Agentes de Dreamland - Caitlín R. Kiernan - E-Book

Agentes de Dreamland E-Book

Caitlín R. Kiernan

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Beschreibung

En una calurosa mañana un agente especial del gobierno llega a Winslow, Arizona, y se reúne con una mujer para intercambiar información sobre un suceso inexplicable que ha ocurrido unos días antes. En un rancho cerca del mar de Salton el líder de un culto ofrece a sus seguidores algo en lo que creer: el futuro se aproxima y ellos van a participar en su llegada. Un día después de los acontecimientos en el rancho que inquietaron tanto al agente del gobierno como para buscar ayuda de "otras" fuentes, el Laboratorio de Física Aplicada de la Universidad Johns Hopkins pierde contacto súbitamente con una sonda interplanetaria de la NASA, que ha encontrado algo extraño más allá de la órbita de Plutón. Y una mujer que flota fuera del tiempo busca en el futuro y en el pasado respuestas que puedan salvar a la humanidad.

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Seitenzahl: 134

Veröffentlichungsjahr: 2018

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AGENTESDE DREAMLAND

CAITLÍN R. KIERNAN

Traducción de María Pilar San Román

Índice

1.Local 171 de los Oddfellows(9 de julio de 2015)

2.Palabras escritas del revés(29 de junio de 2015)

3.Getsemaní de suma cero(10 de julio de 2015)

4.Un pedazo de cielo(17 de agosto de 1968)

5.El último rey de los vagabundos(Vía Refulgente) (10 de julio de 2015)

6.El principio que viene después del fin(2 de julio de 2015)

7.Por toda la atalaya/Ciudad de Medianoche(1927, 1979, 2015, 2043, etc.)

8.Todavía pendiente de explorar(4 de julio de 2015)

9.El motel de los títeres(11 de julio de 2015)

10.La Parusía para bajo burlesque(3 de julio de 2015)

11. Amargos blues subterráneos para el finde los tiempos (de nuevo)

Créditos

Para Kathryn

En algún momento tendrás que comprender que una respuesta y una solución no son la misma cosa, y a veces una historia no es más que una excusa.

Nic Pizzolatto1

1. De La profundidad del mar Amarillo (Between Here and the Yellow Sea), ed. Salamandra Black, traducción de Maia Figueroa. (Todas las notas a pie de página son de la traductora.)

1. Local 171 de los Oddfellows1(9 de julio de 2015)

La escena es la siguiente: jueves por la tarde, el Guardagujas está sentado fumando y bebiendo pausadamente un Dr Pepper Zero ya sin gas, permitiéndose dejar escapar un contenido suspiro de alivio cuando el crepúsculo por fin se abate misericordiosamente sobre el desierto. El cielo resplandece sobre la calle West Second como si de nuevo estuviéramos en 1945 y en el proyecto Manhattan se hubiesen equivocado y detonado la bomba del ensayo Trinity a un estado de distancia del campo de pruebas de White Sands. O como si ese fuera el momento cincuenta mil años atrás, piensa el Guardagujas, en el que un inmenso meteorito de níquel y hierro pulverizó manadas de mastodontes, caballos y gigantescos perezosos terrestres a tan solo veinticinco kilómetros al suroeste de esta pequeña cafetería de mierda con asientos de polipiel agrietados y ventanas sucias. Al Guardagujas le parecen ajustados cualquiera de los dos símiles; en ambos casos, el cielo se está desplomando. En ambos casos, el símil es totalmente pertinente. Vuelve a comprobar la hora en su reloj de pulsera, ve que tan solo han transcurrido siete minutos desde la última vez y retoma la contemplación, a través de la ventana, de sombras y fuego compitiendo por el control del lúgubre y asolado corazón de Winslow (Arizona). Su rostro duro le devuelve la mirada desde el cristal, fácilmente diez años mayor que lo que indica la fecha en su certificado de nacimiento. Profiere una palabrota, apaga el cigarrillo y enciende otro.

No es que ella llegue tarde. Lo que pasa es que el tren de Los Ángeles lo ha dejado en este cubil lleno de escorpiones y baratijas navajas a las 6.39 y, para las 7.15, cualquier encanto que pudiese tener esta desolada población se ha agotado y consumido. ¿Qué coño se puede decir de un lugar que solo es conocido por ser mencionado en una canción de los Eagles? Al llegar ha cogido una habitación en el hotel La Posada, la famosa obra maestra de terracota y estuco de Mary Colter, pero al rato ha descubierto que no conseguía conciliar el sueño. Ha encendido la radio y tratado de leer un libro que había traído, pero le ha resultado imposible concentrarse y ha releído una y otra vez los mismos párrafos. De modo que ha pasado el día rondando por las calles —inquieto, sudoroso, medio cegado por el sol, desgastando los tacones de sus zapatos oxford adquiridos en unos populares grandes almacenes y, de tanto en tanto, entrando en algún establecimiento a tomar un refresco, para a continuación salir y adentrarse de nuevo en el bochorno—. Deseando emborracharse, teniendo que mantenerse sobrio. El aire abrasador apestaba a polvo y creosota, y ha visto a los policías locales observándolo, sus mentes chasqueando como langostas. ¿Quién es este espantapájaros de traje barato y gafas de sol Ray-Ban que el Southwest Chief2 ha tenido a bien dejarnos en el portal? De no haber sido por el largo brazo de la Compañía lo más probable es que lo hubiesen arrestado por vago o maleante —o por cualquier otro motivo—. Pero toda su documentación está en regla, está fetén, por así decir, por muy extraoficial y secreto que pueda ser este encuentro. Albany no va correr ningún riesgo, no esta noche. No cuando Y ha considerado oportuno enviar a la reunión a alguien como Immacolata Sexton.

La camarera se acerca a su mesa de nuevo y le pregunta si desea algo más, otro refresco o tal vez un trozo de tarta. La hay de merengue de limón, le dice. Y de arándanos. A él le parece una chica bastante bonita, a pesar de la fea cicatriz sobre el ojo izquierdo, una chica bonita que ha escapado de los suburbios de alguna ladera de Heroica Nogales para servir hamburguesas con queso y huevos rancheros en este grasiento tugurio gringo. Aunque, bueno, es un trabajo, ¿no? Mejor que cualquiera de los que tuvo su madre, una mujer que murió a los cuarenta y tres años tras veinticinco en un taller textil cosiendo marbetes en pantalones vaqueros. El Guardagujas conoce la historia de la camarera, igual que conoce la de los dos cocineros y el friegaplatos, igual que conoce los nombres de las tres hijas del propietario. Cada detalle que no conoce es un punto ciego, una debilidad que no se puede permitir y que no tolerará.

—Estoy bien, gracias3 —dice, pero no pide la cuenta.

De vuelta en la barra, la camarera lo mira por encima del hombro, y él percibe una chispa de recelo en sus ojos. Comprueba de nuevo la hora en su reloj.

Y entonces el cencerro de latón clavado encima de la puerta de la cafetería tintinea, y él levanta la mirada justo cuando hace entrada una mujer alta y pálida. En la mano izquierda lleva un maletín de fibra de carbono marca Zero Halliburton. Durante un segundo, él tiene la impresión de que hay algo en pos de ella, como si la inminente noche se hubiese trabado a sus hombros, enredado en el cabello corto y negro, y no estuviera dispuesta a soltarla. Pero es una impresión pasajera, y él se endereza un poco en el asiento, tira nervioso de la corbata y la saluda con la cabeza. Con las historias que ha oído se podría escribir un grueso superventas, pero él nunca creyó que fuera a llegar a encontrarse cara a cara con esta mujer. Immacolata Sexton está muy lejos del hogar.

Ella se quita las gafas de sol, y él desea que no lo hubiese hecho.

—Tienen tartas —le informa mientas ella se acomoda en el asiento frente al suyo—. De merengue de limón. Y también de arándanos. Bienvenida a Winslow.

En su trabajo uno nunca debe inmutarse. La letra pequeña lo deja bien claro.

—Al principio no le había visto —dice ella—. Se me ha pasado por la cabeza que a lo mejor me había dado plantón.

La mujer tiene un rastro de acento de la zona sur de los montes Apalaches (del norte de Alabama o del este de Tennessee), y una peculiar manera de mover los labios que produce la impresión de que apenas se movieran. Un poco como ver trabajar a un ventrílocuo.

—¿De veras le ha sucedido eso alguna vez? —inquiere él mientras apaga el cigarrillo, a medio fumar solo, en el platito que ha estado utilizando como cenicero.

—Alguna vez, pero nunca dos veces la misma persona. ¿Se puede fumar aquí? —pregunta señalando el platito y las colillas.

—Nadie me ha dicho que no fume y tampoco veo ningún letrero. Así que lo interpreto como un sí.

La camarera regresa, y el Guardagujas sabe que lo que ella ve al mirar a la agente de Y a los ojos no es lo mismo que él ve. Los civiles tienen suerte. Immacolata pide un café.

—Reconozco —dice ella una vez se ha marchado la camarera— que sentí un cierto escepticismo cuando me enteré de que le habían asignado al caso. Después de lo de Maine y todo eso. Según los rumores, gran parte de la culpa de ese desastre recae directamente sobre sus hombros. Dicen que fue usted quien tardó tanto en tomar en serio la situación, que fue usted quien no prestó la debida atención a las señales de alarma.

—¿Los rumores pasan hoy en día por información en Barbican Estate?

Ella se encoge de hombros y enciende un Marlboro; el humo forma volutas alrededor de su rostro.

—Bueno, eso es lo que he oído. Da igual.

Arremete de primeras con lo de Maine, cómo no. Un fuerte gancho de izquierda y toda la pesca, hacerle perder el equilibrio y tambalearse desde el principio. Como si tenerla ante los ojos no fuese más que suficiente. Huelga decir que su propia cabeza está llena de rumores asociados al rostro de ella, pero no es tan tonto como para empezar a sacarlos a colación. No es tan tonto como para plantearle ninguna de las docenas de preguntas que le pasan por la cabeza.

¿Es cierto lo que se cuenta de su madre?

¿Y lo de su padre?

¿Y lo de Berlín y la noche en que cayó el Muro?

El Guardagujas se frota los ojos y vuelve la cabeza hacia el amplio ventanal de la cafetería y los últimos restos del ardiente crepúsculo. Al otro lado de la calle, junto a un cine cerrado y fenecido, dos agentes están vigilando como si fuesen descartes de un episodio de El hombre de CIPOL. Han venido con ella, a pesar de que el trato era que ambos acudiesen solos, sin séquito, sin refuerzos, sin puto club de fans; y él ha cumplido su parte del acuerdo. ¡Que le den! No gana nada con montar un número, no a estas alturas. Él está aquí, ella está aquí y, chaval, la única manera de salir es continuar todo recto hasta el amanecer. La camarera de Heroica Nogales se ha vuelto a acercar a la mesa y está charlando con Immacolata, sirviéndole café, y él cuenta los interminables segundos hasta que vuelven a quedarse solos.

—Toda precaución es poca —señala ella, mientras se pone sacarina y da vueltas al café. La cucharilla tintinea ruidosamente contra la loza.

¿Es cierto lo que se cuenta sobre la noche en que usted nació?

—¿Qué tal el viaje desde Los Ángeles? —pregunta ella—. Llevo mucho tiempo sin ir en tren a ningún sitio.

—Discúlpeme, señora Sexton —dice él cogiendo el último cigarrillo de la arrugada cajetilla de Camel Wides que ha comprado al mediodía—. El palique nunca se me ha dado demasiado bien. No es nada personal, solo que…

—Relájese —lo interrumpe ella, con una voz tan dulce como la miel, juraría él—. Estamos del mismo lado, ¿no es así?, unidos por una causa común.

¡Qué ojos tan grandes tienes!

—¿Camaradas de armas? —añade ella.

—Eso me dicen —masculla él alrededor del filtro mientras enciende el cigarrillo. Le da una profunda calada y retiene el humo hasta que los oídos le empiezan a pitar.

—Bien, de acuerdo, yo he traído todo lo que tenemos sobre Standish —dice ella, cambiando radicalmente de actitud en un abrir y cerrar de ojos; la extraña criatura llegada de las ya menos abrasadoras calles de Winslow de pronto se pone seria y entra en materia, despojándose con toda facilidad de una máscara y poniéndose otra—. Desde que Barbican dio el visto bueno la semana pasada hemos tenido trabajando duramente a un millón de diligentes monos con un millón de archivadores. Bien, usted primero. Enséñeme lo suyo y luego le enseño yo lo mío.

¡Pero qué orejas tan grandes tienes!

Él duda tan solo unos segundos antes de llevarse la mano a la chaqueta y sacar un sobre de papel marrón, de quince por veinticinco centímetros, con manchas de sudor, un pliegue por la mitad y las esquinas dobladas.

—Siento si mi paquete no es tan grande como el suyo, pero andamos escasos de monos…

—¿En Hollywood? —dice ella sonriendo burlonamente— ¿Espera que me lo crea?

El Guardagujas esboza una sonrisa forzada, abre el sobre y extiende su contenido sobre la mesa que los separa. Diez fotografías en brillante blanco y negro, una carta de tarot, una memoria USB y una moneda de oro antiquísima. A primera vista, las imágenes podrían haber sido tomadas por un forense aficionado a la fotografía en el escenario de un asesinato cualquiera. Pero solo a primera vista. Immacolata mira al Guardagujas, apaga el Marlboro en el improvisado cenicero y toma una. Le da la vuelta y examina un momento el dorso, en el que alguien ha garabateado con tinta roja indeleble una fecha, una hora y un número de caso, junto con varios símbolos enoquianos; la deja y coge la carta de tarot.

—El Mundo —dice—. La bailarina busca representar el logro último del hombre, la fusión del consciente con el inconsciente, y la combinación de esos dos estados con el superconsciente. El Mundo simboliza el estado máximo de conciencia cósmica, el objetivo final al que nos ha llevado el resto de cartas (bueno, los Arcanos Mayores). DerÜbergeist.

—Joder, de veras espero que tenga algo más para mí aparte de lo que podríamos encontrar en internet.

—Es usted un hombre impaciente.

—En este caso vamos muy pillados de tiempo. El mayor acercamiento de la New Horizons a Plutón se producirá dentro de cinco días. Así que discúlpeme si parezco tener prisa; venga, no sea mala…

Immacolata vuelve a dejar la carta en la mesa, boca abajo, y elige otra de las fotografías. Él repara por primera vez en los dedos tan largos y delicados que tiene; tan frágiles que casi parecen poder quebrarse como ramitas.

Tal vez sea así. Tal vez un día tenga oportunidad de comprobarlo.

—¡Dios! —musita Immacolata mientras se pasa la lengua por los labios lívidos.

¡Que dientes tan grandes tienes!

El Guardagujas coge una de las fotografías, aquella en la se ve su propia sombra, aquella en la que algún efecto óptico de la luz hace que el cadáver parezca estar sonriendo. Cada vez que las mira, cada vez que las toca, se siente sucio. Se sometió al proceso de descontaminación junto con el resto del equipo de primera intervención, pero le basta volver a ver estos recuerdos de ese espectáculo de horrores para acordarse de que algunas manchas calan hasta el alma y nunca se van.

—¿Hasta qué punto está el asunto bajo control? —le pregunta Immacolata enarcando una ceja depilada hasta quedar tan recta y fina como un corte hecho con un papel.

—Ahí lo tiene todo, con lo del suicidio colectivo —responde él señalando los contenidos del sobre esparcidos por la mesa de formica.

—No, no le estoy pidiendo que me repita lo que está escrito en los informes. No he venido aquí a entrevistarme con un papagayo.

El Guardagujas clava la mirada en la punta de su cigarrillo, deseando que este encuentro estuviese celebrándose en un puñetero bar como Dios manda, en algún lugar donde pudiese tomar un trago de Johnnie Walker Etiqueta Negra o de J&B. Tiene la boca tan seca como la salvia y los áridos barrancos que esperan ahí fuera, justo donde termina el resplandor halógeno de las farolas.

—En cierto modo hemos tenido suerte —dice él—. Tenemos la geografía de nuestra parte, habida cuenta de la ubicación de la zona caliente.

—Eso no es lo que le he preguntado —se queja ella.

—¿Ha estado alguna vez en el mar de Salton, señora Sexton? El asunto está controlado de puta madre, ¿vale? A los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades se les pondría dura al ver lo cojonudamente controlado que está. Hasta el puto Steve Jobs nos felicitaría por lo bien diseñada que está la pantalla que hemos montado.

Él mismo percibe la irritación en su voz, acerada como un filo, y le cabrea que la mujer esté consiguiendo alterarlo.

—¿Le estoy poniendo nervioso?

Ni de coña piensa responder a esa pregunta, ni por un centavo bañado en oro.

—El rancho Luz de Luna está a unos cinco kilómetros al norte de Bombay Beach —dice en lugar de contestar—. En un desvío de la Ruta 111. La única manera de entrar o salir de él es una carretera sin asfaltar, poco más que un camino para ganado. El bloqueo no tiene resquicios.

—¿El rancho Luz de Luna? ¿Qué es eso? ¿Otro de los nombres en clave ultrasecretos de Watertown? —Y ahí está de nuevo esa sonrisa de suficiencia tirando de las comisuras de la boca e iluminando sus ojos.

Daría cien pavos por un chupito de whisky de centeno