Ahora en noviembre - Josephine Johnson - E-Book

Ahora en noviembre E-Book

Josephine Johnson

0,0

Beschreibung

Cuando llegan a la granja, huyendo de la Recesión, las tres hermanas saben que pisan un terreno incierto y vacilante: su padre les advierte de que la tierra está hipotecada. Han dejado atrás su vida anterior como si nunca hubiese ocurrido, y se preguntan si habrá algún lugar en el mundo en el que haya paz o seguridad. Aprenden a labrar y a sembrar la tierra cambiante, a amarla y a recoger sus frutos, a temer la sequía y los incendios. Diez años más tarde, se han acostumbrado al ritmo de las estaciones y a una vida con tan pocas novedades que la llegada de un joven campesino trastoca para siempre el frágil equilibrio de la casa. Publicada en 1935, cuando la autora solo tenía veinticuatro años, "Ahora en noviembre" convirtió a Josephine Johnson en la escritora más joven en ser galardonada con un Pulitzer. Narra un año en la vida de una familia de agricultores, envuelta en una niebla de esperanza a pesar del miedo a la deuda y a la miseria. "Su voz es, como siempre lo ha sido, muy propia, tranquila, precisa, reflexiva, tenaz." Granville Hicks, Literary Horizons

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 255

Veröffentlichungsjahr: 2022

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Josephine Johnson

Ahora en noviembre

Traducido del inglés por Ainize Salaberri

1.ª PARTEPreludio y primavera

1

Ahora en noviembre es cuando puedo ver nuestros años en conjunto. Este otoño es un final y un comienzo en nuestras vidas, y todos esos días que parecían confundirse con el borrón de todas las cosas que estaban demasiado cerca y eran demasiado familiares ahora son nítidos y extraños. Ha sido un año largo, más largo y más lleno de significado que los diez años que le han precedido. Hubo noches en las que sentí que nos abocábamos a una hora horrible y sin esperanza, pero cuando llegaba, se había desintegrado, porque estábamos demasiado cerca y apenas me daba cuenta de que había llegado.

Es ahora cuando puedo echar la vista atrás y observar los días como quien observa esas cosas que ya han pasado y que tienen más forma y significado que antes. Pero nada se termina o se olvida para siempre.

Todos los años se parecían entre sí, y se desdibujaban los unos en los otros, y pese a que la mente es una especie de colador o de arenas movedizas, recuerdo bastante bien el día que llegamos y los meses que le siguieron. Demasiado bien. Las raíces de nuestra vida, ancladas allí, en aquel marzo, se parecen a sus ramas de un modo extraño.

Las colinas estaban desnudas y no quedaba rastro de las hojas de invierno, pero los vergeles parecían estar en la flor de la vida. Estaban manchados con la tinta roja de su savia y la corteza los estrechaba a su alrededor, como si fuesen demasiado pequeños como para dar cobijo a las incipientes hojas. Era un lugar antiguo y la tierra había pertenecido a los Haldmarne desde la Guerra Civil, pero cuando llegamos nosotros llevaba años deshabitado. Solo unos granjeros la habían arrendado un tiempo, para marcharse después. La tierra era pedregosa pero prometedora, y las ovejas crecían y engordaban en los pastos cuyos salientes de piedras estaban erosionados, blancos como dientes de piedra atrapados por la escarcha. Había plantados por toda la colina unos vergeles estupendos, y cuando madre los vio aquel primer día, pensó que tendría que recoger la cosecha y transportar las manzanas por aquellas laderas empinadas, pero solo dijo que debería llegar una buena cosecha y que los árboles, aunque viejos, parecían robustos. «No hay negocio incluso aunque den frutos —recuerdo que dijo padre. Y añadió—: La tierra está hipotecada.»

Nadie contestó, y el carro siguió crujiendo y chirriando en los surcos. Merle y yo observamos los arrendajos, sus aleteos azules por entre las ramas, y escuchamos sus alaridos. De los olmos rebosaban brotes y el marrón se extendía por el cielo. Era precioso y los pastos estaban vacíos, y los nogales creaban una especie de sombra de color lavanda muy limpia. Las cosas eran extrañas y no tenían conexión, sin un patrón que una persona pudiese seguir fácilmente. Ahí estaban la tierra y el aire primaveral lleno de nieve fundida, y aun así, en aquel instante, ya había comenzado el miedo; la hipoteca, y padre, consumido en sí mismo por una irascibilidad amarga y por la amenaza del futuro. Pero madre se quedó allí sentada, muy callada. Él no le había contado que la tierra estaba hipotecada, y ella había pensado que al menos la tierra estaba libre de cargas y era un santuario, pese a que todo lo demás hubiese desaparecido. Pero incluso cuando también ella supo que pisaban un terreno incierto y vacilante, algo hizo que ella (algo que en aquel momento yo no sabía y que quizás no sepa nunca) aceptara la cosas con tranquilidad. Una especie de pozo de paz interior. Supongo que era fe. Aguantó muchas cosas y soportó mucho, y todo ello sin una pizca de duda o amargura; y el hecho de que permaneciese allí, confiada y sin inmutarse, o al menos fingiendo no hacerlo, era todo lo que necesitábamos saber en ese momento. Podíamos olvidarnos un rato de esa sensación de impermanencia y duda que había surgido de las palabras de padre. Merle en aquel entonces tenía diez años y yo catorce, y sentíamos que una gran aventura había dado comienzo. Pero lo único que hacía padre era contemplar los viejos graneros, que los años habían podrido.

Arnold Haldmarne, pese a que creció en aquellas tierras, y en ese momento volvía a unos acres que no eran muy diferentes a los que él solía labrar, no era un hombre hecho para la granja. Tenía la resignación que debía poseer un granjero, esa resignación que sabía lo inútil que era ansiar u odiar o rezar por una alubia siquiera antes de que fuese su hora. Se había ido de aquellas tierras cuando tenía dieciséis años y había terminado en Boone, donde se había abierto un hueco en las fábricas de madera. Había ahorrado y había ascendido robusto y lento como un roble o un fresno que crece con esfuerzo pero que es más valioso que cualquier álamo que se eleve más de dos pies en una temporada. Pero ahora estaba encogido hasta la raíz. Atravesar esa experiencia es algo extraño para el hombre, trabajar durante años por la seguridad y la paz, y que después, en unos meses, se disuelva todo en la nada; sentir el extraño vacío y la oscuridad de no ser ya ni querido ni necesario. Las cosas habían llegado lentamente para él y se le habían escapado con rapidez, y eso hacía que sintiese recelo incluso de la tierra.

Las camas viajaron con nosotros en el carro. Habíamos vendido el coche y la mayor parte de los muebles habían volado también. Dejamos atrás nuestra vida anterior como si nunca hubiese ocurrido. Solo trajimos aquello que nos pertenecía pues estaba en nosotros, las cosas que habíamos leído y las cosas que recordábamos, así como los libros que habíamos reunido durante tres generaciones, pero que no podíamos vender porque el mundo ya estaba completamente plagado de libros. Abandonamos un mundo totalmente patas arriba, confuso, que se gritaba a sí mismo, y aterrizamos en otro que no era menos duro y que no estaba menos preparado para frustrar a un hombre o para desterrarlo, pero que le daba al menos algo a cambio. Y eso ya era más de lo que el otro haría.

La casa, incluso entonces, ya era vieja; ni siquiera era de troncos, sino que estaba hecha como se hacían los establos, con tableros de madera. Estaba cubierta por enredaderas y hiedra roja entrelazada y pesada en el porche. Las parras sobre el pozo estaban negras en otoño y enmarañadas en el cenador, encima de la bomba. Padre encontró un nido de tordos encorvado en las vides deshojadas y lo quitó para que Merle no lo confundiera en primavera con un nido nuevo y se quedase esperando a unos pájaros que nunca vendrían. Ella lo llenó de piedras redondas y lo puso en la repisa de la chimenea, quizás porque pensó que el fuego haría que eclosionaran pájaros de piedra, no lo sé. Estaba llena de ideas y pensamientos extraños que nunca habían existido sobre la faz de la tierra. A veces, incluso parecía mayor que Kerrin, que había nacido cinco años antes.

Recuerdo aquella primera primavera en la que todo era nuevo para nosotros de dos formas: una de ellas está desdibujada por la preocupación y el miedo, como la niebla gris en la que padre estaba sumido; una niebla que no siempre era visible pero que siempre estaba, aunque se mezclaba con el amor que le teníamos a la tierra, cambiante y preciosa de mil modos diferentes cada hora. Recuerdo que el segundo día fue tormentoso y que cayeron copos de nieve del tamaño de un puño y que soplaba un viento noroeste que descendía desde las laderas, y que hizo temblar las ventanas hasta casi romper los cristales, mientras la nieve húmeda se estrellaba contra ellos. Creímos que aquello era el anuncio de cómo serían los inviernos en este lugar, pero cuando terminó, curiosamente, no hacía frío, incluso aunque hubiera casi dos pies de nieve en el campo y un viento que agitaba los nogales desde las ramas hasta la raíz y que arremetía como una sacudida a través de los robles. Merle y yo bajamos a un lugar pedregoso en el bosque donde las piedras se amontonaban hasta formar una cascada, y vimos las pompas de aire arrastrándose debajo del hielo, escabulléndose de un salto rápido y resbaladizo como renacuajos furtivos. Abajo, cerca de los cangrejos de río que vivían a poca profundidad, los helechos de limo eran verdes y frescos, y el sol apretaba tanto que caminamos con los abrigos abiertos de par en par y con los gorros guardados. Gran parte de todo lo sucedido, o eso me pareció después, fue como aquel comienzo, cambiante y tan equilibrado entre el viento y el sol que no podíamos decir que la balanza se inclinase por completo hacia el lado bueno o hacia el lado malo. E incluso entonces sentíamos que habíamos alcanzado algo traicionero y agradable a la vez, algo en lo que solo podíamos confiar que fuese inconstante, y que seguiría su camino como si nunca hubiésemos nacido.

2

Aquel primer marzo fue frío y la cosecha iba con retraso, recuerdo. Hay momentos de aquellos primeros años que no he olvidado jamás; palabras y días y cosas que vi y que permanecen en mi mente como una losa. No pasaban muchas cosas en nuestras vidas, y las que ocurrían se magnificaban en nuestra mente, de un modo descomunal, por la monotonía que las rodeaba. Aquella primera primavera se pareció mucho a las siguientes, pero posee un significado propio.

Kerrin se quejó por el frío crudo y era difícil mantener la casa lo suficientemente cálida, pero recuerdo un buen día, que llegó hacia el final, en el que nos tumbamos con cuidado en la hierba para no aplastar los acianos, y olimos su aroma primaveral. Aquel día las colinas eran de un verde pálido y ahumado, y todos los colores se mezclaron y fundieron, el rojo de las ramas de los manzanos silvestres se había convertido en una sombra lila, pero las manzanas tenían la piel de un color rojo sangre y dorado. Subimos hasta donde estaba en aquel entonces el establo, el de las tablillas grises con las vigas hundidas, que en su momento fue como una parte elevada de la mismísima tierra. Comimos allí, en la parte sur de su pared, y absorbimos todo el sol caliente de la primavera y el azul pálido deslavado que se extendía por detrás de los árboles, e incluso Kerrin parecía menos marciana y extraña. Padre tenía mucho que hacer y no podía malgastar su tiempo en excursiones, porque ganar lo suficiente como para sacarnos adelante y comer ya suponía bastante trabajo, y si además un hombre pensaba en apartar algo a un lado y apilarlo para otro momento, mantenía su nariz en el surco y su mano en el arado incluso mientras dormía. Madre lo esperaba para comer y pensábamos que probablemente les alegraba estar solos por lo menos durante la comida, sin que todos nuestros ojos estuvieran observándolos fijamente y enterándose de las cosas que decían, para recordárselas y repetírselas por si en algún momento se contradecían.

Nos sentamos en la ladera y observamos a los azulejos inspeccionando los árboles y los postes de las vallas, y podíamos ver el largo camino hasta la tierra baja donde estaba el riachuelo y los arces de largas ramas que seguían el agua y que se inclinaban hacia su remanso. En las ramas de los manzanos había un alcaudón y Kerrin dijo que eran seres crueles que empalaban a los ratones de campo y a los pájaros en las espinas de las acacias para que sus patas sobresaliesen tiesas como pequeñas manos. Pero yo no creía que fuese algo cruel sino natural. Me recordaban a Kerrin, pero tuve el sentido común de no decirlo en voz alta.

—Se acerca el cumpleaños de papá —dijo Merle—. Va a cumplir cincuenta y siete. Creo que deberíamos celebrar una fiesta. Con regalos.

Se levantó despacio y agitándose como un chucho peludo y pesado por el calor del sol y la comida. Se quedó de pie frente a nosotras con su cara redonda y seria.

—¿Cómo conseguirás dinero? —le preguntó Kerrin—. Yo tengo algo, pero tú no tienes nada. Le daré un cuchillo que me compré.

Miré rápida y celosamente a Kerrin.

—¿De dónde sacaste el dinero? —le pregunté. Y como no me había acordado de que se acercaba un cumpleaños, ni había pensado en qué regalar, me enfadé con ella.

—Es mío, Marget. ¡Lo gané! —gritó Kerrin—. ¡Supongo que crees que lo robé o lo tomé prestado! —Se puso en pie y me fulminó con la mirada desde arriba. Su cara larga y delgada estaba a contraluz y pensé que Kerrin esperaba que sospechase de ella: quería sentir que la acusaban de algo oscuro y secreto. Palpé la tierra, hice pequeños agujeros y enterré la cabeza de un diente de león, avergonzada y un poco asustada por lo que pudiera hacerme.

—Solo me lo preguntaba —le dije—, porque nadie más tiene dinero.

Kerrin se puso tiesa como una grulla. Cuando se exaltaba o pensaba que tenía derecho a hacerlo, parecía que los ojos se le retorcían.

—¡Pues deberías cerrar el pico en vez de hablar! ¡Pero si no sabes nada de nada! —Sus ojos, de párpados pesados, se abrieron con ferocidad. Siempre estaba montando escenas.

Merle aplaudió con sus gruesas manos. Estaba ansiosa e incómoda y temía esos momentos más que a cualquier serpiente o fantasma.

—Deberíamos volver —dijo Merle—. Quizás ya hayan fregado y todo.

Kerrin parecía enfadada y desafiante.

—¿Y qué pasa si es así? ¿A quién le importa? ¡A lo mejor no vuelvo durante un tiempo! —No dejaba de romper ramitas con sus esqueléticas manos.

—Kerrin —dije como una tonta pretenciosa—, no siempre nos piden hacer las cosas que queremos hacer.

—¿Y entonces por qué no las haces? —Kerrin me miró con desdén.

No tenía nada que decir. Tenía miedo de empezar a tantearla de nuevo con relación al cuchillo. No había cambiado nada, pero la tarde parecía fría y distante. Merle empezó a descender la colina. Siempre pensaba en madre teniendo que hacerlo todo sola y siempre era la primera en ponerse con lo que fuera que hubiese que hacer. Incluso en aquel entonces había algo en ella que le hacía descender zancada tras zancada por un camino recto hasta algún claro, y en aquel momento deseé, y aún deseo, que también existiese en mí algo que me hiciese caminar ininterrumpidamente por un camino en vez de por aquí abajo o por allí o por cualquier otro lugar, mientras mi mente recorría una red de caminos de conejos que se enredaban y giraban y se doblaban sobre sí mismos, siempre perseguidos por la sombra aguileña de la duda. Pero incluso aunque me despreciaba a mí misma, no me parecía que el mundo, en mi mezquindad, fuese menos bonito o que me perteneciese menos que a Merle, que albergaba en ella el doble de bondad. Y parecía injusto y extraño, pero probablemente algún día se equilibraría.

Corrí tras ella y Kerrin nos siguió, porque no quería ni venir ni quedarse sola.

—¿Qué vas a regalarle tú, Merle? —pregunté. Estaba roja y orgullosa, contenta porque le preguntasen cuando sabía la respuesta.

—Voy a regalarle una caja —dijo—. Una grande para sus clavos y destornilladores.

—Eso es maravilloso —le dije—. Puedes hacer compartimentos de diferentes tamaños y pintar algunos.

Pero fui incapaz de imaginarme cómo iba a hacer todo eso.

—¿Y tú qué vas a regalarle? —me preguntó Kerrin—. Todo el mundo debería tener algo. Tampoco tiene que ser gran cosa.

—Ya lo veréis —dije. Sabía, en lo profundo de mí, que no sería mucho. Me pregunté si acaso no sería la nada más absoluta. No era muy buena haciendo cosas.

Caminábamos despacio bajo el sol abrasador. Merle estaba callada, pensando, supongo, en todas las gallinas cuyos nidales aún tenían que llenarse y en la cojita que rompió todos sus huevos pero que quería empollar con tanta rapidez que daba lástima, pese a que Merle odió su estupidez y el hedor a huevo impregnado en la paja. Ya eran casi las dos, y parecía que no hacer nada hiciese que el tiempo pasase más rápido, devorándolo, y que pasase más desapercibido de lo que el trabajo había conseguido nunca. Ascendimos por el camino de las vacas, donde la tierra estaba seca y caliente, y al subir pasamos junto a los cardos. Vimos a papá labrando de nuevo y a los petirrojos descendiendo a los surcos pero manteniéndose a cierta distancia del arado. Merle entró primero, robusta y con la piel limpia, la boca llena con el último trozo de pan que quedaba y el pelo revuelto y enredado por detrás; después entré yo, que no era comparable con nada, con un vestido marrón y con semillas de hackelia en los calcetines, y la rezagada de Kerrin llegó después, actuando como si fuese a abandonarnos en cualquier momento. Tenía el pelo rojizo y con flequillo, y sus brazos parecían dos listones planos que le colgaban flácidos de los hombros, pero su cara era mucho más afilada y mucho más interesante que la nuestra. Además, ella era más fuerte y pensaba que podría labrar si padre le dejaba. Él era de la creencia de que una mujer nunca aprendería a hacerlo, que solo destrozaría el campo. «Chicas, vosotras ayudad a vuestra madre», solía decir. «Cuidad a vuestra madre.» Contrató durante un tiempo a un hombre y Kerrin se enfadó y sintió que algo la vapuleaba por dentro, se sintió impotente y reprimida, y estuvo taciturna y plomiza como los toros jóvenes.

—¡Cree que no sé hacer nada! —le gritó a madre—. Me trata como si todavía tuviera dos años. ¿Por qué no haces algo al respecto? ¿Por qué no se lo haces ver?

—Terminará viéndolo —le dijo madre—. Creo que lo verá dentro de muy poco.

—Pero ¿por qué no se lo dices tú? —le preguntó Kerrin—. ¿Por qué siempre esperas tanto para todo? ¡Le tratas como si fuera el mismísimo Dios!

Siempre terminaba las conversaciones de ese modo, dando un portazo en alguna parte mientras fingía no oír y continuaba haciendo lo que hacíamos, pero enferma y demacrada por el odio que la devoraba. Y madre, que se tomaba las cosas muy a pecho y en silencio y vivía las vidas de otras personas como si fueran las suyas propias, sentía, cada vez que lo hacía, que la golpeaban por dentro. La oía sugiriéndole cosas a padre de un modo tranquilo pero dubitativo, y si estaba cansado se enfadaba, o en los extraños casos en los que estaba contento por algo —las mejillas rechonchas de Merle, por ejemplo, que resplandecían en el viento, o por algo inteligente que hubiese dicho—, se reía, pero nunca aceptaba de inmediato, ni le hacía saber que había cambiado de idea. Le resultaba difícil sacar ciertos temas cuando él estaba contento o tranquilamente sentado, porque tenían muy pocos momentos como esos y le parecía que era torturarle. Entrábamos con cuidado, rezando para que el momento durase más, intentando alargarlo hasta una hora, y a veces madre dejaba pasar la oportunidad en aras de mantener la paz, pese a que había muchas cosas que le parecían injustas, y tenía latosas preocupaciones propias de las que le habría gustado responsabilizarle.

Ese día, cuando volvimos, vimos que madre tenía todas las patatas viejas esparcidas en lo alto de la cisterna y que las estaba cortando para sembrarlas. Se la veía delgada y tosca, y se había hecho una trenza que se había atado en forma de ovillo por detrás. Sin embargo, tenía las mejillas redondas y parecía joven, y se alegró de vernos, lo que a veces me sorprendía, incluso entonces, pensando que después de estar catorce años con nosotras sería más cautelosa e indecisa con nuestra compañía.

—Nos lo hemos pasado bien —dijo Merle—, y la comida estaba buena.

Sacó unos tallos de diente de león entrelazados entre sí con saliva, y los emplastó en la parte de atrás, al final del nudo de madre.

—Son preciosos —dijo Kerrin—. Parecen gusanos.

Empezó a cortar patatas, muy rápida y finamente, pero Merle no prestó atención y tampoco lo hicimos las demás. Pensé que se lo tenía merecido y madre solo se rio. Madre nunca hablaba mucho, pero escuchaba todo lo que se decía, y eso nos hacía sentir que tenía sentido hablar, porque ella estaba allí para escuchar. No conocíamos a nadie que se preocupase tanto por todas las cosas que había que saber y de las que había que hablar: la rotación de los planetas y el significado de los vínculos o el tipo de minerales que necesitan las gallinas y los nombres de los grandes poetas victorianos.

Estuvimos un buen rato cortando las patatas, en silencio. El sol aún calentaba y se movía lentamente. Pensé en Kerrin y en el dinero, y me pregunté cuándo lo había ganado para comprar el cuchillo, y llegué a la conclusión de que lo más probable era que lo hubiese cogido (y así fue), pero lo olvidé al observar a un halcón gris sobrevolando los robles, y lo olvidé al preguntarme qué tendríamos para cenar. Fue como si el sol lo hubiese ralentizado todo y nos hubiese obligado a ser más tranquilas y más dulces. Durante un ratito, al menos.

3

Ese año planeamos el cumpleaños de padre con tres semanas de antelación. Pero a nuestro alrededor todo era extraño (la tierra y las personas lo eran) y no podíamos invitar a nadie, salvo a nosotras mismas. Estaban los Rathman, a los que padre conocía: el viejo Rathman y su mujer y tres hijos que eran como tres toros, y una hija con una cara redonda y rechoncha. Padre iba a comer con ellos algunos sábados. Casi todas las veces que fue, dijo, estaban a la mesa, empezando o terminando una de sus cinco comidas, y el olor a café parecía formar parte de la casa, impregnado en las paredes y mezclado con el chucrut. La vieja señora Rathman se pasó toda su vida de la mesa a los fogones, y cuando salía solo lo hacía para traer cosas que poner primero en el fogón y después en la mesa y de ahí en los tres chicos y en Joseph Rathman y a veces en sí misma. A papá le gustaba el viejo Rathman y llamó a su primer ternero como a su hija, Hilda, en vez de ponerle el nombre de una de nosotras (no es que nos importase mucho, porque era feo y solo tenía un cuerno y era de un morado desagradable), pero el viejo nos asustaba porque parecía que sus ojos se reían de nosotras, que escondía algún secreto o escándalo sobre nosotras, y sentíamos rechazo. Ahora sé que él era así y que le gustábamos porque parecíamos sanas y éramos unas crías. Pero en aquel momento nos asustaba invitarle. Merle dijo que quizás se le olvidaba su poema y Kerrin dijo que a lo mejor no le gustaba nuestra comida, y yo solo dije que me alegraba de que así lo hubiesen decidido. Me horrorizaba la gente desconocida, pero no quería que me lo reprochasen, no fuese a resultar al final que hubiese sido mejor que los invitásemos (y así era como lo había hecho yo siempre, por lo que creían que tenía buenas intenciones cuando en realidad no era más que una cobarde).

Los Rathman eran los únicos cerca de nosotros en el norte, pero abajo, al sur, vivían los Ramsey en una granja estrecha y llena de maleza. Los Ramsey eran negros y el lugar tenía una apariencia raquítica e inestable. Todos los animales estaban cadavéricos, en los huesos, e incluso los cerdos parecían vacíos, como un globo hueco; hasta los pequeños lechones eran negros y pequeños con orejas enormes y puntiagudas como los zorros. Christian Ramsey era alto y delgado, del color de la tierra, y su esposa se llamaba Lucia. Eran los propietarios de unos sabuesos moteados y fantasmagóricos, y tenían cinco hijos (tres suyos y dos adoptados), uno de los cuales era prácticamente blanco, pero tenía labios gruesos, y no lo habían querido, pero nadie más lo quería tampoco, por lo que se quedaron con la criatura y padre dijo que lo trataban mejor que al resto, ya fuese por miedo o por pena, algo que nunca pudo dilucidar con seguridad. Pero no podíamos invitar a los Ramsey, y de haberlo hecho no hubiesen querido venir. Y los granjeros más lejanos no eran más que nombres.

Planeamos la fiesta nosotras mismas, cómo iba a ser y qué íbamos a preparar, y le enseñé a Merle a recitar un poema largo, y la dejé en el gallinero durante una hora, sentada sobre un barril de salvado, recitándolo de memoria. Lo categorizamos como una balada y era una cosa horrible, pero al final las palabras sonaron rítmicas y contenía una historia, por lo que quizás fuese una balada después de todo. Kerrin y yo nos la inventamos y la terminamos con una muerte, pero puesto que padre quería alejar todo pensamiento de muerte y nunca nos habría dejado hablar de ello, cuando se la enseñé a Merle suprimí el final. Pero Kerrin no lo sabía, ya que Merle no la aprendería de ella ni se quedaría a solas con ella, porque se encerraba en el sótano de las patatas y se quedaba a oscuras durante horas. Pero confiaba tanto en mí que a veces lo percibía como un gran peso encima de los hombros, aunque era maravilloso y me hacía sentir como si fuese Dios. No le importó tener que aprenderlo y se sentó allí, con sus estriadas piernas negras colgando por encima del borde del barril, las mejillas rojas por el frío y un poco de pelo húmedo sobresaliéndole por debajo del gorro coronado con un gran nudo. Lo repitió unas nueve o diez veces con entusiasmo, y el resto de las veces, con paciencia y precisión. Iba sobre un granjero, y esperábamos que a padre le hiciese gracia, porque se suponía que en algunas partes era graciosa, pero sabíamos que a madre le haría gracia de todas formas. Merle estaba emocionada y seguía contando los días, y me miraba con intensidad y secretismo.

Kerrin no nos contó lo que iba a hacer, pero se marchaba todos los días sola al bosque. «Va a ser bueno», era todo lo que nos decía. «Os voy a dejar en ridículo.» Entre la hora de ordeñar y la cena se iba sola y a veces volvía cantando. Tenía buena voz, pero era demasiado estridente y gritona y hacía que la gente no quisiese escucharla, motivo por el cual dejaba de hacerlo cuando pasaba cerca del establo. En cuanto a mí, se me ocurrió hacerle a papá una vasija de arcilla como las que hacían los indios y teñirla con algo, aunque no sabía muy bien con qué, si zumo de remolacha o quizás tinta, y dársela para sustituir la lata oxidada que utilizaba para llevar los huevos. Me pasé días con aquello. Primero la hice del tamaño de media fanega, y puse arcilla sobre un alambre para hacer el asa, pero se hizo añicos en cuanto la levanté. La repetí tres veces y cada vez era más pequeña, hasta que al final fue firme y compacta pero apenas lo suficientemente grande como para que entrara siquiera el huevo de un gorrión. Aun así, seguía pareciendo una vasija, y me habría gustado que fuera para madre, porque sabía que le gustaría cualquier cosa que hiciésemos, incluso una almohada que Merle había rellenado con plumas de gallina no muy limpias y con un poco de olor a humedad. Pero me agradaba pensar que fuese papá el que la recibiese, porque era un buen recipiente y tenía un diseño de cosas rojas que parecían garzas, aunque el zumo se había esparcido y había desdibujado los bordes; también porque era más difícil de complacer y por lo tanto parecía más bondadoso cuando estaba satisfecho.

Me gustaba pasar esa hora cada día junto al río con aquel ligero olor a arcilla fría; había pequeños agujeros por toda la orilla, que podrían ser perforaciones del pico de una becada, pero las arañas se escondían en ellas y atrapaban a las mariposas blancas de la col que llegaban en nubes finas y amarillas para chupar la arcilla. A veces bajaba en mitad de la mañana y escuchaba la escarcha goteando desde los sicomoros y al pájaro carpintero golpeteando la corteza, porque había un silencio sepulcral; y un zorro rojo bajó a hurtadillas en dos ocasiones por la carretera.

Pero una vez escuché a Kerrin caminando y cantando para sí misma. Ella no podía verme debajo del terraplén, y cuando el canto se hubo alejado (la canción iba sobre Rizpa y su hijo colgado de cadenas), me quité el gorro para que la borla no fuera lo primero en asomar, saqué la cabeza por encima de la loma y la vi corriendo y cantando. Su pelo rojizo estaba alborotado y al descubierto, como no debería haber estado, porque el clima de la primavera era peligroso, según padre. (Él nunca salía sin su sombrero, aunque no podía entender qué sentido tenía ponerse un buen sombrero si sus orejas quedaban expuestas.) Casi le pego un grito para decirle que debería haberse puesto algo en la cabeza, pero las palabras se quedaron en mi boca, y ella se alejó por la colina. Me sentí extraña viéndola sola de aquel modo. Hubo algo en la forma en que corría y cantaba que me hizo sentir que ya no era una persona igual a nosotras. Kerrin nunca se había parecido mucho a nosotras en otras cosas, ni siquiera antes. Era impulsiva y salvaje o no lo era en absoluto; a veces comía como un perro muerto de hambre, masticando y balbuceando, y otras veces solo picoteaba en su plato y se quedaba mirando por la ventana mientras Merle y yo comíamos pacientemente todo lo que teníamos en el plato. Ella dormía en momentos y horas extrañas, estirada como un lince al sol, y se escabullía de casa por la noche para vagar por los pantanos. Yo lo sabía porque la había visto colándose en casa al amanecer, con los pies y las piernas medio congelados y cubiertos de un barro lleno de escarcha. Y en esta ocasión parecía más extraña que nunca, como si ni siquiera se perteneciese a sí misma. Sentí náuseas. En ese momento no supe lo que era, pero era el comienzo del miedo. Miedo a que la vida no fuese segura y cómoda, o simplemente a que fuese difícil y dura, pero había un filo de oscuridad que no era ni lo uno ni lo otro, y era algo que nadie pudo explicar o entender jamás. Y ese día dejé sin terminar la vasija y volví a casa donde las cosas, aunque no siempre eran buenas, sí eran al menos lo suficientemente simples, y no resultaban difíciles de comprender.