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¿Cuántos trabajos has tenido en los últimos años? ¿Alguno ha sido mínimamente serio? La protagonista de esta novela hace de todo: fregar en un barco pirata, ordenar armarios de zapatos, llevar las cenizas de su jefe, trabajar para un asesino a sueldo… Y, sin embargo, parece que nunca ha estado más lejos de tener un empleo estable, aunque ella continúa soñando con lograrlo algún día, en un mundo en el que pensar a largo plazo se antoja difícil de por sí, y más si tienes dieciocho novios y un fantasma.
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Seitenzahl: 256
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Hilary Leichter
Traducción de Inga Pellisa
Saga
Algo temporal
Original title: Temporary
Original language: English
Copyright © 2023 Hilary Leichter and SAGA Egmont
All rights reserved
ISBN: 9788728470817
1st ebook edition
Format: EPUB 3.0
No part of this publication may be reproduced, stored in a retrievial system, or transmitted, in any form or by any means without the prior written permission of the publisher, nor, be otherwise circulated in any form of binding or cover other than in which it is published and without a similar condition being imposed on the subsequent purchaser.
www.sagaegmont.com
Saga is a subsidiary of Egmont. Egmont is Denmark’s largest media company and fully owned by the Egmont Foundation, which donates almost 13,4 million euros annually to children in difficult circumstances.
Para mamá
Me daba la impresión de que si podía quedarse aquí como si estuviese de paso, no tendría que marcharse.
Vida hogareña, marilynne robinson
Érase el asesino. Érase la niña. Érase el marketing y la financiación y el desarrollo, también. Érase la gestora del registro de donantes. Érase la trituradora del registro principal. Érase la lavadora, y érase la secadora, y érase la que dispensaba las toallitas para la secadora. Se las ponía encima como velos, y luego las metía en la máquina. Érase la que plegaba calcetines. Érase la que lanzaba bombas. Érase la que llamaba a puertas. ¿Cuántas personas viven en la casa?, y: ¿le gustaría a usted colaborar con nuestra causa? ¿Querría comprar unos cítricos? ¿Le interesa algo de literatura? Érase la casa de las puertas que se abrían y cerraban. Éranse soluciones que precisaban supervisión. Érase la guardadora de folletos. Érase la verificadora de datos y, tiempo después, la verificadora de conjuros. Érase el aprender el trabajo y el mentir en el trabajo. Érase el llegar tarde, y érase el llegar pronto. Érase incluso el llegar puntual. Érase la caja de los sellos y el calendario del corcho y el talonario rosa de recados que informaba de lo que había ocurrido exacta, específicamente, al detalle, Durante Su Ausencia.
La mía es una carrera de brevedad taquigráfica. Tareas breves, estancias breves, faldas breves. Mi agencia de colocación es una cúpula del placer situada en la parte alta de la ciudad, llena de mujeres con aroma a maquillaje y calzado cómodo. Como es habitual, deposito mi situación laboral en sus manos de manicura perfecta. Con fiable alquimia carpiana, amasan mi currículum hasta convertirlo en una sucesión de sueldos que constituyen un sustento. Las llamadas llegan los lunes y los viernes, flanqueando de puestos efímeros cada semana. Como un mecanismo de relojería, como algo más sólido que el tiempo, la agencia parcela mi existencia. Tan pronto demuestro que se puede confiar en mi eficiencia y discreción, me asignan a diversos clientes prioritarios. Trabajos de asistente personal. Trabajos prestando asistencia en asuntos personales. «No hay nada más personal que hacer tu trabajo»: lo leí en el envoltorio de una barrita de cereales camino de la oficina. Un sentimiento lo bastante intenso como para prender de él mi corazón y mi propósito.
Mis novios se refieren a estos puestos como Una Gran Oportunidad, pero ellos son gente corporativa. Se meten en sus despachos con tazas de mensajes cómicos en la mano y las dejan sobre la mesa hasta el día siguiente; los charquitos de lodo dejan teñida la base de cerámica. En los posos del café adivino su fortuna: a mis novios les saldrán canas sentados en estas mismas mesas mientras compran parcelas funerarias del tamaño de un cubículo.
Me preocupan esas pobres tazas desamparadas. Lo tristes que deben de sentirse, lo solas, abandonadas en su propia mugre. Me preocupa vivir la vida de un recipiente sin lavar. El moho que agrieta el café sobrante, flotando como un nenúfar sobre sedimentos olvidados.
—Pero ¿cuál es el trabajo de tus sueños? —pregunta mi novio el formal, con la barbilla apoyada entre las manos.
—Es difícil de explicar —digo.
—¡Prueba!
Considero mi deseo más profundo. Hay días en los que creo que lo he conseguido, y de repente se esfuma, como un estornudo que te acabas tragando. He oído que al primer asomo de permanencia es posible que se acelere el ritmo cardíaco, y que la sangre suba a las mejillas. He leído los trípticos, los folletos. Algunos eventuales juran que son ese escalofrío, ese pulso elevado, esa comezón de sudor, el mecanismo biológico por el que sabes te está pasando a ti. Me preocupa no darme cuenta, que se me pasen por alto los síntomas de mi propia permanencia cuando esta se presente. La estabilidad, que dicen.
«Cuando lo sabes, lo sabes», dice el eventual afortunado. «Estas cosas no se pueden forzar.»
Algunos eventuales nunca llegan a ser fijos, y mueren antes de echarle mano a los asideros de la vida.
—El trabajo de mis sueños es uno que dure —le digo a mi novio—. No tiene por qué ser ya, ni de la noche a la mañana. Un día me despertaré y seré igual que tú.
—Cariño, ¡tú puedes ser lo que quieras! —Me alisa el pelo con ambas manos, y al instante se me vuelve a bufar.
Mi novio el formal no vive conmigo; él, que recoge las arañas de mi alfombra y las deja en el alféizar de la ventana. Ninguno de mis novios vive conmigo, pero algunos de sus jerséis de fin de semana sí: echando bolas de pelusa, criaturas peludas en mi ropero de atuendos corporativos. De vez en cuando le devuelvo el jersey equivocado al hombre equivocado, pero no se dan cuenta. No somos nada a largo plazo, lo saben. Tienen sus noches a la semana, sus semanas al mes, una ristra de jerséis que se extienden de brazos abiertos hacia el domingo como monigotes de lana.
Se los presenté a mi madre, pero solo una vez, atendiendo a las reglas prescritas del modo de vida temporal. Ella evaluó sus fotos por anticipado; se desplegaron de mi cartera en un alargado acordeón que rozaba el suelo de su cocina.
—Este —dijo—. Tiene los ojos bonitos.
—Mi novio el culinario.
—Tendrás siempre la tripa llena. Buena chica. ¿Y este?
—Mi novio el alto.
—Hum. No parece muy alto.
—Bueno, sale cortado.
—Hum.
—Este es mi favorito —dije, revolviendo los selfies y las fotos de carnet. Entornó los ojos para examinar su peculiar sonrisa—. ¿Le das tu aprobación?
—¿Tengo pinta de casamentera, acaso? —me preguntó, y tiró las fotos sobre la mesa, decepcionada ante aquel guiño mío hacia la fidelidad.
En la cocina de mi madre, las tazas estaban limpias y secas y apiladas en un armario alejado. Los vestidos, planchados y almidonados, y sus labios pintados con algo llamado tinte de labios. Hasta cuando no se encontraba bien, se ponía sus pendientes favoritos.
—Céntrate —la oigo decir todavía—, y cuéntame cómo van tus trabajos.
Farren es mi contacto principal en la agencia. Tiene una cara lozana de labios pintados con gloss: un dechado convenientemente hidratado de seguridad y autocuidados. Lleva las uñas pintadas siempre con un esmalte de purpurina, las puntas de los dedos destellan al final de sus mangas neutras como constelaciones ocultas asomando entre las nubes. Así pues, estas son las manos que bajan del cielo, pienso, esas manos que revuelven formularios y contratos para garantizarme algún trabajo honrado.
En nuestra primera entrevista, se subió al escritorio y me sentó a mí en su cómoda silla. El arreglo me pareció tan raro y perturbador como si hubiese escalado hasta el techo y me hubiese colgado de un sistema de cuerdas. Me pregunté si sería una prueba, y me esforcé por mantenerme en posición de alerta.
—¿Qué tal? —preguntó, mientras apartaba una pila de papeles para hacerles un sitio a sus piernas.
—Ostras, Farren, es una pasada.
El soporte lumbar me hizo sentir de inmediato relajada, sumida en un trance, o ambas cosas.
¿Me quedé dormida? Tal vez.
Lo que sucedió a continuación, no lo tengo del todo claro. Puede que aquel fuese el momento preciso de telepatía ergonómica, la ocasión de la agencia para adivinar mi mecanismo interno puro. El engranaje secreto, la tuerca o el tornillo que, oculto en mis entrañas, revelaba más fielmente el ritmo de mi potencial como empleada. Y entonces: un escalofrío, una ráfaga de inquietud, como una silla giratoria que se reclina un poco demasiado atrás. Igual esto es lo que se siente con la estabilidad, pensé, mi mente deslizándose a toda velocidad por un esperanzador y angosto camino. Me tomé el pulso. Busqué alguna melodía, algún timbre, o alguna otra señal imprecisa de que se me hubiera concedido la permanencia.
Pero no: el empleo temporal corría de nuevo por mis venas. Todo volvía a resultar familiar y pasajero.
—¿Estás bien? —me preguntó Farren.
Me pasó un formulario y me dio un toquecito en el codo con la punta, fría y alargada, de una uña centelleante. Solo la uña, no el dedo. No sabía decir si la intención era reconfortar o arañar.
—Sí. Gracias, Farren.
—¡Bien! ¡Porque no querría que te perdieses este puesto de ensueño!
Yo tampoco me lo quería perder. No quiero. Relleno formularios, a todas horas. Estrecho manos. Remuneradamente empleada, una y otra vez, una y otra vez. El camino más seguro a la permanencia es cubrir mis puestos, y hacerlo bien.
Todo el mundo sabe que los clientes prioritarios de Farren son gente en la cúspide. Jefes de Estado y jefes del Congreso, líderes de la industria, gurús.
Yo fui escalando como cualquier otro, comenzando por lo más rastrero, esos trabajos urbanitas que embellecen la ciudad.
Lustré los zapatos de artistas importantes, y vi cómo cruzaban claqueteando y taconeando todo Grand Central. Me enseñaron algunos pasos nuevos a escondidas.
Limpié las ventanas de rascacielos que en efecto rascaban los cielos; aquellas púas de veleta que rastrillaban las nubes, satélites, varas de acero que parecían tacones de aguja. Podía enjugar y bailar pared abajo por los edificios, shimmy shimmy shake, descendiendo durante lo que parecían kilómetros. «De la luna a Chattanooga», decían mis compañeros limpiadores.
«Del cielo a un buñuelo», era la respuesta habitual, y entonces íbamos todos a buscar un café y tarta crujiente de manzana, o pastel de queso, o el postre especial que tuviesen ese día en la carta.
Después probé a ver si tenía buena mano dirigiendo el tráfico. Eso de detenerlo todo y ponerlo en marcha. Y luego probé a ver si tenía buenos pies aporreando la acera. Pero literalmente, con un martillo neumático. Y a sustituir al cartero. Y al muralista de la Calle Diez. Y a esa mujer que llama a un taxi todas las tardes en ese cruce enorme, ya sabes cuál digo. Llama al taxi con un entusiasmo tremendo, y los turistas la adoran a rabiar. Pero yo no me subo nunca al taxi, solo lo paro.
Por fin, Farren me manda a sustituir al Presidente de la Junta de la corporación más, pero que más importante: la Major Corp.
Firmo documentos que no comprendo, asisto a conferencias telefónicas, apilo memorandos y estampo las fechas, interpongo, interfiero, invierto, intrigo e invado las paredes del despacho con las obras seleccionadas de una lista de pintores emergentes y rompedores, y termino cada tarea antes de que se pueda entrar a explicar nada con detalle. Todo el mundo tiene una parcela de trabajo de la que no quiere encargarse, ¿qué voy a decir yo? Soy una suministradora de parcelas completadas.
En calidad de Presidenta de la Junta, llevo un moderno fular de topos con el traje, anudado al cuello a la manera de una corbata. «Los detalles cuentan —decía mi madre—, pero no lo son todo.»
—¿Qué hay de la votación de hoy? —pregunta mi asistente.
La sala de juntas está animada, han asistido todos. Me siento en mi lugar a la cabecera de la mesa.
—Bueno —dice un accionista—, ¿puedo sugerir voto a mano alzada?
—No, no —responde otro accionista con más peso—. O voto anónimo o no se vota.
—Dijo el que no ha venido a una sola reunión en un año —murmuró el primer accionista.
—¡Tengo otros compromisos!
—Propongo una nueva forma de voto —dice un accionista totalmente irrelevante—, en la que votamos lo que creemos que habrían votado nuestras abuelas, lo comparamos con los votos que habrían emitido nuestros futuros nietos, y luego, por medio de un sistema de tablas y gráficas, nos plegamos a la hipotenusa de las dos hipótesis, en nombre de nuestros antepasados y nuestros descendientes.
—Ese accionista es totalmente irrelevante —me susurra mi asistente.
Yo me aclaro la garganta.
—¿Puedo preguntar qué es lo que estamos votando, exactamente?
—¡Estamos votando la frecuencia y contenido de las próximas votaciones! —exclaman todos al unísono.
—O, bueno…. —dice un hombre, desde la otra punta de la mesa—, ¿y qué tal si dejamos este tema cogido con alfileres hasta la próxima reunión?
Ante la sugerencia de alfileres, se alzan suspiros audibles de alivio.
—Sí, sí, sí —concuerda la sala.
Y acto seguido se desprenden de los alfileres de sus corbatas, que cada cual clava en la piel de cuero de los dossieres informativos. Y se acaba la reunión.
Las oficinas de la Major Corp ocupan un edificio de grandes proporciones y pequeñas distinciones. El café está caliente, los refrescos templados y la despensa de aperitivos llena a rebosar: una carretada de plátanos, golosinas y barritas de cereales. Hay un microondas que huele a palomitas. Las pausas para fumar son largas y por recomendación de la empresa, así que aprendo a fumarme mi cigarrillo obligatorio, sabiendo que seguramente algún día, en otro trabajo, tendré que desaprender el hábito, eliminar ese deje amargo del labio. Deposito esta certeza en el fondo del bolso, como un ticket de compra.
Mientras me fumo el tercer cigarrillo de mi vida, veo a una mujer plantada cerca de la salida. Llora, ruidosamente, y pienso que, en una de las reuniones de la mañana, igual también he dejado su puesto cogido con alfileres. O algo peor. Le paso mi fular de topos para que se seque las lágrimas y me meto en el papel de la comprensiva desconocida, que no es un puesto remunerado, pero sí uno en el que siento que encajo, en cualquier caso.
—Llevo veinticuatro años trabajando aquí —me dice con un largo sollozo.
—¡Yo llevo veinticuatro horas! —respondo, y le estrecho el hombro.
Ella se ríe y acepta el consuelo con verdadera elegancia. Es realmente una buena obra, dejar que alguien te consuele, porque el consuelo va en ambas direcciones. Le estoy agradecida por permitirme ejercer esta función. Aplico en su hombro un nuevo apretón, y luego un tercero mal calculado, y luego un cuarto ya francamente desaconsejable. Tiene unos brazos formidables. ¿Qué suerte de idiota despediría a alguien con unos brazos tan formidables?
—Ehm, vale —dice.
Sonríe por encima de ese hombro en potencia lesionado mientras se aleja. Debe de creer que no soy nadie, y no lo soy.
Me quedo después de la hora, mi último día en Major Corp. Me gusta relajar los límites del puesto y quedarme más tiempo del que soy necesaria. Siento como la necesidad de mí se va escurriendo con el paso de cada minuto extra; es una sensación compleja, densa, como dormitar, o morir.
¡Y lo que me gusta un edificio de oficinas de noche! Puedo hacer pis en el baño de manera anónima. Puedo lavar las tazas sucias, construir trampas cazabobos con gomas elásticas, trapezoides hechos de clips. Un sensor de movimiento controla las luces del techo, así que cuando mis colegas se marchan a casa, me retiro al resplandor tenue, posfluorescente, de mi despacho esquinero provisional. No hay nada más solitario que las luces extinguiéndose ellas mismas al final de un largo día, sin nadie que tenga la sencilla cortesía de apagarlas.
En mi última excursión a la despensa de aperitivos, entre las torres de regalices de fresa, descubro que no estoy sola. Hay un hombre sentado al fondo del reducido habitáculo, pelando pistachos con una sola mano.
—¿Ya has terminado del todo? —me pregunta—. El trabajo, digo.
—Casi —le respondo al auténtico Presidente de la Junta.
Lo he reconocido por el retrato del vestíbulo, pero no por el de su despacho, que no le hace justicia. Es un palillo con traje, con una mata de pelo blanco y pañuelo en el bolsillo. Puede que me suene también de otra parte. Al fin y al cabo, es un destacado exponente, tanto física como numéricamente.
—¿Por qué está escondido?
—No estoy escondido, me estoy muriendo. —Pela un pistacho y se lo come, y luego se come las dos mitades de la cáscara—. Ahora que has terminado de sustituirme, ¿estarías disponible para otro trabajo? Tengo una petición algo inusual.
Le remito a la agencia, a Farren, pero ya lo han hablado. La vida va más rápida que el protocolo. Y es así como llega, a los escalones frente a mi puerta, una cajita. Dentro de la cajita hay una urna, y dentro de la urna está el hombre, y el hombre es polvo.
—Tu cometido es llevarlo contigo —me explica Farren—, para que vaya viendo mundo. Él era un hombre de mundo, ¿entiendes?, y lo sigue siendo.
—¿Cuándo termina el encargo?
—¿Cuándo termina algo en este mundo infinito? —pregunta Farren. Oigo las puntas destellantes de sus dedos tamborileando sobre el escritorio.
Es un follón traspasar al Presidente al relicario. Con ayuda de mi novio el manitas, construyo un embudo de papel en miniatura y vierto los restos en un chorro irregular.
El colgante de bisutería, un regalo readaptado de mi novio el manitas, contenía en su día una burbuja diminuta de su bourbon favorito. Recuerdo su cara cortada aquella noche fría que se lo sacó del bolsillo como un conejo de la chistera, tan apañado y atento, los ojos rebosantes de satisfacción. Joyas, un símbolo de cariño, decían. También las mascotas, las plantas.
—¡Lo he hecho para ti! —dijo, con un rayito de expectación dorando su voz.
Abrió el cierre con sus dedos gruesos y enguantados, la clase de modesta proeza que acostumbra a llevárseme de calle.
Mi novio el manitas esperaba que llevase el collar siempre puesto. La expectación rebosaba de cada uno de sus poros. Estaba siempre acechando a la espera de que lo felicitaran por esa única cosa bonita que había hecho esa sola única vez. Por suerte, como no lo veía más que de mes en mes, pude erigir una fábula en la que llevaba puesto el collar todos los días. En esta historia, llevaba el collar día y noche, y de ninguna de las maneras me lo quitaba cada vez que nos íbamos cada uno por su lado.
Es bonito. Parece antiguo, con historia. No es que no me guste ese collar. Es solo que no me gusta que alguien se haga una idea equivocada de mí, o una idea correcta siquiera. No me gusta que nadie se haga de mí ninguna clase de idea. Y desde luego no quería hacerle daño a mi novio el manitas.
Ahora, mientras vertemos las cenizas sentados en el suelo de mi apartamento, no muestra ningún signo claro de desagrado por la tarea, ningún indicio de enojo. Pero una mueca callada, floreciente, tienta las comisuras de su boca, como diciendo: «Bueno, esto no es lo que yo esperaba».
Tras varios derrames, un montoncito de cenizas en la alfombra, una consulta con la aspiradora y una visita del quitapelusas, conseguimos trasplantar una muestra del Presidente y afianzar su legítimo lugar en mi persona. Me levanto el pelo de la nuca para recibir la cadena. Me levanto la camisa para recibir a mi novio.
Más tarde, mientras mi novio el manitas echa una siesta en el sofá, meto lo que queda de los restos del Presidente otra vez en la caja. La devuelvo al fondo del armario, a ese palmo cuadrado en el que el armario se extiende al otro lado de la puerta como una madriguera excavada en la pared, una despensa de aperitivos, una catacumba, una tumba, detrás de mis bolsos corporativos con correa de cadena, mis bolsos de mano con tachuelas, mis blusas de rayas sin mangas, mis faldas con abertura, mis jerséis lanudos montando guardia.
¿Y qué hay del funeral? ¿Qué hay de su familia?, me pregunto.
El primer pago procedente de la herencia del Presidente me entra en la cuenta del banco al día siguiente. El collar empieza a quemar al cabo de una semana.
—¡De modo que así es como se vive al otro lado! —dice el Presidente. Está de pie encima del sofá, tocando el techo, y luego da un salto y se sienta en el suelo.
—¿Cómo? ¿Cómo es que está aquí? —le pregunto.
—Soy un hombre de mundo —dice, como si fuese todo muy obvio.
Me miro el collar, lo miro a él.
—¿Concede deseos?
—¿Tengo pinta de genio yo? —responde, y desaparece sin dejar rastro.
Mis novios se acostumbran a estas payasadas. Yo, con los ojos clavados de pronto en una silla vacía. Yo, hablando sola en la mesa.
—¡Veo que el Presidente ha decidido acompañarnos esta noche! —dice mi novio el agnóstico, crujiéndose los nudillos y muerto por montar un debate en torno a la muerte.
—¿Es, o sea, alto de verdad? —me pregunta en una ocasión mi novio el alto—. En plan, ¿más alto que yo?
—Casi —respondo.
—¿Qué le has contado de mí? —me pregunta mi novio favorito, y yo le miento. La verdad es que no le he contado nada de nada.
—¿Cuándo me vas a llevar a ver mundo? —protesta a veces el Presidente—. Yo soy un hombre de ídem, y no vamos nunca a ninguna parte. ¡No hacemos nunca nada!
Me pongo unas zapatillas de deporte y me lo llevo a correr por el parque, pero los perros lo distraen. Intenta, sin conseguirlo, acariciar a cada uno de ellos.
Cuando el Presidente lo deja por hoy, yo dejo las zapatillas en la entrada. Los zapatos que me enfundo por contrato cambian de número cada dos por tres.
Una mujer que necesitaba que pusieran orden en su colección de zapatos me tuvo años a su servicio.
—Sí, había una vez una vieja que vivía en un zapato —me explicó Farren—, pero lo que tenemos nosotras aquí son unos zapatos viejos que viven con una mujer.
—Creo que me las arreglaré.
—¡Así se habla! —dijo Farren—. Si sacas esto, te puedo asignar alguna otra cuenta de Mamá Oca.
Estuve a punto de reírme, pero Farren no bromeaba. Sabía de una eventual que había hecho un par de turnos preparando cuajada y suero de leche. Farren intentó que volviera para un servicio de tres meses.
—Ni en sueros —dijo la temporal—. Te metes el cubo por el culo.
Entre nosotros: descubrí que tenía una oferta mejor de una agencia del Oeste, trabajando con trigo y pienso. Aun así, con esa clase de actitud, seguro que se ganó unos cuantos años de penalización en el camino a la permanencia.
La mujer que vivía con sus zapatos viejos tenía un apartamento enorme en la zona alta, con los techos más altos que yo había visto jamás. Desenterró del fondo de su espacio de almacenaje un maravilloso estante zapatero de bronce en forma de concha de nautilo. La misma forma que han hallado en el ángulo de vuelo que emplea el halcón para devorar a sus presas. El halcón, con los ojos separados a sendos lados de la cabeza, se lanza en picado al suelo trazando una marcada espiral para no perder de vista al objetivo en ningún momento.
—¿Ves? A la medida —dijo la mujer. Cogió un mocasín naranja brillante y lo metió en uno de los huecos—. Los puedes ordenar por altura del tacón, o por colores —explicó—. ¡Tú misma!
Delegó esta pizca de libertad con la filantropía tácita de un padrino inversor.
—¿Y si las ordeno por frecuencia de uso? —le pregunté.
—Ah, estos zapatos no me los pongo nunca —respondió riendo—. Esos los tengo en otro armario que dejaremos para otro día.
No vi nunca el otro armario, ni una sola vez.
La mujer que vivía con sus zapatos no vivía con ninguna otra alma viviente. Le permití una sinfín de conductas desagradables como concesión por este hecho. Le gustaba cambiar los parámetros de mi trabajo de tal forma que la terminación de cada tarea no fuese más que una tarea que deshacer a continuación. Una caja que movía aquí para luego moverla allá. La compra que subía escaleras arriba se dejaba pudrir, llenarse de moho, y viajaba de nuevo escaleras abajo al cubo de la basura. Al principio lo consideré una cortesía, una forma de crear trabajo donde no lo había. Ahora entiendo que era una especie de juego, la clase de constante deshacer que no deja tras de sí ningún logro real, que lleva a una persona a cuestionarse su mera existencia.
Alguien podría pensar que descargué mi frustración sobre sus zapatos, pero eso habría sido rabia mal dirigida, y yo tengo una puntería perfecta. Traté sus zapatos con el máximo cuidado, manteniendo a raya los rasguños e imperfecciones, limpiando el polvo con un paño húmedo y un trapo seco. Embetunando, lustrando, puliendo. Reconozco que hice un número de claqué con las manos metidas en cierto par de zapatos acharolados de tacón chupete, vestigio de mis tiempos de limpiabotas en la estación Grand Central Terminal. Pero no osé dar de sí un solo par con mis enormes pies. Cuando mi jefa salía a almorzar, me acariciaba la mejilla con un salón de ante rosa, y era tan suave como un animalillo. Olía a nuevo y a viejo al mismo tiempo.
Mi abuela tenía un armario que olía a cerrado y en el que guardaba cuñas robustas, ni mucho menos tan gratificantes como las de la mujer que vivía con sus zapatos.
Los fines de semana, sustituía a los maniquíes de unos almacenes locales para sacarme un extra. El escaparatista disponía nuestras extremidades en imaginativos retablos vivientes.
—Apoya el brazo en este pastelito —decía, y me levantaba el codo para colocarlo sobre un pegote de cereza y glaseado de tamaño natural—. Convénceme de que este producto de pastelería patrocinado te está proporcionando consuelo —decía, mientras ajustaba las palmas de mis manos mirando al cielo en gesto de súplica—. Dame ojos de postre.
Por Navidad, los maniquíes posábamos silenciosos como la nieve en un diorama salpicado de purpurina, luces y espumillón.
Mi novio el adicto al centro comercial venía a verme a menudo para cenar conmigo en la zona de restaurantes. Pretzels, dumplings para llevar. Tenía coche, y a veces me llevaba a casa al salir del trabajo. Me gustaba el tacto de la tapicería agrietada en el asiento del pasajero, esa clase de deterioro que denota un confort intensivo. Tanto confort de lujo que yo me echaba a roncar de rato en rato, con el cinturón abrochado para no desplomarme contra el salpicadero.
—Me gusta cuando te dejas el disfraz puesto —me dijo una vez.
Yo iba con un traje de domadora de leones, cargado de borlas.
«Dame ojos de leona —me había dicho el escaparatista—, como si hubieses amaestrado al león y ahora fueses tú el león, pero al mismo tiempo no.»
Una noche, de camino a la cita con mi novio el adicto al centro comercial, di un rodeo por la sección de Moda Mujer y allí estaba ella. Mi jefa, la mujer que vivía con sus zapatos. Enterrada hasta la rodilla en zapatillas, alpargatas, tacones de aguja, babuchas, cajas y tallas y estilos esparcidos a tutiplén en torno a su diminuta figura. Si me hubiese marchado un poco antes, tal vez no la habría visto alejarse con un par de flamantes mocasines, tirar por el pasillo y salir directa por la puerta sin pagar la compra, tras dejar sus viejos oxfords perfectamente colocados junto a un banco acolchado.
Ese es el motivo por el que, esa misma semana, me sentí cómoda birlando de su armario un par especialmente lujoso. Una talla demasiado pequeña para mí, pero aun así: zapato por zapato. No podía soportar ver cómo se atrofiaban por la falta de uso ni un minuto más.
Ahora, en el bar con mi novio el alto, llevo puesto el par en cuestión: unas botas altas sin cremallera que consigo ponerme y sacarme con gran dificultad. El resultado del esfuerzo siempre vale la pena: transforman mis piernas en caligrafía. Al teléfono con Farren, hago tintinear los tacones contra el taburete. Tiene un nuevo puesto esperándome, perfecto para mí.
—¿Me cuentas los detalles? —le pregunto.
Mi novio el alto ha requisado la atención del camarero por obra de su altura y me procura un vodka con soda.
—Eso depende —responde Farren con un deje de elipsis—. ¿Tienes experiencia con, o formación sobre el mal de mar?
—Mal de mar —repito yo.
Mi novio el alto levanta una ceja, lo que de algún modo lo hace parecer más alto.
—No aparece en tu currículum, así que tenía que comprobarlo —explica Farren—. Responde sinceramente.
Cuando Farren dice que respondas sinceramente, lo que quiere decir en realidad es que, por favor, te sientas más cómoda mintiendo. Yo intento todos los días sentirme cómoda manejando esta técnica, para lo que practico sobre todo conmigo misma.
Mal de mar, pienso, pero no en voz alta. Toco al Presidente de la Junta, que llevo colgado al cuello.
—Recuerda —dice Farren—. A veces una tiene que salir de su terreno para ganarse la permanencia. La diligencia y la eficiencia te abren las puertas en muchos ámbitos. Esta es tu oportunidad de encontrar la estabilidad. El mundo es infinito, y el trabajo es, en plan, interminable, ¿no tengo razón?
En menos de una hora, se me llevan del bar en una furgoneta negra y me plantan a bordo de un gran barco. El capitán pirata me entrega las tarjetas para fichar y un acuerdo de confidencialidad, y así todo el asunto empieza a tomar un aire oficial. Nos escupimos en las palmas de las manos para sellar el trato. Los novios vienen al muelle a decirme adiós, los veo llegar corriendo hacia el mar desde extremos distintos, saludando a lo lejos, puntitos con los brazos alzados, mis hombres.
