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¿Cuál es la labor de los intelectuales frente al poder? ¿Qué posición juegan los intelectuales en la resistencia de la dominación? Esta publicación se propone abordar el debate sobre lo intelectual a través del poder, el trabajo y la teoría.
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Seitenzahl: 369
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Directora María Emilia Tijoux Merino Editor Juan Riveros Barrios Comité Editorial Jacques Bidet (Francia), María Emilia Tijoux Merino (Chile), Gérard Duménil (Francia), Roberto Merino Jorquera (Chile), Antonio Elizalde (Chile), Juan Riveros Barrios (Chile), Ernesto Feuerhake (Chile), Lidia Yáñez Lagos (Chile), David L. Kormbluth (Chile), Catalina Díaz Espinoza (Chile) y Alejandra Solar Ortega (Chile). Consejo Editorial Gilbert Achcar (Universidad París VIII), Étienne Balibar (Universidad París X), Daniel Bensaïd (†) (Universidad París VIII), John Beverley (Universidad de Pittsburgh), Alex Callinicos (Universidad de York), Jean-Marc Lachaud (Universidad París VIII), Domenico Jervolino (Universidad Federico II, Nápoles), Michael Löwy (CNRS/EHESS), Stefano Petrucciani (Universidad de Roma), Gabriel Salazar (Universidad de Chile), Jacques Texier (CNRS/EHESS), Slavoj Zizek (Instituto de Estudios Sociales de Ljubljana), Ernesto Laclau (†) (Universidad de Essex), Klaus Dörre (Universität Jena), Enzo Traverso (Universidad Cornell de Ithaca, New York), Armando Boito (Universidad Estatual de Campinas), Ricardo Antunes (Universidad Estatual de Campinas), Juan Carlos Marín (†) (Universidad de Buenos Aires), Adrián Scribano (Universidad de Buenos Aires), François Chesnais (Francia) y Horacio Machado Aráoz (CITCA CONICET-UMCA y Facultad de Humanidades UMCA Catamarca, Argentina). Edición francesa (París) Guillaume Sibertin-Blanc y Jean-Numa Ducange Traducciones Roberto Merino Jorquera, Juan Riveros Barrios y María Emilia Tijoux Merino Diseño de portada Autor: Juan Riveros [email protected] Huérfanos 1841, Santiago, Chile Diseño, diagramación y correcciones: Lom ediciones María Emilia Tijoux Merino / Lom ediciones Registro Nº 109.022 ISSN: 0718-0179 LOM ediciones Concha y Toro 23, Santiago www.lom.cl
In memoriam
Alain Krivine (1941-2022), militante revolucionario internacionalista, activista de Mayo del 68, fundador de la JCR y posteriormente de la Ligue Communiste Révolutionnaire, sección francesa de la IV Internacional, activo militante y fundador del Nouveau Parti Anticapitaliste (NPA).¡Hasta la victoria siempre, camarada Tinville!
A Francisca Sandoval Astudillo, periodista del medio independiente comunitario Señal 3 de La Victoria, asesinada por el lumpen en complicidad con los aparatos represivos del Estado (12 de mayo de 2022).
¡Hasta la victoria siempre, Panchita!
Presentación
I. El debate sobre lo intelectual: poder, trabajo y teoría
Daniel Bensaïd, del leninismo obligado a la lenta impaciencia
Entre la Reproducción y la Transformación Social: la Labor Intelectual de las y los Cientistas Sociales en Chile (1980-2021)
Lo que la teoría otorga, la política lo quita. En torno a Las vacas negras de Louis Althusser
II. Intelectuales situados: pensar la dominación y la resistencia
El resto es música
Revuelta de octubre en Chile y organización popular: una mirada desde el Movimiento de Pobladoras/es Vivienda Digna
Movimiento Mapuche Autonomista y Rebelión de Octubre: poder y contra-poder
Sobre la guerra europea en el día 21
¿A dónde se fueron los intelectuales?
Llamado para la Revista Actuel Marx /Intervenciones Nº31 Segundo Semestre 2021
En una entrevista aparecida en un canal de televisión, un conocido intelectual, abogado y rector analizaba las revueltas sociales desarrolladas a partir del 18-O, afirmando que estas protestas fueron «un acto extremadamente violento» de una juventud anómica carente de valores comunes y orientaciones normativas. Para el abogado, no se trataba de un acontecimiento extraordinario de movilizaciones colectivas (aún cuando fueran las más grandes después de la dictadura), sino más bien de «un momento de barbarie» –emocional y pulsional–, un acontecimiento violento derivado de una «convulsión generacional». Cuando uno intenta comprender el trasfondo de este análisis, inmediatamente se encuentra con que el diagnóstico es bien conocido y documentado en un campo de la literatura especializada en la modernidad (política, económica, social), sobre todo cuando se piensa que los factores que influyeron principalmente en el llamado «malestar social» dicen relación con el desarrollo que ha experimentado el país producto de la modernización capitalista. A vista del abogado, ya no es la injusticia y la desigualdad un hecho que explicaría, por sí solo, el fenómeno (pues –como él mismo asegura– las condiciones materiales de existencia se han incrementado considerablemente), sino más bien de lo que se trata es que estos reclamos son propios de un malestar generacional, producto de la expansión del consumo y del bienestar, de los deseos ilimitados y desbocados de una generación carente de orientación normativa.
Podríamos pensar, por un lado, y tal como lo describe Pablo Oyarzún, que estos diagnósticos no dan cuenta de que lo que llamamos el «acontecimiento» del 18-O «ofrece resistencia», precisamente, de esas «interpretaciones generales», como lo es la modernidad capitalista vista a través de «una plantilla conceptual previamente asegurada»1. Pero, por otro lado, se puede argumentar que el malestar expresado por estos jóvenes no es otra cosa que los síntomas de una enfermedad mucho mayor, es decir, de un padecimiento que lleva por nombre democracia. Este discurso que ve en una generación anómica «la inconsistencia entre la racionalización de la vida que el bienestar exige»2, se encuentra muy en sintonía con otro discurso que, 45 años antes, nos indicaba el oscuro futuro de la democracia. Según un informe emitido por la Comisión Trilateral (organización fundada por David Rockefeller en 1973), los factores que explicarían el profundo «pesimismo sobre el futuro de la democracia» se deben en gran medida a una amenazaintrínseca del sistema. Dentro de este contexto, esta amenaza se produciría principalmente por un cambio en los «valores sociales» –sobre todo en las generaciones más jóvenes–. Para el organismo, este camino –que se aleja de los «valores de orientación laboral» y de «espíritu de servicio público»– está asociado a la «riqueza relativa» de que gozarían las sociedades de consumo, poniendo especial énfasis «en la satisfacción personal, el ocio y la necesidad de ‘pertenencia y autorrealización intelectual y estética’»3. En otras palabras, lo que estos expertos describen es que el problema de la gobernabilidad se vuelve un asunto «vital» y «urgente» a tratar para las sociedades de la Trienal:
«Un sistema democrático que no ha sido sacudido por las debilidades intrínsecas derivadas de su propia actuación como democracia podría hacer frente con más facilidad a los retos políticos contextuales. Un sistema que no tuviera esas significativas demandas que le impone su ambiente externo podría ser capaz de corregir las deficiencias que surgieron de su propia actividad. Es, sin embargo, la conjunción de los problemas políticos que se derivan de desafíos contextuales, la desintegración de la base social de la democracia manifestada en el aumento de los intelectuales y los jóvenes privatistas opositores y los desequilibrios derivados del funcionamiento real de la propia democracia los que hacen de su gobernabilidad un asunto vital y, de hecho, urgente para las sociedades de la Trilateral»4.
Este discurso, que ve en el aumento del bienestar material de un importante sector de la población –«en particular jóvenes y clases profesionales ‘intelectuales’»– la adopción de «nuevos estilos de vida y nuevos valores socio-políticos»5, es el mismo discurso que, ahora más acá, declara la desintegración del orden civil y la disciplina social. Este «aumento de expectativas y aspiraciones» producto de la «intensidad de la vida democrática», es siempre ese exceso impugnado por los estudios que ven en sus distintos informes y sondeos una continua «crisis» que merma la autoridad a la vez que devela un claro desinterés por la cosa pública. En otras palabras, para el discurso intelectual dominante el llamado malestar puede deberse al aumento de todo tipo de demandas (ambientalistas, veganas, feministas, diversidad sexual, animalistas, etc.); en suma, a los deseos ilimitados de la subjetividad moderna que caracteriza a la sociedad de masas. Pero este odio a la democracia no es nuevo, es un síntoma que ya lo observábamos en la literatura clásica, incluso en la tradición de la filosofía griega, al querer esta borrar el «escándalo» democrático para gobernar la polis (Platón). Este escándalo, que contradice la ley natural de la dominación y que lleva a la destrucción de cualquier orden legítimo o natural a través del exceso de libertad de la masa ignorante y vociferante, es un discurso esgrimido hoy en día por varios intelectuales que ven en el peligro de la anomia el peligro de una «subjetividad entregada al ‘mal del infinito’, a las expectativas sin contención»6.
En el campo educacional, este discurso se encuentra muy afín con una lógica que afirma que la labor de las universidades queda supeditada a ser un ente transmisor de saber acumulado, manteniendo, de este modo, una asimetría entre un saber y un no saber. Pero si la labor del intelectual queda cooptada por la jerarquía de aquellos que saben y de aquellos a los que hay que instruir, ¿acaso la instrucción –sobre todo las llevadas a cabo por el Estado– no parte de esa capacidad en potencia (ignorada o negada) de todos aquellos a los que se pretende enseñar? (Rancière) ¿Es posible pensar en el aspecto colectivo de la labor intelectual? ¿Cuál es la distancia entre la actividad intelectual y su objeto de estudio: lo común? Quizás lo que se pone en tensión aquí es precisamente el aspecto individualista del término «intelectual» (como si este fuera parte de una clase de individuos). Contrario a esto último observamos que la pregunta por la labor del intelectual no pasa por modelos o estereotipos que se han creado en torno a este trabajo, sino más bien por una toma de conciencia, aquella del compromiso que recuerda Rodolfo Walsh: «el campo intelectual es por definición la conciencia».
En un artículo titulado «La loyauté envers les inconnus» (La lealtad hacia los desconocidos) aparecido en la revista Lignes de 1997, Daniel Bensaïd desarrollaba la idea sobre el «intelectual comprometido» aduciendo que el término representaba un problema en cuanto al orden de las palabras, y preguntaba por qué no llamar a esto «comprometido intelectual» o mejor aún «militante», indicando el sentido colectivo del término. En su libro Una lenta impaciencia de 2018 (Une lente impatiense, Stock, 2004), Bensaïd vuelve sobre esta distinción –a propósito de los «trabajadores del pensamiento» y los «trabajadores de las cosas»–, aclarando que es necesario no olvidar la «asimetría de su relación», pues, y al igual que en Gramsci, «en la división social del trabajo, los saberes teóricos y el manejo del lenguaje juegan un papel importante, pero no existe actividad humana que no implique una intervención pensada»7. Seguramente no solo Bensaïd cuestionaba el nombre «intelectual» por la «mala fama» que este término arrastraba; también esto era algo que Maurice Blanchot hacía ver en Les intellectuels en question de 1996 (Los intelectuales en cuestion, 2003), al decirnos que para borrar esa mácula era necesario una toma de postura (política y ética), algo que para Gramsci era pensado a través del «intelectual orgánico» y su función directiva y organizativa. Pero esa desconfianza, que para muchos portaba el término «intelectual», se hacía presente al resaltar el supuesto carácter de superioridad de aquellos cuyo trabajo consiste en pensar y de aquellos que no lo es. «En el intelectual –comentará Bensaïd– habría un juez, una tentación de juicio, un deseo secreto de erigirse en juez de jueces, unas ganas reprimidas de hacer de dios, de sacerdote o payaso»8.
En una línea similar Rancière afirmaba en un artículo titulado «¿Qué puede significar intelectual?» (2010) («Ce qu’ “intellectuel” peut vouloir dire» de 1997), que la discusión sobre el «intelectual» «es semejante, en lo esencial, a lo que sucedió en su momento con los términos de ‘trabajador’ o ‘proletario’»9. Se trata más bien –nos dirá– de romper la asimetría entre «intelectual» y «trabajador» y pensar estos términos como «sujetos políticos», nombres simétricos «que invierten de modo similar el orden desigual para enunciar y manifestar la igualdad de cualquiera con cualquiera»10. No hay posición social que exprese de modo convincente la labor de un sujeto político. Por «intelectual» no designamos una casta singular por su ocupación o pertenencia, sino más bien «una condición general del animal humano». Esta condición general de la que habla Rancière es la que funda al animal político, preso entre las palabras y las cosas, y es esta misma condición general sin privilegios de ningún tipo por sobre otra subjetividad, a la que es necesario presuponer una igualdad intelectual y no una desigualdad originaria o jerarquía social. Es lo que ejemplifica claramente Gramsci con la función hegemónica donde un grupo dominante ejerce control sobre toda la sociedad y donde los intelectuales terminan cumpliendo la función de «‘empleados’ del grupo dominante a quienes se les encomienda las tareas subalternas en la hegemonía social y en el gobierno político»11.
Con el fin de dar continuidad a este debate, el presente número de Actuel Marx/Intervenciones se encuentra dividido en dos partes. La primera parte, titulada El debate sobre lo intelectual: poder, trabajo y teoría, se inicia con el texto de Josep María Antentas «Daniel Bensaïd: del leninismo obligado a la lenta impaciencia». El escrito recorre pormenorizadamente la trayectoria política y las reflexiones estratégicas de Daniel Bensaïd describiéndolo como un militante fiel a su compromiso revolucionario. Fundador de la Juventud Comunista Revolucionaria (JCR) y posteriormente de la Liga Comunista Revolucionaria (LCR), Bensaïd es en la lectura de Antentas un dirigente clave en las formaciones de la izquierda revolucionaria europea. Sobresale en este artículo la visión de un militante indócil con el poder, un rasgo que se mantiene hasta sus últimos días y algo que se manifiesta por la distancia que mantenía con los nouveaux philosophes.
Seguimos con el artículo colectivo de Fernanda Flores, Ignacio López, Sofía Montedónico, Leonora Rojas y Alejandra Solar titulado «Entre la Reproducción y la Transformación Social: La Labor Intelectual de las y los Cientistas Sociales en Chile (1980-2021)». En este artículo los autores ponen en contexto la figura y labor del «intelectual de izquierda» no dejando de atender que hoy sus características son difusas, como lo son las y los cientistas sociales. Las dicotomías existentes en dos tendencias contrapuestas (entre la reproducción y la emancipación) serán analizadas por la labor intelectual en el periodo de 1980-2021, su relación con el poder y la posición frente a las luchas emancipadoras y la construcción de un poder popular.
El dossier continúa con el artículo «Lo que la teoría otorga, la política lo quita. En torno a Las vacas negras de Louis Althusser» de Ignacio Libretti. En este artículo se abordan las circunstancias que rodearon el XXII Congreso del Partido Comunista Francés y la supresión del término dictadura del proletariado de sus estatutos. En el recorrido del texto el autor critica la posición de Althusser y de Étienne Balibar, quienes aceptaron el resultado de supresión. El texto aborda las tergiversaciones del concepto de dictadura del proletariado presente en el texto Las vacas negras y donde el concepto «dictadura» manifiesta una incomodidad al momento de mantener una vía violenta insurreccional con un claro recuerdo de Stalin. El texto rememora esta polémica dentro del PCF y las tácticas empleadas por Althusser para acusar el carácter antiteórico del debate, adaptando enseguida la definición del concepto al documento central del Congreso. El debate muestra claramente cómo la política comunista finalmente burla su propia teoría, dejando al partido la puerta abierta al eurocomunismo.
El artículo de Mauricio Utz titulado «El resto es música», propone, a través de un análisis histórico-conceptual, y de ciertas nociones matemáticas, aproximarse a la noción de Música y poder ampliar la comprensión de la idea de Saber. Para esta tarea se sitúa a la producción musical latinoamericana y a sus actores en un rol privilegiado entre los intelectuales y el poder. Aun cuando Utz nos dice que en la figura del músico no resulta evidente la condición de intelectual, lo que pone el músico en juego a través de las proto-vivencias es el arjé o principio de la reflexión latinoamericana, una reinvención no aristocrática del pensamiento.
La segunda parte, titulada Intelectuales situados: pensar la dominación y la resistencia, parte con el texto de Millaray Salinas titulado «Revuelta de octubre en Chile y organización popular: una mirada desde el Movimiento de Pobladoras/es Vivienda Digna». En el artículo se desarrolla una mirada critica desde el Movimiento de Pobladores Vivienda Digna a la revuelta popular de octubre de 2019. La autora se plantea, desde una mirada anticapitalista y antipatriarcal, repensar los hitos más importantes, sus debilidades y repercusiones, para identificar elementos que sirvan para las próximas acciones como pueblo. Se reflexionará además el proceso constituyente y las decisiones tomadas como organización popular para las transformaciones contra la precarización de la vida.
En el texto «Movimiento Mapuche Autonomista y Rebelión de Octubre: Poder y contra-poder», Tito Tricot se encarga de analizar cómo el Movimiento mapuche autonomista y la Rebelión de octubre chilena se vinculan de manera contradictoria, estableciendo similitudes y diferencias significativas. El texto explorará dos aspectos de esta relación. Por un lado, la constitución de actores políticos colectivos, la posibilidad de transformarse en sujetos históricos y la materialización de una práctica contra-poder. Por otro lado, la dimensión de la violencia material y simbólica, que defiende tanto el modelo neoliberal como el sistema capitalista, como para la autodefensa popular chilena y territorial mapuche. El texto es un aporte importante tanto para comprender las reivindicaciones mapuche y la Rebelión de octubre de 2019 como también sus relaciones y diferencias.
Continuamos con el título «Sobre la guerra europea en el día 21», de Étienne Balibar. En este texto Balibar aborda la guerra de Ucrania contra la invasión rusa. Para el autor, esta guerra es una guerra justa en el sentido de que no basta con reconocer la legitimidad de la defensa ucraniana, es necesario, nos dirá, «comprometerse con ellos» no permaneciendo pasivos. El texto describe que esta guerra es una guerra «total» contra un pueblo, pero también contra el resto de Europa, que también es el destacamento avanzado de otro imperio: la OTAN. Balibar proyecta un futuro pesimista de esta guerra, ya que los costos son gigantescos, tanto por la guerra «total» como de la guerra «híbrida» entre dos bloques, pero también porque esta guerra retrasa la movilización del planeta contra la catástrofe climática.
Terminamos de cerrar este recorrido con una reseña de Iván Trujillo al libro de Enzo Traverso ¿A dónde se fueron los intelectuales? Aún cuando la publicación original del texto data de 2013, este no deja de ser un documento actual cuando se habla de los intelectuales, sus orígenes y su actualidad. De este modo, la reseña aborda críticamente las tres partes de este texto, comenzando con el caso Dreyfus a fines del siglo XIX y terminando con lo que se llamó la caída del socialismo real a fines del siglo XX, fecha que marca el periodo de nacimiento y caída del intelectual comprometido. A partir de la caída del muro de Berlín, la reseña aborda además el advenimiento del intelectual neoconservador, sin dejar fuera de escena el pensamiento crítico de esta época.
Juan Riveros Barrios
1Oyarzún, P. «El país donde no pasa(ba) nada», Revista Pléyade Nº26, Santiago: 2020.
2Peña, C. Pensar el malestar. La crisis de octubre y la cuestión constitucional. Santiago: Taurus, 2020.
3Michael J. Crozier, Samuel P. Huntington y Joji Watanuki. The Crisis of Democracy. Report on the Governability of democracies to the Trilateral Commission. New York: New York University Press, 1975, p. 7.
4Ibid., p. 9. [Las cursivas son nuestras]
5Ibid., p. 158.
6Peña, C. Pensar el malestar, op. cit., p. 105.
7Bensaïd, D. Une lente impaciencia. Barcelona: Sylone-Viento Sur, 2018, p. 35.
8Ibidem.
9Rancière, J. «¿Qué puede significar intelectual?», en Momentos políticos, Buenos Aires: Capital intelectual, 2010, p. 67.
10Ibid, p. 68.
11Gramsci, A., La formación de los intelectuales. México, D. F.: Grijalbo, 1967, p, 30.
Josep Maria Antentas12
Recibido: 16/10/2021 - Aceptado: 15/12/2021
«Una organización revolucionaria solo es viable si dispone de una brújula sobre las cuestiones fundamentales. El día en el que se limite su función a eficacias inmediatas, a la táctica de las luchas y a la gestión de las contradicciones cotidianas, se condenará al desmembramiento»Daniel Bensaïd13
«Tal vez la construcción de una organización revolucionaria es tan necesaria como imposible, como el amor absoluto en Marguerite Duras.
Ello nunca ha impedido a nadie enamorarse»
Daniel Bensaïd14
Nacido en 1946 en Toulouse, Daniel Bensaïd fue uno de los fundadores de la Juventud Comunista Revolucionaria (JCR) francesa en 1966 y de la Liga Comunista (LC) en 1969 (rebautizada Liga Comunista Revolucionaria (LCR) en 1973 después de su ilegalización). Animador de mayo del 68 desde el Movimiento 22 de marzo, permaneció fiel a su compromiso revolucionario hasta el final de su vida, contrariamente a tantos nombres ilustres de su generación convertidos en rebeldes arrepentidos. Desde este punto de vista podemos considerarlo, siguiendo la reflexión de Achcar15, como un «intelectual simbólico» que personifica de forma ejemplar el Mayo del 68 francés, aunque siempre rechazó la etiqueta de «sesenta-ochentista» que tan bien portaron quienes convirtieron el acontecimiento solo en una diversión juvenil auto- justificadora.
En este artículo analizaré de forma sintética el itinerario político de Bensaïd y la evolución de sus reflexiones estratégicas, bastante inseparables de las de su propia tradición política16. Concretamente repasaré, primero, su singularidad como militante revolucionario e intelectual, para después analizar su evolución política estratégica en tres grandes etapas: mayo del 68 y la fase posterior, el periodo de reflujo de los ochenta, y la búsqueda de una segunda oportunidad tras la caída del muro de Berlín. Abordaré con más detalle esta última etapa, pues es la que corresponde al periodo posterior a Estrategia y Partido, y que coincide con los años de mayor producción intelectual de Bensaïd. Al hacerlo, me detendré más específicamente analizando sus discusiones sobre el horizonte revolucionario y el comunismo, sus debates con las teorías partidarias de cambiar el mundo sin tomar el poder, y sus reflexiones sobre qué tipo de partido era necesario construir.
Dirigente de la LCR hasta comienzos de los años noventa, jugó un papel clave en la vida y desarrollo de la que se convertiría en una de las formaciones emblemáticas de la izquierda revolucionaria europea. Militante internacionalista, fue animador de la IV Internacional durante un largo período y consagró gran parte de su actividad política al trabajo internacionalista, desempeñando un papel clave en su construcción en varios países, en particular el Estado Español, México y Brasil17. A pesar de ello señalaba en sus memorias: «Dirigir me inspira una santa repulsión: prefiero hacer que mandar hacer. Esto podría pasar por una virtud igualitaria. También puede ser igualmente, el signo de una incapacidad desorganizadora para delegar y tener confianza»18.
En Daniel Bensaïd convergían un hombre de acción (¡fue durante años el responsable del servicio de orden de su organización!), un dirigente político internacional y un intelectual de primer nivel. Una combinación de cualidades que hacen de él alguien muy excepcional en el panorama de la izquierda internacional y una de esas figuras de impronta particular. Su compromiso organizativo, durante décadas con la LCR y después con el Nouveau Parti Anticapitaliste (NPA), que ayudó a lanzar, resalta como un hecho bastante singular en el panorama de la izquierda europea, donde el compromiso político-organizativo y el trabajo de reflexión intelectual han tendido a disociarse. Quizás por ello la labor intelectual de Bensaïd tuvo una fuerte dimensión colectiva y es inseparable de las discusiones políticas, los seminarios de formación y las reuniones militantes: «en la acción colectiva uno se da cuenta de que todas las ideas son fruto de intercambios y que uno no piensa nunca solo (como lo hace creer la mediatización). Todo el mundo piensa. Los intelectuales quizás son privilegiados en lo que se refiere a dar forma a las ideas, pero, y este es otro elemento satisfactorio, el militantismo es una barrera, un anticuerpo contra las tentaciones especulativas del trabajo intelectual»19. Así, para él, la militancia colectiva representaba un triple principio simultáneo de realidad, modestia y responsabilidad: supone pasar las ideas por la prueba de la práctica y reflexionar desde ella misma, implica pensar en el seno de una comunidad de iguales, e implica rendir cuentas de las propias afirmaciones y sus consecuencias20.
En este sentido encarnaba una versión del intelectual distinta a la del «sabio» que interviene en la vía pública inequívocamente en favor de la justicia y la igualdad, bajo la condición de experto o de autoridad moral, pero desde una cierta atalaya intelectual y sin compromiso organizativo concreto. Un modelo de intelectual muy propio de la tradición francesa, al menos desde el caso Dreyfus, que tuvo sus principales exponentes en figuras como las de Jean-Paul Sartre21 en la posguerra o de Pierre Bourdieu a finales de los años noventa. Aunque al final de su vida obtuvo cierta notoriedad mediática, Bensaïd no fue un intelectual mediatizado y, sin duda, en buena medida esto lo explica su vínculo orgánico con la izquierda revolucionaria.
Nunca estuvo cómodo con la etiqueta de filósofo («profesor de filosofía» solía corregir) ni con la noción de «intelectual comprometido». Primero porque el concepto puede llevar a considerar que el compromiso militante es fruto de la razón y de la propia actividad intelectual, cuando en realidad está motivado también por pasiones y emociones. Segundo, porque presupone un estatus especial para el «intelectual» («nadie hablaría de obrero comprometido, campesino comprometido, enfermera o profesor comprometido») y también una sospecha hacia el intelectual que precisamente se compromete faltando «a la sacrosanta neutralidad axiológica» y moviéndose «a caballo entre teoría y práctica, entre verdad y opinión». Más vale entonces, hablar de «compromiso intelectual»22 (engagé intellectuel), decía, pues el orden de las palabras importa.
Una visión de sí mismo en las antípodas del intelectual autocomplaciente, superficial y dócil con el poder que han encarnado en Francia durante décadas los nouveaux philosophes con André Glucksmann, Alain Finkielkraut y Bernard-Henri Lévy a la cabeza, cuya mediatización ha sido directamente proporcional a la inconsistencia e inocuidad de sus ideas. A este último, precisamente, Bensaïd le dedicaría un breve opúsculo, Un Nouveau theologien23 destinado a destacar las imposturas intelectuales propias de un «teólogo inorgánico de una izquierda recentrada» y sus renuncias políticas al servicio de una «izquierda en quiebra».24
Teoría y práctica tienen para Bensaïd una interdependencia recíproca y no son dos caminos que marchan por sendas paralelas o divergentes. Ello no significa que estén completamente fusionadas ni que carezcan de autonomía relativa, sino que deben ser pensadas como campos específicos interrelacionados de forma no mecánica y contradictoria (a modo más o menos análogo de cómo hay que concebir la relación entre lo social y lo político, por cierto, tema muy propio de la reflexión bensaïdiana). Teoría y práctica tienen sus propias lógicas. Utilizando la terminología del propio Bensaïd, diríamos que tienen su propia temporalidad, una temporalidad discordante y desacompasada. El tiempo de la acción y el del pensamiento pausado no son análogos. Militante e intelectual no son lo mismo, y cuando alguien encarna a ambos a la vez lo hace a menudo con una relación de tensión creativa entre ambas facetas. Pero la cuestión de fondo es que teoría y práctica son ambas más ricas y fructíferas cuando se plantean en conexión mutua.
Aunque ambas dimensiones de su existencia, el militante y el teórico, estuvieron siempre presentes desde los años sesenta hasta su muerte, lo hicieron de forma desigual y desequilibrada. En este sentido, el itinerario de Bensaïd se puede dividir en dos: una primera etapa desde el comienzo de su compromiso político hasta finales de los ochenta, cuando la faceta militante primó más que la teórica; y una segunda, en las dos décadas finales de su vida en que las cosas se invirtieron. Entre los años sesenta y 1988 Bensaïd co-publicó cinco libros: Mai 68, une répetition générale (con Henri Weber) (1968), Portugal, une révolution en marche (con Charles André Udry y Carlos Rossi) (1975), La Révolution et el pouvoir (1976), L´Anti-Rocard (1980), y Mai 68 : rebelles et repentis (con Alain Krivine) (1988). También escribió varios artículos largos y notas internas de debate en la LCR (a los más importantes de los cuales me referiré durante este artículo), así como a algunos folletos, a mitad de camino entre el artículo y el libro corto, muchos de los cuales fueron sus cursos de formación en la LCR o en el International Institute of Research and Education (IIRE) de Amsterdam: Le deuxiéme soufflé. Problemes du Mouvement étudiant (con Camille Scalabrino) (1969), Los años de formación de la IV Internacional (1933-1938) (1986) y Estrategia y Partido (1987). También dirigió la redacción de los manifiestos programáticos de la LCR, Ce que veut la Ligue Communiste (1972), Oui, le socialisme! (1978), y A la gauche du posible (1991). Toda su producción escrita en este período está directamente ligada con problemas de intervención política, mezclando cuestiones concretas de coyuntura con reflexiones teóricas y estratégicas más de fondo. En términos de su profundidad y ambición teórica, La Révolution et le pouvoir (1976) constituye, sin duda, su obra más relevante de esta etapa.
A finales de la década de los ochenta empezó a dedicar más tiempo a la producción teórica e intelectual, arrancando con una suerte de trilogía sobre la memoria y la historia formada por Moi la Révolution (1989), un ensayo sobre el bicentenario de la revolución francesa; Walter Benjamin Sentinelle Messianique (1990), una reflexión sobre, y a propósito del marrano25, y Jeanne de Guerre lase (1991), dedicada a la figura de Juana de Arco26. Redactada en un ambiente crepuscular (utilizando un término que usaba con frecuencia) y de derrota, esta serie de libros coincidiría con el inicio, en abril de 1990, de su larga enfermedad y con ella su retiro gradual de las responsabilidades cotidianas de la dirección política que hasta entonces ejecutaba. Sin jamás abandonar la militancia, y siempre muy cerca de los equipos de dirección de la LCR y la IV Internacional, Bensaïd dedicó el grueso de sus energías a la escritura. A la mencionada trilogía seguiría una prolífica obra intelectual que al final abarcaría una cuarentena de libros, entre los cuales los últimos fueron Marx, mode d´emploi (2010), una introducción al pensamiento de Marx pensado para las nuevas generaciones de activistas forjados en el marco de la crisis capitalista iniciada en 2008, y Le Spectacle, stade ultime du fétichisme de la marchandise (2011), obra póstuma e incompleta dedicada al análisis de autores como Marcuse, Debord, Lefebvre o Baudrillard y a las transformaciones de la política contemporánea.
Por tanto, incluso si su producción escrita sistemática no eclosionó hasta finales de la década de los ochenta, Bensaïd comenzó a consagrar desde el inicio de esta década un creciente esfuerzo al estudio y a la reflexión intelectual, sentando las bases para su despegue ulterior. Se trataba, en una coyuntura de retroceso de la izquierda, de volver a estudiar los fundamentos del compromiso revolucionario, de «buscar de nuevo las razones de una pasión, para reanimar la llama»27. Las grandes esperanzas abiertas en 1968 habían llegado a su fin y las renuncias intelectuales y políticas de muchos antiguos sesenta-ochentistas arrepentidos estaban a la orden del día. El empeño en no ceder ante la corriente y mantenerse fiel al compromiso revolucionario debía estar acompañado de un esfuerzo de reconstrucción intelectual de todo un pensamiento político y estratégico: «nuestro universo de pensamiento no se había derrumbado. Pero, sin embargo, fue sometido a una dura prueba. La crisis era triple: crisis teórica del marxismo, crisis estratégica del pensamiento revolucionario, y crisis social del sujeto de la emancipación universal»28.
Bensaïd emprende entonces una tarea de reconstrucción teórica que tomaría diversos caminos en su obra que, como él mismo señala29, para terminar de entrecruzar: «un inventario de la herencia y su pluralidad; el de la pista marrana y de la razón mesiánica; y por último, el de un Marx liberado del corsé doctrinario». Se configuraría así una obra teórica singular preñada de influencias diversas no siempre aparentemente compatibles, propia de un «comunista herético» en palabras de Michael Löwy30. En ella se combinarían, sin muchas contradicciones, clásicos del marxismo como Marx, Engels, Lenin, Trotsky o el Che con Walter Benjamin, Auguste Blanqui, Charles Péguy y el interés por las herejías religiosas, el marranismo y figuras como Juana de Arco. Mirando en retrospectiva, en ocasión de su Memoria de Habilitación sostenida tardíamente en 2001, constataría que, sin negar los cambios ni las continuidades, los problemas que se planteó en su juventud sobre las relaciones entre historia y estructura, historicidad y acontecimiento, equilibrio y crisis, clase y partido, lo social y lo político nunca lo abandonarían. Así, muchas de las interrogantes recurrentes desde su juventud, le «volvieron a llevar, a través de miles de rodeos, a los mismos puntos de bifurcación»31.
El resultado final es una obra con un estilo muy personal y literario, lleno de metáforas y formulaciones líricas, escrito con un sentimiento de urgencia personal a modo de una carrera que se sabe perdida de antemano. Derrota política y enfermedad personal, por un lado, tenacidad y voluntad de resistencia política-vital, por otro. Este es el background en el que se gesta su obra. Sus libros atraviesan en diagonal y a toda prisa una serie de temas omnipresentes cuyo desarrollo se hace en una espiral expansiva, pero sin jamás ser explorados en profundidad. Ahí radica el interés y el punto débil de la obra de Bensaïd, tan poco sistemática como estimulante. Bensaïd abre las pistas, pero no se compromete verdaderamente, lanzando ideas que requieren ser estudiadas más pausadamente, concluyendo a veces de manera precipitada sin estar suficientemente implicado. En las páginas de sus libros toman vida una galaxia de conceptos y autores que configuran un paisaje lleno de momentos deslumbrantes pero que la veloz y literaria pluma del autor renuncia a trazar con más precisión.32
Excluidos de la Union des étudiants communistes (UEC) en 1966, los animadores de la Juventud Comunista Revolucionaria (JCR) tuvieron su primera gran prueba histórica con los acontecimientos de Mayo del 68 que marcarían política y estratégicamente a todo su equipo dirigente. La lectura realizada sobre Mayo del 68 enfatizaba la falta de un partido revolucionario que hubiera podido aprovechar la oportunidad, lo que implicaba, a la vez, confrontarse con la política pasiva del Partido Comunista Francés (PCF) y lanzarse a la construcción de un verdadero partido revolucionario: ¿Mayo del 68?, «ensayo general» responden sin complejos Bensaïd y los suyos en analogía con 1905.33
Esta lectura de la situación revelaría pronto sus límites, pues la cuestión del poder no volvería a plantearse tal como hizo en 196834. A la búsqueda de las posibilidades abiertas después de Mayo, y con la firme convicción de no de dejar escapar otra ocasión, el equipo dirigente de la JCR, y de la Liga Comunista (LC) –luego de la LCR– a partir de 1969 ha estado impregnado de un «militantismo guiado por la idea de urgencia y de inminencia revolucionaria, impaciente y apresurado»35. «Bajo la presión de una urgencia en parte imaginaria»36 la etapa post-68 fue la de un «leninismo apresurado» para retomar una fórmula de Régis Debray37 que Bensaïd hace suya. En un debate interno de la LC, Bensaïd resumía este sentimiento del periodo, afirmando «la historia nos muerde la nuca». Hubiera sido mejor decir «mordisqueaba», pues matizaría con cierta ironía en sus memorias38.
Políticamente, ello se tradujo en un voluntarismo izquierdista de inspiración guevarista y un leninismo subjetivista tomado de Lukács. En el plano teórico el pensamiento del joven Bensaïd quedó expresado en su memoria de maestría de 1968, sobre la noción de crisis revolucionaria en Lenin, donde varias de sus ideas se reflejaban en un artículo co-escrito con Sami Naïr en el otoño del mismo año39. Este artículo era, como lo escribió Bensaïd cuarenta años después en una introducción a su reedición, una suerte de segundo plano teórico de los debates fundacionales de la Ligue cuyo primer congreso iba a celebrarse en abril de 196940.
Desmarcándose a la vez de la pasividad estructuralista y del espontaneísmo, Bensaïd optaba por un voluntarismo leninista, bajo la influencia de una cierta lectura de Lukács41. El esquema teórico bensaïdiano se basaba en una dialéctica negativa del sujeto en la que se confrontaba un sujeto teórico abstracto (el proletariado virtual) y un sujeto práctico (una vanguardia representando al proletariado «para sí»). La noción de crisis revolucionaria definida, siguiendo el esquema leninista clásico, era el momento en el que el proletariado podía cumplir su misión histórica, y «permitía así reconciliar, a modo de una especie de epifanía histórica, el sujeto práctico con su fantasma histórico»42.
En este análisis, se le confería al partido un rol místico, en tanto variable decisiva para el paso del proletariado de un mero sujeto teórico a un actor revolucionario. Se trataba entonces, frente al estructuralismo petrificado, de valorizar el rol del sujeto: «contra las estructuras ventrílocuas, ¡todo sobre el sujeto!». Pero el sujeto, bajo la influencia del subjetivismo lukácsiano y del voluntarismo guevarista, más que la clase en dicha formulación, era el propio partido convertido en la cristalización de la consciencia de la clase para sí.
La consecuencia era una «sustitución de la clase por el partido que tenía una implicancia política que podríamos calificar de izquierdista. El enfrentamiento entre las clases fundamentales tiende en efecto a reducirse a un enfrentamiento entre el Partido y el Estado»43. Se trataba de una visión que, como Bensaïd mismo lo reveló posteriormente, contrastaba con las posiciones de Ernest Mandel en la época, que ponía más énfasis en el desarrollo desigual de la conciencia y sobre las reivindicaciones transitorias44.
Bensaïd modificaría muchos de sus puntos de vista, pero la reflexión sobre la noción de «crisis revolucionaria» guardará un lugar central y decisivo en su pensamiento y en toda su obra posterior45. Incluso concebida bajo un prisma diferente, la idea de que la crisis debe ser analizada en términos de estrategia perdurará como una variable central en la comprensión de la política. El pensamiento político bensaïdiano y de la LCR permanecerán marcadas por la experiencia de Mayo 68: la potencia disruptiva del acontecimiento, la necesidad de permanecer fiel al mismo, la ocasión perdida por la falta de una organización política dotada de una orientación revolucionaria en el corazón de la crisis, y la necesidad de organizarse para estar listos cuando se presentara una nueva oportunidad.
Ello configuró en Bensaïd un pensamiento eminentemente estratégico, centrado en la idea de «pensar la crisis»46 a la luz de la experiencia fundadora de Mayo del 68, aunque el carácter internacionalista de su compromiso político le permitirían pensar estratégicamente en clave más global, fruto del conocimiento real de la historia internacional del movimiento obrero y de otras realidades políticas contemporáneas, principalmente de América Latina (Chile y Argentina particularmente) y otros países europeos (Portugal y el Estado español sobre todo, teniendo Bensaïd una estrecha relación con la LCR española).
La consecuencia positiva del impacto de Mayo del 68 en la política de la LCR y de Bensaïd, es que sitúa en el centro de su reflexión la idea misma de revolución y de ruptura. Nunca renunciaría a ella. La consecuencia negativa es que la discusión estratégica sobre el instante decisivo no va acompañada en la misma medida por una reflexión equivalente sobre los procesos de formación de la conciencia de clase, la legitimidad del poder y las tareas políticas pertinentes a largo plazo. El giro posterior al ultraizquierdismo de este periodo corregirá en parte esta cuestión, una corrección ampliada que se acentuará en su etapa de madurez intelectual, aunque, como analizaré más adelante, sin sacar todas las consecuencias estratégicas posibles.
Un aspecto importante a señalar retrospectivamente, para evaluar con justeza su política en este periodo izquierdista, es que la reificación relativa del partido y la centralidad absoluta de su construcción, como llave maestra de la estrategia revolucionaria, estuvo siempre acompañada de una genuina cultura democrática, sin duda una marca distintiva de la tradición política de Bensaïd. Los dirigentes de la Liga, recuerda, se caracterizaron siempre por una «cultura igualitaria y una desconfianza tenaz hacia los efectos de la jerarquía y el mando», configurando una suerte de «leninismo libertario»47. Ello evitó la mala gestión de muchas polémicas febriles y apresuradas de la época y, sobre todo, impidió cualquier degeneración interna en términos de concepción organizativa, disciplinaria, y de relaciones personales, del leninismo apresurado y voluntarista practicado en este periodo. Una cuestión decisiva al momento de hacer el balance.
La disolución de la LC por el gobierno francés en junio de 1973, tras la acción directa contra el mitin del grupo fascista Ordre Nouveau, marcó un punto de inflexión y fue la ocasión para reflexionar un comienzo de reorientación. Víctima de un exceso de pasión voluntarista y subjetivista, necesarias, puede ser en cierta medida para suscitar el hiper-militantismo del periodo. La LC sin embargo, nunca traspasó el umbral fatal, contrariamente a otras organizaciones y corrientes de la época que se comprometieron en la vía de la lucha armada o de un aislamiento irreversible. Las razones residen en su anclaje en la tradición histórica del movimiento obrero, su apertura y conocimiento directo de la realidad latinoamericana, adquiridos por el hecho de su pertenencia a la Cuarta Internacional.
A partir de 1974, la fundación de la Ligue Communiste Révolutionnaire (LCR) fue la ocasión de una reorientación estratégica que rompió con el voluntarismo del periodo precedente en beneficio de una política centrada en el «frente único», la implantación en la sociedad, y el objetivo de atraer a aquellas y aquellos caracterizados como una «vanguardia amplia», es decir, las capas de trabajadores y estudiantes politizados y radicalizados con quienes había que disputar las organizaciones reformistas tradicionales48. Ello se hacía en el marco a la oposición al «programa común» que habían adoptado el PS y el PCF en 1972 para ofrecer una perspectiva política electoral alternativa a la derecha gaullista. Con ocasión del congreso de la organización italiana Lotta Continua en 1975, Bensaïd analizaba la política emprendida por esta organización, destacaba sus esfuerzos por desarrollar una «línea de masas» y señalaba sus límites estratégicos, marcados por la ausencia de toda reflexión sobre la táctica unitaria respecto del resto de la izquierda revolucionaria y en dirección de las organizaciones reformistas, oscilando a menudo entre posiciones espontaneístas y concepciones gradualistas49.
La publicación de Revolution et le pouvoir (1976) fue la ocasión para un balance más sistemático de la política seguida hasta entonces y de la búsqueda de un enfoque más complejo de la estrategia revolucionaria. La reflexión sobre «el poder» es el hilo conductor de la obra: «La primera revolución proletaria dio su respuesta al problema del Estado. Su degeneración nos ha legado el problema del poder. El Estado debe destruirse, su maquinaria romperse. El poder debe deshacerse, en sus instituciones y sus anclajes subterráneos (la división del trabajo en particular). ¿Cómo la lucha por la que el proletariado se constituye en clase dominante puede, a pesar de la contradicción aparente, contribuir a ello? Es necesario retomar el análisis de las cristalizaciones del poder en la sociedad capitalista»50.
En este libro, Bensaïd intentaba realizar una triple reflexión sobre las relaciones de poder, el balance del estalinismo, y una síntesis de los debates estratégicos del siglo XX, los cuatro primeros congresos de la Internacional Comunista (IC) hasta las recientes experiencias de Chile y Portugal, pasando por la Guerra Civil española. El libro polemizaba a la vez contra el inmovilismo estructuralista de inspiración althusseriana, las corrientes eurocomunistas y neorreformistas que reinterpretaban a Gramsci en un sentido parlamentarista y gradualista, y las filosofías emergentes del deseo. A ellas contraponía una estrategia revolucionaria que insistía en la perspectiva del doble poder, la huelga general revolucionaria y la lucha por la unidad del movimiento obrero en base a dicha orientación.
Aunque en el curso de los años Bensaïd reformularía algunos de sus postulados y complejizaría aún más su análisis tanto de las modalidades de dominación como de la estrategia revolucionaria, las ideas-fuerza estratégicas esbozadas en La Révolution et le pouvoir permanecerían en buena medida como los pilares de su pensamiento estratégico.
Su reflexión estratégica en este periodo se completa con otros tres artículos de fondo: Hégemonie, autogestión et dictature du proletariat (mayo 1977), Eurocommunisme, austromarxisme et bolchevisme (octubre 1977) y Grève générale, front unique, dualité de pouvoir» (enero 1979) a los cuales se agrega el corto libro Anti-Rocard (1980)51. En estos escritos prosigue una línea argumentativa similar, buscando la afirmación de una vía revolucionaria diferenciada de las versiones gradualistas y parlamentaristas representadas por el eurocomunismo o por nuevas corrientes reformistas y «autogestionarias» cercanas al Partido Socialista, a las que emparenta con las concepciones austro-marxistas de los años veinte en lo que se refiere a su concepción del Estado, la política y las elecciones.
Es necesario recordar que, en todo este periodo, la política de construcción de la Ligue implicó también una intervención electoral propagandista, utilizando las campañas electorales como una ocasión para intentar llegar a una audiencia más amplia que la habitual, dar a conocer al partido, e intentar confrontar su proyecto con el de la izquierda mayoritaria. El resultado de la primera campaña presidencial de Alain Krivine en 1969 (1,06%), que se convertiría en 0,36% en 1974, reflejaba un aislamiento social en un sentido amplio de la izquierda revolucionaria, y también la particular lógica de la competencia electoral, en la que factores como la unidad del voto son decisivas y donde las lealtades cambian sólo en momentos muy excepcionales. Esto nos sirvió para «ilustrarnos sobre la lentitud glacial de los fenómenos electorales»52
