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Mezcla de ficción y realidad, la novela relata con tintes humorísticos y trágicos la historia de personas que coincidieron en una empresa situada en Hannover (Alemania). Malos tratos de un jefe despiadado lleno de ira (con el contrapunto de que es sometido en la intimidad), una relación de socios (padre e hijo) llena de odio, competencia, toxicidad y amor son moneda corriente en ese contexto laboral. Trabajadores unidos en la conformidad y en la escasez económica padecen el día a día, dentro de un trabajo en relación de dependencia donde reina el miedo y el maltrato psicológico. La crisis económica, el agotamiento mental y también la muerte son los puntos de quiebre para que los empleados busquen su salida. Algunos con más fortuna que otros.
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Seitenzahl: 672
Veröffentlichungsjahr: 2022
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Turco, Pablo Horacio
Éxodo de libertad / Pablo Horacio Turco. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2022.
464 p. ; 21 x 15 cm.
ISBN 978-987-817-864-6
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. 3. Novelas de la Vida. I. Título.
CDD A863
Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.
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La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.
Hecho el depósito que marca la Ley 11.723
Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2022. Turco, Pablo Horacio
© 2022. Tinta Libre Ediciones
Agradecimientos
A quienes me inspiraron a escribir el libro.
A quienes me apoyaron en el trayecto.
A quienes me ayudaron en diferentes etapas.
A los amigos presentes.
A los lectores.
A los detractores.
A los seres de luz que iluminan mi camino.
A los seres oscuros que provocan mis catarsis.
A los espejos que me crucé y que me cruzo en la vida.
A mi familia.
A los que se fueron.
A los que vendrán.
A los que opinan sin saber.
A los que hablan pavadas nomás.
A los golpes y a las caídas.
A los levantamientos con más fuerza.
A las correcciones a tiempo.
A los cuatro años de escritura.
A la voluntad y empuje de todo este tiempo.
A los éxodos.
A la libertad.
Prólogo
Fue una ilusión, en un principio, como los primeros brotes de la primavera. Luego, sobrevino la realidad humana, su miseria, la rutina y la muerte.
Soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia y pereza; todos convivían allí. Sin embargo, fue la soledad. La Soledad; ese era el máximo temor de nuestros otrora «nobles» y «fuertes» líderes. Olvidaron que es una condición impuesta por la vida y no elegida… y allí, fue donde se asestó el golpe.
Los débiles caerán, los fuertes sobrevendrán, pero pagarán un alto precio por llevar el estandarte. Su secreto: persistir, levantarse una y mil veces hasta templar el alma “hasta que los corderos se conviertan en leones...”.
No fue solo un trabajo, fueron nuestras vidas…
Luciano Dorval
Saint-Malo (Francia)Noviembre, 2022
Preludio
Fue un espejismo, una aventura, un recuerdo borroso en el umbral de la memoria. Fueron tiempos turbulentos, pedazos rotos de cristales, momentos de inestabilidad económica y de conformismo. Fue simplemente un sueño que eriza la piel y conlleva en él varios demonios. Fue una historia más.
Los hechos y personajes del presente tesoro que tienen en sus manos son ficcionales. Cualquier coincidencia con la realidad es mera casualidad.
Las casualidades para mí no existen, solo habitan en mí las causalidades.
Bienvenida y bienvenido a este viaje, te invito a volar en el cuento.
Vos elegís si creés o no creés. ¡Es tu decisión!
¡Yo elijo creer! ¡Ya decidi!
Que tu éxodo de libertad sea el elegido.
Pablo Turco
Noviembre de 2022Ciudad de Buenos Aires
Capítulo 1
Pasta para los negocios (Francisco Gutenberg)
Las nubes cubrían la tenue luz que asomaba tras los altos edificios de Hannover, el cálido agosto denotaba una mejora en el clima que había castigado la ciudad durante las últimas semanas. Se respiraba aire puro lleno de energía.
El ingeniero Francisco Gutenberg conducía su camioneta hacia la empresa, ese día debía llegar a primera hora para coordinar un viaje. Su intención era no demorarse y, además, sorprender a sus empleados, que solían no cumplir con los horarios de trabajo.
El hombre de ojos celestes y cabellera blanca revisaba su celular mientras perdía visión en la carretera. Buscaba el número de su socio, Filip Parker, un hombre locuaz a quien había adoptado como hijo décadas atrás y formado a su imagen y semejanza. Necesitaba contactarlo para combinar tareas; la jornada se vislumbraba abrumadora y, como cada lunes, había que organizar la semana.
La comunicación se inició. El teléfono de Parker sonó varias veces hasta que fue atendido por el receptor:
—Hola, Francisco, ¿qué sucede tan temprano?
La respuesta del ingeniero fue contundente:
—Levantate, Filip, hay mucho por hacer. Hoy tenemos que hablar con los italianos, es un negocio millonario.
Al oír esta última frase, Parker se levantó instantáneamente y comentó que estaría listo en diez minutos. Francisco respiró tranquilo y afirmó que pasaría a buscarlo en unos instantes.
Unos minutos después, Gutenberg estacionaba su camioneta en la puerta de la casa de su socio. Este último salió rápidamente y subió al rodado saludando amablemente con un apretón de manos. Ambos partieron hacia la empresa. Aún no era horario de apertura, pero ellos deseaban llegar antes para luego partir hacia la reunión con los italianos, que en unas horas estarían en la ciudad de Múnich.
***
León Dorvaldegui, encargado de coordinar la administración y la fábrica dentro de la empresa, estacionaba su coqueto vehículo blanco a unos doscientos metros del recinto laboral. Solía llegar temprano para conseguir estacionamiento debajo de un gran árbol que le daría todo el día sombra a su transporte. Con esa poca fortuna, era feliz.
Durante el camino hacia la fábrica, tuvo unos instantes para contemplar algunas aves que pasaban por el cielo. Lo hizo durante unos segundos hasta que vio que a lo lejos se acercaba en bicicleta uno de sus compañeros. Cotur Aydin, el ofuscado encargado de compras, venía pedaleando en dos ruedas que no gozaban de total aire en ellas. Cruzaron sus miradas cómplices y, con previo saludo verbal, Cotur detuvo su marcha para darle un abrazo a León, que lo retribuyó con sorpresa y calidez.
Los compañeros iniciaron una conversación, preguntaron por sus fines de semana para luego comenzar con los fastidios diarios que los unían. Aydin expresó sus pocas ganas de ingresar, sumadas a sus deseos de que Gutenberg estuviera de viaje o se ausentara la mayor parte del día. El encargado de compras repudiaba al jefe a punto tal que solo deseaba su ausencia con franqueza. León, con un gesto amistoso, apoyó su mano derecha sobre la espalda de Cotur y le dijo:
—Hoy viene Francisco, tiene reunión con unos italianos, me dijo la semana pasada. Lo que no sé es el horario.
Las palabras provocaron el lamento de Aydin, que maldijo para sus adentros y respondió:
—¡Qué linda manera de empezar la semana!
Ambos rieron con sarcasmo y continuaron su camino hacia el trabajo.
María de los Ángeles Basilio, encargada de todo el sector administrativo y la única mujer en la empresa, ya se encontraba en la puerta de la fábrica próxima a abrir. Observó a su derecha, donde pudo apreciar la llegada de León y Cotur, que venían riéndose. Los vio y se contagió de esa risa que no solía presentarse en el ingreso al lugar que tanto ella como sus compañeros no disfrutaban.
Luego de los saludos de buenos días, los tres ingresaron a la empresa. En el sector de fábrica, ya se encontraba Jordi Sánchez, un encargado de taller con más de quince años en la empresa que, aun con juventud, había logrado tal puesto. Además, estaba Varón Suárez, el morrudo y tosco encargado de tareas de servicio, y en los vestuarios dormía el conductor de las camionetas laborales, Alejo Remido, un joven con una imagen que transmitía abandono en su rostro, dada su inconformidad general.
Desde el taller, Jordi escuchaba las risas de sus compañeros y en su interior pensaba: «Ellos sí que la pasan bien, eso les pasa porque no vienen acá con las máquinas». Sánchez siempre había aspirado a ser parte del sector de oficinas, a tener su computadora y las manos limpias. Muchas veces le pidió a Gutenberg que lo ascendiera, quería el puesto que se había generado con el ingreso de Dorvaldegui cuatro años atrás. Él, que le llevaba una década de ventaja, no consideraba justa tal decisión.
Jordi se acercó al sector al que no lo dejaban llegar laboralmente, ingresó previamente por la puerta de seguridad y se encontró con sus tres compañeros, que iniciaban la jornada prendiendo luces y computadoras. Saludó a cada uno de ellos, que aún sostenían levemente una risa, y les preguntó:
—¿De qué se ríen? Se nota que la pasan bien.
León, que lo oyó, rápidamente le respondió:
—Veníamos riendo con Cotur de nuestras desgracias, de lo apestoso que es estar acá todos los días y de que enseguida viene Francisco a torturarnos todo el día.
María de los Ángeles estalló en una risa totalmente ácida y agregó:
—Claro, ¡y yo soy la estúpida que lo va a tener que soportar todo el día! Que un café, que un té, que le alcance un papel, que llame a uno y a otro.
Todas estas muestras de ira envueltas en risas dejaron paralizado por unos instantes a Jordi, que no emitía sonido. Cotur, que aún continuaba con carcajadas alegres, acotó:
—A mí me va a pedir de todo también. El viejo se cree que soy su esclavo. Y a vos, Sánchez, ¿qué te pasa?, ¿te quedaste duro otra vez?
Este último comentario provocó aún más potencia en la risa generalizada que curaba a los disconformes empleados en un lunes que amenazaba con ser complejo. La risa continuó, ahora con Jordi sumándose y acotando:
—Ustedes son tremendos y todavía no estoy duro; eso, quizás, a la noche.
El encargado del taller sufría de ciertas adicciones conocidas por sus compañeros, que en pocas ocasiones intentaron ayudarlo en vano.
***
El vehículo de Gutenberg se estacionó en la puerta de la empresa, la hora marcaba el inicio formal de la jornada laboral. Desde afuera se oían las risas de los empleados, que se disponían a iniciar las tareas. El sonido de alegría inquietó a Francisco, quien sabía que con solo su presencia interrumpiría tal momento jocoso. A su lado, Filip revisaba su celular, donde tenía mensajes de su mujer preguntando dónde estaba. Parker debía dar explicaciones, ya que nunca se iba tan temprano y su esposa temía que se fuera de copas o con alguna otra mujer. Filip se acercó a Gutenberg y le pidió que enviara una nota de voz para tranquilizar a Lisa, a la cual conocía mucho debido a la relación que los unía.
El mensaje de Francisco fue el siguiente: “Lisa, tu marido está conmigo. Lo saqué temprano de la casa por un trabajo que debemos hacer urgente”. El mensaje fue recibido al instante por la preocupada joven, que solo respondió con un emoji.
La puerta del establecimiento laboral se abrió e ingresaron los dos socios. El mayor de ellos comenzó a elevar la voz para que los empleados reconocieran su presencia, este comportamiento era habitual en un hombre que disfrutaba de provocar malestar en los trabajadores. Ambos dueños tomaron las escaleras. A medida que subían, las risas iban mermando; los cuatro empleados sabían que llegaban las presencias que tanto los incomodaban.
El primero en decir buenos días fue Gutenberg, la respuesta fue retribuida en forma unánime. Luego se sumó al saludo Parker, con un más ameno: “Hola, chicos” que demostró cierto acercamiento. Luego de tales saludos, mientras se ubicaban en sus puestos de trabajo, Francisco preguntó:
—¿Dónde están los que faltan? Kellen, Adriel y el otro del que no me acuerdo bien… Leuhan, ¡qué nombre difícil!
Cada nombre fue pronunciado en voz muy alta. La respuesta inmediata la dio María de los Ángeles, con información contundente:
—Kellen y Leuhan están con día de estudio y Adriel debe estar por llegar.
Francisco oyó las palabras de su secretaria y retrucó:
—¿Los dos el mismo día? Eso no se puede, no tenemos gente aquí en la oficina, voy a llamar a Kellen.
Filip, lejos de involucrarse en la situación, saludó de modo personal a León, con quien consideraba tener un acercamiento. Del otro lado no era así, pero ante semejante desconocimiento, Parker actuaba con muy buenos modos hacia el coordinador de la empresa, que ya había apaciguado su risa inicial.
Gutenberg tomó el teléfono, buscó en su agenda el número de Kellen Rudolph y se dispuso a tener una comunicación. La llamada no prosperó, ya que el ausente empleado tenía apagado su teléfono laboral. Francisco respiró profundo, lo maldijo durante unos segundos y desistió de volver a intentar hablar con él. Solo dijo en voz alta:
—Ya verá mañana cuando lo agarre, ya va a ver —concluyó en tono amenazante ante la escucha de todos en el lugar. La oficina del ingeniero y la de su socio tenían una amplia comunicación con el resto, sin mediar paredes ni ventanales. Solo una pequeña e insegura escalera separaba los espacios de los dueños y de los empleados.
Kellen Rudolph era el incipiente vendedor de máquinas y, por momentos, la mano derecha de Gutenberg. Se encontraba estudiando, quería salir de la empresa donde ya llevaba dos años. Pero su afán por la comodidad y su poco compromiso laboral lo sostenían en un puesto que, si bien sabía vacío, le daba dinero. Había apagado el celular laboral, pero el personal lo tenía encendido; en el instante en el que se servía un té de durazno, recibió el mensaje de su compañera.
María de los Ángeles:Kellen, Francisco está desesperado llamándote, se enfureció con tu ausencia. No estaba al tanto y gritó de todo.
El estudioso empleado leyó cada línea mientras sonreía y respondió brevemente.
Kellen Rudolph:Estoy estudiando, tengo mis derechos.
Envió el mensaje y colocó hierbas a su infusión, la cual consideraba fundamental para la concentración durante el estudio.
Leuhan Kittel, el otro ausente por estudio, se encargaba de armar las muestras que pedía Gutenberg, quien aún no sabía bien su nombre. Llevaba pocos meses en la empresa y solía ser de los que más errores cometían. Era joven e inexperto, lo que solía ser importante a la hora de la consideración, al menos desde la mirada de Filip.
***
Adriel Albornada llegó a la empresa. Demoró unos minutos el horario de ingreso. Esta conducta era habitual en él; solía siempre tomarse unos minutos de gracia debido a su inconformidad laboral y económica. Consideraba que su puesto de encargado de servicios debía ser mejor remunerado y también sufría del peor modo los tratos del ingeniero, que siempre se encargaba de despreciarlo públicamente. Fichó como todos los días y tomó las escaleras. Ya había visto el auto de Gutenberg en la puerta, pero pensó que se trataba de una trampa. Suspiró aliviado hasta que escuchó la voz de Francisco: ese vozarrón grave que tanto lo torturaba y que, fuera del horario laboral, le producía ataques de pánico y le impedía dormir algunas noches. Intentó tomarlo con calma y continuó el ascenso hacia su puesto de trabajo. Adriel estaba muy nervioso, sabía que se le vendría una ola de agravios, aunque también tenía claro que estaba llegando tarde.
El encargado de servicios pisó con tibieza la oficina. Saludó primero a Cotur, luego a María de los Ángeles y finalmente a León, que conversaba con Filip. Este último lo miró y le dijo:
—Arriba está Francisco, preguntó por vos. Decile que tuviste un retraso en el transporte.
El socio minoritario no era el que más quería a Albornada, pero menos quería oír los gritos de Gutenberg, que serían irreproducibles a esas horas de la mañana. Adriel se acomodó en el puesto de trabajo y, tímidamente a la distancia, dijo:
—Buenos días, Francisco, me demoré por...
Cuando iba a explicar los motivos de su tardanza, el ingeniero interrumpió exclamando:
—Sinvergüenza, me decís buen día. Seguro venís siempre tarde, debería sancionarte.
En ese instante, intercedió Parker para argumentar que estaba demorado y que él había recibido el aviso por mensaje. Francisco se tranquilizó, pidió disculpas y le pidió al recién llegado que a la brevedad subiera para coordinar las tareas del día, ya que él debía salir a reunirse con los italianos.
Adriel acomodó rápidamente sus pertenencias para cumplir con la orden del jefe. Sabía que ese no sería el día para desayunar tranquilo su té de coca tan amado, que consumía cada mañana al llegar, dado que salía de su casa muy temprano y sin haber ingerido siquiera unas gotas de agua. Debía resistir a la languidez y lograr complacer a Gutenberg, que ya había alterado la mañana de todos los empleados.
El encargado de servicio tomó las escaleras, esas que tanto odiaba subir, para enfrentar al hombre que tanto temor le generaba. Lo hizo con tranquilidad, intentando pensar en que todo estaría bien. Luego de unos segundos, ya se encontraba sentado frente a Francisco, que tenía una hoja en blanco y una lapicera azul que le había regalado un cliente, de esos bolígrafos promocionales que las empresas suelen obsequiar. El ingeniero tenía en mente coordinar las tareas y Albornada era su brazo ejecutor en el taller, aunque el socio mayoritario a veces pensaba que el puesto de este joven y hasta la elección por él habían sido un error.
En el sector de abajo, Filip conversaba con León, le comentaba de los proyectos que estaban por ingresar y de la organización de ellos. Dorvaldegui lo escuchaba y por dentro disfrutaba de la melodía que había quedado en su cabeza luego de oír música española. Recordó sus días en Pamplona el verano anterior y deseó hoy más que nunca estar ahí. El relato de Parker finalizó, esperaba una devolución de quien apenas lo había oído. León, que sabía de este tipo de charlas, con soltura se acopló a los dichos de su jefe. Afirmó que se necesitaban determinados materiales y que él se encargaría de confeccionar el pedido interno para enviárselo a Cotur vía e-mail, algo que detestaba el incipiente encargado de compras. Filip levantó levemente la voz para informarle a Cotur que recibiría un pedido y que este sería urgente, algo que Aydin tomó con pinzas, como todo lo que se pedía con urgencia en la empresa. La respuesta del receptor fue contundente:
—Bueno, lo tendrán a la velocidad de la luz. —Y esbozó una leve risa que fue oída por Francisco en las altas oficinas. Este no tardó en sumarse al pedido y expresar en voz alta:
—Cotur, es urgente, hacelo ya, ya tiene que estar todo acá.
Luego de terminar el relato, estornudó con fuerza, salpicando un poco a Adriel, que lo sufría en primera plana. Aydin nuevamente retrucó:
—Todavía no mandaron nada, así que aún no hay pedido.
Estas últimas palabras enfurecieron a Gutenberg, que exclamó:
—Anotá: Dos caños de tres cuartos, siete chapas de 3,5 mm y cuatro de 2 mm, un motor de 4 hp y 100 m de cable canal.
Filip, luego de oír a su socio, le objetó algunos materiales y agregó:
—Papá, se hace todo por escrito. Es lo que habíamos quedado para que no haya errores ni confusiones.
Parker le decía papá por momentos a Gutenberg, ya que este último lo había criado como tal. Se había hecho cargo de él durante su infancia, lo había guiado en sus estudios y tomado responsabilidades en varios aspectos. Francisco lo escuchó y se desligó del tema para volver a lo suyo.
***
Adriel estaba frente a una de sus peores pesadillas, observaba a Francisco dibujar una y otra vez en un papel. Las anotaciones incluían los horarios y las ocupaciones de Varón Suárez, Alejo Remido y Alex Roderici, el tornero que, dada la escasez de trabajo, se ocupaba de ciertas tareas del sector; además, presumía delirios de grandeza, a tal punto que argumentaba estar para un puesto más elevado. El ingeniero continuó con sus gráficos acompañados por designaciones. Lo hizo durante varios minutos ante la atenta mirada de Albornada que, aún salpicado por la saliva de su jefe, sostenía su atención en el papel mientras pensaba en Oruro, su Bolivia natal que tanto extrañaba. Recordó en ese instante las palabras de su madre. Hacía años que no la veía, puesto que, desde su búsqueda de suerte en Europa cinco años atrás, las labores y las dificultades económicas le habían impedido volver. Su madre siempre le decía: “Adriel, no dejes que nadie te maltrate, que nadie te diga quién eres. Solo tú sabés a quién llevas dentro y cada maltrato es un insulto hacia mí y tu padre”.
Estas últimas palabras fueron las que más reacción provocaron en el encargado de servicios, que, casi sin vacilar, interrumpió a Gutenberg para decir:
—Usted no me va a maltratar a mí, usted me va a tratar bien porque yo soy buena persona.
Francisco, quien continuaba con sus dibujitos, oyó sus palabras y, sin medir vocabulario, respondió:
—¿Yo te trato mal? Te doy un trabajo, tolero tus errores, perdono tus tardanzas y, para colmo, te permito hablarme así. No entiendo qué te sucede, sos muy joven y seguro estás enamorado. —Esta era una frase recurrente del ingeniero para descalificar a los subordinados.
Las palabras del ingeniero fueron certeras, a tal punto que Adriel esbozó levemente un pedido de disculpas. Francisco solía lograr en sus empleados un efecto de arrepentimiento si retrucaban sus insultos; varios de ellos asumían sus modos y, luego de manifestarse en rebeldía, regresaban rápidamente a la posición de oveja que debe seguir fiel en el rebaño.
***
Filip se dirigió a la máquina de café, necesitaba ingerir cafeína. Pero al intentar darle uso, notó que aún nadie había preparado el cafecito que tanto necesitaba. A viva voz, preguntó:
—¿A quién le toca hacer hoy el café? No hay y yo necesito tomarme uno.
María de los Ángeles revisó el Excel donde se detallaba el encargado del día y dijo:
—Hoy le toca a Kellen, que no viene.
Parker, luego de oírla, suspiró y fue él quien decidió encargarse de hacerlo. Estaba desesperado por beber y sus demonios brotaban por cada uno de sus ojos. El socio minoritario cargó la máquina primero con agua y luego con café y la encendió. Al cabo de unos minutos, ya estaba lista la tan ansiada infusión que haría calmar la euforia de Parker, que, a estas alturas, solo esperaba poder salir hacia la reunión con los italianos.
***
Gutenberg dio algunas indicaciones más y terminó la conversación con Albornada. Había logrado persuadirlo a tal punto que el joven había cambiado su semblante, pasando de enojado a amable con su jefe. Luego, mientras descendía por las escaleras, exteriorizó una sonrisa que indignó a María y a Cotur, que eran dos de los más ofuscados con la presencia de Francisco.
El jefe tomó algunas carpetas, envió un mensaje de buenos días a su mujer y preguntó por su pequeño hijo Adolfito, un pequeño niño producto del segundo matrimonio del ingeniero con una mujer menor que él por dos décadas y media. El chiquito de apenas dos años de vida tenía un padre con edad de abuelo. Gutenberg llamó a su socio, este se encontraba en la planta baja saboreando su café. Al no recibir respuesta, comenzaron los gritos desaforados del ingeniero:
—¡Filip, Filiiip! ¿Dónde estás? Vení para acá, así nos vamos.
Al escuchar esto, María le respondió:
—Está abajo, ya lo busco.
Sabía que era un beneficio para ella, ya que ambos se retirarían a la brevedad. Gutenberg agradeció y acotó:
—Ya que bajás, ¿me traerías un tecito con miel?
La joven, que odiaba esos pedidos, respondió afirmativamente y se prestó a descender por las escaleras. Una vez que llegó, le comentó a Filip que Francisco lo estaba llamando. Él lo sabía bien, pero cumpliría con la petición una vez que finalizara el deleite que le provocaba la infusión que llevaba entre sus manos.
***
Adriel ingresó al taller, rápidamente se acercó a Varón, lo saludó afectuosamente y le comentó los dichos del jefe para la jornada de hoy. Luego saludó a Alex, que recién ingresaba. Le preguntó qué había pasado, a lo que el tornero respondió:
—¿Vos qué me venís a hablar de horarios, si recién llegaste?
Albornada, que poco carácter tenía, le insinuó que él era el encargado y debía hablarle bien. El tornero esbozó una sonrisa socarrona que luego transformó en carcajada. La charla no pasó a mayores, dado que Varón irrumpió pidiendo que se pusieran a trabajar.
El jefe de servicio continuó el camino por el taller. Buscaba a Alejo, no lo encontraba a simple vista y se preocupó. Se cruzó con Jordi, al que saludó con frialdad y le preguntó por el chofer, que debía ir en busca de algunas cosas. Sánchez señaló el vestuario y siguió su camino hacia la máquina que lo esperaba, sedienta de un motor que aún no había llegado. El jefe de taller amaba las maquinarias, ingresar en sus cabinas; de muy joven, recibió de Gutenberg amplios conocimientos que lo llevaron a amarlas con locura.
El ingreso de Adriel a los vestuarios no tardó en llegar. En un pequeño banco se encontraba Alejo totalmente dormido: había tenido una noche difícil en su casa luego de una pelea con su mujer y los llantos continuos de su hija menor, de apenas unos meses. No había podido dormir y no vio mejor opción que recuperar minutos de sueño en el recinto de trabajo, en el lugar donde no solían ir los jefes. El vestidor de los empleados de taller apestaba, nunca se limpiaba y no se mantenía el orden para nada.
Albornada se acercó a Alejo, le susurró al oído:
—Remido, despertarte, levantate, que necesitamos que hagas un viaje.
Palabras conciliadoras las del oriundo de Bolivia, que intentó ser amable con el conductor, ya que lo veía muy cansado. La respuesta del durmiente empleado fue nula, no lo escuchó para nada e incrementó sus ronquidos. Adriel tomó aire, suspiró fuerte, pensó en su madre nuevamente. La traía con los pensamientos varias veces al día, en ese instante recordó cuando ella lo despertaba con caricias en el cabello y le traía su leche tibia con galletitas dulces. Recordó nuevamente los bellos aromas de aquellos desayunos y sonrió cálidamente.
Por la puerta ingresó Alex. Al ver la escena, advirtió:
—Lo voy a despertar a este vago, seguro se fue de fiesta anoche.
Terminó de decir la última palabra y le dio un cachetazo certero en la nuca al dormido Alejo, que reaccionó cayendo del banco donde descansaba. El suelo no estaba limpio y el receptor del golpe tampoco.
La caída despabiló a Remido. Albornada observó la escena y atinó a darle la mano para que se levantara. Miró con cierto recelo a Alex, pero no le dijo nada, el tornero lo intimidaba y no se sentía con energías para volver a llamarle la atención. Alejo se puso de pie; este, además de mirar mal a Roderici, reaccionó primero gritando:
—¿Qué hacés, infeliz?
Luego empujó al grandote agresor que, ante tal impacto, dio su espalda contra una de las paredes. El tornero volvió a reírse, esta vez con más sarcasmo que nunca, lo miró y le dijo:
—¿Vos me querés pegar a mí? ¿Vos, pedazo de alambre? ¡Te voy a matar!
La reacción del tornero provocó que Adriel intercediera, pero la furia fue tal que unos manotazos al aire bastaron y, entre empujones, todo se calmó. El jefe de servicio había recibido algunos golpes menores que seguramente usaría en su beneficio. Albornada solía ser de los que de algo chico hacían un mundo.
La situación tomó nuevamente normalidad, Alex pidió disculpas y Alejo también reconoció su error, ambos estrecharon sus manos y salieron del vestuario como si nada. Los tres denotaban cierta desprolijidad y más aún el encargado de servicios, que tenía su rostro colorado producto de alguna mano certera. Varón, al verlos, sonrió como si se tratase de niños que salían de jugar del pelotero.
***
Jordi estaba en su lugar en el mundo: la cabina de máquinas. Esta vez tenía que reparar todo él solo y disfrutaba de hacerlo. Desde su juventud, tenía esa costumbre de aprender en el hacer y desistió muchas veces de la ayuda de otros, algo que debía cambiar. Sánchez vio la escena, desde dentro se tomó en gracia la imagen que daban el encargado de servicio y dos de sus súbditos. Jordi, que poco quería a Albornada dado que envidiaba su ingreso a las oficinas y su título de ingeniero, lo consideraba un idiota que lograba algo que él no había podido tener: una computadora en la oficina. Entre risas y frustraciones encontradas, salió de la cabina para ver qué pasaba y acotó:
—¡Ustedes tres estuvieron a los besos en los vestuarios!
Albornada frunció el ceño y lo observó con odio y con cierta molestia. Las miradas se cruzaron, pero las palabras no se presentaron.
El clima en el taller era hostil. En ese instante, ingresó Orco Farfanel, el electricista, que desconocía qué hora era. Realizó un saludo general y provocó la risa generalizada de todos. Orco, con su particular forma de ser, traía paz entre tanta tensión al lugar. Solía con sus obsecuentes comentarios provocar risa hasta en los momentos más tediosos.
Farfanel, apenas terminó el secundario, realizó un curso de electricidad que, sumado a la destreza que tenía para trabajar, lo convertían en un experto en el sector y más aún en la empresa, donde el desgano muchas veces reinaba.
Orco preguntó el porqué de la cara roja de Albornada, lo comparó con un tomate del sur de Austria, su país de origen; le recordaba a la salsa que su santa madre le ponía al guiso de pollo, que tanto saboreaba en las noches de invierno de escasez económica. Él vivía con su madre en una pensión, donde se acostumbraba compartir todo con otros residentes. La cocinera del lugar no era otra que la mujer que lo dio a luz.
El electricista preguntó qué había para hacer. Lo hizo con tal desparpajo que Varón le respondió:
—Vení a hacerme masajes en los pies, aquí siempre hay para hacer.
La risa otra vez fue multitudinaria, lo que provocó que Gutenberg se alterara en la oficina.
***
Francisco los había oído, Filip aún no subía y sentía la jocosidad en el taller. Si algo lo ponía nervioso, era que sus empleados se dispersaran y más aún que se sonrieran. El ingeniero esperaba a su socio para juntar toda la información, repasar el plan a presentar y salir camino a Múnich, donde los italianos se encontraban por negocios durante unos días. La paciencia del ingeniero caducó y comenzó nuevamente con el llamado voraz hacia su socio:
—Filip, ¿dónde estás? ¡Subí, que nos tenemos que ir!
Sus palabras retumbaron en toda la oficina, a punto tal que ahora Parker subía rápidamente la escalera, secundado por María, que llevaba consigo el tecito con miel solicitado por el ofuscado jefe.
Ambos socios estaban frente a frente, escritorio de por medio, y se miraban pensando en la estrategia a seguir. Los dos tenían ciertos encantos para envolver clientes, proveedores y empleados, sabían muy bien de sus ventajas en cuanto a tal característica, lo que hacía posible un plan de acción que les generara éxito. Francisco veía con buenos ojos el encuentro con los tanos, dado que buscaba venderles una máquina con cartel de nueva, pero que poco tenía de novata. Necesitaba seducirlos y lo primero que pensó fue en llevarlos a un buen restaurante en Múnich. Él transmitió la idea a Filip, que rápidamente comenzó la búsqueda en su celular de algún lugar interesante. Instantáneamente, recordó el día en el que fue al Mariannenhof, un coqueto lugar de aquella ciudad, donde compartió una velada hermosa con su esposa el año anterior. Suspiró viendo esa imagen en la cabeza. Miró a Francisco, que lo observaba como quien ve a un loco, y le manifestó cuál sería el lugar ideal. Acordaron encontrarse allí con los clientes y fijaron el horario de la reunión para las trece.
***
Las nueve señalaba el reloj, era el horario de ingreso de Remo Ianonni, el contador y encargado de pagos de la empresa, dentro de la cual llevaba una década. Un hombre con serios inconvenientes internos, de complejo carácter y con aspecto abandonado por momentos. Puntual, como casi todos los días, ingresó por la puerta principal, marcó su dedo en el fichero y tomó las escaleras hacia la oficina, su gran tortura de cada día. Sumado a este sentimiento, padecía saber que estaba presente Gutenberg, con el cual tenía una relación que era muy tirante.
El empleado más antiguo del sector saludó con un: “Buenos días” generalizado. No era de los que saludaban de forma personalizada, siempre mantuvo distancia con sus compañeros y aún más con sus jefes —a los cuales conocía, y muy bien—. Sentía que la empresa vivía en permanente cambio, lo que lo llevaba a no generar vínculos profundos.
Remo tomó asiento y le susurró a María de los Ángeles:
—¿Qué hace aquí Francisco, se cayó de la cama el viejo?
La respuesta de la joven fue contundente:
—Enseguida se va para Múnich con Filip, vamos a tener una tarde tranquila.
Ianonni suspiró con alivio, por dentro pensaba que podría aprovechar parte del día para descansar, tras haber dormido muy poco la noche anterior, debido a sus recurrentes ataques de pánico.
Luego de devolver el saludo al contador, Francisco comenzó a llamarlo desesperadamente:
—¡Remo, subí! ¡Remo, subí, por favor! ¡Ah! ¡Y muy rico el tecito, María!, ¡vos ya te podés casar! —Acompañó la frase con una carcajada.
Ianonni, con cierto desgano, afirmó que enseguida subiría. La joven Basilio agradeció el cumplido de su jefe y acotó en tono serio:
—No pienso casarme, Francisco, estoy bien así.
Remo cumplió con la orden y ascendió por las escaleras. Saludó a Filip con un apretón de manos, no lo hizo de igual modo con Gutenberg, al que solo le dijo: “Hola”. Preguntó qué necesitaba y el ingeniero le solicitó que tomara asiento, debían conversar de los pagos, de los gastos, de los impuestos vencidos y de los problemas económicos que mantenía la empresa. El inconveniente radicaba en que el próximo mes costaría abonar los sueldos y ambos dueños querían evitar el malestar en el personal, que, si no recibía dinero, podría parar la producción.
Unos minutos bastaron para que los socios comandados por Francisco le transmitieran todo a su hombre de confianza. Aquel oyó cada palabra y les respondió que había poco dinero en las cuentas, deudas considerables y varios clientes aún debían dinero de al menos seis meses atrás. Esta última información hizo estallar en ira al ingeniero, que le reclamó a Remo su pasividad a la hora del pedido de pagos. Lo miró fijamente y le gritó:
—Vos tenés que exigir los pagos, no somos una ONG. Y escuchame bien, Remo: por tu culpa, ninguno de nosotros va a cobrar el sueldo el próximo mes y las explicaciones las darás vos.
En una actitud contraria a lo planteado segundos antes, Gutenberg exponía el mal momento económico y generaba preocupación en los oyentes de la oficina, que veían peligrar su remuneración mensual.
Filip intercedió y, bajando la mirada, le dijo al personal:
—Tranquilos, chicos, que los sueldos los vamos a pagar.
María fue la primera en responder con firmeza:
—Necesito pagar el alquiler y muchos otros gastos. A mí, por favor, me pagan.
León acotó también:
—Estoy en la misma situación que ella, quiero mi dinero al final del mes.
Y Cotur, que ya veía que sus nervios lo invadían, esgrimió:
—A mí me pagan o no tendrán cada pedido que hagan.
Cada cual, con su postura, mientras que desde el taller no oían nada de tal situación.
Gutenberg tomó la palabra para llevar calma a su gente, dio un discurso donde pedía colaboración y compromiso, acompañado con promesas de mejoras y crecimiento, algo que nadie le creía desde hacía tiempo. Culminó sus palabras, miró a Filip y, con tan solo observar, este entendió que partirían hacia Múnich. Remo en silencio contempló la escena, mientras ambos dueños se retiraban con un tibio: “Hasta luego”, a lo que recibieron solo una leve respuesta de los presentes.
Los jefes subieron al auto, activaron el GPS y partieron hacia la ciudad donde debían tener la reunión que, para ellos, era de vital importancia. El horario del aparato que los guiaba informaba que llegarían holgados a destino; ambos, tranquilos con la respuesta virtual, comenzaron su viaje. El conductor era Francisco. Luego de transitar unos metros, lo miró de reojo y le preguntó a Filip:
—¿Cómo está tu madre? Hace mucho que no sé de ella.
Parker, que no recibía con comodidad tal comentario, respondió:
—Bien, está muy bien.
Gutenberg conocía bien a la señora en cuestión. Fue amante de ella durante unos años y, si bien nunca fue confirmado, el joven Filip sospechaba con firmeza tal situación del pasado. Ambos se llamaron a silencio unos segundos, como si pensaran qué decir y qué no, como si esperaran que el otro esbozase un comentario para retrucarle al instante. Lo pensaron, pero ninguno dio el brazo a torcer.
Parker, luego de unos minutos, tomó la palabra y dijo:
—El restaurante al que vamos es muy bueno, les va a encantar. Hay que aplacarlos al inicio y luego convencerlos de vender al precio que queremos, creo que podremos lograrlo.
Gutenberg oyó cada palabra de su joven acompañante y alimentó su ego expresando:
—Aprendiste muy bien de mí, veo que me escuchaste bien todos estos años.
Ambos rieron en modo cómplice y se propusieron disfrutar el viaje.
***
En el taller gobernaba la tranquilidad: Orco transmitía jocosidad mientras Albornada ingresaba al baño para ver su rostro en el espejo; Jordi volvía a la cabina para realizar unos ajustes previos al desayuno; Varón tomaba unas chapas y buscaba debajo de ellas restos de caño para poder adherir al tablero que el electricista había reparado el día anterior, y Alejo de a poco se despabilaba para acatar las órdenes.
El que había desaparecido de la escena era Alex. El escurridizo tornero no estaba en el taller, pero nadie lo había notado. Roderici había salido a la puerta a fumar un cigarro negro, tenía esa adicción desde que había terminado la primaria, época en la que sus amigos lo indujeron en el consumo de malas sustancias. Alex necesitaba relajarse, estaba tenso luego del momento de discusión con Alejo, al cual apreciaba y consideraba un buen compañero. Se vio en ese estado de pérdida de control y lo padeció; si bien era un hombre con poca paciencia, no se consideraba violento.
Alex disfrutaba su cigarro, dentro aún no notaban su ausencia. El humo negro que vagaba por su rostro le recordó su infancia en Róterdam y cuánto extrañaba aquella ciudad, donde sus padres habían abandonado este mundo pocos años atrás. La melancolía se apoderó de él y, luego de unos fuertes suspiros, apagó el cigarro sobre los azulejos de la fachada de la empresa. Tocó el timbre para poder ingresar y retomar sus tareas laborales.
Adriel se veía al espejo, su rostro morado lo asustaba. El aire comenzó a faltarle y decidió salir del baño de modo abrupto, algo que llamó la atención de Orco, que no sabía si tomar el tablero que debía chequear o prestarse a beber un mate cocido.
El electricista se acercó y le preguntó:
—¿Estás bien, Adriel? Estás más feo que de costumbre. —Acompañó este último comentario con una pequeña risa que no contagió en absoluto al receptor, que solo atinó a decir:
—No estoy bien, siento mareos y ganas de descansar.
Albornada no se veía bien, caminó lentamente hacia el sector de oficinas, tomó las escaleras y llegó a su escritorio. Saludó a la distancia a Remo, que solo lo miró, y luego tomó asiento desplomándose sobre el sillón. León, que estaba a pocos metros, se acercó a ver cómo se encontraba. Si bien solía desconfiar de las expresiones del encargado de servicios, también notaba claramente que no se encontraba en buen estado. Esta vez, la actuación no era un momento de ficción, como otras tantas veces.
Adriel agradeció el gesto de Dorvaldegui, solo pidió descansar unos minutos, a lo que el coordinador hizo caso sin objeción alguna, ya que el mal estado de Albornada era visible. El joven ingeniero subió los pies a la silla vacía de Leuhan y quedó en posición casi horizontal, buscando una pronta recuperación ante la atenta mirada de sus compañeros, que continuaban desarrollando sus tareas.
***
Jordi ajustaba algunos tornillos oxidados, se concentraba en cada paso de una reparación y miraba de reojo la hora viendo que solo faltaban segundos para el desayuno, en el cual tendría unos quince minutos de dispersión con sus compañeros. Los minutos pasaron y el momento llegó, todos los integrantes del taller tomaron asiento en el fondo del vestuario, donde se encontraba una pequeña cocina que apenas calentaba un poco el agua para las infusiones.
Allí estaban presentes Orco, Alex, Alejo, Varón y el propio Sánchez. Los cinco se miraban entre sí, pero no emitían sonido alguno hasta que el propio electricista irrumpió:
—¿Vieron cómo quedó la cara de Adriel? ¿Qué le hicieron? —preguntó mirando al tornero y al chofer. Alex estalló en una carcajada y, fiel a su estilo, dijo:
—Se metió donde no debía. Quise bromear con Alejo, que dormía, y luego, como él reaccionó mal, yo respondí. Pero este hombre se puso en medio y recibió algunas caricias —concluyó con su ya reiterativa risa.
Jordi miraba desde los vestuarios la ventana de la oficina, buscaba de algún modo poder observar a María de los Ángeles. Hacía un tiempo, entre ambos se había generado una atracción prohibida, dada la situación sentimental de cada uno. Sin embargo, el jefe de taller era recurrente en las miradas hacia allí. Varón, que terminaba su té de hierbas, lo observaba, sospechaba de tales deseos de su compañero. Lo miró fijamente y, sin decirle nada, le demostró su complicidad y comprensión, algo que Sánchez agradeció con un gesto.
Los quince minutos pasaron. Se extendió por unos minutos más el descanso, hasta que Suárez dijo:
—Vamos, muchachos, a seguir trabajando.
Todos oyeron y abandonaron la mesa de ocio para continuar sus tareas.
***
León se acercó a Cotur. Su relación era buena, a tal punto que este último le preguntó:
—¿Qué le ocurre al magnífico jefe de servicios? —Con tono de sarcasmo.
Dorvaldegui denotó una sonrisa que produjo la risa de ambos. María, que se encontraba a unos metros, observó la escena e insinuó una leve preocupación comentando:
—León, se ve muy mal Adriel. Nunca se vio muy bien, pero ahora está peor.
Los tres rieron por tales comentarios. En ese instante, Remo (que también oía lo hablado) se acercó y dijo:
—Es un desastre, dejalo que se retire, da pena.
León, que lo oyó, argumentó que prefería dejarlo ahí y que se recuperara, ya que era el único modo de que aprendiera. Dorvaldegui, más allá de las pruebas, no confiaba en Albornada, que continuaba acostado entre dos sillas, demostrando visibles signos de dolor. Sus compañeros continuaban la charla a la distancia, como si ninguno de los presentes se mostrara realmente interesado en su salud.
María miró a Remo y tímidamente le preguntó qué había sucedido con Gutenberg. Estaba preocupada por el intercambio de palabras; más allá de que el jefe había apaciguado todo con comentarios alentadores, ella desconfiaba profundamente de cada situación que a este hombre involucrase y tenía miedo por su estabilidad laboral. La economía apremiaba a todos los presentes, que coincidían tristemente en tal déficit. Sabían claramente que tal motivo los sostenía en el recinto de trabajo que tanto detestaban.
Ianonni meditó unos segundos, observó todo el mobiliario, con Adriel semiinconsciente incluido, y dijo:
—María, mirá esto, es un asco. La empresa es una porquería, tenemos un jefe de servicio desmayado y basureado, nosotros riéndonos de su situación y abajo seguramente todos están jugando con las herramientas.
La joven administrativa, que había oído sus palabras, respondió:
—Eso ya lo sabemos, Remo, decime qué pasa.
A las palabras de ella, se sumaron las de León y Cotur que, si bien no se encontraban tan preocupados, sí deseaban que Francisco entrara en desgracia.
Remo colocó su mano derecha sobre su pera, respiró profundo y, ya molesto, miró a su compañera y exclamó:
—Tenemos muchas deudas, hay muchas cuentas en rojo y Gutenberg no tiene mucha idea. Esos son temas que hablo con Filip, si el viejo toma conocimiento real de esto… ¡lo mata!
María rápidamente acotó:
—Sí, él sabe. Llegué a escuchar lo de los sueldos, decime la verdad.
Remo la miró, le sonrió y le recordó que Parker, desde hacía años, y más aún en el último tiempo, había hecho compras y movimientos de dinero que el socio mayoritario desconocía.
Ianonni quería silencio, tenía más información internamente de la que decía a sus compañeros, se lo notaba nervioso e incómodo. La imagen de Alborada desparramado en las sillas lo ponía aún peor, a tal punto que se levantó de la silla y se acercó a su desvanecido compañero:
—Adriel, te ves paupérrimo, levantate y andá a tu casa a descansar. Después le explicamos a Francisco —concluyó Remo, quien, más molesto por tener que verlo que preocupado por su salud, insistía para que se retirara.
León a la distancia lo escuchó, miró de mal modo a Remo, pero a la vez pensó que quizás tenía razón. Asintió al pedido del contador y sugirió a Albornada que se retirara. Este último agradeció y lentamente tomó sus cosas para emprender la salida.
—Quedate tranquilo, a Francisco le decimos que tuviste un tema personal y listo —exclamó el responsable de la coordinación, a lo que sus compañeros asintieron en modo cómplice para no tener inconvenientes ni malentendidos.
Cotur pidió un vehículo para que lo llevara a Adriel hasta su casa. El transporte no tardó en llegar y el alicaído jefe de servicio se marchó de las oficinas bajando las escaleras, ayudado por León, que amablemente lo acompañó hasta la puerta. Adriel agradeció con un tinte de emoción y se subió al auto con una leve dificultad, ante la atenta mirada de Dorvaldegui. Él, si bien creía en el malestar de su compañero, por dentro también pensaba que todo podía ser una gran actuación. El saludo fue cordial a la distancia, el motor del rodado se encendió y el oriundo de Bolivia se fue a las pocas horas del inicio de la jornada.
***
La ruta se encontraba despejada en la llegada a Múnich, caía el mediodía sobre la ciudad. Gutenberg y Parker habían tenido un viaje de silencios y acotaciones aisladas. Su relación, si bien era cordial, por momentos se encontraba envuelta en distancia e indiferencia. Aún tenían tiempo para la reunión con los italianos y debían organizar minuciosamente el plan.
La situación se presentaba de una manera carente de honestidad. En la empresa tenían una máquina usada con varios años de antigüedad y, ante la consulta de unos empresarios italianos, Gutenberg la ofreció como nueva, con un diseño último modelo. Envió imágenes y videos de su uso para conquistar a los oriundos de la península itálica, algo que logró a punto tal que provocó que aquellos viajaran al país bávaro para desarrollar una reunión, con altos intereses de realizar negocios.
El plan del ingeniero y su socio era venderla a un precio de mercado nuevo y hacer un leve descuento para atraer a los compradores. La estrategia era reforzar las imágenes y videos que ya se habían enviado argumentándolos con palabras certeras. Ambos se habían puesto de acuerdo en cada palabra, teniendo en cuenta el interés del cliente, para llevarlo a la compra indeclinable de la máquina.
***
El reloj en la ciudad de Múnich marcaba que solo faltaban ocho minutos para la hora de la reunión y el restaurante Mariannenhof lucía semivacío. Los socios dejaron su vehículo en el estacionamiento del lugar, ingresaron al mismo y pidieron una mesa cercana a la ventana. Tomaron asiento, recibieron la carta y se prestaron a esperar a los clientes, que estaban próximos a ingresar.
La hora ya era la señalada, marcaba las trece el enorme reloj de pared del coqueto espacio gastronómico. Por la puerta ingresaron y se anunciaron en la recepción dos hombres de tez clara, cabello castaño, traje negro, camisa negra y con una altura imponente. Eran los italianos que especialmente llegaron a Múnich para encontrarse con el ingeniero. Francisco, al verlos, levantó su mano derecha en una fiel muestra de calidez, algo que los receptores captaron y procedieron a dirigirse hacia la mesa once. Gianluca y Giovanni se presentaron ante los socios, ambos se levantaron y saludaron afectuosamente a los visitantes. Los cuatro cruzaron palabras amenas y, entre risas, tomaron asiento.
Los italianos fueron fieles al pedido de pastas, mientras que Francisco pidió salchicha alemana y Parker, una ensalada mediterránea, algo que llamó la atención de Gutenberg. La charla comenzó a desarrollarse en una mezcla de alemán, italiano y español madrileño.
El desarrollo del almuerzo se dio de manera cordial. Luego de pedir bebidas sanas, Gutenberg invitó un champán para celebrar. Aún no habían hablado de números, pero el ingeniero había contado todo acerca de su empresa, de la antigüedad, del desarrollo y, por supuesto, recalcó el éxito que tenía en el mercado cada máquina que el taller de producción realizaba. Francisco de vender sabía mucho. El remate de todo su discurso tenía como frutilla del postre las burbujas relajantes de la bebida francesa que ya había ordenado.
Las copas chocaron entre sí más de una vez, los cuatro bebían con un ritmo fluido. Los italianos, sumamente relajados, querían escuchar el precio y la demora en la entrega de la máquina. Giovanni, el más joven de los dos, pero también el que estaba más al tanto de las finanzas, exclamó en perfecto italiano:
—Qual è il prezzo della macchina? —Solicitaba el precio de la máquina en cuestión y su ansiedad lo desbordaba.
Filip, que claramente entendió sus dichos gracias a sus orígenes itálicos, miró a Gutenberg y esbozó el precio de quinientos mil euros, algo que sorprendió a los italianos, dado que esperaban un importe mayor. Gianluca asintió con cierta satisfacción y su compañero preguntó por el modo de pago. El costo parecía tener el acuerdo entre las partes, pero aún faltaban los tiempos de entrega y cómo abonar.
Los italianos necesitaban la máquina para octubre a más tardar, apenas cincuenta y cinco días los separaban de la fecha solicitada. Francisco se comprometió a tenerla lista el primer día de aquel mes. Estaría preparada para ser entregada donde quisieran sus clientes y el transporte, como cortesía, correría por cuenta de la empresa alemana. El ingeniero sabía que si el cliente estaba conforme, pronto vendrían más ventas y sería la salida a flote de su lecho laboral.
El modo de pago quedaba en el tintero. Gutenberg, al ser tan complaciente con los clientes, buscaba algún beneficio. Sugirió que necesitaban el cincuenta por ciento del pago urgentemente y luego el restante, cuando fuera la entrega, para costear gastos. Los italianos pretendían un treinta por ciento ahora, otro cincuenta en la entrega y el veinte por ciento restante una vez que la máquina se probase y su funcionamiento fuera veloz.
Francisco pensó unos segundos y dijo:
—Nosotros necesitamos la mitad del dinero para costear gastos y darle celeridad al trabajo; luego, la otra mitad al momento de entrega. Lo que ofrecemos es extender la garantía de un año a tres.
Giovanni suspiró, analizó la situación, miró a Gianluca y vio a un Gutenberg convincente, un hombre que le demostraba firmeza, y preguntó:
—Verrai in Italia se la macchina ha qualche danno? —Con la clara intención de saber si viajarían a su país por algún inconveniente.
Filip rápidamente respondió:
—Sí, señores, vamos a todo el mundo a entregar y reparar máquinas. Quédense tranquilos, que no sufrirán fallas. —A lo que Francisco agregó:
—Además, tenemos a los mejores operarios, que revisarán su máquina semestralmente sin que ustedes lo requieran. Tenemos un departamento de servicio especializado.
Ambos socios fueron convincentes, funcionaban a la perfección en materia de negociación. La sociedad era fructífera en el desarrollo de la venta y los italianos se encontraban encantados con ellos.
Giovanni aceptó las condiciones propuestas de pago, quedó conforme con el servicio que le ofrecían y veía con buenos ojos la negociación. Sentían confianza en Francisco y Filip, les parecieron hombres de bien y comprometidos.
La aprobación de palabra trajo alivio en Parker, que desbordaba de alegría exteriorizando su sonrisa. Gutenberg, más prudente en temas de expresión, movía los pies como si estuviera en una fiesta. Ambos sabían que sería el alivio que necesitaban y, por dentro, tenían claro que habían embaucado a dos empresarios que habían depositado toda su confianza en ellos.
El remordimiento y la culpa no eran parte de la vida de Francisco y mucho menos de la de Filip. Los dos estaban felices a tal punto que pidieron otra botella de champán para celebrar el acuerdo. El espumante no tardó en llegar y el brindis esta vez fue aún más contundente que el anterior.
La reunión llegaba a su fin y el acuerdo era firme, Gutenberg daba el número de cuenta para que los clientes realizaran la transferencia. Giovanni, que disponía de acceso a ellas a través de su celular, tomó nota y dijo:
—Sono stati trasferiti in questo momento. —Esas palabras que alegraron aún más a los socios, que sabían que instantáneamente dispondrían del dinero en cuestión.
El italiano más jocoso buscaba en su teléfono la cuenta, anotó los números que le dictó Francisco y procedió a colocar el importe de doscientos cincuenta mil euros. En su celular, figuraba Gutenberg S. A., chequeó los datos con el ingeniero y dio luz verde al envío virtual de dinero. El brindis se repitió una vez más y todos se levantaron de sus ubicaciones, dado que el recinto gastronómico debía cerrar, ya eran las dieciséis.
Intercambiaron apretones de manos y abrazos fraternales para cerrar un gran encuentro.
***
En la empresa reinaba la calma, el personal había almorzado hacía unas horas y le faltaba poco para poder retirarse. Las conversaciones fueron varias entre María y Remo; la joven le confesó varios secretos a su compañero, entre los cuales se encontraban sus problemas de pareja y la atracción prohibida que sentía por otra persona, cuya identidad mantenía reservada. Ianonni no indagaba demasiado, pues sabía que ella, por decantación, le iría confesando todo a su tiempo.
Remo alternaba trabajo con charla. En un momento, se le ocurrió ver las cuentas de la empresa para contemplar el déficit. Fue entonces cuando observó algo que le llamó la atención y gritó:
—¡Por Dios, cuánto dinero!
Sus palabras fueron oídas por María y también por Cotur y León, quienes no tardaron nada en acercarse a ver qué pasaba. Ianonni, que no pudo disimular su alegría, agregó:
—Estos desgraciados lo lograron, les depositaron ya gran parte de la plata de la máquina que fueron a vender a Múnich.
Dorvaldegui quedó azorado, sabía que el poder de venta del ingeniero no tenía límites, pero jamás pensó que lograría el pago inmediatamente. María respiró aliviada, puesto que su sueldo no corría peligro, y Cotur veía cómo se le venía una lluvia de pedidos internos en poco tiempo. La mezcla de sentimientos se apoderó de la oficina, mientras Jordi subía las escaleras en busca de discos para la amoladora. Sánchez observó tal revuelo y preguntó:
—¿Qué pasa acá?
María rápidamente le respondió que Gutenberg ya había logrado el pago de la venta a los italianos. Jordi, que tenía conocimiento de taller, agregó:
—¿Los que quieren la máquina nueva? Eso tarda meses; seguramente prometió tiempos que no va a cumplir.
Remo, que oyó con atención los dichos del jefe de taller, acotó:
—Seguramente, les quiere vender la máquina que está en el fondo, esa que se robó una vez de una obra y la trajo para acá.
Jordi, que sabía su estado, vio muy difícil tal reparación, pero conocía a Gutenberg y a Parker. Sabía que aquellos eran capaces de tal maniobra, y no estaba desacertado en su pensamiento.
Ianonni tomó el teléfono para llamar a Parker. Apenas dos o tres segundos bastaron para que un alegre Filip atendiera el celular y jocosamente respondiera:
—Remo, ¿ya viste la cuenta? La viste, ¿no? ¡Los tanos transfirieron la mitad del dinero!
La alegría del joven era tal que no pudo contener la carcajada. Del otro lado, el contador respiraba tranquilo y notaba cierto grado de descontrol en Filip. Le preguntó:
—¿Qué les vendieron? ¿La máquina usada del fondo como nueva? —Palabras contundentes que del otro lado recibieron el sí rotundo de Parker, quien se sentía invadido por las burbujas de su cabeza y, ya sin contenerse, esbozó:
—Cayeron como idiotas, somos unos genios.
Toda esta conversación se desarrolló mientras Gutenberg se encontraba en el baño. El ingeniero no podía contener sus ganas continuas de ir al sanitario a causa de su poca facilidad para retener líquidos.
Filip dio por finalizada la charla con Remo al ver que se acercaba Francisco. No quería que este se enterara de que en la oficina ya sabían del ingreso, Parker no se caracterizaba por la discreción y menos aún en momentos de bebidas. Miró a su socio, le sugirió esperar unos minutos debido al estado de ambos, algo que Francisco no aceptó y ambos se subieron al auto para emprender el regreso.
***
La ruta se encontraba libre camino a Hannover. Los socios embebidos se dirigían por el carril rápido: Francisco poseía reflejos de acero, a pesar de su estado y su edad.
Ambos estaban felices por el logro, ya tenían la plata en su cuenta y disponían de varios días para reparar una máquina y dejarla como nueva. Sabían que era algo oscuro lo que planeaban, pero en ellos era habitual. Por tal motivo, en más de una oportunidad durante el viaje, la risa fue la que abarcó el camino. Solo importaba llegar a su ciudad para descansar y planear la entrega.
***
En la empresa, tanto en el taller como en la oficina, esperaban la hora de salida para ir hacia sus casas. La jornada fue intensa en el inicio, pero luego regaló momentos de ocio y relajación, que no eran muy comunes en el día a día del lugar que todos padecían.
Capítulo 2
Perdiendo el juicio (Remo Ianoni)
La lluvia de la noche anterior dejó sus huellas, la humedad aumentó ciclónicamente en la ciudad, los pájaros cantaron al amanecer del lunes gris de septiembre y la calma parecía reinar en el barrio. La mañana nació entre tinieblas con destellos de brisas metálicas del día anterior.
Eran las siete de la mañana y estaba pronto a sonar el despertador de Remo. Giraba en la cama dando vueltas, sin poder cerrar los ojos, algo lo atormentaba sin cesar y le estaba provocando grandes dolores de cabeza. Era la fecha, se cumplían quince años de la muerte de su madre. Ella era una valiente mujer que conducía por la ruta camino a Verona para visitar a su padre. Tuvo la desgracia de no poder frenar a más de cien kilómetros por hora y su auto impactó contra un camión de gaseosas.
El despertador sonó con el tema Perfidia interpretado por Andrea Bocelli, hasta que de un golpe dejó de sonar. Remo se levantó lentamente sintiendo un vacío en el pecho que le provocaba angustia. Se detuvo frente al espejo y comenzó a mirarse detenidamente. Lo hizo durante unos instantes y estalló en un llanto feroz que hizo aumentar rápidamente su ritmo cardíaco a un nivel elevado. Imaginó por unos momentos el posible infarto, pensó en llamar a alguien por ayuda, pero vivía solo y nadie lo escucharía gritar. Dejó que sus piernas se aflojaran, sus brazos fueron liberándose hacia abajo y comenzó a temblar, dejando caer lentamente su cuerpo, como si fuera una película de acción y suspenso. Su imagen fue descendiendo hasta quedar de rodillas ante su propio reflejo. Ahí se vio devastado, derrotado, vacío y envuelto en un mar de lágrimas que solo lo llevaban a ahogarse en su propio dolor, el de no poder soportar la ausencia de su madre.
Luego de unos largos minutos, pudo levantarse para ir al baño, logró abrir la ducha y meterse en ella. Necesitaba ese baño reparador. Pero en el momento en el que estaba por terminar, sintió un fuerte calor en la nuca y, agarrado a la cortina, se fue cayendo hasta impactar con el duro suelo. Quedó inconsciente, sin reacción.
Pasaron varios minutos luego de la caída. Sus ojos se abrieron lentamente, el agua corría fuerte en un baño, que ya a esa altura estaba inundado. Remo pudo reaccionar y cerrar las canillas, tenía un corte en la cabeza y las costillas golpeadas, además de raspones en las piernas.
Cuando se estaba levantando, sonó su celular, pero él no estaba cerca, apenas podía moverse y no llegó a atenderlo. Del otro lado de la línea, llamaba María de los Ángeles Basilio por orden de Gutenberg, que estaba buscándolo: ya eran las diez de la mañana y querían saber dónde estaba. El teléfono seguía sonando, pero Remo no podía acercarse. Las llamadas perdidas aumentaban por decenas y María, ya cansada, le informaba a su jefe que Ianonni no respondía. El hecho enfureció al jefe, que comenzó a escupir gritos descalificadores hacia Remo, con el cual tenía una relación larga de encuentros y desencuentros. No se querían, pero se respetaban y se necesitaban.
Luego de unos minutos, salió de la ducha, caminó hacia la puerta del baño con el agua por los tobillos y la sangre que le caía por el cuello. Llegó hasta su teléfono, que estaba casi sin batería, y cuando intentó marcar para devolver las llamadas, se le apagó el celular. Recordó que dejaba su cargador en la empresa para evitar gastar luz de su casa. Se desparramó en la cama con serias muestras de dolor y volvió a llorar acongojado, mientras su sangre seguía paseándose por su ser. Agarró su teléfono para revolearlo sin un destino certero, con tanta poca fortuna que impactó en el espejo, en el que provocó una rajadura de varios centímetros. Se vio a sí mismo partido en dos, sin fuerzas, golpeado, llorando y sin comunicación.
***
Francisco tomó el teléfono para dar comienzo a una catarata de mensajes de voz, entre los cuales había gritos e insultos hacia la humanidad de Ianonni, incluyendo palabras aberrantes hacia su madre. María lo miraba con cierto temor, con asco; aun así, elegía callar y asentir a las palabras despreciables del ingeniero. Luego de unos instantes, notó que los mensajes no habían sido siquiera recibidos y comenzó a llamarlo. El teléfono no sonaba y era atendido por el contestador, que pedía que dejara mensajes, y por supuesto que Gutenberg los dejó. Luego, su furia fue tal que llamó a Parker para contarle lo sucedido; de los dos socios, era él quien lo apañaba y consideraba cuando tenía comportamientos que no eran adecuados. Filip solo escuchó, le dijo que se calmara y que, si aún no respondía, era porque algo había sucedido.
***
