Abuela, madre, hija. - Pablo Horacio Turco - E-Book

Abuela, madre, hija. E-Book

Pablo Horacio Turco

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Beschreibung

Epifanía, desde pequeña, tomó responsabilidades, transitó dificultades y ocupó roles como pudo. Vivió una época maravillosa durante un puñado de años. Luego, una pérdida fuerte le produjo un quiebre y nada fue igual desde aquel día. Vivió sosteniendo a su familia, o lo que quedaba de ella; volvió a pasar por situaciones complejas y resurgió teniendo siempre presente al ser querido que se fue. Un día, en la vejez todo cambió y lo que sostuvo se desmoronó. ¿Tuviste una pérdida fuerte en tu vida? ¿Sentiste un quiebre profundo? ¿Ocupaste roles que no eran los tuyos? ¿Sabés lo que es caer? Estas preguntas son parte de esta historia, la de ella, que, con sus actos, te muestra cómo es el camino de la vida.

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Seitenzahl: 201

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Turco, Pablo Horacio

Abuela, madre, hija / Pablo Horacio Turco. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2023.

170 p. ; 21 x 15 cm.

ISBN 978-987-824-732-8

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. 3. Novelas de la Vida. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2023. Turco, Pablo Horacio

© 2023. Tinta Libre Ediciones

Agradecimientos

Agradecer es un acto de humildad, lo que no significa que el agradecido sea humilde en verdad. Quizá sea una mentira más del humano, no lo sé.

Sé que quiero agradecer principalmente a vos que me lees, que tenés el libro en tus manos que posiblemente ya tenés mi primer libro y ahora sos reincidente en el crimen y adquiriste este que es el segundo. El asesino siempre vuelve a la escena del crimen, hasta sin darse cuenta de ello. Negalo hasta que lo que vieron la escena duden de lo que vieron.

Gracias por entenderme y valorarme. Gracias por saber leerme y juzgarme lo menos posible dentro de lo inevitable. ¿Podes evitar juzgar?

En este segundo salto al vacío agradezco en primer lugar a Epifanía por existir aunque sea un personaje literario, le agradezco por despertar en mi amores y dolores. Sangre de mi sangre que muchas veces desee no tener. Le agradezco por inspirarme, por construirme y destruirme también.

Muchas gracias a quienes confían en mí y entienden que los aviones simplemente vuelan y que la vida está llena de aeropuertos.

Me agradezco. Agradecerme también es parte del crecimiento, de la maduración y de saber que puedo hacer sin tener que rendir cuentas ni aprobar exámenes.

El proceso de vida de Epifanía me enseñó a ser, hacer y estar presente. El dolor es parte del cuerpo y después de todo agradezco haberlo transitado.

Gracias Epifanía por ser una herida

Gracias Abuela por guiarme en este aprendizaje.

Gracias a vos por leerme.

Pablo Horacio Turco

Ramos Mejía, Buenos Aires

Octubre, 2023

Introducción

Siendo lo menos incoherente posible, voy a hacer una breve apertura para este viaje.

Este libro está basado en la vida de mi abuela, cuyo nombre verdadero no voy a revelar. Leerás aquí sobre los distintos estadios de su vida y sobre su influencia en los demás. Así, conocerás cómo este recorrido la llevó a ocupar diferentes roles en mi vida, pasando de un extremo a otro.

La vida es una montaña rusa: agarrate fuerte y abrochate el cinturón.

Este libro consta de seis partes, cada una con siete subpartes. Algunas son breves y otras, extensas. Todas, intensas.

Las primeras tres partes son recopilaciones de relatos que ella compartió conmigo durante diversos momentos de su vida. También me apoyé para construirlas en distintos materiales encontrados: escritos, fotos y recuerdos escondidos en cajones.

Todo lo revelado incluye matices, descripciones e interpretaciones de quien lo transmite. En tu transitar por este libro, verás un quiebre que marca un punto de inflexión en ella y, a mi entender, un cambio profundo de paradigma, que relataré según mi propia perspectiva.

Las segundas tres partes están contadas desde mi óptica de autor, que transitó la historia que narra y la pasó por el cuerpo, en mayor menor medida, de inicio a fin.

En la vida, en algún momento dejamos la tierra carnalmente. El alma sigue de viaje.

No te olvides de que el camino es arduo e intenso.

¿Te animás a transitarlo conmigo?

Prólogo

Reflexionando sobre el desarrollo de nuestras vivencias, he llegado a la conclusión de que somos muy cambiantes. Hoy, en el rol de hijos o nietos vulnerables, dependemos de las decisiones de nuestros padres o abuelos. Nos manejan nuestras necesidades, hasta que de un momento a otro, por la misma evolución de la vida, todo cambia de mando y nuestros referentes de aquel entonces se convierten en mentoreados. En algunos aspectos las elecciones son por motu proprio, y en otros casos, “por la fuerza”.

Podemos definir la vida como una montaña rusa con subidas y bajadas rápidas. También hay algunas lentas. Lo que sí, transcurren sin manija y sin timón; la vida no tiene ajustes de velocidad, y mucho menos freno. La tomamos como viene, y no nos dicen cómo manejarla ni nos consultan nada al respecto.

Entre cómo vivimos y cómo convivimos, con los obstáculos, objetivos, logros y fracasos, hay un hilo muy delgado. Para bien o mal nos afecta, y lo llevamos —o mejor dicho, lo conllevamos— como podemos.

Somos, de manera literal, un manojo de emociones. Crecemos, vivimos y morimos dentro de un conjunto de historias que nos toca atravesar, y nos convertimos en diferentes actores en nuestra propia cinematografía que es la vida. Nacemos bebés, y volvemos a serlo en la conclusión de nuestra historia.

¿Qué tan influenciables o influyentes somos? Sin duda alguna el ideal sería el equilibrio, pero muchos tienen más de uno y menos del otro. ¿Está bien? ¿Está mal?

Quién se atrevería a juzgarlo.

Para finalizar, en ciertas ocasiones de nuestra vida somos actores principales y a la vez de reparto. Lo que quiero decir es que nos toca ayudar y ser ayudados, ser cacique y ser indio, ser líder y ser liderado. En definitiva, somos maleables ante las vicisitudes que nos toca atravesar.

Nuestro destino es el que nos creamos día a día con las herramientas que vamos obteniendo en el transcurso y en el proceso, pero nunca desviándonos del camino.

Si la vida es simple, ¿para qué complicarla?

Y si es complicada, ¿por qué no hacerla lo más simple posible?

Cristian G. Berardo

Palermo “Rower” City – Agosto 2023

Abuela, madre, hija

Parte 1

Inicios y niñez (1936-1948)

1 — Primeras luces

Epifanía Gutiérrez comienza el relato, toma un poco de té con leche y anota en una hoja la fecha de hoy.

Según cuenta, llegó a este mundo en el siglo XX. Más precisamente el 16 de marzo de 1936, apenas unos años antes de la Segunda Guerra Mundial.

Menciona primero que nada a su madre, Johanna, descendiente de alemanes. Ella la dio a luz en la tarde de aquel día y por eso Epifanía se autoproclamó la segunda del clan, una persona muy esperada por sus padres.

De pequeña vio en su padre, Andrés Gutiérrez, al faro que iluminaba sus días. Recuerda con amor el rostro de aquel hombre que la sostenía en brazos hasta que se dormía sobre él, cansada de jugar.

Sus primeros tiempos se desarrollaron en la humildad: en la abundancia de cariño y la escasez monetaria. Su familia de pocos recursos estaba compuesta por su madre, su padre, su hermano mayor Fernando (“Checho”) y ahora ella; vivían en el pequeño pueblo de La Pampa en la provincia de Córdoba, República Argentina.

Según sus dichos, el pueblo era tan pequeño que cuando regresó, ya adulta, su marido conducía a una velocidad alta y superó la ínfima ciudad sin darse cuenta. Pueblo chico, cariño grande.

Esta anécdota la contó millones de veces, y vale el momento para recordarla.

Con su hermano mayor se llevaban ocho años, por lo cual la relación no era de las más cercanas según lo que ella destaca.

2 — Sus padres

Su madre, Johanna, nació a principios del siglo XX, en 1900. Era hija de alemanes que se trasladaron a la Argentina a finales del siglo XIX. Según ella, que la recuerda con emoción, era una mujer noble y trabajadora que amaba coser y estar en su casa. No tuvo la posibilidad de cursar estudios.

Europa ya era una tierra difícil en aquella época. Epifanía comenta que aún hoy tiene la imagen de su madre apenada por no haber regresado nunca su tierra natal.

Su padre, Andrés, nació en 1880 en La pampa, Córdoba, el pueblo en el que después viviría toda la familia. Hombre trabajador, fue conductor de trenes del viejo ferrocarril de la provincia. Se levantaba muy temprano en las mañanas y regresaba al hogar cerca del horario de la cena. Entre lágrimas, Epifanía recuerda la magia de dormirse en sus brazos y aparecer en la cama. Según su propio relato, esto sucedió hasta sus ocho años de vida.

Ella no tiene datos certeros sobre cómo sus padres se conocieron. En sus recuerdos están el amor y el cariño que los unían, y también el esfuerzo diario para que a ella y a su hermano no les faltase nada. Los años en La Pampa fueron de bolsillos holgados y también de unión familiar, hasta que su padre sufrió un desafortunado accidente que le provocó la pérdida de un ojo y la condena de tener que dejar de trabajar y depender de una pensión por discapacidad. Vivieron de ella hasta dejar el pueblo y llegar a la localidad de Muñiz, en la zona oeste de la provincia de Buenos Aires. En aquel lugar él tenía familiares que podrían ayudarlos.

3 — Su hermano

Cuando Epifanía habla de su hermano me da la sensación de que hablara de un extraño, de alguien que no es de su familia. Un día se lo pregunté, y solo me dijo que era “un miserable”

Él, Fernando Gutiérrez, apodado Checho, era su hermano ocho años mayor, nacido en 1928. El Checho, travieso joven, provocaba enojos en Andrés, quien lo corría con el cinto luego de un mal comportamiento. En cambio su madre lo protegía mucho y justificaba sus actos. Según cuenta, ella era la preferida de su padre y Fernando, el de su madre; como suele ser en la mayoría de los casos.

Él, ya adolescente, tras la mudanza a Buenos Aires comenzó la carrera de Contador Público y rápidamente obtuvo trabajo, lo que lo llevó a desarrollarse profesionalmente. Trabajaba en un banco privado de la ciudad, donde permaneció gran parte de su vida hasta llegar a la jubilación.

Hombre de pocas palabras y gustos extravagantes, era una persona muy interesada por el dinero, sin sentimientos profundos y carente de cariño en general, según ella lo relata. Otro dato no menor es que a temprana edad se casó con una mujer llamada Eusebia.

Checho tuvo con ella una hija llamada Dolores, una de las debilidades de Epifanía hasta la actualidad. Tía y sobrina forjaron una relación entrañable y clandestina, basada en el amor y el dolor: las peleas familiares, los desencuentros y las pérdidas las unieron. Siempre para ella su sobrina fue como una hija, por el parecido físico y de personalidad; no sería una idea descabellada para quien desconociera el vínculo.

Checho, con los años, se fue alejando de su hermana, a punto tal que con el paso del tiempo ella sintió menos cariño por él. Se enteró por Dolores de su fallecimiento y continuó la vida como si nada hubiera pasado. No hubo despedida, ceremonia ni luto.

Su frialdad y su falta de cariño hacia el hermano eran notorias, y no quise indagar en profundidad. Según ella, tenía motivos para no quererlo.

En algunas ocasiones lo nombra, pero a decir verdad lo ve como un recuerdo lejano en blanco y negro. Como si fuese alguien que jamás existió.

4 — La primera amistad

Según comentarios de Epifanía, a sus cinco años, y cuando ya había transcurrido más de la mitad de 1941, conoció a Ester, una niña unos años mayor que vivía en una casa de la misma manzana en el pueblo. Los primeros recuerdos son de juegos en las calles, meriendas compartidas y mucha discusión. Ella, luego de ochenta años de amistad, recuerda cómo peleaba con su amiga tal como lo hace hoy en día: en aquella época por jugar, y en la actualidad por la política. Según dice, su amiga jamás paró de hablar y pocas veces logró escucharla.

Ester de pequeña era muy coqueta, rubia, de ojos claros y con porte extravagante, la más llamativa de las dos. En aquellos tiempos le gustaba la peluquería, una profesión que adquirió con los años y siguió durante toda su vida laboral.

Ambas se acompañaron desde la infancia en La Pampa. Luego sus respectivas familias viajaron a Buenos Aires y se radicaron en Muñiz, donde fueron vecinas más de dos décadas hasta que Ester se mudó. La vida las distanció geográficamente, pero su afecto siempre las mantuvo unidas.

Cuando Epifanía habla del vínculo con Ester, destaca lo incondicional que su amiga fue y es en cada minuto de su recorrido vital. Siempre estuvo presente en los momentos fuertes: la muerte de sus padres, los casamientos, el divorcio, el nacimiento de su hija, sus nietos, su bisnieta. A pesar de ser muy distintas, se complementan de modo tal que nunca se alejaron la una de la otra.

Durante más de veinticinco años han conversado telefónicamente todos los días a las nueve de la noche; salvo algún problema la llamada se efectuaba, y nada más importaba. Personalmente se han visto pocas veces en los últimos años, y cada vez que lo hicieron fue en velorios u hospitales. Hace poco tiempo compartí un rato con ambas y las dos se rieron con nostalgia cuando contaban tales anécdotas. La risa de Ester contagia alegría.

Epifanía siempre menciona a su amiga con emoción, y también le atribuye ser una loca que le revoluciona la vida: le aporta lo bueno, lo malo, lo real, lo puro y sincero. Una verdadera amistad de ochenta años.

5 — El pueblo

La Pampa, un pueblo del norte de la provincia de Córdoba a 70 km de distancia de la capital, actualmente posee 873 habitantes en un radio que se desconoce. Según destacan fuentes recientes, su población ha crecido en los últimos veinte años un 25%.

De sus años de niñez, Epifanía recuerda que era un lugar muy pequeño; estima que los habitantes no llegaban a doscientos. Su padre, al ser el maquinista del pueblo, era identificado por todos los nativos. Los Gutiérrez eran una familia querida, humilde y conocida.

Una de las frases célebres de Epifanía, además del repetido recuerdo del veloz paso de su marido cuando lo llevó a conocer su tierra, es: “¡Había una miseria en la ciudad!”. A ella, pequeña como era, no le gustaba tal lugar, sentía que su mundo era otro.

El accidente de su padre provocó que dejase de trabajar y que la familia partiera desde el pueblo hacia Buenos Aires. Sucedió en 1944.

Ella volvió solo aquella vez con su segundo marido, Michelito; fue a principios de los años ochenta. No recuerda la fecha ni el año exactos de tal visita; luego de esa oportunidad, no regresó jamás.

6 — La nueva vida

La llegada en 1944 a la localidad de Muñiz de la familia Gutiérrez fue un fuerte cambio para todos. Andrés, en su temprana jubilación, logró que unas primas le alquilaran una casa agradable y acogedora. Proyectaba tener el techo propio.

Cuenta Epifanía que comenzó el colegio en un establecimiento cercano al domicilio. Venía de una educación muy escasa en el pueblo, aunque según sus propias palabras, ella siempre se destacó por ser inteligente y tener facilidad para el desarrollo, sobre todo en Matemática. Su frase repetida hasta el día de hoy es: “Yo soy muy inteligente”.

Uno de los recuerdos que recuperó reiteradas veces fue el de las acciones que tenían las maestras de aquella época; un ejemplo claro era su prohibición de que se escribiera con la mano izquierda. Ella, zurda de nacimiento, utilizaba tal mano para todo, pero una de sus docentes le ataba el brazo al banco y la obligaba a escribir con la derecha; esto provocó, con el tiempo, que Epifanía escribiera solo con la derecha y no utilizase la izquierda para anotar. En el presente escribe solo con la mano derecha, pero se autodenomina ambidiestra. “Soy ambidiestra”, suele decirme cuando ve que no puedo hacer algo con alguna de mis manos. Según ella, los de mi signo del zodiaco (Libra) no son buenos con las manos. Este comentario viene a cuento de que Epifanía es “astróloga”. Lo desarrollaremos más adelante.

Los primeros tiempos en Buenos Aires no fueron fáciles, no le gustaba el barrio y no podía ver a su padre con poca actividad. Lo bueno eran sus juegos con Ester en la vereda de su casa y las galletitas que merendaban al regresar de clases.

Su mamá realizaba trabajos de costura en la casa y su hermano salía con amigos del barrio mientras transitaba el colegio secundario con calificaciones sobresalientes.

7 — Primera pérdida

Andrés, luego de su accidente y de la mudanza de La Pampa a Muñiz, de Córdoba a Buenos Aires, del campo a la ciudad, nunca fue el mismo. Un ojo perdido, una jubilación anticipada y la vida en una casa alquilada a un pariente no eran lo que él hubiera deseado para ese momento de su vida. Según cuenta Epifanía, su padre se sentía frustrado y la tristeza la reflejaba en lo poco que le quedaba de mirada.

Por las mañanas realizaba algún trabajo informal en la zona, pero siempre todo le era cuesta arriba; no podía con sus limitaciones, y gran parte de su esfuerzo era para que la familia tuviera qué comer. Epifanía lo cuenta e infla el pecho de orgullo al hablar de su padre y mencionar sus acciones. Se nota que ella lo está, lo estuvo y lo estará siempre: cada vez que habla de él, sus ojos se inundan en lágrimas que no terminan de caer por sus mejillas pero que están ahí, en la boca de la tormenta. Su padre para ella fue todo.

Andrés falleció de un infarto, su corazón se detuvo el 24 de marzo de 1945 y desde ese entonces nada fue igual para la familia. Ella menciona que su madre Johanna lo sufrió muchísimo, que estuvo días, meses y hasta algunos años con un dolor en el pecho que no la dejaba respirar bien pero que como pudo salió adelante. Según Epifanía, su madre nunca superó la muerte de aquel hombre que era el mundo para ella.

También recuerda que su hermano Fernando, Checho, lo sufrió en silencio, se sumergió en sus estudios y en sus ganas de emigrar hacia la Capital Federal; sentía que estaba para más y menospreciaba la vida en Muñiz. Al poco tiempo se alejó de algunos amigos y creó vínculos, según él, de más nivel.

Al fallecimiento de Andrés ella lo sintió como un golpe certero a su corazón, como si el propio también se hubiera detenido. Esas son las palabras de Epifanía al nombrar a su papá. Era pequeña, y había perdido tempranamente a quien la guiaba y a quien adoraba.

Me lo comentó textualmente: “El mundo se me cayó encima”. Así lo recuerda hoy en la vejez, y esta vez, luego de la frase, sí desliza algunas lágrimas que nacen en sus ojos y mueren en su boca dejándole un gusto salado que detesta. Ella odia llorar delante de alguien, por más confianza que tenga.

El apoyo de Ester, unos años más grande, fue fundamental; jugando la distraía y acompañaba. Su fuerza interior para salir adelante fue un pilar para que levantase la frente y avanzara, porque así lo hubiera deseado su padre. “Así lo hubiera querido mi padre”, la bendita lealtad al clan.

Andrés dejó una familia y muchos sueños por cumplir, pero hizo lo que pudo y fue, según su hija, un gran hombre.

Según Epifanía, su padre se sintió morir desde el día en que perdió su ojo en ese desafortunado accidente, un hecho probable en esos años de mayores descuidos. La máquina se detuvo y el maquinista pasó a la eternidad, donde como dice Epifanía: “La gente nunca muere. Solo muere quien se olvida”.

Parte 2

Trabajos, maternidad y pérdidas (1950-1976)

1 — Primer trabajo

Sobre este periodo Epifanía tenía algunas dudas. Pensá que a algunos sucesos de su vida me los contaba mucho tiempo después de cuando los vivió.

Según recuerda, comenzó a trabajar de jovencita: si bien ya a los catorce años ayudaba en un comercio de la zona, su primer trabajo cree que llegó a los quince o dieciséis años. Ella viajaba al centro de la Ciudad de Buenos Aires y realizaba tareas administrativas en una empresa importante; tal ocupación la sostuvo durante aproximadamente un año. En aquel entonces, el traslado en tren desde su ciudad hasta el centro de la capital era placentero. La época, con poco caudal de personas, le permitía realizar unos movimientos que con la evolución social y los años se tornaron imposibles.

Cuando lo cuenta, menciona que al trabajo administrativo lo disfrutaba y que en ese momento decidió con convicción que iba a seguir la carrera de Administración Contable. Con orgullo levanta la voz para contarme que se recibió en cuatro años y con las mejores calificaciones, dada su vocación para el estudio y su perseverancia para no abandonar. Y su inteligencia, obviamente.

En su labor hizo de todo, y tal esfuerzo le otorgó cierto prestigio dentro de su círculo íntimo. Ella deseaba ser otro tipo de persona, no estaba conforme con lo que era y sus aspiraciones de ahí en más fueron ascendiendo y despertaron aptitudes dignas de alguien con capacidad para el crecimiento. La miré cuando lo contaba y vi su frustración, por un lado, y su pasión por lo que hacía, por otro.

Una mujer encerrada en una jaula tocaba las rejas a desgano, pero también con la necesidad de romperlas y salir a la vida.

2 — Miss Muñiz 1957

Cuenta que de jovencita era linda, se lo escuché decir muchas veces. Sus admiradores le decían “escultura” y “monumento”, que eran los elogios de aquellos años. Nada similar a los comentarios de los hombres hacia las mujeres hoy en día.

Epifanía se paseaba por el barrio y realmente llamaba la atención, provocaba que vecinos y peatones la piropearan con cortesía; en tal época las muestras de interés, al menos hacia ella, eran con respeto. No recuerda desubicaciones de los señores.

A fines de 1956 en el barrio de Muñiz se organizó como todos los años un concurso de belleza, se elegiría a la señorita de veinte años más linda. El certamen se desarrollaba en un club reconocido de la zona, al cual asistía la mayoría de los jóvenes para bailar y participar de diferentes actividades como fútbol, básquet, gimnasio y pileta.

El evento se desarrolló un sábado por la noche. Ella sabe que fue en diciembre pero no recuerda bien el día, solo que la noche era mágica y que todo lo que vibraba alrededor lo hacía con amorosidad.

El concurso contaba en su etapa preliminar con unas veinte jóvenes, todas acompañadas por su madre o tutor responsable; solas jamás podrían haberse presentado. La elección de Miss Muñiz se desarrolló en un clima familiar: Epifanía menciona que había un jurado compuesto por gente del barrio y autoridades del club, todo muy informal y discreto.

Con el correr de las selecciones quedaron tres finalistas: una de ellas era Epifanía, que según cuenta sobresalía por su altura. Otra frase recurrente de ella: “Yo siempre fui alta, o los demás, petisos”.

Lo poco que recuerda es que el anuncio del presidente del jurado fue claro y conciso: “Y la ganadora es Epifanía Gutiérrez, nueva reina de Muñiz”. Luego, el aplauso de los presentes y su sonrisa de ganadora, según ella de pómulo a pómulo… Algo que pocas veces sucedió y que no sé si vi alguna vez. Epifanía no es de sonreír por estos años, salvo en ocasiones muy concretas que verás más adelante en esta historia.

La entrega de premios fue emocionante, cuenta con alegría. Ella, abrazada a su madre, miraba al cielo buscando a Andrés, deseando que estuviera ahí compartiendo el momento. Él estaba presente, Epifanía dice que lo sentía entre la gente. Así lo recuerda mientras sus ojos toman el color del mar y cambia de tema.

Una nueva reina, un nuevo desafío para ella: una corona simbólica la habilitaba a participar del concurso de Miss Argentina para el próximo año. Invitaciones a eventos, prestigio en el barrio y aún más miradas observadoras. Fue reina en el siglo XX, algo de lo que no muchas personas pueden presumir.

3 — Primer amor

En 1957, poco tiempo después de ganar el concurso de belleza y ser proclamada la reina del barrio, comenzó a frecuentar aún más el club al cual todos iban a bailar los sábados por la noche. Siempre acompañada de su madre, Johanna, que no faltaba ni una sola vez a la cita. Según sus palabras la época, o quizás el contexto social, obligaba a las chicas a asistir con sus madres a los bailes que finalizaban a la medianoche. Al club asistían las y los jóvenes del barrio, y solo como excepción alguna persona ajena invitada por alguien local.

Según sus recuerdos de aquellas noches de verano, ella y su madre se encontraban al costado de la pista del baile, y los chicos que deseaban acercarse lo hacían tras pedirle permiso a Johanna primero; luego, Epifanía podía decidir si accedía o no al pedido. Dado su reinado, los hombres hacían fila para sacarla a bailar, aunque la gran mayoría obtenía una respuesta negativa. Epifanía se autoproclamó muy selectiva desde siempre, y más aun desde que ocupó el trono de reina del barrio.