Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
El fuego nuclear barrió los continentes con la furia de un dios vengativo; los cielos ardieron con colores extraños y los océanos se evaporaron como si nunca hubieran existido. La Tierra ya no es más que un yermo interminable azotado por el viento radiactivo y lleno de caníbales, esclavistas y otros peligros anteriores a la civilización. Este es el mundo en el que Greg Taylor, el nómada del desierto, y Rhea de Meriya, la antigua odalisca, se juegan la vida cada día en busca de su destino. En una vieja ciudad al borde del páramo, aceptan una desesperada misión de rescate que, sin saberlo, pondrá a prueba toda su capacidad de supervivencia e ingenio, y terminará arrojando luz sobre los oscuros orígenes de Taylor. Alhambar en el crepúsculo es la búsqueda de un lugar mítico que pocos creen que pueda existir y de los secretos de su misterioso gobernante, pero también la persecución de un sueño: el de devolver al mundo su civilización perdida.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 311
Veröffentlichungsjahr: 2023
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Alhambar en el crepúsculo
Ruy Alonso
Alhambar en el crepúsculo
© autor Ruy Alonso
© edición 2023 Ediciones Garoé
Impreso en España
ISBN-Ebook: 978-84-19932-11-2
ISBN-Papel: 978-84-19932-08-2
Ediciones Garoé apoya la protección de derechos de autor.
El derecho de autor estimula la creatividad, defiende la diversidad en el ámbito de las ideas y el conocimiento, promueve la libre expresión y favorece una cultura viva. Gracias por comprar una edición autorizada de este libro y por respetar las leyes de derechos de autor al no reproducir, escanear ni distribuir ninguna parte de esta obra por ningún medio sin permiso. Al hacerlo, está respaldando a los autores y permitiendo que Ediciones Garoé continúe publicando libros para todos los lectores.
Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, http://www.cedro.org) si necesitase fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.
Ediciones Garoé
Calle Repartidor, 3, 3L
35400 Arucas, Las Palmas de Gran Canaria
Tlf.: (+34) 928 581 580 Islas Canarias, España
www.edicionesgaroe.com
Y la tierra será convertida en desierto a causa de sus moradores,
por el fruto de sus obras.
Miqueas 7:13
Entonces dije yo: ¿hasta cuándo, Señor?
Y él respondió: hasta que las ciudades estén destruidas y sin habitantes,
las casas sin gente y la tierra completamente desolada.
Isaías 6:11
Y entonces, en el apogeo de su civilización, el hombre finalmente acabó con su mundo. Nadie vive en estos funestos días que recuerde cómo comenzó todo. Terrorismo, bloqueos, embargos, guerras comerciales, escasez de recursos, fundamentalismo… Palabras ahora carentes de significado. ¿Qué desató aquel conflicto final? ¿Quién atacó a quién? ¿Quién tuvo la culpa? Nadie lo sabe, pero ¿acaso importa?
Lo cierto es que el fuego nuclear —largo tiempo temido— barrió los continentes con la furia de un dios vengativo. Los cielos se tiñeron de colores extraños y los océanos hirvieron y se evaporaron como si nunca hubieran existido. En cuestión de horas, los orgullosos imperios se desmoronaron y sus ciudades se convirtieron en gigantescos cementerios repletos de cadáveres. Las ciclópeas estructuras de hormigón y cristal, que antes se habían erguido como monumentos a la soberbia de los hombres, de repente enmudecieron, sus fuegos eléctricos se apagaron para siempre y ya no fueron más que retorcidas osamentas abandonadas bajo el cielo. La mayoría murió sin llegar a saber qué pasaba.
Vientos envenenados se alzaron en el crepúsculo de la civilización, llevando la maldición nuclear, la maldición del Fallout, a todos los rincones del mundo. Lluvias de cesio, de estroncio y de otros isótopos de condenación, cayeron desde las nubes para emponzoñar la tierra y las aguas. En poco tiempo, la superficie del planeta se convirtió en un erial radiactivo, en un interminable océano de rocas y arena humeante, cubierto de chatarra oxidada e inservible, y de huesos blanqueados por el implacable sol.
Sin embargo, aquello no fue el fin de la humanidad. Tras la caída vinieron los Años de la Oscuridad. Las pandemias y el hambre acabaron con gran parte de los supervivientes del holocausto, y las plagas de sabandijas y alimañas, mejor preparadas para la maldición de la radiactividad, aparecieron para reclamar su lugar en este nuevo escenario. Sin sustento, entre las ruinas de un mundo devastado, los pocos hombres que quedaban enloquecieron y, como perros rabiosos, se lanzaron sobre sus hermanos para pelear por las pocas migajas aún disponibles: agua y cosechas contaminadas.
Cuando incluso estas escasearon, la sinrazón y el caos se adueñaron de todo. Los hombres se mataban los unos a los otros para robarse sus posesiones, e incluso para devorarse. Tan bajo habían caído en su degradación y miseria.
Pronto, amenazas de un tiempo anterior a la civilización surgieron para reclamar los despojos de la tierra. Saqueadores, esclavistas y caníbales acechaban en los desiertos aguardando al paso de una presa sobre la que abalanzarse. Solo los fuertes y despiadados sobrevivían en la barbarie que siguió al colapso de las naciones y la desaparición de cualquier orden o autoridad.
Y es aquí, en medio de esos yermos llenos de radiación, muerte y desesperanza, donde comienza nuestra historia…
Basa
–¡Eh, viajero! Te compro tu esclava, es muy hermosa.
Quien así había hablado era un hombre bajo y enjuto; exhibía una mugrienta cara de rata y una única hilera de dientes amarillentos. Sus ojos destilaban lujuria.
—Te doy cincuenta piezas de cerámica por ella. ¿Cien, tal vez?
El hombrecillo permanecía de pie frente al nómada del desierto al que se había dirigido y lanzaba, de cuando en cuando, lascivas miradas a la mujer de pelo dorado que lo acompañaba. El tipo vestía una andrajosa túnica a rayas que apestaba a excremento de caballo. Pese a ello, en su mano sostenía una bolsa de piel de lagarto, que agitaba para que las piezas de cerámica entrechocaran en su interior. El nómada lo estudiaba con ojos fieros mientras sujetaba las riendas de un dromedario blanco con la piel cubierta de cicatrices.
El sol desdibujaba los contornos y los colores y amenazaba con derretir a todo aquel que no estuviera bajo los toldos del concurrido zoco. En las horas centrales del día tenía un maligno parecido con el claro de luna.
Cientos de personas se apretujaban frente a una infinidad de puestos donde se ofrecía cualquier mercancía que el bolsillo pudiera afrontar: extravagantes ropajes, joyas raras y exquisitas, viejos artefactos de metal o plástico y mercancías más exclusivas y siniestras, como la carne humana. Los gritos de vendedores y clientes —en una docena de lenguas— conformaban una cacofonía difícil de aguantar si se estaba acostumbrado al silencio de los grandes desiertos que cubrían el mundo. Los aromas de exóticas especias se amalgamaban con el hedor a sudor y a orina de animales. Pero el olfato entrenado podía distinguir un efluvio mucho más rancio y putrefacto bajo los otros olores. Una fetidez que aún acompañaba al hombre allí donde se estableciese, pese a que los cielos hubieran ardido con la furia del átomo y los mares se hubieran evaporado. El hedor de la civilización. Antigua y despiadada.
—No es mi esclava, perro. Pero yo que tú tendría cuidado… —le respondió el viajero, ceñudo, mientras el de la cara de roedor alargaba su mano hacia la chica— de no soliviantarla —concluyó torciendo la boca en una media sonrisa lobuna.
—¡Que te llueva estroncio, escoria! —explotó la muchacha alzando un puño de forma amenazante. Luego continuó saboreando cada palabra—. ¡Si se te ocurre tocarme te convertiré en una mujer!
Sus enormes ojos ardían como dos gélidas llamas azules. Se oyó un leve silbido y la mano derecha de la joven relampagueó bajo su túnica. El hombrecillo notó la hoja de un cuchillo de combate apoyada en su entrepierna. Un escalofrío recorrió su delgado cuerpo. El arma ascendió cortando el lino del sucio pantalón que vestía el individuo.
—Te…te pi…pido disculpas, mi señora. Yo… yo no tenía ni idea... —tartamudeó el desgraciado.
—¡Claro que no tenías ni idea! ¡Apártate de mí, basura! —gritó la chica a la par que propinaba una fuerte patada en el estómago que lanzaba al escuálido patán despedido al suelo. Después se agachó a recoger la bolsa del hombre—. Esto por las molestias, perro. Y da gracias de que no me haya sentido más ofendida.
El tipo se arrastró sobre la arena, se levantó, dolorido y se perdió entre la multitud que atestaba el mercado y que comenzaba a agolparse alrededor del trío.
El nómada sonrió. Era un hombre alto y moreno, de músculos largos y redondeados bajo la blanca túnica. Durante todo el incidente había permanecido pendiente de su dromedario, al que susurraba palabras cariñosas, como si solo fuera un mero espectador. Parecía relajado, sabedor de que la muchacha podía arreglárselas sola. Miró a su alrededor, frunció el ceño y masculló una maldición entre dientes. Hizo un gesto a la chica; ya habían llamado la atención de la muchedumbre más de lo necesario. La joven asintió. En silencio se encaminaron hacia un callejón cercano que se abría en uno de los laterales de la plaza mayor, y desaparecieron de la vista general.
La ciudad de Basa —si es que aquella miserable aglomeración de casuchas de adobe y grandes tiendas de lona podía llamarse así— era vieja y olía a estiércol y a orina de dromedario. En el pasado había existido cerca de allí una población de los Antiguos con el mismo nombre o uno parecido. Pero ya no quedaba rastro de ella.
La actual Basa estaba rodeada de una muralla de chatarra: viejos automóviles y otros vehículos más grandes, del todo inservibles, cuyos motores habían muerto largo tiempo atrás y que ya nadie haría funcionar en este mundo. El arrojo de sus moradores por imponerse a la barbarie la había preservado de los ataques de bandidos, esclavistas, e incluso de ejércitos invasores de otras ciudades-estado. Era un pequeño reducto de civilización en medio de las pedregosas llanuras desérticas donde reinaba la anarquía y el salvajismo. Sin embargo, permitían la esclavitud o al menos no hacían nada para impedirla, y eso no agradaba al viajero ni a su acompañante.
Lanzaban ocasionales miradas hacia atrás comprobando si alguien los seguía mientras recorrían el laberinto de callejuelas. Muchas eran solo el espacio que quedaba entre viejos muros reconstruidos de forma precaria o entre simples tiendas de campaña levantadas sobre los cimientos de primitivas edificaciones de los Antiguos. Con todo, Basa era uno de los asentamientos más opulentos y desarrollados de la región.
La guardia tenía fama de no tolerar los escándalos en el interior de la ciudad. Habían tenido que dejar casi todas sus armas a la entrada, en unos armeros dispuestos al efecto. A cambio, les habían permitido conservar sus cuchillos de combate y los petos y las hombreras de cuero que llevaban sobre las túnicas, a modo de protección. Solo la milicia local exhibía armas de fuego, espadas o lanzas. Por eso, Greg Taylor —mercader nómada y guerrero del desierto— no se sentía cómodo. Podía pasar sin su escopeta de cañones recortados, pero no sin su espada corta o su lanza tribal. A través de los años de dura vida en los fondos del antiguo mar, ambas se habían convertido en una extensión natural de él. En ese instante presentía problemas y no le gustaba estar sin ellas.
Giró la cabeza a un lado y a otro de la estrecha y poco concurrida calleja que habían elegido para desaparecer. Hoscos rostros los observaban desde las sombras tras puertas y cortinas. Murmullos y carreras apresuradas resonaban en las esquinas a su paso. Sin duda, el incidente del mercado no había pasado desapercibido. Los rumores se extendían rápido en una población así. Puede que incluso aquel patán maloliente fuera alguien de importancia o que ya los hubiera denunciado. Taylor volvió a maldecir entre dientes.
Él y la joven Rhea de Meriya habían llegado a Basa en busca de un empleo, atraídos por su gran fama como enclave comercial en la ruta de las caravanas desde Sevilis y Cordaba hasta las ciudades-estado de la ribera occidental del mar Muerto. Su caravasar era el más grande e importante de las planicies pedregosas al sur de Sierramorna. El edificio en cuestión —una vieja y enorme nave con techumbre metálica situada en el sector este— era, con mucho, la construcción más imponente de la ciudad. Se destacaba sobre el mar de toldos y tiendas multicolores como una montaña en una llanura.
Casi cualquier cosa podía comprarse en la perversa Basa: armas, municiones, pertrechos de toda índole, comidas exóticas, diversión, sexo y otros placeres inimaginables. Incluso la muerte de alguien; o al menos eso era lo que se decía. Si tenías cómo pagarlo, claro.
Ambos se sabían avezados guerreros curtidos en la vida del desierto y estaban cansados de comerciar y de las peligrosas rutas por los fondos salados. Se habían desecho de su último cargamento de pieles de lagarto gigante en el cercano enclave de Úrkal por la mitad de su valor, y ya comenzaban a lamentarlo, viendo lo rápido que se evaporaban las piezas de cerámica —la moneda de cambio local— en esa región de la antigua Hispan’ya.
Esperaban ser contratados como guardias de una de las muchas expediciones comerciales que llegaban o salían de la ciudad cada día. Taylor ya había ejercido ese oficio en el pasado, en la lejana Trípoli. Era peligroso, sí, pero estaba bien pagado. Además, ¿qué no era peligroso en ese mundo salvaje?
—¡Tomates! ¡Tomates frescos!
Los gritos del vendedor ambulante sorprendieron al nómada al doblar la esquina de una casucha de adobe. Aún miraba hacia atrás tratando de poner distancia entre ellos y los curiosos que asistían al mercado.
—¡No están contaminados! ¿No quieres comprármelos, viajero? —prosiguió el hombre.
El nómada observó de arriba abajo al mercader, un individuo calvo y delgado con la piel tan oscura y pegada a los huesos que parecía de cuero. En sus ajadas manos sostenía un par de tomates de un color marrón desvaído, como el de las rocas del desierto. Ante él tenía varias cajas de madera con hortalizas y frutas de dudoso aspecto. Sobre él, una serie de lonas y telas, agujereadas y sujetas con pértigas, hacían las veces de parasol y conformaban el sencillo puesto del hombre. Estaba algo apartado del resto del mercado.
Casi con un gesto automático, Taylor sacó un aparato rectangular de plástico color amarillo de debajo de su holgada túnica. Era un poco más grande que la palma de su mano y tenía un dial de cristal circular sobre un fondo blanco en el que descansaba una aguja negra.
Con determinación, lo acercó a los tomates y casi brincó de asombro cuando su contador Geiger permaneció mudo. Estupefacto, volvió a repetir la operación y el característico zumbido —como de plástico crujiente—, que denotaba la presencia de la radiactividad, no se produjo. La aguja que señalaba los milisieverts por hora permanecía inerte.
«¡Gran Desierto, era verdad! ¡Los tomates estaban limpios!».
Casi no recordaba cuándo había visto frutos de la tierra libres de la maldición. Por supuesto, a él no le importaba demasiado. Había consumido alimentos contaminados durante largos períodos de tiempo. Una extraña resistencia natural —que según creía, también le había hecho estéril— le preservaba de gran parte de los perniciosos efectos de la radiactividad. Sin embargo, debía pensar en Rhea; ella no disponía de esa ventaja.
El vendedor agitó de nuevo los tomates ante su rostro sacándolo de su ensimismamiento.
—Te lo había dicho, forastero. Están limpios y han sido cultivados aquí mismo, en la ciudad, en el huerto del Alcalde —concluyó con una forzada sonrisa.
«Entonces era cierto —pensó Taylor—. Esta gente cuenta con agua y suelo libres de la maldición en cantidades considerables, si puede permitirse plantar verduras no contaminadas».
—¿Cuánto pides por ellos? —intervino Rhea—. Tenemos cerámica —añadió mientras estudiaba el contenido de la bolsa del patán de la cara de rata.
Una algarabía comenzaba a destacar sobre el murmullo general del cercano zoco. Parecía provenir de las callejuelas aledañas y estar aproximándose a ellos. Taylor captó una silueta oscura que se movía por una esquina, a su izquierda. Su andar furtivo no le gustó nada en absoluto.
—No tenemos tiempo para eso, muchacha. ¡Vamos! —dijo tirando de las riendas del dromedario y obligándolo a andar. El rumiante protestó con un quejido lanzando un escupitajo al suelo, pero avanzó.
—¡Espera, Taylor! Hace mucho que no como tomates. ¿Cuánto? —repitió la chica dirigiéndose al mercader y mostrándole la bolsita llena de dinero.
—Es un producto muy exclusivo... Para ti solo cuarenta piezas de cerámica, bella viajera.
Rhea no pudo reprimir un escalofrío al comprobar que para aquella gente unos tomates, por muy libres de radiación que estuvieran, tenían casi el mismo valor que la vida y la libertad de una persona.
El ataque llegó sin previo aviso.
Solo un segundo antes, Taylor vio acercarse a los dos tipos por el rabillo del ojo: sigilosos y rápidos como serpientes. Uno de ellos les arrojó una red —como las que usan los esclavistas en sus razias—, mientras el otro desenfundaba una pistola automática que llevaba en una cartuchera colgada del cinturón, dándoles el alto con una orden tajante. Vestían viejos uniformes caquis y gorras del mismo color plagadas de emblemas y divisas militares de los Días Pasados. El retiario llevaba unas gafas de aviador para protegerse los ojos del polvo de las llanuras cercanas. Sin duda, eran miembros de la milicia de la ciudad.
Pero si ellos eran rápidos, el nómada del desierto lo era más. Como una exhalación rodó por el suelo esquivando la red por centímetros y arrojándose, acto seguido, sobre el que la había lanzado. En un segundo, su cuchillo de combate relampagueaba en su mano.
Rhea no tuvo tanta suerte. La red cayó sobre ella mientras aún estaba encarada con el mercader y, en un instante, se vio atrapada. Sin embargo, tampoco perdió el tiempo. Se arrojó a tierra pataleando y forcejeando con ella. Como pudo, extrajo su propio cuchillo y comenzó a cortar la red que constreñía sus movimientos. Iba a ser un trabajo lento y duro, pero la joven era tenaz.
El de la pistola repitió su orden observando las evoluciones de la muchacha, pero viendo que su compañero miliciano tenía problemas con la acometida de Taylor, decidió ayudarlo. El vendedor de tomates, ante la escena que se estaba desarrollando frente a su puesto, dejó abandonada su preciada mercancía, puso pies en polvorosa y desapareció tras una esquina.
El nómada y el guardia que había arrojado la red se revolcaban por el polvoriento suelo como dos furiosas bestias del desierto en una desesperada lucha a muerte. Cada uno tratando de hundir su propio cuchillo en el pecho del otro y con la otra mano impidiendo sufrir el mismo destino a manos de su adversario. El segundo guardia apuntaba su «nueve milímetros» de forma dubitativa: no quería herir a su compañero. Miraba de forma alternativa hacia Rhea y hacia Taylor. No sabía qué hacer.
Cuando se disponía a enfundarla y a ayudar al otro guardia en la lucha cuerpo a cuerpo, aulló de dolor y sus ojos estuvieron a punto de desencajarse. La valiente Rhea había conseguido liberarse de la red y, desde el suelo, le había lanzado su puñal al hombro del brazo que sujetaba la automática. El miliciano soltó el arma maldiciendo y cayendo él mismo de rodillas. Como podía se sujetaba el hombro herido. La hoja de acero quedó entre sus dedos. Un torrente carmesí se derramaba empapando el viejo uniforme.
En el tiempo transcurrido, Taylor había maniobrado bien. Usando la propia fuerza de su oponente, había conseguido hacer un corte en su muñeca y lo había obligado a soltar su hoja. Se hallaba a horcajadas sobre el guardia y sostenía el cuchillo en su cuello de forma amenazadora.
—Dile a tu compañero que se rinda o te corto el cuello —le dijo apretando los dientes.
—¡No, ríndete tú! O será esta belleza la que muera.
La voz había venido de algún lugar a sus espaldas.
El guardia que tenía bajo él tragó saliva levantando la hoja del cuchillo con la nuez al hacerlo; gotas de sudor frío resbalaban por su frente. Taylor lo fulminó con la mirada. Luego le hizo una advertencia muda de que no se moviera y giró su cabeza hacia atrás.
A unos pocos metros, Rhea permanecía de pie temblando de pura rabia. Un negro enorme la sujetaba por el pelo con una mano mientras apoyaba el azulado cañón de un Magnum 44 contra su sien. Tras ellos, había cuatro guardias más, armados con viejos fusiles de asalto y caras de pocos amigos.
El del revólver era un tipo fornido y grande, mucho más alto que Taylor. Iba vestido con el mismo mono caqui que el resto de los milicianos de Basa, pero exhibía más divisas, si eso era posible. En su hombro izquierdo destacaba un rectángulo compuesto de dos franjas rojas con una amarilla, el doble de ancha, en el centro. Taylor lo identificó como el emblema de una de las tribus-naciones del pasado: Hispan’ya, en cuyo antiguo territorio se encontraban. Llevaba calada una boina verde oscuro con un broche de dos hojas de laurel doradas en el lado derecho. Una horrible cicatriz pálida surcaba la mitad de su rostro, de forma oblicua, desde el centro de la frente hasta la mejilla izquierda. El ojo que quedaba en medio era un globo blanco y lechoso como la luna llena. El otro era una enorme piedra de azabache que ardía igual que un ascua bajo sus pobladas cejas. La mandíbula era cuadrada y estaba rematada por una hirsuta barba entrecana. En general, el hombre no transmitía apariencia de crueldad, pese a las terribles marcas de su cara. Pero sí de fiereza. Debía ser un experimentado guerrero si había sorprendido a la capaz Rhea por la espalda.
El nómada sopesó la situación. Luchar en ese momento no tenía sentido. La vida de la muchacha estaba en peligro y los superaban en número y armamento. Además, si hubieran querido matarlos ya lo habrían hecho. Arrojó su cuchillo de combate al suelo y se levantó. El guardia al que había estado reteniendo suspiró aliviado y se puso también en pie, sacudiendo su uniforme. Se dispuso a socorrer a su camarada herido, quien se quejaba de dolor y maldecía entre dientes, con el cuchillo de Rhea clavado. El de la boina, que Taylor supuso sería el capitán de la guardia, les dedicó una mirada cargada de furia. Ambos milicianos la evitaron mientras el primero recogía su abandonado cuchillo de combate y la pistola de su compañero. Era obvio que censuraba su actuación por negligente.
—¡Ve a que el sanador de la Cruz Roja te vea esa herida! —gritó al del hombro maltrecho—. ¡Tú, inútil! ¡Acompáñalo!
Enseguida los dos aludidos desaparecieron de la vista de su capitán. Al mismo tiempo, otros dos guardias se echaron al hombro sus fusiles de asalto y corrieron hacia Taylor. Los demás siguieron apuntándole con sus armas.
Le pusieron unos viejos y oxidados grilletes alrededor de las muñecas con los brazos a la espalda. Entonces el capitán soltó a Rhea para que sus hombres repitieran la misma operación con ella. La chica no dejaba de resoplar de impotencia ante la situación. Con la mirada, el nómada trató de tranquilizarla, de decirle que resistirse era inútil. Ya se presentaría una oportunidad de escapar. Ella pareció entenderle, porque se relajó y bajó un poco la cabeza. Su hermosa cascada de pelo dorado refulgió bajo el sol de mediodía. Una imagen bella e inapropiada para aquel lugar miserable y desesperanzador.
Los subieron a un viejo carromato metálico tirado por cuatro mulas que tenían aparcado cerca. El capitán montó en un caballo que alguien había traído y abandonó el lugar sin esperar a nadie. Uno de los guardias tomó las riendas del dromedario de Taylor y lo ató a la parte trasera del carro. El animal bufó contrariado. Eso fue lo último que vieron. Los obligaron a estar tumbados boca abajo y a mirar al oxidado suelo de la parte trasera. El vehículo se puso en marcha con un restallido de látigo.
—¡Un momento! ¿A dónde nos lleváis? ¿De qué se nos acusa? —trató de protestar el nómada.
Tras un incómodo silencio, una mano ruda lo agarró por los cabellos y alzó su cabeza en vilo. Una voz cruel y burlona escupió unas palabras junto a su oído.
—Os llevamos ante el Alcalde, claro.
El señor de las caravanas
Eso fue todo. Los guardias no respondieron a ninguna otra de sus preguntas. No tenían idea de a dónde se dirigían. Solo veían sus desgastadas botas negras a unos centímetros de sus rostros.
La vida parecía continuar en Basa, a juzgar por los sonidos cotidianos que llegaban hasta ellos. El trayecto duró unos diez minutos, en los que Taylor se estuvo preguntando quién sería el misterioso «Alcalde». Era la segunda vez que oía nombrarlo en el poco tiempo que llevaban en la ciudad. Cuando el carro se detuvo, los bajaron a tierra con la misma crudeza de trato.
El capitán ya había desmontado y atado a su caballo, y esperaba junto a la puerta de un curioso edificio de forma rectangular y de una sola planta. La mole del caravasar quedaba a la derecha, a lo lejos, en medio del mar conformado por las tiendas alrededor del zoco y el resto de las casuchas de la urbe. Sobre la construcción que tenían delante, a bastante altura, se alzaba un tejado metálico voladizo que sobresalía sobremanera del espacio ocupado por la edificación. «Demasiado grande», pensó Taylor. En su frontis se distinguía la escritura de los Antiguos en caracteres enormes: rojos sobre un fondo amarillo. Por todos lados se repetía un escudo o emblema que les era del todo desconocido. Representaba una concha como las que él había visto, algunas veces, abandonadas en los fondos del mar Muerto. Eran los restos de antiguas criaturas que habían poblado los océanos en el pasado.
Detrás del primer edificio, hacia la izquierda, había una construcción más grande. Estaba hecha de ladrillo rojo y tenía el aspecto más sólido que habían visto en toda la población. Constaba de dos plantas y algunas de las ventanas conservaban viejas persianas de plástico negro. En su fachada principal se destacaba un destartalado cartel de los que los Antiguos hacían brillar con sus fuegos eléctricos. Por supuesto, hacía siglos que no funcionaba, pero junto a la escritura todavía se distinguía la silueta de una mujer con muy poca ropa. En la azotea, Taylor detectó a varios hombres armados con fusiles. Algo o alguien de importancia era custodiado allí.
Volviendo la vista al frente, le llamaron la atención una serie de columnas —nueve en total, del tamaño de una persona y solo fijas al suelo por su base—, dispuestas en hileras de tres cada una. Estaban ante la entrada, como formando tres vías paralelas. Eran metálicas y estaban oxidadas y descoloridas, pero debían haber sido blancas en el pasado. En su mitad superior estaban rematadas por un cristal con el fondo negro sobre el que se destacaban más símbolos escritos de los Días Pasados. De ambos lados de algunas de aquellas columnas salían unas desgastadas mangueras de goma negra que terminaban en lo que parecían viejas pistolas. Pese a ello, no parecían armas.
Tras meditarlo un instante, por fin lo entendió. Desde luego no eran auténticas pistolas. Aquellos artefactos servían para otra cosa. No podía recordar su nombre, pero con ellos los Antiguos llenaban sus automóviles de un líquido al que llamaban «gasolina», la savia negra que los hacía funcionar.
«¡Gasolinera!», eso era. ¡Cómo no lo había recordado antes! La milicia de Basa tenía su cuartel general en una vieja gasolinera de los Antiguos. Pero aquellos dispensadores de combustible tenían pinta de llevar mucho tiempo sin usarse. ¿Sería posible que estuvieran vacíos y secos como algunos pozos del desierto?
La culata de un fusil en su espalda interrumpió sus cavilaciones y lo obligó a entrar en la construcción en la que ya había penetrado Rhea. De refilón, Taylor volvió a percibir la misma silueta furtiva que había visto en los alrededores del mercado, antes del ataque de los soldados. Al principio había creído que se trataba de uno de los milicianos. Ya no cabía duda posible. Alguien que no pertenecía a la guardia de la ciudad los vigilaba. Su estancia en Basa se volvía cada vez más interesante.
Cuando sus pupilas se adaptaron a la semioscuridad reinante en el interior de la vieja gasolinera, comprobaron que estaba lleno de estantes con diferentes armas y pertrechos militares. Además, mal disimulados en una de las esquinas en un vano intento de dar la impresión de orden, había varios catres en paralelo. Aquello estaba acondicionado como un cuarto de guardia.
Los condujeron por un pasillo lateral hasta una oquedad practicada en la pared. Al otro lado, un viejo vehículo de transporte —un «autobús», según recordó Taylor— había sido dispuesto como pasarela cubierta para unir las dos construcciones. Lo atravesaron y penetraron en el segundo edificio, el más grande.
Se hallaban en un vestíbulo en el que había viejos sillones y sillas destartaladas. Cuatro guardias saludaron de forma marcial al capitán, que respondió al saludo con un gesto enérgico de su mano derecha. Luego indicó a los otros que aguardaran con los prisioneros y ascendió por una escalera con barandilla metálica que se perdía en las sombras del piso superior. Regresó al cabo de unos minutos y ordenó que llevaran arriba a Taylor y Rhea. Él mismo volvió a ir delante.
El piso superior estaba decorado de forma espartana, con antiguos cuadros de paisajes idílicos de cómo debía haber sido la tierra antes de las grandes guerras. Rhea se quedó perpleja mirando una imagen que representaba la mayor acumulación de árboles que jamás hubiera visto. Taylor también se detuvo a contemplar el cuadro. Ninguno de los dos había visto algo así en su vida.
Los guardias volvieron a compelerlos con las culatas de sus fusiles.
Pasaron por delante de varias puertas de madera cerradas, a un lado y a otro de un pasillo, hasta que el capitán abrió unas puertas dobles de corredera. La estancia al otro lado era cuadrada y estaba iluminada con antorchas colgadas de las paredes. En ella destacaban estanterías y mesas cubiertas de un montón de trastos de los Antiguos. Ni siquiera Taylor sabía para qué se habían usado todos ellos, pero se fijó en uno en particular: un marco blanco y cuadrado con un cristal oscuro que descansaba sobre una de las mesas. Una silla estaba dispuesta para que una persona se sentara frente al artilugio. En algún momento alguien había disparado contra el cristal. El vidrio exhibía el oscuro agujero por el que había entrado la bala. Las grietas radiales le conferían el aspecto de las marcas que surcan el rostro de la luna. De uno de sus laterales salía un cable, unido a otra pieza rectangular de plástico blanco que descansaba boca arriba sobre la mesa. Era muy delgado y su superficie estaba llena de ranuras y botones. Sobre ellos estaban grabados símbolos de los Días Pasados.
Durante años, Taylor había sido obligado a penetrar en las ruinas de las viejas ciudades para recuperar reliquias de los Antiguos. Por eso, todos esos objetos ejercían una gran fascinación sobre él. Sin embargo, no sabía para qué había sido empleado aquel ni tampoco cuál era su nombre.
En la pared del fondo había una imagen que mostraba a un hombre con barba y rictus serio, pero amable, vestido con un uniforme militar, en pose solemne. Estaba descolorida, pero aún se adivinaba que había sido alguien de importancia, pues, sobre ella, se distinguía una corona. Un símbolo de poder que no había perdido su significado tras el Diluvio Radiactivo.
Bajo el cuadro, en una silla grande dispuesta sobre un pedestal de madera —a modo de trono, le pareció a Taylor—, se repantigaba un individuo atlético de mediana estatura. Ya había superado la cincuentena de edad y estaba enfundado en otro uniforme caqui similar al que vestía el hombre de la imagen. Tan moreno de piel como el nómada, tenía el pelo blanco y cortado a cepillo. Sus ojos estaban clavados en Taylor y en Rhea, y eran oscuros como lagos de alquitrán. Aún podía ser considerado atractivo. En suma, parecía más un león agazapado y a punto de atacar que un hombre. Pero lo que más atrajo la atención del nómada y de la joven fue la gran cantidad de plaquitas de colores que llevaba prendidas —una detrás de la otra y en hileras— en la parte izquierda de su camisa. Taylor sabía que eran antiguas distinciones y reconocimientos a los guerreros del pasado, al igual que las chapas metálicas que a él mismo le gustaba coleccionar y que, pendientes de una cadena de bolitas, le asomaban por la parte superior de la túnica.
—Así que estos son los alborotadores —dijo el hombre sin más preámbulos—. Yo soy el coronel Guadalupe, Alcalde y Señor de las Caravanas de Basa. Espero que el capitán Marius os haya tratado bien. Al contrario que yo, tiene poca paciencia con los que causan problemas.
La luz de las antorchas se reflejaba y bailoteaba en los oscuros ojos del Alcalde y le confería un aspecto casi sobrenatural.
—Aún no nos han dicho qué hemos hecho —intervino Rhea, desafiante.
—Robar a un ciudadano honrado y atacar a mis guardias. Lo primero se castiga con la amputación de una mano; lo segundo, con la muerte. Esa es la ley en Basa.
—¡Esa es la ley en Basa! —corearon los milicianos al unísono, como parte de un ritual muy ensayado que sobresaltó tanto al nómada como a la chica.
—Fuera de estos muros hay caos… anarquía —prosiguió el coronel—. Primero os dispararán y luego os preguntarán. Sin embargo, yo he traído el orden a Basa, yo la he hecho rica y segura para sus habitantes. Por tanto, no puedo tolerar que sucedan estas cosas en mi ciudad. Qué clase de gobernante sería si lo hiciera, ¿no creéis?
—Alcalde, si pretendieras ejecutar esa sentencia, ya lo habrías hecho sin necesidad de explicarnos nada. Apuesto a que tu capitán se muere de ganas por hacerlo. —Esta vez había sido Taylor el que había intervenido. Su voz sonaba firme y altiva. El único ojo sano del soldado aludido ardía con una llama gélida y temblaba de rabia—. No, Alcalde, ambos sabemos que no vas a matarnos. Así que me permito sugerirte que vayas al grano. ¿Qué quieres de nosotros?
El individuo del trono estalló en carcajadas.
—Has hecho bien en traerlos primero a mi presencia, Marius. Creo que son la clase de mercenarios del desierto que buscábamos. Ya puedes quitarles esos grilletes y que traigan sillas para ellos. Lo que tenemos que discutir debemos hacerlo de forma cómoda.
Un guardia corrió a liberar a Taylor y a Rhea, retirando las esposas que constreñían sus movimientos. Dos individuos menudos y con pinta de sirvientes aparecieron de detrás de una mampara como si hubieran estado escuchando la conversación de su señor, esperando a ser requeridos. Uno de ellos portaba una bandeja con una jarra de cristal y cuatro vasos. El recipiente parecía contener agua cristalina. El otro dejó otra bandeja repleta de fruta sobre una mesilla cercana y luego la trasladó frente al Alcalde. El capitán Marius acercó dos sillas para Taylor y Rhea. Ellos se sentaron con movimientos rápidos y bruscos para estirar sus entumecidas manos. El militar permaneció de pie con semblante serio.
—¿Puedo ofreceros algo de beber? ¿De comer, tal vez? Marius me cuenta que ya sabéis que nuestra fruta no está contaminada, ¿verdad…? Lo siento, no sé vuestros nombres.
—Taylor —dijo el nómada sin añadir nada más.
—Taylor —remarcó el líder de Basa—. Pareces un hombre de recursos. Y tú también…
—Rhea —contestó la muchacha con el mismo laconismo.
—Bueno, ahora que están hechas las presentaciones podemos hablar del motivo de que estéis aquí.
—Un tomate —interrumpió Rhea.
—¿Perdona? —preguntó, sorprendido, Guadalupe.
—Que comeré uno de esos tomates. Me muero de ganas de probar uno desde antes.
—Claro, mujer, sírvete tú misma.
Rhea cogió la fruta aludida de la bandeja entre una selección de manzanas, peras, melocotones y uvas. En verdad tenían un aspecto muy apetecible, teniendo en cuenta las circunstancias. Se llevó el tomate a la boca, pero antes de morderlo detuvo su mano a unos centímetros. Miró de forma suspicaz a Guadalupe, quien tardó un segundo en entender lo que pasaba y, con gesto de fastidio, cogió una manzana de la bandeja y le dio un mordisco.
—¿Contenta, chica? No están envenenadas. Como bien ha dicho tu «amigo»… Taylor. —El Alcalde hizo una pausa deliberada, enfatizando la palabra amigo con calculada picardía. Ni Taylor ni Rhea parecieron darse por aludidos—. Si pretendiera mataros, ya lo habría hecho.
La muchacha asintió. A continuación, mordió el tomate y dejó que su jugo le resbalara por la barbilla, saboreándolo. Taylor se sirvió un vaso de agua y lo apuró de un trago. Guadalupe sonrió satisfecho y terminó la manzana de unos cuantos bocados. Dejó los restos sobre la mesa, junto a la bandeja de la fruta. Luego se puso en pie.
—Acompañadme. Quiero que veáis algo.
Rhea se limpió el jugo del tomate con el dorso de la mano mientras se ponía en pie. Taylor ya avanzaba con paso firme tras Guadalupe. Los condujo a la parte trasera del edificio. Allí, desde una ventana, les mostró un magnífico huerto de frutales, rodeado por una tapia, en el que trabajaban varias personas. También había algunos guardias custodiando la zona.
—De aquí se nutre mi despensa personal —informó el coronel—. Pero también permito la existencia de algunos otros huertos como este en la ciudad.
El Alcalde miró de soslayo a Rhea y a Taylor, esperando ver el efecto de sus palabras.
—Aunque no lo dices, Taylor, intuyo que te estás preguntando de dónde sacamos el agua «limpia», necesaria para este milagro. Ese es uno de nuestros secretos mejor guardados.
»Como sin duda sabes, los pocos pozos que hay cerca de Basa están irradiados. Muy poco, eso sí. Por aquí cerca no cayó ninguna de las grandes bombas de los Antiguos, pero las galerías se contaminaron por culpa del Fallout. Son solo unos pocos milisieverts por hora. Nada más. Pero a la larga pueden hacer que un hombre arda por dentro, pierda la razón y que, finalmente, muera consumido por la maldición.
—¿Entonces? ¿Poseéis algún purificador de agua o qué? —quiso saber el nómada.
—¡Exacto! Eso es. Uno de tipo OTAN, lo mejor que existía antes de las Grandes Guerras. Tú mismo has probado nuestra agua. ¿Qué te ha parecido? Por avatares del destino, lo hallé yo mismo hace muchos años en unas ruinas cercanas. Esa es una de las cosas que ha permitido progresar a Basa. La otra es el comercio, las caravanas. Poseo el control de las más importantes rutas en esta orilla del mar Muerto. Todas pasan por aquí y pagan tributo, claro.
—¿Por qué nos cuentas todo esto, Alcalde?
