: Angels Fortune Editions
Código ISBN: 978-84-126725-4-1Código ISBN digital: 978-84-126725-5-8Depósito legal: B 4508-2023Corrección: Teresa PonceDiseño y maquetación: Cristina LamataEdición a cargo de Ma Isabel Montes Ramírez
©Angels Fortune Editions www.angelsfortuneditions.com
Derechos reservados para todos los países.No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni la compilación en un sistema informático, ni la transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico o por fotocopia, por registro o por otros medios, ni el préstamo, alquiler o cualquier otra forma de cesión del uso del ejemplar sin permiso previo por escrito de los propietarios del copyright.
«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, excepto excepción prevista por la ley».
TOMO 1
ABOLENGO DE DRAGONES
Capítulo 1. Herido, vencido y prisionero
Capítulo 2. En la casa de mi enemigo
Capítulo 3. El concilio de la isla de los dragones
Capítulo 4. Los largos meses de espera
Capítulo 5. El ataque a la isla
Capítulo 6. De nuevo en el continente
Capítulo 7. Revelaciones
Capítulo 8. El asalto
Capítulo 9. Wozend
Capítulo 10. Viaje al reino de los enanos
Capítulo 11. Preparativos para la gran batalla
Capítulo 12. Todo o nada
Capítulo 13. La boda

Preámbulo
Es duro darse cuenta de que las decisiones tomadas por unos pocos, en busca de su propio interés, pueden tener consecuencias sobre un grupo mucho mayor. La Tierra de los Hombres era una vasta extensión de terreno, utilizada tanto por los humanos como por los dragones para su sustento y vida diaria. El no competir por los mismos recursos, ya que los dragones buscaban la caza y los hombres el cultivo, hacía impensable que hubiera enfrentamientos entre ellos, pero, como siempre, lo que nadie creía posible sucedió. En tiempos del rey Buldor, la paz sobre la tierra era una realidad, y no solo la pacífica coexistencia, sino las relaciones cordiales entre las diferentes especies. Tras su muerte, sus hijos se dividieron el territorio y, en tiempos de sus descendientes, tras años transcurridos en paz sin ninguna notoriedad, ocurrió el suceso que cambió el mundo. No contaré aquí lo pasado en aquellos tiempos, sino cómo llegó a su final la turbulenta época iniciada entonces. Contaré la historia tal y como la vivió su protagonista, para, desde su punto de vista condicionado y orientado por cientos de años de guerra, descubrir los misterios del final de la guerra con los Dragones.
PRÓLOGO
—Ja, ja, ja, ja. ¿Y por qué ahora, después de tantos años, me preguntas eso, hijo mío?
—No es por importunarte, padre, pero mañana será el día de mi boda, el día que dejaré de considerarme un joven príncipe para convertirme en hombre. Y, aunque siempre he respetado el que no quisieras hablar de mi madre, el ansia de saber cosas sobre ella nunca me ha abandonado.
El tronco de leña que estaba ardiendo en la chimenea del gran salón crepitó justo en el momento de partirse en pequeñas ascuas, que se esparcieron por todo el hueco destinado a acogerlo. El rey miraba fijamente cómo el fuego realizaba su labor de destrucción, sin levantar la cabeza, mientras su hijo le observaba con atención, esperando oír una respuesta. Aunque ya tenía veintitrés años y era considerado por todos un hombre valiente y honrado, sabía que el hacer esa pregunta podía acarrear muchas evasivas y una gran discusión con el cansado rey, quien, a pesar de sus años, seguía mostrando, cuando era preciso, el fuerte carácter y determinación de su juventud. Una pregunta tan sencilla como quién era su madre o cómo murió había sido un tema tabú en el palacio desde que él tenía uso de razón.
Ya habían pasado varios minutos desde que el silencio se había interpuesto entre padre e hijo. Aunque el príncipe seguía mirándolo de frente, ya había abandonado toda esperanza de que le contestara a la pregunta. De repente, el rey levantó la cabeza y habló:
—Luznary, así se llamaba tu madre. Significa «luz del amanecer» en la lengua de los antiguos, y por eso tu nombre es Lucian, hijo. Significa «el nacido de la luz». Podría simplemente contestar a tu pregunta, pero no aclararía tu mente y, muy a mi pesar, no haría sino añadir más dudas a tu vida. Por esto te contaré la historia. A esta hora de la tarde ya hace fresco, y me duele la espalda, así que espero que puedas aguardar un poco para empezar a oír mi relato.
El rey alargó su mano y agitó una campanilla que había sobre la pequeña mesa. Enseguida entró un sirviente en la sala, y el rey le pidió que le trajera una copa con infusión caliente. El criado se retiró, y, mientras esperaban su vuelta, ninguno de los dos ocupantes de la habitación pronunció palabra. El rey, con la mirada perdida en el vacío, como intentando recuperar recuerdos hacía tiempo olvidados, y el príncipe, con la nerviosa mirada posada sobre su padre. Nunca antes el rey se había mostrado dispuesto a hablarle sobre su madre, ni siquiera cuando era un niño pequeño, y lo único que conseguía que le respondiera era que ese asunto estaba cerrado y que no se debía hablar de él. Durante aquel silencio, el príncipe analizó, por primera vez en su vida, a su padre. Debía tener cuarenta y pocos años, y en su pelo ya se veían canas. Aunque aún no era mayor, su rostro ya presentaba numerosas arrugas, y en sus rasgos se notaba el cansancio de una vida intensa y dura. De espalda todavía ancha, se podía apreciar que de joven fue aún más fuerte y alto que ahora, y, por los relatos de los caballeros más viejos, un rival temible en el manejo de la espada.
Levantando la vista, empezó a fijarse en la estancia en la que se encontraban. El amplio salón ocupaba la base de una torre del castillo y poseía dos puertas: una llevaba hacia el pasadizo que subía a la torre y la otra conducía al edificio central del castillo. El suelo estaba cubierto por alfombras, y en las paredes se veían tapices de caballeros en sus monturas y de ceremonias reales. Había varias ventanas dispersas por la pared para aportar luminosidad a la estancia, cada dos metros, pero ahora tenían cerradas las contraventanas de madera, al haber atardecido y ser las noches más frescas de lo que por la estación correspondía.
Llegó el criado portando dos copas con líquido caliente en su interior. Una la puso en la pequeña mesa que se encontraba al lado del rey. La otra se la acercó al príncipe, que la cogió de la bandeja y olió el aroma. La infusión, de una mezcla de plantas que su padre solía tomar desde hacía años para combatir los dolores y molestias que el frío le causaba, era agradable al paladar. Se notaba el aroma intenso del orégano, así como también el romero, jazmín, hierbaluisa y menta. Lucian tomó un sorbo del líquido y siguió observando la habitación. La mesa que estaba al lado de su padre era un pequeño mueble de un solo pie, que al llegar al suelo se dividía en tres apoyos, y cuya tabla superior era redonda y de color oscuro. Lucian nunca se había fijado, pero, labrados en el cuerpo del pie, se veían unas figuras aladas. Desde pequeño había oído a escondidas hablar de ellos a los mayores, pero esta era la primera vez que veía de alguna manera cómo podían haber sido; eran dragones. Su padre se percató de esto y carraspeó levemente. Lucian levantó la vista y vio como su padre se incorporaba y caminaba hasta la gran mesa central del salón. Era este un mueble sencillo, de forma rectangular y sin ningún tipo de adorno, usado para los banquetes y fiestas que la corte daba para agasajar a sus nobles. El rey se apoyó en ella y tomó un sorbo de la copa. Miró a su hijo, que lo había seguido hasta la mesa.
—¿Qué has visto en la mesilla, que tanto interesó a tus ojos?
—Las figuras que hay labradas en ella, padre. Nunca me había fijado en que hubiese dragones representados en su pie. Sinceramente, pensaba que eran fruto de la imaginación del pueblo y los juglares, aunque la historia nos diga que recientemente estuvimos en guerra con ellos.
—No eran ni mitología ni imaginaciones, hijo. Su rastro quedó borrado de mi vista por orden mía, y si esa mesa con sus dragones ha perdurado aquí ha sido por expreso deseo mío. Esta sala no siempre fue así. Hace muchos años, los tapices que adornaban sus paredes no representaban solo escenas palaciegas y de exaltación personal, sino que también podían admirarse varias telas en las que se veían majestuosos dragones y las escenas de lucha entre ellos y los hombres. Ven, sígueme.
El rey tomó la salida que conducía hacia el centro del castillo, después de haber cogido de la gran mesa un candelabro con tres velas encendidas. Atravesó varias puertas y abrió una última con una gruesa llave. Comenzó a descender una corta escalinata. Lucian nunca había estado en ese corredor, pues siempre había estado trancado con llave. Al terminar de descender, el rey empujó otra puerta que opuso resistencia.
—Lucian, ayúdame.
Con la presión de ambos hombres comenzó a ceder y, aunque se trataba de dos adultos fuertes, les costó hacer que se abriera del todo.
—Tantos años hacía que no venía a esta sala que a la puerta se le había olvidado el cómo girar, je, je.
El rey entró en la sala alumbrándose con el candelabro y, tras buscar brevemente por la pared, encontró una antorcha. Le acercó una vela y la tea prendió, chisporroteando al encenderse. A la luz de la antorcha, Lucian pudo ver que la sala en cuestión era una estancia amplia, que, por lo que se veía, servía como trastero. Había almacenados en su interior cientos de objetos de la más diversa naturaleza, desde telas enrolladas hasta mesas, jarras, libros, armas, armaduras, escudos, platos, cubiertos y muchas más cosas. Todas perfectamente ordenadas y guardadas. En su cabeza comenzaba a gestarse la idea de que su padre le había llevado allí para evitar hablar del tema de su madre, ya que había pasado cerca de media hora sin que volviera a nombrarlo. Su padre se dirigió hacia un montón de telas enrolladas y cogió una de las superiores del montón. La estiró y, tras soltar una nube de polvo, Lucian pudo ver su interior. Se trataba de un tapiz que mostraba un espléndido dragón gris, posado sobre un saliente de madera de una torre, con las alas desplegadas. La boca de Lucian quedó abierta al darse cuenta de que salientes como aquel había varios en el castillo y nunca se había planteado su utilidad. Mientras admiraba la ilustración bordada, su padre siguió desenrollando telas. En todas ellas el componente común eran los dragones, aunque las había tanto de escenas de ellos solos como de dragones y humanos. También Lucian pudo ver que había muchos tipos diferentes de dragones: plateados, dorados, negros, verdes, azules, rojos y blancos. Y, tras mirar varios tapices más, se percató de que, en la mayoría, la imagen que se mostraba era la de la lucha de los dragones contra los humanos. Ahora se daba cuenta de que no solo en los tapices había motivos de dragones; todos los objetos tenían de alguna manera relación con el tema de esas criaturas. Lucian se encontraba maravillado observando cada detalle al alcance de su vista cuando recordó cuál era el tema que realmente le importaba. A pesar de la curiosidad que le provocaban todas esas cosas y las criaturas que representaban, se volvió hacia su padre, que permanecía sentado en una silla en un rincón, y le dijo:
—Padre, ¿no me habrás traído aquí con la idea de distraerme con estos objetos y evitar así hablar de mi madre, verdad?
En la cara del rey se marcó una mueca de enfado ante tal insinuación, pero rápidamente desapareció.
—No, hijo mío, te he traído aquí porque hay una relación directa entre tu madre, su destino y los dragones.
Lucian no podía creer lo que estaba oyendo.
—¿Cómo puede ser eso, padre? Cuéntamelo todo, por favor…
—Está bien, hijo, ponte cómodo. Comenzaré mi relato en la batalla de la Llanura de Harins. Tú conoces la versión de la historia transmitida por personas que no estaban allí y que se llaman a sí mismos historiadores. Su punto de vista de los hechos es objetivo. Yo te contaré de primera mano cómo ocurrió de verdad.
Era una tranquila mañana de primavera y, como casi siempre, me había levantado tras las primeras luces del alba. El día se presentaba despejado, sin una nube en el horizonte, y ni una suave brisa soplaba. Era el día perfecto para la batalla. Para desentumecer mi cuerpo del frío de la noche, realicé algunos estiramientos matutinos y practiqué un poco con la espada con uno de mis escuderos. Tras estas actividades tomé un desayuno no demasiado pesado, ya que en unas cuantas horas se esperaba entrar en acción. Tenía yo veinticinco años por aquella época y, aunque aún no me consideraba un experto, ni mucho menos, por llevar luchando más de cinco años en la guerra, ese tiempo sí me convertía en un guerrero veterano. Tras el desayuno pasé revista a mis hombres, como cada mañana. Por mi título de duque de Pirrs, tenía bajo mi mando unos mil hombres. Era un contingente escaso en número, pero todos nos conocíamos, ya que la mayoría eran de mi misma ciudad y habían venido conmigo hacía más de cinco años. Por lo tanto, y era lo más importante para mí, eran guerreros expertos que confiaban en su comandante. Varias veces el rey Zeandor me había ofrecido reforzar mi contingente con nuevos reclutas, para completar un número cercano a los mil quinientos hombres que yo debía tener bajo mi mando. Al ser los reclutas soldados inexpertos, siempre decliné el ofrecimiento, al considerarlos más un estorbo que una ayuda para los veteranos. Además, no quería privar de más hijos o esposos a las familias de mi ciudad.
En aquellos tiempos, hijo mío, no existía el actual reino de Gromm, ya que este se encontraba dividido en diferentes tierras y reinos. En la costa, las ciudades independientes de Brings y Goldes. Las tierras al norte de Ispic formaban el reino de Thurom, cuyo rey era Zeandor, a quien yo debía obediencia. Al sur de Ispic, se encontraba el reino de Aggas, gobernado por el rey Baltas. Toda la tierra situada al este de los reinos conocidos era la Tierra de Fuego, frontera que era vigilada por la fortaleza de Ródenas. Igual que ahora, al norte de Thurom, se encontraban las llanuras heladas de Grodenland, y en el suroeste de Aggas, los bosques Eternos, rodeados por las montañas Oscuras. Estos dos territorios, al igual que la Tierra de Fuego, no pertenecían a ningún reino. En el centro del continente estaba la ciudad-Estado de Wozend, que no rendía pleitesía a ningún rey, era gobernada por el noble señor Mozala y respetada y temida por la élite de su Ejército: sus dass, grandes guerreros y mejores asesinos, capaces de eliminar a cualquier objetivo seleccionado.
Tras pasar revista a mis hombres, les ordené que revisaran y prepararan sus armas, y repasé con mis oficiales la estrategia. Lucharíamos con la cordillera Dorsal a nuestra espalda. Para resguardarnos en la retirada, si fuera precisa, la ciudad-fortaleza del paso de Higarus. A la izquierda de nuestro ejército quedaba la ciudad amurallada de Castelgland, que también se consideraba un punto de auxilio, de ser necesario. Para nosotros esta última opción no era sino un espejismo, ya que ocuparíamos el extremo más alejado del ala derecha de las tropas y, en caso de huida, nunca llegaríamos a las puertas de Castelgland con vida. De todas formas, nadie pensaba que hubiera que huir ese día, ya que el ejército combinado de Thurom, Aggas y Wozend, de unos doce mil hombres, tenía un aspecto impresionante.
Casi todas las tropas de Thurom marcharían en vanguardia, y en las alas y formando el cuerpo central del ejército, las tropas de Aggas. Las tropas en reserva serían las de Wozend. Yo estaba en desacuerdo con esta disposición, no por miedo ni mucho menos, sino porque consideraba que era mejor intercalar pelotones de diferente procedencia, ya que unas tropas de otro reino no acudirían con total entrega a socorrer a soldados que no eran de su misma tierra. Las catapultas y grandes ballestas o balistas se colocaron en retaguardia, distribuidas a lo largo de toda la línea de combate. También cubiertos a nuestras espaldas estaban situados tanto los arqueros del batallón de cada comandante, como los batallones de arqueros especialistas, compuestos por soldados expertos en el manejo de esta arma. Era muy difícil que las flechas los mataran, debido a sus duras escamas, pero sí podían herirles en las algo más finas escamas de su vientre. También podían dañar la delgada piel de las alas, y para evitar esto debían permanecer en el suelo, donde la infantería se enfrentaba a ellos con sus espadas y lanzas.
—Pero ¿enfrentarse a quién, padre? ¿Contra quién luchabais?
—Contra dragones, hijo, contra hordas de dragones. Magnificas bestias, como la más feroz de las criaturas que puedas imaginar, y de una fuerza y habilidad de combate inigualable.
A las diez de la mañana estaban las tropas dispuestas en formación, esperando que acudiera el enemigo, y a eso de las once los vigías de la costa hicieron sonar sus cuernos, avisándonos de su llegada.
Lo primero que percibí de ellos ese fatídico día fue el sol reflejado en sus cuerpos, emitiendo destellos de multitud de colores en la línea del horizonte. Desde que vi la longitud de la franja de cielo que relucía, supe que ese día iba a ser muy largo. Al acercarse más a nosotros, me percaté de que se trataba de al menos cien cuerpos de distintos colores los que se acercaban. Los había negros, dorados, grises, verdes y azules, toda la variedad que yo había visto en mis largos años de lucha. Se dirigían hacia nosotros con las fauces abiertas y mostrando sus relucientes colmillos. Su número era difícil de calcular, al no aproximarse en una línea uniforme, sino en filas superpuestas, pero yo aseguraría que no eran menos de quinientos. Conforme se iban acercando, tomaron una formación de ataque en cuña, con la punta dirigida hacia el centro del ejército, pero, en el último momento, se dividieron en pequeños grupos de composición heterogénea. Nunca antes habían usado esta táctica, o al menos yo nunca había oído que lo hubiesen hecho. Siempre acometían en una línea compacta, abarcando todo el frente de batalla, y de ahí la disposición de nuestros arqueros y artillería. Esta nueva estrategia causó desconcierto entre las tropas, y entre los soldados noveles se empezaron a escuchar las dudas y los primeros lamentos. De la boca de mis hombres no salió ni una palabra.
El posterior desarrollo de la batalla fue un desastre. Al separarse en grupos pequeños, de diez a veinte animales, y no abarcar todo el frente, muchas de las tropas de arqueros y ballestas eran inútiles, al quedar los animales fuera de su alcance. Esto hizo que los movimientos de estas unidades, intentando ir hacia lugares más útiles de la línea, provocaran los primeros desórdenes. Los pequeños grupos de dragones se abalanzaron como flechas, directamente en línea recta hacia las tropas que tenían delante de sí. Cuando ya estaban a poca distancia, oí un estruendo a mi espalda: las ballestas y catapultas acaban de lanzar su mortífera carga. Sus proyectiles volaron raudos hacia los dragones, que al verlos venir intentaron evitarlos. Yendo tan agrupados, algunos no pudieron moverse lo suficientemente rápido y fueron ensartados o golpeados, cayendo al suelo entre aullidos y llamaradas. Un estruendo de vítores y gritos se alzó de entre las tropas y volvió la moral antes perdida. Del grupo que se dirigía a mi batallón había caído un dragón verde de tamaño medio. Los dragones, lejos de amilanarse, volvieron a formar masas compactas, y siguieron avanzando hacia nosotros.
—¿Cómo que de tamaño medio? ¿A qué te refieres?
—No eran todos iguales ni en tamaño ni en carácter. Los más grandes eran los verdes; estos eran también los que se llevaban a los dragones heridos y muertos al final de los combates, ya que los dragones nunca abandonaban a sus heridos.
—Entonces, ¿nunca tuvisteis el cadáver de un dragón para poder analizar su anatomía y buscar sus debilidades?
—Sí, conseguimos cadáveres en emboscadas en las que morían todos sus miembros, o la gran mayoría de ellos. Al poco de poseer sus cadáveres, se producían ataques tan violentos y feroces contra los lugares donde los guardábamos que nunca conseguimos cruzar la cordillera Dorsal con uno de ellos. Ni siquiera mantener un cadáver en nuestro poder por más de dos o tres días, y eso a pesar de los muchos soldados que entregaron la vida defendiéndolos.
—Pero entonces…
—Lucian, déjame continuar.
—Perdona, padre.
Los siguientes en tamaño eran los negros, unos animales temibles en la lucha y que a veces mataban por el gusto de matar, ya que se les veía a menudo rematar a los heridos de nuestras tropas. Casi del mismo tamaño que los negros eran los dorados. Un poco más pequeños que los dorados, pero de igual talla entre ellos, eran los dragones plateados y los azules. No te dejes engañar por lo de pequeños; un dragón azul, posado en tierra, medía fácilmente de alto lo mismo que dos o tres hombres adultos. La altura de los negros y los dorados estaba más cercana a la de cuatro adultos. Te digo que el dragón que abatieron enfrente de mí era un dragón verde de tamaño medio, porque no había completado su desarrollo; los dragones no nacen siendo ya unas criaturas inmensas.
¿En dónde me había quedado?… Ah, sí, los dragones se habían reagrupado y seguían avanzando. Oí al oficial de los arqueros que tenía a mi espalda dar la instrucción de cargar y apuntar, y mandé a los que tenía a mi cargo que hicieran lo mismo. Los dragones se pusieron a tiro de arco, y ordené disparar a discreción. El comandante de los arqueros también mandó disparar, pero no a discreción, sino a su señal. Su intención debía ser que los dragones se encontraran con oleadas de flechas y no con proyectiles dispersos. Hubo un segundo disparo de la artillería, pero al menos en mi sector no causó daños, y los dragones llegaron a nuestras líneas.
También en este primer encuentro nos sorprendieron. Hasta ese día, su forma de atacar era posarse sobre las primeras filas de infantería, para intentar aplastar al mayor número posible de soldados bajo su peso, y esconder su vientre de los proyectiles lo antes posible. Nosotros sabíamos eso, y las primeras filas iban armadas con lanzas, para intentar que, cuando los animales se dejaran caer, su propio peso los ensartara. Eso era lo que todos esperábamos que hicieran, y para lo que estábamos preparados. En su lugar, tras hacer el ademán de ir a posarse, los grupos remontaron el vuelo y se desplegaron en línea, atacando con sus llamaradas a los batallones de arqueros, a las ballestas y catapultas, y a sus encargados. Tras esto se posaron en retaguardia.
Eso nunca había ocurrido antes, y estas tropas no llevaban ningún tipo de protección, ya que siempre habían estado a cubierto tras la infantería. Esta maniobra de los dragones fue devastadora. Las bajas entre los soldados atacados eran altísimas, más de tres cuartos de los hombres y máquinas, diría yo, y a cambio solo unos pocos animales se veían heridos por las flechas. Tanto la nueva estrategia de los dragones como las bajas que ocasionaban estaban minando la moral de los hombres, y, aunque confiaba en mis soldados, les grité y di ordenes rápidas y concisas para que recuperaran el ánimo y la concentración. Las tropas se reorientaron rápidamente hacia el nuevo frente de batalla y dejaron pasar a los arqueros supervivientes hasta la nueva retaguardia. Tras esto di la orden de ataque, y caímos como una ola sobre los dragones.
Mis hombres se desplegaron y comenzaron a azuzar a los ocho dragones que habían llegado hasta nuestra posición. En frente de mí se encontraban tres de ellos, casi a igual distancia: un temible dragón negro, uno dorado enorme y uno gris. Las cinco bestias restantes que luchaban con mis hombres eran tres dragones azules y dos negros, de un tamaño también considerable, pero que se encontraban algo más alejados. Al estimar que el dragón negro era el rival más difícil, acudí allí para ayudar a mis hombres.
Unos quince soldados acosaban al dragón desde todos lados, esperando encontrar un punto débil en su defensa, mientras este se defendía a dentelladas, zarpazos y coletazos. Todo sin despegar el vientre del suelo más de lo necesario, y con las alas recogidas en los flancos. Con la espada en la mano y el escudo sujeto en el antebrazo, llegué hasta el flanco izquierdo del dragón justo en el momento en el que, con un coletazo, el dragón golpeaba de lleno a dos soldados y los proyectaba a más de cinco metros. En la cara de la criatura me pareció adivinar una mueca de burla. Esperando el momento, ataqué su flanco produciéndole un corte en el ala. Aulló de dolor y se volvió hacia mí. Le devolví la sonrisa, aunque no fuera más que un gesto de desprecio, ya que sabía que ese animal no me entendía y no iba a ser un rival fácil de abatir. Avanzó lanzando dos zarpazos, que evité retrocediendo, y, cuando vi que infló el pecho y empezó a salir humo de su boca, me cubrí tras mi escudo retrocediendo todo lo rápido que pude.
Una nube de fuego me envolvió, y en el brazo que sostenía el escudo noté como la piel se me comenzaba a quemar por el calor del metal, que atravesaba la capa de fieltro y algodón que servía de protección térmica. Grité de dolor, y pensaba que era mi final cuando el fuego cesó y oí el aullido del animal. Mis soldados, aprovechando el momento, le habían atacado todos a la vez, consiguiendo herirle en el cuello y un flanco. El dragón me dio un zarpazo en el escudo que casi lo parte en dos, y caí al suelo. Se giró y se enfrentó a los soldados que lo acosaban. Yo estaba exhausto, de rodillas, y no me veía capaz de levantarme. Dos de mis caballeros acudieron, uno por cada lado, a ayudarme a levantarme y ponerme a resguardo, para que curaran mis heridas y quemaduras.
Ya llegábamos a la retaguardia de las tropas cuando oí gritos y, al levantar la cabeza, vi con horror como el dragón verde abatido por las ballestas al principio de la refriega se ponía en pie y corría hacia nosotros como un toro desbocado. Los soldados se apresuraban a apartarse de su camino, y, aunque algún arquero disparaba contra él, las flechas no le hacían el menor daño. Se acercaba a nosotros cuando Vals, uno de los soldados que me llevaba, me soltó y, recogiendo rápidamente del suelo una de las lanzas que se llevaban en primera fila, la afianzó bajo su pie, y aprovechó el propio empuje del dragón para clavársela junto a la base del cuello, en el hombro izquierdo. El dragón aulló y hundió la cabeza entre las patas. Vals cayó de espaldas. Guiwith, el otro soldado que me cargaba, me dejó caer al suelo y corrió a agarrar la lanza y hundirla más en el cuerpo de la bestia. Yo desde el suelo me puse de rodillas con las pocas fuerzas que me quedaban y agarré la lanza sobre mi cabeza haciendo toda la presión de que era capaz para ayudar a clavarla. Vals se levantó y ayudó a hundir más el arma, que de repente venció la resistencia y se clavó profundamente. En ese instante el dragón convulsionó y cayó de lado fulminado. Con este último movimiento, la lanza se soltó de manos de mis hombres y recibí un fuerte golpe en el pecho. Ellos lanzaron vítores. Yo lo observaba todo desde el suelo.
Lo siguiente que ocurrió me pareció una pesadilla. Los hombres comenzaron a avanzar hacia mí cuando, tras aparecer una repentina sombra, una bola de fuego los envolvió desde lo alto, y un enorme dragón verde nos sobrevoló. Mis compañeros quedaron en el suelo, a cinco metros de mí, gimiendo y retorciéndose, mientras de sus ennegrecidos cuerpos salía humo. El dragón verde volvió y se posó junto a ellos, despedazándolos con sus fauces. Al terminar con ellos se dirigió hacia mí, y sabía que ese era mi final. De repente el enorme dragón dorado que venía en el grupo se posó junto a nosotros, y, tras hacerse varios gestos con la cabeza, el dragón verde aulló y levantó el vuelo. El dragón negro con el que había luchado antes se posó entonces a nuestro lado y, tras repetir el intercambio de gestos con el dorado, volvió a la lucha. El dragón dorado levantó el vuelo y cogió el cadáver del dragón verde muerto.
Ya pensaba que todo había pasado cuando realizó una pirueta y con la otra garra me recogió a mí y remontó el vuelo. Desde la altura pude ver como, aunque quedaban tropas que acosaban a los dragones en tierra, eran estos los que en su mayoría volaban y perseguían a los soldados que huían para salvar su vida. La batalla se había perdido de manera desastrosa, y a costa de quién sabe cuántas vidas.
Veía como cada vez nos alejábamos más y más del suelo y nos dirigíamos hacia el mar. A mi lado, en la otra garra, el cuerpo inerte del dragón verde se balanceaba suavemente con el movimiento del aleteo del dragón dorado. El rítmico balanceo, que hacía que me doliera todo mi magullado cuerpo, sumado al propio dolor de las heridas y las quemaduras, hizo que perdiera el conocimiento. Recuerdo haber despertado del sopor por unos instantes y ver solo el azul del mar debajo de mí, pero enseguida volví a perder el conocimiento. El siguiente recuerdo que tengo es sentir que alguien me curaba y vendaba las heridas, pero cuando recobré la conciencia y abrí los ojos estaba solo en la oscuridad.
Abrí los ojos, pero no veía nada. Sentía un gran dolor en el hombro y en el brazo izquierdo, y al tocármelos me di cuenta de que me habían realizado curas y las habían cubierto con apósitos vegetales. También tenía curado y vendado todo el tronco del cuerpo. Palpé con las manos y, a un lado del lecho donde me encontraba, toqué una fría pared de piedra y, al poco, cuando mis ojos se acostumbraron a la oscuridad, pude vislumbrar el contorno de la estancia. Se trataba de una cueva. Debía de tener unos cuatro metros de alto por tres de ancho. Yo me encontraba recostado sobre un colchón de paja, puesto sobre una cama de piedra. Aunque intenté incorporarme, no tenía fuerzas, así que permanecí acostado intentando ver más cosas. En la pared opuesta había una silla y, junto a ella, una mesa cuadrada con varios botes y cuencos encima. Al estirar una de mis piernas al máximo pude tocar la pared de piedra, por lo que deduje que estaba en el fondo de la cueva, con la cabeza orientada hacia la entrada. Giré y levante la cabeza, y pude vislumbrar la entrada. La cueva debía tener unos diez o quince metros de largo. Su entrada estaba tapada por una tela a modo de cortina, por la que se colaba una tenue claridad. También al fondo, en la esquina opuesta a la cama, había un agujero en el suelo, por cuyo extremo inferior se escuchaba pasar una corriente de agua. Deduje que era para los excrementos. Me asombró el que conocieran y usaran sistemas de desagüe en una cueva, ya que normalmente solo se encontraban en las grandes ciudades, en la casa de familias adineradas. Intenté ver u oír algo, pero no percibía nada más, y como aún estaba muy cansado volví a quedarme dormido.
Cuando desperté pasado un tiempo repetí el examen a la cueva, pero no encontré nada nuevo. Seguía sin poder levantarme, ni siquiera para sentarme, así que permanecí acostado, muy a mi pesar. Volví a agudizar los sentidos esperando percibir más información, y esta vez sí llegó hasta mis oídos lo que parecía el canto de un pájaro. Seguí escuchando con la esperanza de captar más sonidos. Al cabo de cierto tiempo oí el ruido de pisadas que se acercaban a la entrada de la cueva y miré hacia allí ansioso. Entonces se corrió la tela, dejando entrar una luz tan brillante que me cegó durante unos segundos. Cuando mis ojos volvieron a adaptarse a la de nuevo reinante oscuridad, pude ver como una mujer se sentaba en la silla del otro lado de la estancia y comenzaba a depositar sobre la mesa sustancias que traía en un pañuelo de tela. Iba vestida con una túnica larga hasta los tobillos. A su lado, un soldado armado la escoltaba y no dejaba de mirarme con actitud desconfiada. La luz era demasiado escasa para poder ver las facciones de esas personas, pero sí pude darme cuenta de que eran de edad similar a la mía. La mujer untó vendas con una mezcla hecha a base de las sustancias que traía y de las que había allí, y tras esto se incorporó y se acercó a mí. El soldado, rápidamente, se situó detrás de mí y desenvainó la espada, colocándola junto a mi cabeza, lista para cortarme el cuello a la menor señal de resistencia o de violencia por mi parte. Su cara era muestra de que esperaba cualquier acto vil o traicionero. Cuando la mujer llegó a mi lado, comenzó a quitarme el apósito del brazo. Con la tenue claridad de la cueva pude ver que se trataba de una mujer hermosa, con una cara redondeada, de finos rasgos, ojos claros, aunque no podía estar seguro del color, pelo también claro, nariz pequeña y una boca amplia de labios carnosos. Se sentó en el borde de la cama.
—¿Quién sois? ¿Dónde estoy?
No hubo respuesta.
—Soy el duque de Pirrs, uno de los comandantes del rey Zeandor de Thurom, y exijo saber quién sois y dónde estoy.
La mujer terminó de quitarme el apósito y, tras lavarme la quemadura con agua fresca de una jarra que había junto a la cama y que yo antes no había visto, comenzó a ponerme el nuevo apósito y un vendaje, pero no pronunció palabra. Intenté incorporarme para exigir respuestas, pero en cuanto me moví, en un rápido movimiento, el soldado colocó la espada en mi cuello. Me quedé petrificado, recostado en mi cama. La mujer miró al soldado, y este levantó su arma devolviéndola a la posición inicial. Su cara ahora mostraba enfado.
—Permaneced quieto y callado o el guardia os matará, y os aseguro que ni él ni yo sentiríamos pesar si ello fuera necesario.
Su voz era de un tono agradable aunque algo chillón, pero sonó fría y distante.
—Perdonadme, pero, por favor, decidme dónde estoy y quién sois.
—Mi nombre es Luznary, y estáis en la isla de La Muerte.
El guardia miró fijamente a la joven e hizo una mueca de desaprobación, pero ella no levantó la vista. Cuando terminó de vendarme el brazo, realizó la misma operación en el hombro y pecho. Al terminar, se levantó de la cama y se dirigió hacia la salida con el soldado a su espalda, que no dejaba de mirarme. Entonces corrió la tela de la entrada y comenzó a desaparecer de mi vista, pero antes de hacerlo totalmente se paró y sin girarse dijo:
—Pediré que alguien os traiga algo de comida. Si queréis beber, la jarra de agua sigue junto a vuestra cabecera. Intentad comer algo para reponeros.
Tras estas palabras salió de la cueva con el guardia tras ella, y la tela volvió a tapar la entrada. Pude oír como el guardia se quedaba en el exterior. Permanecí en el lecho meditando lo que acababa de ocurrir y la tremenda revelación que me había hecho la mujer. Estaba en la isla de La Muerte, la isla de la que nadie volvía. De ahí provenía su nombre. En mitad del mar y, lo que era más terrible todavía, el hogar de los dragones.
A los pocos minutos de aquella visita, se volvió a correr la tela. Entró un joven con una bandeja de comida y el guardia a su espalda. Depositó la bandeja a los pies de la cama y se fue de la cueva sin decir palabra. El guardia le siguió. Tras grandes esfuerzos, conseguí alcanzar la bandeja y arrastrarla hasta el cabezal de la cama. En la bandeja había un plato con un trozo de carne asada, una ensalada de verduras y un cuenco con sopa de pescado. Comencé a comer sin mucho apetito, pero, según lo hacía, apareció el hambre y devoré todos los alimentos con avidez. Al acabar dejé la bandeja en el suelo, al lado de la cama, ya que no quería realizar el esfuerzo de volver a ponerla a mis pies, y caí de nuevo vencido por el sueño.
Con esta rutina diaria permanecí no sé cuánto tiempo. La joven me cambiaba los vendajes sin pronunciar palabra, aunque yo intentaba entablar conversación, y el guardia nunca dejaba de vigilarme. Cada día, cuando se iba, le daba las gracias, pero nunca obtuve respuesta. Así transcurrían los días, con la única novedad de que recuperé progresivamente las fuerzas y la capacidad de moverme y de que la comida alternaba el plato fuerte entre carne o pescado y la sopa entre caldo de pescado o de verduras. Cogí la costumbre de, mientras me realizaba las curas, ponerme a hablarle a ella. Le contaba de dónde era, dónde me había criado, cómo había sido mi infancia, anécdotas de mi juventud...; hablaba de mi familia, mis gustos, anhelos y esperanzas, y de cualquier cosa que se me ocurriera durante esos momentos. Esperaba así rebajar la tensión y poder entablar conversaciones para obtener información, pero nunca dio muestras de escuchar lo que le decía.
