Agnes - Javier Peña - E-Book

Agnes E-Book

Javier Peña

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Beschreibung

  Le ha sucedido a Agnes, pero podría sucederle a cualquiera. Cuando en una cena de empresa y tras varios gin tonics discute con el nuevo propietario de la revista donde trabaja, este le propone un trato: le pagará el sueldo de un año si consigue escribir la biografía de Luis Foret, el escritor del momento. Un escritor a quien nadie ha visto en persona, de quien solo se conocen sus astronómicas cifras de ventas, y que acaba de anunciar su retirada del mundo de las letras. Hasta entonces, Agnes queda fulminantemente despedida. La vida de Foret, comprende Agnes conforme avanzan sus entrevistas vía email, parece entretejida a base de coincidencias. Macabras casualidades de las que él sale ileso, pero no las mujeres que se cruzan en su camino. Le está sucediendo a Agnes, y ahora tiene que sentarse a escribir como antes les ha sucedido a muchísimas otras. Ninguna supo que se estaba metiendo en la boca del lobo. Ninguna lo vio venir, excepto ella. Javier Peña debutó con Infelices, donde mostró una técnica prodigiosa para ensamblar una trama coral perfecta. Ahora da el salto al thriller psicológico, con un personaje femenino memorable: Agnes.

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Seitenzahl: 423

Veröffentlichungsjahr: 2021

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A la perrita Blackie nunca le gustó aquello de «perro ladrador,

poco mordedor». Los ladridos, decía, pueden dar más

miedo que los mordiscos. Y doler igual.

Índice

Cubierta

Agnes

Créditos

Agnes. Prefacio a cargo de Luis Foret

El hombre que sería Luis Foret (Una biografía)

1. El relato de Shahriar

Documento anexo n.º 1. Transcripción literal del off de un informativo de televisión

Extracto del diario de Agnes Romaní

2. El relato de Kathy Joyce

Documento anexo n.º 2. Transcripción de los correos entre Luis Foret y Agnes Romaní

Extracto del diario de Agnes Romaní

3. El relato de Asia

Extracto del diario de Agnes Romaní

4. El relato de la chica del tiempo

Documento anexo n.º 3. Transcripción de los correos entre Luis Foret y Agnes Romaní

5. El relato de Nata

Extracto del diario de Agnes Romaní

6. El relato de Anne Marie Pascal

Documento anexo n.º 4. Decálogo para echarse a correr

7. El relato de Urgulanila

Documento anexo n.º 5. Transcripción de los correos entre Luis Foret y Agnes Romaní

8. El relato de Ilsa

Extracto del diario de Agnes Romaní

9. El relato de Kathy, Anne Marie y Nata

Extracto del diario de Agnes Romaní

10. El relato de Agnes Romaní

Notas

JAVIER PEÑA nació en A Coruña en 1979, aunque desde hace más de veinte años vive en Santiago de Compostela, adonde se mudó para estudiar periodismo. Licenciado en Ciencias de la Información por la USC en 2001, ejerció la profesión durante nueve años en la, ahora ya extinta, delegación del Diario AS en Galicia. En 2010 se unió al gabinete de la Consellería de Cultura de la Xunta. Durante los siete años siguientes redactó más de mil discursos para conselleiros del gobierno gallego. En 2015, aún en la Xunta, comenzó la escritura de Infelices, una obra sobre el fracaso y la tiranía de las expectativas que Blackie Books publicó en 2019. Fue seleccionada entre las mejores novelas del año por medios como la Cadena Ser, Zenda o La Voz de Galicia. Además de novelista, es profesor de escritura creativa. Creó y coordinó el Obradoiro de novela Cidade da Cultura, imparte los talleres online de Casa Blackie, y recientemente ha puesto en marcha la Residencia literaria Cidade da Cultura, en la que participan algunos de los jóvenes escritores gallegos más prometedores. Agnes es su segunda novela, un proyecto que inició en 2017 y en el que ha trabajado durante los últimos cuatro años.

Diseño de colección: Setanta

www.setanta.es

© de la ilustración de la cubierta: Mercedes Bellido

© de la fotografía del autor: Cecilia Díez González

© del texto: Javier Peña, 2021

Autor representado por la Agencia Literaria Rolling Words

© de la edición: Blackie Books S.L.U.

Calle Església, 4-10

08024 Barcelona

www.blackiebooks.org

[email protected]

Maquetación: Newcomlab

Primera edición: octubre de 2021

ISBN: 978-84-18733-56-7

Todos los derechos están reservados. Queda prohibida la reproducción total o parcial de este libro por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, la fotocopia o la grabación sin el permiso expreso de los titulares del copyright.

A Ana.

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Agnes

Prefacio a cargo de Luis Foret

Agnes: no llega a los treinta años. Metro sesenta y cinco, cabello crespo, ojos verdes. Omóplatos fuertes, caderas anchas, tobillos desdibujados. Entra en comisaría a las 10:57 p.m. con un hematoma en la frente y una herida en el extremo externo del ojo izquierdo.

El agente Bascoy acostumbra a tomar nota de todos los detalles que suceden en su turno, pero admite que tomaría nota de Agnes aunque no estuviera de guardia porque, a su juicio, no está exenta de atractivo.

A pesar del golpe frontal, la lesión en la ceja, los ojos vidriosos, el atuendo estrafalario.

A pesar de que sus dedos desprenden cierto aroma a pomada para las hemorroides.

A pesar de que su aliento huele a alcohol a la legua.

El agente Bascoy apunta en sus notas: «Probablemente whisky de malta». Lo apunta aun a sabiendas de que «probablemente» es enemigo del rigor. «Probablemente» puede ser la vía de escape para un culpable. ¿No es cierto que usted escribió «probablemente» en sus notas preliminares?, preguntaría el abogado defensor. ¿No es menos cierto, pues, que usted albergaba dudas razonables sobre mi defendida? Y él no podría mentir. Él no.

Tacha «probablemente», deja «whisky de malta».

Al agente Bascoy le gusta experimentar con los olores. Se enjuaga la boca con diversos licores que después escupe; se echa el aliento en la mano y la olfatea; se considera a sí mismo capaz de distinguirlos; se dice que algún día esto podrá ayudarle con algún caso. Quizá con Agnes. Aunque no hay caso con Agnes. No hay informe oficial. Solo las notas del agente Bascoy.

Hace cuatro años que el agente Bascoy superó la fase de formación en la academia de policía. Tras cuarenta y cinco meses anodinos en una comisaría de pueblo —y un pequeño empujón familiar que no viene a cuento—, consiguió recientemente el traslado a Santiago. Su padre, orgulloso, le escribió una carta la semana pasada en la que tildaba de meteórica su carrera.

Agnes espera a que el agente Bascoy anote revelando cierta impaciencia. Bajo un abrigo largo beis, desabrochado, luce un vestido ceñido de raso negro con transparencias, medias de rejilla negras, zapatos con diez centímetros de tacón. Abertura del vestido en ambas piernas. Escote excesivo. El agente Bascoy apunta: «No se debe descartar completamente la prostitución».

Luego tacha «completamente». ¡Malditos adverbios!

Agnes porta en la mano una prenda de lencería femenina. El agente Bascoy duda si escribir «lencería» o «ropa interior». Lo cierto es que la prenda es poco excitante. Es de algodón blanco y está usada. El agente Bascoy no quiere decir que esté sucia, pues no lo parece. Quiere decir usada: gastada. Si el agente Bascoy quisiera decir «sucia», diría «sucia» y no «usada».

A ojos vistas, la prenda es demasiado grande para ella. Aun considerando su problema de caderas. Aquí, en las notas del agente Bascoy, se ve tachada la palabra «problema» y escrito «anchura» por encima.

El agente Bascoy levanta al fin la cabeza y pregunta si puede ayudarla en algo.

Agnes farfulla.

—Las bragas... las bragas... pueden haber servido para un crimen.

El agente Bascoy le pregunta si esa prenda de ropa interior —elude la palabra bragas— le pertenece.

Agnes niega con la cabeza.

—Entonces, ¿qué hace en sus manos?

—Él me las envió.

El agente Bascoy se congratula, el interrogatorio le conduce pronto por el camino adecuado.

—Ajá. ¿Quién es él? Empecemos por ahí. Dígame el nombre de la persona que le envió la prenda.

—No lo sé.

—Ajá. No lo sabe.

—Nadie lo sabe. Quien lo sabe ha muerto. O ha firmado un contrato de confidencialidad.

—¿Usted no ha firmado un contrato de confidencialidad?

—No.

—Entonces mejor que no lo sepa.

El agente Bascoy sonríe. Intenta caerle simpático con un comentario que calificaría como cercano.

El silencio de Agnes denota que fallido es un adjetivo más apropiado.

—¿Tiene esto algo que ver con ese golpe en la frente? —pregunta él reanudando el interrogatorio.

—No... —vacila ella.

—¿Cómo se produjo ese hematoma, entonces?

—Un accidente... doméstico.

—¿Doméstico, eh?

Agnes asiente con un gesto.

—¿Y esa tumefacción junto a la ceja?

—¿De verdad le parece importante?

—No lo sé, dígamelo usted.

Agnes chasquea la lengua entre los dientes.

El agente Bascoy toma nota.

—¿Cómo llegó hasta usted esa... prenda? —prosigue el cuestionario.

—Por correo.

—Entonces tendrá un remite o algo.

—Sí, Luis Foret.

—Ajá. Luis Foret.

El agente Bascoy apunta el nombre.

—¿No le suena? —dice ella.

—¿Debería?

—Es un escritor famoso.

—¿Escribe novela negra?

—No.

—¡Ah! Yo es que de libros... Solo novela negra.

Al agente Bascoy siempre le ha dado reparo reconocer su ignorancia sobre cualquier asunto. Se dice a sí mismo que debe ponerse al día en otro tipo de novelas.

—Se ha retirado hace poco. Salió en todas las televisiones.

—Tampoco veo mucho la televisión, ¿sabe?

Agnes vuelve a recurrir al silencio; echa una ojeada alrededor como si buscase otro interlocutor; la comisaría está vacía, a oscuras, excepto por el agente Bascoy, que se apoya en un atril bajo una lámpara de tubos amarillos. En el atril hay pegado un folio de impresora donde pone RENOVACIONES DNI y una flecha:

—Entonces, ¿quién es Luis Foret? —pregunta él.

—La persona que me envió las bragas.

Al agente Bascoy la chica empieza a ponerle un poco nervioso.

—Pero usted me ha dicho que desconocía su nombre.

—Luis Foret no es un nombre, es un pseudónimo.

—Ajá, un pseudónimo. ¿Y por qué lo usa?

—Es una larga historia.

—Tengo toda la noche.

—Yo no —dice Agnes.

El agente Bascoy da golpecitos alternos en el suelo con los pies como hace siempre que está inquieto.

—¿Y cómo me decía que era su nombre? —pregunta a continuación.

—¿El mío?

—Sí, el suyo.

—Aún no se lo he dicho.

—Ya, por eso, dígamelo, por favor.

—Como me preguntaba que cómo decía que era mi nombre...

—Es un decir. Una forma de hablar.

—Agnes.

—¿Agnes qué más?

—Agnes Romaní.

Al agente Bascoy el nombre le parece inhabitual. ¿Inventado? Es posible.

—De acuerdo, Agnes Romaní, ¿qué relación le une con ese tal Luis... —echa un ojo a sus notas— Foret?

—Soy su biógrafa.

—¿Biógrafa?

El agente Bascoy frunce el ceño, agita los pies cada vez más rápido. Es consciente de que cuando lo hace los hombros le bailan. Se atusa el uniforme azul marino. El parche reglamentario se está descosiendo. Su madre no es una gran costurera.

—Sí, biógrafa. ¿Sabe lo que es?

(¡Eh, Agnes Romaní, no es necesario ofender!)

—Evidentemente, señorita, evidentemente —responde el agente Bascoy dejando patente su irritación.

Agnes agita un poco las bragas como queriendo decirle que se centre en lo verdaderamente importante.

—Así que me está diciendo que usted es la biógrafa de Luis... —Vuelve a mirar sus notas.

Agnes pone los ojos en blanco.

—... Foret —prosigue—. Pero desconoce su verdadero nombre.

—Así es.

—¿Y tiene usted muy avanzada su biografía?

—Casi finalizada.

—Curioso.

El agente Bascoy intenta recordar las biografías que ha leído. No demasiadas; de todas ellas la parte más reconocible, la más fácil de memorizar, es el nombre del biografiado.

—¿Puede describir físicamente al señor Foret?

—No.

—Ajá. ¿Y eso por...?

—Porque nunca lo he visto.

—Pero sospecha de él.

—No lo sé.

El agente Bascoy mueve el bolígrafo pero cuando mira el papel se da cuenta de que ahora no escribe más que rayas, sus trazos ya no forman letras.

—Ajá. No lo sabe. Y, dígame, ¿sabe el nombre de la persona a la que pertenece esa prenda de ropa interior?

—No lo sé.

—Ajá. No lo sabe. ¿Pero sabe si esa persona se encuentra en buen estado de salud?

—Puede estar muerta.

—¿Puede?

—No lo sé.

—Ajá. No lo sabe.

—No.

—Sabe que puede estar muerta pero no su nombre.

—¿Urgulanila?

—Urgu... Discúlpeme, ¿cómo se escribe?

—Creo que esto ha sido un error.

Agnes gira sobre sus gruesos tobillos.

—Espere, un momento, esta Urgu... ¿Esta señorita es conocida suya?

—Nunca la he visto.

—Pero sabe que ha desaparecido.

—No lo sé.

—Ajá. No lo sabe. Y el suceso que usted viene a denunciar, ¿cuándo se produjo?

—Hace siete años.

—Señorita, permítame que le pregunte: ¿ha estado bebiendo? ¿Tal vez whisky de malta?

El agente Bascoy lo pregunta no sin cierto orgullo.

—Tengo que irme.

—Señorita —le grita antes de que salga—, ¿no cree que su atuendo es... es... inadecuado para una noche tan fresca como esta?

—Vengo de clases de tango.

—Ajá. Así que fue a clases de tango antes de venir a denunciar lo que sea que haya venido a denunciar.

—Mire, déjelo.

—Señorita...

Agnes apura el paso hacia la puerta; de espaldas, antes de marcharse, le dedica una peineta al agente Bascoy.

Él no sabe muy bien cómo actuar. No puede ordenarle que se quede ni arrestarla. Beber whisky o pasearse con transparencias y una prenda de ropa interior en la mano no está tipificado como delito. Tampoco contar historias raras.

El agente Bascoy ve desaparecer las caderas de Agnes al otro lado de la puerta automática.

Solo entonces se da cuenta de que se ha dejado la prenda de lencería sobre el atril. ¿Qué puede hacer con ella? La sujeta con la mano y constata lo que le había parecido: está ajada, especialmente rugosa en la parte del trasero a causa del roce con unos pantalones. La estira, es enorme.

El agente Bascoy apunta en su cuaderno: «Las bragas de Polifemo». Luego tacha «bragas» y escribe por encima «ropa interior». Después tacha «Polifemo». La inventiva no es el trabajo de un policía nacional. Guarda en su cajón las notas y la prenda de algodón.

Dos semanas más tarde su jefe, buscando un archivo, encontrará las bragas en el cajón del agente Bascoy, lo cual le acarreará no pocos problemas y afectará a su meteórica carrera. Pero esa historia ya nada tiene que ver con la chica ni con Luis Foret. En lo que respecta a la chica, lo único que ha hecho el agente Bascoy ha sido tomar notas en su cuaderno.

Eso hacemos la mayoría. Hasta los más rigurosos. Apuntamos en un cuaderno, apuntamos en el bloc de notas del móvil, apuntamos mentalmente. Reflexionamos sobre lo que pudimos haber hecho y no hicimos, sobre lo que hicimos y pudimos no haber hecho. Luego lo dejamos pasar. Simplemente dejamos que suceda, que el mundo siga su curso.

A menudo lo que la vida tiene para ofrecernos se reduce a una colaboración en nuestra propia biografía.

El hombre que sería Luis Foret

(Una biografía)

POR AGNES ROMANÍ

(CON LA COLABORACIÓN DE LUIS FORET)

1

El relato de Shahriar

Hydra (Grecia), junio de 2011

Las verdaderas historias no suceden en orden cronológico, esa fue una de las primeras cosas que me dijo Luis Foret cuando me encargó escribir su biografía. Una vida es un mosaico hecho con un puñado de fragmentos, no un millón de teselas como aquel de Pompeya, dijo, sino tan solo nueve o diez: esa es la dificultad para una biógrafa, dar sentido a un dibujo con diez teselas sin que parezca un garabato infantil. Tendrás que saltar hacia adelante y hacia atrás, dijo, y luego volver a saltar, solo así hallarás el significado del conjunto, como un cuadro, no como una melodía. Luego añadió: si yo escribiese la historia de Luis Foret, colocaría como primera tesela una imagen del golfo Sarónico un año antes de que existiese un hombre llamado Luis Foret.

Un músico con bigote y camisa blanca de lino toca el buzuki en el puerto de Hydra sentado en un bolardo de amarre plano como la cabeza de una serpiente. El sol cuelga sobre el Peloponeso negándose a iniciar el descenso e ilumina un día eterno. Shahriar canta al compás de las notas sincopadas, altivas y discretas como las mujeres griegas:

—Ena dio kai tria kai tessera...

El hombre que sería Luis Foret no puede dejar de admirar la facilidad de Shahriar con los idiomas. A decir verdad, en esa soleada tarde de junio, no puede dejar de admirar a Shahriar. Con el paso de los años, afirma, si le hicieran elegir una tarde, solo una, en la que sintiera eso que se suele llamar felicidad, elegiría las primeras horas de aquella tarde.

Aunque es cierto que el paso de los años tiende a confundirlo todo.

—Es muy fácil —explica ella leyéndole el pensamiento—: uno, dos y tres y cuatro, ena, dio, tria, tessera, hasta tú eres capaz de aprender eso en griego.

Le gusta verla sonreír a golpes de buzuki, con los brazos descubiertos, los poros diminutos abiertos al sol. Su sonrisa dibuja un futuro halagüeño; en sus ojos persiste un poso de tristeza. Ha pasado los dos últimos días encerrada en el hotel por culpa de una gastroenteritis. O eso creen aún en esa soleada tarde de junio.

—Así que esta es la luz de Grecia —dice estirándose en la silla como una niña perezosa.

Una pequeña embarcación de recreo se aproxima al puerto dejando una estela en el agua. El barco se llama Calipso, como la amante con la que Ulises se entretuvo mientras Penélope aguardaba su regreso. Una mujer se asoma en la cubierta de Calipso y silba al hombre del buzuki metiéndose dos dedos en la boca.

—Creo que me quedo con la luz antes que con la Acrópolis —dice Shahriar sorbiendo té helado por una pajita—. Si tuvieras que escoger una cosa de Grecia, ¿con qué te quedarías tú?

La mujer amarra un cabo donde antes estaba el músico, que se aleja sin dejar de tocar su instrumento y sonríe a Shahriar. Ella se despide con un gesto de la mano. Un hombre nórdico sale de la carlinga con una silla de bebé. La mujer coge de dentro a un niño que balancea el cuello como si, agarrado apenas por un clavo, se fuera a desmontar. De un salto, madre e hijo abandonan el barco y ponen pie en el muelle.

—¿A quién se le ocurre? —dice el hombre que sería Luis Foret—. Traer a un niño tan pequeño en ese barco.

—Calla, pesado —dice Shahriar sin dejar de sonreír—, es maravilloso. ¡Cómo me gustaría ser ese niño! ¿No te habría gustado que tus padres te trajeran a Grecia? Los niños de ahora tienen suerte. Para ellos el mundo es un lugar muy pequeño.

—¿Y eso es una suerte?

—¡Claro que sí! Yo solo quiero ver el mundo. Pero ya soy tan mayor...

Luego lo mira durante unos segundos y se echa a reír haciendo burbujas con la pajita en el té. En esa soleada tarde de junio Shahriar no supera los veinticinco años.

—¿Podemos volver al hotel en burro? —pregunta como la niña que pide permiso al adulto.

En Hydra no circulan vehículos a motor. Por la isla solo puedes desplazarte a pie, en burro o en barco. En la pinza de la herradura que forma el puerto, una hilera de asnos con jaeces de colores espera a los turistas para ascender a los hoteles de las colinas.

—¿Ya quieres volver al hotel?

—¡Nooo! —dice estirando la o—. Quiero ver el sol, quiero verlo hasta que se ponga.

En la mesa de al lado unas chicas juegan al tavli, el backgammon griego; capturan fichas a gran velocidad golpeando con las suyas el tablero de madera. Cuando se han ido los excursionistas, Hydra es un remanso de paz; solo las partidas de tavli y las notas de buzuki desafían la parsimonia.

—Pero podemos volver en burro —insiste Shahriar.

Él hace un gesto de indiferencia con los hombros.

Por el horizonte azul se aproxima a saltos una araña gigante que enturbia la tranquilidad. Es un Delfín Volador, un aerodeslizador que une Hydra y el Pireo en menos de dos horas. Las jóvenes griegas recogen el tablero y las fichas discutiendo quién ha ganado la partida inconclusa. La más bajita de las dos enciende un cigarrillo, la más alta utiliza el pitillo de su amiga para prender el suyo. Mientras aspiran el humo, el hombre que sería Luis Foret se da cuenta de lo mucho que le gusta oírlas hablar en griego.

—... ena dio kai tria kai tessera... —canturrea Shahriar al verlo distraído con las otras chicas.

A Shahriar parece satisfacerla ese juego. Disfruta haciéndose la celosa aunque ellos dos nunca hayan sido más que compañeros afectuosos. En esa soleada tarde de junio, al hombre que sería Luis Foret le resulta sencillo explicar por qué no han sido más que amigos: él es mayor, está casado en segundas nupcias, tiene una niña pequeña, es el jefe de Shahriar en el departamento de Literatura Comparada. Motivos de sobra por separado, abrumadores en conjunto.

Pero una cosa son los motivos y otra la realidad: rara vez coinciden. La realidad es que nunca han sido más que amigos porque ella no ha querido. Aunque, a veces, afirma Foret, parezca lo contrario.

Están en Hydra recopilando información para una investigación sobre Leonard Cohen que él paga de su bolsillo —así no tiene que dar explicaciones en la universidad—, y comparten habitación de hotel.

—Con camas separadas —había insistido ella.

—Con camas separadas, por supuesto. ¿Quién te crees que soy? Tengo una hija, ¿recuerdas?

—Ya —había dicho ella—. Pero con camas separadas.

Que su mujer piense que duermen en dos habitaciones no le genera remordimientos. No ha ocurrido nada de lo que arrepentirse.

O sí, afirma Foret. Quizá de lo que uno deba arrepentirse más a menudo es de las ocasiones en las que no ha ocurrido nada.

Las jóvenes griegas esperan ya en el borde del muelle al Delfín Volador, que rodea la muralla mientras escupe agua. El ruido del motor parece el de una enorme cisterna. La chica más alta, de nariz aguileña y hombros caídos, tira el cigarrillo al suelo y un par de gatos escuálidos se acercan corriendo pensando que la colilla es comida.

En Hydra hay tantos gatos que se hace difícil no tropezar con ellos. Negros, alargados y huesudos, como pequeños acordeones, duermen en cada escalón, en cada esquina en la que encuentran sombra. Al contrario que Shahriar, los gatos de Hydra aborrecen la luz de Grecia.

—Putos gatos —dice Shahriar y por vez primera en el día se le borra la sonrisa.

Shahriar sigue a rajatabla los extraños preceptos de sus supersticiones. Le repugnan los gatos, le inquietan los treces, evita a los pelirrojos, congela a las personas. Cuando cree que un compañero de la universidad tiene malos deseos hacia ella, escribe su nombre en una tira de papel y la deposita en el fondo del congelador. Así, dice, neutraliza el mal de ojo.

De la pajita de Shahriar se desprenden pequeñas gotas de té helado que ahora llueven sobre su ejemplar en inglés de Zorba el griego, con un burro negro y casas blancas de estilo naif en la portada. En la página de guarda ha dibujado con lápiz de grafito unos trazos que dice que le recuerdan al hombre que sería Luis Foret bailando sirtaki.

—¿Te puedes creer que nunca lo he leído?

Se lo dice blandiendo el libro en su mano huesuda como los gatos negros de Hydra. En esa soleada tarde de junio, Shahriar no sabe que ya no tendrá tiempo de leer Zorba el griego.

Aquella mañana por fin habían podido abandonar la habitación compartida y pasear por la isla.

Los días anteriores ella le decía que se marchase y la dejara sola, pero de ninguna manera podía abandonarla como estaba, escurriéndose en el retrete, enroscada sobre sí misma, con el rímel corrido alrededor de sus ojos enormes, el rostro descompuesto como si uno de sus pómulos se hubiese dislocado, un amargo olor en el aliento.

—Debo de estar preciosa —le decía—. En breve me dejarás por una griega.

Como si él pudiera dejarla por alguien. Como si pudiera.

—Camas separadas —objetaba el hombre que sería Luis Foret agitando un dedo y ella entornaba los ojos con ternura.

Luego, cuando se encontraba algo mejor, se daba un baño de espuma y le concedía permiso para que permaneciese junto a la bañera, sentado sobre el inodoro. Del agua sobresalían rodillas, brazos y cabeza, el resto de Shahriar estaba cubierto por un manto de burbujas blancas. Hablaban hasta que se le arrugaba la piel.

—Ya parezco tan mayor como tú —le decía enseñándole las manos y le ordenaba salir del baño.

Él esperaba obediente en la habitación imaginándola completamente desnuda al otro lado de la puerta. Solo tenía que girar el pomo. Un giro de la mano solamente.

Entonces llamaba por teléfono a su mujer, hablaba unos minutos con ella y después le pedía que le pusiera a la niña. Shahriar salía del cuarto de baño, con el albornoz abriéndose lo justo en el pecho, sujeto por un alfiler invisible, y preguntaba moviendo la boca sin que emergiera un hilo de voz:

—¿Es ella? Mándale saludos.

Él se llevaba el índice a los labios.

—Habitaciones separadas —respondía sin hablar.

A los cinco o diez minutos ya estaba de nuevo retorcida vomitando.

Así, afirma Foret, habían sido sus primeros días en Hydra.

Aquella mañana la salud de Shahriar parecía haber hecho un gran progreso y estaba dispuesta a empezar el recorrido.

Lo primero que acordaron hacer fue acercarse a la casa que Leonard Cohen adquirió en Hydra en 1960 con la herencia de su abuela, una vivienda encalada como casi todas en la isla, con una hiedra descuidada y un llamador gris en forma de estrella de David. Desde el hotel habían tenido que descender hasta el puerto y pasar por delante de los burros, las tiendas de souvenirs y los excursionistas que escupía el Delfín Volador.

Luego Shahriar había comenzado a brincar por unos empinados escalones blancos. Se detenía delante de las puertas de colores y de los árboles florales con entusiasmo infantil. Arrancó una anémona azul y se la colocó a caballo sobre la oreja. De vez en cuando su rostro se nublaba, apenas una fracción de segundo: él le preguntaba si estaba bien, ella recuperaba su vitalidad y agitando un poco la mano indicaba que estaba perfectamente.

Llevaba un vestido de gasa verde que le llegaba a la altura de las rodillas, pero con sus saltos, siempre ocho o diez escalones por delante, a él le resultaba sencillo ver sus muslos y la sombra oscura de su ropa interior.

Shahriar golpeó el llamador de la estrella de David contra la puerta.

—Espera —dijo él—. ¿Qué vamos a decir si nos contesta alguien?

—Ya se nos ocurrirá algo —respondió encogiendo los hombros.

Pero no contestó nadie.

Afirma Foret que sintió un profundo embarazo. ¿A quién quería engañar? ¿Qué podían sacar en limpio de Hydra? Hacía cincuenta años que Leonard Cohen había vivido allí. Aquel puñado de bohemios, poetas, pintores, vividores escasos de fondos, todos los que habitaron Hydra junto a Cohen en los sesenta, ya no estaban, los que no habían muerto eran ahora abuelos a los que la demencia senil dañaba más de lo que había hecho el ácido. Tampoco los habitantes locales recordarían a Cohen o a su amante, Marianne, solo los más viejos, y sus historias, poco rigurosas, serían inválidas para un trabajo universitario serio. Lo sabía. Siempre lo había sabido. Por eso había decidido pagar todo de su bolsillo, porque no quería dar explicaciones en el departamento sobre el viaje de quince días a una isla griega con una compañera de veinticinco años.

Shahriar lo miraba divertida leyendo lo que le pasaba por la mente. Que nadie abriese la puerta de la casa de Leonard Cohen no daba la impresión de contrariarla. Para ella, el hombre que sería Luis Foret era un libro abierto. Lo último que leyó con sus ojos no fue Zorba el griego, fue el interior de la cabeza de Foret. Eso parecía complacer a Shahriar. Parecía saber que las piernas que unos minutos antes había exhibido con sus saltos lo complicaban todo. Parecía que le agradasen las complicaciones, afirma Foret, como al escapista que va poniendo más y más cerrojos sobre su cuerpo antes de echarse al agua para, en un sencillo movimiento, liberarse de sus ataduras y salir indemne a la superficie

Le dio una palmada en la espalda al hombre que sería Luis Foret:

—No te desanimes, nos quedan muchos sitios donde buscar, muchas preguntas por hacer, esta es solo nuestra primera visita, tenemos trece días por delante.

Le enseñó los dedos cruzados de ambas manos cuando dijo «trece».

—Y tenemos que verlo todo —añadió.

Ahora el Delfín Volador se aleja hacia los montes del Peloponeso devolviendo la placidez a la terraza del puerto. Shahriar sorbe por la pajita, pero ya no hay té, solo unos hielos cada vez más diminutos. Tararea «Suzanne». Lo mira y se ríe arqueando sus cejas frondosas. No sabe que pronto se quedará sin ellas. Le agarra la mano y se acarician durante unos segundos como lo harían dos amantes. Frente a ellos pasean arrastrando los pies dos ancianos pequeños y robustos, con gorra gris de pescador y pantalón de pana, acariciando un komboloi, un rosario griego, con la misma delicadeza con la que ellos acaban de rozarse las manos.

—Entiendo que Leonard se enamorase de esta isla —dice Shahriar—, imagínatela sin turistas, sin ordenadores, sin televisión, sin electricidad: casi puedo verlo escribiendo en su casita encalada, con flores rojas en la hiedra, golpeando la máquina de escribir, descendiendo las escalinatas, dándose un baño en el puerto entre las barquitas de pescadores de madera recién pintada, comprando naranjas por un puñado de dracmas, aceitunas y tomates en una bolsa de tela, escribiendo de nuevo, tocando la guitarra, haciendo el amor con Marianne cuando ya la luz del día se ha ido... ¡Mudémonos aquí!

—Ahora hay turistas, ordenadores, televisión, electricidad, y si te bañas en el puerto, la hélice de un pequeño yate te amputará un miembro.

—Y no está Marianne —dice Shahriar con una sonrisa traviesa.

—Cierto. Yo no tengo a Marianne —dice. Luego añade—: Y tú no tienes a Leonard.

El sol por fin parece darse por vencido y comienza parsimonioso su descenso. El mismo sol, ahora tímido, que picaba con rabia en los ojos al mediodía. Habían comido en una terraza junto al mar. En realidad, solo comió él; Shahriar trató de meterse en la boca un trozo de sardina, pero lo escupió en la mano y luego lo tiró al suelo. Los gatos se abalanzaron al instante.

—Putos gatos —dijo.

—Tienes que comer algo, llevas dos días sin probar bocado —le reprendió él.

—La gastroenteritis no me va a venir nada mal —dijo alisándose el vestido sobre el vientre y ciñéndoselo de forma que sus pechos se redondearon bajo la gasa verde.

Afirma Foret que fue en ese momento cuando la familia británica con unos niños pelirrojos pasó por la terraza y Shahriar se puso muy nerviosa.

Siempre que ve un pelirrojo debe tocar un botón porque, según uno de los preceptos de sus supersticiones, así contrarresta la mala suerte que provoca la pigmentación rojiza. Como no hay botón en su vestido, tiene que buscarlo en el atuendo de su acompañante. El hombre que sería Luis Foret lleva una camiseta a rayas y solo tiene un botón en sus bermudas caquis. Ella se lanza a por él como los gatos a la sardina y, al alcanzar su cabeza metálica en forma de seta, su mano roza una pequeña erección.

Afirma Foret que cualquier otra dejaría pasar el incidente. Pero Shahriar la escapista, no, ella nunca.

—Perdón —dice divertida—. Perdón. La culpa es de los pelirrojos.

Él niega con la cabeza. Incómodo sobre todo porque no sabe exactamente qué está negando. Cómo explicarle que la sensación por la que ella se disculpa le ha resultado agradable.

—Te debo una —dice ella con un guiño—, te debo una.

¿Qué le debe? ¿Haberla salvado de los pelirrojos? ¿Haber rozado su miembro?

Afirma Foret que ocho años después aún lo atormenta preguntarse por qué no se cobró la deuda. Por qué no le dijo que fueran al hotel. Por qué prefirieron sentarse en la terraza del puerto durante horas a ver la vida pasar hasta que ella no pudo verla más. A menudo se dice que si hubieran ido a la habitación compartida y hubieran hecho el amor, nada habría pasado, como si aquello fuera a ahuyentar lo que se estaba fraguando en el interior de Shahriar como uno ahuyenta los malos presagios de un pelirrojo tocando un botón.

Y qué distinta habría sido su vida entonces, la vida de ambos, porque lo que pasó después los cambió para siempre.

Nunca más volverá a dejar una deuda sin cobrar.

A veces, afirma, el gesto más insignificante varía una vida por completo, a veces el destino pende de un hilo y no somos nosotros quien lo dirige, sino los demás.

Pero en ese momento Shahriar ya estaba sentenciada. Lo único que habría cambiado si hubiesen ido al hotel es que habría hecho el amor con ella. Quizá sea eso lo que lo atormente.

Lo que hizo fue pedir un yogur con miel a la camarera y una manzanilla para Shahriar. Luego llamó a su mujer, habló unos minutos con ella desde la terraza y le dijo que le pusiera a la niña. La voz del hombre que sería Luis Foret enunció una docena de preguntas, pero su cerebro dejó pasar de largo cada una de las respuestas de su hija. Lo que recuerda de ese momento es el dulzor de la miel y los ojos de Shahriar ocultando bajo las cejas una mueca de dolor.

En el puerto, el Delfín Volador se ha esfumado ya de la línea del horizonte y el sol es solo una lengua de fuego. Shahriar canta «Suzanne» y sus ojos aspiran los últimos rayos de luz. Luego se apagan. Simplemente se apagan.

—No veo el sol —dice alarmada—. ¿Dónde se ha ido el sol?

—Se ha puesto —le dice el hombre que sería Luis Foret—. Volverá a salir, no te preocupes.

Agarra su mano con cariño; le habla como le hablaría a su hija pequeña. Ella se zafa de un tirón.

—Que no, joder, que no veo, no veo nada.

Entonces mira hacia él. En realidad no mira. Dirige la cara hacia donde está él, con ojos hueros, desconocidos. Podría ser un juego, otro de sus juegos, pero no con esos ojos, no con ese vacío. El vaso de té helado cae al suelo y se rompe, los hielos, pequeñas piedrecitas, ruedan hasta el lugar donde el hombre tocaba el buzuki y los gatos los devoran.

La edición de Zorba el griego queda olvidada encima de la mesa, Shahriar ya nunca podrá leerlo, tal vez lo lea alguien que llegue después, tal vez le cambie la vida. Los otros, sus gestos, sus palabras, sus libros olvidados, esos, afirma Foret, esos nos cambian la vida.

—Léeme «Catedral» —dice.

Él está al otro lado de la línea telefónica. Han pasado siete semanas desde que regresaron de Grecia.

—¿Qué?

—«Catedral», de Carver. ¿Lo tienes en casa? Ve a por él y léemelo, yo te espero aquí.

—Claro que tengo «Catedral» en casa, soy profesor de Literatura, ¿recuerdas? Pero, ¿crees que «Catedral» es el mejor relato...?

—¿Ahora vas a discutirme qué relatos debo escuchar y cuáles no?

Shahriar es más áspera desde que perdió la vista. Ya no es la joven aniñada que conoció. Actúa como si el mundo le debiese algo y quién podría culparla de eso. Sucede que, como no puede dirigirse al mundo, reclama la deuda a quienes la rodean. Tampoco es que el hombre que sería Luis Foret la rodee ahora. Shahriar vive con sus padres en un pueblo junto al mar, va y viene al hospital una vez por semana. Ya nunca la ve aunque hablan a menudo por teléfono.

—Lee —le dice.

Él comienza la lectura de la historia del ciego de Raymond Carver.

Durante el relato permanece callada. Cada cierto tiempo él le pregunta si sigue ahí, se siente absurdo recitando los párrafos a un teléfono móvil. Ella contesta que sí, que sigue ahí y, por su tono, parece disfrutar con la narración.

—Me gusta tu voz —le dice—. Nunca me había dado cuenta de cuánto me gusta tu voz.

Ahora la voz lo envuelve todo, envuelve la vida de Shahriar.

Siente ganas de abrazarla como la abrazó en el Delfín Volador, de regreso a Atenas. Era de noche y el mar se revolvía; afirma Foret que durante todo el trayecto hasta el Pireo tuvo la impresión de avanzar dando brincos sobre el agua. Cada vez que la pesada embarcación caía sobre el mar una nube de agua salada anegaba los cristales y parecía que iban a naufragar. Con cada salto los pasajeros daban gritos agudos en la cabina. Afirma que pensó que no era el peor momento para morir ahogados. Shahriar se aferraba a él y al mismo tiempo agarraba una pequeña bolsa de papel por si regresaban las náuseas. En el ambulatorio de Hydra le habían dado una pastilla para cortar el vómito, pero se habían mostrado impotentes ante la repentina ceguera. Un par de médicos de guardia, un hombre mayor y una mujer de mediana edad, se habían mirado, habían hablado sucintamente en griego y les habían aconsejado que embarcaran en el primer ferri hacia Atenas. El hombre que sería Luis Foret recuerda a Shahriar en el Delfín Volador, con el vestido de gasa, suave como la piel de sus brazos, canturreando Leonard Cohen con voz quebradiza. Sus pupilas le atravesaban el esternón, atravesaban las ventanas, atravesaban el mar de vino que antes, hacía un suspiro, había sido plácido y azul.

Quiero que sepas que nunca voy a dejarte, Shahriar, siempre voy a estar ahí para ti, afirma Foret que le dijo como se le dice a las amantes a las que pronto abandonarás.

—Las cintas —le dice.

—¿Qué cintas?

—Las cintas que la mujer le graba al ciego en «Catedral».

Ella se sabe el cuento de memoria, palabra por palabra; él imagina que en las últimas semanas ha pedido a otras personas que se lo lean. ¿También a ellos les dirá que le gusta su voz?

—Quiero que me grabes cintas, que me cuentes historias, lo que te pasa. No sé, tú eres el profesor. Lo peor de la ceguera es el aburrimiento, no puedo leer, no puedo ver la televisión, no puedo hacer nada, necesito entretenerme.

Le dice que sí, que hará lo que le pide, le enviará grabaciones, tratará de entretenerla. Le dice que esto será transitorio.

—Claro que será transitorio —dice ella—, hasta que me encierren en un sepulcro en este reino junto al mar.

Al principio es difícil. Si uno se pone a narrar en voz alta lo que le ocurre a lo largo del día, afirma Foret, es fácil que acabe cayendo en la depresión: todo se revela un enorme sinsentido.

Absurdamente, considera una falta de respeto hablarle de su mujer y, por extensión, también de la niña, así que pasa por ellas de puntillas. Tan de puntillas que acaba por creer que son una parte accesoria de su existencia, no más importante que un libro ya leído o una película sobre la que has grabado otra.

Hacer una recensión de tu vida puede provocar que pienses que tu vida es solo la recensión y nada más. La jerarquización lo es todo, afirma, de pronto la vida sigue el orden que marca algún tipo de algoritmo. Lo que no entra en la grabación no existe, es circunstancial, como dormir y hacer de vientre.

Incluidas las personas. Sobre todo las personas.

Shahriar le pregunta en ocasiones:

—¿Tan poco ves a tu mujer y a tu hija?

Un día se lo dice, el hombre que sería Luis Foret le dice que, aunque pueda parecer un disparate, se comporta como si alguna vez hubiesen sido amantes.

Ella, por toda respuesta, le regala la letra de aquella vieja canción. «Suzanne». Hydra. Leonard Cohen. La investigación, claro, ha quedado en nada, pero eso él no se lo explica a Shahriar. Ella tampoco pregunta.

—No me llames más por teléfono —dice ella—. Grábame cintas.

El hombre que sería Luis Foret obedece compulsivamente. Aunque no tenga nada que contarle, coge la grabadora, introduce la cinta de casete, aprieta el botón rojo y habla sin parar. Le habla a un armatoste negro pasado de moda que parece una tostadora. Habitualmente lo hace desde el despacho en la universidad, aunque a veces también desde casa cuando su mujer ha salido. Sus discursos, afirma, no son más que una desordenada sucesión de vacilaciones que solo interrumpe cuando la cinta de cromo llega a su fin y el botón de grabación salta con estruendo. Entonces da la vuelta a la cinta y continúa. Luego la mete en un sobre pardo y acolchado. A mediodía, a la hora de comer, entra en la oficina de correos, saluda con amabilidad a la empleada y envía el paquete.

Convierte el proceso en una rutina.

Ella responde con pequeñas notas manuscritas, no diarias como sus cintas, quizá dos veces por semana. Los renglones torcidos se montan unos encima de otros, a veces se superponen tan enteramente que resulta imposible descifrarlos. Pero es su letra, de eso no cabe duda, la conserva intacta a pesar de la ceguera. El alfabeto, los trazos femeninos, afirma Foret, no están en sus ojos, están en su muñeca, en la posición con la que sus yemas sujetan el bolígrafo, en un giro de la mano izquierda. Reproduce su caligrafía con precisión automática. No escribe más que una carilla y apenas habla de sí misma, sino de lo que él le cuenta. Sus notas siempre terminan con estas palabras:

Cuéntame más, Scheherezade.

Las cintas que provocan mayor interés en Shahriar son aquellas en las que el hombre que sería Luis Foret le confiesa sus inclinaciones eróticas, tan limitadas hasta ese momento. Kathy, la mujer de la que se divorció y con la que se acostaba por obligación; Anne Marie, la madre de su hija, con la que durante un tiempo solo practicó sexo oral; Ilsa, a la que escuchaba en la habitación contigua con hombres que nunca eran él. Afirma Foret que cuando le cuenta estas cosas, el trazo de Shahriar es más fuerte, las letras más grandes:

CUÉNTAME MÁS, SCHEHEREZADE.

Pero algo sigue sin funcionar. Demasiadas vacilaciones mientras graba las cintas. Sus discursos son poco convincentes. Escucha siempre los primeros minutos antes de enviarlos y se avergüenza, así que decide escribir lo que va a decir antes de grabarlo. A partir de entonces, los sobres pardos y acolchados ya no contienen monólogos. A partir de entonces contienen narraciones, relatos, cuentos.

Novelas.

Así, resumido, parece muy sencillo pero es un proceso largo; tarda semanas, meses.

Empieza a dar forma a las historias, afirma, hasta que las historias dan forma a su vida.

Ella dice: me encantan tus cuentos, Scheherezade, no dejes de escribirlos. «Cuéntame más.»

Descubre las vívidas imágenes que es capaz de crear solo por Shahriar, solo para ella. Nunca creyó que tuviera esa capacidad. Es Shahriar quien convierte en escritor al hombre que sería Luis Foret.

Pero sus obsesiones sexuales son repetitivas, limitadas. Una vez puestas sobre el papel, el relato se repite una y otra vez.

Reflexiona sobre sus historias, reflexiona sobre sí mismo.

Le dice a Shahriar que en lugar de fantasear debería acostarse con otras mujeres y así tener algo que contarle.

Ella responde: eso sería maravilloso, Scheherezade. «Cuéntame más.»

Se acuesta con varias mujeres: es infiel por primera vez en Zadar con una de sus alumnas, una chica silenciosa llena de cicatrices.

Su mujer y la niña son un estorbo para sus narraciones, poco más que eso, así que acepta el encargo de impartir un curso de tres meses en el extranjero. Las posibilidades que eso ofrece de ensanchar las grabaciones entusiasman a Shahriar.

Cuéntamelo todo, Scheherezade. «Cuéntame más.»

Las historias se multiplican, se hacen más intensas, se vuelven más complejas. Solo que entonces ya no tiene el mismo tiempo para escribirlas, ya no puede dedicarles el mismo número de horas. Tampoco para grabarlas en cintas de cromo. Mucho menos para pasarse por una oficina de correos, sin contar con que los envíos de paquetería desde el extranjero son costosos y tardan mucho en llegar.

Primero, envía una cada dos días; luego una cada semana; después en semanas alternas. Más tarde, pasa un mes entero sin enviarle nada. Sin saber nada de ella. Está demasiado ocupado; pronto lo lamentará. Los relatos que escribió y recitó a una cinta de casete acaban en una carpeta en el fondo de un armario. La grabadora que parece una tostadora, en el contenedor de basura de una playa junto a un chaval que improvisa solos de batería.

Un día le llega un sobre pardo, acolchado, como los que él enviaba a Shahriar.

Dentro no hay cinta, sino un libro: la edición en rústica, en inglés, de Zorba el griego, con casitas blancas y un burro negro. En la página de guarda, con trazos vacilantes, un dibujo hecho con lápiz de grafito. Solo él sabe lo que es: el dibujo del hombre que sería Luis Foret bailando sirtaki.

Un ejemplar como el que dejaron atrás en una terraza de Hydra entre los restos de frappé y té helado, entre gatos escuálidos y jugadoras de tavli, entre asnos y bebés en barcos de recreo, entre notas sincopadas y komboloi, entre yogures con miel y falsas esperanzas de felicidad.

Un ejemplar semejante, nunca el mismo, ya nada será lo mismo, afirma Foret; a saber dónde acabó el original, igual en una papelera en el puerto, al lado de un músico que acaricia el buzuki.

Junto al libro, en el sobre acolchado, una nota, dos renglones torcidos con esa caligrafía que conoce tan bien:

No espero nada. No temo nada. Soy libre.

Hasta tú podrías aprender esto en griego, Scheherezade.

Documento anexo N.º 1

Transcripción literal del off de un informativo de televisión

Madrid, 14 de diciembre de 2019

... Y en el mundo de la cultura la noticia del día es el anuncio de la retirada de Luis Foret. En una escueta rueda de prensa su editor en España ha comunicado que el famoso autor prepara en la actualidad su último libro antes de abandonar definitivamente la escritura.

Luis Foret saltó a la fama en 2012 con la publicación de su primera novela, Una chica de principios. El volumen se convirtió en un éxito de ventas inmediato tanto en España como en Estados Unidos. A Una chica de principios se sumarían después otros cinco libros, el último de los cuales, Disparando rayos de tristeza, llegó a las librerías en la Navidad de 2017. En total, se calcula que las obras de Foret han vendido más de diez millones de ejemplares en todo el mundo y se preparan dos películas y una serie inspiradas en sus obras.

HBO anunció el pasado noviembre que la miniserie que llevará por título Shahriar llegará a las pantallas antes del verano. Basada en la novela homónima de Luis Foret, cuenta la trágica historia de una joven que pierde la vista por culpa de un tumor cerebral. La serie se rodará en Grecia, donde Shahriar se ha convertido en todo un fenómeno. Una mesa de una terraza frente al puerto de la isla de Hydra se ha convertido en un lugar de peregrinación para los fanáticos de Luis Foret; allí se acumulan los libros abandonados en memoria de Shahriar, la protagonista de la historia. Hay quien dice que fue el propio Luis Foret quien inauguró la tradición al dejar allí un ejemplar de su debut literario. Sea como fuere, los lectores han perpetuado esta costumbre que nace de la propia novela, ya que en ella Shahriar olvida sobre la mesa un volumen de Zorba el griego. El dueño del establecimiento, que al principio se sentía molesto por este hábito, ha decidido aprovechar los libros que dejan amontonados los fans para instalar una biblioteca gratuita dedicada a Luis Foret en su negocio.

Pero no todo es idílico para Luis Foret. El pasado año, por primera vez desde su debut editorial, faltó a la cita navideña con sus lectores. Tras dos años de parón se había levantado una gran expectación en las últimas semanas ante la posibilidad de que esta Navidad llegase una nueva entrega editorial del famoso autor, pero parece que sus numerosos admiradores tendrán que seguir esperando.

Su editor en España ha reconocido al fin lo que era un secreto a voces. Foret sufre el bloqueo del escritor. En la correspondencia con sus editoriales en lengua inglesa y castellana, ha confesado que ha perdido «el placer de la literatura». No obstante, hay una buena noticia para los seguidores de Foret. El editor ha asegurado que el próximo año, si nada lo impide, habrá nuevo libro del autor, que también será el último. A esto se ha comprometido el escritor. Poco sabemos de ese nuevo trabajo, más allá de que será una obra de ficción con tintes autobiográficos.

Así pues, es posible que esta novela arroje un poco de luz sobre la figura de Luis Foret. Quizá lo más característico del autor no esté en su obra, sino en el misterio del que ha sabido rodear a su figura. Tanto su editorial española como la norteamericana, las únicas con las que mantiene correspondencia directa, aseguran desconocer cualquier dato biográfico de Foret. No existe foto conocida de él y ni siquiera hay una garantía de su nacionalidad, aunque su editor en castellano afirma sin dudarlo que nació en España, algo que al Ministerio de Hacienda, en cambio, no le consta.

Como era de esperar, han surgido teorías más o menos disparatadas acerca de su identidad, hay quien afirma reconocer a familiares o amigos en los relatos de Foret, e incluso tres cuentas anónimas en Twitter aseguran ser Luis Foret. La realidad es que nadie ha podido aportar una sola prueba que fundamente estas afirmaciones.

Así como sus fans son numerosos y militantes, Foret se ha encontrado también con la indiferencia, cuando no el desprecio, de la mayoría de los críticos. Recientemente se han levantado voces que declaran que Foret ni siquiera es una persona, sino un producto del marketing editorial. Una investigación de este mismo año de un periodista del New Yorker decía contar con testimonios fiables de autores de segunda fila que han ejercido de escritores fantasma en las novelas de Luis Foret para Macmillan, la editorial norteamericana del autor.

Frente a esta corriente que habla de Foret como un fraude está quien argumenta que el hecho de que lleve dos años sin publicar es la mejor prueba de que existe.

Este fan declarado de Foret nos lo decía esta mañana en una librería del centro de Madrid:

—¿Un producto del marketing? Sí, claro. ¿Desde cuándo los productos del marketing tienen el bloqueo del escritor?

Su editor en España está de acuerdo con los lectores de Foret:

—Se han dicho muchas tonterías al respecto. Si quieres que algo esté rodeado de polémica solo hace falta un ingrediente: el éxito. He publicado a autores que no han vendido ni doscientos ejemplares y ya os digo que nadie ha rebuscado en su vida, nadie se pregunta si sus obras las escriben ellos o veinte escritores a sueldo. Por mi parte, lo único que puedo confirmaros es que Luis Foret es una persona real. Yo mismo intercambio mails periódicos con él. Aunque no lo creáis, el primer interesado en saber más sobre su vida soy yo. ¿Quién es la persona con la que llevo ocho años hablando por correo electrónico? La respuesta es sencilla: Luis es una persona normal que no desea renunciar a su normalidad. Apuesto a que su vida es de lo más anodino que podáis imaginar.