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Casi veinticinco años después de que Murom, Mozala y sus aliados Mohades fueran derrotados, la paz reinaba en las tierras del oeste. El resentimiento que la población albergaba contra los dragones y que los obligó a abandonar esas tierras desapareció. Fueron tiempos de gran prosperidad, pero la paz se vio truncada por un extraño, venido desde lo profundo del desierto de Fuego. Este les pidió auxilio para su pueblo, y les previno contra la amenaza que se estaba forjando en el este. Las dispersas tribus nómadas del antiguo enemigo se estaban uniendo bajo un único mando, y en su ansia de poder y de venganza fijaron sus ojos sobre todos ellos. El príncipe Lucian y su esposa emprendieron un peligroso viaje para socorrer a un pueblo al borde del exterminio, mientras la antigua alianza, con el rey Doramas al frente, deberá prepararse una vez más para defender su libertad y derecho a vivir. La guerra no ha hecho más que empezar.
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Seitenzahl: 321
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Sínodo de llamas
Primera edición: septiembre de 2024© Copyright de la obra: Fermín M. Romero Suárez
© Copyright de la edición: Angels Fortune Editions
Código ISBN: 978-84-129073-1-5Código ISBN digital: 978-84-129073-2-2Depósito legal: B 15750-2024Corrección: Samuel PérezDiseño y maquetación: Selene OramasEdición a cargo de Ma Isabel Montes Ramírez© Angels Fortune Editions www.angelsfortuneditions.com
Derechos reservados para todos los países.No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni la compilación en un sistema informático, ni la transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico o por fotocopia, por registro o por otros medios, ni el préstamo, alquiler o cualquier otra forma de cesión del uso del ejemplar sin permiso previo por escrito de los propietarios del copyright.«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, excepto excepción prevista por la ley».
ÍNDICE
CAPÍTULO 1. RUMORES DE GUERRA
CAPÍTULO 2. MISIÓN EN EL DESIERTO
CAPÍTULO 3.AMIGOS INESPERADOS
CAPÍTULO 4. TERRIBLES REVELACIONES
CAPÍTULO 5. ¿AYUDA O PREJUICIO?
CAPÍTULO 6. VISITANTES IMPORTANTES
CAPÍTULO 7. TRAICIÓN
CAPÍTULO 8. GUERRA GLOBAL
Índice de personajes
Doramas Betancour: rey de Gromm y esposo de Luznary.
Luznary: dragona gris y reina. Esposa de Doramas.
Lucian: príncipe, hijo de Luznary y Doramas Betancour.
Ignia: dragona roja. Esposa del príncipe.
Darlum: guardaespaldas de Lucian durante la estancia en la isla, y compañero de viaje.
Kánom: dragón negro, líder de esta raza y miembro del consejo. Compañero de viaje.
Güel: compañera de viaje, del clan negro.
Aby: dragón rojo, líder de manada.
Pitusa: dragona roja, hija de Aburo, líder de manada.
Jambo: líder de todos los dragones y jefe del clan de los dragones ancestros, también llamados los primigenios, antiguos, los padres, los primeros, los puros.
Athor: dragón dorado, líder de esta raza y de la especie de los dragones.
Iljessia: dragona dorada, hija de Athor.
Frium: dragón blanco, líder de su raza.
Sider: rey de los enanos, hijo del rey Slauder.
Víanor: rey de los elfos.
Raudor: general de Gromm.
Galdas: capitán misdano.
Uriel: senador misdano, hermano del capitán Galdas.
Guaya: capitana misdana
Adal: principal senador misdano.
Maud: capitán misdano.
Ad Mafir: mohade intermediario con los misdanos.
Salim: líder absoluto de los mohades.
Aduel: representante del consejo en Tirma.
Ródenas: fortaleza que vigila el Desierto de Fuego.
Gromm: reino que engloba las ciudades costeras de Brings y Goldes, y las tierras comprendidas entre la cordillera Dorsal y el Desierto de Fuego.
Mohades: pueblo de la tierra de fuego.
Misdae: antiguo reino en el desierto.

Prólogo
Han pasado más de 24 años desde la batalla contra los dragones, una más de una guerra centenaria, en la que el duque de Pirrs, Doramas Betancour, fue hecho prisionero y trasladado a la isla de la Muerte, hogar de los dragones.
Allí descubrió, atónito, a humanos conviviendo con las bestias. Tras reponerse de sus heridas, se le pidió que intercediera ante su rey para negociar la paz. Acompañado de una embajada para protegerlo y vigilarlo, regresó al continente para descubrir que su rey había sido asesinado, al parecer, por los mismos dragones que solicitaban la paz, y que un usurpador se había autoproclamado rey absoluto de todas las tierras humanas por medio del asesinato, la fuerza y la amenaza.
Siendo familiar lejano del difunto rey, el duque se convertía en el sucesor legítimo del trono. Decidido a hacer valer sus derechos y derrocar al tirano, unió a su causa a los que creían en él. En el transcurso de su viaje descubrió terribles verdades, como que los dragones rojos, repudiados y desterrados por sus propios congéneres, eran aliados del usurpador, Mozala, y que incluso los brutales y sanguinarios mohades se habían unido a sus filas para la conquista de todas las tierras libres: la isla de la Muerte, y los reinos elfo y enano. También descubrió que los supuestamente extintos dragones blancos habían sobrevivido, gracias a la ayuda de los enanos, al exterminio que los humanos perpetraron siglos atrás inducidos por los dragones rojos, y que los humanos que habitaban la isla y los dragones eran los mismos seres, ya que los dragones podían transmutar su forma a apariencia humana. Descubrió que Luznary, la mujer que conoció en la isla y que se había convertido en el amor de su vida, era un dragón plateado, y que su amor, aunque podía ser posible, requeriría muchos sacrificios.
Consiguió unificar en una misma alianza a los humanos que le seguían, a los dragones, exceptuando a los blancos, a los enanos y a los elfos. Juntos se enfrentaron a Mozala y su ejército de humanos engañados y sugestionados en el odio hacia los dragones de la isla, a los dragones rojos y a los mohades y sus bestias de batalla, escorpiones gigantes y serpientes aladas.
La contienda de ambos ejércitos fue terrible, y a pesar de los esfuerzos de Doramas y sus aliados, la batalla se inclinó claramente en su contra. La llegada y auxilio in extremis de los dragones blancos cambió el devenir de la contienda, otorgando una victoria absoluta a la coalición en torno a Doramas, y provocando la huida hacia el desierto de las tropas mohades y dragones rojos supervivientes.
Del amor entre Doramas y Luznary nació el príncipe Lucian, pero el sentimiento de odio en el pueblo contra los dragones estaba muy arraigado, tanto por la muerte de familiares como por los siglos de guerra. Aunque se explicó que no eran del todo culpables, el resentimiento en la mayoría de la población no cambió. Esto provocó que el consejo de los dragones decidiera que su pueblo abandonara esas tierras, incluida Luznary, y que emigrara en busca de sus parientes más antiguos y poderosos, los dragones ancestros. Solo una cría de dragón rojo se quedó viviendo en aquellos lares, y no fue hasta el día de la boda del príncipe Lucian con Ignia, la dragona roja que se había quedado en el castillo, que Luznary regresó para quedarse a vivir con su amor y con su hijo.
Capítulo 1
RUMORES DE GUERRA
—Mataría al oficial que me castigó con el turno extra en la muralla a esta hora—pensó uno de los guardias de patrulla que vigilaba el lado este de la fortaleza.
Hacía un calor infernal esa tarde en la gran fortaleza de Ródenas, y aunque no era algo excepcional, estando en el borde oeste del Desierto de Fuego, eliminaba las ganas de patrullar la muralla. Por la dureza de su clima, en este destacamento solo había dos clases de hombres: los soldados más duros del reino y los peores y más indisciplinados. Esto hacía que el comandante de la plaza debiera saber usar la mano izquierda con unos y el puño de hierro con otros. A pesar de todo, sus quinientos hombres constituían un contingente temible en batalla. Los guardias caminaban sobre las murallas de mala gana, buscando llegar lo antes posible a alguna de las torres, coronadas cada una por una ballesta gigante y que, repartidas cada veinte pasos, daban la única sombra a esa altura. A su vez, la inmensa fortaleza constituía un elemento extraño en el paisaje de la desolada llanura donde se encontraba.
El guardia que cumplía castigo pensaba que ya había caminado bastante por un rato, y descansaba su espalda en una de las torres, dejando apoyada su lanza en las almenas de la muralla. Disfrutaba de la sombra de la torre, mientras maldecía su mala suerte, cuando se dio cuenta de que la sombra se movía. Esta se había alargado y ahora el extremo de ella corría a lo largo de la muralla. Tardó unos segundos en razonar y alzó la vista. La sombra que se movía era proyectada por un animal alado, algo que nunca se había visto en estas tierras. Dio la voz de alarma, pero para cuando los soldados acudieron a sus puestos defensivos, la extraña bestia ya había pasado de largo y, tras virar hacia el oeste, ya solo se veía como un punto que se alejaba. Dos serpientes aladas sobrevolaron la fortaleza, esquivando algunas flechas que les lanzaron, y siguieron a la primera criatura.
—Soldado, ¿qué era ese ser?
—No lo sé, mi capitán —contestó el vigilante de la muralla—. Cuando lo vi, ya estaba sobre mí. Parecía un león con alas. Los otros sí distinguí que eran serpientes.
—¿Cómo es posible que no los vieras acercarse?
—Pues…
—Informaré al comandante.
Pocos minutos después, un jinete salía al galope en dirección oeste, hacia Graunmord.
—Capitán—ordenó el comandante de la fortaleza—, manda parejas de exploradores en dirección este, hacia el desierto. Que no se alejen mucho de la fortaleza, y ante cualquier encuentro, que se retiren. Solo quiero saber si se nos acercan más tropas hostiles.
Era una mañana despejada en Graunmord. El rey Doramas y su esposa, la reina Luznary, disfrutaban de la sensación de los rayos de sol sobre su cuerpo, cogidos de la mano, en una de las terrazas del palacio abiertas hacia el este. El palacio tenía planta hexagonal, y en todo su perímetro había amplias terrazas a distintas alturas, abiertas en todas direcciones, y altas torres coronadas por ballestas gigantes usadas por los vigías. La ciudad de Graunmord era la capital del reino, y la alta y gruesa muralla exterior que rodeaba toda la urbe la convertía en una fortaleza. La muralla tenía una altura que oscilaba entre los ocho y doce metros, con un grosor de más de cuatro metros, almenas en toda su extensión y torres exteriores repartidas cada treinta metros aproximadamente. El palacio estaba en el centro de la ciudad, separado de esta por amplios jardines públicos usados tanto por los nobles como por el pueblo llano.
Desde su boda varios meses antes, la felicidad había sido plena en sus vidas. Entre ellos, en una mesa circular, dos tazas de infusión templada y un plato de galletas les servían de desayuno. La flora, consistente en árboles, flores y césped, transmitía una tranquilidad que dificultaba desperezarse. El príncipe Lucian y su esposa Ignia aún no se habían levantado. Ellos también se habían casado recientemente, y su luna de miel se prolongaba sin mostrar indicios de finalizar próximamente. La paz y prosperidad que vivían el reino y sus aliados desde el final de la última gran guerra permitía que pudieran estar relajados.
La mañana transcurría plácidamente, y debían ser cerca de las once cuando sonó la alarma. El rey se levantó rápidamente y corrió hacia el puesto de vigilancia más cercano. El soldado allí ubicado no conocía la causa de la alarma, así que lo mandó a llamar al oficial de guardia. El soldado regresó e informó al rey que el oficial de guardia se encontraba en un puesto cercano y que le pedía que fuera allí. El rey se dirigió hacia ese lugar y, al llegar, ya estaban allí su esposa Luznary, el príncipe Lucian y su esposa. Al preguntar la causa de la alarma, el oficial señaló varios puntos en el horizonte que se acercaban rápidamente. El rey asintió, y Luznary e Ignia se acercaron al muro del borde. A ambas las rodeó una intensa luz, con destellos plateados en el caso de una y rojizos en el de la otra. Cuando la luz se disipó, encaramadas al muro, se encontraban dos hermosas dragonas, una plateada y la otra roja.
—Esperad que se acerquen. Quiero que estén a tiro de nuestras defensas —pidió Doramas.
—De acuerdo, amor mío —transmitió mentalmente la dragona plateada.
—Tened cuidado —dijo el rey.
Cuando las criaturas estaban cerca, se pudo distinguir que no todas eran serpientes voladoras. La que más cerca estaba era una criatura extraña. No era ni un dragón ni una serpiente voladora. Luznary e Ignia alzaron el vuelo y se acercaron a la extraña criatura. Un jinete la guiaba.
—¿Qué eres y qué buscas aquí?
La criatura no contestó ni modificó su rumbo. Luznary repitió la pregunta, pero esta vez al jinete de la criatura.
—Soy Galdas, oficial del antiguo reino Misdae. Vengo a hablar con vuestro rey y a pedirle ayuda.
—¿Ayuda contra quién? —Quiso saber Ignia, la dragona roja.
—Contra los mohades. Los mismos que ahora me persiguen.
Ambas miraron hacia el este y vieron que las siluetas de tres serpientes voladoras se acercaban rápidamente, una de ellas más rezagada.
—Acercaos al castillo. Os protegeremos —concedió Luznary.
La extraña criatura y su jinete siguieron su rumbo a toda velocidad, pasando entre las dos dragonas, que volaron acercándose a la fortaleza. Las primeras serpientes ya estaban al alcance de las armas del castillo, y estas abrieron fuego, acribillando a las dos criaturas. Luznary indicó al jinete dónde debía tomar tierra e informó al rey de que lo dejaran aterrizar. El ruido de una ballesta que disparaba por encima de sus cabezas les hizo darse la vuelta, pero no con la suficiente antelación como para que Luznary evitara a la serpiente que se abalanzaba sobre ella. La bestia consiguió enrollar parte de su cola sobre la dragona, y mientras esta luchaba a dentelladas y zarpazos por librarse del mortífero abrazo, la serpiente cada vez enrollaba más y más de su cola sobre el plateado cuerpo. El desarrollo de la batalla no auguraba un buen final para la dragona, hasta que Ignia agarró con sus garras la cabeza de la serpiente y, tras derribar a su jinete de un coletazo, con la fuerza de sus garras, reventó los ojos de esta. Gritando de dolor, la serpiente soltó su presa, e Ignia aprovechó el momento para retirar sus garras y abrasar con su fuego la escamosa cabeza. El cuerpo de la serpiente convulsionó y comenzó a caer como un peso muerto.
Las dragonas volvieron a palacio y se posaron en una de las terrazas. Tras tomar apariencia humana, los sanadores atendieron a Luznary. No tenía heridas de gravedad, pero el mortal abrazo recibido había dejado sus músculos y huesos muy doloridos. Una vez recuperadas las fuerzas, preguntó por el extraño personaje. El rey y el príncipe la acompañaron a la terraza donde había tomado tierra. Allí, varios guardias e Ignia vigilaban al recién llegado.
—Os damos la bienvenida. Soy el rey Doramas. ¿Qué asunto os trae a nuestra capital?
—Saludos, me llamo Galdas. Soy capitán de las tropas del antiguo reino Misdae. Vengo a preveniros y a solicitaros ayuda.
—Continuad, contádnoslo todo —pidió Doramas.
—Nuestro reino se encontraba en el desierto, al este de estas tierras. Era una próspera tierra, y nuestras ciudades eran hermosas. Muchos siglos atrás, un pueblo proveniente del oeste, los mohades, atacó nuestras tierras. Como si de una plaga se tratara, fueron destruyendo todo a su paso. A pesar de ser una gran nación, no teníamos ejército, ya que desde hacía mucho tiempo no teníamos enemigos en nuestras fronteras. Las fuerzas que mantenían el orden y que hacían cumplir la ley en el reino intentaron oponerse a los invasores, pero fueron derrotadas fácilmente. Como por una gigantesca tormenta de arena, todas nuestras ciudades fueron arrasadas por los invasores. Desde entonces, mi pueblo sobrevive en las montañas al norte del desierto, evitando ser exterminados y soñando con un día en el que podamos recuperar los tiempos de grandeza de nuestra cultura. A pesar de nuestros esfuerzos, nuestra situación es cada vez más precaria, ya que los mohades se han ido internando cada vez más en las montañas. Nuestros esfuerzos por contenerlos han sido infructuosos, y a pesar de que ahora contamos con un ejército experto, formado por casi todos los individuos en edad de luchar de nuestro pueblo, de habernos fortificado y de contar con la ayuda de nuestras monturas para contrarrestar el poder de sus bestias, en realidad, nunca hemos tenido ni tendremos la capacidad para vencerlos y recuperar nuestras tierras. Ahora, un caudillo mohade se ha alzado con la jefatura de casi todas las tribus. En cuanto consiga someter a su voluntad a las que aún se le oponen, su poder militar nos barrerá como si nunca hubiéramos existido, y después vendrán a reclamar las tierras que antes les pertenecían. Por algunos prisioneros que interrogamos hemos sabido de vuestra victoria sobre ellos hace unos años, así como de unas tierras verdes hasta más allá de donde alcanza la vista. En nombre del consejo de mi pueblo, os pido refugio y asilo en vuestras tierras para mi pueblo. Si nos aceptáis, formaremos nuestra propia comunidad donde nos digáis, y os rendiremos pleitesía como gobernante.
—Debo reunirme con mis asesores y con los gobernantes de los otros reinos. Os invito a quedaros como invitado. Así, hasta que pueda celebrar el consejo con mis nobles y aliados, podremos ir conociendo más sobre vuestro pueblo —propuso el rey.
—Os agradezco vuestra invitación, pero debo pediros celeridad en la toma de decisiones. En cuanto ese guerrero se haga con todo el poder, a mi pueblo se le habrá agotado el tiempo.
—Pediré que acudan lo antes posible. ¿Cómo se llama ese guerrero que puede unir a todos los clanes?
—Su nombre es Salim, y por lo que sabemos, su liderazgo absoluto sobre todas las tribus es solo cuestión de tiempo.
—Comprendo. Nos hemos dado cuenta de que podéis comunicaros con la mente. ¿Lo habéis hecho desde siempre?
—No, majestad. Aprendimos cuando los dragones rojos vinieron a nuestra tierra, tras sufrir una derrota en una gran batalla. La mayoría de ellos se muestran agresivos con nosotros, pero hay grupos que no quieren continuar el camino de guerra y destrucción que la mayoría de sus líderes tribales quiere seguir. Con algunos de estos grupos hemos llegado a establecer relaciones comerciales esporádicas, y con el paso de los años hemos conseguido comunicarnos con ellos con fluidez.
—De acuerdo. Ahora os acompañarán a vuestros aposentos en la zona de invitados. Aceptad nuestra hospitalidad.
—La acepto y agradezco —afirmó Galdas.
—¿Cómo debemos alojar a vuestra «montura»?
—Ponedlo alejado de los caballos, ya que come carne. Cualquier habitáculo con paja en el suelo, y desde el que vea el cielo y le llegue la claridad del día servirá.
—Lo alojaremos como decís. ¿Qué bestia es esa?
—Un grifo. Se le considera el rey de las bestias, ya que su cabeza, alas, y patas delanteras son de águila, mientras que su cuerpo, patas traseras, y cola son de león. Según nuestra mitología, es el capricho de algún dios o ser mágico poderoso de la antigüedad, que quiso combinar al rey de los animales de los cielos con el rey de los animales terrestres. De igual manera creemos que crearon a las serpientes gigantes voladoras, dándole a la serpiente, un animal condenado a arrastrar su vientre por el suelo, la habilidad de volar.
—Deseo haceros muchas más preguntas, pero esperaré. Id ahora y descansad. Podéisvisitar todo el palacio. Dejaré a un guardia en vuestra puerta, pero solo para que os sirva de guía. Contáis con total libertad —aseguró el rey.
—Gracias.
Tras haberse ido el extraño visitante y haber alojado a su montura, el rey envió mensajeros a sus consejeros y a sus aliados enanos y elfos, solicitando que acudieran lo antes posible para un asunto de la máxima importancia. Tras esto, marchó con su hijo y ambas dragonas con forma humana hacia el salón del trono. Allí esperaba el general Raudor, ascendido al rango de comandante general de todas las tropas, tras la batalla contra Mozala y Murom muchos años atrás.
—¿Qué opinión os merece el extranjero, la petición, y las noticias que trae? —inquirió el rey.
—A falta de un examen profundo de su mente, no detecté segundas intenciones cuando me comuniqué con él al llegar —dijo Luznary—. Creo que dice la verdad, y eso es muy preocupante. Los mohades van a venir, y traerán todo su poderío militar contra nosotros.
—Yo creo que no es tan grave como decís, Luznary —rebatió Ignia—. Si anteriormente conseguisteis vencerles, y no contabais con el apoyo de todas las tropas del reino, ahora que todos lucharán por nuestro rey, además de nuestros aliados enanos y elfos, se me hace difícil pensar que esos mohades logren reunir un ejército capaz de hacer frente a nuestro poder conjunto..
—Siento discrepar, princesa. Si en aquella batalla logramos la victoria, fue gracias a la llegada de los dragones blancos. Sin su ayuda, la superioridad aérea del enemigo hubiera decantado la balanza a su favor. Al lograr la supremacía en el aire, la balanza se decantó a nuestro favor. Esta vez no contamos con ninguna fuerza en el cielo, y sin esta, nuestra derrota es casi segura —dijo el general Raudor.
—Pero general, mi padre me ha contado que hubo una época en la que luchabais contra los dragones. En muchas batallas les vencisteis, a pesar de solo luchar desde el suelo. ¿No podríamos usar las mismas tácticas contra los mohades? —preguntó Lucian.
—Hijo mío —le contestó el rey—, en aquella época solo luchábamos contra dragones, por lo que todos nuestros esfuerzos se podían centrar en el cielo, en mantenerlos alejados de nosotros, y en obligarles a tomar tierra. En este caso, además de las serpientes voladoras, contarán con escorpiones gigantes, y quién sabe qué otras monstruosas bestias. Conozco lo que son capaces de hacer esas criaturas, su inmensa capacidad destructiva, y a pesar de ser imprescindible mantenerlos a raya en el cielo, no podríamos descuidar el combate en tierra. Las tácticas usadas contra los dragones solo serían parcialmente efectivas contra los mohades. Deberemos meditarlo mucho.
Los días que esperaban a que llegaran los convocados aprovecharon para conocer más sobre los Misdanos. En la invasión mohade, su último rey había muerto, y su heredero, que entonces era solo un niño, quedó bajo la custodia del consejo formado por los asesores de su padre. Este consejo ejercía el gobierno del pueblo, y durante el posterior exilio, tomó unilateralmente la decisión de no ceder el gobierno al príncipe, una vez que este alcanzara la mayoría de edad. Quedaban pocos agentes para garantizar que se cumpliera la ley, y con las penurias y problemas del exilio, el pueblo no exigió la sucesión. El príncipe, heredero legítimo, tampoco exigió su derecho, conocedor de la situación de su pueblo, y de lo que una guerra interna podía suponer. Desde entonces, el senado formado por los antiguos consejeros, y posteriormente por sus descendientes, se había hecho cargo del gobierno. El mismo capitán Galdas era descendiente directo del linaje real, segundo en la antigua línea sucesoria tras su hermano mayor. Cuando el rey le preguntó si no tenía aspiraciones de volver a instaurar la monarquía, el capitán respondió que tanto él como su hermano sabían que ahora lo más importante era la supervivencia de su pueblo, y que el senado había dejado claro a lo largo del tiempo que no cederían el poder bajo ninguna circunstancia. Aunque no pensaban que el sistema político senatorial actual estuviera haciendo lo mejor para su pueblo, ellos no iban a crear más problemas.
Según los aliados convocados fueron llegando, se les informó de la situación y se les presentó al capitán Galdas. No se permitió a nadie hacer un interrogatorio exhaustivo al misdano, ya que no se quería que alguno de los invitados que llegara en último lugar se sintiera menospreciado. Cuando todos hubieron llegado, se convocó la reunión de manera inmediata. Para esto se habilitó la gran sala del trono, colocando filas de asientos de forma circular. Ningún líder de las razas aliadas debía estar en una posición preeminente con respecto al resto. A los lados y detrás del asiento de cada líder, los nobles y consejeros respectivos tomaron asiento.
—Amigos, os he convocado con la máxima urgencia porque ha llegado hasta mí un emisario de un antiguo reino del desierto, Misdae. Este embajador me ha solicitado ayuda y asilo para su pueblo, al tiempo que me prevenía contra una invasión del pueblo mohade. Algunos de vosotros que habéis llegado antes habéis tenido ocasión de conocerlo. Para los demás, ahora os lo presento: el capitán Galdas.
El rey se sentó, y de entre los asientos situados a su espalda se levantó el aludido. Caminó hasta el centro de la sala.
—Saludos a todos, nobles de las tierras del oeste. Poco más que añadir a lo dicho por el rey Doramas. Si queréis hacerme preguntas, estoy a vuestra entera disposición.
—Os saludo, capitán. Soy el rey Sider, gobernante de los enanos. He sido el último en llegar y no he sido conocedor de la situación hasta ahora. ¿Podríais informarme con más detalle de vuestra petición y de la amenaza?
—Mis saludos, majestad. Aprovecharé para informaros a todos, ya que el rey Doramas me pidió que esperara a que estuvierais todos reunidos para informaros —dijo el capitán Galdas. Lo haré de manera breve. Mi pueblo fue expulsado de sus ciudades hace siglos, cuando los mohades llegaron desde el oeste. Ahora vivimos ocultos en las montañas del norte, pero nuestra situación es cada vez más apurada. No conseguimos evitar que los mohades nos acorralen más y más, y a este paso terminará por no quedar un rincón en donde podamos refugiarnos. Además, se está erigiendo un líder que está unificando todas las tribus de la nación, y una vez consiga hacerlo, borrará nuestra presencia de la faz de la tierra. Por esto, mi pueblo solicita asilo. Cuando acabe con nosotros, su objetivo es volver a estas tierras, desde donde en tiempos antiguos fueron expulsados, y así gobernar tanto en el Desierto de Fuego como en las tierras del oeste.
—No dudo de vuestras palabras —respondió el rey Sider—, y vuestra petición de auxilio será tomada en consideración. Pero no hace tanto tiempo, la coalición de los aquí reunidos consiguió vencer a los mohades que vinieron contra nosotros. Ahora todos los pueblos somos aún más fuertes. Creo que podremos con ellos.
—Por los datos que poseo gracias al capitán Galdas, creo que subestimáis la amenaza —replicó el rey Doramas—. La anterior vez solo vinieron contra nosotros algunas tribus, no toda la nación, y conseguimos vencer in extremis gracias a la llegada de los dragones blancos. Sin su auxilio, la batalla se hubiera perdido.
—Es cierto que ahora no contamos con el apoyo de los dragones, pero siguiendo vuestro consejo, rey Doramas, tanto nosotros como los elfos y vos mismo contáis ahora con «cuerpos especiales» en vuestro ejército que pueden hacer frente a las bestias del enemigo —insistió el rey Sider.
—Primero conozcamos la situación actual, majestades. ¿Sabéis con qué fuerzas podría contar el enemigo? Soy el rey Víanor, de los elfos.
—Majestad —dijo el capitán Galdas mientras inclinaba la cabeza—, por lo que sabemos, cuando Salim consiga el poder absoluto de su pueblo, contará con una tropa de cincuenta mil individuos, además de las bestias de guerra. Los escorpiones y las serpientes voladoras gigantes ya los conocéis, pero también contarán con una bestia más peligrosa que esas dos: las Quimeras. Solo las ha domesticado la tribu más poderosa de toda su nación, pero es la más mortal y horrible de las criaturas. Esta tribu permanecía independiente en el momento en que partí de mi tierra, y no creo que Salim se atreva a atacarles para intentar anexionarles, pero una vez el resto de su pueblo esté unido bajo el mando de un solo líder, ellos se unirán por propia iniciativa, siendo el poder resultante incontestable.
—¿Podéis informarnos sobre esas criaturas y su poder? —pidió el rey Víanor.
—Sí. Las Quimeras son monstruos de tres cabezas: una de león, otra de dragón y otra de macho cabrío con grandes cuernos. La parte delantera del cuerpo es de dragón, con sus poderosas alas, garras y cuerpo blindado con escamas; la trasera es de cabra, con duras pezuñas para cocear. La cola es una serpiente venenosa. La cabeza del león desgarra con sus poderosos dientes, la del macho cabrío topa para aturdir y la del dragón escupe fuego. No llevan jinete. Son dominadas por sus cuidadores mediante órdenes silbadas, que estas criaturas oyen no solo a grandes distancias, sino incluso en medio del fragor de la batalla. No se sabe qué antigua y oscura magia o poder pudo crear semejantes engendros, mezcla de diferentes animales, en aquella región inhóspita del mundo, pero los mohades han logrado domesticarlas, y eso les hace temibles.
—Gracias por una descripción tan exacta, capitán. Como gobernante del reino de los elfos, y por lo tanto directo responsable de que los mohades invadieran vuestra nación, con independencia de las decisiones que hoy aquí se tomen, ofrezco a vuestro pueblo la posibilidad de instalarse en nuestro reino, en la frontera, en las laderas externas de las Montañas Oscuras.
—Yo también, como rey de Gromm, ofrezco a vuestro pueblo la posibilidad de establecerse en nuestras tierras. Os ofrezco que os establezcáis en los alrededores de la fortaleza de Ródenas. Siendo vuestro pueblo gente natural del desierto, considero que es la mejor ubicación que os puedo ofrecer, así como tener la doble ventaja de estableceros bajo la protección de la fortaleza que guarda esa frontera.
—Os lo agradezco, majestades, pero esa decisión deberá tomarla el consejo de mi pueblo —contestó el capitán Galdas.
—Volviendo al peligro del que nos previene, ¿qué opináis al respecto, amigos? —Quiso saber el rey Doramas.
—La información aportada por el capitán Galdas me ha preocupado, tanto por la posible unión de las tribus como por las criaturas monstruosas que ha descrito —razonó el rey Sider—. A pesar de ello, nuestros reinos han prosperado mucho durante estos años de paz. Gracias a la bonanza del comercio y a la seguridad, que han añadido nuevos compatriotas que se han establecido aquí para trabajar, provenientes de tierras lejanas, creo que disponemos de suficientes efectivos. Los enanos ofrecemos todo nuestro poderío militar, tanto en hombres como en criaturas, para repeler la amenaza que representa una invasión mohade.
—El pueblo de los elfos suscribe todas y cada una de las palabras dichas por el rey Sider.
—Nosotros también estamos de acuerdo —afirmó el rey Doramas—. Sin saber con exactitud la cantidad de nuevos reclutas que podremos tener cuando llame a las armas, estimo que el ejército de Gromm contará con unos doce mil quinientos soldados. Sé además que las ciudades costeras aportarán varios escuadrones de caballería. ¿Con cuántas tropas estimáis que podríais contar?
—El reino enano aportará sobre siete mil quinientos soldados, además de nuestros osos de las nieves.
—Los elfos contamos con unos seis mil soldados —aseguró el rey Víanor—, pero la cantidad de tibicenas no la podemos conocer, al vivir estos libres en los bosques y montañas. Su número no lo sabremos hasta que los convoquemos. ¿Qué nos decís vos, capitán? ¿Con cuántas fuerzas podemos contar por parte de vuestro pueblo?
—Al igual que os ocurre a vosotros, no conozco la cifra de grifos que podemos llevar a la batalla. Como tropas de infantería sí os puedo decir que la cifra rondará los dos mil quinientos efectivos.
—Eso hace un total de poco más de veintiocho mil soldados —calculó el rey Doramas—. Tenemos la mitad de tropas que nuestro enemigo. Si nuestras criaturas no son ampliamente superiores en combate, el enfrentamiento se plantea muy desfavorable.
—Capitán Galdas, ¿qué son esos grifos? —Quiso saber el rey Sider.
—Son nuestras monturas. Mitad águila, mitad león. Si os place, al finalizar la reunión os mostraré mi montura.
—¿No os parece que son muy parecidas a las bestias de los mohades? ¿Son de fiar? —inquirió el rey enano.
—Eso lo decís porque nunca las habéis visto. Cuando ocurra, rápidamente os daréis cuenta de las diferencias, no solo físicas, sino de comportamiento.
—¿Cuáles son los pasos que deberíamos seguir para traer a vuestro pueblo? —preguntó el rey Víanor.
—Un representante de vuestras majestades debería viajar conmigo hasta nuestra ciudad, y una vez allí, transmitir vuestro ofrecimiento de acogernos a nuestro consejo de gobierno. No debemos ser un grupo numeroso, ya que el sigilo es nuestra mejor herramienta para poder llegar a nuestro destino sin incidentes.
—Si no hay más preguntas, pasemos a discutir los detalles —dijo el rey Doramas—. Si nos excusáis, capitán Galdas, ahora debemos debatir sobre la información que nos habéis dado. Podéis esperar a que terminemos paseando por los jardines.
—Gracias a todos, majestades —dijo el capitán mientras hacía una reverencia y abandonaba la sala—. Esperaron hasta que el ruido de sus pasos se desvaneció en la distancia.
—¿Qué opináis de lo que ha dicho, amigos? —preguntó el rey Doramas.
—Si no ha exagerado, yo creo que es una advertencia a tener en cuenta —dijo el rey Víanor.
—Pero ¿cómo podemos estar seguros de la gravedad de la amenaza? —dudaba el rey Sider.
—Ya que, según nos ha dicho, deberíamos enviar a un representante de este consejo para formalizar nuestra oferta ante su senado, creo que ese mismo emisario podría aprovechar para valorar la situación in situ —razonó el rey Doramas.
—Padre, amigos, creo que debería ser yo el que represente a este consejo —dijo el príncipe Lucian—. Debe ser alguien con la autoridad suficiente para tomar decisiones y que haga que se sientan valorados. Además, dispongo de capacidades físicas superiores por ser híbrido, cosa que ellos desconocen.
—De ninguna manera te dejaría ir a una misión tan arriesgada sin la adecuada escolta, ni pensarlo —exclamó su padre.
—Yo le acompañaré, majestad —se ofreció Ignia—. No tendrá mejor guardaespaldas que una dragona roja.
—Sigue sin gustarme la idea de enviar a mi heredero y a su esposa a una misión con tantas incógnitas.
—Aun cuando no me parece que sea justo opinar, ya que son las vidas de vuestro hijo y nuera las que se pondrían en peligro, creo que el príncipe Lucian tiene razón. Es el candidato idóneo para esta misión —dijo el rey Víanor.
—Acepto vuestra bienintencionada opinión, rey Víanor. Gracias. Pero sigo diciendo que no. No pondré a mi hijo en peligro.
—Padre, es la mejor opción. Debe ir un embajador preparado para todo, y no solo un político. No existe una alternativa mejor, y con Ignia a mi lado estaré bien protegido.
—Yo también creo que Lucian tiene razón, rey Doramas —dijo el rey Sider.
—Amor, déjale ir —intercedió Luznary, su madre.
—De acuerdo. Consiento porque lo pedís todos. Irán Lucian e Ignia como embajadores de este consejo.
—Rey Doramas —intervino el general Raudor—, creo que deberíamos poner sobre aviso a nuestras tropas para que estén preparadas en caso de necesitar a los ejércitos de manera urgente.
—Coincido —dijo el rey Sider—. También deberíamos tener localizadas a nuestras respectivas bestias de guerra, ya que, al menos nosotros, tardaremos algún tiempo en reunir a los osos glaciares.
—¿Alguien quiere aportar algo más? —preguntó el rey Doramas—. Entonces creo que podemos disolver esta reunión. Que cada uno realice los preparativos pertinentes en su reino, y cuando tengamos noticias de la embajada, os avisaremos.
—Hasta pronto, compañeros. Ojalá todas las preocupaciones y preparativos que se nos avecinan sean finalmente innecesarios —dijo el rey Sider.
—Ojalá tengáis razón. Hasta pronto —contestó el rey Víanor.
Tras abandonar la reunión, el rey Doramas se dirigió a los jardines, donde encontró al capitán Galdas.
—Capitán, ha finalizado la reunión. El consejo ha decidido que os acompañe como embajador mi hijo, el príncipe Lucian. Irá a lomos de una dragona roja. Así no os retrasará. Hemos pensado que, siendo él nuestro embajador, dispondrá de la suficiente autoridad como para que sus ofrecimientos a vuestro consejo sean legítimos, y así poder negociar y resolver cualquier problema o duda que el traslado de vuestro pueblo genere.
—Conozco a los dragones rojos. Llegaron hace años a nuestras tierras. En general, son seres agresivos y no son de fiar. ¿Estáis seguros de mandar a uno en la embajada? —objetó Galdas.
—Sí, podéis confiar plenamente en ella —aseveró el rey.
—Acepto vuestra decisión —accedió el capitán.
—Os avisaremos cuando hayamos hecho los preparativos; no nos demoraremos —dijo el rey como despedida.
—Gracias por todo, majestad.
Ya había oscurecido, y el rey se dirigió al comedor. Allí, Luznary lo esperaba. Cenaron solos, ya que Lucian e Ignia se encontraban preparando el equipaje para partir lo antes posible. Charlaron despreocupadamente de temas sin importancia, evitando en todo momento hablar de la inminente separación de la familia. Al acabar la cena, subieron a una de las torres más altas y miraron en silencio hacia el este, hacia el lugar desde el que un enemigo aún oculto amenazaba toda la felicidad lograda.
—Amor —empezó a decir Luznary—, creo que sería conveniente que yo viajara al sur y solicitara la ayuda de mis congéneres. La amistad y alianza que te ofreció Athor no fueron palabras vacías. Cariño, debemos pedir su ayuda.
—No, mi cielo —se opuso el rey—. Hace muy poco tiempo que hemos vuelto a estar juntos como para que de nuevo te separes de mí.
—Es necesario. Debemos conseguir su ayuda —insistió la reina.
—Pero no tienes que ir tú. Podemos enviar mensajeros a caballo.
—Soy mucho más rápida que cualquier caballo. Además, sé a dónde debo ir y qué zonas son seguras en el trayecto —insistió Luznary.
—Te acompañaré entonces.
—No puedes, amor. Es necesario que el rey se quede aquí y supervise los preparativos. Cada uno debe aportar como pueda.
—No puedo soportar la idea de volver a perderte —lamentó Doramas.
—No me perderás. Volveré, y recuerda que el amor de los dragones es para siempre…
A la mañana siguiente, el rey Doramas, Luznary, el príncipe Lucian y la princesa Ignia tomaron el desayuno juntos. Durante la comida repasaron los preparativos que habían hecho e incidieron en los objetivos de las respectivas misiones.
Lucian, Ignia y Galdas emprendieron el viaje poco después de terminar el desayuno. El príncipe, a lomos de Ignia, y Galdas, a lomos de su grifo.
El rey pidió a Luznary que esperara. Lejos de ojos ajenos, en una de las terrazas ajardinadas del castillo, el rey besó y abrazó a su esposa. Como si así pudiera evitar que se alejara de su lado en un viaje peligroso que realizaría la dragona en solitario.
—Ten cuidado, amor mío, por favor —suplicó el rey Doramas—. No te arriesgues por ningún motivo, y si la misión se complica mucho, vuelve aunque no los hayas encontrado.
—No te preocupes, mi vida. Evitaré los peligros y volveré con ayuda.
—Si Athor dudara, ofrécele dudas, volver a la isla y la amistad y ayuda de todas las razas. Se ha mantenido intacta desde vuestra partida, y el odio que la población sentía contra tu especie ha desaparecido, gracias a los juglares y cuentacuentos que han recorrido el reino dando a conocer toda la historia. Todos serán bienvenidos si quieren retornar a su hogar ancestral.
—Se lo diré, mi vida, pero no es necesario tu ofrecimiento. Conozco a Athor y honrará vuestra amistad y la promesa hecha.
Se volvieron a besar, y Luznary se transformó en dragón. El rey la miró extasiado, como la primera vez que la vio hacerlo hacía tantos años.
—Volveré, amor mío —prometió Luznary—, y entonces ya nada podrá volver a separarnos.
Luznary echó una última mirada a su esposo y emprendió el vuelo desde la terraza ajardinada sin mirar atrás. Cuando ella se hubo alejado, el rey dejó brotar las lágrimas que sus ojos habían logrado retener tras ver partir a su hijo y, ahora, a su esposa. No permitió que sus sentimientos se manifestaran de ninguna otra manera y, pasados varios minutos, se recompuso, secó las lágrimas y volvió al interior del castillo para empezar a realizar los preparativos ante la posible nueva guerra.
