Actas Urbe - Elvira Hernández - E-Book

Actas Urbe E-Book

Elvira Hernández

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Beschreibung

Eran libros que se publicaron en pequeñas tiradas (50, 100, 300 ejemplares) y que hasta hoy resultaban inencontrables. Poemarios dispersos, escritos entre los 70 y los 90 principalmente, que parecían escabullirse de los lectores, aunque en realidad se escabullían de la censura, y que ahora se recopilan en Actas urbe, de Elvira Hernández (1951). Libros urgentes, que la autora de La Bandera de Chile iba escribiendo en esos años, rápido, escapando de los censores, pero también de cualquier clasificación o etiqueta, aunque sin bajar la intensidad, sin dejar de retratar la realidad que estaba ahí: la tortura, los desaparecidos, la violencia sistematizada y las políticas que intentaban armar ficciones para desviar la mirada, como lo refleja tan bien el poemario que abre el libro, ¡Arre! Halley ¡Arre! (1986) -sin duda conectado con La aparición de la virgen (1987), de Enrique Lihn-, que dice: "No vi el Halley el primer día/de su aparecida, cuando vio la luz para nosotros./ Dicen que venía con un brillo de sol/Con un brillo de sol negro en la noche/ Una cabellera afro increíble centroamericana. (…)/ Dicen que era como una cabeza degollada apareciendo/sin nunca querer desaparecer". Hay ironía y una lucidez mayor en los poemas de Hernández, que nunca cae en el panfleto, sino que trabaja desarmando el lenguaje, quebrando las imágenes para esquivar lo evidente, a pesar de que la atmósfera de los años de dictadura está realmente viva en estos poemas. Está viva la atmósfera y también la memoria, porque como dijo ella en una entrevista: "Hay que interrogar, porque siempre hay alguien que recuerda".

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Seitenzahl: 71

Veröffentlichungsjahr: 2013

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Elvira Hernández

Actas Urbe

ISBN: 978-956-9131-95-0
Este libro se ha creado con StreetLib Write (http://write.streetlib.com).

Actas Urbe

Elvira Hernández

Edición general, notas y prólogo: Guido Arroyo González

Actas Urbe

© de los textos, Elvira Hernández.

© de esta edición, Alquimia ediciones 2013.

Colección | Calles de mano única.

Dirección de colección y edición general |

Guido Arroyo González.

Diagramación | Cristián Jara Toro.

Diseño | Estudio Navaja.

Arte poética

Tantear, tactar, quizás como un bardo antiguo o una machi en trance que vienen tocando por miles de años algo que pareciera seguir estando ante nuestros ojos.

Escribir poesía no es una actividad natural y tranquila aún cuando escribir lo sea. Ni siquiera es una actividad en el sentido de lograrse como proyecto de valor para el mercado. Inconsumible, hija de su tiempo, su imperativo es alejarse de su época. Exigencia de la que desearía escapar, la poesía es para quien escribe estas líneas, un estar cautiva que compromete no sólo a la mano sino a todo el cuerpo al sometimiento de las palabras, a la aceptación de “el más terrible de los bienes”. Entonces, no se puede pensar, ante un vínculo tan íntimo, que el aprendizaje de técnicas poéticas puedan encaminarnos a tocar fondo, fibra humana, sentido, sinsentido, o ese mismo fondo de no se sabe qué. Es la extrañeza de las palabras y de lo que vivimos, su irrupción desconocida, ese preguntar que nos ata. Porque al final no puedo ser yo frente a las palabras aunque alguna vez haya pretendido ponerle puntos a las íes; son sólo ellas y mi sombra.

Tan sólo sospechosa de hacer poesía en momentos de gran ruidaje. Sospechosa de estar aquí y en verdad no estarlo (¿qué puedo decir de la proximidad?) y de cargar varios nombres. Porque se está en la calle, en el mundo, en la cotidianidad como cualquiera y de pronto, cuando la hora repica, hay que retirarse como una cenicienta a la soledad intemporal, al escenario que la poesía exige: esa terrible duplicidad.

( Arte poética fue publicada a través de la editorial Fondo de Cultura Económica en la Antología de Poesía Chilena de Tomás Harris y Teresa y Lila Calderón).

El ojo como una lengua elongada

-Algunos apuntes a modo de prólogo-

Es imposible abrazar la certeza en materia de poesía, porque su base no radica en la técnica sino en la palabra, y el lenguaje es siempre materia voluble, una serie de códigos urdiéndose como retazos de tela procurando componer una imagen. Percibir la duración del tiempo que requiere rozar un tono o que otros tonos ingresen al cauce interno es necesario. En otras palabras: desanudar la palabra, que como plantea Elvira Hernández, está censurada y para poder desmontar esa cen¬sura, uno necesita entrar a traducir. No se trata de buscar un tema, sino encontrarlo. Hay que estar con los ojos bien abiertos. (...) El artista es aquel que tiene el control de todo. Yo diría que tengo muy poco control. Soy menos artista. No soy tan moderna.

Este último autodiagnóstico es ejemplar para resumir la trayectoria de Elvira Hernández. Una poética sólida, compuesta por variadas obras críticas y sutiles, que ha evitado reproducir itinerarios programáticos, aquellos que tan pesadamente demanda el campo cultural y que suelen transformar la escritura –y por añadidura al autor– en una figura limpia como estatua. A contrapelo de ese devenir, la producción de Elvira Hernández se basa en pulsaciones, referentes cotidianos, obsesiones temáticas y sobre todo merodeos por aquella zona difusa que existe entre el territorio y el lenguaje.

Pero ningún recorrido personal y político es sencillo, tampoco traducir una serie de referentes cuando la palabra está censurada. Por eso la obra de Elvira Hernández se caracteriza por ritmos disonantes. No hay una regularidad en las fechas de publicación, ni menos una correspondencia entre tiempo de escritura y tiempo de publicación. Esto se debe en parte y como en muchos otros casos al descampado editorial chileno –que cada vez parece poblarse de más oasis–, pero también a que el acto de publicación para la autora demanda un sentido, que supera el radio de la mera inscripción de un compendio de poemas para estar en la palestra crítica. Más bien aspira a una conjunción entre escritura, experiencia y medios o modos de publicación, esos que terminan generando la historia íntima del libro, que tanto interés tiene a la hora de re-leer.

Esta postura ética ante el ejercicio de la escritura, aquella vocación por ir a contrapelo y no ocupar las energías en agenciarse antologías, re-ediciones o dudosos homenajes, ha sido recibida de forma cómplice por los lectores de Elvira, grupo heterogéneo que crece sostenidamentei, y que se particulariza por ejercer una lectura atenta, no yendo en masa hacia el mundillo del arte. Para ellos, estas Actas Urbe reúnen toda la obra de Elvira Hernández que en la última década resultaba imposible de hallarii . Se trata de los libros ¡Arre, Halley, arre!, al cual se le agregan algunos poemas dejando una versión expandible, Carta de viaje, El orden de los días, una serie de poemas distribuido mediante correo bajo dictadura titulado: Meditaciones físicas para un hombre que se fue, la plaquete Trístico publicada en Valdivia, el poema extenso Seña de mano para Giorgio de Chirico, que sólo se publicó dentro del anuario Áerea, y para cerrar el volumen inédito Bestiario, más un apéndice crítico y poemas dispersos. Un lujo, en resumen, que permite ingresar a las densidades de los textos idos de Elvira Hernández.

La autoría de los poemas siempre es voluble. Seguir creyendo en la estabilidad del firmante en tiempos más que modernos, sólo podría significar un acto de fe. No se trata que la voz del autor yazca moribundo, sino que su presencia es una opaca experiencia vacilante, que sustenta el vaivén o estallido de los versos de forma coral. Resulta sensato entonces pensar en el autor como el rol que concentra diversos modos de habla, siguiendo a Elías Canetti quien aspiraba el ideal de poseer distintas lenguas: una para hablar con la madre y que nunca volviera a hablar luego; una que solamente lea y jamás se atreva a escribir, una en la cual escriba cualquier cosa (excepto cartas), y una para viajar y en la que también pueda escribir sus cartas.

La escritura poética de Rosa María Teresa Adriasola (el nombre civil de Elvira Hernández), responde a ese dictamen. Si bien, las razones del surgimiento del heterónimo están cruzadas por la contingencia –había sido detenida y Jorge Guzmán le sugiere que publique La bandera de Chile con otro nombre, para evitar una nueva captura–, ese mismo hecho imanta al habla poética de un sentido, de una vocación ideológica que involucra un nosotros antes que la explosión de la subjetividad en primera persona. No es omitible entonces que los escritos ensayísticos estén firmados con el nombre “real”. Lo central es desescribirse como planteaba Gonzalo Millán, abandonar los roles cívicos que la sociedad establece y permitir que otras voces atraviesen la escritura.

En este sentido los textos de Elvira Hernández hipotecan las seguridades del nombre propio, se vuelven ingobernables para la propia autoría. Esto permite que la escritura adquiera una autonomía que no se afianza en el entramado biográfico, sino se sostiene en la composición misma del texto. Quizá por esta razón los comentarios sobre Hernández suelen centrarse en un solo libro, y casi nunca en totalidades. Porque a la hora de re-leer su obra, una certeza despunta la superficie psíquica de todos los ellos posibles, y esta es que cada uno de sus libros es cerrado en sí mismo, cada uno a su manera concentra un estado de lenguaje y experiencia independientes y difíciles de aunar bajo un rótulo. Obras cerradas, se podría decir, pero cerradas en una palabra poética que pugna desplegarse por un vasto campo de zonas intermedias u oscuras. Porque todo dolor político es absurdo, pero necesario.

Producir una escritura que desborde, cuyas tensiones estilísticas, estructura interna y sustrato ideológico, no se amolde a las modas literarias, a las tendencias siempre arrasadoras y evanescentes. Los textos de Elvira Hernández poseen esos rasgos, que los vuelven difíciles de catalogar en una época o tendencia. Esto se debe a que en términos generacionales se sitúa en un entre, pues publica obras a fines de los ochentas e inicios de los noventa escritas varios años antes, y a su vez (lo que es trascendente) contempla toda la efervescencia circundante al Departamento de estudios humanísticos pero no deviene militante de aquél grupo, no se vuelve parte de lo que Nelly Richard llamó provincianamente Escena de avanzada o Neovanguardia. No es este el espacio para deshilvanar aquel debatei, la claridad de la auto-presentación de la autora basta: No pertenece a la mayoría ni a la minoría. No es de vanguardia o neo-vanguardia, ni marginal, ni underground. Nunca fue poeta joven. No se exilió ni adentro ni afuera. Ha estado ausente y ahora hace número.